Medium 9788483935156

El último minuto

Vistas: 384
Valoraciones: (0)
«Escribir un cuento se parece a tirarse en paracaídas». En los relatos de este libro asistimos a la consumación de la técnica del minuto, a la explotación máxima de los matices y contradicciones de un fragmento temporal muy limitado. Trastornadas por una una cámara lenta, sutiles bombas de tiempo, las historias de El último minuto escenifican una crisis y la retienen, a veces con humor y otras veces con dolor, explorando el instante anterior al abismo. Como sugiere el epílogo, ensayo final que profundiza en el estudio del cuento: «Si alguna vez Napoleón dijo ‘vísteme despacio, que tengo prisa’, quizá muchos cuentistas escribimos pensando ‘narremos lentamente, que tenemos poco tiempo’».
Un anciano despidiéndose. Un mafioso en problemas. Una mujer que llora por un ojo. Dos actores que ignoran su papel. Un poeta sin obra. Un profesor que inventa los libros que cita. Una esposa que compra dos veces la misma chaqueta. Un profeta televisivo que pretende entrevistar a Dios. Un pianista suicida. Dos amigos que se odian en secreto. Ahogados que piensan. Bebés que vuelan. Infiernos subterráneos. Navidades sórdidas. Amores en sentido inverso. Y, por supuesto, más de un paracaidista. Todo esto y mucho más descubrirá el lector en El último minuto, en esta nueva y definitiva edición minuciosamente revisada por el autor.
Sobre El último minuto:«Un libro que contiene ficciones realmente inolvidables. Una declaración de amor a la ficción» (L. García Montero, El País); «Neuman se ha hecho ya con un espacio propio en la nueva cuentística» (M. García-Posada, Abc); «Prueba su solidez en el arte difícil del cuento» (A. Basanta, El Cultural); «Puedo augurar a este libro aplausos y murmullos. Su virtuosismo es el de atestiguar lo que sucede al filo de las navajas» (D. Tarazona, Diario Excelsior).

Precio: 5,99 €

Remezcla
Eliminar
 

26 relatos

Formato Precio Mezcla

La bañera

ePub

La bañera

 

Mi abuelo se quitaba prenda a prenda hasta quedar desnudo. Se miraba el cuerpo enfermo, flaco y sin embargo erguido. El espejo del cuarto de baño había ido oscureciéndose con él a lo largo de los años: ahora le quedaba una insegura pátina salpicada de puntos, y una bombilla de cuarenta vatios encima. Mi abuelo dobló con cuidado su ropa. La dejó encima de la tapa del retrete. Se detuvo un momento con las pantuflas de lana colgando de dos dedos, y decidió sacarlas al pasillo. Entonces trabó por dentro la puerta.

No hacía frío. Desnudo se sintió mucho más cómodo. Después le dio vergüenza y abrió los grifos. Los azulejos empezaron a empañarse. Mi abuelo introdujo una mano en el agua y la removió. Reguló varias veces la temperatura. Se sentó en el borde de la bañera a esperar.

Los chorros dejaron de agitar la superficie. El agua pasó de turbia a transparente. Con lentitud, mi abuelo metió un pie y después el otro, buscó un contacto tibio con las nalgas. Quedó sentado en el agua con las rodillas flexionadas y los brazos rodeándole las piernas. Suspiró. Acudían a su memoria episodios remotos: un niño en pantalones cortos sobre una bicicleta, repartiendo el pan; una señora obesa, postrada en un camastro, dándole instrucciones y exigiendo el desayuno; un señor alto y rubio, vagamente extranjero, acariciándole la cabeza en un muelle del puerto; un gigantesco buque rojo y blanco y negro alejándose de su vista; el campo verde, abierto, una casa sin chimenea; la pequeña biblioteca que un muchacho erguido consultaba de noche, entre los gritos de la señora obesa; un funeral desierto, un ataúd enorme; una casa distinta, con más luz, una hermosa joven sonriéndole; un niño en pantalones cortos, sobre una bicicleta, que jamás necesitaría repartir el pan al amanecer; otra niña estudiando en la cocina; una fábrica, decenas de sombras sin nombre y unos pocos rostros amables; un muchacho y una muchacha, sin bicicletas ya, sin cuadernos; una boda; otra boda; una casa vacía, menos luz; una voz compañera, tranquilizadora; los paseos idénticos de idénticas mañanas; una paz agridulce; el consultorio de una clínica; un médico diciendo disparates; una anciana saliendo a hacer la compra; un sobre rectangular escrito a mano, en tinta azul, sobre la mesa de la sala; un anciano desnudo, hecho un ovillo, rodeado de agua quieta.

