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Quédate donde estás

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Este libro está constrido alrededor de la idea de equilibrio: entre el realismo y el cuento fantástico, entre la trama atractiva y la forma no olvidada, entre el humor y el dolor, entre lo acuático y lo oscuro, entre lo que los libros nos dicen y lo que quisiéramos nosotros que los libros nos dijeran. Un libro de engañosa apariencia libresca, de diálogo con la literatura, invocando a Salinger o Kafka, a Buñuel o Carver, más como formas de vida que como de escritura.
Todo fiado al intento de lograr que el lector flote sin excesivo esfuerzo y se quede donde estaba. Quedarse para no perder el pie y caer del lado equivocado, pero a la vez intentarlo todo, quizá para que mantenerse firme, si es posible, tenga más mérito.

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Quiero ser Salinger

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Quiero ser Salinger

 

Así, como lo oyen, escritor pero Salinger. Nacer en cualquier sitio, Almería por ejemplo, conservar de mi época como objetor un retrato que legar al futuro –lo reconozco: quedan mucho mejor esas fotos de servicio militar, rostros jóvenes y desafiantes, cabezas rapadas–. O sea, escritor pero Salinger, decía, ser capaz de escribir una obra maestra, pongamos por caso un título cualquiera, Amores impecables, ese u otro, pero obra maestra, cuidado, romper al primer intento el centro de la diana, y luego diluirme en un par de libros añadidos y retirarme no a una granja, en África o Connecticut, pero sí a un cortijo en la sierra de María, a lo lejos, que quede claro, lejos de urbanizaciones para ingleses ricos decoradas con campos de golf, vivir dentro de la espesura y acogido por un silencio invencible, o mejor, se me ocurre otro lugar, recluirme en una casa de peones camineros, a la sombra de la ventolera levantada por una central eólica cercana. Lugares así, que nadie conozca, y de vez en cuando bajar a Almería y pasear por el centro con mi gorra de béisbol y mis tenis Paredes, sucios y desgastados, y agredir a algún periodista avezado que quiera captar mi imagen. Gestos así, pero Salinger, es decir, insociable e inhumano, pero maestro; esparcir hijos secretos por este mundo trágico, fomentar un carácter indócil, recibir con insultos una biografía entrometida de alguno de esos hijos a los que no quiero ver ni en mis frecuentes pesadillas, se me ocurren mil cosas, amenazar con el crimen a quien me siga, recibir los cheques de mi editor a través de doce apóstoles interpuestos que no saben a quién sirven de correos. Escaramuzas, estrategias, existen infinitas formas de esconderse. Perpetuarme como una leyenda y dejarme barba de profeta y no reemplazar los dientes caídos. Disfrutar con las puestas de sol y reafirmarme en que el mundo, esté yo en él o no, no tiene solución. Reírme a carcajada limpia cuando a finales de año hablen en la radio de los favoritos para el premio Nobel y nunca me mencionen, como si fuese no un fantasma, sino un muerto. Estar aquí pero formar parte del sueño. Ya saben, ser escritor, pero Salinger. Y entonces, cuando yo decida, morirme.

 

Ropa de verano

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Ropa de verano

 

 

 

Para Andrés Neuman, que escuchó

la voz de la escritora difunta.

 

 

 

Abro las puertas del armario empotrado, y me parece que descorro el telón de un gran teatro.

El vestidor no solucionó, cariño, nuestros problemas de espacio. Nos prometimos tener toda la ropa ordenada y no poner cosas por medio, que la casa mostrara en todo momento una limpieza resplandeciente, el orden metódico que debe ser, y aquí me tienes, la cama sepultada por trajes abiertos y vestidos desabotonados que parecen delicados espantapájaros, y cajas y departamentos de plástico transparente llenos de ropa por todo el suelo. Estoy sentada en el escabel, plisando pensativa la tela de los bañadores de los niños.

Toda nuestra intimidad, amor, desplegada alrededor de mí, y me da la sensación de que está esperando, sin urgencia, a que yo tome una decisión.

