Crea tu propio libro electrónico

Utiliza nuestra aplicación para mezclar relatos y hacer tu propio libro personalizado. Es sencillo y tan sólo tardarás unos minutos. Para ti o para regalar.

Relatos por separado Compra uno o más relatos por separado o añádelos a una selección de relatos para hacer un libro personalizado

Medium 9788483935446

Yo soy inminente

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Yo soy inminente

 

A veces tengo unas admoniciones increíbles, como una especie de versiones de cosas, ¿sabes? Me vienen de repente, por un sueño que he tenido, o por un asentimiento. Paqui dice que todo son alusiones mías, pero de eso ni hablar, que la que está delicada del cerebelo es ella y no yo. Y luego otra cuestión: que a la gente le cuesta mucho omitir que los demás tienen poderes que ellos no han aprehendido. Además, hay que tener presencia de que la Paqui está amargada, porque tiene al marido empotrado en la cama desde hace años y de eso nadie sale inerme, oiga, se lo digo yo que estoy al margen de todo y sé muy bien de lo que hablo porque ya he pasado por ese alcance. La Paqui ahora no me cuenta nada, porque lleva una época muy perceptible, pero antes estábamos muy penetradas las dos. Lástima. Desde que se ha ido a vivir a esa organización de casas endosadas no hay quien le diga nada. Antes vivía en el beneficio de enfrente, y todo eran favores, que si me das un poco de sal, que si me enciendes la aguja que yo no veo bien, en fin, un desecho de favores. Le he dicho que va acabar mal, que el marido se le va a convertir en un adulterado, que su hija pequeña va a tener una noción de embarazo y que al chico la novia lo va a dejar por imponente. Le he dicho que lo he visto todo clarísimo como el agua. Y la Paqui que no, que no se quiere creer que yo soy inminente y veo el futuro. Peor para ella.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935415

El maestro nacionalista

Juan Pedro Aparicio Editorial Páginas de Espuma ePub

El maestro nacionalista

 

Los nuevos niños a su cargo tenían tal virginal ignorancia que cayó en la tentación de enseñarles que el Norte era el Sur y que el Este era el Oeste.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935446

Quinto aniversario

Flavia Company Editorial Páginas de Espuma ePub

Quinto aniversario

 

Lo nuestro es de película. Desde el principio. Porque a ver, desde cuándo romperse la crisma da suerte. Que se sepa, nunca. Y sin embargo, lo nuestro es diferente.

El día veinte de agosto de hace cinco años, tanto Mari como yo, cada uno por su lado, tuvo la gran fortuna de destrozarse la cara. Yo estaba trabajando en un andamio, a una altura de unos quince pisos, resbalé y me caí de bruces, con el consiguiente desperfecto y una aparatosa pérdida de sangre que incitó a mis buenos compañeros a llamar de inmediato a una ambulancia que llegó, sin exagerar, un par de horas más tarde, cuando lo mío era ya casi irreparable. Por su parte, Mari estaba limpiando los cristales de uno de los ventanales del piso en que trabajaba y, al igual que yo, dio un traspié y cayó toda ella hasta dar contra el suelo de cabeza. Algún transeúnte consciente de la gravedad de la situación avisó al servicio de urgencias que debió de tardar también lo suyo porque, cuando llegaron, el alma caritativa que les había avisado ya no estaba allí, pero había dejado una nota junto al cuerpo aún con vida de Mari que decía: lamento no poder aguardar durante más horas su llegada; otros deberes me reclaman.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935941

Bernhard en el cementerio

Edmundo Paz Soldán Editorial Páginas de Espuma ePub

Bernhard en el cementerio

 

 

 

A Miguel Sáenz

 

 

 

Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: «Herta Pavian, cuarenta y seis años». No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, «pavian» es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reírte, Pavian, querían que te corrigieras y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

Ver todos los capítulos
Medium 9788483935064

Rosas amarillas

Inés Mendoza Editorial Páginas de Espuma ePub

Rosas amarillas

 

Fui a buscar a Ilusión al montículo del bosque donde estaban las rosas amarillas. La encontré con los brazos cruzados y el morro furibundo. Le pregunté si seguía enfadada conmigo, ella me dijo que sí, que ya no quería jugar más a las muertas, y sacó de un bolsillo sus alas de murciélago. Grité espantada, creí que era uno de verdad. ¿Por qué serás así?, le dije; ella batió las alas mientras sonreía maliciosa y yo me tapé los oídos sin hacer alharacas.

Pasaba el muchacho de la Ciudad Escondida, menudo nombre para una ciudad. Qué raro, dijo Ilusión; mira lo que lleva en la espalda. Un bacalao, casi tan grande como él, moviendo aún la cola. Está vivo, dije, y el muchacho de la Ciudad Escondida se volvió hacia nosotras. Intentó decir adiós con la mano que tenía libre, pero el bacalao aprovechó el momento para revivir y vino nadando, o más bien arrastrándose, confundido tal vez, porque lo único cierto es que allí en el montículo no había agua.

Un momento después llegó reptando hasta la orilla de nuestros pies y nos llenó de escamas, qué asco. Ilusión aprovechó para atraparle y se lo enseñó al muchacho de la Ciudad Escondida en señal de triunfo. Él vino, aunque yo le hice señas de que no se acercara, no todo el mundo aguanta a Ilusión, es peligrosa; pero él no me hizo caso. Me sentí transparente. Le dio a Ilusión un beso en la mano como a una gran dama y a mí otro más rápido. Ilusión se le puso a tiro, como tapándome, y en ese momento no se me ocurrió qué decir.

Ver todos los capítulos

Ver todos los relatos