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Alumbramiento

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En la habitación de un sanatorio, rodeado por el médico, las enfermeras y su esposa, un hombre intenta dar a luz y concebir a otro hombre. Con este insólito y estremecedor inicio arranca Alumbramiento.
Su primera parte se compone de relatos que, a través de diferentes formas y estrategias narrativas, escenifican y cuestionan los roles masculinos tradicionales: el marido, el padre, el justiciero, el héroe, el luchador, el aventurero. La segunda reúne una serie de microcuentos donde el vértigo, la concentración, la intensidad y la sugerencia adoptan además otro modo de alumbramiento. En la tercera parte, el autor homenajea a algunos de sus narradores predilectos y explora humorística, irónicamente diversos aspectos del mundo literario como la edición, la traducción o las complejas relaciones lector-autor. El volumen se cierra con dos breves dodecálogos acerca del cuento: Neuman prosigue así con la reflexión teórica en torno al género que viene desarrollando en sus libros. En fin, un libro de cuentos total, rico en propuestas entrelazadas e iluminadas por la calidad de su autor.
Del autor se ha escrito: 
«Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos. La literatura del siglo XXI les pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre» (Roberto Bolaño, Entre paréntesis); «Dotado de la tradición argentina y española, y condenado a elaborar una obra única» (V. L. Mora, Diario de Córdoba); «La originalidad de concepción, así como la sutileza y el refinamiento, distinguen los textos de este joven y ya maduro escritor» (M. R. Lojo, La Nación); «Una prosa exquisita que se combina con la sensibilidad de un autor que gusta de sacudir las certezas y los encasillamientos» (S. Rosano, Clarín); «Uno de los mejores cuentistas de su generación» (S. Friera, Página/12).

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Alumbramiento

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Alumbramiento

 

Las matronas se quejan del ingreso de hombres en la planta de Obstetricia. La dirección del Hospital Clínico reconoce lo sucedido como «hecho aislado».

Diario Ideal de Granada, 4–II–2003

 

