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La muerte juega a los dados

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La muerte juega a los dados es un libro capaz de situarse en la frontera de los géneros y de la ficción misma. En una casa de la clase alta de Buenos Aires aparece un hombre con un disparo en la sien.  Estamos en 1936. A partir de este relato, se teje una compleja red de historias que, en general, ha sido exclusiva de la novela. Clara Obligado desarrolla, al mismo tiempo, una narración policíaca y una saga familiar que llega hasta nuestros días, una colección de cuentos de brillante arquitectura cuyos afluentes arrastran al género hacia caminos nuevos.
Elaborada y precisa, experimental en muchas ocasiones, la escritura de Clara Obligado –que obtuvo el Premio Setenil al mejor libro de cuentos del año con El libro de los viajes equivocados– es capaz de emocionar y atrapar al lector. Pero, sobre todo, es capaz de sorprenderlo.
De Clara Obligado se ha escrito: “Hay tantas sensaciones, tantos aromas, tanta vida en estos cuentos que sin duda la elección de cualquiera será igualmente acertada, seguro”, Javier Goñi, El País (España); “Un poderoso conjunto de relatos”, Matilde Sánchez, Clarín (Argentina); “Un libro en el que un torbellino de azares y coincidencias comunica y cruza las diversas historias (...). Hay joyas que conmocionan al lector”, Ernesto Calabuig, El  Cultural (España).

Precio: 5,99 €

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18 relatos

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Un cadáver en la biblioteca

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Un cadáver en la biblioteca

 

 

 

–Mary ha entrado a decirme que hay un cadáver en la biblioteca (…).

–No digas tonterías. Has estado soñando.

Agatha Christie, Un cadáver en la biblioteca

 

 

 

 

Estaban por volver los señores Lejárrega de la ópera cuando Mme. Tanis corrió las cortinas de la sala. Ya había acostado a la niña y solo le quedaba encender la iluminación de los cuadros; en la chimenea secreteaban las brasas, el agua estaba sobre las mesillas y el termo caliente en la cama del matrimonio. Eran las doce y cinco de una noche sin luna. Haciendo equilibrios, con la bandeja del oporto y las copitas tintineantes, entró en la biblioteca. Algo extraño había sucedido. En el suelo, un bulto. No era un pliegue en la alfombra, sino algo mucho más grande, como si un animal, indiferente a la severidad de la casa, se hubiese tumbado a dormir. Sintió bajo los pies una pasta pringosa y, entonces, tropezó: las copitas se bambolearon, saltaron por los aires, empezaron a dibujar, en el claroscuro del recinto, una parábola de luz.

 

El miedo

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El miedo

 

 

 

Para Juana Canevari y Teresa Videla

 

 

 

La monja enana vive en la cornisa del patio del colegio, donde anidan los murciélagos, debajo del reloj. Cuando murió, la pusieron en un féretro sin tapa, la toca almidonada, los labios entreabiertos y el aire escapándose como de un globo al final de una fiesta. Entre las ramas de la glicina, la monja enana asoma la cabeza y sonríe, los dientecillos afilados.

Yo la quise cuando estaba viva: me acariciaba la cabeza, escondía las sobras de mi plato. Ahora zumba con sus bracitos de élitro, se relame el polen, liba entre los racimos, serpentea como un avioncito de papel. Cuando salgo del colegio me persigue flotando en una algarabía de velos y faldas negras, salta a la comba con el rosario. Entonces mira hacia abajo, tuerce el gesto y silabea: ya-te-mor-de-ré.

 

El cuerpo

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El cuerpo

 

 

 

Para Cristina Fernández Cubas y su cuento «Mi hermana Elba»,
del que provienen algunas de las ideas de este relato

 

Homenaje a Alice Munro

 

 

 

No podía ser verdad, ya que ella no había visto la escena, pero estaba segura de que, cuando la sacaron del agua, la niña tenía la boca llena de flores. Flores salidas quién sabe de dónde, porque en el agua no hay flores, y el pelo derramado como una medusa. Ese recuerdo la acompañaba desde muy pequeña. Mucho antes de ser esta vieja que está en una silla mirando pasar las nubes, antes de que la abandonara su marido, antes de que nacieran sus hijas, antes de que le probaran el vestido de novia, antes de quitarse por última vez el uniforme oscuro del colegio de monjas, antes de cruzar la plaza abrazada a sus cuadernos, antes de que muriera su padre. Flores en la boca, jazmines o algo así, más bien gardenias de pétalos carnosos. Era la única imagen de la que no podía escapar. Del resto era fácil, buscaba el punto que estaba dentro de su cabeza y, a través de esa ventana de luz, salía de su cuerpo.

 

Paranoias

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Paranoias

 

 

 

Bien haya quien desprecia

Esta fábula necia

De honores, pretensiones y lugares (…)

Lope de Vega, La Gatomaquia

 

 

 

I

 

Alma soñó que la perseguía el profesor V., un hombre redondo como Humpty Dumpty que llevaba una banderita nacional y la agitaba convirtiéndola en guadaña. Cada vez que Alma quería hablar, el profesor V. le ordenaba que callara. Si escribía una línea en su cuaderno, gritaba: ¡uuuuh, está mal! Si comentaba algo, ponía las manos en bocina para gritar: ¡tooontaaa! Entonces Alma intentaba esconderse entre las hierbas, pero el profesor V. sacudía el verde con su bandera mientras berreaba: ¡mátenla! Así que un buen día, conmovida por tanta dedicación, se cortó la cabeza, la puso en un plato y se la sirvió al profesor V.: era la única manera de responder a un odio tan apasionado.

 

II

 

Alma se acercó a la cocina, donde el profesor V. estaba cortando un bacalao.

