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El jardín japonés

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Una cofradía de vanguardistas se ve cercada por un acuarelista vengativo. Un heredero se afana en buscar a la prostituta que ilusionó su infancia. Un abogado planea la artística violación de su secretaria. Un cachorro es misteriosamente torturado en un bungalow vacacional. Repleto de propuestas alarmantes como estas, El jardín japonés recurre a la ironía, la violencia, la sátira y hasta a la melancolía como estrategias narrativas principales. Ajeno del todo a las viejas convenciones verbales, decorativas y sentimentales de la narrativa latinoamericana, este volumen ofrece una colección de relatos feroces e intensos, con una prosa que es, a la vez, adictiva y hospitalaria para con el lector.

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12 relatos

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Ars cadáver

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Ars cadáver

 

Para Juan C. Idígoras

 

–Es una pieza notable –dice Ugo con vocecita arrogante de connossieur–. Míralo: es un zapato que encontré en el metro Partenón. Pertenecía a una chica que se arrojó al paso de los vagones cuando supo que no había conseguido plaza en la Universidad. ¿Notas la mancha púrpura en la suela? No, por supuesto que no es sangre, la sangre estaría negra a estas alturas y apestaría. Es acrílico rojo para figurar sangre, es mi toque, ese toque que Éctor no agrega, porque él exhibe las cosas tal como las encuentra, ¿verdad?

Éctor está cruzado de brazos y ofrece un gesto mínimo de fastidio. Es tan delgado como Ugo y resulta arduo diferenciarlos debajo de sus sombras de rimel y sus estrechos ropajes color cobre. Debería distinguirlos, Ugo es mi hermano y Éctor sólo su socio y hace pocos meses que vive en el Taller. Pero no suelo distinguir a los habitantes del Taller en más categoría que quién tiene senos y quién no.

–En cambio –refuta Éctor, y me doy cuenta que lo hace como un nuevo movimiento en el ajedrez de una discusión que antecede mi llegada–, esta calzaleta la encontré en un lugar no especificado. No sé a quién pertenece ni me interesa si fue usada por un pie femenino o uno infantil. Es un objeto en sí mismo, un orbe cerrado al que sólo podemos espiar por la ranura de un compartimento.

 

Si huele a carne es Babel

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Si huele a carne es Babel

 

Berta bailaba. Se afanaba en escribir poemas y en recitarlos cuando tomaba más de dos vodkas. Me apenaba un poco escuchar aquellos adjetivos saliéndole de la boca como saliva mal contenida, pero Berta era mi mujer y solía respetarla.

No me he desecho de nuestro retrato de boda. Ni siquiera tengo la disculpa de conservarlo por los niños: ella es estéril como una mula y su carácter nunca fue el propicio para preñarse. En el retrato sonríe, dulcificados sus rasgos de halcón por el retoque. Le gustaba describirse como «especial», pero yo creo que todas las personas son iguales con la luz apagada. En la cama, pese a sus veleidades, era una mujer menos que común.

 

Berta dice que me descubrió en un bar antillano. Lo cierto es que nos conocimos en la oficina. Yo trabajaba en el despacho de mercadotecnia de una constructora y salía con una diseñadora pequeña y bustona. Berta nunca aprendió a marcar las erratas en los manuscritos de los folletos, pero leía en siete idiomas y tenía una larga lista de novios poetas, así que alguien decidió contratarla.

 

El jardín japonés

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El jardín japonés

 

Para León Krauze y James López Aranda.

 

A los nueve años , mi padre me rentaba una puta. Una puta, lógicamente, de nueve años. He olvidado la ropa, los juguetes, la comida, todo lo que era mi vida a los nueve años, pero no he olvidado a la puta.

Fabiana no se acostaba conmigo. O, mejor dicho, se acos­taba conmigo y nada más. Mi padre insistía en que durmiéramos juntos y se aseguraba de que nos abrazáramos bajo las cobijas de la cama. Nunca probamos a desnudarnos –cómo me angustiaba a los catorce años, al recordar a Fabiana y mi indiferencia hacia ella–, y apenas si alguna noche nos atrevimos a juntar los labios en algo que sería generoso calificar como beso.