Pienso en todas estas cosas.

Pienso en nuestra común obsesión por la organización, que nos unió en su tiempo más que ahora. El reconocimiento del enfermizo interés que los dos sentimos, amor, por los cubiertos bien clasificados en su cajón y los objetos apresados en sus lapiceros, estrechó el lazo del sentimiento. La confesión de aquella neurosis compartida duplicó nuestra confianza, reforzó nuestra ternura. Me excitó imaginar un mundo repartido contigo, amor, en el que nuestra casa fuese para los dos como un pulido tablero de ajedrez por el que todas sus piezas, auténtico marfil de elefante, podrían desplazarse con elegancia sin rayar jamás el suelo. Nuestro mundo se construiría a la medida del encuadre de una de esas imágenes que miro en las revistas durante horas: casas sin habitantes con libros enormes y pesados, abiertos sobre las mesas, y cortinas que parecen jamás descorridas, y jabón sin utilizar en el lavabo, casas que son fotografiadas con sumo cuidado por fotógrafos que se descalzan y contienen el aliento, para no perturbar aquella atmósfera.

 

Las dos hermanas

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Las dos hermanas

 

En su juventud –como en todas las juventudes, siempre ocurre así– Onetti conoció a su primer gran amor. Por lo menos a su primer amor. Venidas del otro lado del Río de la Plata, un día llegaron sus dos primas argentinas: María Amalia y María Julia. 1930. Entregado a ellas, a su cuidado, a ser el guía tutelar de su nueva residencia uruguaya, Onetti termina enamorándose, o mejor dicho, comienza a enamorarse de María Amalia. Comienza por enamorarse de María Amalia. Con ella viaja a Buenos Aires y allí tienen su primer y único hijo, Jorge Onetti. En 1934, Onetti comprende que su vocación matrimonial no es definitiva, que su trabajo es precario y sus escritos un fracaso, y pujando frente a la inevitable redundancia del tiempo, como uno de sus héroes absurdos y repetitivos de sí mismos, se casa de nuevo, ya en Montevideo, al otro lado, aquí y allí, con la otra prima, la hermana de la prima. Comienza por María Amalia y sigue por María Julia. Si con María Amalia escribió una extraviada primera versión de El pozo, con María Julia, la literatura tuvo algo más de suerte. Escribió El pozo definitivo, Tierra de nadie y Para esta noche, pero no sus obras más famosas, las que le dieron prestigio, nombre, fortuna y tiempo para consagrar a la literatura, y a nuevos amores. En 1945 se casa con una compañera de trabajo de la Agencia Reuters, Elizabeth María Pekelharing. Al poco dejará el periodismo para entregrarse a la literatura; al poco la cosas cambiaron, el tiempo se volvió más apacible, el viento comenzó a darle de cara a Onetti, y las hermanas desaparecieron, sepultadas en el pozo de la pequeña historia de la literatura, donde no existe la gloria ni la desgracia, ni siquiera el fracaso, sino a lo sumo el tibio recordatorio de la letra pequeña. ¿Que fue de sus vidas tras perder una tras otra a Onetti? ¿Se guardaron rencor, dejaron de hablarse, se consolaron en las largas tardes de Buenos Aires, al otro lado del río y del amor roto? ¿Volvió a recordarlas Onetti? Poco antes de morir, en Madrid en 1994, ¿llegó a ver sus caras en uno de esos duermevelas extraños que concede la enfermedad? ¿Pensó siquiera un momento en ellas? ¿Confundió sus dos nombres y sus dos historias?