 

Europa

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Europa

 

 

 

Amar es ser yunque o martillo

Leopold von Sacher-Masoch, La Venus de las pieles

 

 

 

Europa es un sueño que solo existe en la mente de los latinoamericanos y abarca Francia, España, Italia e Inglaterra. Antes de la Segunda Guerra Mundial, este viaje mítico se hacía en dos direcciones opuestas: de Norte a Sur, y estaba protagonizado por emigrantes que buscaban cobijo de la violencia o la penuria, o de Sur a Norte, y los pasajeros eran americanos ricos que consideraban iniciático el trayecto. Cruzaban el Atlántico en el mismo buque pero, mientras unos viajaban casi en la bodega, otros lo hacían en el cielo de la primera clase.

En ese tiempo, no tan lejano, nadie era poderoso, ni culto, ni elegante, si no conocía París, y hay que aclarar que «nadie» era lo que, en los medios elegantes, se consideraba «todo el mundo». Protegidos de toda fatiga por su personal de servicio, familias enteras comenzaban el trayecto rodeados de mapas y baúles, perros y gatos. Si había niños, se viajaba con una vaca. Si estos tenían edad escolar, mientras los padres paseaban por el continente, se los internaba, por ejemplo, en Eaton. Pero, en los años veinte, la última moda era comprarse un pied à terre en París.

 

Nada útil

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Nada útil

 

 

 

En medio de tanta destrucción, turbación y violencia, en un pliegue de la red, temblando y sin embargo llena de gracia, resistía la mariposa aterrorizada

Walter Benjamin, Infancia berlinesa

 

 

 

Para Manolo Yllera, the catcher in the light

 

 

 

Era un milagro que no lo hubieran visto entrar al patio y que nadie oyera que trepaba por los caños del agua, era un milagro aun mayor que el apartamento estuviera vacío. La habitación en penumbras, las ventanas cubiertas por cortinas amarillas, ningún ruido pareció delatar la llegada del intruso. Tendido en el suelo, respiró ansioso, intentó calmarse. Cuando su pulso se normalizó, por fin pudo recuperar las imágenes del día, la voz de su madre, que lo había empujado a lo largo de toda la mañana. ¡Corre, Teo, corre, aléjate de la plaza, no mires atrás!

Llevaba horas vagabundeando por calles llenas de soldados cuando encontró un portal abierto. Debía de ser uno de esos apartamentos que los ricos abandonaban huyendo de la guerra, cerrados con siete llaves, pero con los cristales reventados. Cuando los ojos se acostumbraron a la falta de luz, el chico se dio cuenta de que había caído en un amplio dormitorio matrimonial, los muebles cubiertos por sábanas, el colchón doblado. Olía a polvo, a laca, a cera. Se quitó los zapatos y avanzó a tientas por el pasillo. Dormitorios, un despacho, un gran comedor, la sala. En el baño acercó la boca al grifo y, sin hacer ruido, bebió unas gotas, cualquier error sería su fin. Una acción detrás de la otra, sin perder la calma. Por delante, la nada. Por detrás, un mundo perdido. Eligió la habitación más pequeña y, después de estirar el colchón, se durmió.

 

Cosas que me preguntaba mientras escribía estos cuentos

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Cosas que me preguntaba mientras escribía estos cuentos

 

¿Qué habrá sentido el piloto francés Pierre Clostermann, integrante de la Royal Air Force cuando, dieciocho años más tarde del viaje inaugural del crucero de lujo Cap Arcona, recibió la orden de bombardearlo? Imagino a Clostermann divisando el transatlántico desde el aire, apagadas ya las chimeneas rojas y blancas que antes venteaban un humo poderoso. Lo imagino recordándose tan joven, en el puente del buque, muchos años atrás. Imagino su nostalgia. Él, que había hecho el trayecto en primera clase, cuando todos eran ricos y felices, los cristales estaban sanos y los muebles en su sitio. Cuando estaba lejos la guerra y nadie había escondido los chalecos salvavidas. Lo imagino en la cancha de tenis (donde posiblemente Clostermann habría aprendido a jugar) o en el jardín de invierno (donde habría disfrutado de tardes de lectura), gastando su energía en el gimnasio, o en los salones de baile. Alfombras en todos los pasillos y varias orquestas que tocaban ritmos diferentes. Vestidos largos, hombres con galeras.

 

La huida

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La huida

 

 

 

Vive siempre como si el mundo fuera a explotar bajo tus pies

Mary Isabelle Stepens a su hija, Margaret Mitchell

 

 

 

