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Las otras vidas

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Como sucede con Nabokov, Conrad o Kureishi, el problema de la diáspora inaugura una forma de escribir en la que la distancia es un tema central. Se trata de escritores formados en un territorio y que se desarrollan en otro, provistos de una mirada diferente. Nuestra literatura se integra hoy a estas nuevas percepciones, en España, donde convivimos con personas nacidas en otros puntos del planeta, se inscribe ya una generación de dobles vínculos. Desde dos orillas precisamente, la escritora Clara Obligado nos ofrece cuentos de desarraigos, exilios, partidas y retornos, de encuentros y desencuentros. Cuentos desgarrados, intensos, sin embargo vitales y esperanzadores, alternan la tragedia y la comedia, lo real y lo irreal, la otredad con que todos convivimos, nuestras "otra vidas". Escritos, como dice la autora, "desde ningún lugar y desde varios a la vez", estos relatos nos interrogan sobre el destino, sobre qué hubiera sucedido si, en lugar de un camino, hubiésemos tomado otro.

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Yo, en otra vida, fui avestruz

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Yo, en otra vida, fui avestruz

 

A Clara Vallejos

 

Yo, en otra vida, fui avestruz. Le llamará la atención, porque aquí me ve con mi aspecto de madre de familia un poco entrada en carnes, pero eso fue hace mucho tiempo y en otro país, cuando era joven y, además, transcurrió en paralelo. Quiero decir que, al mismo tiempo, fui mujer y avestruz.

Es posible que usted no sepa bien qué es un avestruz. Pues mire, son unos animales preciosos con un cuello larguísimo, que nosotros llamamos ñandú y más científicamente rhea americana, porque avestruz es el nombre que tienen en África. Todo esto lo busqué en la enciclopedia Vida salvaje que compré en cuotas y que traía de regalo el microondas. Me valió la pena, con el amor que le tomé a esos bichos.

A mí me encantaba correr por las pampas, las pampas, eso que sale en los folletos de viaje, donde los pastos son tan altos que llegan hasta los cuernos de las vacas y la tierra es tan plana que da la vuelta al mundo. Como le estaba diciendo, me encantaba correr sobre todo cuando caía la tarde y el cielo dibuja una franja rosa y azul alrededor de la tierra y los pájaros vuelan bajito porque regresan cansados a la laguna. No, no era peligroso, entonces no nos cazaban para hacer plumeros, eso vino mucho después.

 

La aventura

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La aventura

 

Para Alejandro Fernández Arango

 

Primero fue la noche turbia del smog; luego el traqueteo de las ruedas sonando sobre los baches y el asfalto, el chirriar del freno, el amarillo violento del coche frente a los ojos y, por fin, el anhelado escalón bajo el pie un poco dolorido dentro de los zapatos de domingo, los pantys dibujándole la rodilla que se dobla (como una media luna pálida), la franja de carne asomándose al tensar el brazo sobre la puerta del autobús, entre la falda y el jersey, apenas un parpadeo restallante que tal vez incite al hombre que está detrás (porque siempre hay un hombre que atrapa el destello) y luego, cuando los cuerpos se balancean de proa a popa y el autobús arranca, se siente una opresión a estribor, el aleteo de una promesa minúscula en la leve presión, y es entonces cuando ella apuesta (porque no puede ver la cara del que viene detrás) y se lo juega todo al brevísimo tacto y se retira, buscando un asiento, dejando que la aventura avance por detrás.

 

Ulises

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Ulises

 

A Mariángeles Fernández

 

Cuando Giovanni –harto de pobreza y sediento de aventuras– decidió por fin abandonar el pueblo donde un sol tórrido malograba las cosechas, se acercó a su madre y le pidió la bendición. Pero la vieja, dándole la espalda y con los dedos en cruz, le espetó:

–Me dejas sola con tus cinco hermanas. Ellas no se casarán porque no tienen dote y yo, al quedarme sin descendencia, me moriré de pena, así que no esperes mi bendición. Te maldigo, Giovanni, te maldigo por el destino del que huyes y con el que nos cargas.

Y, acercándose al fogón, la vieja puso los dedos en cruz y escupió en la sopa. Luego, como si su hijo ya se hubiese marchado, siguió guisando. A la mesa, las cinco hermanas esperaban con la cuchara de palo en la mano.