Fabiana llegaba a la casa los viernes, a la hora de la cena, con una mochila de ropa en el hombro y una película en la mano. Pasábamos el fin de semana en mi casa y dor­míamos y nos bañábamos en la alberca, pero nunca fuimos juntos a la ducha –cómo lo recordaba, torturándome, a los catorce, al acariciar cada gota de las paredes de la ducha donde nunca estuve con ella–.

 

Amor y ensalada fresca

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Amor y ensalada fresca

 

Personas de mal corazón me sugieren que cuente lo de Marcia y su película a la prensa. Tengo impedimentos morales para hacerlo: no odio a Marcia y por tanto no la deseo, ni me excita referirme a ella en los términos lascivos que la narración requiere. Por si fuera poco, ningún tabloide ha ofrecido una cantidad aceptable por la historia. Si las pretensiones de Marcia hubiesen cuajado, ella sería famosa, y la narración de la película y las verduras valdría unos buenos pesos; pero Marcia no ha conseguido otro papel que aquel (escaso, si bien memorable), y cada vez menos bromistas se toman el trabajo de contarle que son cineastas para llevársela a la cama.

Marcia es mujer seria. Pero la invitadora lente de una cámara le resulta un atractivo fatal: apenas descubre el ojo de vidrio de alguna, comienza a declamar en voz baja líneas de Esquilo, y a manifestar el mismo autocontrol de un búfalo aquejado por el mal de San Vito. Dan fe de esa curiosa obsesión exhibicionista los álbumes fotográficos que solía mostrarme cuando visitaba su casa. Cada festival escolar, cada diente que crecía o cada, cada nuevo recorte de cabello, ameritó durante años la intervención de una resignada camarita automática que consignaba su pequeña eternidad. «Esta niña es una estrella», afirmaba machaconamente la acumulación de retratos.

 

Los más bellos poemas del abogado Seltz

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Los más bellos poemas del abogado Seltz

 

Contemplé mis posibilidades con imparcialidad. La ma­yor dificultad era Anne, quien yacía inconsciente en la alfombra. Moverla hacia un sitio más apropiado significaría perder minutos útiles. Precipitadamente, caminé a la ventana y corrí el cortinaje de un tirón. La respiración de Anne se había hecho pastosa, pero su piel mostraba el tono sonrosado de costumbre. Levanté su falda, procurando eludir la distracción de sus senos. Me enfrenté a una braga negra de tamaño regular. Sencilla, sin encajes o estampados que dieran alguna esperanza de lascivia.

Como bien sabrá quien haya intentado alguna vez la operación, la braga no baja suavemente ni se desliza, sino que se enrolla sobre sí, aferrándose a los muslos, y sólo la habilidad y perseverancia del operador logran llevarla hasta los delicados pies y, entonces, extraerla. Olfateé nerviosamente la prenda: mi nariz se vio invadida por un fuerte aroma a detergente que casi anulaba un ligero tono, casi un atisbo, de frágil acidez.

 

Sonámbulo

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Sonámbulo

 

Julieta no escribió. No es que lo esperara –acaba de marcharse apenas–. Pero resulta inevitable imaginar que tendrá que sentirse disminuida, que sentirá el hueco, el cercén, que sentirá silencioso el desayuno, que dormirá libre y lo resentirá. He abierto el correo al menos tres veces esta mañana. Su última carta es una carta escrita con intención de no recibir respuesta, y desborda la grosería peculiar de los epitafios. No me quejo. Yo también le hice llegar una carta así y escribí en ella cosas de las que no resultaría elegante arrepentirse ahora. La llamé reina y quizá cosas más bajas aún. Ahora comprendo que su carta buscaba ser un escupitajo y que la mía es poco menos que un ramito de flores. Supuse que mostrarme cariñoso y arrepentido la incomodaría más que un simple insulto. Quizá acerté, pero no recibiré los beneficios del acierto. Lo único claro es que jamás calculé que Julieta se iría tan pronto, y que me pediría además que no regresara al trabajo en el restaurante de su padre. Supuse que me permitiría llegar al día de paga. No soy el primero que sale con las meseras del turno de la noche –quizá por ello haya sido tan sensible al respecto, por aquella historia de su ex marido–.