La habían tirado en el suelo de un automóvil y por eso supo que se trataba de gente muy rica, nadie tenía automóvil en la ciudad, solo los millonarios o gente del gobierno, la cara cubierta y pegada al suelo, masticando polvo, por algún camino de campo, zapatos manchados de barro sobre su espalda. Los encajes sucios del camisón, la falda levantada que dejaría ver sus muslos como dos peces pálidos. Si respiraba lentamente, pensó, le iba a alcanzar el aire, pero el corazón no era razonable y respondía al estímulo del pánico, una bomba dentro del pecho. Tengo que calmarme, se dijo, tengo que calmarme o me voy a ahogar, debo llegar viva a donde sea que me estén llevando y tendré otra oportunidad, pero pensar en el futuro le daba más miedo. Alguien la había arrancado del sueño con la amanecida, alguien la separó de las sábanas frescas y le puso la funda de la almohada en la cabeza atándosela al cuello, las manos a la espalda. Las manos y los pies. Y la casa que quedaba atrás en un silencio extraño, culposo. Tengo que respirar, se repitió, atrapar el aire, capturar oxígeno, retener la vida. La voz pastosa de un hombre en su oído, tan cerca que puede sentir las agujas de la barba, la voz ciega, El Olor: chica, como grites, te mato. La voz babosa pinchando, rozándola: tranquila, Estanislada, si obedeces, todo va a salir bien. Estanislada tenía buena memoria para los olores, podía reconocerlos en una multitud, su madre se burlaba de ella diciéndole que parecía un perro de caza. Su madre. Era mediodía, porque el coche estaba muy caliente, saltaba su rostro como si estuviera muy cerca de las piedras. El trepidar enloquecido del motor. Siempre había soñado con subirse a un automóvil. Sensación de domingo de paseo, cuando nada había sucedido. Trajes bonitos, pelo sin trenzar, la brisa somnolienta en Santa María de la Ribera. El recuerdo la tranquilizó un poco y le abrió los pulmones. De golpe, un frenazo. La bota, oliendo a barro, le clavó la puntera, la pateó fuera del coche. Un chorro de aire y de luz y de pánico hizo que la funda de la almohada se le pegara a la boca. Entonces El Olor la alzó como si fuera un fardo, se la cargó al hombro. Tenía que ser alto como una montaña, la ropa sudada y ella una muñeca de trapo, mientras el hombre saludaba a alguien que parecía divertirse con la situación. Botas y guijarros, espuelas. Suelo empedrado, ladridos de perros. Tres escalones, un portón abriéndose, escaleras hacia arriba, aroma a maderas enceradas, a telas voluptuosas. Lejanas conversaciones de mujeres. Risitas. Perfumes y polvos de talco. Caldo de pollo. La habitación tenía que ser grande, porque El Olor dio unos cuantos pasos antes de lanzarla sobre la cama, una cama demasiado blanda sobre la que Estanislada rebotó. ¿La estaba estudiando? Sí, probablemente sí, qué vergüenza. Minutos más tarde, se cerró la puerta. Hasta que tuvo la certeza de que estaba sola, no se animó a moverse. Le dolían los brazos, las cuerdas clavadas, la funda que le cubría la cara húmeda de lágrimas y mocos. Tenía que ser de noche cuando escuchó trotes enérgicos sobre el empedrado, risas, conversaciones en francés. Las mujeres no pero, los hombres, seguro que hablaban en francés, era extraño escuchar allí la lengua de su madre. Se había adormecido cuando se abrió la puerta y volvió El Olor. Entonces unas manos como pinzas se hincaron en sus axilas y levantaron su cuerpo roto, le desataron los pies, le separaron las piernas. Seguía con las manos atadas a la espalda y no se resistió. Para qué. Cuando El Olor dejó de aplastarla, sintió que sangraba. Entonces la voz le dijo:

 

La sangre

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La sangre

 

 

 

Para Andrés Neuman

 

 

 

En el principio un viento sopló sobre la tierra y el verbo se hizo sangre, savia en las plantas, rojo hemoglobina en los peces, el aparato circulatorio y su complejo tejido, la vida pujando hasta salir del agua para ascender a la violencia de los mamíferos, a este hombre ya nada mitológico que agoniza con un tiro en la sien y sus miles de millones de hematíes locos, neutrófilos alerta, trombocitos que intentan reparar el desastre de capilares rotos, el sistema de coagulación en estado de urgencia, un líquido que emerge por el orificio, el agujero de la bala que obliga a la sangre a detener esa alegría de río eterno, de gema victoriosa y convertirse en barro coagulado viscoso que fluye por venas y arterias, emerge en una catarata de maravillas fisiológicas, se hace costra para cerrar la boca de la herida, retrotrae ese perpetuo sistema pulsátil que contradice las teorías de Newton y mana libre hasta manchar la roja alfombra persa de una biblioteca en Buenos Aires, los apretados arabescos anudados por alguna mujer descalza incapaz de soñar el destino de esos dibujos que ahora recogen el líquido que mana del agujero en la sien, una tejedora nómade nacida cien años atrás que no podía concebir a ese hombre tendido como si nadara, una artesana que entregó su obra a los mercaderes para que la subieran a lomos del camello en esa larga caravana que atravesó el desierto superando días de sed y repostó, por fin, en la ciudad hecha de sol y de barro, donde la alfombra fue izada a una carreta arrastrada por bueyes que aguijoneaba un anciano, luego a un tren y a un barco inmenso donde brazos de porteadores con la piel tatuada la cargarían sobre sus espaldas para acarrearla hasta una tienda en el centro de Londres y allí sería exhibida ante las miradas atónitas de los tasadores, de los marchantes y, en un remate, sin sopesar siquiera su precio, una mujer muy hermosa con mirada triste, una extranjera riquísima de pelo color azafrán, con la mano alzada entre la multitud ansiosa, guante blanco de cabritilla, diría yo, yo, aquí, y pagaría una fortuna que hubiera servido, quizá, para alimentar a todo un pueblo de nómades durante años, y la mujer hermosa ordenaría que se la enviaran directamente al barco para que silenciosos criados de un lejano país la desplegaran blandamente sobre el suelo encerado de una biblioteca en Buenos Aires y el laberinto del dibujo luciría suntuoso, acorde con su destino de silenciar los pasos y aplacar el penoso derrumbe de un hombre vestido con un elegante frac recién estrenado en la ópera, el cuerpo tendido como si nadara, el revólver antiguo con culata de marfil junto a su mano, el cañón del arma en una torsión imposible, el prodigio de la sangre huyendo de la cabeza que mira hacia la ventana como si sospechara, como si pudiera adivinar que, pocos segundos más tarde, la ópera, la alfombra, la tejedora persa, el viejo con su carro, los porteadores, la casa de remates y la hermosa dama de mirada triste escaparían, para siempre, de su cabeza reventada.

 

El efecto coliflor

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El efecto coliflor

 

 

 

Por desgracia, el mundo no ha sido diseñado para la comodidad de las matemáticas

B. Mandelbrot

 

 

 

Quizá lo que nos induce a error es, precisamente, la sencillez del asunto

E. A. Poe, «La carta robada»

 

 

 

Para Lola López Mondéjar

 

 

 

El detective O’Brien cerró la heladera Siam que le había regalado su esposa. Todavía le daba vergüenza reconocer que se había enamorado de un electrodoméstico, pero más vergüenza le había dado que su mujer, una vez más, le hubiera leído el pensamiento. Así son ellas, pensó, ante su Amalia era difícil esconder nada. No me necesitas, le había dicho al partir. Pero, por las dudas, te he comprado una Siam. Hay varios escabeches en la despensa, puedes alimentarte hasta que aprendas a cocinar. Y, antes de partir, le dio la única explicación que el detective escucharía de labios de su esposa: no quiero pasar la vejez a tu lado. Cosas de las mujeres maduras, pensó el detective O’Brien, y se mintió: volverá. Amalia, su querida Amalia, siempre había estado allí, ocupada en sus labores. Paciente ante las largas disquisiciones sobre cada uno de sus casos.

