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Propuesta imposible

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Lea estos textos, preferentemente, durante la noche. Cuando la jornada para el trabajo, el engaño y los crímenes ha concluido. Trate de no leer más de uno o dos cada vez; han necesitado años para formarse. En un relato, como en un poema, la brevedad se ha llenado de alusiones y misterio; permítase un tiempo de respiro en el que abrirse a la contemplación de la literatura. Alguien avanza en un bicicleta por un sendero, la bicicleta está rota, ya ha oscurecido, pero aun así pretende seguir adelante. Empieza a preguntarse si su esfuerzo será inútil, tantas horas malgastadas... en realidad ignora por qué se encuentra ahí. El lector quizá comprende que es un hombre maravillosamente escindido; alguno de los dos quizá pueda salvarse. ¿No escucha en el silencio el esperanzado y penoso rodar de esa rueda?

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Propuestas sin posible

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Propuestas sin posible

 

Un hombre en el interior de su automóvil atrapado en un atasco de kilómetros, escuchando las noticias mientras espera con la mirada fija en las luces de delante el lento amanecer de un lunes bajo la lluvia, cae en una propuesta imposible.

 

Una mujer que no ha cogido el teléfono que estuvo sonando durante toda la tarde, mientras se esfuerza para que su hijo pequeño deje de llorar y coma, abrumada con las continuas excusas de su marido cae en una propuesta imposible.

 

Un chico con nueve asignaturas suspendidas que ha sido expulsado del instituto, mientras sale de la clase y recorre los pasillos imaginando qué será de su familia en su país, cae en una propuesta imposible.

 

Una señora mayor que recuerda el nombre de un vecino al que maltrataban con sus juegos infantiles, al ver cómo una misma memoria lo borró y se lo ha traído... comprende entonces.

 

Resolución

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Resolución

 

 

 

Para Encarni Molina y Juan Casamayor

 

 

 

Pongamos un ejemplo. El señor García, digamos, participa en una operación policial. Esa noche van a detener a los miembros de una célula terrorista, que se reúne en un piso franco de la misma ciudad en que él vive.

Ahora, el comisario García se ha apoyado en el quicio de la ventana y mira despaciosamente a la calle. Son las cuatro de un día de enero. Llueve, quizá. Su mujer, oculta de la luz, deja el vaso en la mesilla, provoca la protesta del somier al buscar la posición y le susurra:

–¿Estás dispuesto a hacerlo? ¿A nuestro Mikel?

El comisario García ni siquiera se mueve; siente, sobre todo, odio. Un deseo de maldecir como nunca antes. Más que cuando cargó con el féretro de su compañero y mejor amigo. Más que cuando supo que su hijo formaba parte de la organización, que había manchado ya sus manos en la sangre y, más tarde, que alcanzaba un cierto rango en ella. Él se había despedido del chico; ¿su mujer?, no podía asegurarlo: jamás hablaron de eso desde entonces. Ahora la escuchaba dolerse de su ausencia; lo crispaba saber que en aquel momento nadie en el mundo le hacía más falta.

 

Alguien llama a estas horas

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Alguien llama a estas horas

 

Así que mi vida puede resumirse en eso: un viaje. Comprendo que no tiene nada de original, muchos han empleado antes esta metáfora; sin embargo, resulta cómoda. En mi juventud, temíamos que nuestra vida quedase determinada como la dirección de un tren, y nos preguntábamos si podríamos salir de la vía. Qué diablos de chicos. Hoy sé que hemos invertido nuestro tiempo y, a cambio, se han ido sucediendo los acontecimientos como las estaciones, el vaivén, y los paisajes. No entiendo qué hago aquí arriba ahora. O si seré tan dócil como los otros; tan humilde a los recuerdos o, lo que es peor, a su sombra.

Hablo de recuerdos, qué ironía, cuando el doctor dice que no debo angustiarme si, de pronto, me faltan. Pero yo me doy cuenta: eso es lo que me da pena. Y algo de remordimiento. Quiero acordarme, pongamos, del sitio en que nací o del apellido de mi mujer y, a veces, aunque lo intento con todas mis fuerzas, nada. Conque llevo siempre unos papeles en el bolsillo donde va escrito; lo importante, se entiende.

 

Suceso

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Suceso

 

Treinta y nueve grados. Cinco de agosto. Antes del mediodía. Carretera. Rumbo al sur. Con un problema en el aire acondicionado. Solo.

Por el lado izquierdo he visto al pasar a un hombre negro con sombrero y abrigo.

Poco después aparece otro vestido igual, lleva un paraguas.

Completo la descripción cuando aminoro al cruzarme con el tercero: un individuo de chaqueta y pantalón negros, camisa blanca, corbata, gafas de sol, bastón o paraguas. Chistera.

Me hace gracia ver al cuarto, idéntico, caminando en dirección contraria a la mía. Apenas lo abandono por el retrovisor, después de una curva descubro a otro.

Nada más pasarlo, llega el siguiente. Me pregunto de qué se trata, ¿un desfile?, ¿una apuesta?, ¿un juego?

Compruebo los mismos rasgos. Sucesivos varones de raza negra, bien vestidos, vienen caminando por el arcén izquierdo de la carretera a una distancia entre sí de unos trescientos o cuatrocientos metros. Bajo un sol de justicia, se limitan a andar de uno en uno. Nosotros... quiero decir yo, como los demás que circulan, freno un poco para observarlos mejor; tenemos cuidado de no alcanzarnos porque se han ido formando pequeñas retenciones. ¿Qué quieren, provocar un accidente? Es peligroso.

 

La vida parece

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La vida parece

 

 

 

Para Michel Henry por su Yo soy la verdad: «El otro ya no es nada de lo que vemos de él en el mundo y que nosotros creemos que es», teólogo enloquecido.

 

 

 

Casi al instante de oír su llantogrito y ver cómo se movía (ni el cordón cercenado), en la consternación de emociones, supe que estaba muerto. Mi mujer se erguía para verlo, la exasperación en su rostro, el más-allá-del-ansia, el frenesí incontenido: no descansó hasta sentirlo cálido y sucio sobre su vientre. Empezaba con las caricias a demostrar que era suyo, descubierto, real, rostrificado aquel cuerpo ahora exento. Y me miraba diciendo míralo... el hijo de nuestra carne.

