Medium 9788483935040

Técnicas de iluminación

Vistas: 571
Valoraciones: (0)
¿Qué ocurrió realmente en la fiesta celebrada anoche? ¿Hubo alguna víctima? ¿Qué contiene la caja que nuestro jefe nos entrega en secreto, pidiéndonos que no la abramos, y dentro de la cual se detecta una agitación, un mínimo llanto? ¿Será un ser vivo o un mecanismo de relojería? ¿Quién es “esa otra persona que no nos interesa”, que suele aparecer en las relaciones de pareja casi siempre adosada al ser amado y de la que es imposible librarse? ¿De qué clase de apocalipsis huye esa familia que abandona la ciudad con lo puesto y termina vagando perdida por el bosque?
En todos estos relatos hay un reverso de sombra, un vértice de silencio, algo que no se nombra directamente pero que es una invitación al lector para que se sumerja y participe en la construcción del sentido. Para que intervenga en la extraña normalidad de estos diez sueños, y pueda encontrar un poco de claridad o un lapicero contra la desdicha. Páginas que resplandecen con luz propia. Técnicas de iluminación.

Precio: 5,99 €

Remezcla
Eliminar
 

10 relatos

Formato Precio Mezcla

Fotosíntesis

ePub

Fotosíntesis 
(Acompañando a Robert Walser)
 Uno camina y camina. Camina a la sombra. Camina al sol. No deja de caminar nunca, despacio o rápido dependiendo de los días. Da vueltas en círculo. Se empapa con la lluvia y se seca con la luz. ¿Por qué caminar tanto? No hay respuesta. No hay tiempo para analizarlo. Se trata de caminar, sin más. Y se camina. Adelante, siempre adelante. Por gusto, por hartazgo, por necesidad. A través de puentes y espesuras y concavidades y encrucijadas y lunes. Se atraviesan bosques, conventos. Se empujan masas de aire con las piernas. Se desplazan bolas de humo. Se cruzan ríos parecidos a locomotoras. Se tarda un mar o dos en llegar.Cuando por fin se alcanza un destino, nada más amanecer allí, sin tiempo para descansar ni refrescarse la nuca, se emprende el camino de regreso. No hay necesidad de asentarse. La tarjeta del buzón es la confirmación de un fracaso. Los problemas empiezan siempre con una dirección postal. El nido es la tumba del pájaro. Todas las llaves, todas, las acuña Belcebú. Cuando uno nace el mundo está a medio hacer y cuando uno lo abandone seguirá poco más o menos lo mismo. Nada funciona como es debido, pero es que nada tampoco ha llegado a fastidiarse de manera concluyente. Así hasta la extenuación o el infarto. Hasta la siguiente parada. No hay prisa. Uno pisa barro, pisa escombros, pisa flores mojadas, pisa libros. Sube y baja escaleras. Mastica oxígeno o piñones. Se peina con el canto de las manos. Estornuda para dentro. Olfatea carretillas cargadas de remolachas, torres de heno, cestas de huevos. Descorcha una botella de sidra, a la salud de los presentes. Se zambulle en ciertos cuerpos nocturnos que debajo del corsé huelen a resina y a leche recién ordeñada, respira músicas, las acaricia.

 

Merecía ser domingo

ePub

Merecía ser domingo

 

¿Sabe usted lo que es el silencio? Es uno mismo, demasiado.

Guimarães Rosa

 

En el silencio de la casa

 

En el silencio de la casa, en el silencio del mundo. Me han dejado a propósito aquí solo, se han ido todos. De excursión, creo. A la montaña, tal vez. O no, a la playa. Es domingo o merece ser domingo. La luz es de domingo y el azul del cielo es de domingo y el periódico está abierto en la página dominical, así que tanta insistencia empieza a ser sospechosa. Hasta donde alcanza la vista es domingo. Más tarde resolveré el jeroglífico. El fulgor de la nieve percute con fuerza en la terraza, sobre la mano verde de la enredadera, y arranca remolinos de los sillones de mimbre. El picoteo casi mudo de mi teclado, una música leve e inconstante, signos que aparecen y desaparecen, un muro de blancura en el horizonte que huye.