 

Quédate donde estás

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Quédate donde estás

 

Tiene veintidós años y un mensaje en el contestador. Ha vuelto a casa y en la habitación la luz roja parpadeando en el teléfono es el único movimiento que existe. Viene de hablar con Julia, y ahora se ha quedado parado en medio del cuarto, esperando un cambio. El mensaje es el cambio. En su ausencia, una voz femenina desconocida ha estado hablando al silencio, al vacío magnético que ha quedado en la habitación mientras él estaba con Julia en el puerto, sin sospechar que ahora tendrá que levantar el auricular y escuchar el mensaje, escenificar el diálogo con esa voz femenina, y comprobar cuál es el cambio. Aunque Julio todavía no lo sabe, porque sigue parado a la entrada; no sabe que el mensaje contiene otro cambio. Sus padres están de viaje en Italia, la Roma eterna, no ha dejado de decir su madre las dos semanas últimas, pero él ha cerrado la puerta, como si todavía siguiesen en casa, para que no puedan molestarle, aunque no pueden molestarle. Actúa como si nada fuese a cambiar, como si el cambio no hubiese llegado ya. Para él es importante entender que todo ha de quedarse parado en la habitación, con él dentro: este momento que va a transcurrir no puede transcurrir, después nada será igual. Julio mira la estantería que tiene enfrente, los libros de cine, la cámara de súper 8 que su tío le regaló, la misma con la que él había rodado veintidós años antes un cortometraje: efímero sueño el mismo año en que tú naciste, el mío durará mucho, tío, dirigiré películas, historias de horror y acción que yo mismo habré escrito, y también comedias, yo también lo dije, dirigiré películas, cine de autor, y sólo pude con el corto. Dirigiré películas, tío, Julio plenamente seguro, en aquella estantería están las pruebas de su convencimiento, su enciclopedia de cine, sus libros sobre Billy Wilder y Hitchcock, y en la pared fotos enmarcadas de Spielberg y los hermanos Marx, y encima de su escritorio, con una bola de cristal pisándolo, el original de su primer guión y la claqueta que compró en El Rastro en el viaje del año anterior a Madrid. Cada semana escribía en ella con tiza el nombre de una de sus películas preferidas. Escribía El Padrino I, II o III o Psicosis, escribía Fargo o Tiburón. Y las fotos de Julia, una junto a otra, y las fotos con Julia, abrazados entre risas tontas, desviando la mirada del fotógrafo improvisado, algún amigo que seguía la broma, al que le sacaban la lengua en aquella otra, la foto de la nieve en que sonreían cegados por los reflejos blancos, las bocas abiertas y las manos invocando cómicamente al cielo, o la foto en Puerta del Sol, en contrapicado hacia el muñeco negro y rojo de Tío Pepe, aquel domingo en Madrid, antes de ir para El Rastro donde compró la claqueta y un paquete de tizas, y también hay una copia de la foto de Julia diplomada, Julia repintada con su banda verde cruzándole el pecho, verde feo, verde folclórico para una estudiante modelo, comiéndose la cámara con expresión satisfecha, los estudios acabados al fin, Julia tan seria, Julia completamente sana, y él piensa antes de moverse y descolgar el teléfono y que todo cambie, aunque todo ha cambiado para ellos, para él y para Julia, tendrá que acostumbrarse a decirlo así, dos sujetos dos predicados, piensa ¿qué hará con estas fotos?, las llevará consigo o las atará con un lazo verde para recordarlas siempre: aunque no las mire nunca más, cada vez que al abrir un cajón vea ese lazo verde, atado a las fotos que estarán vueltas para no encontrarse con las imágenes, dirá: esas son las fotos que conservo de Julia y de mí, de Julia conmigo, hace tiempo, cuando novios.

 

Jabón de Marsella

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Jabón de Marsella

 