Los abracé compulsivo, obligado a reunirme con los dos en mi propio gesto, cuando sabía que estaba fuera por mi repentino saber. Exploté en el llanto también dispuesto a olvidarme, desesperadas lágrimas para borrar lo que se había alumbrado, como si lavándome entre ellos yo me apartara del monstruo.

 

Como una historia de amor

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Como una historia de amor

 

 

 

Una mujer

Una mujer atrás

Una mujer atrás de un vidrio empañado.

Pero no.

¡No!

Mejor no hablar... de ciertas cosas...

 

Sumo,

«Mejor no hablar de ciertas cosas»

 

 

 

Entrad por la puerta angosta; porque ancha es la puerta y amplia la calle que llevan a la perdición, y muchos entran por ellas. ¡Qué angosta es la puerta y qué estrecho el callejón que llevan a la vida! Y pocos dan con ellos

Mateo 7, 13-14

 

 

 

Nosotros habíamos avanzado penosamente hasta los límites de aquel barrio abatido casa a casa, tienda a tienda, acera a acera. Pidió que parásemos Adelita, la pequeña; le dolían muchísimo los pies, la extenuaba el ritmo de la marcha, tenía miedo, llevaba no sé por qué el calzado roto, había llorado.

Si hubiese estacionado el coche en la plaza de Neptuno como recomendó Guillén antes de huir, no nos veríamos como ese rey o ese dios, sin corona y sin cabeza.

 

Novia de las estrellas

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Novia de las estrellas

 

–Conocí a una chica ¿no? Se llamaba Julia.

–¡Ah, sí? ¿Y qué tal estaba?

–Bien. Vivía...

–Quiero decir ¿estaba buena?

–Sí.

–¿Qué, un bombón o sólo interesante?

–Interesante. Muy interesante.

–Ya.

–A mí era lo que más me interesaba. En realidad, desde que la conocí todo lo demás dejó de interesarme ¿sabes?: los amigos, el equipo, los estudios... Mi madre me perseguía para que cogiera los libros ¿no? Y yo me dedicaba a escribir «Julia» por las paredes como un crío ¿sabes? Hacía pintadas en los buzones, en los cristales de los bancos, donde podía ¿no? Menos cerca de mi casa y de los sitios conocidos ¿sabes? Para que nadie lo supiera... Ahora te lo cuento a ti, eres el primero.

–Ya.

–Te lo cuento porque se ha terminado ¿sabes? Ya no me importa.

–Bebe un trago, anda.

–La conocí unas vacaciones ¿no? En un pueblo de la costa donde veraneábamos. Yo por entonces estaba libre; bueno, tenía un ligue, pero no iba muy en serio ¿no?, para entretenerme. Ella estaba sola y yo, en cuanto la vi, me dio un... flash ¿no?, como una explosión por dentro, y me dije ¡a por ella! Pues fui a presentarme ¿no? Llego ahí y, tío, no me salían las palabras. Imposible, se me venían cosas ¿no?; pero me quedé callado.

 

Empezar pronto

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Empezar pronto

 

Aquí tenemos el problema de las mujeres. Que son muchas, quiero decir. Cuando digo muchas, en realidad me refiero a muchísimas. En este momento, la proporción quizá sea de novecientas a uno. O más.

No es divertido, como tal vez estén pensando los hombres. No es divertido, siempre. Novecientas a uno significa que si descontamos a... y excluimos a..., tocamos... No son así las cosas. Las mujeres no tocan a tanto, como si fueran obsequios. Pero no es mérito nuestro pensar así. No es mérito nuestro.

Habrán oído hablar de La Ley. No me refiero a otra que a la de la oferta y la demanda. Significa, en pocas palabras, que cuando abunda un producto, los compradores esperan a que los vendedores se fastidien unos a otros obligándose a abaratarlo antes de comprar. Y, en cambio, si se solicita mucho, los que venden suben su precio para forzar a los consumidores a pagar más por lo mismo. Es la ley de los pícaros. Rige nuestro mercado, y nuestra vida en gran parte. También nuestra vida. Según dicen, la búsqueda de beneficio de los que participan en él es lo único de lo que podemos estar completamente seguros.

 

Donde está

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Donde está

 

Contaré así, entre el recuerdo y lo que después he sabido o imaginado, lo que me sucedió aquella infancia. Como siempre en el festival navideño, que entonces era un planeta, mi padre me tomaba de la mano y salíamos; salíamos (sin mamá) a la calle, a las calles, a la ciudad, al exterior (a los fines del mundo): lugares de enormes edificios, gigantescas avenidas, música alta, gentío, personas que hacían cosas extrañas como ir cargados de bolsas, cogerse del brazo, reírse a voces, cantar, apresurarse, pasear bajo alambres de bombillas, llevar gorros y caretas, mil cosas desconcertantes; salíamos juntos (que significa: me tomaba de la mano no para llevarme a algún sitio, sino para irme con él; me convertía en su compañero). El abrigo. ¿Te portarás bien? Sí. La bufanda, ¿así vale? Otro beso a mamá. Cosas que se decían entre ellos, instrucciones, secretos, felicidad. Vamos a ver a Dios, dijo mi padre. Yo entendí, o quizá la frase correcta fuera: vamos a ir los dos, o espéranos a los dos, algo parecido; vamos a ver a Dios fue la promesa de sus labios, la expectativa (cuanto salía de su boca y cada movimiento suyo eran sagrados) que yo tuve, la certeza con la que me iba esa tarde precisa: a ver a Dios, sí, papá iba a enseñármelo. Él sabía.

