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Los ensimismados

Por: Paul Viejo
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Los ensimismados es un libro en conflicto permanente y cargado de contradicciones y tensión desde su propia estructura. Enfrentados en dos partes que dialogan entre ellas, “Los descreídos” y “Los ensimismados”, los cuentos que lo componen establecen una batalla entre el “contar” y el “no contar”, hablar o callar, por medio de personajes conscientes en todo momento de serlo, narradores que no quieren narrar pero fracasan, verdades que acaban convirtiéndose en ficciones, diálogos directos con el lector y cuentos que se corrigen a sí mismos.
Paul Viejo ha escrito “una autobiografía confusa” donde todo límite queda absolutamente desdibujado, un primer libro de cuentos lleno de secretos e insinuaciones que revela a un joven autor con una altísima y arriesgada calidad literaria.
De Paul Viejo se ha escrito: "Las ficciones de Paul Viejo nos hablan de un él que es luego un tú y, finalmente, un yo. Este escritor insólito establece un contacto permanente con el lector, verdadero protagonista de sus relatos [...]. Singular hechizo el de su escritura", Arturo García Ramos, ABC Cultural; "Una de las colecciones de relato más inquietantes en muchos años".Antonio Ortuño, El Informador.

Precio: 5,99 €

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16 relatos

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No temas, Jack

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No temas, Jack

 

 

I

 

Solo si Jack es capaz de mantener en alto la escopeta, si logra permanecer apuntando un tiempo considerable, este cuento puede llegar a alguna parte. Será necesario que la situación continúe siendo la misma, es decir: que la mirada del cañón no se desvíe, no encuentre distraccio­nes, ojos quebrados en grito, manos sudadas; es decir: que la distancia que existe ahora mismo entre Jack, su mensaje de pólvora y ese hombre sobrecargado de ten­sión en la mandíbula debe ser igual, es necesario todo el tiempo, porque un centímetro de variación, un movi­miento inesperado, el nervio y la traición de un pie que se deslice, precipitará, tal vez, el final de este cuento, las razones de Jack, la recompensa de una muerte. Y, al menos en este cuento que se planea, la resolución de una vida, si es que la hubiera, deberá responder a un motivo concreto, a ningún otro. Pero, sobre todo, será necesario, condición sin la cual nada, que Jack maneje y tenga bajo control –y sin soltar la escopeta– los extremos de la cuerda que anuda todo, el tiempo y el silencio, tal y como estaba antes de empezar el cuento y como debería per­manecer cuando este acabe. Tendrá, Jack, que proteger ese vacío sonoro que había en el momento anterior a levantar el cañón, clavarse la estaca de la culata en el hombro. Mantener intacto el silencio al que precederá el descerrajo que se ha quedado fuera de este cuento. Es importante, porque si Jack no es capaz de apresar tam­bién ese silencio, escuchará entonces la música de las sirenas, las ambulancias que llegan y, un poco antes, el choque del metal contra el terreno, el arma que cae, las manos que se destensan y, un poco antes, la queja inútil de una garganta que se ahoga, el dedo traicionando la precisión sobre el gatillo y, desde luego, la pregunta que el hombre lanza sin permiso

 

Robert and Geena

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Robert & Geena

 

 

I

 

Robert quiere decirle algo a Geena, y solo está en mi mano que finalmente se lo diga. Es invierno, nieva. Lo que ni siquiera tiempo después tengo del todo claro es si estoy aún en Boadilla o ya en Milán (en la memoria hay lugares donde nunca deja de nevar). Y a nadie tiene por qué importarle. Sí sé que estoy encerrado (después de un portazo) en mi habitación. El cuello tenso, los brazos tensos, las manos tensas, y ocho violonchelos se pelean entre ellos, repitiendo una y otra vez la misma melodía con ligeras variaciones. Noelia ya está en la habitación de al lado, eso sí.

«¿Por qué no te pones? ¿Por qué no lo terminas?».

