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Mirar al agua

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Hay un nexo en común en Mirar al agua: la intención de que todos sus relatos, los dieciséis, tengan que ver de una forma u otra con el arte, y en muchas ocasiones el contemporáneo, más exactamente. Así, no sólo cuenta una historia sino que propone un discurso que plantea dudas intelectuales acerca de la creación, del arte y de la propia construcción del texto. Eso que tienes ante los ojos. ¿Quién lo ha puesto? ¿Y para qué lo han puesto? Esa forma de mirar tuya: despreocupada, por encima, ávida o curiosa, ¿quién te la ha enseñado? Nuestros ojos son nuestra primera costumbre. Los túneles por donde entran. Ha dicho Miguel Cereceda: “Uno no puede ver que no puede ver lo que no puede ver”. Pero ¿podemos acceder a otra forma de mirar? ¿Existe la manera de que encontremos algo diferente, verdadero, genuino, liberador? Las artes y la literatura nos brindan, acaso, vías de conocimiento. Estos relatos quieren ser lámparas, antes que espejos que sólo repiten lo que ya nos cuentan. Buscan ser luces que limpien nuestros ojos. Despertares.
El Jurado del I Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero valoró en el libro la ambición literaria y bien cumplida, mediante un diálogo entre la literatura con las artes plásticas contemporáneas, tema poco usual en nuestra práctica literaria, desde la riqueza de registros y a través de historias interesantes narradas con perspectivas originales y una voluntad decidida de modernidad y experimentalismo.

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16 relatos

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Mirar al agua

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Mirar al agua

 

Pues la tal Graciela se vuelve de golpe y me suelta:

–Si no te gusta, vete, y nos ahorramos los resoplidos.

Para qué iba a contestar. Se veía que la tía estaba muy enfadada, así que mejor dejarlo. Conque se da la vuelta y sigue de charla con sus amigas. Es lo que más me jodió, que siguiera como si tal cosa; y encima Chus me dice que qué pasa conmigo. Pero Ángel también se había burlado, sobre todo al principio, y a él no le había dicho nada. Y esa vez por lo menos sí que tenía razón en reírme, porque había que ver aquel mamarracho de muñeco con forma de bebé de color verde, ¡y con pirulís de colores en los ojos!

La verdad que me sentó mal; le dije a Ramiro que se viniera conmigo a tomar algo, pero él se lo trataba de hacer con una de las chicas y no quiso. Así que como recular ya no podía porque fui tan tonto de decirlo en voz alta, a los veinte minutos me tienes en la barra con un copazo.

Tomando algo es un decir. No me apetecía beber solo, además era temprano. Esa Graciela se había pasado conmigo; que me hacía gracia era verdad, pero yo tenía derecho a expresar mi opinión lo mismo que cualquiera. Y sólo habíamos visto unos cuadros espantosos, cosas raras tiradas por el suelo, maquinitas absurdas y vídeos sin sentido. Que yo no digo que entienda como ella, pero sé reconocer el arte si lo veo; y casi todo lo que exponían allí lo hace hasta un mono si lo dejan. Me eché mi risa, imaginándomelo con sus pinceles, las pinturas, la tela; un letrero de «Artista trabajando», y una panda de pirados mirando y aplaudiendo detrás de los barrotes.

 

Un hombre pone un cuadro

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Un hombre pone un cuadro

 

 

 

Yo pinto por capas. Una capa sobre otra que van contando una historia invisible del proceso. No se ve, pero es evidente

en la corporalidad de la superficie.

Sean Scully

 

 

 

1.

Una pared amarilla.

Rectangular, limpia. Vacía.

Un espacio plano.

Una pantalla. Un lienzo. Un telón.

La pared de una casa.

 

2.

Aparece un hombre con una banqueta, avanza. Lleva también un martillo, y algo más en esa mano.

Cuando llega hasta la pared coloca la banqueta en el suelo y deja el martillo sobre ella, pero se vence de un lado y cae –su mano aletea por agarrarlo–, se estampa contra el parqué. Una mínima parte de la madera se astilla. Maldice el hombre.

Se le ha caído el martillo, ha estropeado el suelo de madera sin remedio. El hombre ha maldecido.

Mira al suelo. El daño ya está hecho. Agarra el martillo por el hierro. Lo pone encima de la banqueta, con furia.