 

La divina proporción

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La divina proporción

 

 

 

Para David Roas, obviamente

 

 

 

En la habitación 201 viven dos mujercitas siamesas, unidas por los pezones con un pespunte de carne. No miden más de treinta centímetros y son de una belleza sobrehumana. A veces, un detective de servicio ocupa la habitación. Si lo oyen llegar, las siamesas se esconden tras las cortinas y, en cuanto se va, se trepan a la cama. El detective sueña con descifrar qué produce ese revuelo de carcajadas que rebota por el pasillo. Ha intentado sorprenderlas, pero las siamesas no se dejan. A veces, como por descuido, le permiten atraparlas al final del trance sudoroso, los ojos de borrachas, los senos en cascada. Si una tiene las piernas abiertas, el hombre espía los rubíes del pubis. El detective está casado. Ama a su esposa, le gusta su rutina. Pero, cuando duerme a su lado, sueña que decrece, cruza el pespunte de carne y se deja arrullar por el sándwich de siamesas, que lo encierra en una jolgorio de abrazos y piernas locas. Entonces estira la mano y acaricia a su esposa, los dos escasos pechos a su alcance, el deseo frustrante, en su proporción humana.

 

Zoo lógico

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Zoo lógico

 

 

 

Para Isabel González

 

 

 

Fernanda, con pasos de gacela, camina por la ciudad para visitar a su madre. Le gusta el barrio, las calles arboladas, la red de sombra tendida en el asfalto. Es una casa baja en el barrio de Belgrano, con un jardín de invierno que parece un acuario y un pasillo infinito de helechos estremecidos al contacto con el aire. Su madre abre la puerta agitando la cabellera de leona. Nubes dolorosas de tormenta, cortadas a cuchillo. Llámame Liza, querida, dice, «mamá» me hace sentir vieja. Si estás como siempre, contesta Fernanda, mientras piensa: qué egocéntrica. Mamá, en Buenos Aires. Papá, en Francia. Separados desde hace mil años. Y Fernanda, ¿qué? Fernanda, como en todo, mitad y mitad. ¿Así que te has casado?, dice Mamá Liza. Sí, y exhibe el anillo. Bonito, dice mamá, sin prestar atención. Fernanda ahora vive en París con Raymond, psicoanalista de gran futuro, boda por todo lo alto. Raymond es como un pointer de pura raza. Pasean por Place Vendôme sin bozal, tensando la correa, olfateándolo todo. Fus, le dice Fernanda, no tan de prisa, chéri, sit y su marido se sienta, platz y se tumba: muy obediente, Raymond, así me gusta. Caricia en la cabeza, galletita y alianza en la pata. Papá también en París, tiernísimo como un oso panda, siempre distraído, trepado a los bambúes. Y ahora ellas dos aquí, cara a cara. Un ring, puños en alto. Fernanda con mamá, siempre en guardia. Mamá-leona-Liza se pinta las garras, se afila los dientes, mastica un trozo de pata de gacela, se tiende bajo el árbol del jardín de su casa. Con una zarpa se tapa el bostezo y deja caer la pregunta: ¿y Diego? Papá-Diego está igualito, mamá, con sus cosas. Solitario, ya sabes, siempre en peligro de extinción. París le gusta. Escribe sus poemas, pasea. Te manda saludos. Ah, dice Mamá-leona. ¿Algo más que decirse? Silencio. Tiestos de helechos culantrillo. ¿Los sigues regando con agua tibia? Claro, son muy delicados, los cuido como si fueran mis hijos. Fernanda juguetea con la alianza. Mamá Liza bosteza, Fernanda bosteza también. Bueno, dice Fernanda. Bueno, dice Mamá Liza. Se ponen las dos de pie: smuak smuak, sendas manos se agitan en el aire. Fernanda huye a la calle, abrumada. Y entonces ni Liza ni mamá, ni Raymond ni el oso panda, ni Buenos Aires ni París y los bambúes, sino todo lo contrario. ¿Hay todo lo contrario? Claro que sí. Suelta el lastre de la infancia, se sacude las nubes negras y abre las alas. La ciudad, abajo, avenidas, callecitas, árboles cabezudos, antenas de televisión. El techo de la casa de su madre, que se aleja. Un chico mira hacia arriba y le estudia las piernas musculosas, ¡bien! Tanguita diminuta, solo un hilo, un día de suerte. Muchísima polución. Tarda menos de quince minutos en volar hasta el departamento de Bruno y entra por la ventana. Él, como de costumbre, la espera frente a sus libros. Hola, dice, contenta. Bruno, como si ella no se hubiera ido nunca, hola también. Fernanda sacude las alas en las que se le ha pegado el hollín de las chimeneas. En el suelo, apuntes de la facultad. Botellas de vino abiertas, ropa en desorden, y ahora, para colmo, plumas por todas partes. Se miran, fuman en silencio, dibujan un puente de miradas. ¿Qué tal tu marido? Perrísimo, dice ella. Pero no molesta. El único problema es que hay que cepillarlo todos los días. ¿Y tus padres?, insiste Bruno. ¡Años que no los veo, desde los veranos que pasábamos juntos! Mamá-Liza-leona tan egoísta como siempre, acabo de estar con ella. Papá-Diego sigue en París, con su nueva mujer. Ensalada de bambúes todos los días. ¿Y las proteínas? De cuando en cuando, un huevo, con eso alcanza. Mientras hablan, como quien no quiere la cosa, se desnudan, los apuntes un remolino blanco en el centro de la habitación, los libros en aleteo rasante sobre los cuerpos que se aman. Una hora más tarde, Fernanda todavía las alas enormes, desplegadas como palmeras, cabezotas agitadas por el viento, abanicos de bruma, atraviesan las nubes y latigazos de sol en carne viva. Abajo hay una playa. Aterrizan y Bruno va dejando una huella de ropa, corre por la montaña que se vuelve arena, a grandes zancadas entra en el mar proceloso. Ella, las olas que crujen, la gracia delicada de sus patitas de pájaro en la orilla, un salto hacia delante, dos saltos hacia atrás. Qué frío. Y entonces Bruno mar adentro corcovea, las nalgas de hombre, la poderosa espalda de delfín, con saltos y piruetas peina el ronquido de las olas. Fernanda no más pájaro, para qué, se estira ya cetáceo, se entrega al gozoso apareamiento contra el vientre de plata. Y se hace una promesa: seré fiel a Bruno, monógama a este amante de espuma suave músculos tensos silbidos medulares que me persigue nadando alrededor, cópulas breves y repetidas, qué bestial. Salen exhaustos del agua, y ella se ajusta el bikini, está oscureciendo cuando se funden otra vez y caen a la bóveda celeste de galaxias espirales, astronautas ateridos, bengalas, planetas, cúmulos abiertos, colisiones de asteroides y estrellas rezagadas, tremendos rayos gamma, Bruno, con su enjambre de cuásares luminosos, Fernanda supernova, puro big bang, orbitando.