El autobús del lunes a mediodía, y el azar en forma de acompañante de asiento, una mujer, camino de los cincuenta y de su casa, de vuelta del trabajo y al trabajo de vuelta en poco rato, proletaria de lo cotidiano, obrera de sí misma y envuelta, bañada en un penetrante olor a detergente con aroma a jabón de Marsella. No tarda mucho en seducirme ese efluvio a ropa esponjada, en conquistarme con la droga de su adictiva limpieza, en recorrerme con la mano alta de su fragancia imponiéndose a una jornada de once horas, y yo, mirando hacia el lado contrario, la ventanilla, por educación, imagino un lugar aireado donde las sábanas blancas y las toallas de rizo americano o algodón egipcio y la ropa íntima pero discreta de la mujer planean sobre un campo desierto, sujetas a un cordel y empujadas por corrientes de aire encontradas, un sitio imaginario donde las sábanas, al cambiar de dirección, crujen como velas tensadas de un barco antiguo, que nunca visitará Marsella, claro, un barco sin equipaje de jabones, más bien un barco de veinte centímetros por veinte que el abuelo raro e insociable fabricó con cerillas sobrantes, después de dejar el tabaco, y trajo a las niñas, a las hijas de la mujer, como extraño regalo veraniego. La supongo en cada uno de sus rituales imposibles de modificar: la comida de cada día siguiente preparada cada noche antes y guardada en herméticos tupperwares, la limpieza somera de la casa, un barrido y fregoteo rápido, el rato aburrido de tele aburrida antes de irse a la cama donde, según los días, disfruta de la compañía gimoteadora o ronca del marido, sin olvidar, claro, antes de ese momento cumbre, la esforzada conversación con sus hijas, la sonrisa sincera que parece falsa porque las mandíbulas se le encajan por el cansancio y, lo más importante, preparar la lavadora con la ropa sucia del día: desde la cama oye los traqueteos revolucionados de la máquina un poco vieja y huele el aroma que deja escapar de su interior, un olor espeso y blanco a detergente con jabón de Marsella, utilizado en cantidades industriales, y que, como le ocurrirá durante el resto del largo día siguiente, a la manera de un dulce narcótico sin necesidad de receta, le ayuda, simplemente, a dormir.

 

Vitruvio

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Vitruvio

 

 

1. En términos estrictamente científicos

 

a) Sin lugar a discusiones, los dos primeros brazos, los que hacen cuatro, son los más complicados, los más pesarosos de transportar. Su manejo precisa una reeducación de la mente y el acomodo del cuerpo a nuevas costumbres. También la primera operación es más dolorosa que las sucesivas. Cada uno de los remos natales, los de su padre y de su madre, acusa el novedoso implante y lucha por expulsar a los intrusos, aunque el rechazo sea médicamente imposible. Pero luego, al sexto u octavo brazo –las experiencias pueden ser diversas– el organismo toma lo ajeno por propio con tal naturalidad que nos alejamos de esa idea antropológica sobre una evolución milenaria del cuerpo humano desprendiéndose poquito a poco, desde los prehistóricos orígenes, de sus aletas natatorias y encorvados andares hasta conquistar los cánones de belleza fundados por la sabiduría griega, primero, y más recientemente, por multinacionales americanas.

 

Ácaros

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Ácaros

 

Pincharon el mapa de mi brazo con decenas de agujas impregnadas de venenosa esencia, una acupuntura sin arte ni estética, dos líneas que en unos minutos hablarían, dijo el médico, antes de dejarme solo en la habitación. Querido amigo, susurró al rato, con las gafas en la punta de la nariz, tiene una alergia de caballo. A los ácaros, mejor dicho, no confundir con el noble y limpio animal. Y me marché a casa, con mi crucifixión microscópica en el antebrazo derecho, y muchas incógnitas en la cabeza.

