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Papel carbón

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Papel Carbón reúne los primeros libros de relatos de Fernando Iwasaki –Tres noches de corbata (Lima, 1987) y A Troya, Helena (Bilbao, 1993)– dos títulos donde los lectores del narrador peruano podrán reconocer los temas, el humor, la prosa coruscante y las múltiples referencias culturales que caracterizan la obra de uno de los autores fundamentales del cuento contemporáneo en lengua española. Rescatamos así Tres noches de corbata, libro que dialoga con los precoces volúmenes de relatos de un pequeño grupo de escritores españoles y latinoamericanos nacidos en la década del 60, como Alguien te observa en secreto (1985) de Ignacio Martínez de Pisón, Ligeros libertinajes sabáticos (1986) de Mercedes Abad, Los laberintos invisibles (1986) de Guillermo Busutil, Debería caérsete la cara de vergüenza (1986) de Sergi Pàmies, El móvil (1987) de Javier Cercas, Veinte cuentos cortitos (1989) de Iban Zaldua, Infierno grande (1989) de Guillermo Martínez y Cuentario (1989) de Jorge Eduardo Benavides, todos tecleados a máquina y todos copiados con papel carbón.

De Fernando Iwasaki y su narrativa breve se ha escrito: “Los cuentos de Fernando Iwasaki me hacen pensar en Augusto Monterroso, en Juan José Arreola, por momentos en Jorge Luis Borges. Su compatriota Julio Ramón Ribeyro anda por algún lado. Y Felisberto Hernández, el de Montevideo, no anda demasiado lejos”, Jorge Edwards; “En sus cuentos la insolencia es una cualidad estética, una forma de rozar la verdad”, Alonso Cueto; “Es uno de los pocos escritores latinoamericanos capaces de unir la inteligencia y el humor de maneras tan inesperadas como estimulantes”, Jorge Volpi; “El estilo de Iwasaki, jocoso y elegante, es un homenaje al hedonismo verbal”, Andrés Neuman; “Fernando Iwasaki tiene una posición excelente como narrador: la posición de los escritores que merecen ser leídos, celebrados y recomendados”, Juan Bonilla.

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25 relatos

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La sombra del guerrero

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La sombra del guerrero

 

Mientras milenarias y familiares sombras comienzan a rodearme, las imágenes de los últimos momentos vividos se agolpan en mi mente como un recuerdo difuso.

–¿El señor Kawashita? –sonó una voz aflautada por el intercomunicador–. Soy Yoshitaro Kohatsu, le hablé por la mañana.

–¡Suba!, lo estoy esperando –contesté.

Al tiempo que aguardaba a mi visitante reflexioné sobre la curiosidad que despertaba en mí esa extraña entrevista. Mi padre, hijo de japonés y peruana, nunca nos llevó ni a mí ni a mis hermanos a frecuentar la colonia japonesa; tampoco nos mencionó a pariente alguno y todos crecimos en colegios católicos. Con el tiempo la universidad terminó de consolidar nuestra visión occidental del mundo y el Japón jamás despertó en nosotros algún sentimiento atávico. Finalmente, como me especialicé en literatura inglesa, mi ignorancia en temas orientales era total. En realidad, la confusa imagen que yo tenía de los japoneses, se debatía entre las películas de Kurosawa y unas propagandas de artefactos eléctricos. Por eso, ¿quién era ese señor Kohatsu, que venía a tratar conmigo un asunto familiar? El ruido del timbre me arrancó de esas cavilaciones.

 

La otra batalla de Ayacucho

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La otra batalla de Ayacucho

 

El viejo resopló su café mientras pensaba en la explicación que tendría que darle a su hija. Es verdad que hacía sólo tres meses había tenido un infarto, pero esta era ya la sexta vez (¿o la séptima?) que un presentimiento le movía a dar una falsa alarma. Francamente le molestaba mucho, pues sabía perfectamente que Rosita se vendría volando desde Ancón con toda la familia y que después de un gran susto no tardaría en mandarlo a la mierda, como había ocurrido en la última ocasión. «Ya debe estar queriendo que me muera» –pensaba– y se reía entre sorbo y sorbo.