 

El verdadero amor nunca se olvida

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El verdadero amor nunca se olvida

 

 

 

Para Julio Gómez Carrillo,

siempre en mi recuerdo, por esa forma del amor que se llama amistad

 

 

 

Ni bien llegamos de París aparqué a papá en un hotel del centro y le recomendé que se acostara. Descansa, le digo, pero no me hace caso, saca su libro de poemas, clava la nariz entre las páginas. Le doy un beso y salgo a dar una vuelta. Vivimos fuera desde hace años, en Buenos Aires ya casi no tenemos parientes, solo me quedan recuerdos del colegio y del barrio de Belgrano, donde viví un tiempo. Y mamá, claro. Quiero llamarla y concertar el encuentro, con la edad que tienen mis padres, no sería raro que fuera la última vez que se ven. También quiero encontrarme con Bruno, lleva meses escribiéndome, aunque no está tan claro qué quiero con él. Estoy casada con Raymond, y mi marido me gusta. Estoy muy casada desde hace un montón de años, tengo dos hijas. Bruno también lo está, y tiene cuatro varones.

 

La peste

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La peste

 

 

 

Combray entero (…) va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té

Marcel Proust, Por el camino de Swan

 

 

 

Para María y Mercedes, mis dos hermanas

 

 

 

Esa mañana, sin razón aparente, Mme. Tanis dejó de hacer dieta. Se levantó temprano y, antes de servir el desayuno, arrasó con las sobras de la cena. Había pasado la vida comiendo poco pero ahora, que era vieja, se lanzaba sobre los alimentos como si estuviera pegando un estirón. Era un hambre antigua, voraz como la de los que han pasado una guerra, tan violenta que hasta a ella misma la sorprendía. Hambre y a mi edad, se dijo, mientras masticaba un trozo de pastel. Sintió sobre ella las miradas de las niñas, que la estudiaban con extrañeza. Todavía llevaban sus camisones de florcitas, pero ya se habían puesto las botas de goma para no mojarse con el rocío del jardín. Mme. Tanis vio que las mellizas habían terminado el desayuno mientras que Sonia, como de costumbre, hacía gestos de asco frente al tazón de leche, donde islas de pan flotaban a la deriva. Estaba creciendo muy de prisa, pero aun así se negaba a comer. La institutriz la miró aburrida, le dio un leve empujón con el codo, levantó los platos y regresó a la cocina, decidida a devorar hasta las últimas migajas. La señora Alma, madre de las niñas, seguiría durmiendo. Alma era una vaga, pensó Mme. Tanis, con ese desprecio natural de los que obedecen con respecto a los que mandan. Ella la había cuidado de niña, la vio convertirse en mujer, casarse con un médico que no valía demasiado y traer al mundo a tres hijas como quien recibe tres muñecas. Una mujer que lo tiene todo, se dijo la institutriz meneando la cabeza, pero que es incapaz de ser feliz, enfermiza e inútil. Seguro que anoche Alma había vuelto a beber. En el jardín una máquina se puso en marcha y empezó a descabezar el césped, por las ventanas entró a raudales el olor a verde. Era día de limpieza general, se sacudían hasta las alfombras, así que la enorme mesa del comedor estaba desplazada.

 

Las eléctricas

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Las eléctricas

 

 

 

–Haga de cuenta de que su hija está de vacaciones.

Un miembro de la dictadura argentina a una de las Madres de Plaza de Mayo, que preguntaba por el paradero de su hija desaparecida

 

Para Viviana Paletta

 

 

 