 

Conocía los árboles

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Conocía los árboles

 

 

 

Para Joaquín Rodríguez Burgos

 

 

 

Había entrado con su andar vacilante según se dijo por el final de la calle, de la larga calle entre doscientos mil edificios, arrastraba sus ropas medio metro tras de sí, caminaba silencioso. Tardó una enormidad en recorrer la avenida, consideraba a cada trecho qué dirección preferir, se cambiaba de acera, consultaba al parecer consigo mismo. Algunos intentaron hablarle pero él no respondió, se diría que obstinado en avanzar, sordo a cualquier solicitud que interfiriese en su determinación. Ignorábamos su procedencia, los rumores aludían a Oriente, a numerosos viajes por todo el orbe, lo que acrecentaba nuestra curiosidad y provocó que muchos, bastantes se acercaran a él y lo acompañaran no obstante los coches aunque la mayor parte lo ignoraba, atenta a sus asuntos como de costumbre. En el cruce de la calle 12345 con la abcde se detuvo, inspiró despacio, empezó a toser, toser hasta las arcadas, se limpió, fatigosamente reanudó la marcha, avivó el ritmo pero sólo por un tiempo porque enseguida recuperó su andar cansino. Durante el primer día desocupados, curiosos, amantes de las novedades y niños lo siguieron de cerca a imagen de una comitiva que no hace preguntas, encantados de dirigirse hacia algún lugar específico o seducidos por la fuerza que ellos mismos imprimían a la marcha o desafiando algo incierto, un séquito que renovaba sus miembros si bien mantenía su número invariable, de cuyo bullicio y avatares él prescindía, ajeno a su fidelidad tanto como a su renuncia, ocupado nada más que en seguir su trazo escogido que serpenteaba, se cruzaba, segmentaba, moría entre calles que había desechado, se recuperaba en otras. Al segundo día de marcha hacia el atardecer alcanzó la Plaza 214, una planicie que flanquean varias paradas de transportes colectivos y un aparcamiento en la que sobresale una fuente de piedra con varios chorros que alcanzan hasta los cuatro metros de altura y se ilumina de noche. Cruzó la calle burlando la avalancha del tráfico, llegó a la fuente tal vez por ignorancia ya que está prohibido detenerse ahí porque apenas hay espacio, es peligroso. No demasiado, poco más tarde hubo gente que lo siguió aunque no todos, la mayoría se quedó en la acera pese a que estuviese algo, bastante lejos pues no se le oiría si se decidía a hablar salvo que tuviera una voz muy poderosa sin embargo tantas gentes continuaban acudiendo que al cabo de unos minutos terminaron incluso por ocupar buena parte de la calzada y obstruir algunas vías, lo que causó problemas de inmediato pues muchos conductores, en creciente número debían detenerse, buscar los carriles que les dieran paso y porque quienes pretendían salir del aparcamiento no lo lograban y porque también los autobuses empezaban a encontrar dificultades para dejar a sus viajeros en lugar seguro y reponer su pasaje en las paradas. Él mientras tanto se diría que al margen de esos detalles se había encaramado a la cima de la fuente y allí quedó aun cuando algo de agua azotada por el aire y por el propio impulso de los surtidores le golpeaba la espalda, de pie en un lugar bien visible, mudo, los ojos ocultos por sus manos sin que lo molestaran ya que no había guardias por los alrededores aunque era de esperar que se presentarían, a lo más tardar en cinco o diez minutos en cuanto se percatasen del gentío que se iba formando y que intervendrían para el desalojo de la plaza, seguro que para su detención. La muchedumbre en las inmediaciones de la fuente, en las aceras, invadida la ancha glorieta, la avenida y algunas, sólo unas pocas calles adyacentes esperaba que actuase por eso únicamente se escuchaba el ruido de los cláxones y a los automovilistas que salían gritando o preguntando qué ocurre, a quienes nada más que unos pocos contestaban señalándolo o animando a que imitasen su actitud y se complacieran en localizar a una figura apenas entrevista sobre el remate de piedra por donde brincaba el agua. Por fin el hombre alzó los brazos, los puños, levantó la frente en lo que pudo interpretarse como la señal de un comienzo después utilizó una voz cascada que emitía entre carraspeos y toses inaudible más allá de los diez o quince metros, razón por la que algunos, un buen número empujaba para escucharlo, lo que forzó a la inmensa mayoría a procurar enterarse preguntando a los de delante quienes casi nunca oían bien o nada. Hablaba sin parar sólo interrumpido por momentos en que perdía la voz, muestra de hasta qué punto se le exigía un esfuerzo, miraba al auditorio con fijeza, movía mucho los brazos, gesticulaba para hacerse entender, no permanecía quieto un instante con la intención de afirmar más o menos la idea de que no conocéis los árboles, vosotros los ignoráis pero existen. Aseverado con contundencia, casi violento pero existen lo repitió numerosas veces, añadió que eran plantas que tampoco habíamos visto mas en esto erraba es de suponer pues aquí tenemos macetas y la gente, bastantes ponen ahí semillas que dan ocasión a diversas especies, hecho que seguramente no habría observado cuando la mayoría de ellas se hallan en las viviendas de los particulares conque no se ven desde la avenida por donde él había llegado. De todas formas insistía en que los árboles eran vegetales muy elevados, dotados de grandes ramas, hojas además algunas veces frutos, así disertaba con estas mismas palabras que usaba con enorme facilidad, acostumbrado al parecer a dirigirse a un público, repitiéndolas muchas, demasiadas veces acaso porque las habíamos entendido al pronunciarlas aunque en efecto no supiéramos a qué se refería. Aseguró que había cantidades ingentes, clasificadas por sus formas, tamaños, colores en una gama de incontable variedad. La gente, bastantes lo escuchaban con interés también los que no podían hacerlo por su lejanía, un nutrido grupo se mantenía expectante. Dijo en un momento dado de su exposición que esos árboles guardaban cierta semejanza con nuestras farolas por su delgadez no obstante en esto no fue demasiado preciso sino algo contradictorio