Sin embargo, él debía inventar alguna excusa, ya que no podía admitir que lo cierto era que tenía miedo a quedarse solo, o a morirse solo, que a su edad venía a ser prácticamente lo mismo. En efecto, el temor a la muerte había ganado cuerpo, poco a poco, en su mente. Pero, ¿cómo es que se muere uno? Esa ignorancia le atormentaba en demasía.

Le vinieron a la mente las clases de catecismo que recibió con los curas salesianos antes de su primera comunión. «Uno muere cuando el alma abandona el cuerpo», decía el padre Cayetano, pero él jamás había aceptado esa sentencia. De ser así, él debía estar ya muerto, pues desde el fallecimiento de su esposa había perdido el alma. No, no, morir debía ser algo muy distinto. Con dificultad recordó algunas reveladoras visiones infantiles: a su hermano Federico escondido en el armario durante algún día completo, el agua escurriéndose por el guáter, un pollito asfixiado en su bolsillo... ¡sí!, morir debía ser algo parecido a todo aquello, algo de ausencia, algo inexplicable, algo natural. Al fin y al cabo, algo irreversible que él se resistía a aceptar, sobre todo porque sus últimas pesadillas lo estaban conduciendo a la antesala de la muerte misma. Frecuentemente soñaba con que su Rosa se levantaba de la cama y se dirigía hacia el baño; ya en la puerta lo llamaba con insistencia y él se negaba a seguirla; después ella se perdía entre los azulejos hasta la noche siguiente. Por eso es que se ocupaba en el baño de abajo; porque tenía miedo, miedo a esa soledad que lo estaba condenando a morir como un perro en su viejo caserón de la avenida Arenales.

 

Paradero final

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Paradero final

 

Seguro que él no recuerda exactamente cuándo surgió su extraña afición. Sabrá, sí, que desde que estaba en el colegio se entretenía buscando en la rugosa superficie de las carpetas los nombres de sus antiguos ocupantes. También se acordará de cuando leía las escrituras en las paredes de los baños. Ahí estaban los falsos poetas, los enamorados frustrados, los rojos incendiarios o el fascista delirante, todos unidos en el hediondo muro de un diálogo de ciegos, en discusiones fisiológicas de denso ambiente.

Tal vez al principio fue la diversión de sumarse al conglomerado de frases y tintas de todos los colores, mas luego le habrá obsesionado llegar a tener un interlocutor constante, una voz que respondiera a la suya. Pero ni en el colegio ni en los baños debió encontrarla. Seguro que por eso se aficionó a los microbuses.

Habrá descubierto que las rutas obedecían los designios impuestos por los horarios de colegios, oficinas o universidades; que los rostros se repetían a las mismas horas y que las conciencias de cientos de hombres y mujeres quedaban atrapadas en esa celda rodante, en esa rutina perpetua. Sí, el microbús era una suerte de microcosmos, un punto de convergencia humana en el espacio.

 

El tiempo del mito

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El tiempo del mito

 

Definitivamente, Baldomero Denegri era un tipo extraño. Tan extraño que a nadie le sorprendió su muerte tan grotesca. Su fisonomía también fue poco común: era alto y de una delgadez enfermiza. En la cabeza –donde nítidamente destacaban la nariz y la mandíbula– una frente enorme se prolongaba por encima de las orejas, gracias a una incipiente calvicie que coronaba su cráneo en una hirsuta maraña rojiza de cabellos crespos. Los ojos, saltones y vidriosos, resultaban agrandados por los alucinantes «fondos de botella» que llevaba por gafas, y los brazos –finalmente– terminaban en unas temblorosas patas de pollo en las que más de un malicioso afirmó haber visto palmas peludas.

Intelectualmente fue un hombre muy capaz, pues se doctoró en arqueología con sobresaliente cum laude y siempre destacó en la universidad como un catedrático entretenido e inteligente. Sin embargo, la curiosa combinación de sus tópicos favoritos con los temas arqueológicos le hicieron perder seriedad. Claro, si a su natural excentricidad unimos el psicoanálisis, la sexología y los alucinógenos, el resultado no podía haber sido más que un caótico amasijo de rocambolescas teorías sobre el origen de la cultura peruana, la religión andina y la sexualidad entre los antiguos peruanos que sólo él era capaz de entender.