En un principio no sospeché las incalculables consecuencias que para un escritor tenía ese diagnóstico. Luego todo comenzó a estar más claro, desde el momento en que llevé al doctor una lista de los tres mil volúmenes que tapizaban las paredes de mi estudio. El médico me prohibió a Tolstoi, Dostoievski, mucho de Faulkner, Proust y todos los libros de historia. Ejércitos tiránicos de ácaros rodaban por sus interminables páginas, no había posibilidad de lucha, ni las vacunas los vencerían. Me deshice de ellos, y de los gruesos volúmenes enciclopédicos. Querido amigo, si usted escribe relatos cortos, para qué quiere historias largas. Contra el arácnido enemigo alérgeno no valen las medias tintas, insistía, y me obligó a empaquetar y enviar a casa de mis padres cada uno de mis libros de poesía: de la experiencia o de la creencia, romántica o severa, formalista, social, rimada o libre. Ni Rimbaud pasó la criba. Los ácaros, me explicó, se agarran con furia prensil a las palabras inflamadas o cálidamente evocadoras, incubando así el oportuno despertar primaveral. Poco a poco, salieron de casa cada uno de los libros que me protegían al escribir e insonorizaban mi cuarto contra los ruidos de la realidad, y aunque los síntomas disminuyeron de forma notable, a cambio tuve que entregar mis horas de lectura y escritura a una limpieza obsesiva y continua de los rincones de cada rodapié o esquina de la casa. Pasé unos tontos meses aburridos sin rinitis que inflamara mi cerebro. De mis libros sobrevivían, llenando dos lejas de una estantería, algunos volúmenes de relatos. Frente a la novela y la poesía, era en ese territorio de la palabra justa donde los ácaros peor lo pasaban. Sin embargo, una dramática mañana de abril amanecí con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, casi asmática. Pedí cita urgente al alergólogo, que se dignó a recibirme esa misma tarde y, con las gafas otra vez en equilibrio sobre la punta de la nariz, como en el trance de los pinchazos y el sacrificio, me lanzó una definitiva pregunta sin futuro:

 

El reino químico

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El reino químico

 

 

 

Devolvió la mirada a Rosie, y la vio de nuevo como el diminuto bebé de otros tiempos. Y, antes aún, como el feto que había comenzado a crecer a partir de una célula cualquiera. Y antes incluso de eso, como una división de sus propios cromosomas; como una reducción previa a la reproducción. Pero allí, en el reino de las bases químicas, la ironía no se contaba entre los intereses de la doble hélice entrelazada. La similitud y la diferencia entre Constance y Rosie representaban algo accidental frente a la tarea básica del ADN, consistente en asegurar su propia reproducción. Se trataba de un proceso desprovisto de humor.

 

Jenny Disky

 

 

 

Compatriotas: Estoy encantado de comunicaros que hoy he firmado una ley que proscribe a los rusos para siempre. El bombardeo empieza dentro de cinco minutos.

 

Ronald Reagan, probando micrófonos,

11 de agosto de 1984

 

 

 

Profesor Amine

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Profesor Amine

 

 

(basado en hechos reales)

 

 

Gran ilustre vidente mágico africano.

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Los niños hundidos

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Los niños hundidos

 

Oteando la inminencia del pegajoso levante, antes de salir de la habitación cubrió a María con la sábana azul, aunque dejó al aire su largo cuello y su boca entreabierta por una respiración al fin calmada. De pronto no era la María del gesto contraído y el vientre palpitante, con su ombligo retorciéndose como un desagüe carnoso que pudiera tragarse toda la vehemente sexualidad de él, sino la fotografía de una rendición, la constatación de un decaído descanso. El mar imitaba los ritmos de los amantes, y ahora espejeaba calmado tras la turbiedad del día anterior, a la espera de la llegada del viento cálido. Roberto miró desde el ventanal la aparición de los primeros bañistas, guerreros tempranos lanceando la arena con sus sombrillas cerradas, señores de un nuevo territorio. Corrió las cortinas; por el lado de cristal que había dejado abierto, el aire componía con la tela una misteriosa danza, pliegues y acordes sin melodía. La lamparilla más lejana de la cama, que había estado encendida toda la noche mientras sus labios se irritaban por tanto beso, seguía encendida. Así debía permanecer, como una llama custodia, encendida hasta que él volviera a la habitación en la que el cuerpo de María quedaba desnudo, tapado sólo por una sábana azul.

