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Los pájaros

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La sombra de un escritor o la prehistoria de un abuelo, el espacio exterior o los bajos fondos de una piscina, las siniestras posibilidades de la compota o el Apocalipsis casi secreto de un cuento bajo la lluvia. San Francisco o la Patagonia, el hallazgo de un tesoro o los extravíos del amor son –apenas– algunos de los personajes y lugares y situaciones y síntomas que aletean en las páginas de Los pájaros. Relatos que siempre se inician con la engañosa calma de quien se sabe dueño de una buena historia y que se tomará su tiempo para contar todas y cada una de sus plumas, para así disfrutar de la sorpresa del lector cuando los acontecimientos se precipiten y no quede más que rendirse ante el vuelo de una nueva y eficaz forma de narrar. Algo que a partir de Los pájaros bien podría definirse como lo bertiginoso. Algo que a partir de aquí, será identificado como el inequívoco bértigo de esos cuentos que han reclamado para sí y para siempre, las jaulas de nuestra memoria.

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Preguntas y respuestas

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Preguntas y respuestas

 

Hará pronto seis meses que mi casa es la única habitable en toda esta cuadra cercada por demoliciones y construcciones que, de interrumpidas, semejan grandiosos esqueletos. «La calle de las ruinas», han bautizado mis pocos amigos a esta cuadra, que en verdad es un breve pasaje llamado General R. F. Lobrano.

Los nombres de las calles son algo así como mi especialidad. Díganme una, cualquiera, y les recitaré las páginas de historia tras su nombre. Alguna vez intervine en un concurso de preguntas y respuestas en la radio, contestando sobre «Nombres de las calles de la ciudad de Buenos Aires». Admito que tuve suerte. Existen muchas calles de una o dos cuadras, casi perdidas, igual que la mía, calles de las cuales no siempre sabría qué decir. Por fortuna, ninguna pregunta las menciona­ba y obtuve aquel certamen. Pero si el saber tiene que empezar por casa, esa vez no era así: al momento del concurso no había averiguado aún, pese a mi empeño, quién fue el general Lobrano. Incluso temía que el jurado me jugase una mala pasada preguntando justo por mi calle. Por eso mismo falseé mi domicilio al inscribirme.

 

Esquirlas de Atamisky

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Esquirlas de Atamisky

 

Dos barcos esperaban en el puerto, las negras siluetas de sus cascos temblando en el agua. Uno orientaría su proa rumbo a Nueva York; el otro hacia Sudamérica. Al abuelo Ernesto, entonces sin nada de abuelo, le tocó el segundo en un sorteo hecho allí mismo en la dársena, y aunque planeaba de­sembarcar en Río de Janeiro, a bordo cambió de planes y siguió hasta Buenos Aires. Semejantes azares fundaron nuestra familia, más los azares de mis otros tres abuelos, pero ninguno como Ernesto, quien sólo en sus últimos años, siendo yo testigo, trabajó como jardinero y empleado textil, como rematador y sereno. Dudo de la existencia de otro hombre que haya desempeñado tantas profesiones.

Aunque había zarpado del puerto de Burdeos, el Argyle navegaba bajo bandera británica y pertenecía a la compañía escocesa de Thomas Law. Se trataba en realidad de un navío mercante de doce mil toneladas, en el que además cabían cua­trocientos pasajeros, incluidos doscientos en primera clase. El capitán del Argyle, de apellido impronunciable para la boca de mi abuelo, llevaba un gorro azul hundido hasta las cejas y solía pasearse por el castillo de proa junto con el contramaestre. Tanto el capitán como el contramaestre eran hombres extraños que hablaban dos idiomas a la vez, mezclándolos de una manera casi ecuánime. Del inglés pronunciaban sólo aquellas palabras que callaban en francés, y a la inversa. Era como si se hubiesen evitado la molestia de aprender íntegramente dos idiomas; sin embargo, desplegaban en sus charlas un vocabulario tan estrecho que parecían haberse reservado palabras nunca dichas para otros idiomas aún por conocer.

 

Calambres en el alma

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Calambres en el alma

 

A orillas de la bahía de San Francisco eran las seis de la mañana. El cielo mostraba unos filamentos lilas y ya casi amanecía, pero los relojes daban apenas las dos y media. El lugar era una mansión, un lujoso salón de convenciones con vistas al mar. Al arribar me habían obligado, aunque no sin cortesía, a alzar las manos y entregarle mi reloj pulsera a un ceremonioso mayordomo negro, que ya sostenía otros relojes en una bandeja de plata. De tal manera, los huéspedes quedábamos a merced de la hora impuesta por el anfitrión, repetida en cada reloj del lugar.

