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Medium 9788483935750

Artrópodos y hadanes (una fábula)

José María Merino Editorial Páginas de Espuma ePub

Artrópodos y hadanes (una fábula)

 

*

 

¡Lo juro por los mares peludos de la Estrella Negra y por la brisa viscosa de Ol! ¡No es un prejuicio! ¡Nunca he puesto en duda nuestra hermandad!

No me importa que tengan dos extremidades menos que nosotros, ni esas uniones extrañas de su cabeza con el tórax, y del tórax con el abdomen. Tampoco pienso que su inteligencia sea menor, pues es notorio que, para algunas cosas, puede ser muy superior a la nuestra. No es por ahí. ¡No soy un maldito racista!

Donde me parece encontrar una diferencia enorme entre ellas y nosotros es en la sensibilidad. Por eso digo que somos en el fondo muy distintos. Lo que pretendo asegurar es que, en lo que se refiere a la sensibilidad, hay un punto, un límite, a partir del cual ellas y nosotros ya no tenemos nada en común. Enfrentadas a situaciones que para nosotros serían motivo de gran turbación, o por lo menos de desconcierto, ellas mantienen una indiferencia, o mejor una frialdad, que parece propia de seres de otra naturaleza.

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Medium 9788483935163

La otra batalla de Ayacucho

Fernando Iwasaki Editorial Páginas de Espuma ePub

La otra batalla de Ayacucho

 

El viejo resopló su café mientras pensaba en la explicación que tendría que darle a su hija. Es verdad que hacía sólo tres meses había tenido un infarto, pero esta era ya la sexta vez (¿o la séptima?) que un presentimiento le movía a dar una falsa alarma. Francamente le molestaba mucho, pues sabía perfectamente que Rosita se vendría volando desde Ancón con toda la familia y que después de un gran susto no tardaría en mandarlo a la mierda, como había ocurrido en la última ocasión. «Ya debe estar queriendo que me muera» –pensaba– y se reía entre sorbo y sorbo.

Sin embargo, él debía inventar alguna excusa, ya que no podía admitir que lo cierto era que tenía miedo a quedarse solo, o a morirse solo, que a su edad venía a ser prácticamente lo mismo. En efecto, el temor a la muerte había ganado cuerpo, poco a poco, en su mente. Pero, ¿cómo es que se muere uno? Esa ignorancia le atormentaba en demasía.

Le vinieron a la mente las clases de catecismo que recibió con los curas salesianos antes de su primera comunión. «Uno muere cuando el alma abandona el cuerpo», decía el padre Cayetano, pero él jamás había aceptado esa sentencia. De ser así, él debía estar ya muerto, pues desde el fallecimiento de su esposa había perdido el alma. No, no, morir debía ser algo muy distinto. Con dificultad recordó algunas reveladoras visiones infantiles: a su hermano Federico escondido en el armario durante algún día completo, el agua escurriéndose por el guáter, un pollito asfixiado en su bolsillo... ¡sí!, morir debía ser algo parecido a todo aquello, algo de ausencia, algo inexplicable, algo natural. Al fin y al cabo, algo irreversible que él se resistía a aceptar, sobre todo porque sus últimas pesadillas lo estaban conduciendo a la antesala de la muerte misma. Frecuentemente soñaba con que su Rosa se levantaba de la cama y se dirigía hacia el baño; ya en la puerta lo llamaba con insistencia y él se negaba a seguirla; después ella se perdía entre los azulejos hasta la noche siguiente. Por eso es que se ocupaba en el baño de abajo; porque tenía miedo, miedo a esa soledad que lo estaba condenando a morir como un perro en su viejo caserón de la avenida Arenales.

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Medium 9788483935637

LACULPADELASREVUELTAS_LSR_D-1

Antonio Ortuño Editorial Páginas de Espuma ePub

La culpa de las revueltas

 

–¿De quién es la culpa de las revueltas? Pues de los revoltosos. Eso me parece cosa clara –afirmó con lógica irrebatible el profesor Quintana, ante su grupo de Matemáticas, días después del atentado contra la Torre de Comunicaciones.