 

Mi primer cachorro muere

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Mi primer cachorro muere

 

Me despertaron otra vez los quejidos del perro. Parece que lo están matando, pensé antes de volver al calor de las mantas y el olvido del sueño. El perro había sido todo lo escandaloso que se pueda concebir durante la primera semana de las vacaciones y sus aullidos matinales adelantaban en una hora o más al despertador del padre de Ana. El despertador sonaba a las siete de la mañana y para entonces el perro ya estaba ronco, desencajado, y más resentido que un adolescente con padres divorciados.

Durante el desayuno, mientras mascábamos el pan con mantequilla, intenté tocar el tema de la histeria del perro. Myrna, la hermana menor, justificó el alboroto con la edad del animal.

–Óscar es un cachorro. Se despierta y se asusta porque está solo, o porque quiere jugar o porque tiene hambre. Es lo natural.

Myrna hablaba con acento de niña consentida, y al decir «es lo natural» sonaba como «ed do nadudal». El novio de Myrna, vestido con apretadas ropas de surfeador, abrió la boca para apoyar el punto. Tenía la boca llena de pan con mantequilla, una pasta viscosa y aperlada entre sus dientes blanquísimos.

 

Marcos, Quién y yo

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Marcos, Quién y yo

 

Para Álvaro y Julio

 

El Delegado Zero –antes subcomandante insurgente Marcos– vino a Guadalajara hace unos meses, junto con La Otra Campaña zapatista. No pude ir a vitorearlo a los diferentes actos en que participó porque tenía que trabajar, pero sí leí sus declaraciones con alborozo, gozo y regocijo.

Por ejemplo, la que pronunció en el venerable auditorio Salvador Allende de la UdeG, durante una reunión con intelectuales. «Leer Letras Libres o Nexos es como leer el Quién o TV y Novelas. Con la diferencia de que más gente lee Quién que Letras Libres», dijo allí el Delegado Zero, ganándose las risas de los presentes. Creo que nadie ha reparado en ello, pero Marcos –quiero decir, el Delegado Zero– es uno de los grandes humoristas contemporáneos.

Tengo la costumbre de publicar en Letras Libres cada cierto tiempo. O, mejor dicho, sus editores tienen la costumbre de publicarme. Por ello suelo ser tachado de «fascista» y «burgués», vergonzosa situación que lloro por las no­ches mientras arrojo ceniza a mi cabello y me rasgo las vestiduras. Pese a ello no ensayaré aquí una defensa de la publicación. Si no me depositaran 1600 pesos por texto –2500 cuando les mando un recibo de honorarios y tengo para la paquetería–, nunca se me ocurriría enviar mis proletarias líneas a una revista de ultraderecha, que colabora estrechamente con los propósitos de dominación del supremo gobierno (al menos eso dijo el subdelegado Zero y no estamos como para no hacerle caso).

 

Pseudoefedrina

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Pseudoefedrina

 

Para David

 

La primera en enfermar fue Miranda, la mayor. Nos contrariamos porque significaba no ir al cine el viernes, único día que mi suegro podía cuidar a las niñas. Pese a los estornudos Dina, mi mujer, insistió en que asistiéramos a la posada del kinder. «Es el último día de clases. Le cuidamos la gripa el fin de semana y el lunes nos vamos al mar». Habíamos decidido pasar las vacaciones navideñas en la playa para no enfrentar otro año la polémica de con qué familia cenar, la suya o la mía.