Mr. Anderson tenía motivos válidos para dar esa gran fiesta. Aquel verano produciría seis películas: una policial, otra de terror, dos comedias, un drama y su mayor apuesta, Apolo, inspirada en el primer alunizaje. Allí trabajaría yo, haciendo de extra, si por fin las cosas resultaban bien y no se entrometía, como era usual, mi eterna mala suerte.

A un cazador de autógrafos se le habría hecho agua la boca, porque entre los invitados a la fiesta abundaban no sólo actores y actrices de renombre sino también personajes como Neil Armstrong, contratado para asesorar al director y a los guionistas de Apolo.

 

Los monstruos

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Los monstruos

 

Papá llegó con la chaqueta al hombro, colgando del pulgar. Venía del restaurante que había puesto en Caracas bajo el nombre de «Parrilla las pampas» y preguntó si estábamos listos para pasar la noche de Año Nuevo; nos había reservado una mesa en su propio restaurante, una gran mesa, la mejor, al lado del ventanal. ¿Listo?, pensé. No, yo no tenía forma de estarlo. Nunca me gustaron las fiestas. Odio profundamente el Año Nuevo. Me recuerda a cuando mis padres se separaron.

Tendría once años cuando el divorcio o, por decirlo de modo delicado, cuando mi madre y yo abandonamos a papá, a fin de instalarnos en el departamento de la calle Estados Unidos. Era el último día de 1982 y todos nuestros flamantes vecinos habían huido de sus escuetos hogares para recibir 1983 en la casa más amplia de algún pariente o amigo, de modo que todo el edificio había quedado desierto. Recuerdo que pasamos esa tarde ordenando el armario —vestidos, jeans, camisetas y zapatillas—, mientras nos preguntábamos cómo llegar despiertos a la medianoche. Para esa hora habíamos pactado un brindis.

 

El definitivo Benincasa

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El definitivo Benincasa

 

Al día siguiente Dionisio Soler me encomendó un dossier sobre la obra de Juan Adolfo Gandolfo para Letras y palabras, la revista literaria más prestigiosa de Buenos Aires, y me alegré por tres motivos: era la primera vez que me invitaban a escribir allí; se estaba por reivindicar la obra de mi narrador favorito, y al mismo tiempo dicho dossier me proporcionaría un pretexto para que hiciese la prueba de reconciliarme con Gandolfo, algo así como el tutor de mis primeros pasos literarios, allá por los años setenta, cuando aún soñaba con escribir ficción y no imaginaba que acabaría así, hecho un crítico profesional de libros.

Si luego de esos comienzos abandoné la ficción para volcarme a la crítica literaria, no fue precisamente por sugerencia de Gandolfo. Más aún, debo reconocer que allí comenzó a fracturarse nuestra amistad, ya que nunca tuvo él un buen concepto de los meros comentaristas de libros, a quienes tildaba de «lameso lapas». Ese desprecio se vería acrecentado años después, cuando al publicar su delgado libro de miniaturas titulado Breve aliento, un sector de la crítica pareció batirse a duelo para ver quién reprobaba aquella obra con mayor impiedad.

 

La copia

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La copia

 

Había comprado el óleo en un remate. Era la copia de una pintura hecha por un artista llamado H. Linden. El propio Linden estaba en el remate, sentado en silencio y a un costado de la tarima del rematador. Era un hombre larguirucho, algo encorvado, con un pañuelo rojo alrededor del cuello y que sobresalía de una camisa blanca, desabotonada. Por cada reproducción que remataban, Linden hacía una seña y dos asistentes iban en busca de la obra original, para que los interesados comprobasen la maestría de los copistas. Como si esto no alcanzase, Linden asentía yendo con su mirada del original a la copia, y vuelta al original.

Ella compró un cuadro en el que aparecía una matrona de piel rosada, rubios bucles y ojos claros, sosteniendo en su regazo un bebé enfermizo y en lágrimas. Supo después que era ése el cuadro más grande y conocido de la producción de Linden.

Mientras cruzaba el parque con el cuadro bajo el brazo, rumbo a la parada de ómnibus, un relámpago sacudió el cielo; de pronto llovía con una furia inexplicable y a su alrededor vio gente con paraguas —los menos— y otros que tapaban sus cabezas con portafolios o con bolsas. Los asistentes de Linden habían envuelto el cuadro con papel de diario entre sogas finas, igual que una caja de pizza, y así ella, que no podía decir cuál era el reverso ni cuál el anverso, alzó el cuadro para que la protegiese de la lluvia, apoyando sobre su crisma lo que supuso era el dorso.

