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Casa de muñecas

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Patricia Esteban Erlés nos invita a visitar su Casa de Muñecas soñada, una idéntica a las que salían en aquellas películas antiguas protagonizadas por chiquillas ricas, pálidas y desdichadas; algo tan bonito, tan siniestro y tan delicado que parece imposible que exista fuera de la ficción.
Esta Casa de Muñecas tiene un dormitorio con armarios que esconden cosas y parejas que padecen de terror nupcial; un baño lleno de mujeres atrapadas en el espejo; el cuarto de los juguetes retiene a todas las niñas que pudimos ser; y el desván alto y oscuro de esta mansión de juguete, es un rincón maldito donde caben todos los miedos, las fobias irracionales o las criaturas que atormentan nuestra mente. Y hay muchas más habitaciones, más espacios y largos pasillos oscuros. Recorramos esta mansión, conozcamos sus misterios, admiremos su belleza magenta, pero sin olvidar que nos devolverá la mirada. Las casas de muñecas nos miran, se pasan la vida mirándonos.
En su primer libro de microrrelatos, Patricia Esteban Erlés ha logrado una extraordinaria colección en la cual, a lo largo de diez habitaciones y cien textos, se pasean miedos infantiles, ecos literarios, cinematográficos y fotográficos. Una muestra de género fantástico teñido de magenta, repleto de niñas que no crecen, de muñecas con vida propia, de fantasmas y lugares secretos. Un paseo por un “ajuar funerario” delicioso que Sara Morante ha dibujado de  tal modo que sus ilustraciones no sólo complementan los textos, sino que dialogan con ellos, e incluso, por momentos, amplían su sentido.

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Hoja de ruta

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Hoja de ruta

 

 

Ruta número 1

 

Dudas antes de iniciar la primera visita, como cuando debes elegir entre dos vestidos para una cita importante.

Sabes que dentro de la casa existen caminos desconocidos en los que sería mejor no adentrarse. Parajes que el fantasma de la abuela te aconsejaría no visitar, como aquel bosque de trufas en el que se perdían las niñas.

Rutas que son sin embargo las que tú prefieres emprender, desoyendo las voces que se cuelan por las rendijas de las puertas.

No entres en el armario de los niños, en el baúl olvidado del desván, en la cama vacía de matrimonio.

Pero quieres saber si de verdad existe el monstruo encerrado al que oías respirar en la infancia, cuando la casa se hundía en un silencio de sombras. Si se oculta, como siempre sospechaste, en el rebullo de sábanas desordenadas de la alcoba de tus padres.

No bajes la escalera, suplican los espectros.

Pisas cada peldaño con el vértigo del intruso en una casa ajena.

 

Paradoja

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Paradoja

 

La pobre niña antigua del retrato en sepia no lograba entender aquella maldición terrible. Cuanto más crecía ella, más pequeña se volvía su muñeca.

 

Rosebud

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Rosebud

 

Encerré a mis dos mejores amigas de la infancia en un bibelot. A veces las olvido durante años en su repisa. Otras hago que nieve eternamente sobre ellas. Observo con curiosidad sus figuras infantiles abrazadas. Qué realismo, el del espanto de sus ojos, mirando el cristal que les impide escapar de la borrasca.

 

Primeras maestras

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Primeras maestras

 

Supimos de la perfección por nuestras muñecas. Aprendimos de ellas los rizos inmóviles, las rodillas juntas si se usa falda, una sonrisa discretamente tintada de geranio y la mirada de vidrio limpio que debe mostrarse a los adultos con traje. Aprendimos también que ellas iban a sobrevivirnos, que vigilarían nuestra ausencia desde el mismo estante imperturbable, como gárgolas de habitación infantil. Nos enseñaron la muerte y ese día decidimos cambiar las reglas del juego, sonriendo, amables mientras tirábamos hacia atrás un poco más de la cuenta, al cepillar sus lustrosas cabelleras de niñas sombrías.

 

Exilio

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Exilio

 

Fueron ellas. Las muñecas me echaron de mi cuarto, sin más contemplaciones. Una dama parisina de porcelana me comunicó que se había decidido por unanimidad, en el último cónclave. Lo siento, pero no sabes quedarte tan quieta como deberías. No eres lo suficientemente eterna.

 

Intimidad con el muñeco

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Intimidad con el muñeco

 

Jugamos. Yo le arranco sus ojos azules y los coloco en la palma de mi mano, como si fueran canicas. Él me cuenta qué ve.