 

Las Meninas

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Las Meninas

 

Bocetos

–¡Agustina!, ¡la puerta! – ¡Voy, señora! – Esta chica, hasta que no suena dos veces... Y va a ser el de las fotos, ya verás.

–¡Mamá! – ¿Qué, princesa? – ¡Ay, que no me llames princesa! – Si te gusta. – Me gusta, pero delante de mis amigas no. – No veo a tus amigas por ningún lado. – Va a venir Anabel – Bueno, princesa, cuando venga no te lo digo – Luego se te escapa.

–¿Quién es, Agustina? – Creo que el chico de las fotos, señora. – ¿Cómo que creo? ¿Trae las cámaras o no? – Trae como unos bultos y maletines. Pero viene bien vestido. – ¿Y qué si viene bien vestido? ¡Aquí no van a enviar a un pordiosero! De verdad que sales con unas cosas... – No te metas con ella, mamá. – ¡Pero quién se mete con quién! – ¿Lo hago pasar? – Claro, hasta el porche sólo. – Hay que dar tiempo al señor, que todavía no se ha levantado. ¿Vas tú a avisarle, prin... cariño? – Sí. – ¿Y tu hermano? – En la cama, supongo. – ¡Si son las doce del mediodía! – Pues igual que papá. – Aquí sólo se levantan las mujeres. Llama a los dos, anda. – ¡Jo! Tengo yo que ir a despertar a todo el mundo. – Bueno, díselo a Agustina; pero donde papá vete, ¡es tardísimo!

 

Una ventana en Via Speranzella

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Una ventana en Via Speranzella

 

 

 

Las acciones vitales son, en realidad, formas expresas y expresivas de lo que puede llegar a ser entendido como arte. [...] No es preciso transferir a un objeto extraño y exterior a la propia persona

las vivencias sensibles o emocionales, porque el arte también puede ser objetivado a través de acciones y movimientos del propio cuerpo, y quien los observa puede captarlos como presencias representativas similares a las que provocan o se experimentan delante de las llamadas obras de arte.

 

Arnau Puig sobre Esther Ferrer

 

 

 

La obra visible que ha dejado esta artista es de fácil y breve enumeración: apenas unos cuadernos escolares que fue escribiendo de modo desigual hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido a sus setenta y tres años, y en los que no se encuentra otra cosa que recuerdos vagos de personas, pisos, calles, paisajes que frecuentó, pero apenas nada que sirva para interpretar, mucho menos explicar, el sentido último –si es que cabe esto– de sus acciones; doce pequeños objetos de terracota que algún especialista, es un decir, ha denominado con el sencillo nombre de «esferas» y «polimorfismos», y algunos correos electrónicos –son escasas las cartas, aunque muchas se han perdido– que unos pocos amigos han conservado y custodian celosamente. Exigua herencia, se concluye, para los estudiosos y curiosos que tratan de satisfacer con ella la sensible pérdida de lo que en realidad importa y no podrá recuperarse nunca.

 

Amores

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Amores

 

 

 

El artista no trata de hacer un concepto ilustrativo

de una ideología [...]. Para mí la política en el arte forma parte

de la libertad para hacer un cuadro.

Jannis Kounellis

 

 

 

Guapísimas jovencitas, con fantasías, al abrir la puerta. Una niña enamoradiza; una guapísima adolescente –jovencita también, en cierto modo–, también con fantasía, propia de la edad, se predispone a vivir lo aún no vivido. Con fantasías, al abrir la puerta, ojos verdes. Exuberante. Cariñosa. Una niña cariñosa que había mostrado su amor por los animales durante un tiempo; por ejemplo, cuidó del cachorrillo de un vecino que se fue de vacaciones, y que, según ella decía, parece que terminó prefiriéndola a sus dueños. Belleza mexicana, diecinueve añitos, morenita, delgadita. María, muñequita, al abrir la puerta. Antes de abrir la puerta, le decía su madre, si papá y yo no estamos, debes preguntar quién es.