 

El ritual

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El ritual

 

Abajo mi papá está bien molesto y dice que cuando los agarren él les va a sacar la mierda. Mi mamá y María Fe están llorando y también dicen que cómo pudo pasar algo así. Parece que se han robado el cadáver de Dieguito, que han profesado su tumba o una cosa por el estilo. A mí no me dejan estar abajo porque dicen que soy muy chico, pero yo sé un montón de cosas y seguro van a querer que les cuente. Me da miedo estar aquí arriba. La casa huele a muerto, a podrido.

El Dieguito comenzó poniéndose todo aburrido: le prohibían jugar pelota y paraba metido en la cama. Ya desde esa época mi mamá lloraba mucho, pero creo que ahora está llorando más. A veces se escapaba de su cuarto para jugar conmigo y me prestaba su «Lego». Se había vuelto más bueno, ya no me pegaba tanto y hasta me contaba secretos. «¿Sabes, Sebastián? –me dijo un día–. Mi mamá me ha dicho que me van a llevar donde un doctor amigo del tío Luis Carlos y que después nos vamos a Disneyworld». Nos reímos un montón y le pedí que me trajera un «Dumbo» como el que tenía el gordito Arízaga, pero en verdad me daba pica.

 

Eco Yoruba

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Eco Yoruba

 

Ven, ven, ¡má cerca, pué!, ¿tienes miedo? Yo tambén tuve mucho espanto cuando el abuelo me dijo que yera mi hora. «¡Carajo! –chillé–, ¿po qué tuve que nacé yo con la marca?». Así como tú ahurita, bien asao taba yo. Pero el abuelo era sabio, negro sabio era, má sabio que yo.

En de mientra el Tomás y el Antoño mi agarraban de los pelos, el viejo calentaba la carimba hasta que se ponía roja, roja, rojita.

«Hace mucho año –me decía– que la familia tiene sa marca. Nadies sabe cuándo se comenzó. Esoé como un honó, ¿sabes? Las mujeres mucho nos respetan y los hombres nos temen harto, harto. Cada do vida nace uno con la marca puesta. Eso te da tu podé, ¿ves? Mírame, ¿cuánto año tengo?, ¿aaah? Yo me sacao la mierda con lo chileno en Chorrillo y Mirajlores, pa que sepas. A ver... ¿tengo arrugas?, ¿tú ve alguna? Ta’ que ni pataegallo tengo porque ése e mi podé, pué. Ese va ser el tuyo tambén: Yoruba, yoruba, yoruba es juerza, nunca envejecer, nunca morir... ¡quédese quieto, carajo!».

 

Mar del Sur

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Mar del Sur

 

... y ansí juró por una señal de cruz que siruió con el dicho capitán don alonso de uarillas en la jornada de Veragua y Tierra Firme asta quel dicho capitán don alonso de uarillas desapareçió en aquellas tierras en el año de mil y quinientos nueue.

«Probanza de Gaspar de Morales»,

Archivo General de Indias, Sevilla, 1516

 

En 25 de setiembre de 1513, tomé posesión en nombre de Su Magestad desta Mar del Sur y puse una cruz sobre una roca questá en sus aguas y que los yndios diçen ques el demonio.

«Carta de Vasco Núñez de Balboa»,

Archivo General de Indias, Panamá, 1514

 

 

 

Sé que robar y matar no son negocios de buen cristiano, mas mi conciencia está tranquila porque lo fice en nombre del Rey y en el de nuestra santa religión católica, y ya se sabe que los monarcas recompensan con largueza el valor de sus criados. ¡Sin ventura yo!, no es justo que a mí, Alonso de Varillas, descubridor del Nuevo Mar Océano, me encadenen así de ordinaria manera. Mas algún día seré libre y por ello debo guardar memoria de mis fazañas, para solicitarle a Su Majestad una gobernación y un adelantamiento. ¡Ay, si fuera ingenioso en letras! Pero no importa. A cambio de una escribanía en mi futura gobernación, ningún bachiller se negará a facerme una Relación. ¡Sí!, ya me parece verla: Relación de los sucesos que le acaecieron al adelantado don Alonso de Varillas en el descubrimiento y conquista del Nuevo Mar Océano de las Indias Occidentales. Oh, suena fermoso. Debo, pues, una vez más, facer escrutinio de mis andanzas.

