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La Señora Rojo

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Los relatos de La Señora Rojo señalan lo delirante de la realidad e iluminan la realidad por medio del delirio. Sus personajes se abandonan a sus pasiones al tiempo que las cuestionan e ironizan sobre desdichas, rivales, amores, triunfos y, por encima todo, sobre sí mismos. Un guardia aeroportuario se convierte en un enloquecido teórico de la seguridad nacional. Un profesor responde a balazo limpio el activismo de sus alumnos. Un padre de familia ve su rutina arruinada por una invasión de tortugas. Un director porno descubre en su propio equipo a la estrella ideal. Un hombre que jamás combatió a los invasores se yergue como líder del pueblo que celebra el final de la ocupación. Una mujer traiciona a su marido, hechizada por los encantos de El Mago Que Hace Nevar, pero el cornudo se alista para librar una guerra sobrenatural…

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17 relatos

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AGUACORRIENTE_LSR_D

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A Olivia

 

 

 

A Natalia y Julia

 

 

AGUACORRIENTE_LSR_D-1

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I. La carne

 

 

AGUACORRIENTE_LSR_D-2

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Agua corriente

 

Ustedes no recuerdan, no saben siquiera, que mi familia fue pobre. Pobre significa refrigerador vacío, cuentas sin pagar, caminata de una hora a la escuela porque no había dinero para el autobús –si es que iba a la escuela: era fatigoso embrutecerse con las cenizas de educación pública que recibía–. Recuerdo la ropa llena de costuras, los zapatos remendados con clavos apuntando en todas direcciones. Había que caminar lento con ellos, como quien lo hace sobre una cuchilla.

Mi madre, secretaria seca y estricta, se esforzaba por hacer llevadera la derrota de haber sido abandonada por el marido con un hijo pequeño y otro imbécil. Algunas noches traía pan y leche a la casa. Otras no. Durante mucho tiempo le ayudé a cocinar la cena, insólitos menús compuestos por sobras. Harina pasada, por ejemplo, con la que confeccionábamos crepas que incluían un guiso resucitado del domingo –era ya viernes– y el contenido de una lata con la fecha de caducidad poco clara.

 

FELICIDAD_LSR_D

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Felicidad

 

«Conocí a la mujer de mi vida antes de que nacieras. Tu hermano era pequeño entonces». Eso dijo mi padre. Contuvo sin garbo la tos y engulló la saliva que obstruía su gañote. «Apenas cruzamos palabra el primer día. Pero nos encariñamos luego hasta el punto de enfermarnos si nos alejábamos».

«¿Y qué sucedió?», pregunté con más compasión que interés, acomodándole la cabeza en los almohadones y ayudándolo a enderezarse en el lecho hospitalario. «Tu madre lo notó enseguida y me desanimó. «La gente con hijos no debe divorciarse», me dijo. «Tenía razón. Las felicidades se baten a duelo y una de ellas debe morir. En mi caso, el matrimonio y la paternidad aniquilaron la felicidad que ofrecía la mujer de mi vida: le hice caso a tu madre y nunca volví a verla».

Dijo esto y se abandonó a la inconsciencia. Estaba pálido y mal rasurado. Me aseguré de que el suero fluyera a sus arterias y el oxígeno a sus pulmones y salí de la habitación. No me enamoran los hospitales. Tampoco acostumbro dedicar pensamientos a palabras como felicidad.

 

ELDIADELAMOR_LSR_D

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El Día del Amor

 

Mi amor de adolescencia me traicionó c on un artista. Un fotógrafo de talento pasmoso. Yo había desertado de la escuela, de tres escuelas distintas, pero quería estudiar fotografía –es decir, retratar mujeres desnudas– y me anoté en un curso que promocionaban en los diarios. Mauro se llamaba el profesor, un tipo renegrido y gordo que había pasado tantas hambres de joven que procuraba, cada vez que se pudiera, desayunar tres veces antes del almuerzo.

Mi novia era una chica de altos vuelos intelectuales. En la cama te permitía cualquier cosa. Entramos juntos al curso y de inmediato nos hicimos amigos de Mauro, tan rollizo, parlanchín y coqueto. Lo invitábamos al cine o, mejor, nos invitaba él a beber ron a su estudio, una azotea decorada con poco gusto y menos dinero, abarrotada de sillones chamagosos y revistas polvorientas. Analizaba Mauro mis torpes instantáneas, bebía ron, prodigaba halagos a mi novia, la abrazaba hasta el sofoco y en ocasiones, borracho, robustecía su vanidad comparándola con las modelos de sus revistas.