Luego de patear al perro que intentaba seguirlo, Giovanni se alejó por el polvoriento camino. Durante todo el trayecto percibió, con los últimos olivos, el olor del puerro que sobrevolaba la aldea, un aroma que lo había acompañado desde la infancia, como una sombra.

 

El grito y el silencio

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El grito y el silencio

 

A Isabel Romero

 

Conocí a Norma a principios de los ochenta, en la cola de la Biblioteca Nacional, mientras intentaba sacar un carné de lectora. El empleado, un perfecto modelo de funcionario franquista, desconfiaba de mí negándose a dármelo sin avales. Yo no los tenía, ¿a quién pedirle una firma, si acababa de llegar al país? Así que comencé a discutir con él, y una larga cola inquieta se formó a mis espaldas.

No me gustan las bibliotecas porque no dejan fumar, y con mucho gusto hubiera mandado al funcionario al demonio, pero aquello era ya una cuestión de honor; además, necesitaba un libro. Tengo un aire altisonante cuando me indigno, un tono que no ayuda y cae mal a funcionarios de este estilo quienes, sin duda, piensan: vaya con la sudaca.

En este punto ciego estaban las cosas cuando alguien me tocó el hombro. Me di la vuelta y topé con una mujer, de más o menos mi edad, alta y delgada que, desde su altura olímpica, sonreía como si nos conociéramos:

 

El enviado

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El enviado

 

La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado.

Jorge Luis Borges, La lluvia

 

A mi amigo Javier lo perdí en un ascensor. De eso hace mucho tiempo y, si no fuera por las analogías que pueblan mi vida, tal vez lo hubiera olvidado. Hoy lo recuerdo porque llueve, y la lluvia es siempre remota.

Voy a comenzar a contar esta historia por el principio, por aquellas tardes en las que lo veía desde el mirador de mi apartamento jugando libre en la acera mientras su madre se ocupaba de la portería. Era como verme a mí mismo, porque le dejábamos mi ropa usada, pero en él mi ropa vieja parecía nueva.

Crecí envidiando a Javier. Desde la sobreprotección de hijo de viuda rica envidiaba su independencia sin imaginar que aquella libertad no era otra cosa que abandono. No fue hasta que cumplí los doce años que mi madre me permitió bajar a la calle y jugar con él. Antes, me apercibió:

–Cuídate, no sólo de las calles, sino también de su influencia. Viene de un mundo distinto.

 

Las dos flechas de Cupido

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Las dos flechas de Cupido

 

Para María Obligado

 

Olim quondam cochlea...

 

Hubo una vez un caracol que vivía solo en un huerto. Un día llegó hasta allí una joven viuda quien le dijo:

–Oh, caracol, ¿no eres desgraciado lejos de los de tu especie? A lo que respondió el caracol:

–No conozco otra necesidad que la de alimentarme. ¿Por qué, entonces, teniendo alimentos, he de sentirme desgraciado?

–¡Por Venus! –respondió la viuda–. ¿Es posible que no añores el amor?

Y diciendo esto, la mujer se levantó la túnica hasta su blanco vientre y continuó:

–Así me sucedía cuando era virgen. Pero desde que conocí el vigor de mi marido ardo y languidezco. Él ha descendido al Hades en plena juventud y dejándome sola me ha hecho infeliz. –Y la joven viuda, mesándose los cabellos, comenzó a sollozar.

Conmovido el caracol por la desgracia de la mujer acercose a ella y, como se sintiera tentado por la blancura de sus carnes y por el tupido vergel que ella exhibía en lo alto, trepó lentamente por sus piernas dejando un hilo plateado en los ebúrneos muslos.