Y después el portazo. La música a todo volumen desde el ordenador, acompañando el enfado, todo poco segundos antes de obligar a Robert a rematar algo que no quiere hacer, o que no tiene sentido hacer, o que no logrará cambiar nada. Estoy a punto de cruzar un desierto, es verano, hace calor. Pero la nieve está cayendo ahí fuera.

 

Septiembre

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Septiembre

 

Va a ser una noche tranquila. Y una historia tranquila. Y Jimmy Dodge conduce su furgoneta gris hasta El Esquinazo. La luz que envíe la luna será medio floja esta noche. Pero desde El Esquinazo, que es un barranco a las afueras, se contempla toda la ciudad, así que la luna pintará poco en todo esto. La ciudad iluminada es más que suficiente. Desde El Esquinazo se ve toda la ciudad, y todas las farolas encendidas, trazando mapas, creando cruces, y para la ciudad esta noche apenas sin luna es, como siempre, muchas noches. Una noche diferente para cada una de las personas que Jimmy Dodge intuye en los edificios que desde El Esquinazo contempla a lo lejos cuando se baja de la furgoneta y echa un primer vistazo, mientras cierra la puerta, coge aire, suspira. Una noche diferente para cada persona. Así será. Pero para Jimmy Dodge tiene que ser una noche tranquila, eso está claro, y eso es fácil. Se gira Jimmy Dodge hacia el maletero y saca de él una caja de cartón que en un primer intento supera el límite de sus brazos, pero que consigue sostener. Una caja grande de cartón, cargada pero sin excesivo peso, que apoya en el suelo, estrujando la arena y las noches en calma.

 

Mi regalo para Ronald, empapada en whisky

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Mi regalo para Ronald, empapada en whisky

 

 

I

 

Los lobos no son conscientes de su juego. Descienden desde el bosque a la ciudad y comienzan a buscar sus objetivos, dando vueltas en círculos, hasta estrecharlos. Poco se puede hacer, solo gritar, gritar, gritar. Se internan en calles oscuras, olisquean las esquinas en busca de alguien con miedo. No saben lo que hacen, pero saben lo que quieren. Poco se puede hacer, solo gritar, gritar, gritar. Son astutos los lobos, parecen, en las noches de luna, perros frágiles, necesitados de una caricia. Será mejor que empieces a gritar, gritar, gritar. Te lo dice tu madre, cada noche, no te pongas esa capucha, vas hecha unos zorros. Hace juego con mis labios. Y la vieja se pone a gritar, gritar, gritar. Los lobos no son conscientes de su juego. Están en la ciudad. Dan vueltas en círculos. Casi nadie los teme. Casi nadie los ve.

 

 

II

 

Ya debería quedar poco para que fueran las once y media de la mañana. Se tendría que notar en el sol, en el cansancio de Sylvia y Maureen (o más bien en las marcas de sudor que ya empezarían a aparecer en el chándal de algodón gris de Sylvia) y, claro, en los relojes que consultarían ambas, como si estuviesen sincronizadas, en el momento en que se acercasen a la fuente, la que está junto a la puerta del parque, al que no llegarían a entrar.

 

Derrapar

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Derrapar

 

Esto es de la época en que la Rubia le enseña a conducir en un polígono del Quartiere Otto con un Fiat rojo prestado. (Él hubiera preferido que esto, o parte de esto, lo hubiese contado Gianni Celati o Enrico Palandri, alguien así, capaz de hacer cotidiana casi cualquier cosa, de restarle sombra al asunto en lugar de añadirla. Pero es lo que hay).

Comienza cuando ella le dice «no, no lo hagas», aunque todos sabemos que las cosas siempre empiezan mucho antes. Él está sentado en el asiento del conductor, con las manos en el volante, la espalda ligeramente rígida, y entonces baja la mano derecha hasta el freno de mano. Es la segunda mañana que van hasta el polígono y hace apenas unos minutos que la Rubia le ha dicho «ponte tú», no como el día anterior (perdón por el desorden en los datos, la confusión) cuando las dos horas de clase transcurren simplemente con el coche parado, la explicación de ciertos códigos, de ciertas normas, de todos aquellos mecanismos habituales que él debía aprender, hasta que, tan solo hacia el final de la lección acordada, ella vuelve a arrancar el Fiat y conduce lento, tanto como permitiera seguir explicándole y, mientras, hace todas esas cosas de los pedales, de las luces, aquello de la palanca y la velocidad, lo del espejo.