 

LASENORAROJO_LSR_D

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La Señora Rojo

 

En mi jardín hay una tortuga del tamaño de una mesa. Agoniza, hace días, bajo el ventanal. Nunca me han entusiasmado los animales, pero las tortugas tenían ante mí el prestigio de la mudez. Pues no: hacen ruido. Esta, al menos, emite unos gemidos que complican el sueño y arruinan el desayuno.

Mi mujer y las niñas la riegan por las noches y le ofrecen comida. La bestia, lánguida, masca la lechuga pero al poco rato la vomita, convertida en una pasta sangrienta que hay que disolver a manguerazos. Las niñas parecen considerar gracioso el proceso y han comenzado a entregarle apios o coles a nuestras espaldas con el resultado de que su cuerpo está rodeado, ahora, por un círculo de hierba calcinada por el producto de sus náuseas. Además de afearnos la vista, la alimaña nos destruye el zacate.

Amo este clima.

Cientos de tortugas llegaron a la ciudad en los meses pasados. Casi todas fueron inmediatamente atropelladas, o lanzadas al vacío desde los puentes peatonales (y, consecuentemente, atropelladas), o utilizadas como tambores por los muchachos del tianguis cultural (decoradas, claro, con telas de colores, como bailarinas de salsa) y convertidas en sopa en los barrios periféricos y en más de un fraccionamiento amurallado.

 

MASCULINIDAD_LSR_D

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Masculinidad

 

Lo primero que exigió Paz, cuando nos casamos, fue que no siguiera gastando el dinero como un rajá en el alcohol y los discos que solía. Mi obligación principal era pagar la renta, las cosas de la niña, pañales, leche, ropa, esas minucias.

Yo sufría la inagotable humillación de trabajar de noche. Permanecía en la redacción del periódico hasta la salida del sol o hasta que estuviera listo el suplemento del mundial de fútbol. No recuerdo apenas nada de esa época: sólo el sabor de la sangre y la escena del primer gol, que sería desastroso.

Había sido una noche pésima. Los reporteros se pusieron a jugar con un balón en un pasillo mientras esperábamos la transmisión de la ceremonia inaugural y, a consecuencia de un pase inepto, demasiado alto, rompieron un florero que derramó su agua sobre una impresora, arruinándola. Mientras los regañaba y me incautaba el balón, nos perdimos la entrevista con el presidente de la federación nacional que teníamos que robar de la televisión para hacer una nota, porque nuestro enviado al mundial no podía con todo: tenía que observar el partido, descifrar el idioma del país anfitrión y buscar recibos de consumo que justificaran sus formidables gastos en prostitutas.

 

ELGRIMORIODELOSVENCIDOS_LSR_D

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El Grimorio de los Vencidos

 

Ciertas desgracias favorecen el alma. Perder a los padres ennoblece: nos hace adultos que nunca más recurrirán a nadie, que serán en adelante pilares de la debilidad o inocencia de alguien más. Otras desventuras sirven apenas para corroernos la dignidad, para anularnos. La mía es de esas. Apenas un año después del sepelio de mis padres, mi mujer me engañó con un mago.

Gina no eligió como seductor para su adulterio a cualquier ilusionista, sino a una notoriedad: El Mago Que Hace Nevar, hechicero legendario cuyo espectáculo enaltece la cartelera del Circo de los Hermanos López Mateos. El circo tiene un elenco fatídico de tigres y elefantes, un robot torpe con disfraz de gorila y cinco trapecistas escurridizas. Pero ninguna de sus actuaciones osa compararse con el sagrado momento en que el Mago salta a la arena, entre aplausos y murmullos, e invoca la nieve con voz de fenómeno natural.

¿A quién no le gusta la nieve?

(Respuesta: a mí. Mis difuntos padres eran tan aprehensivos que jamás me llevaron a una montaña nevada ni me compraron un helado de crema o fruta. Temían la gripa y las infecciones con tal energía que me contagiaron su prejuicio. Hasta la fecha, la menor racha de aire frío me hace estornudar).