 

Los pecados de la carne

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Los pecados de la carne

 

Para Andrés Neuman

y Miguel Ángel Arcas,

por nuestras citas en Granada

 

La señora Matilda, viuda de González, pidió la vez. Esperaba, con las manos en las caderas todavía firmes, mientras miraba a través del escaparate los dedos del charcutero que cogían unas salchichas; las vio bambolearse en el aire (su promesa apetitosa y rosada) y desaparecer luego sobre el mostrador, entre sábanas de papel (tus caderas como ancas de yegua, hubiera dicho su Eulogio); vio entonces cómo la mano, (masculina, experimentada) iba acercándose al lomo embuchado (tan caro y tan sabroso, a la señora Matilda se le encendía el deseo) al lomo embuchado que, firme y recio (qué ganas de tentarlo) se elevaba también, mostrando su mutilación sin sangre y luego la mano, sumida otra vez tras el cristal, sostenía un cuchillo y se unía a la otra mano (a la señora Matilda le brillaban los ojos) otra mano de dedos seguros, con la que el charcutero (se le hacía agua la boca) sopesaba un fuet fino y amoratado, de piel tensa, ligero, casi inofensivo, virgen, pero tan tieso (justo como a mí me gusta) y luego el fuet volvía, circuncidado, al escaparate, y la señora Matilda pensaba, con ansia y con miedo (subía y bajaba su pecho en rápido vaivén), que le tocaría el turno y habría que elegir (ella nunca había elegido, un novio, un marido, total todos son iguales) seleccionar entre tantísimas posibilidades: la mor­cilla esponjosa, pletórica, vehemente, que dibujaba en la columna de su cuerpo estremecido la sangre y la salud, o el chorizo de Salamanca, fresco y oloroso, o el morcón (sólo se vive una vez), prohibitivo pero prieto, grueso y pequeño (así da más gusto) o la estilizada longaniza, y el jadeo de la señora Matilda (los calores de la edad), el ansia, los rubores (cuántas oportunidades, qué dilema), el brillo en los ojos, las mejillas remozadas, el repentino sudor, las manos del charcutero alzando ahora una ristra de chorizos rojos y la señora Matilda atónita ante la desmesura, viéndolos pendular, temiendo el cu­chillo, incapaz de elegir (salamis, culares, lomos de Sajonia) fuera de sí, abandonando la fila (butifarras, sobrasadas) mientras dice me voy, le dejo la vez, me marcho (jabuguitos) a casa, a la cama, allí donde las sábanas sabrían acoger su languidez, sus recuerdos, sus ancas desbordadas por la orgía.

 

Paternidad

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Paternidad

 

Para Carola Aikin, que sabe de monos y de dragones

 

Asomado a la cuna de su hijo, Fermín tuvo un segundo de lucidez, un chispazo que intentó abrirse camino en su abotargado tejido neuronal. Estaba así porque no había dormido casi desde que el pequeño llegara a casa y ahora, mirándolo a la luz tranquila de la mañana, le pareció que esbozaba desde su cuna una sonrisa entre satisfecha y perversa y que luego le guiñaba un ojo. Descorrió aún más las cortinas que daban al jardín de la urbanización y se volvió para observarlo: no podía ser, los recién nacidos apenas se expresan mediante reflejos condicionados, era impensable que ese gesto torticero fuese voluntario. Definitivamente, el niño no podía estar riéndose de él.

En el jardín estaba por florecer el almendro y una rama arañó el cristal; luego un rayo de sol apuntó hacia la cuna y el niño frunció la nariz. Temeroso de que se despertara, Fer­mín volvió a correr las cortinas, se sentó en su sillón de lectura sin encender la luz. Como no podía leer, pasó a observar los vagos contornos de la habitación en la penumbra. Le gustaba su casa, los libros, los cuadros, las pilas de CD, los recuerdos de los viajes que lo rodeaban con su silencio tranquilizador. Pero esta vez ni el valor narcótico de los objetos fue capaz de calmarlo y la inquietud comenzó a retorcerle el estómago.

 

Con las mujeres nunca se sabe (homenaje a Raymond Carver)

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Con las mujeres nunca se sabe (homenaje a Raymond Carver)

 

Myriam Rabidovich había sido desde siempre mi mejor amiga. Crecimos en Chivilcoy, cerca del viejo molino, donde hay calles de tierra, fuimos juntas a la escuela primaria, luego a la secundaria, más tarde compartimos una pieza de pensión en Buenos Aires y nos apuntamos a un curso de diseño de modas. En esa época intercambiamos vestidos y blusas, pantalones ajustados y hombres a los que besamos y que nos querían manosear. También aprendimos a caminar como modelos.

