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La vaga ambición

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La vaga ambición –título que mereció el V Premio Ribera del Duero– propone la escritura como un método de resistencia y, a la vez, como una festiva elegía; Antonio Ortuño despoja de languidez a la autoficción literaria y la hace hervir de tragedia, ironía y vitalidad.
El protagonista de estos cuentos entretejidos –un escritor cuarentón, Arturo Murray– lucha y sobrevive entre la catástrofe familiar del pasado y un presente grotesco, construido con malas reseñas, entrevistas vacías, presentaciones a medio llenar, una cuenta bancaria en números cada vez más rojos...
Sin embargo, a lo largo de los seis cuentos de este libro, como un Falstaff armado con sarcasmo y honda convicción dramática, Murray invoca en su defensa un ejército de memorias heroicas, una mordacidad punzante y una profunda conmoción ante la pérdida. Y, por encima de todo, la sombra de una madre que se desvanece y su convicción kamikaze de escribir, escribir siempre y a cualquier coste.
El jurado, del que formaron parte los escritores Sara Mesa,  Juan Bonilla y presidido por Almudena Grandes, valoró el gran dominio demostrado para desarrollar un tema común a todos los relatos, que es la naturaleza de la escritura, y  la capacidad humorística que no va en detrimento de la emoción, logrando la hazaña de divertir y conmover al lector.

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Un trago de aceite

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Un trago de aceite

 

Mi padre me llevó de la escuela un viernes. Se estacionó frente a la puerta principal, aguardó mirándose las uñas. Así, concentrado en sus cutículas, lo encontré al salir. Hizo una seña y subimos a su camioneta, una mole carguera con los costados recubiertos por la publicidad de la línea de jugo envasado que había distribuido hasta hacía un par de años.

–Vamos a Chapala –dijo al poner en marcha el motor. Quería premiarme: la semana anterior, había ganado el concurso de mi distrito escolar con un cuentito sobre un caballero y un dragón. Mi texto pasó al certamen del Estado. Si triunfaba también, llegaría al nacional. Los elegidos serían fotografiados junto al Presidente de la República. No llegué a ser uno de ellos, por supuesto: la idea era que los niños escribieran cositas sobre la milpa de sus abuelos y no sobre un dragón. Pero ese era el horizonte aquel día y mi padre iba a recompensar mi victoria, dijo, con un viaje al mayor lago del país, a una hora de carretera de la escuela.

 

El caballero de los espejos

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El caballero de los espejos

 

 

I

 

Lo primero que escribí en la vida fue el Quijote. Tenía diez años y en el tedio veraniego agoté las variantes de batallas campales con soldaditos plásticos, de partidos (con canica a modo de bola) entre astronautas y caballeros armados y de dominadas consecutivas, en el patio, con el balón de futbol. Estaba aburrido. Cualquiera en mi sitio habría terminado por intentarlo.

Mi madre escribía, de tanto en tanto, cosas para sí. Conservaba una máquina de escribir negra, con una cinta entintada que conseguí devolver a la necesaria forma tensa a partir del enredijo en que la encontré. La extraje del armario de los tiliches con la intención de recontar una historia de espartanos que se me había ocurrido (al verla en el cine: de la emulación nace la narrativa) y que olvidé por completo al momento de posar los dedos en sus teclas.

Mi imaginación era menos espumosa de lo que tendría que haber sido, me temo, la de un niño. Visualmente era nulo. Había visto pocas películas (una, El león de Esparta, abordaba la matanza de los trescientos hoplitas de las Termópilas y me provocó un ataque de nervios del que tardé un día en recobrarme) y la mayor parte de lo que me rebullía en la mente estaba tomado de cuentos ilustrados. Pero entendía que había un mundo mejor y tenía claro el juicio que había escuchado en boca de mi abuelo: el Quijote era el libro central del idioma. Su despacho estaba adornado por aguafuertes con escenas cervantinas (comprados, todos, en un bazar). En el mayor de ellos, don Quijote vencía en una justa a su némesis, el Caballero de los Espejos, a quien se veía rodar por los suelos (pero en otro, arrinconado por mi abuelo y casi invisible tras la cortina, el de los Espejos, transmutado en Caballero de la Luna, embestía y derrotaba a don Quijote en las playas de Barcelona). Había, además, un espadón de Toledo pendiente del muro, con unas letras grabadas que declaraban: «Dom Quixote». Si uno iba a aprender, había que hacerlo del mejor.