 

Hugh Williams

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Hugh Williams

 

Cuando me faltaba la pierna, Joyce me paseaba en una silla de ruedas y parecía que iba sobre un muslo doblado de tal modo que escondía mi pie izquierdo bajo el culo. No me molestaba aparecer así entre la gente. Sabía que pronto iban a operarme, me colocarían media pierna de plástico desde la rodilla hasta el zapato; sólo que a veces olvidaba el accidente y era como si mi cerebro arrojase instrucciones al vacío, al despoblado sitio de un recuerdo.

Perdí mi pierna izquierda en un accidente algo confuso, trabajando como custodio de un importante personaje de Londres, cuyo nombre no estoy dispuesto ni autorizado a revelar aquí. Es regla entre los guardaespaldas callar para quiénes hemos trabajado, mucho más si se trata de gente famosa, algo bastante usual en este oficio.

Aquellos días sin la pierna fueron los más duros de mi vida. Peores que los de la rehabilitación, cuando durante tres meses debí aprender de nuevo a caminar, tambaleándome al principio como un borracho. Mi ex esposa Joyce volvió esos meses para cuidarme y para acompañarme durante las sesiones en las que un kinesiólogo antillano, llamado Kevin, no hacía más que aullarme «usted puede, Morris, usted puede caminar», mientras me sometía a jornadas de natación que duraban casi tres horas, o insistía en arrebatarme las muirlas a las que toda mi humanidad se aferraba. Yo lo apodaba Kevin, el nazi y él me llamaba Morris, el alfeñique. Supongo que este Kevin, el nazi se creía Cristo o algo así, capaz del milagro de resucitar muertos y de hacer andar a los maltrechos; pero nada me irritaba tanto de él como su incurable costumbre de hablar entre dientes. Siempre he creído que la gente que habla así duda entre guardarse las palabras o soltarlas de una vez, y esa duda de Kevin era tan grande como mi propia incertidumbre sobre los resultados de la rehabilitación.

 

Compota

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Compota

 

Nos detuvimos frente a un edificio antiguo, en el corazón de un barrio con pronóstico de demoliciones. Zanjas, montículos de tierra interrumpían el paso, al igual que algunas tiendas de lona verde en las cuales guardaban los obreros sus máquinas y sus utensilios. La cuadrilla trabajaba con extrema lentitud, a razón de una cuadra por mes, y era fácil la cuenta: le quedaban a la zona dos años de vida, hasta que la autopista se terminase. No sólo a los enfermos puede diagnosticárseles la muerte.

—El profesor es un genio en astrofísica, un hombre ejemplar —insistí, pero Amelia no lograba entusiasmarse.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Habíamos oído un gemido escandaloso.

—Acá enfrente está el hospicio de mujeres. El profesor Fichting dice que fue duro acostumbrarse pero ahora odia la idea de vivir en otro barrio —expliqué con calma.

El profesor Fichting enseñaba en la universidad, y yo era uno de sus alumnos predilectos. Al menos eso decían todos. Ahora yo quería que me aceptara en su prestigioso equipo de investigación, aunque lo visitaba bajo la excusa de presentarle a mi prometida Amelia. Subimos por la escalera y en un descanso despinté los labios de Amelia con la yema de mi pulgar derecho.

 

La muchacha ahogada

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La muchacha ahogada

 

Como siempre entre semana, la zona de casaquintas parecía una ciudad abandonada, máxime bajo el cielo gris ferrugiento. Iban a dar las tres de la tarde de un jueves de marzo. Ellos habían salido antes de hora de sus trabajos respectivos, con un mismo pretexto convenido con antelación. «Va a llover», anunció la muchacha en camino. «No lo creo», replicó el hombre, al volante. Pronto llegaron a la quinta y él aseguró, sonriendo: «Esta vez, de veras, voy a ocuparme del jardín». Había que cortar los geranios y podar los setos.

La muchacha no le creyó porque allí no hacían más que encerrarse en el dormitorio o tomar sol o jugar a que ella se hundía y... Sin embargo debió pestañear incrédula al ver cómo el hombre se alejaba empuñando unas tijeras.