pues si habló del grosor de árboles equivalente al de varios hombres alineados, en otro momento los comparó con las columnas que sujetan algunos edificios aunque sin edificios, lo que produjo no poca confusión entre los oyentes. Era obvio, no nos entendíamos del todo por más que procuraba alzar la voz, hablar despacio y poner comparaciones mientras nosotros, muchos lo seguíamos atentos. Luego empezaron a oírse algunas sirenas, señal inequívoca de que la policía, dos o tres coches llegaban a la plaza con la intención de restablecer el orden, esto forzó a parte del auditorio, el más lejano a marcharse en tanto él no mostraba inquietud alguna por la proximidad de los guardias, continuó su discurso si bien elevando el volumen de la voz, acentuando los gestos. Nos dijo que lo más importante de un árbol, de los árboles en general no consistía sólo en el hecho de su existencia ni en la enumeración de sus características como podría haberse entendido hasta entonces, afirmación que nos sorprendió bastante, sobremanera porque se había ocupado tanto en exponerlo por el contrario insistió en explicar que los árboles eran valiosos sobre todo en cuanto medios para otra cosa, otra cosa dijo aludiendo con seguridad a algo a la vez que distinto estrechamente ligado a ellos. Debió de percibir en los rostros que no entendíamos demasiado, lo suficiente ya que repitió varias veces sólo esas palabras que relacionaban los árboles, su forma o quizá sus movimientos con otra realidad por lo visto de un orden o categoría muy distinta, superior incluso sobre la que dan que pensar mediante un vínculo sutil. Aquello nos interesaba aun siendo muy complejo pero el tiempo no favorecía un desarrollo más amplio del tema pues numerosos policías habían salido de los coches patrulla, avisaban a la gente congregada y le pedían que se dispersase de inmediato. Era evidente que la desobediencia desencadenaría algún tipo de tumulto por el que se viesen obligados a emplear la coerción de modo que mucha gente, cada vez más personas iban desperdigándose, la mayoría por desgracia sin haber escuchado nada tratando de acercarse al hombre o quedándose por las inmediaciones. Quizá no asistiera impasible al desarrollo de los hechos de los que era testigo cualificado desde su altura ya que de inmediato entró a exponer lo acaso central de su argumentación, así abundando en lo precedente dijo que los árboles tenían un poder de actuación sobre las personas, nada más que sobre las personas en esto fue tajante si bien no en todas ellas, poder que consistía en afectarnos según explicó vibrantemente con palabras y ademanes en virtud de un movimiento evocativo que se suscita en nuestra sensibilidad ante la presencia del árbol, su forma así como de su textura, color, demás rasgos ya mencionados que nosotros, su audiencia deberíamos imaginar, capaz de producir en el sujeto un trance de cualidades específicas, únicas, incomparables. Dicha afección supondría un determinado efecto transportador [sustituyo expresiones más oscuras] del individuo intervenido hacia concretos estados de índole mental, lo que implicaba la manifestación de algún sentimiento o imaginación sin embargo no equivalente a otras emociones ya catalogadas como el amor, la amistad, la antipatía, etc., entre algunos ejemplos conocidos aunque compartiera con ellos cierta similitud que afirmaba aun cuando no llegara a esclarecerlo mejor. Era notable su dificultad para adscribir al árbol esa potencia sobre las personas no obstante su encendido énfasis, el considerable aumento de su agitación, la riqueza de términos con que acompañó este tramo de su discurso, dificultad agravada por la previsible influencia de la muchedumbre dispersándose como por la presencia coactiva de los agentes de orden público que para aquellos momentos ya lo habían ido rodeando, lo consideraban instigador de la concurrencia multitudinaria, el caos, la desorientación general. Insistía con denuedo para instruirnos en lo referente a tamaño fenómeno o acontecimiento susceptible de ser producido a raíz de o por medio de o mediante la actuación [textual] de los mentados árboles, de todos, casi todos ellos. A esto añadió que también en otras realidades podía reconocerse dicho poder evocativo o transportador, pensamiento que desconcertó a bastantes porque era inverosímil desposeer de esa facultad a los árboles, a los que en un principio parecía atribuirla en exclusiva, resultando a la postre transferible. Sus palabras impusieron un estupor generalizado de especial intensidad cuando tuvo la audacia de establecer una correspondencia entre esa fuerza y algunas entidades cercanas a nosotros que no obstante hasta el momento presente, así debe señalarse, no hemos conocido. Indicó entonces que al alcance de buen número de individuos estaba el acceso a tan singular vivencia en otros ejemplos más próximos, lo que a algunos nos sobresaltó con una mezcla de excitación y pudor. Convencido de saber ilustrar su aserto con una muestra comprensible, se decidió a señalarnos la fuente, mejor aún el agua de la fuente como objeto de una contemplación detenida que nos descubriera la singularidad de sus manifestaciones: su ascenso, su energía, su transparencia, su acción refrescante, diferentes atributos asimismo aludió a numerosas, algunas características del chorro de agua, calificó a este, lo vinculó a conceptos dispares, imprevistos entre los que nombró espontaneidad, vida, vigor, alegría junto a otros aún más disímiles, nos invitó bruscamente a atreveros a decir qué veis, qué imagináis, qué deseáis [cito aproximadamente], a emprender desde esa dinámica diversas iniciativas en cuya prosecución se sugiere que no existe límite o estado final alguno. Ya de manera sucinta por el perentorio desmembramiento de la multitud, acuciado quiso inventariar otros objetos ante los cuales pudiéramos reproducir esa afección de las emociones atribuida primero a los árboles después al agua del surtidor, en este sentido mencionó la línea horizontal [que se imagina prolongando las rayas sobre el suelo o las aceras mirándolas de frente], sugirió la luz del cielo, la aparición sucesiva de los astros en él: sol, luna, estrellas, nos invitó también a que reparásemos en los juegos de los niños así como en los besos, las caricias de los amantes, la sonrisa por su capacidad según dijo evocadora siempre que no los miremos bajo nuestra idea habitual, explicó sino con cierta distancia, desde otra perspectiva pues al parecer se trata de un modo de torsión del punto de vista lo que se pretende conseguir hasta que esos fenómenos, un número sin determinar según insinuó muy, enormemente exaltado den opción, revelen, dijo, aludan a algo más allá, pongamos, a otro género de realidad distinto al de su presencia misma, momento en el que se producen como brotando ante nosotros y dentro de nosotros simultáneamente [sic] un placer delicado, una emoción o una innegable idea imposible. El final de esta parte del discurso fue arduo para todos, casi todos si bien excitante, coincidió con la llegada del jefe de policía, algunos números junto a él. Frente a ellos pareció a disgusto, no asustado, como presa de la mayor urgencia quiso acelerar más si cabe sus explicaciones sin embargo fue interrumpido por el jefe de policía quien le instó ante los que aún formábamos su auditorio a que declarase qué pretendía hablando así, formulara su propuesta, añadiendo que lo hiciera en un minuto pues se precisaba restablecer el tráfico, desalojar la fuente, sus aledaños a la mayor brevedad: estaba prohibido, era peligroso, etc., cuyos ruegos él desatendió no por incapacidad de entenderlo sino porque dio la impresión de que enmudecía de pronto despojándose del habla en un acto definitivo. Inmóvil pero como si la llegada de los agentes de seguridad amenazara sus planes, descartando opciones acaso reuniendo determinación para elegir lo que hizo, sus movimientos fueron como sigue primero cerró los ojos, extendió los brazos, apretó los puños, contrajo el ceño con visible violencia, todo su rostro en realidad que se contagió de esa fuerza hasta que incluso lo sacudieron varias, no muchas convulsiones a simple vista al ir tensando los músculos aunque no era así como supimos enseguida. En vano los policías llamaron varias veces su atención mas prefirieron darle cierto margen para que acatase sus órdenes de buen grado. En cambio él se comportó de modo imprevisible, la inquietud que parecía contener dio paso a una gran actividad por sobre su cabeza asomaron varios dedos que se estiraban hacia arriba y un poco hacia los lados creciendo hasta doblar su estatura, engrosando, adquiriendo formas curvilíneas también sus brazos obraron cierto juego, se alargaron, se elevaron como imitando a los otros a la vez que su cuerpo empezaba a ensancharse, a deformarse produciendo un efecto bastante cómico como el inflado de un neumático con la diferencia de que se iba haciendo cilíndrico, al parecer rígido y macizo. El desarrollo del fenómeno se produjo a cierta velocidad, lo que impedía distinguir los detalles de cada fase, veíamos qué cambios ejecutaba pero no cómo, a consecuencia de qué ni tampoco la manera en que unos procedían de otros para cuya observación el ritmo de la maniobra era excesivo por eso en algún momento que no pudimos presenciar bien su rostro literalmente se borró, en efecto puede suponerse que las líneas de la cara se desdibujaron, los ojos dieron lugar a orificios, la nariz, la barbilla se instalaron como irreconocibles protuberancias. Algo similar ocurrió en la separación entre cabeza y tronco, entre este y las extremidades inferiores de modo que había terminado por configurarse en una masa no indistinta pero sí renuente a los rasgos humanos. El proceso que puso en guardia a los agentes de policía y nos hizo a algunos, una buena porción de nosotros replegarnos no resultó peligroso a fuer de inocuo, sucedió casi en absoluto silencio aunque corrijo esa mudez porque se escuchaban como un susurro crujidos provenientes del interior más aún que de la superficie del cuerpo, una especie de frotar de láminas que no hemos vuelto a oír. Por último esos como delgados brazos largos extendidos en diversas direcciones se quedaron inmóviles, duros pero todavía algo después se produjo en ellos este fenómeno de sus extremos surgieron otros más pequeños, de esos otros aún menores así sucesivamente hasta conformar una especie de red, no sugerían un gesto o alguna clase de escritura ni era interpretable el conjunto como un código de signos pues su forma parecía más bien un producto azaroso. Tras una nueva pausa aún más larga, de todos, de cada uno de sus extremos surgieron estrechos palitos, de ellos de súbito en inmensa eclosión brotaron a millares, a millones, en número incalculable papelitos, digamos trozos verdes de forma regular que desplegándose semejaban abanicos orientales, repartidos por la parte superior de la masa corporal como si fueran un sarpullido, tan finos al parecer frágiles que empezaron a emitir brillos en seguida al trasluz del agua que salpicaba la fuente, tan ligeros que el aire los hacía temblar provocando que mostraran alternativamente sus dos caras, se mecieran con su soplo, sonaran apenas a su merced. Y una brisa como un perfume extendía. La policía acordonó la zona, obligó a evacuar, el monumental atasco había afectado a dos distritos, más de setenta calles estaban colapsadas, se precisaron cinco horas para que el tráfico se normalizase. Ahora es fácil valorar todo ese trastorno sucedido a causa del fenómeno de la transmutación por quienes tuvimos la fortuna de asistir al evento cuando muchos nos solicitan que relatemos los pormenores [a pesar de o propiciado por la información que sobre el suceso ha sido transmitida al país]. Para concluir debe advertirse que nuestras autoridades decidieron que no se retirase al llámesele hombre sustituido o su objeto por lo que tiene de único ejemplar, antes bien se ha optado por consentir su extraño emplazamiento –demasiado próximo a la fuente– del que no se ha movido y que ahora custodia una valla. Aun cuando no puede asegurarse el tiempo que se mantendrá en ese estado cabe predecir que no será breve pues eso parece unido con firmeza al suelo que ello mismo ha horadado por varios sitios mediante su ancha base y bastantes, profusas prolongaciones.