 

Quinta temporada

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Quinta temporada

 

 

1. Situación

 

Al unirme al equipo de escritura del serial Reinos desaparecidos el estado de mi economía era el siguiente:

* Ningún trabajo en curso o en vías de comenzar. Es decir, la pesadilla del ingreso cero.

* Hipoteca con dos meses de atraso y un interés compuesto que nos comía vivos. Nuestra casa había sido adquirida gracias a un empleo en el sector público que conservé por años solo para liquidar el enganche y al que renuncié antes de que el salario se fuera en psicoanalista, clases de yoga y antidepresivos.

* Servicios de la casa (agua, electricidad, red, gas) pagados con toda regularidad.

* Colegiaturas de las niñas al día. En eso éramos tajantes.

* Ahorros para seis meses si se eludía la hipoteca. Si nos poníamos al corriente, la cifra se limitaba a dos. El riesgo del impago era, desde luego, perder la casa.

* Cuentas bancarias personales reducidas a lo necesario para salir con los amigos una vez al mes.

 

Provocación repugnante

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Provocación repugnante

 

Está de pie al costado del teatro, junto a un ventanal oscurecido por capas sobrepuestas de hollín y escarcha. La nieve cae lánguida del cielo negro y disuadiría a otros, menos resignados, de permanecer allí. Los espectadores se alejan calle abajo, envueltos en abrigos de zorro o chinchilla. Una última pareja, chica y chico, asoma al quicio del pórtico. Han salido después que los demás: la chica avanza con lentitudes de enferma. Se les ve, pese a todo, animosos. Cruzan impresiones sobre la obra o, más probable aún, elucubran dónde cenar. Alcanzan a nuestro hombre pero es evidente que no piensan quedarse junto a él. Intercambian frases. Ella le coloca un beso minúsculo en la mejilla, punteada de pelitos mal rasurados. El tipo le estrecha la mano con fuerza excesiva, que no podemos saber si transmite cordialidad o significa «estate quieto, te estoy mirando». Nuestro hombre vuelve a quedarse solo cuando ellos desaparecen al doblar la esquina. Ya no tiene prisa. Sabe que ella se dejará llevar y no volverá a verla antes de mañana. Solo piensa en fumar.

 

El príncipe con mil enemigos

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El príncipe con mil enemigos

 

 

 

Todo el mundo será tu enemigo, Príncipe con Mil Enemigos, y cuando te atrapen, te matarán. Pero primero tienen que atraparte, excavador, escuchador, corredor, Príncipe de la veloz reacción. Sé astuto y llénate de trucos y tu pueblo nunca será destruido.

 

Richard Adams

 

 

 

–Maestro: no quiero alarmarlo pero tiene un alacrán caminándole por todo el omóplato.

Con esta frase, tan semejante a su ampulosa poesía erótica, el licenciado Ramón Moctezuma Vélez, director de educación del municipio de Río Bajo, interrumpió mi lectura en la Casa de la Cultura de San Uberto.

Reaccioné con gallardía. En vez de pegar de berridos, al estilo de mi amigo Esteban Gallego cuando lee en voz alta, me limité a dar una ligera sacudida, como si bailara la samba, para que el animal escurriera. Y lo hizo. Pero no sin antes, me temo, hacerme sentir el piquete de su aguijón.

 

La Batalla de Hastings

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La Batalla de Hastings

 

Los muertos iluminan la ruta de los vivos. Por eso leemos: para que se inflame una antorcha. Bajo su luz escribimos. Se los digo con la convicción de un tallerista literario de cuarenta años con problemas domésticos, un tipo que va para viejo (no todos los cuarentones lo demuestran pero es mi caso) enfrentado a un grupo de muchachos que parecen elenco de la consabida película sobre la victoria del equipo de los torpes. Por ahí les faltan, a los chicos del taller, una variedad de indispensabilidades: una mano, higiene personal, autoestima, minerales, electrolitos. No culpen a la escritura. En cierta medida a todos, cada mañana, nos falta una mano.

Aura, mi esposa, no responde mensajes desde una hora antes de que comenzara la sesión. Los que precedieron al silencio estilaban un odio hirsuto. Algo hice, algo, repito para evitarme la pena de reflexionar. Hay disgustos concretos y abstractos, disgustos ideológicos y disgustos porque volví borracho, de madrugada, y derribé un florero al arrojar la chamarra a la mesa.

 

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