En el verano anterior al fin de los estudios juntamos todo nuestro dinero y nos fuimos de vacaciones. Al regresar a clase hicimos el proyecto de vivir juntas y de poner un negocio donde venderíamos nuestras propias creaciones. Pero ese mis­mo semestre Myriam decidió abandonar los estudios para casarse.

Por supuesto que asistí a su casamiento, que se celebraría poco antes de Navidad. Yo estaba en Buenos Aires estudiando, y ella había regresado a Chivilcoy, así que viajé unos días antes porque Myriam estaría sola y quería ayudarla con el vestido. Beto era viajante, ofrecía detergentes y esas cosas de las tintorerías, para ello tenía que recorrer el país de una punta a la otra. Viajaba en micro, porque para entonces todavía no habían podido comprarse un auto de segunda mano, pero decía que no le importaba.

 

El Cazador

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El Cazador

 

A Julio Gómez Carrillo, Marcelo Lodieu, Haydée Tumbeiro, Viviana Capocasale y Adriana Slemenson. A Santiago Astelarra, en nuestra memoria

 

5 de diciembre

 

Si no hubiera sido por la mirada subvertida tal vez lo hubiera confundido con un cazador de hombres. Pero esos ojos claros tras las pequeñas gafas rodeadas de metal. Cierto es que su uniforme oscuro recordaba vagamente a las juventudes militares de algún otro país, y que el cuello flotaba dentro de un chaquetón que no terminaba de contenerlo. Estaba allí, lejos de los míos que ansiosos se apiñaban tras el cristal. No esperaba encontrarlo en el aeropuerto, tampoco nadie parecía haber reparado en él.

Se asombraron de que yo sólo llevara una mochila aunque el vacío de mis manos sirvió para abrazarme con plenitud al primer cuerpo conocido. Y, entre tacto y tacto, habían pasado años. Busqué a El Cazador, pero ya no estaba. Entonces pensé que, en realidad, nunca nos habíamos tocado.

 

Lenguas vivas

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Lenguas vivas

 

A Armando Minguzzi y

Adriana Imperatore, mis lectores

 

–Todo nos une, le había dicho su madre, hija de españoles, no te preocupes, hablamos el mismo idioma.

Pero no fue así. Desde que había llegado de Buenos Aires vivía en dos planos, en dos niveles. Tuvo que aprender que aparcar era estacionar, prolijo quería decir detallado, un grifo no era un monstruo mitológico sin una canilla, pararse no era ponerse de pie sino detenerse, estar constipado no tenía nada que ver con los intestinos sino más bien con los pulmones y que la amiga Conchita Boluda se llamaba así, de verdad, de verdad.

Pero los peores problemas venían en la cama. Meterse en la cama con alguien en Madrid, ¿qué era? ¿Coger, follar, fornicar, joder? Coger, tan íntimo antes, tan incomprensible de este lado del Atlántico. Se coge el autobús, se coge desprevenido, se coge un resfriado. En la cama no se coge, a ver si aprendés. En la cama se jo-de.

Quiero joderte, había dicho él, a quien apenas conocía, acompañando su reclamo de un vaho alcohólico y había cazado su mano que reptaba sobre el mármol de la mesa del bar como una araña, intentando esconderse en el regazo. E insistió: jo-der-te. Ella, concentrada, cerró los ojos y tradujo: co-ger-te. Fatal, le sonaba pésimo. Prefería la palabra follar. Pero follar, que le sonaba pastoril, revolcarse sobre las hojas, vestirse de pastorcita, triscar, hollar acaso, súper Marqués de Santillana, a sus partenaires les resultaba muy fuerte y lo de fornicar, un cultismo absurdo con ecos de confesonario, una mezcla de latín y francés, ese fric-fric como de hormigas copulando (las formicas formican en el formicario): «Sí, padre, he formicado ayer también».

 

El adelantado

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El adelantado

 

A mi hermano Pablo

 

Ilustre señor:

 

Otra vez me dirijo a vos para contaros las múltiples maravillas que he visto en este viaje y para que veáis en qué se utilizan tanto los bienes como la confianza que habéis depositado en mí, don Javier Hurtado y Menéndez, adelantado de vuestra majestad.