Domingo, nieve, domingo. De repente, de la nada, cae volando un jersey. Las mangas revolotean hasta posarse, supongo, en la acera. Ropa que cae del cielo. Una lluvia de calcetines pantalones camisas bufandas chaquetas bikinis pijamas. ¿A qué me recuerda esto? A ropa muerta. Desaparecida. A fantasmas textiles colgados de las perchas con sonrisa de poliéster. A aquel jersey de lana que tuve a los quince años, antes de alistarme en el ejército. Jersey azul, de cuello alto, fragante. Era el Jersey Perfecto. En el primer lavado encogió tanto que ya no hubo forma de volver a ponérselo. Se redujo a una cosa ridícula, un jersey para caniches. Al verlo entraban ganas de ladrar. Hubo que tirarlo. También –no sé por qué– pienso en Brni, en Renata, en el viejo tendedero que sonaba, en los días de mucho viento, como una gigantesca arpa eólica, pienso en…

 

Ciudad dormitorio

ePub

Ciudad dormitorio

 

El mundo entero no es más que un ruido caliente

como la boca de un tigre.

Djuna Barnes

 

Durante un tiempo viví lejos, muy lejos, más allá del extrarradio. Llegar a mi bloque me obligaba a sincronizar los horarios de dos autobuses, un metro y un tren de cercanías. Por la noche aquel trayecto de dos horas sin luz suponía un gran sacrificio para una chica sola, era incómodo, hacía sufrir y daba miedo. Ni siquiera los revisores de nervios más curtidos se atrevían a picar los billetes de los pocos pasajeros que quedábamos, no fueran a salir al día siguiente en la crónica de sucesos del telediario con la cara pixelada.

La línea férrea estaba mal, padecía apagones, cortes, averías constantes, huelgas, retrasos y cancelaciones. El tren frenaba en medio de un descampado y se quedaba allí parado en dique seco sin explicación durante muchos minutos, a veces media hora, a veces menos. Sobre los raíles descendía la ducha eléctrica de los focos. Se deslizaban siluetas. Subían y bajaban sombras. A la luz vacilante del vagón casi vacío, dos o tres autómatas dormitaban su resaca del lunes disputando a gritos en sueños, entre ronquidos y patadas al aire. Alguien carraspeaba con una tos arcillosa.

 

La calidad del aire

ePub

La calidad del aire Lo siguiente que sé es que salgo de la fiesta el lunes por la mañana. Salgo, me echan, no estoy seguro. Pasó aquello. La música se interrumpió con un graznido. Estoy fuera, con los nudillos rojos. Nada que hacer en la calle. En aquella calle. Me quedo así, un minuto y medio, dos, deslumbrado por el sol, el corazón en las piernas. Mis zapatos. Alzo la cara hacia el cielo o hacia el odio. Me echan. Quiero perderme.Perderse no es tan fácil. Requiere superar grandes obstáculos, huir de los lugares comunes, de los hábitos que nos cercan, esquivar escrupulosamente las caras conocidas de amistades y familiares para las que significamos algo y tenemos un pasado que nos narra. Sobre todo eso, las caras. Nada que recuerde la carcoma de la costumbre, asomando su gran cuerno de rinoceronte. Elegir, entre dos calles, la peor, la más húmeda, la que tiene el suelo borracho y un aire de cremallera abierta. Calles con cara de cremallera, eso puede ser la solución. Perderse es una disciplina para la que se necesita valor y algo de entrenamiento.