Bailarina profesional, recibo solita. La niña empezó a tontear con un chico de su edad, algo mayor que ella, vecinito del barrio. Repitiendo 2.º. Antes o después de los deberes se escapaban para poder verse un rato, ellos sabían dónde, acudía toda nerviosa la chiquilla, incluso con un perfume fresco apropiado a su edad, palpitando, nos gustan los juguetes, recibo solita. Daban un paseo, hablaban, se hacían preguntas, se respondían, se dejaban con la intriga. A ratos se cogían de la mano y paseaban como las parejas. Muy tiesos y callados, a ver qué pasaba. Él se comportaba igual que un enamorado: le hacía regalos de cuando en cuando, baratijas, chucherías, alguna revista, algún collar de bajo precio, para lo que reservaba parte de la paga que recibía semanalmente, cariñosa, al abrir la puerta, brasileñas, extremeña, sueca, mulata, ama de casa, madurita, chinas, japonesas, latinas, de Madrid, desplazamientos, hoteles. Ellos no imitaban a los chicos mayores. Ellos dos buscaban sus sitios propios por entre las calles menos transitadas de su barrio, por los espacios recogidos de los parques, junto a los bancos del polideportivo cuando quedaban vacantes, desplazándose conforme a un inventario nuevo que les iba sugiriendo un no sé qué de afecto o de emociones o de un temblor desconocidos.

 

La poesía del objeto

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La poesía del objeto

 

 

 

Interesado por el objeto, no ha dado tregua a su inquisitiva

representación; un escrupuloso ejercicio de análisis de cuanto

le rodea que, compendiado en el objeto, alcanza dimensiones sorprendentes en sus cuadros y papeles.

José Luis Clemente sobre la obra de Manuel Sáez

 

 

i

Un mango, que la mano sujeta un momento como si tomara la de otra persona. Ni siquiera está frío. La mano se posa en esa piel suave del metal y junta sus dedos aferrándolo. El mango es girado hacia arriba bastante a la izquierda, no hasta el tope.

El agua brota por el agujero, al principio fría; espitas abiertas, en otra parte de la casa, escupen el fuego que calienta un agua siguiente al recorrer un conjunto de circunvoluciones que continúa por los tubos y desemboca en ese último canal abierto.

La boca de un caño por el que mana sin tasa agua cada vez más caliente.

La bañera la recoge. Su tapón de plástico situado en el fondo cierra herméticamente el agujero que podría vaciarla. El recipiente almacena esa agua, cuyo nivel asciende lento e inexorable.

 

El disfrute de la palabra

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El disfrute de la palabra

 

 

 

Consiguió unir la intensidad de ser selectivo en el lenguaje (pintando con un color sobre superficies monocromas), sensual

con una materia abundante, y provocar misterio en el espectador al romper el soporte en múltiples fragmentos en los que recomponía emocionalmente la imagen. [...] Su orden y relación invisibles apoyan la sensación de estructura leve, suspendida, que desprende la obra.

Miguel Fernández-Cid sobre Pedro Calapez

 

 

 

Los artistas trabajamos con imágenes y es pertinente preguntarse qué quiere decir producir imágenes en el mundo contemporáneo. [...] Tomar un punto de vista crítico frente a la sobreproducción.

Ignasi Aballí

 

 

 

Un hombre queda paralizado por el terror en la habitación de un club de alterne. Acaba de oír cómo acuchillaban a una chica; ha escuchado sus gritos, a las compañeras que querían ayudarla y al criminal que huye. Enseguida llega la ambulancia, la montan en una camilla y parten con la mujer quizá muerta. Poco después resulta que la policía, haciendo averiguaciones, no le ha permitido salir.

 

Hiperrealismo / Surrealismo

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Hiperrealismo / Surrealismo

 

Diario 20 Minutos, Madrid. Lunes 27 de octubre de 2008. Año IX. Número 2021.

El alcalde de Madrid pone difícil reciclar pero multará al que no lo haga. Faltan cubos en el centro y sur de Madrid, y se incumple la indicación dictada por el Ayuntamiento de tener «un contenedor amarillo en cada portal y de vidrio y papel cada 75 metros». Pese a ello, no separar basura tendrá una sanción de 750 euros.