 

Ocho piernas

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Ocho piernas

 

Quizá no sea la primera vez que la traición amarilla de una mañana soleada le pega una cuchillada a Ron Sheppard en el costado, y se despierta, abrazado a su perro Sketch por el bajo vientre, con la apariencia de haber sido arrancado violentamente de un cuadro de Lucian Freud: desnudo, sucio, los músculos resaltados por el frío de unas líneas azules, las piernas de un hombre asomando por debajo de la cama.

Porque no es extraño que uno tenga a un hombre, tumbado y sin ropa, oculto por las sábanas que cuelgan. Lo raro es no saber quién es.

Quién demonios eres, piensa Ron Sheppard, pero solo lo piensa, después de incorporarse y haber intuido que hay dos piernas bajo su cama. Apenas se fija en ellas. La luz que entra por la ventana lo ha despertado, y abre los ojos Ron Sheppard para recorrer, todavía en la misma posición, de un vistazo todo el cuarto: la misma mierda haciendo más acogedoras las paredes, en el suelo los mismos tablones que acabarán pudriéndose algún día y sin avisar, el mismo aire irrespirable, cargado, rancio, sin futuro. También tres colillas apagadas en la madera y, volcada en el suelo, la derrota de una botella de whisky. Es al ver eso cuando Ron Sheppard intuye debajo de él dos piernas agazapadas, y se incorpora, y piensa, quién demonios eres, ahora que ya las ha visto.

 

Mis problemas con la ficción

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Mis problemas con la ficción

 

 

Problema: la realidad

 

Sé montar un fusil, cargar un fusil, disparar un fusil. Sé deslizarme entre matorrales, descender un valle, avanzar por una cuenca flanqueando la vaguada, esquivando la divisoria, y resistir durante horas sin que el cerebro se cargue de humo. Veo el camión alejarse por el camino y perderse después al pasar ese collado de ahí. Dos puntos rojos y después nada. Pero sé, sobre todo, mimetizar mi aspecto, confundirme con el entorno. Basta coger un corcho, o un trozo de madera, y convertirlo en tizón con un mechero. Trazo una línea negra en mi frente, en mis pómulos, en el mentón. Hay que desdibujar los ángulos, rasgar la piel en diagonal con la ceniza, sin calcular, hasta que de mí quede el rastro justo. Pero sin convertir lo que antes era pálido en una mancha negra. Mi compañero limpia su fusil. Por segunda vez. Por segunda vez saca un trozo de estraza doblada del bolsillo y esnifa un poco de cocaína. Yo, inmóvil. Él no consigue estar quieto más de un minuto. Aquí un minuto puede ser una eternidad, solo depende de cómo se utilice. Se apoya en un peñasco y reposa el arma sobre las piernas. Cerraja y descerraja. Lo limpia de nuevo, sopla el interior del cañón, guiña y trata de ver algo dentro. Se reincorpora, estira las piernas, destensa la espalda y apoya el fusil en el suelo. Golpea el fusil contra el suelo. El proyectil recorre la mandíbula, el pómulo y destroza la ceja y parte del ojo derecho. Quema su piel. Desdibuja sus ángulos.

 

Cine mudo

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Cine mudo

 

¿Por qué eres tan duro conmigo, Buster? Una sola vez. No volveré a pedirte nada. Dime que me quieres. Necesito escucharlo o si no me muero.

 

Los ensimismados

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Los ensimismados

 

 

 

 

 

 

Sí: vas a parecer beato y melodramático.

Te aguantas.