 

Los horarios cambiados

ePub

Los horarios cambiados 
a Andrés Neuman
 
I. Título de transporte
 A tal carácter, tal maleta. Yo llenaba la mía de forma accidentada, poco científica, aleatoria, guiado por el único afán de terminar cuanto antes, pues nunca me ha gustado hacer maletas ni deshacer maletas ni pensar en las maletas. Para Tricia, en cambio, hacer la maleta suponía un gran esfuerzo mental, exigía un alto nivel de concentración y vigilancia, por lo que dedicaba muchas horas, incluso días enteros, a planificar de manera concienzuda su equipaje sin olvidarse de nada: ropa perfectamente planchada, zapatos con su bola de papel dentro para evitar que se deformasen, medicinas clasificadas por tamaños, maquillaje en su correspondiente departamento, cremas y lociones (que trasvasaba de sus envases originales a otros más pequeños, comprados para la ocasión, que eran iguales a los que tenía en casa pero jibarizados) y hasta comida: alimentos dietéticos, difíciles de conseguir en según qué sitios.

 

Volver a Oz

ePub

Volver a Oz Se llamaba Dorothy. Tenía zapatos rojos de lamé y un gran lazo en el pelo, que no se quitaba ni para ir al dentista. Le atraían los hombres mayores, de orografía complicada: forasteros con serrín en la cabeza, leñadores oxidados, felinos de aspecto aterrador que después rompían a llorar histéricamente y juraban por lo más sagrado que nunca, nunca, nunca volverían a ponerle la zarpa encima a una niña, que aquella había sido la excepción. Había crecido en K. y K. no existía; era el horizonte calcinado entre la nada y la nada, una cicatriz en los ojos. Imágenes sucias de pozos petrolíferos y siluetas cabizbajas. La casa flotaba en el limbo, abierta a los tornados; una trampilla en el suelo de corcho conducía a la madriguera de los conejos: un foso de vida palpitante.Uncle Henry devoraba tabaco de mascar, mientras repasaba la Biblia, y lo escupía en el techo cada tres minutos con exacta puntería; tocaba el arpa de boca y domaba mecedoras. Destilaba aguardiente casero en la palangana de bañarse y, si estaba muy bebido, las zurraba sin ganas con su guante de béisbol hasta que se le entumecía el brazo. A veces subía al tejado y disparaba con su rifle a los aviones. Se quedaba dormido en cualquier sitio, ahí tirado, las gafas se le escapaban de la nariz y le reptaban por la cintura, impulsándose con sus patas de saltamontes metálico.

 

Alrededor de la boda

ePub

Alrededor de la boda

 

a Isa y Germán

 

Que iba a casarse, nos dijo.

Y luego se echó a reír.

Que ella había decidido dejar la universidad y abandonar los estudios en mitad de la carrera para casarse, menuda sorpresa, eh, nos dijo Sofía sin tomar aliento para respirar, no nos lo preguntó, y que estaba enamorada de un vecino con gafas de ajedrecista a quien enviaban a trabajar fuera, con una beca extranjera de investigación, y que antes de separarse ella prefería casarse con él, con el vecino, marcharse a vivir juntos, lejos, a Melbourne o por ahí, y dejar plantados los libros y mandarlo todo al cuerno, a paseo.

Eso dijo Sofía. Y a nosotros tres nos extrañó que nos contase aquello por las buenas, Sofía, si apenas la conocíamos de vista ni teníamos confianza, nos cruzábamos con ella de vez en cuando en el ascensor o por los pasillos de la facultad de Pedagogía, hola y adiós, siempre nerviosa, agitada, cargada de apuntes, soplándose el flequillo de la frente, que volvía a caer de nuevo vencido por su propio peso, tapándole los ojos. Ay, aquel flequillo rebelde. Habíamos desarrollado la capacidad intuitiva de casi no verla cuando el azar nos deparaba la coincidencia de un encuentro social en una mesa compartida del comedor estudiantil o un rato de lectura en el laboratorio de idiomas.