 

Un cigarrillo

ePub

Un cigarrillo

 

Vázquez carraspeó, se subió la manga derecha y clavó sus nudillos en la frente de Rojo. La cabeza de Rojo se marchó de allí un momento, pareció tocar el respaldo de la silla y regresó, temblorosa, con una sacudida elástica.

–Tranquilo –advirtió Artigas.

–Es un hijo de la gran puta –replicó Vázquez.

Artigas fijó la mirada en los ojos desorbitados de Vázquez.

–Sí, pero tranquilo –dijo.

Vázquez resopló enérgicamente y se miró los nudillos, que empezaban a arderle. Había olvidado quitarse su anillo de bodas. Vázquez acababa de separarse: había tenido que darle un escarmiento a su mujer y dejarla, por puta. Hizo ademán de golpear otra vez a Rojo, pero Artigas intervino con un suave alzamiento de manos. Vázquez observó los labios entreabiertos, chorreantes de Rojo. Murmuró junto a su oído:

–Hijo de la gran puta. Te voy a sacar todos los dientes uno a uno, basura.

Pese a lo que Artigas empezaba a sospechar, Rojo había escuchado este último comentario y todos los anteriores. Había ido comprobando, a medida que los golpes le desfiguraban el rostro, cómo se le aguzaban los oídos. Mientras el tabique nasal, la garganta, la lengua, los pómulos se revolvían en una masa inconsistente, en la conciencia de Rojo reverberaban con toda nitidez los insultos desgañitados de Vázquez, sus carraspeos, el sonido del fluir de la sangre, el latir de las arterias, el zumbido eléctrico de las lámparas que apuntaban hacia él, las letanías intercaladas de Artigas, sus propios gemidos ahogados, el despertador perpetuo de su casa, que había sonado a las siete en punto de la mañana como cada día y que no le había advertido del peligro. Por detrás de la nube cegadora de las lámparas, oyó la voz de Vázquez diciendo:

 

El último poema de Piotr Czerny

ePub

El último poema de Piotr Czerny

 

A Roberto Bolaño, primer amigo de Czerny

 

Como todas las mañanas de clima benévolo, no muy tarde –por el hambre– ni muy pronto –por el sueño–, Piotr Czerny había salido a dar un paseo. Se vio a sí mismo franqueando el portón de su domicilio, reflejado en un cristal que transportaban dos muchachos de uniforme. El cristal pasó de largo, y a Piotr Czerny lo asaltó la tentación de ensayar un aforismo sobre la paradoja de que un cuerpo transparente pudiera resultar el peor de los obstáculos. Se denegó ese placer hasta después del café expreso.

Bamboleando su espléndida barriga, Piotr Czerny aspiró agradecido la brisa que la mañana le regalaba. Caminó unas cuantas manzanas por su calle y giró a la derecha, hacia la plaza Jabetzka. Allí sorprendió a dos pájaros dispu­tándose el mismo mendrugo de pan y, un poco más adelante, a una pareja de estudiantes prófugos disputándose sus bocas. Entonces se detuvo para tomarse un respiro, atusarse el bigote y, ya que estaba, espiar a los dos adolescentes. Le vino a la cabeza un verso fácil y efectivo con el que retratar a los amantes y a los pájaros; lo sopesó un instante; lo desechó disgustado. Reanudó su camino y, casi enseguida, Piotr Czerny se vio a sí mismo abriendo las puertas acristaladas del Central Cafe II.

 

Nieves

ePub

Nieves

 

Nieves lloraba por un solo ojo. Cada tarde, al regresar a casa, me encontraba los postigos cerrados, la cocina en desorden, sus libros desparramados y un profundo silencio de reloj de arena. Así me recibía.

O así esperaba que me fuese. Nieves iba descalza por el pasillo sin terminar de franquear ninguna puerta, deteniéndose en el último momento. La veía pasar de un lado a otro, delgada como la luz del vano de las puertas, siempre llorando por un ojo. Sólo de madrugada abandonaba sus rondas y se acostaba a mi lado susurrándome canciones que había aprendido de niña. Entonces, esas noches, nos amábamos. Era simple y perfecto. Y era breve.

