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La condición animal

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Es imposible que alguien se interne en los doce cuentos que forman La condición animal y no salga de ellos, al menos, sacudido, turbado y, por qué no advertirlo, también conmocionado por la intensidad de estas historias.
¿Qué es lo que nos hace diferentes como especie, en qué consiste la condición humana? ¿Sabernos frágiles, expuestos, mortales? ¿Cómo seríamos  si no temiésemos el mal ajeno? Eso parece preguntarse cada uno de los cuentos que Valeria Correa Fiz ha escrito con una prosa visceral, física y cargada de turbiedades, para conducirnos hasta nuestros propios miedos, nuestras inseguridades, nuestros temblores. El ángulo más oscuro del ser humano –la locura y la muerte, el amor y la enfermedad, la obsesión y la violencia y la ternura inevitables–. Un libro brutal. Un libro que duele, como duele siempre la buena literatura.
Pocas veces nos podemos encontrar con un debut tan deslumbrante como este primer libro de Valeria Correa Fiz, una apuesta rotunda, seria y apasionante, que rebosa calidad y, sobre todo, futuro.

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12 relatos

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Una casa en las afueras

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Una casa en las afueras

 

En febrero de 2001 encontramos exactamente lo que buscábamos: una casa de madera en las afueras de Miami con amplias ventanas junto a un canal que vertía sus aguas verdes en el Atlántico. Nos creímos afortunados. Era una casa a buen precio en un lugar apacible y lejos de la ciudad. No teníamos vecinos, excepto por los gatos. Tampoco insectos. La pintamos de amarillo, igual que el buzón de correos de lata que pusimos en la entrada, y reemplazamos todos los cristales de las ventanas: algunos estaban rotos; otros, simplemente rayados. Los sistemas eléctrico e hidráulico estaban impecables y también los pisos de madera; el trabajo de restauración fue en realidad muy poco. Yo misma pulí y barnicé los muebles de segunda mano que compramos, hice las cortinas y los visillos y bordé los almohadones. Allí vivimos unos siete meses hasta la muerte de Philip.

Mi Philip, todo sucedió tan rápido. Sin embargo, cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta. Todo regresa a mi memoria con espantosa pulcritud.

 

La vida interior de los probadores

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La vida interior de los probadores

 

1.– Descorriendo cortinados

 

Hasta hace unos días yo llevaba una vida simple.

Dormía por las mañanas, iba al bachillerato para mayores en la Escuela de Educación Especial N.º 23 «Don Juan Bosco» por las tardes y limpiaba el tercer piso, Moda Femenina, de Magazzini Generali por las noches. Lo hacía bien porque estoy atento al detalle, como dice el maestro de Ciencias. Me gustaba pasar la mopa y ver las luces reflejarse en los pisos. La luz no tiene puntas, ni esquinas.

Los fines de semana leía los cómics que me traía mi madre del centro: The Sandman, Maus, Sin City son algunos de mis favoritos. También cuidaba de mi gato, Binks; es rojizo. Los sábados mientras mi madre estaba en el bingo me tocaba frente a la computadora. Me gustan los vídeos de las japonesas con pulpos. Toda esa carne suave y viscosa. La baba, los esfínteres, los tentáculos.

Yo era lo que se dice un buen muchacho.

Hasta que un día algo se puso a aletear en mi cabeza. No era como lo que le da las convulsiones al tartamudo Rodríguez que obligan al celador a sujetarle la lengua afuera. Era más bien algo grande, de color gris dinosaurio: un pterodáctilo, igualito al del libro de Ciencias. Se me apareció dentro de la cabeza de la nada el día que me di cuenta de que era el único de mi clase que no había estado con una chica.

 

Las invasiones

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Las invasiones

 

Mafuyu tiene veinte años en la fotografía. Viste un kimono de seda lila y, aunque es joven, parece frágil y añosa. Como un ramillete de lavanda disecada, se dice Gladys. Se detiene unos instantes más con la fotografía en las manos y contempla el contraste de la piel pálida y los cabellos oscuros, su figura delgada y, sin querer, repara en su propio talle cada día más grueso. El tercer botón de la bata blanca amenaza con descoserse nuevamente: Gladys debe reforzarlo casi todas las semanas luego de plancharlo. Después se concentra en los detalles del jardín retratado. Conoce poco de la cultura japonesa –tan solo sabe de esmaltes, alicates y acetonas–, y lo que ve no le parece demasiado bello. Piedras, un pequeño flujo de agua, árboles sin hojas con musgos en sus troncos.