Además, un tercio de los españoles no puede casar trabajo y ocio. Sólo el 7% de las empresas tienen políticas de conciliación laboral. «La modernización de la empresa española ha hecho que sus trabajadores hayan tenido que estar más horas en el trabajo». Esta realidad perjudica gravemente la vida familiar. Sólo el 25,78% de los trabajadores con al menos un hijo menor de quince años se pueden permitir cuidarlo. Es decir, tres de cada cuatro familias en España no pueden cuidar de sus hijos y necesitan que les echen una mano.

Pero bueno, la Premio Príncipe de Asturias de la Concordia ha declarado que «para arreglar el mundo hay que llegar a los corazones».

 

La superstición de Narciso o aprender del que enseña

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La superstición de Narciso o aprender del que enseña

 

 

 

Estamos en la época de la cultura del espectáculo. Lo que está cambiando es que ahora todo el mundo quiere ser protagonista, todos quieren mostrar lo que saben hacer, y de paso tener éxito. [...] Todos quieren expresarse, todos son artistas. Con lo que hay un nuevo problema: ¿quién es el espectador? [...] Así que hablamos, pero no sabemos quién está escuchando, escribimos y no sabemos si hay alguien que lee. [...] Todos esos afanes de proyectarse, de crear espectáculo, se sostienen en una hipótesis imaginaria: que hay alguien ahí.

Boris Groys

 

 

 

No creo que la belleza sea tan importante para el arte.

Lo que importa en el arte es el significado. La belleza sólo tiene un papel si añade algo al significado de la obra y eso sucede usualmente cuando la obra tiene una función extra, además de ser mirada.

Arthur C. Danto

 

 

 

Escribir mientras Palestina

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Escribir mientras Palestina

 

1. Llegada a la ciudad

 

Me dijo el redactor jefe que llevara el ojo seco.

Cuando llegues y te azote el calor de la ciudad, me dijo, cuando te subas a un taxi y escuches decir «hay que echarlos al mar», cuando una sonrisa hebrea cumpla con el ceremonial de la hospitalidad que en todos los orientes ha regido durante milenios, cuando subas en el ascensor hasta tu habitación y dejes una moneda que has cambiado hace sólo una hora en el aeropuerto en la mano de un joven de ojos oscuros, que también te ha sonreído, cuando, después de citarte con Pablo para la cena, ya sola descorras las cortinas en el Rey David y contemples el amplio espacio de la ciudad de los martirios, cuando, y él cómo lo intuyó, cuando el corazón se te encoja ante un cielo que atardece mintiendo y no habla y después se calla y se cierra sobre el mundo. Que llevara el ojo seco.

Y al día siguiente ese mismo mundo se ha puesto en marcha, los coches cruzan las calles atestadas, la habilidad de los comerciantes, renacida, busca los intersticios del interés, la necesidad o el deseo con los que obtener un intercambio fructífero para ambas partes, el carnicero exhibe su alimento instruido, el hombre que trabaja el cuero se afana tras el mostrador, los dos jóvenes venden ordenadores que ellos mismos componen, las mujeres van y vuelven del mercado, se detienen a charlar en voz muy queda, como prolongación de un silencio y unas sentencias que hubieron de aprender a decirse en la lengua de las víctimas y los caídos, unos escolares escuchan, atienden a la nueva palabra, la subrayan, la escriben con sus bolígrafos, llenan cuadernos.

 

Detención

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Detención

 

 

 

Lo que necesito es que el espectador también se tome su tiempo para reflexionar. Yo le obligo a colocarse ante unas imágenes

que le exigen que mire hacia dentro [...] para que se tome la molestia de preguntarse qué está viendo, o mejor, cómo percibe

lo que ve, porque ver, no ve nada; el resultado es totalmente abstracto: una imagen que se está formando.

Juan Carlos Bracho

 

 

 

Me detengo.

Como hace el águila. Yo lo he visto. No hace nada y no cae. Atrevida a abrir los brazos, las alas, resulta que se sostiene.

No va. Está suspendida. En lo alto. Eliminada, ausente, absorta.

No se aleja, no viene, no avanza ni retrocede, perdida en un punto, sujeta sin estarlo. No hay un cordel que nos la traiga, no tenemos poder sobre ella, sobre ella el cielo azul sin término, nosotros abajo.