David Foster Wallace, Octeto

 

 

Cada noche

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Cada noche

 

Me pide que le cuente un cuento y yo no sé cómo decirle que no puedo, que qué clase de cuentos quieres, qué te cuento, supongo que diría un cuento cuento, claro. Me lo pide poniendo esa cara de niña buena que delata que ya no es ninguna niña, o que camufla todo lo que le ha pasado, y pienso no te va a gustar que te cuente uno de mis cuentos, pero con esa cara se hace difícil resistirse o contarle cuentos chinos sobre que yo no escribo cuentos del tipo de los que ella quiere escuchar, porque supongo que lo que espera es un cuento como los que le contaba su institutriz inglesa (que, por cierto, es la misma que le contaba cuentos a Scotty cuando cuidaba de ella porque Zelda y su marido –no lo nombraré; tengo demasiada envidia de los cuentos que ha publicado– salían para emborracharse o amanecían con resaca) y yo soy incapaz, no sé contarlos. Siempre que lo pide ella está tumbada en la cama y yo, quizá, ya de pie, abotonando la camisa con una precipitación y unas prisas nerviosas que delatan que sé que me va a pedir un cuento, que se lo cuente, mientras ella, sonriendo y mirándome desde las sábanas, comienza a acariciarse un pezón como si no tuviera nada más con que jugar, y así, como si hubiese accionado un botón o estuviera tirando de un cordel muy fino, comienzo a acercarme de nuevo a la cama tratando de saber si lo que me pide lo hace a cambio de algo o como premio a alguna cosa. Pero yo no puedo contarle nada, aunque siempre lo pida, y me cuesta explicarle que, de contárselos, los cuentos que yo podría contarle no son los que ella espera, salvo que quiera que le cuente cuentos sin apenas historia, tan quietos, en los que no pasa nada (¡Como si no pasase nada siempre, incluso en situaciones como esta en la que dos personajes se miran sin decirse nada! ¡Como si no estuviera ocurriendo algo tremendo en todo el camino que recorre una gota de rocío desde que empieza a resbalar por la hoja hasta que se estrella contra la tierra! Como si el mundo no pudiera estar en silencio de vez en cuando... Pero eso, eso es complicado explicárselo a ella), y no lo creo, porque nunca dice cuéntame nada, o cuéntame algo donde nada ocurra. Las chicas de su edad siempre quieren acción, la mujeres más mayores quieren acción, y hasta las viejas la quieren. Por eso sé que no, en esos momentos, con una sonrisa ligeramente diabólica, ella lo que me pide es que le cuente un cuento, un cuento de arriba abajo, con su desarrollo pero sobre todo con un principio que deje claro que lo que se está contando es un cuento –es evidente a qué tipo de principios de cuento me estoy refiriendo–, y a mí lo único que se me ocurre (cuando, a veces, tengo el arrebato de pensar, bien, está bien, te voy a contar un cuento, esta vez sí, aunque luego no llegue a hacerlo nunca, que es lo que ocurre con la mayoría de las promesas) es un comienzo por completo diferente, más bien del tipo «todas las familias felices son más o menos idénticas» o algo similar que me llevara a extender el cuento durante mil páginas o más, y eso ya no sería la clase de cuentos que ella quiere oír y ni siquiera creo que fuera un cuento, ni de los suyos ni de los míos, aunque hay quien tiene la capacidad (y el valor) de hacerlos pasar por cuentos, aunque sea a golpes, a empujones, arrinconándolo contra una esquina. Yendo por ahí, al menos, podría decirle no te cuento un cuento, no puedo, porque yo no escribo cuentos, yo soy novelista, miento, pensando que al querer ella escuchar un cuento, o que se lo cuente, no iba a querer que le contara una novela, pero ella seguro que saldría con algo sobre mis compañeros de generación, daría sus nombres y diría ellos escriben novelas y escriben cuentos. Se refiere a los cuentos que publican en las revistas y que, más que un libro de cuentos, lo que les acaba proporcionando es una colección de cheques al portador que les permiten costear las fiestas en sus casas de Pasadena, California, o los regalos incrustados en plata que compran en Tiffany’s, y que yo, claro, pensaría ella, también debo tener cuentos de esos y me pide que le cuente uno. Los únicos regalos que yo puedo hacerle son alguna antología de poesía europea que ella pasea con esnobismo por los pasillos del instituto, y la posibilidad de acudir a esas citas –sin el conocimiento ni la aceptación de sus padres o de mi mujer– que rozan el juego adolescente (¿sería justo algún otro tipo de juego?) y en las que, tras el obligado intercambio de pasión en penumbra y el cigarro a medias, ella me pide que le cuente un cuento. No hay más regalos porque yo no soy capaz, ni vendo ni cuento mis cuentos; es difícil publicarlos cuando no son cuentos que la gente pueda leer de una sentada en el metro o de pie en el tranvía que baja una enorme pendiente con la mano izquierda agarrada a la barra metálica y en la derecha la revista de pasta de papel, doblada o arrugada por la página del cuento con ilustraciones, pero más difícil es contar un cuento, como los míos, que casi son ventanas rotas, fotos rotas, juegos incompletos, rompecabezas a los que a veces le faltan fichas y donde tan importante es lo que se cuenta en el cuento como lo que no se quiere o no se sabe o no se debe contar. Cómo le digo que sí, que se lo voy a contar (aceptando que, por mucha imaginación que tenga, no puedo inventarme un cuento sobre la marcha, sino que tengo que tirar de uno que ya haya escrito), que se lo contaré, pero que ella va a tener que trabajar tanto como yo mismo, que su función mientras yo le cuente el cuento será tan importante como la mía, incluso más, porque es