Mientras la empujan hacia la Jaula de los Gritos, la chica intenta no pensar. Tiene los ojos vendados, va descalza, le han quitado los zapatos y la humilla ese taconeo de botas militares a su lado. La empujan o la llevan, qué más da, sabe perfectamente cuántos pasos hay hasta el dolor. No hay escapatoria, así que ha desarrollado un plan. Es un plan idiota, pero le da la sensación de que algo está en sus manos. El juego se lo enseñó su madre, y consiste en salir de su cuerpo. Primero tiene que localizar una sensación, luego la atrapa, y es entonces que viaja hasta un recuerdo. Como si fuera una ola, o una escalera, o un embudo, o un pozo. Lo importante es concentrarse. Si lo consigue, si logra asirse a alguna imagen, navegará entre espasmos hasta la cima de la memoria. Con eso le basta. Pueden ser apenas unos segundos de memoria. Memoria dolorosa. Memoria en carne viva. Busca a tientas y siente frío en la planta de los pies. Atrapa la sensación. Sus pies sobre el césped, siglos atrás. Los pies en el verde tibio, la caricia de la hierba. Una luz taladra el trapo que la ciega, está pasando frente a la ventana. Odia ese resplandor, el corazón vuelve a desbocarse. No es una ventana, piensa, no es «esa» ventana que está tan cerca de la Jaula de los Gritos donde será torturada, sino el sol del verano aquel. Mientras la desnudan, siente el calor en la espalda. Ha estado jugando en la barranca que da al río y recogió unas piedras. Pero las piedras son descorazonadoras, brillan si están mojadas, son tristes si se secan. Las piedras. Las piedras. Tiene que pensar en piedras. Es pequeña, a lo lejos se oyen las risas de sus hermanas. Manos que la levantan en vilo. ¿Quieres hacer pis? Qué vergüenza, otra vez se está meando encima. ¿Quieres hacer pis?, repite la voz áspera de Mme. Tanis. Va vestida de oscuro y lleva un sombrero de paja estremecido por las agujas del sol. El sol la está quemando con tal fuerza que siente agujas en el pecho. Agujas. La institutriz la toma en brazos y la consuela, por una vez en la vida es cariñosa. Vamos, dice, vamos con mamá. La chica atada al camastro de metal lucha por asirse al recuerdo y tiende los bracitos hacia su madre. Hay una galería con baldosas en damero, una tumbona, un toldo naranja. Su madre está junto al jazmín, sentada en los escalones que dan al parque, y parece que está masticando flores. Huele a humedad y a sucio, a dolor. A verano y a piscina. Déjela, Mme. Tanis, yo me encargo, dice la madre. La chica obedece y mira el vestido liviano, las perlas de las orejas. Se oye un grito. Debe de haber salido de su propia garganta, porque la madre no cambia de expresión. Como si se hubiera ahogado en la fuente de los nenúfares, su madre nunca cambia la expresión, hay que tratarla como si pudiera romperse. Se acerca a las piernas delgadas, pone una manito sobre la rodilla. Rodilla brillante, como una luna fría. Entonces la madre levanta los ojos y hace una media sonrisa, la acaricia, la sienta sobre sus faldas, busca los dedos de su hijita y encuentra las piedras, «¿Son para mí?, ¿son para mí, Sonieta?». Toma la mano de la pequeña y con ella se acaricia las mejillas, el laberinto de las orejas, la suavidad de las perlas, sube hasta las sienes donde la chica toca algo pegajoso. La madre acerca los labios pintados de rojo al oído de su hija y susurra: ¿Te he hablado alguna vez de la Jaula de los Gritos? Entre el pelo rubio y rizado de su madre, dos trasquilones, dos calvas. Ahí me pegan los electrodos, dice. Ahí y ahí. Suena un ruido seco de llaves eléctricas, la luz parpadea. Gritan.

 

Porcelana

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Porcelana

 

 

 

Un exilado es una persona que conoce un país capaz de hacer que todos los demás países parezcan extraños

Maeve Brennan, Historias de África

 

 

 

qué frío hace en algunos idiomas

Paul Viejo

 

 

 

Para Adriana Slemenson

 

 

 

Érase una vez un conde polaco llamado Edmund que emigró a Buenos Aires a mediados del siglo xx. Los rusos le habían confiscado los bienes, incluido el palacio ideado por sus ancestros en la oscilante frontera alemana. Un palacio con treinta habitaciones y cuarenta faisanes, cinco fuentes barrocas y un cenador. Un palacio con tapices de Rubens y una alfombra persa grande como un lago. Un palacio con tanta servidumbre que nadie conocía el nombre de todos y donde, para simplificar, llamaban a las mujeres con el nombre de Hania y a los criados con el nombre de Josef.

La madre de Edmund era una princesa rusa expulsada de sus tierras con la caída de los zares. En Polonia había conocido a un conde con el que se casó, sin adaptarse nunca del todo a la tosquedad de esa nobleza rural cuya biblioteca no tenía más de cinco mil volúmenes y ningún incunable. Allí soportó a su marido, allí nació Edmund, allí engañó al aburrimiento dibujando un hermoso parque con tantas especies que hubo que llamar a un botánico para que las bautizara. Con el tiempo Edmund se convirtió en un joven de porte estatuario, bellos ojos grises y manos tan finas que despertaban el deseo de acariciarlas. Había sido educado por cinco preceptores, era el mejor jinete y todo un experto en el arte de la cetrería. Cuando trepaba el monte con sus zancadas poderosas y veía al azor lanzarse sobre su presa, sentía que él y la rapaz tenían en común el amor por la libertad y la posesión de la vasta extensión de la tierra. Además del instinto cazador, el muchacho llevaba tatuado el anhelo de convertirse en poeta y, en las bulliciosas tertulias de Varsovia, ya se hablaba con respeto de ese joven conde que habitaba en la frontera.

 

Interferencias

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Interferencias

 

 

 

Para Carmen Valcárcel

 

 

 