 

Holocausto

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Holocausto

 

Siempre pensé que yo era su reina, y que sus destinos me pertenecían. Yo era la dueña de aquel enjambre mudo, de sus pupilas inmóviles y los cabellos eternamente bien peinados. Ellas se dejaban guardar en la caja, sobre el brasero apagado de la mesa camilla, con una docilidad de rubias bien educadas que me enternecía. Un día, sin embargo, intuí la conspiración. Bullía en las notas que se pasaban de una a otra las manos ocultas; estaba camuflada entre los volantes de sus vestidos, en la pose de falsa inocencia del que envenena a cada emperador. Yo soy la reina, repetí en voz alta, al colocar el brasero encendido de la abuela junto a aquella caja cerrada, llena de pequeñas traidoras.

 

Killer barbies

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Killer barbies

 

De niña me convertí en una asesina en serie. En cuanto mis amigas se daban la vuelta o salían del cuarto de juegos para buscar la merienda, liquidaba a sus barbies. No podía dejar de mirar sus ojos azul azafata mientras tiraba hacia arriba de la cabellera rubio platino, apretando los dientes.Un golpe seco y aquella zorra era ya dos cosas distintas, monstruosas, para siempre. Seres extraños, las muñecas. Supongo que nadie me hubiera creído. Cómo explicar que era una Nancy, pasada de peso y en camisón de española de provincias, la que cada noche me susurraba, apoyada en mi almohada, que así era mejor para todas.

 

La traidora

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La traidora

 

Cuando por fin junté el valor para despedirme le conté a mi muñeca que nos quedaban pocas tardes de juego. Por primera vez desde que la conocía guardó silencio. Esperé un tiempo prudencial. No reaccionó y entonces le susurré muy trágica que había escuchado al doctor decirles a mis padres que me estaba muriendo de tuberculosis. Tuberculosis, silabeé. Me quedaré muy flaca y escupiré sangre en el pañuelo sin parar. Ni siquiera cumpliré once años. La muñeca asintió, negligente, y volvió los ojos helados hacia algo que estaba situado a mi espalda, quizás en dirección a la estantería de mi hermana pequeña. Aquella misma noche, mientras me acostaba, le confesé a mi madre con una extraña voz de adulta que había decidido con cuál de mis juguetes quería ser amortajada.

 

Muñeca fatal

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Muñeca fatal

 

Definitivamente, la muñeca que aparece en algunas de las fotos de mi infancia es un espectro. Sé bien que mi madre la tiró a la basura cuando consideró que se había convertido en un trasto sucio e irrecuperable, a pesar de mis intentos para salvarla. De puntillas, froté su cabeza en el lavabo con una pastilla de jabón, desenredé su melena de vagabunda y la vestí con los indignados trajes de sus compañeras de baúl, pensando que algunas redenciones todavía son posibles. Pero ella se había vuelto para siempre una Muñeca Fea que miraba con desdén la puerta de mi habitación, como si más allá de la casa la esperara un lugar donde podría terminar de destruirse, en compañía de otros objetos desahuciados. Así que un día, simplemente, se largó. En las fotos en blanco y negro donde ya no pudo aparecer pero, sin embargo, aparece, lleva el cabello recogido en dos primorosas trenzas y finge una media sonrisa para la cámara. Soy yo la que me preocupa más: en todos los retratos luzco cabellera enmarañada, una delgadez de mendiga y unos ojos de pijama viejo que desmienten mi infancia.

 

Cuestión de proporciones

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Cuestión de proporciones

 

La hija del ogro mira de refilón a su padre, tan orgulloso del regalo de navidad que acaba de hacerle. La mandé construir para ti, brama en mayúsculas, para ti. Ella se asoma al interior y encuentra los ojos aterrados de las niñas, amordazadas en la salita del té. Avergonzada, no sabe cómo explicarle a su padre que una casa de muñecas para gigantes no tiene ninguna gracia.

 

Isobel

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Isobel

 

Teníamos un cuarto lleno de gatos. Había muchos, de todos los colores, pintados en el papel de las paredes. Mi hermano y yo solíamos jugar a ponerles nombres. Otras veces elegíamos nuestro favorito antes de dormirnos. A mí me gustaba sobre todo el gato negro de pupilas serias y relucientes, que parecía mirarnos a través de un sueño, el suyo o el nuestro. La gata Isobel, la llamábamos. Esa gata lleva dibujada en la pared cien años o más, le decía a mi hermano, dándomelas de entendida. Y por qué vino a nuestro cuarto, cuando no era nuestro cuarto, preguntaba él. Porque antes era una niña morena que dormía en esta misma cama, le contestaba yo. Me gustaba cuando mi hermano temblaba con una de mis historias.