Y ella lo sabe. Y mira, majestuosa. Gira con el planeta, porque el planeta se mueve con ella, por ella, para ella: sin molestarse. Hay millones de millones de kilos contra ese cuerpo, la presión de la atmósfera, la fuerza de la gravedad, el poder coloso del viaje interestelar, todas esas invisibles manías de los físicos que podrían comprobarse. Que ella demuestra en su absoluta insolencia. Y el tiempo, ah, esa maldición que se fija al sol como un adhesivo, que quizá, pero no, consintiera pegarse también a la espalda del águila y dejarse ir con ella; no pasar a su través.

 

Jerónimo G.

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Jerónimo G.

 

 

 

En el arte del siglo xx hay un intento constante de sortear el horror histórico: es difícil plantearse las cosas desde un punto de vista puramente sensible o estético después de ciertos acontecimientos.

Por mi parte no había ningún intento de estetizar las cosas; de hecho, las pinturas muestran una cierta torpeza premeditada.

Frente al horizonte de acontecimientos, el suelo. Generar ese estar en y desde ese sitio: ese mirar primero abajo como punto de partida y abrir un horizonte de huellas que recorrer con pies-ojos.

Jorge Cano Cuenca

 

 

 

Conocí a Jerónimo G. en la prisión de Alcalá-Meco, donde yo trabajaba, en noviembre de 200... Había sido internado allí por agresión a un policía, al que hirió con una navaja. Unas semanas antes, se produjo el desalojo violento de una casa ocupada en la que Jerónimo vivía. En dicha «casa», un bloque de pisos en realidad, una treintena de jóvenes habían establecido algo así como una vida comunitaria y cultural, con actividades dirigidas al barrio y campañas políticas. Durante el asalto de las fuerzas de seguridad, parece que la resistencia de los ocupantes fue sólo pasiva, aunque férrea; y mereció un espacio en los informativos del día siguiente. Jerónimo se comportó como sus compañeros, sin protagonizar ningún acto violento; ello contrasta con que en su ataque al agente no mediara ninguna provocación, fue un acto deliberado y gratuito. Ahora bien, lo más sorprendente es que Jerónimo había cumplido los dieciocho años justamente el día anterior, de manera que, como él sabía, tendría que cargar con las consecuencias de su delito sin el atenuante de la minoría de edad. Aunque él nunca lo reconoció así, creo que realizó su acto sin importarle, incluso queriendo, ser castigado con plena severidad.

 

Caprichos

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Caprichos

 

 

 

Para Andrés Rábago, El Roto.

 

 

 

Los focos lo obnubilan /

La lámina dice: «Muerte»

Viviana Paletta

 

 

 

1. Dos soldados, uno sonríe, el otro amenazando, muestran a la comunidad en fila y temerosa los cuerpos de sus dirigentes. A uno le han cortado las manos, al otro le asoman las vísceras.

¡Por hablar demasiado!

 

2. En el embarcadero, un joven sube a la canoa donde ya se apilan cinco mujeres, dos bebés, varios bultos que pudieran ser hombres. Otro personaje guarda unos billetes. Un filo de luna desaparece en lo alto.

Bon voyage.

 

3. Una barrera formidable de cemento sube a doce metros. Arriba: nidos de ametralladoras, octavillas volando, gritos de un estadio de fútbol, carteles de neón que parpadean: «Stop». «Regresa». «¿No echas de menos la yuca?». «Enjoy your own country».

¡Aquí no entra ni Dios!

 

 

Ready-made*

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Ready-made*

 