 

Taki Ongoy

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Taki Ongoy

 

Fue que ellos creyeron que todas las guacas del reyno, cuantas avían los cristianos derrocado y quemado, avían resucitado, que todas andavan por el ayre hordenando el dar batalla a Dios, y vencelle.

Cristóbal de Molina, 1575

 

Quienes estuvieron presentes afirman que la transformación se produjo mientras cambiaba los plomos del taller. Quizá fue la descarga que lo arrojó contra la mesa de las herramientas y que le mantuvo inconsciente durante casi media hora, pero lo cierto es que al volver en sí, Ramiro Becerra había dejado de ser el mismo. En sus ojos bullía un fulgor misterioso y su sonrisa dibujaba un rostro completamente nuevo: su antiguo semblante se había ocultado tras una careta de enigmática inteligencia. Desde ese día abandonó su oficio de electricista para convertirse en el Hermano Pablo, tercera encarnación de Dios entre los hombres y Guardián del Purgatorio.

Cuando el baile hubo terminado, los hombres y mujeres que se habían dado cita en las alturas del Laramatí, abrieron un círculo para que Chocne pudiera hablarles. Él les anunció cómo el Pachacámac y la guaca Titicaca habían reunido a todas las demás guacas en el Cuzco, que es el centro del mundo, para organizarlas en la guerra contra el barbudo dios de los españoles. Les hizo saber también cómo las guacas habían montado en cólera por haber interrumpido sus sacrificios, pero que les ofrecían la oportunidad de luchar junto a ellas. Los espíritus de los dioses ya no encarnarían en las piedras o en las fuentes como en el tiempo del Inca. Ahora lo harían en sus guerreros. El mismo Chocne había sido tocado por el rayo y ya volaba por los cielos en una canasta anunciando el principio del Taki Ongoy o la «Danza del Viento».

 

Mal negro es el congo

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Mal negro es el congo

 

No mereció menor cuidado en tierra la insolente osadía con que en los contornos de Lima insultaban los caminos unos serviles bárbaros, negros, que fugitivos de sus amos habían hecho crecer su tímida acogida a defendida población de la especie de aquellas que llaman comúnmente palenque en estos reinos.

Pedro Peralta y Barnuevo, 1714

 

He oído que allá en el sur hay una gran rebelión. Topa Amaro, creo, un indio señorón que alza bandera contra el Rey y que quiere que indios y negros le apoyemos porque todos somos peruanos. Quieres irte con él, ¿no es cierto? Créeme a mí que ya soy viejo y no te voy a engañar. Los negros no somos peruanos, eso está bien para los indios. Tú eres terranovo, hijo de terranovo y negra lucumi; tú no tienes tierra ni más historia que la que te dieron tus padres y tu sangre es como la de tus abuelos, que fueron terranovos puros. El indio vive con el español y el español vive del indio, ¡que ellos sean peruanos, pues! Nosotros no somo libres, otra cosa somos... ¿Cómo?... Eso dices tú, que no sabes cómo es ser libre. Yo te voy a contar qué se siente, te diré lo que pasó en Huachipa allá por 1712 o 1713. No importa si no me recuerdo el año, total, no he olvidado ni los rostros ni los nombres.