En la posada había más padres que alumnos y más tostadas de cueritos y vasos de licor que caramelos y refrescos. «Muchos niños están enfermándose de gripa», justificó la directora. «Pero como los papás tenían los boletos comprados, pues vinieron». «Miranda también está enfermándose», confesamos. «Por eso traemos tan envuelta a la bebé». Marta, de apenas siete meses, asomaba parte de la nariz y un cachete por el enredijo de mantas de lana.

 

Doc Manhattan*

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Doc Manhattan*

 

Para el señor Mariño

 

Si me corono con sombra y relámpago, si respiro con la voz espantosa de los mares –la bóveda de los cielos enarcando apenas mi mano derecha, la más vertiginosa cordillera incrustada en mi pecho–, si me presento así a los ojos siempre azorados de los hombres, ellos verán apenas un pobre remedo de mi majestad. Soy, como quiso Emerson, la flecha y el blanco, la presa y su merodeador, el pánico que hace huir y las alas que, previéndolo, antecedieron la carrera.

Comprendo la necesidad de justificar esta desmesura aventurando una crónica. –Y, no obstante, descreo que la enumeración de tales fechas, tal nacionalidad y nombre propio, los inventarios minuciosos de enfermedades, hábitos y mujeres gozadas sean fundamento de comprensión alguna.

Nací americano. Profesé esa religión de incrédulos que suele ser la Ciencia. Un contubernio inesperado de sustancias y efectos, cuya descarga recibí –acaso por azar– durante un experimento, me despojó de la condición humana y condenó a esta apoteosis del ser que soy. Pero no. En mi visión, esa es mera cronología. Lo esencial tendría que ser (y es) la sutil conciencia de mi omnipoder.

 

La mano izquierda

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La mano izquierda

 

Para Víctor

 

Yo había sido vencido en nueve certámenes consecutivos por Antinoo de Argos, el amado de las musas.

Lo favorecían Myriam, la querida oriental de Filipo el tirano, y una copiosa camarilla de trotonas y afeminados.

Antinoo era un efebo de maneras equívocas. En sus composiciones bullía ese acento cortesano de melancolía hipócrita que se afana en complacer el sentimentalismo de las mujeres. Concurría a los certámenes exhibiendo sus más coloridos ropajes, meneando sus caderas como una moza, celebrado por una abigarrada tropa de aduladores que lo coronaba con laurel al triunfar.

Si se le acusaba de espiritista y hechicero, si se le reprochaban sus comprobadas impiedades, Antinoo jamás negaba nada; se limitaba a sonreír. Su hipnosis era profunda aún sobre nosotros, sus enemigos.

Y por eso yo, Lisístrato, heraldo de la desgracia, debía conformarme con la cabra recién parida o la canasta de huevos que solía otorgar el segundo premio de los certámenes. Nueve canastas almacenaba ya la alacena de mi dignidad.

 

El trabajo del gallo

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El trabajo del gallo

 

Para los señores Sergio y Payó

 

Marco, el gordo, se resigna al entusiasmo por el cuadro: el cuerpo de la muchacha inventado a golpes, derrumbado en la alfombra de un motel más o menos intolerable, expeliendo por cada orificio su cuota de sangre.

¿Qué habrá hecho la chica para que le pasara esto?, piensa retrocediendo al teléfono, con la intención de dar aviso a la policía. No llega a levantarlo.

Ella vive. Respira de pronto, pastosamente, y trata de apartarse los jirones de cabello de la frente. Tiene unos rasgos indistintos, salpicados de acné. Un pantalón y una prenda interior infantil rodean sus tobillos. Resopla como un cobayo.

En el vientre lleva las rojas marcas de la dentadura de su cliente, el profesionista delgado y obsequioso que huyó hace unos minutos a bordo de un taxi, lanzando risotadas dementes.

La chica tiembla. Se protege los senos de un ataque invisible con movimientos de espasmo. El cliente, juguetón, le desgarró la sudadera y le ilustró el torso con un abrecartas. Jadea. Abre los ojos y los vuelve a cerrar, ofendida por el resplandor del neón. Se contrae como una oruga.

 

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