Cuando los profesores y el comité de alumnos firmaron una petición para que se liberara a los arrestados en las represalias que había tomado el Gobierno –durante las que murieron siete personas y más de veinte fueron a parar a prisión–, sólo Quintana y un grupo de trabajadores se rehusaron a hacerlo y, en cambio, firmaron un documento de apoyo a la Dirección de Seguridad –el secretario del director consideró que aquello no valía la pena de ser informado al jefe y resignó el papel a un archivero–.

La tarde de los hechos, el profesor llegó caminando despaciosamente por los jardines de la facultad de Matemáticas. Era un hombre canoso y ventrudo, piel rosada y dientes manchados por el tabaco. Depositó su gabardina en el perchero del aula y dejó el paraguas en el marco de la ventana. Luego de cerrar a tirones las cortinas y abandonar en el escritorio un par de voluminosos paquetes, accionó la luz eléctrica y cerró la puerta del salón. De vuelta al perchero, añadió el sombrerito gris a la gabardina. El montaje lo satisfizo.

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Medium 9788483935101

Terrario

Mariana Torres Páginas de Espuma ePub

Terrario

 

–No le tenías que haber comprado hombrecitos a Lucía. Es demasiado pequeña.

–Aprenderá. Tiene que ser responsable.

–Los matará de hambre.

–No, aguantan bien. Son de los duros, me han dicho que hasta diez días sin comer.

–Me dan pena. Son personas, al fin y al cabo.

–Ya sabes que está más que estudiado que no sienten ni padecen. Tienen el cerebro demasiado pequeño.

–No sé, cariño. ¿Los has observado por las noches? Yo diría que se quieren. Ayer cuando apagué las luces encendieron un fuego, y se quedaron dormidos abrazados.

–Le recordaré a Lucía que les ponga agua. Por algo se empieza.

–Y hace unos días vi cómo construían una especie de caña e intentaban pescar en el pozo. Podríamos ponerles un estanque con peces, son un poco caros, pero es que del pozo no van a sacar nada.

–En cuanto tengan una cría, Lucía les hará más caso, tranquila. Los viste abrazados, ¿no?

–Y van a necesitar más comida.

–Podemos comprarles esas gotitas que se le echan al agua, eso que lleva proteínas. Para que duren más.

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Medium 9788483935217

La nieve de Londres

Pablo Andrés Escapa Editorial Páginas de Espuma ePub

La nieve de Londres

 

Sin estorbo de la magia que enseguida se dirá, advierto únicamente que las letras que ahora vienen no son un cuento distraído de mi imaginación. Aquí no valgo más que el escribano que se aplica a copiar lo que le ofrecen, y lo que se me ofreció a mí fue una carta que no llegó a enviarse. La firma don Diego Sarmiento de Acuña, que fuera embajador del tercer Felipe de Austria en Londres. Por servir al rey abandonó su tierra y vivió añorando el regreso a su aldea de Gondomar, donde tenía casa de dos plantas y jardín con rosales trepadores asomados a un estanque, entre árboles de fruta. Lejos de su hacienda, pero siempre recordándola, escribió la carta que se verá. Y la dejó hecha muy de madrugada, una Navidad de 1617. Quería el embajador contar puntualmente de la víspera, que la había pasado cenando a solas con el Estuardo que mandaba en Inglaterra. Tal vez la nieve que caía sobre Londres dejó que las palabras se asentaran sobre el papel como un memorial de milagros, a la manera de los copos que saben desbordar las imaginaciones con su viaje callado desde el cielo. Tal vez, también, prever su lectura lejos de aquella siembra cándida, convenciera al embajador de guardar la carta entre sus papeles, por no exponerla a burla ni a incredulidad. Pues no poca habría sido, ciertamente, la de saberse en España que el rey Jacobo de Inglaterra se consolaba del frío en los pies metiéndolos en una cubeta de agua tibia, la misma que ofrecía alivio a las plantas menos nobles del embajador. Libres de dudar de las curiosas ceremonias que a veces procura la amistad en tierra extraña, leamos nosotros de buena fe la carta que se perdió el rey de España y de las dos Sicilias, cuyo reino llegaba de Nápoles hasta las Américas. Y sepamos que, a pesar de la mucha tierra sometida a sus pies, nunca habrá tenido aquel rey con quien conversar tan discretamente con ellos puestos en remojo.

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