Mientras el hombre agachado ante los geranios cavaba la tierra, la muchacha bañó su cuerpo en una enorme tinaja que había hecho rodar hasta el césped mientras la muchacha hundía sus hombros en la tinaja repleta, el hombre olió sin sorpresa la humedad del suelo mientras el hombre olfateaba, la muchacha exhaló por la nariz unas burbujas con el agua bailoteando bajo sus ojos cuando el hombre terminó su tarea y las herramientas cayeron junto a sus pies, la muchacha llevaba varios minutos con la cabeza sumergida cuando el hombre la llamó dando un grito que atravesó la quinta, la muchacha lanzó una redonda y última burbuja cuando el hombre no obtuvo respuesta al tercer llamado, comenzó a temer por ella y mientras corría hacia la casa entre tropiezos, con los pies embarrados, vio la tinaja.

 

Lo que vuelve

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Lo que vuelve

 

Está nevando sobre el mar y sobre la playa, y yo no puedo creerlo. Se supone que debe haber sol en las playas y en verano, se supone que debe haber nieve en las montañas y en invierno, eso me enseñaron de niño, pero ahora entierro mi mano y la cierro, desentierro mi mano y la abro, y en el hueco de mi palma la arena y la nieve se mezclan. Le pregunto a Silvia qué está sucediendo. «¿Por qué nieva en verano?» Ella no lo sabe; nunca vio algo así, tampoco yo.

Llegamos temprano, con sol. Primero asomaron nubes blancas, después grises, después negras, y al fin descendió la niebla y comenzó la nieve. En el malecón, un bar con dos ventanales que dan a la playa deja ver, habitualmente, las carpas de colores y la prosternación en cadena de las olas. Nos hemos guarecido aquí para descubrir que, hoy, tanta bruma impide ver la orilla. La niebla se corre de izquierda a derecha, como un telón que clausurase un acto. La última vez que cayó sobre la playa desintegró las carpas, las sombrillas clavadas en la arena; el balneario apareció desnudo cuando despejó. Todo ocurrió en menos de diez minutos, pero ahora llevamos casi media hora en el bar y la bruma no cede.

 

Jettatore

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Jettatore

 

Aquel jueves, Venancio pasó a buscarme a media tarde. Yo no podía distraerme con su visita porque era justo en ese horario cuando más se amontonaban los clientes y el supervisor del bazar, un tal señor Beckert, nos vigilaba con mayor recelo.

—Julián, está Venancio —me avisaron las mellizas Ordetti. Trabajaban como empaquetadoras, a cada lado de una larga mesa, y debían verse las caras durante horas, como alguien condenado a vivir frente a un espejo.

Venancio me visitaba usualmente a las siete y media, que era mi hora de salida. Entonces íbamos a tomar unas cervezas en el bar de la galería o a jugar al billar en Callao y Corrientes. Pero esta vez, deduje, algo infrecuente sucedía: mi amigo se acostaba raras veces antes de las cuatro o cinco de la madrugada y era llamativo que estuviese ya despierto.

—No puedo salir —le advertí a Venancio, antes de saludarlo.

Me sonrió con una mueca forzada. Estaba despeinado, sin afeitar, como si hubiese pasado la noche insomne.

 

Los pájaros

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Los pájaros

 

Guardo aún, amarilleadas, todas las páginas que arranqué del cuaderno de Vieytes: «La costura. Debería probar con hilo más delgado... ¿Y por qué no amputar al ras de las orejas, dejando un buen tramo de cuello?». Unos párrafos después: «Se trata, mi próximo paso, de lograr resultados iguales entre los seres vivos. Para ello sería necesario ampliar los estudios anatómicos. Problema: la sangre de los pájaros parece más espesa». Los científicos que pude consultar oyeron subyugados mi relato, aunque sin creer ni un ápice, y juzgaron estos apuntes como la obra insensata de un hombre perturbado.

Aun cuando han pasado dos años, releer las páginas del cuaderno de Vieytes me provoca un temblor, un revoloteo de alas y de plumas en la boca de mi estómago; pero aquello que encerraba el ataúd era verdad, lo mismo que los otros, parados entre los altos almiares, formados como soldados de plomo.

Descreo de las explicaciones demasiado claras: en el fondo no consuelan sino a quienes temen lo inexplicable. Sin embargo, recaigo cada vez más en describir aquellos hechos ocurridos en la granja de Chubut como algo semejante a un embrujo. Sé que esto no constituye una explicación. Varios puntos de la historia no cierran, pese a que Raquel o yo atemos, de tanto en tanto, nuevos cabos sueltos que parecen llevarnos al centro inalcanzable de un enigma.

 

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