probable que haga su aparición de un momento a otro dentro del cuento, cómo, cómo le explico yo eso, antes de empezar, si ella solo ha dicho cuéntame un cuento, con dulzura, susurrando y apartando el cigarro y el humo de sus labios, solo cuéntame un cuento y no tu vida. No me cuentes tu vida. Y no es que quiera yo resumirle mi historia, no, porque, en esta situación, a lo sumo lo más que recuerdo es algún cuento cuento (pero no de los que se cuentan, me refería más bien a un buen cuento), uno, por poner ejemplos, de algún exiliado ruso en el Berlín de entreguerras, o de algún veterano de la Primera que pasa el tiempo pescando truchas a contracorriente, como los salmones, o, y quizá este le gustase más pero tampoco creo, un cuento que hable, que cuente las caminatas y affaires de una señora mientras pasea a su cachorro por los jardines de Yalta. Aunque tampoco será esto lo que quiere, no aceptará un cuento clásico de un clásico, ella lo que quiere es que le cuente uno al tiempo que lo invento y desespero. Desespero, más que por esa sonrisa burlona y ese péndulo imaginario que no deja de hacer ruido conforme pasa mi tiempo de reacción, por pensar a cuántos hombres más le habrá pedido lo mismo. Casi debería tomarlo como un privilegio, que después de dejarme extasiado quiera que me luzca aún más (o me luzca, simplemente) arrancando con un cuento que, de la emoción, el suspense, le haga luchar internamente en un cierro los ojos no los cierro; debería hacerme sentir bien, sin embargo enfurezco si me detengo a pensar que me está pidiendo que le cuente un cuento, sí, a mí, pero que también lo ha hecho con más hombres antes (porque, maldita vanidad, yo no he sido el único, claro. No habré sido, siquiera, ni el más tierno ni el más violento), que a cada uno de los que han estado en esa cama les ha pedido lo mismo después de lo mismo, cuéntame un cuento, y seguro que todos lo han hecho, mejor o peor, eso es lógico, pero han accedido. Salvo yo, que cada vez que ella pronuncia la dichosa frase, cuéntame un cuento, me quedo inmóvil, con los ojos preguntando por qué me pides eso, y, como ocurre en mis cuentos (los que no le cuento a ella), lo que yo creo real comienza a mezclarse con lo que yo creo ficticio, con lo que nunca ha sucedido, o al revés, que jamás hay manera de diferenciarlo porque ambas cosas son igual de verosímiles o de increíbles o de insignificantes. Se mezclan, las dos cosas, mientras escribo y mientras ella está en la cama enseñándome el cuerpo desnudo que parece que no volveré a ver si no consiento su petición de que le cuente un cuento como ella quiere, y en esos momentos, sí, imagino que saco fuerzas de donde ya no quedan y que me siento al borde del colchón para comenzar un cuento, sin perder en ningún momento la irritación que eso me produce, y, cuando el cuento que ella ha querido que le cuente está mediado, algo dentro de mí y dentro del cuento empieza a cambiar, para que al final, el cuento termine con el narrador estrangulando a la protagonista o me vea a mí mismo cogiendo la almohada y apretándola contra su cara mientras ella jadea cada vez menos, o que saco un cuchillo del abrigo y, así, sin decir nada o justo cuando el personaje del cuento le clava un cuchillo a la chica que está sin ropa en la cama, voy yo y se lo clavo y digo fin, ya se acabó o, incluso, si el cuento era algo melodramático diría por qué tuviste que pedirme eso. Pero ni siquiera, no ocurre, porque cuando ella me solicita el cuento contado yo no llego ni a decirle por lo menos lo que pienso porque cómo explicarle también que hay cuentos que ni siquiera tienen un final igual que hay puñetazos que no dejan marca, un desenlace tal como lo puede entender ella, o como precisan los cuentos que se cuentan, que si no, o bien nunca acabarían, o le dejarían una sensación de insatisfacción a ella que me pidió un cuento, y esto quiere decir un cuento hasta el final, del todo todo un cuento. Así que, cuando ella me pide que le cuente un cuento, ahí estoy yo, reconcomido mientras me abrocho los pantalones, desesperado y rozando el enfado cada vez, porque me parece injusto que ella no se conforme con que escriba cuentos, sino que además exige que se los cuente, y que no le sirva cualquier cuento –ella no lo ha dicho, no especifica pero también lo sé–, sino que tiene que ser un cuento que encaje con la situación que representa una chica que pide cada noche que nos vemos que le cuente un cuento antes de dormir. Como si no tuviera yo bastante infierno con inventar e idear los cuentos que escribo para mí –porque uno escribe solo y exclusivamente para uno mismo, con egoísmo, tal vez para poder contárselos mentalmente antes de dormir y así combatir el insomnio, da igual por lo que sea, pero con egoísmo–, sabiendo ella el esfuerzo que me supone, me lo pide igual, y eso me enfurece, me enfurece, me vuelve loco. Pero el problema es que me pide que le cuente un cuento como pidiendo mimos, algo de cariño, y tiene la delicadeza de pedirme que se lo dé de la manera que ella piensa que mejor puedo hacer, contándole un cuento, y yo, que realmente es lo único que sé hacer –abocetarlo tal vez, escribirlo tal vez, no contarlo, eso sí–, no soy siquiera capaz de complacerla como ella se merece, a ella, que me da todo lo que pido. Me pide que le cuente un cuento, y yo no lo hago, sabiendo como sé que sigue siendo una niña y que nunca se ha podido dormir sin que antes le contasen un cuento, uno corto, corto, porque sus ojos siempre se cerraban como pasando la última hoja de un libro y nunca, qué tierno, ha llegado a escuchar el final de ningún cuento y, por suerte, tampoco ha tenido jamás la necesidad, estúpida, de completarlo.