 

Vaivén

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Vaivén

 

 

Para todos los lectores del blog

 

 

Richard Ford era gran amigo de Carver, y compartían largas jornadas de caza. Así aprendió el viejo y astuto cuentista alcohólico a seguir la pista, a quedar al acecho, y conoció a la perfección, durante los numerosos fines de semana que compartieron, la geometría de la espalda del joven amigo escritor. Prefería que Ford abriera el camino, y seguir su buen olfato, para encontrar los animales sin demasiado esfuerzo. Carver se sentía cansado; la rodilla derecha comenzaba a fallarle, y procuraba que el otro no advirtiera sus gestos contrariados de dolor cuando atacaba las cuestas. Siempre supo que aquel tipo escuálido y ágil, al que habían echado de su trabajo como cronista deportivo, había escrito una novela maravillosa, El periodista deportivo, que le haría famoso. Tenía la seguridad de que llegaría lejos y le emocionaba pensar en que pudiera adoptar el papel de discípulo agradecido que preserva y difunde el legado de su maestro. Pero Rock Springs, el manuscrito que Richard Ford le había entregado unos días antes y cuya lectura apasionada le había obligado a leerlo cuanto antes, como si temiera morirse de un traicionero ataque al corazón antes de acabarlo, era una colección de cuentos. Cuando lo terminó, de madrugada, sintió necesidad de emborracharse. Emocionado pero también enrabietado, se bebió una botella de whisky. Estaba bien escribir novelas. Eso siempre estaba bien. Pero si Ford quería ser su amigo, su auténtico amigo, no debería meterse en su territorio, los cuentos, y mucho menos de esa manera altiva e insultante. Escribiendo una obra maestra. Por ello, Carver pasó el día de caza escrutando sus gestos y hablando muy poco, sin atreverse a reconocerle que ese libro era digno de él, su maestro. Al final de la tarde, cuando estaban a punto de darse por vencidos, apareció el gran ciervo que llevaban buscando desde el amanecer. Unos cazadores de la zona habían hablado con Richard Ford del animal, escurridizo y enérgico, por cuya cabeza se hacían apuestas cada vez más elevadas. Ford le hizo a Carver un gesto con la mano en alto, exigiéndole silencio, y el silencio se hizo. Disparó sin dudarlo, y se relajó, con la tranquilidad del que ha hecho su trabajo a la perfección. Carver no fue capaz de reaccionar. Ni siquiera consiguió moverse cuando Richard Ford subió la ligera pendiente y llegó hasta el ciervo derribado y acarició su frente caliente con las manos ríspidas de antiguo escritor de insulsas crónicas de béisbol, y desde allí arriba le llamó para que lo acompañara en la celebración del ejemplar cazado. Carver no habría sido capaz de disparar. Estaba paralizado. Una hora después, tras atar el animal a la furgoneta y antes de que Ford accionara la llave del contacto, Carver le dijo, con su voz rugosa y áspera como la ginebra, que había terminado de leer su libro. Ford le preguntó: «¿Qué te ha parecido?». Carver le confesó que era una maravilla. Muy bueno, casi tanto como Catedral. «No digas tonterías, Ray. Sabes perfectamente lo que pienso de Catedral. Nunca lo alcanzaré.» Carver insistió y le dijo que no se preocupase. Aún le quedaba mucho tiempo por delante y pensaba devolverle el golpe. El próximo libro de cuentos que escribiría sería su mejor obra y pondría el listón muy alto a Ford, para que le costase superarle una vez más. «¡Has empezado a escribir de nuevo, ¡qué bien!», se alegró Richard Ford. «No, no te emociones, en realidad aún no he hecho nada, pero empiezo a tener ideas.» «Cuéntame», lo animó, con la furgoneta bajando las primeras cuestas. Antes de que Carver supiera qué decirle, oyeron un fuerte ruido detrás. Carver se volvió. El brusco vaivén de la furgoneta había hecho que la cabeza del ciervo se soltara del nudo que la agarraba, con cuidado para no estropearla como trofeo, y la dobló hacia abajo, golpeando con el rápido movimiento el cristal de la parte de atrás de la cabina y dibujando una insólita postura de abandono, de paz, con la lengua colgando como un anfibio viscoso que habitase el interior del ciervo y hubiese muerto con él. En los ojos del animal había una expresión que Carver intentó definir: no era rabia, ni rebelión, ni por supuesto conciencia del final. Más bien recordaba al arrepentimiento que los niños muestran después de cometer una maldad, como si el animal fuese consciente de haber dado un paso en falso, de haber cometido un error fatal, después de tantas escaramuzas, de haber jugado al escondite durante varios años con las armas de los cazadores, y eso le hubiera conducido hasta aquella furgoneta que le transportaba con brusquedad sobre la grava y los socavones, hacia el pueblo, donde su cuerpo, troceado para carne y adorno, terminaría por desaparecer. Richard Ford insistió. «¿Qué idea te ronda la cabeza?» Carver miró por la ventanilla, y contempló la visión móvil del boscaje. Le respondió como si la idea fuese vieja, como si hubiese meditado mucho en ella. Le mintió por primera vez desde que se conocían. «He pensado mucho estos días en Chéjov, en su final. ¿Crees que el día que murió había flores en su habitación?»