A mí, lo que me va, es la demonología, le solté a la médium en cuanto me abrió, y ella debía de estar acostumbrada a los exabruptos de sus clientes porque solo extendió la mano y contestó: «Rayja, para servirla». En la puerta decía «Rayja, taumaturga», lo que le daba un aire profesional a la cosa, luego juntó las manos sobre el regazo y me dejó hablar. Sí, continué, lo que me va es la demonología, porque el finado era más malo que Satán, me vació la cuenta del banco y me dejó plantada en Madrid con los tres varones. Con su cara de oriental, la médium me miró impertérrita. Parecía muy experta, y honesta, lo noté en cuanto me contestó que ella no sabía de diablos ni luciferes, como mucho, si no había viento, podía invocar a algún espíritu que venía oliendo a azufre, pero no era tema suyo a dónde se los había llevado la Parca. Dijo «la Parca» como quien dice, «la Petra», o «la Juana», y eso me gustó, por el aire natural que le daba al asunto, una siempre tiene sus prejuicios con estas cosas. Lo curioso de la médium era su aspecto maternal, como si se pasara el día haciendo mermeladas o tejiendo calcetines, la imaginé viviendo en un país con nieve, iba bien con su nombre, Rayja calentita junto al fuego y la imagen bucólica, después de tantos meses en tensión, hizo que me aflojara, así que, como si alguien hubiera abierto un grifo, me largué a llorar, entre hipos le solté lo de mi Vicente. Rayja me tendió un pañuelo de papel que parecía tener preparado en una cestita de ganchillo y esperó con paciencia a que me calmara. Después, me preguntó si había traído alguna prenda del difunto. No, le contesté, el muy cabrito me dejó sin nada. Y ella: ¿cuáles eran sus preferencias? Todavía moqueando empecé a describir su gusto por el tinto de verano y la oreja a la vinagreta, la vuelta ciclista y el Real Madrid, y se ve que con la pena se me había quitado el pudor porque se me ocurrió que podía tener algún interés su gusto morboso por los pechos grandes. Seguro que se fue al Caribe, le dije, sin contener la llorera, ahí todas las mujeres tienen los pezones como chupa-chups. La médium volvió a estudiarme con pena y me hizo sentar, y venga los pañuelitos extendidos mientras escrutaba mi pelo rubio de ratón, mi cuerpo de adolescente vieja. Y luego soltó: ¿está segura de que su marido está muerto?, mire que aquí solo se personifican los difuntos, y yo, venga quien venga, cobro por horas, no vaya a ser que tire el dinero. Seguro, le dije, aunque no sé si vendrá, estamos tan lejos, y el finado desapareció en Madrid, aunque me imagino que con las ánimas el transporte no importa. ¿Y qué hace usted tan lejos de su tierra, en pleno barrio de Belgrano?, se sorprendió, los ojitos como rendijas, mire que esto está, como quien dice, a donde el diablo perdió el poncho. Y yo: es que me da pena que no descanse en su tierra, toda su familia es de Castilla-La Mancha así que, cuando recibí ese certificado de defunción de un pueblito perdido de la Patagonia, decidí tirar la casa por la ventana y venir a buscarlo a la Argentina. ¿Queda muy lejos la Patagonia? En el mismísimo culo del mundo, soltó la médium, luego se tapó la boca, como si se le hubiera escapado. Entonces metí la mano en el bolso y saqué los certificados, los estudió en detalle sacudiendo la cabeza, me hizo pasar a una salita muy coqueta, con sus cortinas floreadas, donde había un aroma intenso a jazmines, y tapó con una manta la jaula del canario. Qué bien que huelen los muertos, le comenté. No siempre, refunfuñó, no siempre, si supiera lo que gasto en ambientador. Pero ahora necesito un poco de silencio. Entonces empezó con su parafernalia. Me tomó las manos por encima de la mesa, que también tenía un tapete de ganchillo, y yo sentí las suyas, muy secas y calientes, como brasas. Cerré también los ojos, volví a imaginarla como en otra dimensión, esta vez en un trineo, sobre la nieve, con una niña a su lado. La niña se llamaba Lyuba, y Rayja la había ido a rescatar, las dos lloraban como si algo muy grave hubiese sucedido, pero en mitad de mis ensoñaciones se rompió el silencio y la médium se puso a rezar en un idioma extraño. Digo yo que rezaba, pero vaya uno a saber, la cosa es que empezó a taconear sobre el parquet como si fuera una flamenca y eso me distraía un poco, luego pareció que entraba en un sueño profundo. Ya estaba anocheciendo, la penumbra hacía que me sintiera en otro planeta y, para colmo, mi silla tenía una pata floja. La médium volvió a hablar y me puse a pensar que, en esa jerga, era difícil que apareciera mi Vicente que, para los idiomas, era un negado. De pronto la médium abrió los ojos como no creí que pudiera hacerlo una asiática y empezó a revolearlos. El canario se puso a cantar en lo oscuro, desde algún lugar venía un aroma como de azúcar quemada. Yo quería recuperar mis manos, pero la médium me tenía atrapada y succionaba mi energía por encima de la mesa, sentía como que toda mi sangre se estaba apelotonando y se iba a volcar sobre el mantel. Una idea estúpida, lo sé, mi marido nada tenía que ver con la sangre, a menos, pensé temblando, que me lo hubieran asesinado. Y entonces la médium gritó que estaba llegando el espíritu de una mujer que venía vestida con un delantal a cuadritos, como para hacer la limpieza. ¿La conoces?, me preguntó. Ni idea, le contesté, y entonces la médium la interpeló con un tono imperativo: ¿Quién eres?, y ella, como si la hubieran pillado distraída: «la dueña de la pensión donde vivía el marido de esa desgraciada». «Desgraciada», dijo, refiriéndose a mí, y me pareció una impertinencia, pero la muerta no era lo que se dice una dama, tenía una vocecita siniestra que te ponía los pelos de punta. Háblale, pregúntale lo que quieras, me ordenó la médium que, de pronto, se había vuelto muy autoritaria. Como no me gusta darme con desconocidos, empecé medio tímida a hacerle preguntas. Primero que cómo estaba, y me soltó «y a vos qué te importa», con lo que me di cuenta de que, española, no era. Luego quise saber cómo era que mi Vicente había llegado hasta la Patagonia, si era más urbano que un chicle pegado en el asfalto. La muerta contestó con su tonito desagradable que ella no se metía con la vida de sus huéspedes. Entonces le pregunté si no me había dejado nada. Sí que dejó, respondió furiosa la muerta, lo que dejó fue la cuenta sin pagar, y a ver quién se hace cargo ahora. Entonces quise saber cómo había muerto, y la dueña de la pensión empezó a gritar que la difunta era ella y que me fuera a la mierda. Noté que a la médium le costaba repetir la palabra «mierda», pero seguía ahí, aferrada a mis manos, con la muerta montada y yo si nada más que preguntar. De pronto, se me ocurrió: ¿y cómo tiene usted los pechos? Y la difunta, con un tonito entre petulante y grosero, contestó: ¡como melones! Justo en ese momento fue cuando vino esa interferencia como de líneas telefónicas que se cruzan y, sobre la voz de la dueña de la pensión, se solapó la de otro difunto que dijo que se llamaba Héctor Lejárrega-já-já, y cada vez que pronunciaba su nombre parecía que la médium se moría de la risa. Tenía tal tufo a naftalina que le tuve que pedir a la mujer que abriera las ventanas. Ni loca, soltó ella, saliendo por un minuto del trance, con una voz de lo más normal, ni mamada, si me entra un hilito de viento se me vuelan las almas, y me dio un ataque de risa porque la imaginé con la aspiradora y todos esos fantasmas afinándose por el tubo pero, por suerte, me controlé, creo que eran los nervios. Entonces la médium me soltó las manos y empezó a retorcerse. «Soy Lejárrega-já-já» gritaba el difunto con una voz cavernosa, «y me han asesinado. Quiero justicia y no la quiero». ¿Y quién te mató? «No fue hombre ni mujer», declamó, haciéndose el interesante. Y ahí mismo, cuando parecía que iba a continuar para darle sentido a la sentencia, se solapó la voz con la dueña de la pensión, que empezó a reclamarme el dinero. No voy a pagar las locuras de ese desgraciado, le solté, y entonces la pata floja de la silla pareció bambolearse. Para qué. La dueña de la pensión, como si interpretara el movimiento de la silla como un intento de huida, gritó que ese hombre no estaba solo, y me debe lo que vale una cama de matrimonio con desayuno inglés. ¿Qué es el desayuno inglés?, dije yo, y ella me contestó, con una voz de lo más profesional: café o té con huevo frito y panceta, salchicha criolla y tostadas, el jugo de naranja es natural. Qué asco, pensé, y luego, en alto, ¿Y para qué mierda quiere el dinero, si está muerta?, grité llorando, loca de celos, mientras perdía, a la vez, el equilibrio y la compostura, a mí el difunto nunca me había llevado ni a la esquina. La muerta pareció pensárselo y se hizo un silencio. Otra vez volvió el olor a mermelada y me dio pánico que se apersonara algún difunto más, porque en estas cosas, como en la cama, más de dos es multitud, pero el aroma parecía venir de la cocina. Entonces reapareció Lejárrega-já-já con su retintín: «no fue hombre ni mujer», y también «quiero y no quiero que se haga justicia. Quiero y no quiero». Qué muerto más indeciso, me dije para mis adentros, lloriqueando todavía porque imaginaba a mi Vicente con el culo en pompa y los morros hundidos entre las tetas de la dueña de la pensión. La médium bizqueaba agotada, tantas almas dando vueltas por ahí por el mismo precio y no estábamos sacando demasiado en limpio. Estoy harta, pensé, harta de los engaños de ese cabrón, aquí no hay más que malas noticias y he hecho un viaje inútil, me voy a donde no oiga más a ese canario de los cojones que canta con la luz apagada. El bicho pareció oírme, y también el muerto, porque escuché un revoloteo de plumas, como si lo estuvieran acogotando. El azúcar mezclándose con la naftalina, las plumas sanguinolentas con el aroma del jazmín, los dos muertos gritando. Y, como si solo eso faltara, la médium se tiró al suelo y empezó a retorcerse, la piel de la cara se le puso tensa y como cerúlea, muy pegada a los huesos y empezó a soltar una especie de dentífrico por la boca, me pareció que iba a quedarse tiesa pero no, como si no hubiera pasado nada, justo cuando dieron las en punto se levantó, fue hacia el espejo y empezó a retocarse el maquillaje. Es la hora, dijo entonces, espero que le haya servido de algo lo que oyó. Cuando le pagué, con una voz de lo más profesional, añadió: muchas gracias. Y luego, con un tono distinto, muy bajito, como entre nosotras; mire, yo tiraría esos papeles, son todos falsos. Si me lo permite, le voy a dar un consejo: no se vaya hasta la Patagonia, ese hombre no vale nada. A menos que le gusten las bellezas naturales, en estos días el glaciar se derrumba y es todo un espectáculo. Y dejó caer en mi mano, que ya se extendía para saludarla, la dirección de un hotel económico y la tarjetita de un guía.