Hoy me toca enumerar los frutos de la tierra y, para que conozcáis las riquezas de vuestro imperio, hablaré del yantar, y de las especias con las que en las Indias se sazona y otras lindezas de estos indígenas.

Son los nativos de buen natural, sobre todo las hembras, quienes han aprendido palabras en nuestro idioma que pronuncian marcando mucho la ese, todo con gran dulzura, y no como en España, que al hablar parece que amenazan y, cuando nos traen el alimento, bambolean las caderas y van como sus madres las parieron y Fray Nuño cata las carnes y frunce la nariz, porque lucen correosas y de bestias indecibles, y tan salvajes son que hasta devoran un bicho al que llaman «cuy» que no es gato ni perro ni cabra, sino más bien una rata de grandes proporciones que duerme con ellos.

 

La sirena

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La sirena

 

A Leticia Rossón Massa

 

El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!

–¿No le da vergüenza? –dijo una mujer–. ¡Vender a esa pobre chica!

–¿A cuánto el kilo, jefe?

–Se la pongo más barata que las sardinas...

–¡Mamá, mamá, cómprame ese pez!

Con displicente impudicia, la sirena exhibía su torso de diosa mientras abría las valvas de un marisco palpitante: brillaba la cola de plata donde un rebullir de escamas se entretejía con algas.

–¿Y por qué la vende?

–¿Muerde, mamá?

–Estoy cansado de ella: no hace más que comer, bañarse y dormir. Además, no habla. Y por las noches...

La sirena lanzó una mirada de indiferencia. No parecía tener más de quince años.

–Pues quiero la mitad: la de arriba.

–El kilo de mujer es más caro. Mire, mire qué cuerpo, qué cara. El pescadero afilaba su cuchilla.

 

El río, el río

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El río, el río

 

La mujer está de pie en el muelle y observa el río. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la falda de su vestido estival revolotea sacudida por el viento. Si no fuera por ello y por el caracoleo de su cabellera oscura, parecería una estatua. El río, en cambio, bate sus aguas inquietantes. En busca de peces, dos pájaros oscuros se lanzan como pedradas y gol­pean el brillo.

Este no es un río como los de Europa. Tiene aguas turbulentas derramadas de tal modo sobre la llanura que no se puede ver la otra orilla. Imaginarla, sí se puede. Divisarla, también. En días muy claros, un borroso daguerrotipo anuncia el país vecino. La mujer está acostumbrada a estudiarlo largamente desde la ventana de su alto departamento, cuando el cielo tiene una palidez cristalina, y entonces ella sueña con otras vidas posibles que suceden a lo lejos. Desde allí también ve su propia ciudad, adormilada más abajo, como un animal perezoso.

Hay un hombre sentado en un banquito y sostiene una caña de pescar. Está colocado en línea paralela con la mujer y de pronto sale de su ensimismamiento para mirarle las piernas. Lleva sentado ahí desde que amaneció, sólo se distrae con el triángulo luminoso de los veleros que flotan a lo lejos, con las piernas de la mujer. Ella siente el peso de esos ojos y se sostiene la falda que, súbitamente, abraza sus caderas. Luego lo olvida y deja flamear la tela amarilla contra el azul.

 

Exilio

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Exilio

 

... tu sitio, ya lo sabes,

partió cuando llegaste.

Luisa Futoransky.

París, desvelos y quebrantos.

A Juan Ignacio Isaguirre,

a Silvina Jensen

 

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid, procedente de Argentina. Lo hice en un avión de Iberia, que tomé en Montevideo, por el temor que me producían las constantes desapariciones en la frontera. Salí vestida de verano, como si fuera una turista que se dirige a las playas del Uruguay y, dos o tres días más tarde, subí al avión que me llevaría a España, donde era invierno. Me despidieron mi padre y mi hermana. Tardé seis años –los que duró la dictadura– en poder regresar al país.

 

El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid aterida de frío. Venía del verano, la tristeza y la falta de sol fueron el primer impacto. Tenía una prima aquí, que había venido hacía unos meses con una beca. No acudió a buscarme al aeropuerto, más tarde dejó de recibirme en su casa porque me consideraba peligrosa. Yo pensé que una persona que sólo teme por sí misma aún a miles de kilómetros del peligro es alguien con quien no vale la pena mantener ninguna relación.

 

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