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Medium 9788483935309

Arte mayor

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

Arte mayor

 

–¡Cien millones de libras esterlinas por una pluma de ángel! –dijo el embajador, que, tras una pausa, añadió–: ¡Cómo no sentir admiración por sus habilidades para el comercio! ¿Han oído hablar de un escritor llamado Rafael Barrett? Le gustaba mucho a Borges, acaso porque ignoraba que era español. Barrett, como hombre de su tiempo, solía hablar de razas. Decía por ejemplo: «Las razas latinas crean el Arte y las anglosajonas lo comercializan».

Los lores escuchaban con enorme interés.

–Seguro que recuerdan –prosiguió el embajador– al gran Rupert Barlow, director de la sección de Arte de uno de los diarios más importantes de Londres. Barlow, desde luego, no conocía a Barret, pero un día en que visitaba un pueblo del interior de Sicilia, en la provincia de Caltanissetta, supo de un tal Tommasino Paladino, que se estaba construyendo una casa con sus propias manos. Llamó su atención una especie de pirulí de ladrillo instalado en paralelo a la cúspide del tejado, con un pico de hormigón que parecía un embudo dirigido hacia media rueda de automóvil. Para todo el mundo aquello era un disparate más.

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Medium 9788483935378

Decálogo del concursante consuetudinario (y probablemente ultramarino)

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

Decálogo del concursante consuetudinario
(y probablemente ultramarino)

 

I

 

Los cuentos que envíes a los concursos nunca serán importantes para la historia de la literatura. En realidad, ni siquiera para la literatura.

 

 

II

 

Firma siempre con seudónimos femeninos, pero que sean sugerentes. Jamás explícitos. El recato atrae más.

 

 

III

 

Escribe un cuento que sea como una «célula madre» literaria que puedas clonar para cada concurso. No te preocupes. Los clones siempre salen mejores que el original.

 

 

IV

 

Describe escenas pastoriles cuando el premio lo convoque una gran ciudad (cabras triscando aspidistras por Barcelona, amapolas en la Castellana madrileña o lecherías en el centro de Valencia), pero crea una atmósfera cosmopolita cuando el concurso sea de pueblo (el Down Town de Higuera de la Sierra, los vernisages de Manzaneda de Omaña o el delicioso Dry Martini de los pubs de Guarromán).

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Medium 9788483935057

Un buen día

Iban Zaldua Editorial Páginas de Espuma ePub

Un buen día

 

Los Planetas

Unidad de desplazamiento

RCA-BMG, 2000.

 

–Eh, Txabi: ponme otro, y esa canción, ¿vale?

–Te preparo el gin-tonic sin ningún problema, pero tengo que informarte de que me estoy quedando sin Tanqueray y si sigues así vas a tener que elegir veneno de otra marca, o ir pensando en cambiar de bar. Eres el único que me la pide aquí, así que…

–No te preocupes, ya sabes que lo de la Tanqueray es puro esnobismo. Todo por culpa de Juanjo, que nos dio aquella lección sobre ginebras, ¿te acuerdas?, el verano que fuimos a Londres. A la vuelta, en el ferri, intentamos mangar un par de botellas del duty free, pero no hubo nada que hacer y casi pillaron al pobre Román…

–Sabes de sobra que no pude hacer con vosotros el puñetero viaje a Londres. Aunque me lo sé de memoria, claro.

–Es verdad. Perdona. El caso es que así fue como me aficioné yo a la Tanqueray.

–…

–¿Y la canción? No has puesto la canción.

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Medium 9788483935026

Mitades

Ángel Zapata Editorial Páginas de Espuma ePub

Mitades

 

Me notaba rendido aquella noche, pero la marca roja que Concha tenía en el hombro a mí me parecía un chupetón, y así se lo dije.

–¿Te refieres a esto? –me dijo ella. Y se señaló la marca, sin levantar los ojos del libro.

–Sí, Concha.

–Pero Alberto ¿estás tonto o qué? ¿de qué iba a tener yo un chupetón?

–Pues de follar, Concha. Hasta donde yo sé, los chupetones salen de follar, o de darse la paliza, o de otras cosas por el estilo.

–Tú sí que estás paliza, Alberto, hijo. Anda, duérmete, y mañana será otro día ¿eh?

Por un momento le hice caso a Concha. Dejé las gafas junto al despertador, apagué la lámpara de mi mesilla y me puse a dormir. Pero no había manera. Seguía pensando en el chupetón. «Duérmete», me había dicho. Y a pesar del cansancio, medio dormido y todo, pude oír cómo Concha tardaba una eternidad en pasar la página del libro que se había llevado a la cama, cuando ella, normalmente, suele leer muy rápido.

De modo que era inútil empeñarse en dormir y volví a espabilarme. Concha y yo nos habíamos casado seis años antes y faltaban unos pocos días para que fuese nuestro aniversario. En todo ese tiempo habíamos tenido algún altibajo, pero las cosas entre nosotros no podía decirse que fueran mal. Yo nos veía bien como pareja. Nos veía normal por lo menos, ni mejor ni peor que las otras parejas que conocíamos. En los últimos meses, quizá Concha había estado un poco más fría que de costumbre. O puede que muy fría incluso. Pero yo lo achacaba a su carácter, algo inestable en general. Dejé correr las cosas. Eso fue lo que hice. Ahora había una marca en su hombro. Y no servía de nada esforzarse en dormir.

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Medium 9788483935156

Amores rusos

Andrés Neuman Editorial Páginas de Espuma ePub

Amores rusos

 

Las mujeres que he amado o han aceptado amarme vienen siendo cada vez más pequeñas. Hubo un momento en que el asunto empezó a preocuparme: ¿cómo era posible que, al concluir cada romance, yo conociera de inmediato a otra mujer encantadora, inteligente, afín a mi carácter, todo eso, pero invariablemente un poco más baja que la anterior?

Sé que un hombre de hoy no debiera confesar estas cosas. En mi favor y en mi contra, alegaré que el primero de mis grandes amores fue una jugadora de baloncesto, Marcela, aquella deslumbrante pívot que conocí una tarde en el Palacio de Deportes de Madrid. Digo en mi contra, porque hoy me parece mentira no haber caído antes en la cuenta de este retroceso, considerando que mi actual esposa mide bastante menos de metro y medio, y que las novias que sucedieron a Marcela fueron descendiendo gradualmente en peso y estatura. Claro que esta misma circunstancia actúa en mi descargo, ya que parecía natural que mis amores posteriores a la pívot fueran mujeres de menores dimensiones. Más aún considerando que la siguiente no resultó ser lo que se dice una chica bajita: Elsa, abogada laboralista, temperamento aguerrido, medía alrededor de metro ochenta y acudía con regularidad a un gimnasio. Así que cuando Elsa me dejó, y no la culpo, tampoco experimenté sorpresa alguna al comprobar que Marta, quien tan bien supo comprenderme y a quien tanto quise, era de una estatura respetable aunque ya no extraordinaria, más o menos similar a la mía. También parece lógico que, tras nuestra dolorosa ruptura, no me extrañara verme junto a Carolina, que era algo más baja que yo. ¿No era acaso lo habitual, incluso para un hombre de estatura corriente y físico discreto? De manera que me entregué a gozar de mi flamante amor por Carolina, prestigiosa ingeniera, humor inmejorable, menos de metro setenta, sin especular con vacuas estadísticas.

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