 

Aquiles de Sarandí

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Aquiles de Sarandí

 

¡Quieren chingarme, hijos de puta! ¿Cuántas balas me quedan? Siete, buenas monjitas si se les reza bien. Que me envíen dos o tres, los atravieso igual. Marranos, ¡van a pagar lo que hicieron! Se acercarán por Yute, sí, escondiéndose entre los autos. Creen que no lo imagino, y lo sé todo. ¿Cómo suponen que sobrevivo? Ni tuve suerte ni la pedí; mi estrella negra. Me basta con lo que lleva un hombre. ¿O qué carajo hice cuando laburé para Tavera, y para Rincón? Malditos diablos, ¿y cómo creen que los he engañado? No soy una mera rata de villa miseria que se baja a un tipo por unos cuantos pesitos. Me va el orgullo. Están fregados si se confían. Nomás asomen su hocico, les meto diez tiros; cinco por mi madre y cinco por mi hermanito Aurelio. ¡Puercos! Por mi vieja y el changuito, seis años, qué culpa suya ni qué. A mí, si venían a darme matarile; pero no saben dónde buscarme. Pues aquí estoy. Lo mismo llegan por detrás como putos, seguro que se cuelan por el callejón Meléndez. Aquí los espero, ¿me oyeron? ¡Aquí tienen al Quino Rodríguez! ¡Vengan, gonorreas! ¿Qué temen? ¡Saquen su jeta! Se callan, tontos no son. Es de sabios temer al enemigo. Mi Auri, yo lo voy a vengar a usted, diosito lo va a dejar ver desde el cielo cómo su hermano les da mulé. No, por el callejón no, vendrán por donde uno no los espera. Han asustado al barrio, pero yo sé que alguno sale a defenderme con la balacera. Si estuvieran aquí Luquín y Tripas, sabrían cómo se defiende un zapatista, carajo. ¡Me mataron la madre y lo van a pagar! Si se me acercan les saco la vida a tiros. ¿Quiénes son ustedes? ¡Den la cara, huevones, que me salieron calandrias! Maldita la farolita de muerte que alumbra la calle. ¡Perros! No ladren, que van a matar a un hombre. ¿Por qué don Domingo no se aviene a parlamentar? ¡Iba a devolverle su mercancía en cuanto liquidase mi asuntito! ¿Cómo empezó él?, ¿eh? ¿Cómo hicieron todos, ya no se acuerdan? ¡Maricones, resentidos de mierda! ¿Por qué me buscan ahora a mí? No me darán metal así nomás, soy gallardo y buen tirador; tengo motivos para vengar la sangre: me mataron la vieja, guapones; ¿voy a ceder ese paso? No sería varón. Traigan a los pesados porque Joaquín Rodríguez no se entrega; acuérdense del Bulo Rodríguez y sepan cómo peleaba. Pos igualito salió el hijo. En la cama y en la calle antes muerto que rendido, ¡mi alma! Ponte en guardia que aquí llegan.

 

Demolición de las declaraciones de amor

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Demolición de las
declaraciones de amor

 

Cuando te asustas, el diablo te lleva, tú ya no está ahí donde pensabas. Cuando empieza a no distinguir entre el discurso amoroso y uno que sólo dice ironías. Aunque rebusques en el pasado palabras de nombres para las relaciones, madre, padre, hermana, amigos, novia. Porque el lenguaje poético no se distancia apenas de lo cursi. Siente que se abrió una puerta y te han sacado.

¿Acaso no le enseñaron en el colegio Geografía, el origen de la vida, fórmulas, órdenes para las predicaciones?; sin embargo para cuando doblan y caen amarillas las palabras, entonces sí que te desadvirtieron. ¿Qué te llevas ahora a la boca, eh?

Si no reunieras sesentaymuchos años no-cronológicos; recuerda cómo le brotaban impulsos cuando sólo eras más joven. Las trenzas, no lo sugerían todo? Sus destellos cobrizos, los óvalos, su talle de copa, el aroma aflorado, el desteñido agrio en las gotas vivas, la línea del horizonte de las cejas como un vuelo. A qué continuar. Esas manos que traían siempre...

 

Paseantes. Mayéutica

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Paseantes. Mayéutica

 