–El jardín… –duda unos instantes porque está buscando un modo de expresar que lo siente triste y sin vida– tiene un aire irreal.

La clienta explica que la fotografía fue tomada los primeros días de una primavera excepcionalmente fría, la última que sus abuelos, Mafuyu y Akiro, permanecieron en Japón. Señala las piedras mientras Gladys busca el algodón y el quitaesmalte e indica que son un elemento fundamental para la cultura oriental, así como las plantas con flores o las especies que muestran cambios de coloración.

 

Lo que queda en el aire

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Lo que queda en el aire

 

Los veranos de mi infancia transcurrieron en el campo, en la casona de mis abuelos.

Sé que imaginarán una vieja casa estilo Tudor con la fachada de enredadera, un piar amable de pájaros y el olor a pan recién horneado por la mañana. Y también: leche fresca, quizá una abuelita con agujas en un sillón de orejas y, al pie de la chimenea apagada, un labrador manso. Al salir por la puerta trasera, habrá un par de bicicletas tumbadas en la hierba cerca de la huerta. La savia, el olor a libertad del verano, sé que imaginarán todo eso pero les advierto: no lo hagan.

Imaginen, más bien, una casa ruinosa en la que los gorriones anidaban en los huecos de las persianas y ensuciaban los vidrios de excrementos. En su interior, los muebles eran de segunda mano y de los otros, de los que nadie querría: sillas desvencijadas o cojas, y un sofá que mostraba las vísceras de resortes y plumas. En las paredes, las acuarelas de perdices que pintaba la tía Ada incansablemente. Las cortinas de cretona tenían un polvo casi bíblico y era imposible saber cuál había sido su color original. El piar de los pájaros, eso sí imagínenlo, era la música de fondo. Pero no era, en ningún caso, amable. Al gallo, ni mi primo Tomás ni yo lo oímos nunca, pero los gorriones comenzaban a cantar alrededor de las seis de la mañana –los pichones exigían el desayuno– y el piar reverberaba por toda la casa. No exagero: ya dije que anidaban en los huecos de las persianas y que ensuciaban las ventanas de excrementos.

 

El mensajero

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El mensajero

 

He visto germinar su huevo en la sombra; lo he visto nacer.

Recuerdo la voluptuosidad con la que movía las alas cuando se le cubrieron de plumas.

Se me erizó la carne con su vuelo de alfil para salvarte de la caída en aquel pozo en el patio de damero a tus dos años. Sé que te ayudaba en los exámenes y con las chicas; que batía las alas de frío y que, con la mano izquierda, recogía el borde de la túnica sentado detrás de ti en la moto.

 

He compartido su llanto y su hambre las noches largas de la fiebre después del accidente. Hace meses que se ha metido dentro de tu almohada en el hospital y, como puede, te insufla esta vida marsupial de tubos, cables y agujas.

Esta noche me habla con esa voz callada de tubo fluorescente. Me suplica por ustedes, los inmóviles.

Es tiempo de dejar morir la esperanza, me advierte.

Dice que tome la almohada.

La almohada, repite.

Me ruega esos cinco minutos de abnegada piedad para que los regrese al cielo, donde la arquitectura es blanda y cambia cada día.

 

Aún a la intemperie

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Aún a la intemperie

 

Pero no voy a contar ninguna historia. Odio las historias. No voy a mover la lengua, la boca, los pelos blancos del bigote, los labios para nadie en las casas de piedra.

A mis pies, los pastos crecidos. Arriba, algunas nubes, dos quebrantahuesos.

Siempre a esta boca mía le gusta estar moviéndose. Boca sin sosiego ni dientes, le digo. No sirve para masticar: con las encías peladas recibe comida de mi mano y no se mueve. Espera a que el alimento se disuelva contra el paladar, en la saliva. No se mueve, no mastica nunca. Boca vieja.

 

Las nubes se cierran sobre mi cabeza por sobre las casas de piedra obstruyendo la tarde. Se desplazan juntas como los quebrantahuesos, igual que ahora mis labios que se mueven hacia el habla. Desde afuera se ve el movimiento: se separan, se humedecen un poco. Se prepara la lengua.

¿Qué va a decir la lengua? (esa no es la pregunta).