Jamás quiso explicarme por qué lloraba así. Aunque a veces también se alegraba de verme. Le gustaba conversar conmigo durante impredecibles impulsos que yo deseaba cada día al levantarme: mientras le preparaba un café dulce, ella me describía con fantástico detalle todo lo que veía desde nuestro balcón. Pero algo no iba bien, porque Nieves continuó derramando lágrimas como agujas de su ojo derecho. Tampoco sé muy bien por qué caía en esos largos silencios. Quizá no supe hacerle las preguntas que ella necesitaba responderme.

 

El discípulo

ePub

El discípulo

 

La barba ilustre del profesor Borgoña Estuardo había sido siempre igual: un plumerillo de hielo alrededor del rostro embalsamado, ni muy largo ni muy corto, con dos o tres manchas negras junto a los maxilares. Veíamos a Borgoña Estuardo llegar al Departamento desde la lejanía del pasillo, impulsado por alguna fuerza oblicua que le echaba el tronco hacia adelante. Después veíamos una silueta a contraluz que tropezaba casi en los peldaños y aparecía Borgoña Estuardo con la mirada perdida, sujetando su portafolios color caramelo, con el abrigo de invierno puesto. Al pasar por el despacho de los becarios nos saludaba, carraspeante.

A mí me gustaba el profesor Borgoña Estuardo. Quiero decir que me gustaban sus clases, que admiraba sus citas de memoria, su dicción exasperada, pero sobre todo el ademán hipnótico de su mano cuando interrumpía a algún alumno para refutarlo desde el estrado, como diciéndole después de una sonrisa comprensiva Verá usted, como quien cuenta hasta tres para dormir a alguien, Verá usted, no recuerdo su nombre pero atienda, ese argumento es aceptable, incluso defendible y sin embargo errado, no se aflija, para eso estoy aquí y para eso me pagan, su confusión es natural teniendo en cuenta la complejidad del asunto, ya le explico, incurre usted en un anacronismo, duérmase, uno dos tres y duerma, duérmase… Yo le gustaba a Borgoña Estuardo. Me refiero a que desde el principio él supo que yo lo escuchaba con más atención que el resto, que mis asentimientos no eran mecánicos sino entusiastas, de hipnotizado que cuando despierte recordará cada palabra que le han dicho. Aunque nadie entendía realmente los razonamientos de Borgoña Estuardo, todos sus alumnos aplaudían sus intervenciones en seminarios y coloquios, compraban cada uno de sus libros, y algunos incluso llegaban a discrepar sin poder explicar muy bien de qué discrepaban. Me llevó menos tiempo del que suponía atraer su interés, hacer que sus preguntas en clase estuvieran tácitamente dirigidas a mí, ganarme su confianza para ayudarlo en pequeñas tareas académicas. Antes de lo que yo mismo hubiera podido soñar pasé a formar parte de su círculo, compuesto por una tropa de admiradores sesudos, colegas ex alcohólicos, conferenciantes invitados y dos o tres becarios como yo, que interveníamos de vez en cuando para dejar constancia de que nuestro silencio era analítico, y no de desconcierto.

 

La chaqueta

ePub

La chaqueta

 

El aire olía a cuero. Una estudiada media luz, muy propia de las tiendas de segunda mano, hacía difícil apreciar los detalles. Casi todos los abrigos parecían en buen estado. Ella se acomodó las gafas. Pensaba en el gusto imprevisible de su marido, en esa mezcla suya de convencionalidad y capricho. Tuvo la necesidad urgente de un cigarrillo. Aquella noche, como mucho a la mañana siguiente, le ba­jaría la regla: se lo avisaba una daga insistente debajo del ombligo y una sensación de fastidio ante todas las cosas. Sacó de la percha una levita de cuero marrón con botones cruzados. La observó un instante. La colgó, y descolgó otra de color negro y cuello en punta. Colgó la negra y descolgó un abrigo largo, gris, de hombros muy pronunciados. Demasiado viril, pensó con malicia. Devolviendo el abrigo a su sitio, sacó una chaqueta de ante oscura y la observó con agrado: encajaba perfectamente con la estampa anticuada de su marido. Se la veía puesta con una claridad asombrosa, como si ya lo hubiera visto con ella antes, como si hubiera sido siempre suya. De hecho, ahora que lo pensaba, era idéntica a la chaqueta que ella le había regalado para las penúltimas navidades. No era posible. Intentó asegurarse. Examinó el forro, los ojales, las mangas: parecían los mismos, pero cómo recordar la marca de aquella chaqueta o la forma exacta de los botones. También la talla era la misma, aunque la de su marido era la talla de la mayoría de los hombres. Se fijó en el casi nulo desgaste de los codos: podía ser, podía no ser.