Cada noche cuento los gatos, de arriba abajo, de abajo arriba, recitando sus nombres para dormirme, o quizás con la esperanza de descubrir a un recién llegado. La gata Isobel nunca deja de mirarme, con sus ojos de niña antigua, sentada en lo alto de una valla invisible.

 

Terrores nocturnos

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Terrores nocturnos

 

Y la muerte ocupó una noche la cama de al lado, que mamá se empeña en hacer todos los días, estirando bien las sábanas y ahuecando el cojín de ganchillo. Sospechas que desde entonces tu hermano está escondido bajo el colchón, lo imaginas temblando de miedo y frío, rodeado de pelusas y descalzo. Pero no te asomas para comprobarlo.

 

Tres gatos negros

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Tres gatos negros

 

A la loca la seguían siempre tres gatos negros como las moras. Cuando nos la tropezábamos en la plaza, mi madre hacía la señal de la cruz con disimulo y yo me daba la vuelta para mirarla. Ella solía caminar sin zapatos, con el filo de un camisón blanco asomando por debajo del abrigo que olía a sangre. Un día se le quemó la casa con ella dentro. La vimos bailar de habitación en habitación, hecha un manojo de llamas. A lo que llegaron los bomberos no quedaban ni los huesos. Yo pregunté por los gatos, sus tres gatos negros. ¿Qué gatos? La loca vivió siempre sola, ni sombra tenía, me interrumpió mi madre. Al parecer, ella no los vio nunca pasear por el pueblo, como si fueran sus dueños. Tampoco los ve ahora, tumbados sobre el edredón de mi cama, tentándome para que salga de noche a caminar descalza.

 

Manderley en llamas

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Manderley en llamas

 

Nos despertó el fuego. Sobresaltadas, mi hermana y yo vimos arder la casa de muñecas de la abuela, en una esquina de nuestro cuarto. Conseguimos sofocar el incendio con las almohadas y nos asomamos al interior como dos gigantas temblorosas. Las llamas habían oscurecido el papel pintado de las paredes y había un reguero de muebles, como huesos de pájaro carbonizado. Tosíamos al llegar a la escalera. Los ojos vacíos de los espejos reflejaban sólo un rastro de cenizas flotando en el aire y con los meñiques tiramos abajo la puerta de cada una de las alcobas del segundo piso, temiéndonos lo peor. La solitaria inquilina de porcelana, viuda desde que a mi hermana se le resbalara su esposo de entre los dedos, apareció ahorcada de la araña de cristal de su dormitorio.

 

Abuela

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Abuela

 

Cada día al despertarse nuestra abuela se pintaba el pelo, las cejas, una gafas de metal para ver de lejos y un anillo de zarina que le daba vueltas en el dedo, como si fuera heredado. Iba pintando como quien teje el mundo la cama de dosel de la que se incorporaba sin prisa, las zapatillas blancas de tacón que se calzaba, una puerta dorada como marco de espejo que crujía al abrirse. Salía al vacío y bosquejaba ante sí un corredor oscuro, cuajado de retratos antiguos de gente a la que nunca conoció porque también acababa de inventársela. Caminaba majestuosa por aquel pasillo con el lápiz de grafito en la mano, buscando con su cetro la pared donde dibujaría esa mañana la cerradura de nuestra habitación. Desde allí se asomaba curiosa al otro lado. A veces mi hermana y yo seguíamos esperándola, temblando en camisón en el centro de la estancia. Otras, el frío de la noche, tan intenso, había logrado borrarnos del todo.

 

La niña sin madre

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La niña sin madre

 

La niña sin madre solía rezar por las noches, enterrada entre las sábanas frías, castigada a dormir bajo el crucifijo que habían arrancado de su ataúd, justo antes de sellar el nicho. Mamita, yo te quiero mucho, pero por favor, no te me aparezcas.

 

Castigo

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Castigo

 

Le dije muchas veces que si no se portaba bien la encerraría en el armario de los Monstruos Oscuros. Lloró durante horas, aporreó la puerta con sus pequeñas manos hasta que se cansó, supuse que se habría quedado dormida y entonces decidí levantarle el castigo. Mi hija ya no estaba sentada entre mis vestidos largos. Y me pregunto quién es, entonces, la niña que me mira desde allí abajo, como un animal regresado del infierno.

 

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