La lengua de la cabeza, la sin dientes que me susurra cosas entre las sienes, la lengua mental, esa nunca se detiene. Algunas veces, la lengua mental, la sin dientes, tuvo cuchillos. Porque cortaba con las palabras a los habitantes de las casas de piedra. A mi María cuando lo del niño, por ejemplo. O a mi María cuando lo del no niño. Siempre a mi María. Y al (no) niño.

 

Regreso a Villard

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Regreso a Villard

 

Fue hogar del hijo mayor de los Villard, Henry. Dicen que llegó desde Luisiana a principios del novecientos. Se subió con levita y sombrero al ferrocarril inglés en el puerto de Buenos Aires y se bajó en el Chaco en mangas de camisa y cubierto de polvo. Tardó tres años en construir la mansión de estilo francés que aún hoy lleva su apellido, cuatro en decorarla y menos de cinco en comprobar que tenía la sangre infectada con el mal de chagas. A nadie extrañó que estuviera enfermo. Nadie es feliz en estas tierras donde el calor, el viento norte y las lenguas de la gente vuelven loco a cualquiera. Henry Villard murió sin descendencia. El Estado remató sus plantaciones de algodón y colocó una gran cruz en la fachada de la mansión y un letrero: Casa Provincial de Reposo y Cura. Allí llegó Inés años más tarde de la mano de su madre. Tenía dieciséis, las uñas negras, el pelo cubierto de cenizas. Se enamoró de la fuente del jardín, de sus estatuas, de la arboleda de quebrachos y de sus gatos negros.

 

Perros

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Perros

 

Matías mira una vez más el viejo revólver de su padre. Lo va a hacer. Lo tiene que hacer él antes de que lo hagan los otros. Le debe al menos eso al perro y es lo que hubiera querido su hermano Francisco. Se lo había advertido mil veces al Fran, hacé rajar a este perro de acá, pero nada. Francisco era terco. Pibito de mierda, piensa Matías, y se limpia los mocos con el antebrazo. Que no lo vean llorar. Le falta solo eso. El Duque algo se huele porque escarba la tierra, hace un hueco y apoya la quijada. Ni la cola mueve.

Afuera se van juntando todos. Puede distinguir el vozarrón de Braian por encima de los gritos de los otros, pero no comprende lo que dicen. La lluvia golpea las chapas del techo. Por una de las esquinas está entrando un poco de agua. Desde que se les murió la madre, Matías solo se ha preocupado por comer –cuando puede– y dormir. No ha hecho nada por la casa. La intemperie y la mugre no perdonan, y ahora esto. Casi, casi que se daría con paco o pegamento para juntar coraje. Tendría que mendigarle un poco al Laucha Acevedo. Pero no lo hizo antes ni cuando lo de la madre ni anoche con lo de su hermano Francisco. No lo iba a hacer ahora.

 

Nostalgia de la morgue

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Nostalgia de la morgue

 

 

1

 

A lo largo de mi vida he ayudado a tanta gente que las caras se me amontonan en la memoria como en un mal sueño o una bruma de ayahuasca, pero siempre estará conmigo, inconfundible, la cara de Esteban en la morgue del Pío X.

Detesto los hospitales. Su arquitectura carcelaria y la tiranía de los médicos que por el bien del cuerpo te mutilan de a poco la voluntad y el alma. Agujas, horarios, antibióticos. A mí no me fue mal; a Esteban, en cambio, le amputaron las manos.

Así lo conocí, inválido a causa de una infección.

Sin cerrar los ojos, veo aún el trajín de las enfermeras que le atravesaban el cuerpo con atenciones y gasas mientras Esteban lloraba con ese aire de gánster de ballet que lo hacía irresistible. Al principio, se le soltaron un par de lágrimas lentas de los ojazos azules. Después, el llanto creció en progresión geométrica. Se derramaba sobre la cara imberbe, haciendo la pelusa aún más rubia. ¿A qué edad te hubiera salido la barba, Esteban, cuándo?

 

Deriva

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Deriva

 

Tito M. no sabe cuántas horas lleva sin dormir. La habitación huele a sexo jurásico y está la rubia. El vestido de pailletes, dos sillas tumbadas, cuatro bandejas de comida y veinticinco o treinta latas de cerveza en el cesto y regadas por el suelo. Un naufragio en un cuarto de hotel en el medio de la nada.

No hay un ruido.

La punta de un tacón bajo la cama. El cinturón sobre la mesa y en el perchero, incólume, su chaqueta negra. Quién sabe dónde estarán sus calzoncillos y pantalones.