¿Te has fijado? / Por supuesto. ¿Y tú? / También / ¿Qué decía? / No sé / Estaba hablando / ¿Tú lo oíste? / Apenas / ¿Hablaba en español? / Es posible / ¿O en un dialecto? / No se entendía bien / Salía una voz / Una voz baja / Bastante baja / Eso me pareció / Tenía los ojos abiertos / Supongo / ¿Eran negros o marrones? / Diría que negros / ¿Y el niño? / ¿Había un niño? / Sí / ¿Estás seguro? / Casi seguro / ¿En brazos? / O en el regazo / ¿En brazos o en el regazo? / No sé / No es lo mismo / Más maternal en el regazo / Y menos cansado / Eso sí / La mujer estaba sola / Y sentada / ¿Sentada en el suelo? / Claro / Estaría borracha / No creo / ¿Por qué no? / ¿Con los ojos abiertos? / Los tendría cerrados / Los tendría semicerrados / O semiabiertos / Probablemente / ¿Y qué hay del niño? / Del niño ni idea / El niño dormía / ¿Dormía? / Estaría cansado / ¿De qué? / A saber / Los niños se cansan / ¿De qué? / De nada / De ver la calle / Pero la mujer no dormía / Estaba despierta / ¿Seguro? / Tenía los ojos abiertos / O desorbitados / Estaría ebria / O drogada / O muerta / ¡Eso no! / La habrían recogido / ¡Y con un niño en los brazos! / O en el regazo / Tirada en el suelo / En la calle / Y la gente mirando / ¡Qué apuro! / ¿Verdad? / Pero nadie la miraba / La gente se iba / Pasaba / Disimulando / No me parece / ¿La has visto tú? / ¿Cómo? / Con el niño / ¿Había un niño? / Hemos quedado en que sí / ¿O una niña? / Viene a ser la misma cosa / Supongamos que en los brazos / O en el regazo / Convengamos que era pequeño / Y que tenía los ojos negros / Quizá marrones / ¿Y la mirada? / Dijimos que dormía / Me olvidé de ese dato / Durmiendo con sus ojos negros / Con sus ojos muy negros / ¿Verdad que suelen tener los ojos de ese color? / Y no son nada feos, al contrario / Conforme / Además, ¿no sirven mejor con la luz fuerte? / Eso creo / Ellos no creen / ¿Qué sabrán del tema? / No conocen nada / Carecen de educación / No la reciben / Ni les importa / Así no se adaptarán nunca / Son otros parámetros / ¿Te parece? / Eso tengo entendido / ¡Pobrecillos! / No son tan pobres / Viven en el suelo / Por el momento / Son brutos y malos / Son sucios / Algunos vienen de lejos / O vienen de muy cerca / Demasiado cerca / ¿Tú los conoces? / Pero no saben de nada / Sin embargo hablan / Aprenden nuestro idioma / Y lo usan / Aunque también mienten / Y roban / Bien que mienten / Y que roban / De acuerdo / Son pícaros / ¡Son listos! / ¿Tú opinas que son listos? / No obstante acaban matando / Los matan / Acaban matando y los matan / Algunos se lo buscan / Algunos ya lo creo / ¿Tú consideras que se ha muerto? / No sabría decirlo / Yo, desde luego, no sabría pronunciarme / Así de pronto / Y ellos menos / Ellos creen en sus cosas / ¿Tienen supersticiones? / Lo más probable / Guardan su fe, no vayas a creer / Eso los ayuda / Siguen sus costumbres / No aprenden las nuestras / O se olvidan / ¿Olvidarán lo que no saben? / Excelente pregunta / Se les pasa todo / A veces también se ciegan / ¿Y entonces se hacen violentos? / No siempre / Algunos se quedan quietos / Otros incuban algo / ¿Qué incuban? / Parecen tranquilos / Lo hacen para engañar / De repente se vuelven ciegos / O asesinos / Se vuelven ciegos o asesinos / ¿Ella es ciega? / No he tenido esa impresión / El niño debe dormir / No cabe que sea ciego / ¿Será ciego el marido? / ¿Por qué va a serlo? / Resisten mucho / Incluso de niños / Mira a este / Quizá el padre haya muerto / Quizá fuera un criminal / O se trate de un pobre hombre / Quizá no sabe ni dónde se encuentran / Ni que tuvo un hijo / No podemos conjeturar nada / Puede que la haya abandonado / ¿A ella y al niño? / O que esté trabajando / O en la cárcel / O en ninguno de los dos sitios / O en los dos al mismo tiempo / ¿Es posible? / O expulsado / Es la ley / La cárcel es mala / Pero necesaria / En prisión se hacen más ciegos / Lógicamente / Y más brutos y asesinos y malos y cobardes y brutos y ciegos y asesinos y sucios y dejan de creer / Se desquician / Lógicamente / Y luego huelen muchísimo más / Con diferencia / ¿Así que era un asesino? / Lógicamente / O murió de otra cosa / Puede ser / Podría ser / No sabemos nada de él / No sabemos nada de ella / No sabemos el nombre del niño / No sabemos si el nombre del niño es el del padre / No sabemos si el padre será el padre / Eso / Ni por dónde anda / ¿Qué pensará ella? / ¿Dónde se habrá metido el padre? / No se lo ve / El caso es que no aparece / Andará lejos / O con otra / ¡Canalla! / O buscándose la vida / O trabajando por ahí / ¿Mientras ella espera? / Con un niño en brazos / ¿No dijiste que no sabías nada? / Apenas algún dato del periódico / ¿Traen los datos? / Y las cifras / Eso ya es algo / Los datos, las cifras, los informes, los indicios / ¿Algo más? / Imágenes, la foto ganadora de World Press, las firmas recogidas, pronósticos, declaraciones, valoraciones, intervenciones, algunos buenos textos / Es suficiente / Y aún la posición del gobierno / ¡Y de la oposición! / Discursos, comunicados de organismos para salir de la crisis / ¿Qué crisis? / Las últimas y próximas palabras recogidas por la prensa, de la prensa y para la prensa, por medio de la prensa y con la misma prensa / ¡Qué bien organizados! / Pero nunca hablan de eso / ¿Con esa lista tan larga? / Perdona, y además completa / ¿Casi nunca hablan de eso? / Pero, entonces, ¿de qué se trata? / Depende / El asunto es complejo / Muy complejo / ¿Y no crees que falta algo así como voluntad política? / Considerablemente complejo / Desde luego / No caigamos en el populismo / No contribuyamos a la confusión / A la ceremonia de la confusión / Pues claro / Nadie les prometió nada / ¿Alguien los llamó? / Vinieron porque quisieron / Haberlo pensado antes / No calculan y así pasa / Natural, pero ¿qué quieres? / No nos engañemos / ¿Tú crees que la situación es desesperada? / ¿Y tú crees que es verdaderamente una situación desesperada e inhumana? / Pero ¿tú crees que la propiedad debería tener alguna función social? / Pero ¿tú crees que somos tontos? / También es verdad / ¿Y acaso tú piensas que somos todos iguales? / ¿Perteneciendo a países, lenguas, costumbres, supersticiones, etcétera tan disímiles, procedentes de culturas desemejantes / Aun contrarias / de una diferente categoría moral, técnica y lógica? / Occidente es Occidente / Y el Norte está arriba / Vale; pero ¿a ti te gustaría estar en su pellejo? / Ahora no nos pongamos demagógicos / Es lo más fácil / Lo sabemos hacer todos / Y no va a resolver su problema / Ni el nuestro / Ciertamente / Ni nuestro interés / Nuestro legítimo interés / Nuestro legítimo interés / Nuestro legítimo interés / Me gustan los debates de altura / Y las tertulias / El dominio del lenguaje ayuda mucho / Coincido contigo / ¿Nos habrá oído el niño? / ¿Se habrá despertado? / No lo sé / ¿Ha chillado? / Ni idea / Puede que esté intranquilo / O molestando / Puede que tenga sed, aquí no hay ninguna fuente / Puede que tenga hambre / O que tenga hambre y sed / Tendrá frío / No hace frío / No hace frío, pero tendrá frío / ¿Te parece? / Ellos siempre tienen frío / No estoy tan seguro / A fin de cuentas, ¿verdad?, la madre cuida de él / Esa mujer lo acompaña / Pues no lo tranquiliza / No lo acuna como es debido / No le canta, ¿verdad? / No le canta como es debido / Llevamos aquí un rato, y no le ofrece nada ¿verdad? / ¡Es cierto! / Quizá prefiere que llore / Se diría que prefiere que llore / O que alguno les suelte dinero / Aunque sea unas moneditas / Mejor un billete / ¡Qué cómodo! / ¿Y no dicen que no les demos? / Se acostumbran / Por eso lo hace llorar / ¿Por el dinero? / Me parece probable / Claro / Yo creo que está llorando / ¿Tú lo oyes llorar? / ¿Y tú no? / ¿Lo oyes gritar? / ¿Pero tú no oyes el frío? / No te pongas así / ¿Y tú? / ¿Acaso lo oyes tú? / ¿Y tú qué oyes? / Lo mismo que tú / No me digas / El niño se está quejando / ¿Tú lo has oído? / ¿Y tú? / No se oye nada, la verdad / Ni se oye ni se ve mucho, disculpa si te corrijo / Ya se ha despertado el niño / Puede ser / Podría ser / Ven, acércame la prensa / Lee despacio /

