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Medium 9788483935705

Entre las piernas de Luciana

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Entre las piernas de Luciana

 

 

 

Yo no querría subir a la cama, si no te atrevieras, oh Circe, a prestar solemne juramento de que no maquinarás contra mí ningún otro pernicioso daño...

Odisea X, 343-344

 

 

 

Debo admitir que a mí siempre me ha gustado involucrarme en todo lo que hacían mis enamoradas y que he sido feliz haciendo lo que ellas me pedían que hiciera. Úrsula decía que era falta de personalidad y no sé qué otras cosas, pero después venía corriendo a preguntarme cuánto tiempo tenía que hervir la crema de almendras antes de volcarla sobre las pechuguitas de pollo. A Úrsula le encantaba cocinar, pero yo era el que recortaba las recetas y quien se las aprendía de memoria para la posteridad. Además a mí me salía mejor el muss de cangrejos.

En eso hay que reconocer que Luciana es distinta, porque a ella nunca le pareció bien que yo metiera mi nariz en sus asuntos. Nada que ver con Rocío, que no sólo le complacía sino que me lo exigía. ¡Qué linda era Rocío! Después de estar con Pilar –que seguía medicina y todo el día estaba estudiando–, penetrar en el inédito mundo de las secretarias fue una sorprendente experiencia para mí. Si no hubiera sido por Rocío jamás habría aprendido a organizar mis propios papeles, pero sobre todo a embocar justo encima de las letras borradas cada vez que corregía un texto en la máquina de escribir. El problema es que yo era incompatible con su jefe –un compadrito maniático y encima mandón– y ya se sabe que para las secres el jefe es lo primero.

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Medium 9788483935736

Mar súbito

José Maria Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Mar súbito

 

El viajero ha llegado esta misma tarde a Córdoba y se ha acercado a visitar la Mezquita, el más venerable de sus monumentos. Ya está cerrada a las visitas, y solo el patio permanece abierto. La luz de la tarde se hace a menudo plomiza por las nubes que pasan. El viajero contempla los naranjos y los cipreses bajo los que se mueven algunos otros visitantes, mientras recorre los soportales y escucha el borboteo de una fuente. El suelo del patio lleva, en suave pendiente, al espacio rectangular que antecede a la propia mezquita, cubierto de grandes losas rectangulares, muchas restauradas, y el viajero descubre en el suelo un brillo de charcos, el agua de lluvia que ha quedado en los huecos de las losas más erosionadas por el tiempo. En esas piedras carcomidas hay restos de conchas fósiles y, tan lejos de la costa, el viajero tiene una súbita intuición de bajamar. De repente, entre el zureo de las palomas le parece atisbar un ruido de olas. Mira a su alrededor y encuentra que el patio está ya vacío de visitantes, y que por el umbral de una de las portaladas ha entrado una masa de agua, una onda que se desparrama varios metros antes de retroceder. Desconcertado, el viajero vuelve la vista a la portalada del otro lado y descubre que también allí se ha producido la súbita avenida de agua. Permanece perplejo unos instantes, y de nuevo la onda, esta vez más impetuosa, entra simultáneamente por las dos partes y acerca hasta él su leve cresta blanca, antes de retirarse. En el gran patio ya no se oye otro sonido que el ruido del mar. La tercera oleada que llega desde las dos portaladas es tan impetuosa que está a punto de alcanzarle: una ola ya perceptible, espumosa. Sintiendo una confusión despavorida, el viajero deja el enlosado y se aleja con grandes pasos, ascendiendo hacia la otra parte del patio. Cuando se detiene para contemplar lo que está sucediendo frente a la mezquita, ya no encuentra ninguna señal del mar, el ruido de olas ha cesado, las palomas zurean otra vez, y por las portaladas lo único que entra son algunos turistas con sus cámaras fotográficas.

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Medium 9788483935446

De lectura obligada

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

De lectura obligada

 

Don Severino Sotomayor de la Fuente Gloriosa tenía sueños de grandeza. Los había tenido toda la vida y en su madurez, que ya iba siendo vejez mal llevada, se daba cuenta de que la mayor parte de ellos habían quedado enterrados en el baúl de los recuerdos. Ni arquitecto de faraónicos proyectos, ni tenista de irrepetible agilidad, ni investigador de envidiada reputación. Nada. Don Seve Soto –así lo llamaban en su pueblo, de donde jamás había salido– se había conformado con ir vendiendo las tierras de sus antepasados para sobrevivir sin grandes lujos ni enojosas apreturas. Su único éxito había sido el de alcanzar por mayoría absoluta la alcaldía del pueblo –creía él que por méritos propios, pero era más bien porque sus conciudadanos preferían tenerlo entretenido en el Ayuntamiento que deambulando por el pueblo con su apabullante verborrea–.

Así fue que, con digna resignación, Don Seve Soto aceptó sus numerosos fracasos y fue acariciando la idea de un último sueño, sin duda el menor pero sueño al fin, que consistía en escribir y publicar un libro en donde quedasen reflejadas las peripecias de su vida. Se puso manos a la obra y, al cabo de poco, su empecinamiento obtuvo trescientas largas páginas de resultado. La venta de las últimas tierras que le quedaban sirvieron para sufragar los gastos de edición, que no fueron pocos, pues Don Seve Soto decidió imprimir nada menos que diez mil ejemplares en una cuidada edición de tapa dura.

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Medium 9788483935156

Mi otro nombre

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Mi otro nombre

 

Supe que mi madre me perseguía cuando escuché por casualidad el nombre con el que ella me llamaba en secreto. Yo pasaba junto a su dormitorio amarillo de soltera, con el deseo inconfesado de sorprenderla gimiendo debajo de algún desconocido. Esta imaginación solía provocarme una fiebre indignada que me quitaba el sueño. Lo que buscaba al detenerme junto a la puerta del dormitorio de mi madre era la confirmación de su libertinaje, no de su demencia.

Desde aquel descubrimiento, empecé a preparar por mi cuenta todas las comidas. Mi madre no hizo más que congratularse de un modo demasiado teatral. Yo observaba cada uno de sus movimientos al condimentar los platos (de eso no conseguí encargarme: Ah, no, querido, eso sí que no te lo voy a permitir, ¡el arte culinario consiste sobre todo en el toque final!), cómo le echaba sal y especias a la carne, a la ensalada, al puré. Naturalmente, nunca hizo nada sospechoso: ella sabía que la vigilaba. Me había visto nacer, crecer, hablar; me había ofrecido esos pechos que ahora empezaban a colgarle; había visto cómo aprendía a hablar en su lengua, y cómo más tarde aprendía que esa lengua sirve para odiar con precisión; había presenciado mi fracaso en los estudios, mis problemas para hacer amistades, la resignación de mi vida sedentaria. ¿Cómo no iba a saber entonces que la espiaba? Lo único que mi madre no sabía es que, una sucia noche, yo había escuchado mi otro nombre a través de la puerta de su dormitorio.

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Medium 9788483935620

ORBE

Juan Jacinto Muñoz Rengel Editorial Páginas de Espuma ePub

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