 

Manchas solares

ePub

Manchas solares

 

De modo que un día vuelves a casa, se supone que a tu hogar de casado (¡ja!), ¿y sabes qué te encuentras? Nada. Las habitaciones vacías. Los balcones abiertos. Al principio pensé que habían entrado ladrones. Todo patas arriba, los cajones cribados, habrá que llamar a la policía, cambiar el bombín de la cerradura, dar parte a la compañía aseguradora, menudo embrollo. La ese de una media transparente serpenteando por la tarima del pasillo. Las paredes, sin las sombras de los relojes de carillón, dan repelús. La manga de una camisa pillada a la altura del codo por la puerta corredera del armario, qué dolor. Te das la vuelta y allí está: la carta, cómo no, la consabida carta, dentro de un sobre grande, color lila pálido, con tu nombre escrito en él. La caligrafía femenina, tan familiar, unas letras orondas atravesadas por la visera urgente de los trazos horizontales, algunas palabras tachadas con ansiedad, vocales y consonantes, demasiados nervios, una alambrada de pinchos en la que se enredan los ojos. Aunque la leas por encima una sola vez, una sola, con eso basta, ya no se te olvidará nunca. Las frases se te graban en las gafas. «Querido, cuando leas esta carta yo ya…».

 

El cielo en casa

ePub

El cielo en casa

 

Cuando conmigo estás

en mi casa ya no hay paredes

hay árboles

árboles eternos

 

No hay mucho más que contar. Una verja entornada, algunos macizos de hortensias, unas cuantas sillas, dispersas por los senderos, de hierro. O eso creo. Aquí estoy bien. No me falta de nada. Recibo un trato educado y todas las atenciones son pocas. Las monjas me cuidan, son solícitas conmigo y ejercen alrededor de mí una vigilancia discreta. La versión oficial es que me encuentro ingresada siguiendo una cura de reposo, para reponerme de una crisis nerviosa. No sé. Los médicos me han dado permiso para salir cuando me apetezca, pero les he respondido que no, gracias. Qué barbaridad. Aún no estoy preparada para enfrentarme yo sola al mundo exterior. ¡El mundo exterior! Ese lugar con aristas afiladas, violadores en las esquinas y miradas de escarnio que se precipitan encima de una desde arriba y arden de un modo rápido y seco, como un golpe de calor.

 

Nautilus

ePub

Nautilus

 

Siempre le había parecido muy peligroso, terriblemente

peligroso, vivir, aunque fuese solo un día.

Virginia Woolf

 

Se encontraba participando en un congreso de científicos en las afueras de Estocolmo cuando una llamada arrancó a Almeyda del primer sueño para comunicarle que su hijo había muerto en Madrid.

Muerto. Su hijo.

«Lo siento mucho, no ha sido culpa de nadie; estas cosas pasan», dijo la voz del desconocido.

«Sí, sí», respondió Almeyda, con impaciencia de sordomudo, sin asimilar del todo la noticia, medio dormido aún, y luego su mano colgó el auricular con lentitud obcecada, se puso a juguetear por su cuenta con el cable del teléfono. No acertó a la primera. Ni a la segunda. Una mitad de su mente rechazó la llamada y se empeñaba en fingir normalidad, mientras la otra, definitivamente devastada, se entregaba a una orgía de ensoñaciones, coleccionaba fechas, programación de canales de televisión por cable, se acordaba de coincidencias idiotas, de números de matrícula, del bombo de la lotería, de un videoclip con la canción del verano en el que aparecían tres chicas en bikini tocando el ukelele ataviadas con guirnaldas hawaianas y sujetadores de cocos.

 

Detalles

Libro impreso
Libro electrónico
Relato

Formato
ePub
Encriptado
No
SKU
MFPE000000946
ISBN
9788483935040
Tamaño del archivo
800 KB
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
Formato
ePub
Encriptado
No
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
SKU
En metadatos
ISBN
En metadatos
Tamaño del archivo
En metadatos