 

CARNE_LSR_D

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Carne

 

No tengo un título escolar que rece: «El señor XXX ha sido merecedor del grado de licenciado en». No tengo amigos colocados en puestos importantes del gobierno o la empresa privada. Nunca he salido del país e ignoro codiciosamente el resto de los idiomas del planeta. No tengo ideas sociales o estéticas de vanguardia o al menos algún pensamiento que, al pronunciarlo, sea aprobado por la gente que asiste a los bares con una inclinación de cabeza. No tengo casa propia ni crédito en los bancos. Las mujeres no experimentan ninguna líquida debilidad por mí. Pero tengo dinero, visito restaurantes y bares y las tiendas que expenden los artículos deseados por todos. Observo a la gente a través de sus palabras y ropas. Y selecciono.

Un mediocre hubiera elegido a la casada de los pechos como repisas, sentada en el café del parque para leer una novela que la crítica calificó de «atrevida», que fuma y no cruza los tobillos y es admirada por el desempleado –treintón, quizá un ingeniero recortado de una planta maquiladora– que hojea los clasificados en la mesa contigua. La mujer parece aburrida, es alta y de buena figura y debe ir a la consulta del ginecólogo con más frecuencia que al confesionario.

 

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Ventaja

 

–Tu enorme ventaja –dice el hombre de alta cuna, atado a la silla con un doble nudo precioso– es que tienes libertad. Mi apellido no la da. Deberías aprovechar para.

Pretende, como otros, persuadirme de que sería mejor estudiar, encontrar empleo. Antes de que lo verbalice, aclaro: soy ingeniero, gano bien. Uso mi libertad.

Le doy un tirón de patillas y se inquieta. A la gente de alta cuna no le agrada que le sonrías a diez centímetros de la cara.

–¿Qué estudiaste?

Lo ayudo a beber de un cuenco percudido.

–Agrónomo.

–Yo tengo ranchos –repone. Voz coqueta, voz de chica que confiesa no llevar calzones.

–No le hables –gruñe Pedro desde el rincón. Hojea una revista de crímenes pletórica de cabezas cercenadas, cuerpos tiroteados, transexuales en bikini–. Se trata de que no le hables antes de.

Devuelvo el cuenco a la mesa. He tenido, ya, la cortesía de limpiar el exceso de agua de las comisuras del tipo, quien agradece con una inclinación de testa.

 

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II. El mundo

 

LACULPADELASREVUELTAS_LSR_D-1

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La culpa de las revueltas

 

–¿De quién es la culpa de las revueltas? Pues de los revoltosos. Eso me parece cosa clara –afirmó con lógica irrebatible el profesor Quintana, ante su grupo de Matemáticas, días después del atentado contra la Torre de Comunicaciones.

Cuando los profesores y el comité de alumnos firmaron una petición para que se liberara a los arrestados en las represalias que había tomado el Gobierno –durante las que murieron siete personas y más de veinte fueron a parar a prisión–, sólo Quintana y un grupo de trabajadores se rehusaron a hacerlo y, en cambio, firmaron un documento de apoyo a la Dirección de Seguridad –el secretario del director consideró que aquello no valía la pena de ser informado al jefe y resignó el papel a un archivero–.

La tarde de los hechos, el profesor llegó caminando despaciosamente por los jardines de la facultad de Matemáticas. Era un hombre canoso y ventrudo, piel rosada y dientes manchados por el tabaco. Depositó su gabardina en el perchero del aula y dejó el paraguas en el marco de la ventana. Luego de cerrar a tirones las cortinas y abandonar en el escritorio un par de voluminosos paquetes, accionó la luz eléctrica y cerró la puerta del salón. De vuelta al perchero, añadió el sombrerito gris a la gabardina. El montaje lo satisfizo.

 

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Historia

 

1. Haría mal explicando los motivos profundos que movieron a los invasores, porque no los conozco. Pero me gusta especular. Viví durante años de espaldas a diarios y política, la cabeza metida en las calles como en una cubeta de agua. Eso sí: sé qué películas quiere ver la gente, sé qué juguetes compran los niños. Conozco el tipo de camisas que hay que comenzar a producir en serie para los pobres porque las usan los ricos. Sé todo lo que se vende y gran parte de lo que se compra, pero ignoro los rostros y nombres de quienes nos gobernaban, de quienes nos gobiernan.

2. Entiendo que el tráfico de drogas, el contrabando de órganos, el secuestro y homicidio de extranjeros, el estado de anarquía que priva y la migración masiva de miles de parias fueron una cereza tentadora para las bocas del enemigo, que pensó en meterse a fuerza a la casa y apoderarse de lo que pudiera mientras nadie controlaba la puerta.