 

S.O.S. Dios

ePub

S.o.s. Dios

 

L. P., dueño de (...) TV, la define como

el canal «que sintonizaría con Dios».

El País, 2-IX-1998

 

A Pablo García Casado

 

Les habían dado dos horas para desalojar el despacho. El reverendo Powell retiraba sus cosas del escritorio y las iba guardando en cajas, que numeraba con un rotulador azul si eran suyas, y con un rotulador rojo en caso de que fueran de Ralph. Le dolía la cabeza, se sentía cansado. Ralph llegó poco después. Ah, ya ha empezado usted, le dijo mientras colgaba su abrigo en el perchero metálico de la entrada, pensé que me esperaría, hay cosas realmente pesadas aquí dentro, señor Powell. Si te esperara siempre llegaría a viejo antes de darme cuenta, contestó el reverendo, y no te molestes en colgar tan cuidadosamente tu abrigo, tendrás que quitarlo enseguida: nos han dado dos horas. ¡Dos horas!, exclamó Ralph, ¿y cómo piensan que nos dará tiempo a guardar todo esto?, son unos sinvergüenzas, ¿verdad, señor Powell? El reverendo Powell dejó por un momento de ordenar las libretas y observó a su secretario, miope, lampiño, flaco. Sólo dijo: En Illinois las cosas funcionan así, Ralph. El secretario se encogió de hombros y se agachó para mover un par de cajas. ¿Estas son las mías, señor Powell? No, no, las pintadas de azul son mías, las tuyas son las otras, las de rojo, he empezado por tus cosas, estaban más a mano. ¿Más a mano?, preguntó Ralph, ¿a qué se refiere? A nada, Ralph, a nada, cállate y ayúdame a guardar mis cosas. Nos han dado dos horas.

 

Primera luz

ePub

Primera luz

 

Las jabalinas blancas alcanzaban a tocar, a través de la persiana, sus nalgas de mapamundi. Algo muy claro se derretía detrás de la ventana. Al verme solo, el rectángulo de la cama de matrimonio me pareció un territorio demasiado vasto: Bianca había huido. Entró al cuarto de baño. Se oyó un fino correr de agua, la explosión de la cisterna, una tos delicada. Entonces la arquitectura barroca de Bianca irrumpió de nuevo en el dormitorio. Me preguntó si pensaba quedarme mucho rato. Yo le dije que haría lo que ella quisiera. Bianca sonrió y se marchó a la cocina. Me impresionó verla descalza. En realidad, no se había puesto ninguna ropa al levantarse. Pero yo esperaba que se pondría al menos unas pantuflas, o esos diminutos calcetines rojos que ella suele usar, para saber si encontraba alguna diferencia de temperatura entre yacer conmigo y deambular por la casa.

De Bianca me gusta ese roce de bolsas de arena entre las ingles. Y me gusta el compás desarreglado de las nalgas, que se vuelven tirantes como un arco cuando se agacha un poco. De espaldas, sus caderas se ofrecen ligeramente hundidas para su robustez: allí donde uno esperaría ver sobresalir dos soberbios panales, se le forman en cambio unos encantadores huecos que aparecen y desaparecen mientras ella camina. Hace años que conocía a Bianca, y años llevaba deseándola entera. Claro que, al principio, yo había sido demasiado joven y ni siquiera podía soñar con un fracaso: debía conformarme con la fiebre silenciosa de mi cuarto, imaginando un porvenir de palabras ardientes y sudores de bestias. Había crecido casi enfermo, modelando mi deseo por Bianca cada vez que me tocaba. Más tarde llegó la edad y su momento. Con él llegaron también las dudas: ¿cómo decírselo? Por fin cayó otro invierno sobre Roma. El frío me ayudó a decidirme. Aquel año empecé a cruzar algunas palabras con ella durante mis salidas nocturnas. La veíamos pasar por la Via Veneto y alzábamos nuestras botellas de cerveza, le gritábamos cosas y reíamos; yo deliraba. Necesitaba abrir el cofre de sus nalgas. Necesitaba respirar a Bianca.