 

Una mirada irlandesa

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Una mirada irlandesa

 

Sabes, él tiene problemas mayores que ese. No lo sabe casi nadie, pero los tiene aunque resulte difícil creerlo, ahí donde lo vemos como un hombre de éxito. Lo parece y no es que no lo sea, no, pero la gente solo ve un sombrero de fieltro nuevo cada semana, perfectamente ladeado sobre su cabeza, trajes que le caen como si estuvieran siempre almidonados, y esa mirada de jodido irlandés que llega aquí y triunfa y que no puede sino dar seguridad a cualquier cosa que diga, solo se puede pensar, vaya, este tipo tiene la razón. Y su perpetuo vaso de whisky. Y sus mujeres. Etiqueta negra, siempre, las dos cosas. Es el sueño americano, ya lo ves, un hombre que ha fundado su propia compañía y triunfa. Pero no es como Joe Cinccinatti, que siempre tiene a uno o dos amenazados y a tres o cuatro en el hospital. No, a él lo respetan. Te diría que incluso lo quieren. Cuando sale a cenar, sabes, y lo hace cada poco tiempo, siempre paga dos mesas, la suya y la de alguien a quien encuentre allí, un empleado o algún viejo conocido, da lo mismo y da lo mismo también lo que hayan cenado, él paga y se larga. Sin esperar a que le den las gracias. Eso no le gusta, pero ya siempre le van a estar agradecidos. Bueno, y algo envidiosos, porque dirán, vaya, a este tipo le sobra, ya lo tiene todo hecho. Y en parte tienen razón. Él ya lo ha logrado todo y podría dedicarse a envejecer disfrutando de placeres que ni tú ni yo hemos probado. Pero no, él no se conforma, tiene más sueños.