 

El hombre de la apuesta

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El hombre de la apuesta

 

Un boxeador sonado con la sangre saliendo de su ceja, la nariz bloqueada, un solo ojo abierto, las costillas hundidas. Un boxeador que, no obstante, ¿el coraje?, ¿el alma?, ¿la necesidad?, se ha convencido de que va a ganar, de que ya le toca levantar el brazo. No porque lo diga, porque lo repita como un estribillo monótono, nana de púgil que suena a sonsonete, sino porque en la turbiedad de sus ojos brilla tan claro el pez del ansia que uno no puede dejar de creer que será cierto.

Pero su entrenador es un profesional: ve el combate como una dialéctica de pesos y medidas, y no permitirá que reciba semejante castigo.

Yo, escuchando a su novia, no podía apartar de la cabeza esa imagen.

–Si no fueras su mejor amigo, no habría acudido a ti.

Si no fueras su entrenador, no habría venido a suplicarte que lo impidas.

–Bueno, Elisa, bueno. Pero si él no me ha dicho nada.

Tampoco me contó que había empezado vuestra relación hasta seis o siete meses después. Tampoco tú, desde luego. Pero él y yo éramos amigos; lo éramos. Porque yo sé cómo soy: se me traiciona una vez y no se me engaña más, retiro mis fondos de ese banco en quiebra. Yo no perdono nunca. Y él, si lo sabe –y tengo que habérselo dejado saber–, no quiso creerlo.

 

El blanco de los ojos

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El blanco de los ojos

 

 

 

A Mª Ángeles y Ramiro,

mis padres

 

 

 

Para empezar, si es posible hacerlo de algún modo, hay que decir que este cuento tiene un final feliz, si es que existe un final, y si un final puede alguna vez ser feliz.

Se supone que la mayoría de los lectores de esta antología de relatos transculturales jamás ha viajado hasta aquí y, por consiguiente, no conoce estos cuerpos.

Como tampoco otras circunstancias cuya exposición, acaso necesaria para comprender cabalmente lo escrito, habré de seleccionar para atenerme al margen autorizado.

Antes de todo, quizá convenga una precisión acerca de esta manera de expresarnos, manera limitada a no reunir más de una o dos ideas cada vez ni a poder...

... A poder expresarlas más allá de un particular ritmo respiratorio, que provoca una cadencia a la que lamentaría no pudieran ustedes acostumbrarse, pues impediría el contacto.

Comienza el relato sin más preámbulos, indicando que la Ciudad Libre de Orión es el punto más concurrido del Sector 3 de la Vía Láctea; y goza de reconocida frialdad.

 

Las palabras del genio

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Las palabras del genio

 

 

Primera

 

– Arder el presente el pasado esta noche que todo se abrase – papeles ni uno fotos la correspondencia espantosa palabra periódicos apuntes los libros inútiles ¡ah! currículum memoria – A la mierda con todo – carnes de muerto desecho trampas – ¡Fuoooossss! Saben las llamas flores del alcohol os regalan otra esencia – miradlo – pútrida historia quién os echa en falta – erais nada a ello volvéis maldición – fuego fúndelo todo – ilumina ese cuarto mesa cortinas alfombra armario – calienta ¡Quema! Empieza no pide permiso corre lame salta llena desborda crece nadie puede detenerlo viene – cabrón embiste se topa con todo lo come mastica avanza hambre no acaba es dueño – absoluto – cuidado conmigo atrapa la puerta – la vida será nueva – salgo

– ¿Dónde se han metido ahora? – vecinos recogidos miedosos sus podridas casitas dónde estáis puertas cerradas no ven lo que hago – jua jua jarajuá – prefieren no saber – ¡Truncalancantrunctruncalantrun! Ascensor – ya me voy ya me voy creed se gana algo incrédulos – no le parece que este aparato cada día suena más el señor no lo quiera un día ocurre una desgracia ¡Jua ja ra jajuá! – para qué ese espejo aquí dentro para joder las visitas que nos veamos la cara amargados por la mañana – mira esta navaja ¡Crianckch! a tomar por culo ¡Crunnjckch! ¡Cacrjjjounnch! mejor así verdad más limpio con el fondillo por fuera me lo agradecen seguro

 

El cuerpo

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El cuerpo

 

 

 

Para Hipólito G. Navarro

 

 

 

Tendría que pensar en un corte de pelo, que continúa su callada labor innecesaria acumulándose a los lados, sobre las orejas, apenas alargando algunos hilos que no consienten cubrir la parte superior. La calavera, se dijo, el dorso sagrado de la calavera. Debería evitar ese crecimiento que le da un aire de inventor chiflado. Un cirujano loco, se dijo, capaz de pretender revivir un cuerpo y traerlo de nuevo junto a sí. Un hombre que osa recorrer seiscientos kilómetros, soporta a otros viajeros, el sol, la carestía de agua, para llegar a un lugar como este, tan distinto a la torre de Frankenstein o a un laboratorio, tan abarrotado ahora mismo de gente extraña, con un objetivo imposible; y donde, al final, resulta que le impresionan los tambores, el sonido de los metales, la multitud, que le impresionan tanto que no le han dejado salir.

Ha cerrado la ventana enseguida, que estaba abierta, ha echado la persiana, ha tenido que encender una bombilla para evitar la oscuridad, aunque no cejaban de filtrarse las huellas de la luz exterior; se ha sentado a una mesa casi de adorno; ha apartado las llaves, un folleto y algún papel salido de su bolsillo; y lo ha hecho todo de manera automática, sin darse tiempo siquiera de evaluar si lo había previsto así, si era plausible adentrarse en una habitación de hotel como un personaje en una naturaleza muerta.

 

Detalles

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9788483935477
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