 

El pulso

ePub

El pulso

 

Lo peor ya ha pasado. Ahora estoy tranquilo. Lisandro acaba de traerme una taza de té con leche y me ha preguntado si me encuentro bien. Yo he asentido mientras la mano caliente y larga del líquido me recorría el pecho y se asentaba en el estómago. Empiezo a tener sueño. Lisandro se demora exquisitamente en hacer cada cosa, me cuida con su único brazo mejor de lo que nadie podría hacerlo. Le estoy muy agradecido. Sólo nos queda esperar a que me recupere para que todo vuelva a ser como solía: a nosotros nos tocaba poner el insomnio, y la noche y el vino ponían las luces.

Vista desde ahora, aquella madrugada nos advirtió de la desgracia con todas las señales posibles, pero estábamos demasiado seguros de nosotros mismos como para detenernos en esos detalles. No se puede negar que la luna giraba como un disco frenético, o que el aire frío de la Plaza Nueva era más hostil de lo acostumbrado, demasiado cortante para ser agosto. Lisandro caminaba escondiendo el mentón entre las solapas de su gabán, dejando que el humo del cigarrillo se confundiera con el vaho de su respiración como lo haría un gas benigno con otro letal. Yo llevaba puesta mi bufanda gris, y respiraba un olor a lana transpirada. Incluso sin tanto alcohol en la conciencia, habría resultado difícil ver algún mensaje en las sombras que ocultaban los bustos de las cariátides y les daban el aspecto de figuras degolladas. Pasamos junto a la Chancillería y, como siempre, enfilamos la Carrera del Darro. Pese a su pobre cauce, el río sonaba con un raro vigor entre el barro y las piedras. Nosotros, sin embargo, apenas le prestamos atención a estos augurios. Con la premura del frío y la sed, dábamos rápidas zancadas y mirábamos el empedrado. No había casi nadie, aparte de algún alemán o inglés borracho, una pareja a punto de pelearse, una o dos motos, los mendigos de costumbre. Le pregunté a Lisandro si tenía hambre. Él me contestó que no, aunque podíamos pedir un bocata en algún sitio si yo tenía ganas, y me repitió que él no tenía ningún apetito. Yo comprendí y le dije que si no tenía dinero no se preocupara, que yo no consentiría que se quedase sin cenar. Entonces Lisandro me preguntó si quería fumarme su último cigarrillo.

 

Yerma

ePub

Yerma

 

A Paloma Román Álvarez

 

Anita se detuvo frente al semáforo. Había tenido una mañana de perros y de gatos. Es decir, su marido le había ladrado antes de irse al trabajo y más tarde ella, al bajar con el carrito de la compra, había visto cómo un gato callejero se meaba en el umbral de su casa. Afuera olía a lluvia. El semáforo tardaba. Anita se distrajo observando a los viandantes, los que esperaban junto a ella y los que pasaban de largo. Todos tan igualitos y diferentes, pensó ella, con sus corbatas y sus trajes, o con sus no corbatas, sus vestidos, sus no trajes. Todos quizá pensando que les parezco tan igualita, diferente, o todos no pensando. Cada vez olía más a lluvia. De pronto Anita divisó a un hombre demasiado alto. En efecto, pensó: Este hombre es demasiado alto. Llevaba unos pantalones de franela a rayas blancas. Tenía un bigote como de mago tramposo y vestía un chaleco de tres cuartos con una interminable hilera de botones. Caminaba dando zancadas, sin doblar las rodillas y sonriendo con entusiasmo. El hombre altísimo sostenía un baúl de metal por la manija. Anita no llegó a preguntarse qué podría haber dentro: acababa de distraerse con alguna otra cosa. Se volvió para echar un vistazo al semáforo.

 

Monólogo del ahogado

ePub

Monólogo del ahogado

 

Cuando los desalmados me encontraron, decidieron que lo más conveniente sería esconderme en la cochera. Como soy corpulento, tuvieron que pedir ayuda para trasladarme hasta aquí. Igual que un saco relleno de agua.