 

La invención del héroe

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La invención del héroe

 

Mientras regresaba a su casa, el mayor Yauri no dejaba de tocar el claxon para importunar a otros conductores. Estaba molesto, molesto consigo mismo, con su trabajo. Cuando su suegro estaba en el servicio nadie se había atrevido a alzarle la voz así, porque el general Causo («Machote» Causo le decían) se hubiera encargado de joderlos, de mandarlos a Tarapoto, al Desaguadero o a cualquier provincia remota y fronteriza del Perú. El sí que se preocupaba de que sus puestos fueran tranquilos y nada peligrosos: Migraciones, el Ministerio o la División del Aeropuerto... todo iba bien hasta que llegó esa maldita reforma de las fuerzas policiales que condenó al «Machote» al retiro y que a él lo catapultó a la primera fila del servicio activo, a las garras del resentido de Charún, «que se quedó de coronel nomás». ¿Qué sabía él de operativos o emboscadas? Si se tratara de poner un sello, de retener un pasaporte o memorizar un expediente (¡tenías una memoria de elefante, Yauri!), podía resolverlo sin problemas; pero rastrear al «Mudo» González o agarrarse a balazos con la banda de los «Retacos», ¡ni hablar! Por eso estaba molesto, porque el coronel lo había amenazado con darle de baja si no solucionaba este último caso.

 

Último tercio

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Último tercio

 

Las sombras han cubierto casi toda la plaza y el público no ha cesado de gritar en las graderías, a pesar de que mi enemigo y yo lidiamos nuestra batalla hace un buen rato. Cada pase, cada embestida despierta en la gente un instinto olvidado o un asombro atávico. Tal vez sea el eco del duelo que durante miles de años venimos sosteniendo los hombres y los animales; es el sufrimiento, el valor y la sangre hechos arte. Pero es un arte peligroso, pues en él me estoy jugando la vida.

Debo concentrarme. Veo que él alza las manos y eso significa que tengo que cuidarme. Prefiero llevarlo por el lado derecho, ya que el recuerdo de mis primeras heridas me obliga a evitar el izquierdo. Se dirige hacia las tablas y acudo en su búsqueda; ahora corro hacia el centro y le invito a seguirme. Es un ritual que lo sé por naturaleza, que lo llevo en la sangre y que muchos no saben apreciar, quizá porque entienden que aquí sólo hay práctica y engaño. Mas no es así, pues al igual que mi padre y mi abuelo yo nací para desafiar el luto que llevo encima.

 

Tres noches de corbata

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Tres noches de corbata

 

¡Ay, niño!; qué gordo te lo ves con tu piyama, sachavaca pareces. Allén mi tierra las guaguas son bien flacas, del maquisapa su cuerpo tienen... De Yurimaguas, niño; para servirle asté. Allá no sirve ser gordo... ¿no ves que más primero te lo comen los fantasmas?... ¡Uuuf!, la selva está llenecita de diablos; ahistá el Tunche, que más antes se llevaba los caucheros y ahora los de la Petroperú; también está el Yacuruna, ese se junta con los caimanes y siempre ahoga a los balseros; o si no el Barco Fantasma que nunca lo encuentras, de los narcos parece; pero el más pior de todos es el Chullachaqui, niño. ¡Ay, Jesús!, cómo mata la gente y en su cara dellos se ríe, dicen. De a poquitos te va sustando pa’ matarte después, diosito, ¡qué terror! A osté no le da miedo, ¿no, niño? Es que ostés de Lima, pues.

¡Uy no, niño!, allén en el monte no es como en la cordillera, porque los serranos sólo cuentan que las ánimas sesconden en los túneles de las carreteras para sustar los camioneros... ¿Ah, sí?, ¿asté más antes ya se lan contado?... Pero en la selva es más distinto porque allá los fantasmas están por todas partes: en el cielo, en la selva, por los ríos, en cualquier sitio te los encuentras... ¡Ay no, niño!, qué le voy astar contando esas cosas, ¿qué me lo va decir tu mamá? No, niño; más después me bota y yo soy nueva. Sí pues, ni recomendación tengo. Además osté tiene que ir mañana su colegio, ¡así que duérmase, niño!... Ay, ¡qué pesado ques osté!... Bueno pues, pero recién mañana le cuento, ¿ya? Ahora duérmase antes que se lo coma el otorongo.

 

La danza de la gravedad

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La danza de la gravedad

 

Al principio le molestaron mucho esas luces amarillas y el olor a sudor, pero la emoción de las peleas y la ansiosa espera de su turno lo fueron sumergiendo en el ambiente. Ya no cabía ni un alfiler en el pequeño depósito de pinturas y la masa humana vociferaba alentando a uno u otro contrincante («como en el estadio», pensaba). De pronto, mientras el guardia Gómez recibía las apuestas del combate entre cachiporra y tacutacu, comenzó a sentir un remordimiento angustioso, unas ganas enormes de llorar.