Y era cierto que la luz entraba deshecha, cálida por los ventanales, o seamos sinceros, digamos ventanucos, y había algo más urgente que la belleza, una nueva belleza, en esa fuerza simple con que la luz colmaba la habitación del sanatorio, en cómo nos gratificaba, bienvenidos, anunciaba, toda esta claridad es porque sí, y había una violenta dulzura en aquella otra manera de sentirme hombre, yo gritaba, mi mujer me apretaba las muñecas, me iba orientando igual que a una bicicleta y yo corría, notaba que pedirle ayuda era posible, por qué no compartir también este dolor, pensaba, y aquellas enfermeras de pechos temblorosos, la cara blanca y seria del doctor Riquelme, las sábanas ásperas de tiempo, la almohada perfumada varias veces e impregnada de sudor, mi mujer hablándome al oído, todos me ayudaban a ser fuerte pidiéndoles auxilio porque un túnel corría dentro de mí, una prisa milagrosa me arrancaba la respiración para entregarme otra, dos respiraciones, así, mi amor, así, suelta despacio el aire, me llamaban los labios contraídos de mi mujer, así, así, gritaba aquella noche en la oscuridad mojada de ese hotel de no sé dónde que nos salvó de pronto, hemos recuperado la inocencia, me susurró ella después, unidos por los hombros como dos siameses, así, invádeme, gritaba, y yo ya no sabía quién estaba dentro de quién, es difícil amar para los hombres, es un riesgo ser el primero en conmoverse, en lanzarse al vacío sin saber cuál será la respuesta o hacia dónde irá la bicicleta, ser amado es distinto, nos contemplan, tan cómodo y helado, en tercera persona, ella me ama, y una tercera persona era precisamente lo que desde aquella noche iba a gestarse como una telaraña microscópica, así, vamos, invádeme, y yo pude decir al fin, por una vez en esta puta vida, que la quería sin contemplaciones y daba igual el resto, incluso la respuesta, y tan extraño darse, tómame, le dije, y ella me dio el espejo de su vientre y el ancla de su lengua y sus muslos izados pero no, había sido yo quien pronunciaba tómame, dejándome mezclar también por el remo de la noche, hemos recuperado la inocencia, me decía, con su hombro hundido en mi hombro, y era cierto que la luz entraba tímida, deshecha por debajo de la puerta como un intruso leve y un poco anaranjado, tal vez amanecía, y entonces resultó que era la hora, me vistieron despacio, me observaban en silencio, las enfermeras se ceñían unos guantes de goma como para oficiar un sacrificio, es la hora, señor, nos anunció una de las enfermeras, y la palabra hora se le colgó juguetona de un pezón por el canal inesperado de su bata, y aquel pezón era una o, la aureola de la hora de la vida, hemos recuperado la inocencia, había dicho, y su gesto de placer consagrado era el gesto de una mujer posterior, como si ya supiera, y me abrazó despacio como nunca antes nadie, soy tan feliz, le dije, y sentí un poco de vergüenza, y luego me sentí feliz de esa vergüenza, de aquel escalofrío hasta la punta de los pies, y me besaba, me besaba los pies y era yo muy pequeño y aprendía a caminar, como cuando ella intentó enseñarme a bailar y no quise, te mueves como un pato, me decía riéndose, vamos, ven a bailar, moverse así es ridículo, le contesté, o no le contesté pero me lo dije a mí mismo y la dejé sola con el baile, así beben los hombres que no van en bicicleta, mírame, aferrado a la barra con mi cara de examen y el corazón desparramado, señor, ya es la hora, y en ese momento pensé que lo que más deseaba era enseñarle a mi hijo a caminar, no tengas miedo, le diría, esta es nuestra música y este es tu cuerpo, muévelo, tendrás que explicarle a tu madre que bailarás conmigo porque no va a creerte, vamos, mi vida, muévete, haz más fuerza, al principio todo había ido tan lento, la telaraña se gestaba minuciosa y parecía alimentarse de mí a cambio de la alegría de todas las promesas, todo tan lento entonces y ahora de pronto vamos, empuja fuerte, amor, empuja, me decía también aquella noche de oscuridad tangible en el hotel de no sé dónde que nos salvó de pronto, y yo encontré un canal que le ascendía por el vientre y nos colmaba de una luz blanca y espesa, ella gritaba mi nombre, gritábamos los dos, ¿qué nombre le pondrán?, quiso distraernos el doctor Riquelme al ver cómo sufríamos o cómo me asustaba, no lo hemos pensado, respondió mi mujer, ni siquiera estábamos seguros de si iba a ser un niño o una niña, añadió, aunque antes ella había sabido sin dudarlo qué nombre pronunciar al final del túnel que se abría ante nosotros esa noche, dijo el mío, como si me bautizase, como si hasta aquel momento yo me hubiese llamado de prestado, como si no me hubiera merecido un nombre hasta que esa mujer lo pronunció de otra manera, hemos recuperado la inocencia, dijo encendiendo el cigarrillo que encendía también la noche blanda y mi corazón a oscuras, pero no por el placer, que por supuesto redime, no ya por el placer sino por la verdad, ese canal, lo supe, había tocado fondo y se había doblado para regresar entero, rebosante de dos, pleno de luz, hasta mi propio vientre, hasta el pecho asombrado, alguien me había dado aire, no era el mío de siempre, era un aire compartido, una