De la playa conservo el sabor salino y el rumor de la espuma absorbida. Mis otros recuerdos son confusos: primero yo nadaba hacia el horizonte; después el estómago se me hacía un nudo y el agua se enredaba a mi alrededor; después no respiraba. En algún momento los brazos de las olas me expulsaron, y mi espalda rebotó contra la arena.

Es todo cuanto sé.

O no. Sé algo más: los otros llegaron más tarde, acompañados del primer desalmado que me había visto. La noche ya era completa y los pájaros huían. Yo también quise huir con ellos, sumarme a su batir de alas, remontarme al infinito. Pero una inercia definitiva me lo impedía, y supe que era cierto. Fue entonces cuando se me acercaron ellos, los desalmados.

El primer desalmado les gritó a los demás que dejaran de mirarme y fue dándoles instrucciones. De todo cuanto dijeron, sólo consigo retener con exactitud cuatro palabras del más joven: «pesa como una boya». Y fue extraño escuchar eso, porque yo me sentía insólitamente ingrávido. El agua había entrado en mis pulmones vaciando todo el resto, volviéndolo transparente y delicado. Sé que mi pecho ahora es de cristal muy fino. Una vez encontrada la postura, cargaron conmigo casi sin descansar. Me metieron en una camioneta y el tiempo siguiente fue para mí una desconcertante quietud en medio de la velocidad. Y lo último que sé es esto.

 

Madame Nené

ePub

Madame Nené

 

Sin dejar de caminar, Josema miró hacia abajo y se encontró con el azul de su pantalón de gimnasia. Vistas desde arriba sus piernas le parecieron demasiado gruesas, como si fueran de otro. También notó que el agujero de sus zapatillas se había abierto un poco más: recordó el vértigo de aquella jugada, durante el recreo. Los dos más bestias de la clase acercándose al área. La pelota de plástico anaranjado en tierra de nadie, justo a medio camino, botando ligeramente. Y él, debajo del travesaño, deseando evaporarse. Pero había un prestigio que defender. Todos los de su equipo le gritaban que se tirase al suelo o despejara, que si mándala a un lateral, que si métele un patadón, que si esto o lo otro. No debía cagarse por nada en el mundo. Estaba completamente cagado. Dio un paso hacia atrás para tomar impulso, entrecerró los ojos, apretó los labios, arrugó la frente y se lanzó hacia los dos bestias de la clase, que ya alcanzaban la pelota. El choque fue terrible. Por un momento Josema pensó que se había muerto, pero cuando levantó la cabeza vio cómo todos llegaban para felicitarlo y lo ayudaban a levantarse. Entonces, mientras comprobaba que todos sus miembros seguían unidos al tronco, se dio cuenta de que el calcetín le asomaba por la punta de su zapatilla derecha.

 

Continuidad del infierno

ePub

Continuidad del infierno

 

Durante el tiempo que mi padre estuvo internado, era lógico dejar el coche en el aparcamiento subterráneo del hospital. Me detenía frente al pequeño abismo de la entrada, deslizaba mi Opel blanco por la cuesta. Volvía a detenerme para pulsar el botón, pasaba por debajo de la barrera y me ponía a buscar sitio. Siempre encontraba alguno.

Yo detestaba acudir al hospital fingiendo una serenidad que no tenía, comprimirme en los gigantescos cajones de los ascensores, respirar ese aire demasiado limpio –amoníaco, irreal, desinfectante– hasta llegar a la quinta planta. Caminar entre las camas de los enfermos como a través de un campo de minas –no me toquen a mí, no me toque la muerte– y después Hola, papá, ¿todo bien, todo tranquilo?, tú descansa. Detestaba acudir al hospital, aunque reconozco que me gustaba bajar al aparcamiento y maniobrar lentamente con mi Opel blanco. Sumergirme en las entrañas del asfalto me aliviaba con una rara paz. Encendía los faros del coche y aquel interior gris, rojo y amarillo, la simetría de los muros y las columnas, se volvían un reino confiable con sus reglas seguras y su onírico silencio (¿soñamos, acaso, sonidos?).

 

La hipnotizada

ePub

La hipnotizada

 

Si las estatuas pudieran transmitir un discreto calor al roce de la piel y susurrar palabras desagradecidas, entonces llevarían el nombre de mi amada. El nombre de mi amada: Serena. Dócil y perversa.