Como sea, se dice Tito M., a trabajar. Recoge una silla del piso, la acerca a la mesa y se sienta desnudo a horcajadas. Siente un leve mareo, náuseas, le tiemblan un poco las manos. Hay que avanzar con el guion, a pesar de la resaca que a él le gusta llamar «mal de mar». Aparta el cinturón y acomoda sus papeles. Busca un bolígrafo. Tito M. es director frustrado, guionista ocasional y crítico de cine, porque te invitan a muchas fiestas. Ahora debe reescribir una escena para una película de dinosaurios, El inicio. La película le repugna desde el título. Le interesan los honorarios y el final: la extinción repentina de los dinosaurios bajo una lluvia de meteoros. El autor del guion original, un pobrecito Andrés Bal, trabajaba la idea del fin de los gigantes como una alegoría del hombre en la sociedad poscapitalista, pero ahora estaba él, bajo las órdenes del productor, para aniquilar a los dinosaurios, la alegoría y todo lo que le salga al camino.

 

Leviatán

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Leviatán

 

Era muy tarde cuando lo llamaron para advertirle de que se habían llevado también a Liza. Daniel no preguntó cuándo ni en dónde. No había tiempo que perder. Abandonó la pieza con la luz encendida y sus tres mosquitos. La canilla que goteaba. Dormitó solo diez minutos en un banco de la terminal y soñó con ella. El autobús para Esquel partió a las siete de la mañana del día siguiente. Desde allí lo ayudarían a escapar a Chile. Si todo salía bien, en menos de un mes estaría en Europa.

El país era ancho, el país era largo, el país era alto en la frontera con Chile. La abundancia de cielo, las nieves de los Andes, los ríos de deshielo hasta donde nadaban las truchas a contracorriente para desovar. Se lo había explicado Liza. Otra vez ella. Decía, a quien la quisiera escuchar, que el contrato con la revista Wild Waters la había llevado a través del continente americano por carreteras de tierra hasta la cama de Daniel. Su plan era permanecer una semana en Buenos Aires. Se quedó siete años. Había salido en moto desde Missouri para hacer una guía ictícola de América Latina, turismo para yanquis. Trajo poca ropa, dos cámaras y su guitarra. Fotografiaba con el pulso firme, cantaba con un leve temblor en las notas bajas, callaba en el orgasmo. La emoción contenida de quien cree que la vulgaridad diaria puede transformarse en portento. Había perdido el contrato con la Wild Waters pero había hecho negocio, decía, y restregaba la mejilla contra el kanji tatuado en el antebrazo de Daniel. El foquito miserable de la pieza le iluminaba la nuca y el enjambre de pecas en los hombros desnudos. Era muy blanca y su piel olía a yodo. Los mosquitos no la picaban. A veces, volaban por encima de la cabeza dibujando una corona imaginaria. El autobús ahora iba dejando atrás pueblos y ciudades, la pampa exagerada, un par de ríos, rebaños y fábricas. La tierra y sus fisuras que dejaban entrever las raíces de lo que quizá crecería. Se pueden trazar cartografías de los lugares pero el corazón de la gente, oh, that’s completely different, recordó Daniel. Los peces que la habían conducido a su lado se la habían llevado. El asombro ante la simetría permitía a Daniel alejarse del horror. Estaba muerto de miedo; los bandazos del autobús le ayudaban a disimular los temblores.

 

Criaturas

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Criaturas

 

Te encontraste con tu hijo entre las manos. Era un paquete liviano, unos novecientos gramos, quizá menos.

Sin saber qué hacer, como en esas transiciones inexplicables de los sueños, arrastraste los pies y tu desasosiego por el pasillo del hospital. El olor a desinfectante se te pegó a la lengua. Pensaste en la rutina que te esperaba antes de salir al parking: escafandra, traje, guantes, y después una tristeza como de oscuro fondo marino, de algas que se te enredaban en el cuello y apretaban la garganta.

Hacía meses que tu país se había poblado de ranas y otras criaturas con piel de anfibio.

El aire tenía gusto a lluvia, los alimentos sabían a moho y no había pan, ni pizza que crujieran. Las aerolíneas habían cancelado los vuelos. El cielo estaba quieto, como en una pintura. Había pasajeros que vivían en tránsito, en cuarentenas que se prorrogaban y se volvían a prorrogar indefinidamente. Tampoco funcionaban los trenes ni los autobuses de larga distancia.

 

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