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Medium 9788483935743

La redención

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

La redención

 

El reo, atado a la pira, fue requerido para que abjurase de sus errores, de lo contrario sería quemado vivo: «Yo –dijo– no he insultado a Cristo, Señoría, llamándole cerdo, yo he dicho que es el cerdo quien ha sido enviado por Dios para redimir nuestros pecados, pues el cerdo, uno a uno o como especie, da la vida por nosotros; igual que lo hacen todos esos pobres animales a los que privamos de relaciones afectivas, de libertad y finalmente de vida. ¿Acaso no hay mucho de cristiano en su sacrificio? ¿No es eso también la Redención? ¿No es eso, sobre todo, la Redención? ¿No vivimos, no somos redimidos, por los animales de los que nos alimentamos?».

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Medium 9788483935415

El Serbal

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El Serbal

 

El eremita Serbal recogía hierbas del bosque cuando se topó con un animal feroz. «¡Oh, Dios mío, que no me pueda hacer daño!», suplicó. Y cuando quiso moverse se dio cuenta de que se había convertido en árbol.

 

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Medium 9788483935996

Carta a Nabokov

Eloy Tizón Editorial Páginas de Espuma ePub

Carta a Nabokov

 

 

 

Las concepciones sobre el espacio y el tiempo que deseo exponerle han sido desarrolladas en el terreno de la física experimental, y de ahí procede su fuerza. Son radicales: de ellas se deduce que el espacio en sí mismo y el tiempo en sí mismo están condenados a desaparecer como sombras y que solo una especie de unión entre uno y otro conservará todavía una realidad independiente.

 

H. Minkowsky

 

 

 

Tú, ahora que ya estás en Terra, y habitas tu muerte amueblada de trineos, o a menos que seas un espectro de nebulosas viajando por el anillo de los mundos, la palpitación de un dígito, dondequiera que estés, un rectángulo de césped amarillo –no– debajo de un almendro de Montreux, Zembla. De modo que morir era eso. Tú que no verás más la luz pulverizada de la tarde, ni una hermosa cinta de grasa sobre la acera, ni un trozo de crepúsculo ondulante en el parabrisas de un taxi. ¿O acaso está el dejar de vivir / todavía lejos del estar muerto? Han sido talados los árboles de Vyra, y un poco de ceniza te cubre las facciones. Querido Sirin, tus insomnios sobre alfiles y peones en la noche de Berlín, con persianas torcidas como párpados mal cerrados. Sabrás que pasó la Historia, pasó sobre raíles monstruosos, con sus alambradas de púas, su tesoro de miserias, sus tijeras para el viento y el viento en las claraboyas que repite lo que sabes, la zarza escondida, pálido fuego.

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Medium 9788483935279

Arte bizantino

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Arte bizantino

 

Pocos días después de llegar al edificio, la escritora fue a presentarse a los porteros. De inmediato y a pesar de sus evasivas, la obligaron a pasar a la vivienda, en planta baja. No hubo manera tampoco de decirles que no quería tomar nada, así que se sentaron a fumar alrededor de la mesa camilla cubierta por un hule de flores azules y blancas, y los tres se bebieron un cortado sin azúcar muy caliente en tres recipientes distintos –un vaso duralex marrón, un tazón de plástico verde para café con leche y una taza pequeña y blanca, sin asa.

La escritora contestó que era escritora cuando le preguntaron qué era –y tanto la pregunta como la respuesta la dejaron pensando varios días: ¿qué hay que contestar cuando te preguntan qué eres?–. La portera aprovechó para contarle que también ella escribía, y sacó varias libretas de espiral para demostrárselo y le confesó que desde hacía algún tiempo estaba con una novela que a lo mejor a ella, a la escritora, le gustaría leer. De modo que la escritora, vamos a llamarla Andrea, dijo claro, claro, en cuanto acabe de instalarme y me organice seguro que encuentro el tiempo. Pero mentía, sin duda pensaba que jamás leería aquel cuaderno escrito a mano con letra pequeña. Mentía porque Andrea todavía no era la que iba a ser años después, una persona capaz de decir lo que pensaba y de hacer lo que decía. Soltó aquella mentira que le pareció piadosa e iba a levantarse cuando fue él quien habló, el portero, que contó de su afición por la pintura y, ufano, sacó algunos lienzos enrollados, los desplegó sin miramientos sobre las tazas de café vacías y el cenicero lleno de colillas, y dejó que Andrea contemplara, con una sonrisa forzada y los ojos entrecerrados, aquellas vírgenes de colores llamativos circundadas por mandorlas con cenefas llenas de dibujos que recordaban al típico azulejo andaluz. Suelo exponerlas, dijo el portero, vamos a llamarlo Miguel, suelo exponerlas aquí mismo, dijo Miguel, en el patio de luces, justo estaba a punto de colocar una obra, mañana la verás, las ilumino y todo, quizás tú quieras escribir sobre mi historia, a ella no le interesa –se refería a la portera, vamos a llamarla Teresa–, Teresa dice que bastante tiene con lo suyo. Andrea no podía quitar los ojos de las pinturas que le mostraba y Miguel, jaleado por su atención, declaró que se sentía muy influido por el arte románico y bizantino, aunque también por la tradición popular mexicana.

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Medium 9788483935545

La lápida

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La lápida

 

 

La compré en una casa de antigüedades porque la coincidencia de las fechas me hizo gracia. Me gustaba la tex­tura de la piedra y el color que el musgo le había impregnado, pero ningún albañil quiso hacer la obra y no tuve más remedio que poner un anuncio en el periódico. Un hombrecillo repugnante se presentó en casa y le indiqué en qué lugar del salón la quería. Reconozco que fue muy profesional, porque en menos de tres horas terminó el trabajo y me dejó el suelo limpísimo. Casi tuve que obligarlo a cobrar.

A mis amigos no les gustó mi nueva adquisición y nadie quiso bailar sobre la lápida. Me enfadé tanto que fui por unas herramientas para levantarla. Hubo gritos, maldiciones y denuncias. La policía me ha detenido, pero soy inocente. No sabía que hubiera una tumba en el salón. No sé cómo acabó allí el albañil.

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