En el colegio las cosas eran bien diferentes: ahí estaban sus patas por si la bronca se ponía fea o incluso en la calle, donde valía tirar piedras y arena en los ojos. En cambio ahora sólo con la cabeza o las rodillas, las manos y los pies. Así, así, como el cabezazo que su causa le estaba metiendo a cachiporra mientras que alguien gritaba «¡cien mil más al tacutacu!». Tal vez fue la vista de la sangre o la mueca de dolor que se dibujó en el rostro del cachiporra, lo cierto es que en ese momento se puso a rezar.

 

Un milagro informal

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Un milagro informal

 

Wilson Pacocha estaba radiante, feliz, a pesar de las burlas de don Pascual y de la embarrada que se estaba pegando en sus zapatos domingueros. En realidad no era para menos. No llevaba ni una semana en Lima y ya tenía trabajo. Cuando salió de Chincha nadie daba ni medio por él, pero seguro de sí mismo y armado con el escapulario de la beatita de Humay que siempre llevaba encima del bividí, Wilson Pacocha abordó el «Expreso Chinchano» pletórico de entusiasmo y hasta cantando aquello de las locas ilusiones me sacaron de mi tierra... Y ahí estaba pues, como flamante mozo de «El Directorio», céntrico huarique situado a una cuadra del ministerio de economía.

–¡Serrano tenías que ser, carajo! ¿Cómo se te ocurre venir con saco y corbata a trabajar? Ni que fueras «gerente de mesas», huevonazo –repetía una y otra vez don Pascual–. Ustedes los recién bajados se creen que hay misa todos los días, caracho.

La verdad es que Pascual Chinchayán había bajado a Lima mucho antes y él sí que de bien arriba: del propio Cañón del Pato. Durante sus más de treinta años de residencia en la capital podía presumir de haber hecho de todo: guachimán del cementerio, soldador de tubos de escape y cocinero de chifa; pero lo que más pecho le hacía sacar era el honroso mérito de haber dirigido las primeras invasiones de tierras en Villa el Salvador. Con los años llegaron el título de propiedad, el microbús, los ahorros y ahora «El Directorio», modesto boliche destinado a seducir el estómago de todos los burócratas del centro a la hora del refrigerio.

 

Pesadilla en Chacarilla

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Pesadilla en Chacarilla

 

El sueño se apoderó de mí y entré en el sueño...

William Wordsworth

 

Gaby dio un salto en la cama mientras su marido se escondía bajo las sábanas para que la luz de la lámpara no lo desvelara. «Gabicita llora otra vez. Pobrecita, pajarito», decía Gaby y salía desesperada hacia el cuarto de la bebe. En una revista había leído que los niños Cáncer son muy sensibles y que en las noches sufren sueños feroces. Ella lo sabía porque también era Cáncer y recordaba espantada los bestiales golpes contra la puerta de su habitación. «¡Mamá, mamá!» –gritaba Gaby–. Y Gabriela corría de puntillas para no despertar a su esposo y consolar a la niña, «pobrecita, pajarito».

¿Quién le metía esas historias en la cabeza? Primero era la horrible sensación de sentirse vigilada y despertarse sudorosa. En la imprecisa penumbra el risueño semblante de los juguetes se esfumaba para dar paso a miradas amenazantes y un súbito escalofrío traspasaba sus huesitos. La decrépita memoria de Gabriela añadía un denso hedor a azufre, mas lo cierto es que de pronto, una luz mortecina empezaba a filtrarse por debajo de la puerta como si todo el fuego del mundo estuviera ardiendo en el pasillo. Gabicita no entendía por qué sus mentiras no eran castigadas como Pinocho o por lo menos sin postre. «No quiero que el diablo me dé una cachetada, mami», sollozaba Gaby prendida del cuello de su madre.