 

Hacer feliz a Franz

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Hacer feliz a Franz

 

Comenzó como una apuesta absurda en mitad de la noche, y nadie pensó en su propósito o resultado. Franz le soltó la frase, sin meditarla apenas, a Jakob Brod, el hermano menor de su íntimo amigo Max Brod. De los dos, prefería a Jakob para irse de juerga y cervezas cada noche de viernes. Aquellos amaneceres intempestivos de Praga, con su capa de luces neblinosas cercanas a la ensoñación, les sorprendía siempre a ambos contándose historias y chistes, alentando una borrachera tenaz que duraría todo el sábado, refugiados en la espuma de alguna de las pocas tabernuchas del barrio judío que no se molestaban siquiera en cerrar de madrugada para adecentar las mesas o renovar las grasientas bombillas fundidas. Jakob Brod prefería los amaneceres de Praga enroscado en el cuerpo caliente de una prostituta, pero Franz enrojecía ante la simple idea de mantener una relación, por fugaz que fuese, en la que el romanticismo no tuviese un papel preponderante.

–¿Piensas realmente eso que acabas de decir, Franz?

 

Banda ancha

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Banda ancha

 

Primero te descargas todas las películas de Truffaut y Murnau, las que te faltaban de Hitchcock, la época mexicana de Buñuel, y la discografía completa de los Rolling y hasta los Beach Boys o Simon y Garfunkel, cosas del aburrimiento y el exceso de oferta, canciones de los sesenta y setenta, películas de asiáticos noqueándose a patadas, películas independientes, de esas que las cámaras en los cines de provincias no están preparadas para proyectar, y películas porno en versión original subtitulada. Pero pronto el disco duro se agota y tienes que llenar centenares de DVD para acoger tu imparable colección. Tanto tiempo ante la pantalla del ordenador hace que llegues a preocuparte incluso por eso que los periódicos y los padres llaman la realidad, el estado de las cosas. Y se escurren las horas cliqueando enlaces, de página en página, es como salvar un río saltando de tronco en tronco, como olvidar las penas de whisky en whisky, pero te das cuenta de que no puedes olvidar nada. Al contrario, cada vez te muestras más interesado e hiperactivo, y entras en páginas alternativas, y en otras siniestras, con fondos oscuros, adornados con imágenes gore. Quisieras verlo todo, acceder a todo, y la columna de favoritos se llena de mil enlaces. Sabes ahora cosas que antes desconocías y lo de menos es la seriedad de Bergman o las canciones del último disco de Nick Cave. Eso te queda muy lejano. Te sientes como el eremita de aquella genial película de Buñuel, Simón del desierto, mirando a lo lejos desde lo alto de la columna. La verdad está de tu parte, tus pasos son conscientes, no enciendes la luz de tu habitación ni de día ni de noche, el resplandor de la pantalla es más que suficiente, no respondes a las llamadas hasta que deja de haber llamadas, ya no eres capaz de hablar en primera persona, y si todavía te quedara un rastro de la lucidez con que te diste de alta en el servicio de internet de banda ancha, avisarías a cualquier autoridad responsable para suplicarle que te impidiera entrar en esa página con la que al final has dado: la que detalla todo, la que lo explica todo, la que, ahora sí, lo dice todo.

 

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