Serena solía esperarme medio desmayada en su sofá, con la mirada líquida. No le hablaba a nadie, ni siquiera a la asistenta, que entraba y salía del salón para dejarle una taza de tila o unas galletas sin azúcar. A todas las visitas les ocurría lo mismo: Serena ordenaba que las hicieran pasar, pero permanecía extraviada, sin pronunciar palabra, hasta que el huésped se levantaba murmurando una disculpa o pretextando algún quehacer. Y la dejaban sola. Y Serena seguía sola, aguardando mi llegada, siempre a las nueve en punto de la noche.

Cada vez que traspasaba el umbral de aquella puerta, me invadía la dolorosa sospecha de que mis servicios en la casa estaban a punto de volverse inútiles. Pero Serena volvía a recibirme mudando el gesto ausente en una deliciosa bienvenida, y yo corría hasta el sofá, me sentaba a su lado y le besaba los nudillos uno por uno, entornando los párpados y rescatando su fragancia como de piñas del bosque. La asistenta me servía una copa de Penedés y desaparecía hasta que yo me hubiera marchado, ya de madrugada o a la mañana siguiente. Serena me veía beber como quien acaba de recuperar la conciencia, sus hombros se encogían en un suspiro y me preguntaba: ¿Hace frío en la calle? Al principio yo había procurado responderle con exactitud, temeroso de no complacerla. Pero pronto descubrí que a Serena no le interesaba la respuesta y que, mientras escuchaba mis descripciones meteorológicas, se entretenía en retorcer mi corbata o despeinarme con la punta de los dedos. Comprendí que aquella pregunta era un leve tributo de amor, su manera de mostrarme que le preocupaba mi salud. O que, como mínimo, ella me necesitaba sano.

 

Las víctimas

ePub

Las víctimas

 

I

 

Por mucho que insistan los poetas, nunca he sentido que un instante se me hiciera eterno. Esta idea siempre me ha parecido demasiado abstracta, además de cursi. Alguna vez he experimentado la intensidad extrema de ciertos momentos que, pese a su fugacidad, me han dado qué pensar durante largo tiempo. Pero no creo que un segundo pueda durar horas, ni nada parecido. Más bien al revés. Uno vive los acontecimientos decisivos de su existencia a una extraña velocidad. Y más tarde, burlado, se pregunta: ¿a quién le ha sucedido todo esto?

Ahora siento el hielo de la calma. Sé que, sencillamente, no ha mediado ninguna voluntad por mi parte. Apenas un pequeño movimiento. En el fondo me decepciona que las cosas puedan suceder así, tan por su cuenta, y que uno no haga más que asistir a ellas con mayor o menor proximidad. En este caso he sido, por supuesto, un espectador privilegiado. Pero teniendo en cuenta las circunstancias creo que habría valido más la pena ser el protagonista, ya que de todas formas tendré que ser la víctima. La segunda víctima. Ya se sabe cómo es la vida de rebelde: tú haces planes, ella sucede. De hecho yo había planeado muchas cosas. Por empezar, ir a la playa el viernes. A medio plazo, no sé: un buen fin de carrera, un puesto en algún laboratorio, más adelante una familia. Supongo que ahora tendré que revisar mis planes. Como mínimo los del viernes.

 

El postre

ePub

El postre

 

Se ajustó por detrás el lazo del delantal y se alisó la falda. Sus manos subrayaron por un momento la forma de los muslos. Alzó una bandeja y se acercó a la mesa donde el cliente de la barba terminaba su almuerzo. Tenía buen apetito, el tipo de la barba. Había pedido un caldo, una ensalada de la casa, un filete de lomo con guarnición y una ración de croquetas. También había pedido dos veces que le llenaran la cestilla del pan. Ella se inclinó ligeramente y carraspeó. Él levantó la vista: el reflejo borroso de su rostro desapareció de la fuente vacía.

–¿Va a pedir alguna otra cosa, señor?

El tipo de la barba la miró con aire risueño.

–¿Usted cree que puedo tener más hambre?

–No sé, señor. No me pagan para interpretar las caras de los clientes, sino para tomarles nota. ¿Va a pedir alguna otra cosa?

–No, gracias, no puedo más.