[...] Pero hemos de referirnos ya a las piezas sin duda más interesantes de la exposición. Se trata de dos ready-made que merecen un comentario particular, no únicamente por sus valores estéticos, sino por la razón aparentemente menor de que su autor ha viajado miles de días relativos para localizarlos. Make Duka los habría recogido nada menos que en una vía solitaria del planeta Tierra. La pieza mayor recibe el título de «Esteatopigia»: se trata de una figura gruesa, no mal proporcionada en su exceso, y con protuberancias en diferentes lugares que justifican el título. «Perdedor», en cambio, requiere una mirada quizá más sutil y, de alguna manera, exige tener en cuenta a la otra. Entre ambas, Duka ha pretendido ofrecer un vivo contraste; por la diferencia de color: oscuro y claro respectivamente, de textura: tersa y lustrosa frente a áspera y rica en rugosidades, como en muchos más detalles; así, por ejemplo, los mínimos recubrimientos de tela muy coloreada y ajustada en el primer caso reciben su réplica con la abundancia de tejido monocromo que envuelve al segundo, hasta cubrir casi toda su superficie; o la morfología: erguida la «Esteatopigia» sobre dos pequeñas plataformas, mientras que «Perdedor», a causa de su notable curvatura –se apoya en una vara– y la delgadez de sus partes sugiere ese inconfundible aire de enfermedad y derrota. El espectador no sabe a cuál de los objetos dirigir su atención, cierta sensualidad de la imagen negra es indudablemente atrayente; pero el deteriorado cuerpo de su par suscita a su vez un deseo mórbido. Se da en las figuras, además, alguna circunstancia curiosa: requieren cuidados para su mantenimiento, y están dotadas de movilidad. El autor había proyectado que se exhibieran próximas una de la otra; lo que resultó imposible ya que, por lo visto, tendían a reunirse y en varias ocasiones, según reza el catálogo de la exposición, Make Duka se las encontró como enlazadas de tal modo que la pieza obesa parecía proteger a la encogida. El efecto conseguido se resentía notablemente y, con buen criterio, el artista ha preferido presentarlas por separado aunque para ello haya debido recurrir a dos vitrinas cuyo vidrio, ciertamente, dificulta en alguna medida su contemplación.

 

Autorretrato

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Autorretrato

 

Tengo que escribir un cuento que resulte ser un autorretrato.

Me ha invitado a participar un editor amigo; la idea es un libro que reúna a algunos cuentistas en castellano del momento, en el que habléis de vuestras vidas, estáis casi todos, me dice para convencerme, Hipólito, Mercedes, Pablo, Eloy, Miguel Ángel, Pilar...

Pienso en un autorretrato y me miro en el espejo. Javier frente a Francisco. El primero es el que exhibo, alguna vez incluso locuaz por las exigencias del oficio; el otro, callado como un muro. Me sostiene la mirada como acostumbra, esperando que empiece yo y sin comprometerse.

Siento el brillo irónico en sus ojos.

–Mal asunto –dice.

Lo examino desde una prudente distancia. He aprendido a leerle el pensamiento: Más te valdría renunciar.

–Puedo escribir un cuento de veinte maneras diferentes –me jacto.

–Veinte maneras de mentir.

Mi mujer lee a mi lado otra de sus novelas hispanoamericanas; ve cómo me remuevo, pero no me habla. En el desayuno del día siguiente me pregunta por el proyecto. Ella sabe qué voy a contestarle y yo lo que me va a decir: Es una buena oportunidad, hazlo como te apetezca.

 

La belleza

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La belleza

 

 

 

Se ha acentuado la práctica de llenar las salas de exposiciones de acuerdo con el gusto de ricos aficionados o, de lo que es peor, de empresas que invierten en arte (y persiguen una revalorización de sus pertenencias artísticas y/o una operación de imagen). [...]

El sector privado ha liderado el influjo sobre la opinión pública desde los ámbitos político, económico y mediático.

Elena Vozmediano

 

 

 

Hablar de belleza es incongruente, casi un escándalo. Pero precisamente por eso vemos que, en oposición al mal, la belleza se sitúa en el otro extremo de una realidad a la que debemos hacer frente.

François Cheng

 

 

 

La carretera M-111 antes de que la desdoblaran, al menos en el tramo en que solíamos tomarla nosotros, tenía algo de mágico, de novedad incierta y hasta de peligroso. Viniendo desde el pueblo en que vivíamos, atravesando las parcelas destinadas al trigo y al centeno, llegábamos a ella mediante un giro de noventa grados que debíamos dar justamente junto a las tapias de una casa enorme que, sin temor a equivocarme, puedo llamar mansión: un edificio ancho de dos pisos, con gruesos muros que la defendían y una puerta de hierro desde la que nacía un breve camino, las luces nunca encendidas, a veces brillando, según una lógica que era imposible predecir, otra edificación junto a él, como para el servicio o la guarda de animales, cuya techumbre medio derruida jamás mereció la menor intervención, y todavía dos o tres construcciones de menor empaque, destinadas acaso a la labor de explotación de las tierras o animales que se le suponían asociados y que, previsiblemente, ocupaban cierta porción de tierra colindante a ella.

 

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