 

Todos han vuelto

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Todos han vuelto

 

A mi madre le dijeron «tu hijo ha muerto». Hace veinticuatro años le dijeron «tu hijo ha muerto» cuando ella subía la calle cargando con la bolsa llena de verdura para cocer y las dos chicas del número doce regresaban, y al encontrarse le dijeron «tu hijo ha muerto», y no «tu hijo muere» o «tu hijo se muere». Le dijeron «tu hijo ha muerto», y mi madre las creyó. No se fijó en su sonrisa, en su pelo a lo Kim Novak, sus minifaldas, otra vez sus sonrisas, no se fijó en ellas. Y lo creyó.

No sé por qué he preferido subir por la Rue du Progrès. Ya no está, al pasar por la acera de la izquierda, la enorme tripa y el enorme bigote del señor Dupont ofreciéndome, chaval, unas golosinas de su tienda. Sí sigue mi nombre rayado en la puerta del edificio. Aguardo la subida chirriante de los cinco pisos tratando de no mirarme en el espejo, salgo del ascensor y toco el timbre. La enfermera parece más joven de lo que es. También parece más guapa de lo que es. No lleva uniforme de enfermera, solo una falda, pero tiene el rostro hecho a pasar noches enteras sentada junto a viejos. La piel de sus muslos es muy blanca. Abre completamente la puerta y una sonrisa me invita a entrar. No pregunta quién soy porque lo sabe, cómo no va a saberlo. Me conduce hacia el salón. Se ha cerrado la chaqueta dejando los brazos cruzados, ella va por delante como si tuviera que guiarme, pero sus piernas no las cubre nada, ni siquiera la falda. En la sala está mi madre. Las mismas cortinas, la misma mesa camilla con el hule cuarteado, la lámpara con la tulipa oscurecida, casi quemada, la televisión. Faltan las fotografías. Mi madre está sentada en el centro, con la silla de frente al televisor, la mirada en blanco y negro. Está inmóvil.

 

Las correcciones

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Las correcciones

 

Cuando termina de responder al camarero y este le dice «bueno, pues tú sabrás lo que haces con tu vida», Ted Parker se vuelve a sumergir en el pozo del café y recuerda que cuando todo el mundo desaparece significa que se ha quedado solo.

Otra vez.

Y no ve nada claro, únicamente unos ojos de color Alemania en primavera que van pasando por el otro lado de la puerta de cristal con el alfabeto invertido. Bajan la calle, están a la altura de aquella sucursal bancaria donde dice Paul Viejo que acribillaron a Geena, y él sale corriendo hasta que su mano planea sobre el hombro de ella, el flequillo recortado como un hombre vuela y se gira.

«Pensé que nunca te iba a volver a ver», exagera Ted Parker, y también, más contenido, «jamás pude olvidar tus ojos que me hacen alcohólico cada noche, ¿dónde has estado?». Pero cuando él añade «no te volveré a perder», la mujer sale corriendo, agota la avenida entera, hasta entrar en el parque.

Está nevando.