 

Verano

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Yo es otra persona.

Arthur Rimbaud, Iluminaciones

 

 

 

Para Pilar González Bernaldo y Teresa Parodi,
por su colaboración involuntaria en esta historia

 

 

 

Querida hermana: había quedado en visitarte este verano en Cambridge pero una amiga me pidió que le cuidara la casa y el gato y no me lo pensé. Dirás que los gatos no son lo mío, pero era la oportunidad perfecta para trabajar en mi libro y, cuando tú y yo nos encontramos, no hacemos más que charlar. También podrías acercarte, hay sitio de sobra, el lugar no puede ser más agradable. Estoy en el centro de Francia, en un caserón con techos de paja, jardín y pileta. A ti te gustan los gatos, sabrías qué hacer con Buba, solo quiere estar conmigo de noche y yo detesto que se suba a la cama. Los vecinos deben de ser incorpóreos, hay portones que se abren para dejar salir coches fantasma, apenas si he hablado con la pareja de viejos que vive enfrente y vende huevos y aves. Ella es mucho más corpulenta que su marido, con un esqueleto que le queda grande, él, bajito y simpático, habla hasta por los codos, aunque no le entiendo nada. La casa está en orden, no tanto como para resultar asfixiante. Odio esos lugares en los que mover un plato supone un derrumbe cósmico, mi amiga sabe vivir bien, rodearse de cosas bonitas y, a la vez, compartir lo que tiene. Qué difícil resulta este equilibrio. ¿Verdad? Desde mi habitación, a lo lejos, sobre el horizonte plano, veo la catedral de Chartres, nítida como un recortable.

 

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