3. No es simple explicarles a los ciudadanos de un país que debe mandarse un ejército a imponer la calma en un territorio vecino. A la antología de esos pretextos la llamamos Historia Universal.

 

BOCAPEQUENAYLABIOSDELGADOS_LSR_D

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Boca pequeña y labios delgados

 

6 de mayo.

Recibo esta carta:

«No me pide, doctor, que escriba un texto que me explique ante usted y el resto de los carceleros. No: me exige que continúe a otro, que retome las líneas robadas a un infortunado como yo. Le aviso por adelantado que no lo conseguiré. Nada de lo que he escrito hasta ahora ha servido para explicarme y no me queda sino pensar que, ya que me encuentro preso y mi muerte se aproxima, no hay esperanza de que mi prosa llegue a las cercanías de lo que soy. ¿Escribir, pues, algo que no sea mío?

Una náusea, una abulia interminable, impidieron que le entregara estas cuartillas en su anterior visita. No es fácil fantasear entre rejas y más arduo aún es resignarse a hacerlo bajo la luz de esta lámpara y sobre la lisura de esta mesa, que iluminaron y apoyaron inútilmente a Gustavo López. No puedo considerar más que un presagio malsano, doctor, que me favoreciera usted con estos implementos, obsequiándome al tiempo con el dato de la identidad de su anterior propietario: el amigo asesinado en alguna celda adjunta.

 

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Pavura

 

¿Que sean otros los que esperen? Jamás.

Cierro el turno a la hora precisa, confiero el control del escáner corporal a mi relevo, lo dejo entregado al tecleo de las claves kilométricas que debe ingresar al sistema para comprobar su identidad. Hay, siempre, una suerte de aprensión, de duda, al cederle la consola, el escáner, la silla. Mientras me marcho y él toma en su poder los registros, la línea de seguridad que atendemos en el aeropuerto se cierra al tránsito de pasajeros. No es por ese lapso de titubeo (previsto) que temo. No. Lo que me atenaza es el miedo a ceder mi parcela de observación; a dejar de ser, al menos por unas horas, el encargado de tutelar la puerta del país.

Mi esposa, si la desazón me hace despertar en mitad de la noche, recuerda que hay cientos, miles de líneas de seguridad iguales a la mía en decenas de aeropuertos, sin contar con que mi propia trinchera depende de tres guardas diferentes (cada turno se prolonga por ocho horas) y que los fines de semana se hace cargo de las instalaciones una empresa de seguridad distinta, con sus propios turnos y métodos, incomprensibles para mí. Me enfada que vea las cosas de ese modo tan simplón, la poseo furiosamente cada vez que me lo recuerda. Ella parece comprenderlo. No es imposible que lo propicie, incluso.

 

HEROE_LSR_D

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Héroe

 

Resuenan disparos en la lejanía. Calles oscuras y desiertas rodean la casa. Los grillos alardean. El viento estrella las ventanas contra sus marcos, pues los seguros que deberían evitarlo están rotos. Esto es una ruina y yo, metido a fuerzas por la ventana, un usurpador.

Tras horas de forcejeo, he conseguido que la radio funcione si la mantengo fija en cierta posición diagonal con respecto a la ventana. Un rayo de luz atraviesa las brumas e ilumina la carátula del aparato, deslumbrándome.

–Ha comenzado la retirada –dice, espectral, la voz que emite las noticias.

Se van, invictos pero derrotados.

La señal se interrumpe sin violencia. Suena, ahora, una musiquilla indistinta. Camino con parsimonia a la cocina y rebusco hasta dar con un vaso. Expulso la polvareda que lo ocupa y trato de enjuagarlo en el lavabo, del que sólo mana un escuálido hilo marrón. Termino limpiándolo con los faldones de la camisa y me sirvo el contenido de una jarra que no hay modo de saber cuándo fue servida o por qué mano inimaginable: la de alguien que ya ha muerto, la de alguien roto en el fondo de una mazmorra.

 

HEROE_LSR_D-1

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Agradecimientos

 

El autor agradece a las publicaciones que dieron hospitalidad a versiones primarias de estos relatos: La Tempestad; Cuaderno Salmón; Letras Libres; Etiqueta Negra; Revista Ñ, de Clarín; Odradek; Luvina; El Perro; Balbuceo; Picnic; La Vanguardia; Granta. Va su gratitud, también, para los antólogos y traductores de algunos de estos textos.

 

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