 

Erde

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Erde

 

Con ella cuentan que el terrible, violento y malvado Tifón tuvo contacto amoroso, con la joven de vivos ojos. Y preñada, dio a luz feroces hijos...

Hesíodo, Teogonía 306

 

Desde que entré en la clase la vi: los ojos verdes mirando al vacío y su boca frutal mordiendo el lápiz. Cada vez que la academia iniciaba el ciclo de invierno yo recorría las aulas mientras se tomaba el examen, pensando que a la hora de repartirnos a los alumnos podría llevarme conmigo un poco de dulzura y belleza. Algunos tutores las elegían coquetas o exuberantes, chanconas para asegurarse un ingreso a la universidad o simplemente altas para ganar el campeonato de vóley. Yo las prefería un poco fuera de este mundo, de una inocente hermosura infantil que las pusiera más allá del bien y del mal. Como ella, incapaz de resolver operaciones tan groseras y mundanas como un pedestre teorema de Pitágoras.

Con la fingida naturalidad que proporciona la experiencia, me hice el encontradizo frente a su prueba y susurré: «es un triángulo rectángulo 3, 4 y 5 multiplicado por 2, ¿te das cuenta?». Su gratitud fue una sonrisa de angelito del Bronzino y sin dejar de mirarme sacó uno de esos gigantescos borradores perfumados de su reluciente cartuchera de Snoopy. «¿Quieres saber qué rico huele?», me dijo. Creo que esa mentolada fragancia fue lo que me hechizó para siempre.

 

En los adentros del toro

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En los adentros del toro

 

La tarde estaba caprichosamente iluminada por esos engañosos resplandores limeños, pero un calor húmedo sofocaba a la plaza como si el anillo de Acho fuera una enorme sartén.

–Ete boshorno e lo que se carga lo toro, quillo –le dijo el Fali a el «Tramboyo»–. Y mira quer cielo nostá encapotillao.

–¿Aquí hace más calor que en España, maestro? –contestó el chico secándose la frente.

–¡Anda ya!, si éto no e caló ni e ná –replicó el banderillero–. Pasa que allá nunca toreamo en verano, ¿sabe lo que te digo? Er caló se carga lo toro, mi arma.

–A mí me gustaría ir a España aunque fuera en verano, jefe. Debe ser la muerte, ¿no? –sonrió el «Tramboyo».

–Se come de putamadre –sentenció el Fali.

La temporada americana había comenzado en Lima y los toreros españoles apenas habían llevado un picador de confianza y un par de peones que hacían de banderilleros y mozos de espada a la vez. Las modestas empresas sudamericanas no podían pagar honorarios, pasajes y estadía a cuadrillas muy numerosas, y por eso los diestros tenían que ampliar sus tropas en los mismos países en que actuaban. Sin embargo, los apoderados tenían buen ojo y a veces se llevaban a los mejores subalternos por todas las plazas del continente y, con algo de suerte, quizá también a España.

 

La rueda incontinente

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La rueda incontinente

 

Sí, Sariputta, yo he vivido la cuádruple vida superior. He sido asceta de ascetas; he sido repugnante, el mayor en la repugnancia; he sido escrupuloso, el mayor en la escrupulosidad; he sido solitario, el mayor en la soledad.

Gautama Buda, Majjhima-nikaya, XII

 

En la casa nadie me creyó cuando anuncié que iba a dejar el cigarro. Los chicos se mataron de la risa y María Cristina dijo con su aire de sabelotodo «seguro que has visto un encendedor bonito». Por la noche siguieron con la bendita cantaleta en la mesa, mientras las preguntas más severas se iban alternando con chistes acerca de mis dedos amarillentos y las tres cajetillas diarias que solía fumar: «¿hiciste una apuesta con tus amigos, papi?», «¿tú crees que vas a poder, Antonio?», «¿no estarás enfermo, papá?». Sin embargo, para cada cuestión encontré la salida ocurrente o la respuesta sesuda: ahora podremos hacer deporte, el humo fastidia a la gente o cada paquete te quita una hora de vida. En fin, lo típico. Nunca supe si me tomaron en serio o no, pero se metieron la lengua al poto y no volvieron a dudar de mí.

 

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