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Medium 9788483935453

Tristemente la comedia

Ignacio Padilla Editorial Páginas de Espuma ePub

Tristemente la comedia

 

Uno piensa, vacila, se refleja cualquier noche en la luna de su camerino o en la vidriera de un bar, y acaba por reconocer que las certezas que lo sustentaban se han desmoronado. Uno baja ya la guardia ante aquello que hasta hace nada creía sólo un discreto malestar de la edad, un mero presagio, y asume que su existencia no le pertenece más, o peor, que nunca le perteneció del todo. Cuando se queda solo en el antiguo teatro de sus glorias y repasa los signos que ha ido cosechando en estos meses, reconoce la dolorosa progresión de la verdad, la evidencia al fin notoria de que su vida en el teatro ha sido robada, rehecha y finalmente impostada por alguien más diestro o sencillamente más vivo que él. ¿Por qué no lo vio venir? ¿Cómo no se preparó para encajar con dignidad su debacle según se acumulaban en su cuerpo y en su rutina los datos, los destellos que anunciaban la catástrofe? Le molesta reconocer la fragilidad del espejismo en el que ha vivido. Le saca de quicio ese aluvión de cristales rotos, ese trabuco de claridad que sólo para él ha sido estridente, pero que apenas habrá sido un crujido entre su público: esa hueste ingrata que ha aplaudido cada vez con menos entusiasmo, menguando en cada función hasta que han sido menos los rostros ávidos que las butacas vacías. De repente los espectadores y hasta sus colegas comenzaron a parecerle también difusos, algo así como bocetos en una larga comedia donde ahora él mismo tendría que resignarse a desempeñar sólo papeles marginales, diálogos que en cualquier caso se le anudan ya en el diafragma o en esa garganta que va cediendo al carraspeo y la afonía. Antes, cuando podía ser Ricardo III o el tío Vania, llegó a pensar que sus palabras y sus voces de ficción le pertenecían. En cambio hoy siente que su propia voz se le escapa. De improviso se le han ido las frases para ordenar la cena o para inquirir por un libro o un disco, y la memoria comienza a llenársele de huecos. Es como si su propio espíritu se hubiese largado para siempre con el alma de sus personajes más entrañables a cuestas, como si se desvaneciesen todos al caer sucesivo de máscaras empolvadas y maquillajes que de tan usados se han ido deslavando hasta exponer el vacío, el pasmo de un ser vaporizado aunque reacio todavía a disolverse y a ceder paso al usurpador, a ese joven en quien no puede no reconocer la imagen mejorada de sí mismo robándole a su público.

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Medium 9788483935262

Material de lectura

Enrique Serna Editorial Páginas de Espuma ePub

Material de lectura

 

 

 

A Marie Ange Brillaud

 

 

 

–¿Cómo que no vienes? –reclamó Mireya–. Pero si ya compramos los boletos del avión y no tienen reembolso.

–Lo siento, mamá –se disculpó Flor–. Me encantaría poder acompañarlos, de veras, pero resulta que ayer corrieron al gerente administrativo, y ahora tengo el doble de chamba. No me puedo tomar vacaciones con tantos pendientes en la oficina.

–Pues nos hubieras avisado con tiempo, para cancelar el viaje –insistió Mireya, que no creía en la disculpa ni en la falsa pesadumbre de su hija.

–Te juro que me da una pena horrible, ¿pero quién se iba a imaginar este contratiempo? Dile a mi papi que me disculpe y diviértanse mucho.

So pretexto de tener que despachar asuntos urgentes, Flor colgó sin mayores explicaciones, como para dejar en claro que había dicho la última palabra y no aceptaría ningún chantaje sentimental. Su abrupta despedida ofendió a Mireya más aún que su deserción de última hora. De unos años para acá, Flor la trataba como si fuera una vendedora impertinente, o algo peor, una limosnera de compañía. ¿Para eso le había prodigado cariño desde la cuna? ¿Para tener que soportar sus bofetadas y sus desprecios? Estaba tan indignada que al sorber el café derramó unas gotas calientes sobre su falda. Maldito pulso, necesitaba controlar esa temblorina o acabaría derramando toda la taza. Mientras se limpiaba las manchas con la punta de una servilleta húmeda, intentó adivinar los verdaderos motivos de la cancelación. Flor no necesitaba trabajar para vivir, ni había tenido nunca problemas para tomarse vacaciones en cualquier época del año. Simplemente quería evitarse el fastidio de convivir con sus padres durante cinco días de sopor, en un paraíso ecológico sin distracciones mundanas. Debemos de parecerle un par de viejos ridículos y aburridos, pensó, y quizá tenga razón. Pero entonces, ¿por qué no se negó desde el primer momento? Cuando Nicolás la invitó a la selva del Amazonas, hasta le brillaron los ojos de gusto. ¿O estaba fingiendo para complacer a su padre? Sí, en el restaurante no se atrevió a desairarlo, porque a pesar de todo, su autoridad le impone, pero a la primera oportunidad encontró una buena excusa para zafarse. No huye de mí, siempre nos hemos llevado bien. Lo que no soporta es tener una estrecha convivencia con su papá. Prefiere quererlo desde lejos, asomarse una vez al mes a la jaula del gorila, sin meter la mano entre las rejas. Total, para aguantar las mordidas estoy yo, ¿verdad, cabrona?

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Medium 9788483935606

Retrato de familia

Patricia Esteban Erlés Editorial Páginas de Espuma ePub

Retrato de familia

 

Siguieron viviendo allí, después de Aquello. Preferían hacer como que nada era distinto, no fijarse en los espejos, beber aire en las tazas, celebrar los cumpleaños soplando velas que el viento que se colaba en las habitaciones apagaba una y otra vez. Sentados en torno a la mesa, como siempre. El padre y la madre vestidos de novios, con aquellos trajes tiesos de un viejo retrato. Los dos hermanos mayores luciendo el disfraz de marineros gemelos que no llegaron a estrenar. La niña pequeña, que fue la última, vestida de muñeca color de rosa. Todos, fingiendo no saber que ahora estaban hechos de sábana y huesos.

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Medium 9788483935415

El Serbal

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El Serbal

 

El eremita Serbal recogía hierbas del bosque cuando se topó con un animal feroz. «¡Oh, Dios mío, que no me pueda hacer daño!», suplicó. Y cuando quiso moverse se dio cuenta de que se había convertido en árbol.

 

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Medium 9788483935415

Matar un vampiro

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Matar un vampiro

 

Me llamó la atención que un tabloide de Londres, tan curioso como poco fiable, acusase a la reina Victoria de los pobres resultados logrados por los cazadores de vampiros. No se acaba con ellos, según se nos ha hecho creer, destruyendo sus escondites a la luz del día o clavándoles una estaca en el corazón. Vlade, el empalador, considerado universalmente primer vampiro de la historia, fue apodado así precisamente por los cientos de hombres a los que ordenó matar de manera tan espantosa. Afirma el periódico que Bram Stoker, el autor de Drácula, sabía muy bien cómo acabar con los vampiros. Sin embargo, víctima del agobiante puritanismo victoriano, nunca se atrevió a revelarlo. El tabloide londinense, más de cien años después, sí lo hace. Sólo clavándoles una estaca por el ano, –ass, escribe el desvergonzado redactor– podemos tener la garantía de su muerte.

 

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