 

Sin salir de Marta

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Sin salir de Marta

 

A Marta habrá que recordarla siempre en la estación. Marta en la espera, Marta en la angustia. Era la elección de un color, el sonido de un nombre. Marta era un regalo, Marta en los ojos. Pero un regalo compartido. Como aquella tarde de barro en las botas en que a Marta había que recogerla del andén. Marta con la falda a cuadros, con seudónimo en sus labios. Era una carrera, era una niña, eran las siete. Marta era dos hombres. Y él fue más rápido. Su traje más gris, su camino más corto. Quizá solo tuvo que ajustarse el nudo de la corbata, o recordar sin más que la llevaba, y recoger las gotas de agua que huyeron del jarrón al sacar las flores para Marta [Vaya tono, tío. Esto puede ser empalagoso, empalagoso. Ya lo estoy viendo...], y desearse buena suerte, y primero una zancada, después otra, ya en la calle, y sobre todo creerse solo, no pensar en mí, jamás, como si no existiera. Fuera de Marta. Yo sí que había oído hablar de él [Un momento, Viejo, ¿cómo que «pensar en mí»? ¿«Yo»?, querrás decir él o alguien, pero tú...]. Porque Marta era el secreto desvelado en la cama, Marta no hagas más daño, Marta y por qué. Pero uno es capaz de ignorar todos los sonidos, cada recuerdo, cuando duelen. Y duelen.

 

Un cuento es un cuento es

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Un cuento es un cuento es

 

...Y si le digo esto es porque sé que es usted escritor. Un cuento tiene que ser siempre un cuento, no puede ser ninguna otra cosa. Y no me estoy refiriendo a que se produzca cierta confusión de géneros, como que se pretenda hacer pasar por novela lo que en realidad no es sino un relato alargado de manera más o menos hábil, o que una sucesión de cuadros imprecisos y mal terminados aspiren a dejar de serlo recibiendo otro calificativo que no es el suyo. Me refiero a que el cuento hay que considerarlo como un hecho físico. El cuento es materia, es un espacio, y un tiempo, y no hay que olvidarlo. No se debería obviar que las cuatro, o diez o quince, cuartillas que lo componen es el cuento en sí, y que fuera de esos márgenes ya no hay cuento, y no hay nada. Cuando uno escribe tiene que mantener presente en todo momento que aquello que narra no está sucediendo más que en la acotación de esos papeles, y que los lugares descritos son solo un dibujo plasmado ahí, que no existe en ningún otro sitio. Me fijo en esto porque, incluso a mí, me ocurrió lo que no debe suceder nunca, pensando que un cuento lo era todo y que contenía más de lo que en realidad era. Cada vez veo más claro lo que me sucedió, lo compruebo cuando aún tengo la osadía, o la curiosidad, de releerlo. Hace años escribí un cuento que se titula «From your eyes to my big secret» y pertenece a la época en la que aún redactaba en mi lengua materna, pero eso, claro, no es justificación.

 

Divinos detalles

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Divinos detalles

 

 

 

En un puente de Londres con la luz de Varsovia

José Martínez Ros, Trenes de Europa

 

 

 

I

 

Salió del British Museum por el disimulo de la puerta que da a la esquina de Montangue Street y no dejó de correr hasta que llegó al parque, apretando con fuerza contra su pecho el objeto que llevaba en la bolsa de papel, cubriéndolo de la lluvia con la solapa de la gabardina, y abrió la verja y ya despacio, quizá tratando de ser más discreto de lo que había sido, anduvo por el sendero de arena hasta llegar al banco de madera más apartado, escurrió ligeramente su sombrero, se lo volvió a colocar y con una calculada distracción se sentó, recostándose, apoyado contra el respaldo, justo en el sitio donde hace ya algún tiempo, con una mínima navaja y dándole a la madera la función de la memoria, habían escrito Mary Ann loves Peter, forever.

Mary Ann Sherriford, de soltera Montgomery, es ahora esa mujer envejecida que se puede ver inmóvil en el sillón de mimbre al otro lado del cristal de su ventana, la tercera por la derecha en el 12 de Petticoat Road, darle vueltas una y otra vez a la misma madeja de lana púrpura, y que se quedó viuda hará ya diez años y dos meses cuando su segundo marido, John, decidió aceptar el reto que le lanzaron sus muy acertados compañeros de taberna y acabó con uno de los lados de la cara tocando la arena y el lodo del fondo del Ishmer, un lago que se encuentra en una pequeña aldea a siete kilómetros de Sussex.

 

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