–Muy bien. Le traigo la cuenta, entonces.

–¡Espere, señorita, espere! Creo que quiero un postre.

 

Mi otro nombre

ePub

Mi otro nombre

 

Supe que mi madre me perseguía cuando escuché por casualidad el nombre con el que ella me llamaba en secreto. Yo pasaba junto a su dormitorio amarillo de soltera, con el deseo inconfesado de sorprenderla gimiendo debajo de algún desconocido. Esta imaginación solía provocarme una fiebre indignada que me quitaba el sueño. Lo que buscaba al detenerme junto a la puerta del dormitorio de mi madre era la confirmación de su libertinaje, no de su demencia.

Desde aquel descubrimiento, empecé a preparar por mi cuenta todas las comidas. Mi madre no hizo más que congratularse de un modo demasiado teatral. Yo observaba cada uno de sus movimientos al condimentar los platos (de eso no conseguí encargarme: Ah, no, querido, eso sí que no te lo voy a permitir, ¡el arte culinario consiste sobre todo en el toque final!), cómo le echaba sal y especias a la carne, a la ensalada, al puré. Naturalmente, nunca hizo nada sospechoso: ella sabía que la vigilaba. Me había visto nacer, crecer, hablar; me había ofrecido esos pechos que ahora empezaban a colgarle; había visto cómo aprendía a hablar en su lengua, y cómo más tarde aprendía que esa lengua sirve para odiar con precisión; había presenciado mi fracaso en los estudios, mis problemas para hacer amistades, la resignación de mi vida sedentaria. ¿Cómo no iba a saber entonces que la espiaba? Lo único que mi madre no sabía es que, una sucia noche, yo había escuchado mi otro nombre a través de la puerta de su dormitorio.

 

Jingle bells

ePub

Jingle bells

 

A Pablo Rychter

 

Como frutos eléctricos, las bombillas del árbol se encienden y se apagan y cambian de color. Los pasillos del hospital están vacíos. En la cafetería quedan dos enfermeras en una mesa y un médico de guardia junto a la máquina de café. Me gusta una de las enfermeras. La que está sentada a la izquierda, la gorda. Mastica una tableta de chocolate y tiene las mejillas muy entonadas, como algunas bombillas del árbol, y una melenita corta que le deja la nuca descubierta. Le cuento las rayas del cuello: son tres. Me gusta la enfermera gorda. Su compañera, no: parece una radiografía con delantal. Las dos llevan el mismo atuendo, pero qué diferencia de estilo.

A mi café le falta azúcar, tendría que haber pulsado el botón extra pero me pareció excesivo, en los bares yo nunca le pongo demasiado azúcar al café, es como no pedir café. Todavía está demasiado caliente. Y no hay ninguna prisa. Mi mujer debe de estar durmiendo en casa, o por lo menos debe de llevar un buen rato fingiendo que ya duerme. Cuando llegue a casa, me desvista, me deslice entre las sábanas heladas y abra bien los ojos para ver manchas blancas y espirales de luz en la oscuridad, sé que notaré a mi lado un cuerpo ajeno que se revuelve suspirando y me da la espalda. Podría por ejemplo acercarme a la mesa de las enfermeras, de vez en cuando me miran, la gorda sobre todo. O si no bostezaría y soltaría un: Ah, ¿ya estás aquí?, me había quedado dormida, poniendo voz soñolienta y separando sus pies tibios de mis piernas peludas. El médico de guardia se ha sentado en una mesa y remueve su vasito con un tenedor de plástico. Miro hacia donde él mira y encuentro la calle sumergida en asfalto, sin nadie. El árbol de navidad va cambiando la cara del doctor, antes tenía la frente verde y roja, ahora se le ha puesto azul. Él intenta mirarme, desvío los ojos a tiempo. Aunque entonces yo podría hacer como otras noches y aferrarme a su espalda, posar el bigote en su nuca y empezar a bajar la mano, querida, ¿duermes?

 

Cargar más


Detalles

Libro impreso
Libro electrónico
Relato

Formato
ePub
Encriptado
No
SKU
MFPE000000951
ISBN
9788483935156
Tamaño del archivo
300 KB
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
Formato
ePub
Encriptado
No
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
SKU
En metadatos
ISBN
En metadatos
Tamaño del archivo
En metadatos