respiración dentro de otra, vamos, mi vida, empuja que ya viene, y respiraban alto también las enfermeras sosteniéndome los muslos, y se agitaba la nariz pigmentada del doctor Riquelme, una nariz, seamos sinceros, fea, adelante, señor, levante la cabeza y le será más fácil, dijo, y mi abdomen con surcos, germinado, y un rastrillo de sol arañándome la piel ahí muy al centro, igual que me arañaban sus uñas sin pintar, hasta el fondo, amor, me gritó aquella noche y me gritaba ahora en la habitación despintada, perfumada con ese disimulo un poco culpable de los hospitales, falta poco, señor, clavándome las uñas, y nuestras voces se unían, y uno entendía que la vida es más o menos un amor en equipo, que no existe por sí sola, qué es la vida si no hay dos voluntades enredadas y un dolor compartido, me desgarraba, la luz me desgarraba y también aquella noche las sábanas se abrían y era otro el perfume, menos disimulado, orgulloso, sin culpas, estos somos nosotros y estos son nuestros olores, ¿cómo será el olor de mi hijo?, ¿olerá sobre todo a la crema aturdida y pegajosa con que la primera vida nos entrega?, ¿resbalará contento o más bien desconcertado por el tobogán del tiempo?, ¿me aceptará?, ¿seré digno de su comienzo?, ¿y qué hacer con estas mezquindades y toda la crueldad que uno arrastra cuando un hijo nos nace, cuando un hijo nos hace, qué hacer para sentir que pese a todo nos merecemos otro principio?, pero eso también, la crueldad, las mezquindades, tendremos que ofrecérselas, son nuestras, serán suyas, hemos recuperado la inocencia, dijo ella ofreciéndome el cigarrillo a medio consumir para que yo también participara de ese humo secreto que iba tomando forma en nuestros vientres, al principio en el suyo, colmado por mi ingreso, y después ya en el mío, abriéndome canales, así es como serás, hijo, escucha, limpio como esta luz y sucio como estos ventanales, digamos ventanucos, y me darás salud y aprenderemos juntos a hablar en este idioma que no alcanza, menos que nunca alcanza ahora para decirte ven, bailemos, ponte en pie y camíname, vamos en bicicleta, aquí tienes el mundo, hijo, limpio y mezquino, fragante y pútrido, sincero y engañoso, dámelo a cambio nuevo, vamos, corre, vamos, rápido, chillaba mi mujer como si hasta aquel momento hubiéramos vivido mudos, repitiendo mi nombre como un descubrimiento, vamos, rápido, amor, un poco más, respira, abre bien las piernas, no te asustes, un poco más, señor, insistía la enfermera, y el esfuerzo de dar empezaba a quebrarme, a pedirme tanto que admito que dudé, que creí no poder, que me vencían, y todos los caminos apuntaron a ese instante, los recuerdos deshechos, las palabras no dichas, las coincidencias, las armas empuñadas, los lugares, las mentiras, unas pocas franquezas, todos los ángulos del tiempo convergieron en el pequeño eje de mi barriga tensa, raramente redonda, y después descendieron a mi miembro enrojecido que vibraba apuntado hacia el techo de la habitación del sanatorio como había apuntado al ventilador antiguo de aquel hotel de no sé dónde en el que nos reencontramos, yo entrando en ella, ella entrando en mí, ya viene, amor, no pares, y era mi cuerpo entero y un globo de luz oprimida los que iban a estallar, un abismo dual que deseaba cruzar cuanto antes y a la vez quedarme contemplando durante la caída, contemplando el río blanco y espeso que corría por debajo, debajo de mi cuerpo ella corría buscando la salida, no me sostengo más, termíname, mi amor, acabemos con esto, me desplomo, no lo soporto más, grité pidiéndole auxilio y contrayendo así una nueva fortaleza, ¿tienes miedo?, me preguntó de pronto durante una pausa mientras recuperábamos el resuello, sí, tengo mucho miedo, tengo tanto miedo que incluso tengo miedo de perder el habla y todo lo que tengo, lo entiendes, sí, mi vida, el doctor Riquelme dijo empuje, sí, te entiendo, por eso estamos vivos, porque tememos, y el hombre temeroso que yo era pudo empujar de nuevo en contra del dolor que tiraba hacia adentro, que escondía la cabeza, y el doctor Riquelme apartó a mi mujer y me miró a los ojos y me dijo no podemos demorarlo demasiado, empuje más, no ceda, y con su mano enguantada tomó mi miembro hinchado y presionó el contorno, distribuyó los dedos y apretó hasta el fondo con una facilidad inesperada, como si nada hubiera en medio excepto aire, yo grité, grité el nombre del doctor y mi nombre y el nombre de mi esposa y otro nombre cualquiera, y entonces comprendí que aquel sería el nombre de mi hijo, que acababa de llamarlo, ven, ven, hijo, me llamaba mi padre intentando enseñarme a disparar las tardes de verano, toma esta escopeta, ven, voy a enseñarte bien para que nunca nadie te haga daño, ¿ves aquella lata?, ¿sí?, vamos, dispárale, vamos, mi vida, empuja un poco más que ya aparece, y yo cerré los ojos, no quería ver cómo salía aquella bala camino del destino y perforaba la lata de cerveza que habíamos colocado entre las ramas, mi padre sonreía, soy muy feliz, gritaba yo con la voz de mi mujer que repetía soy feliz con mi voz raptada, un momento, le indicó el doctor a una de las enfermeras, un momento, dije mirando el rostro risueño de mi padre con su escopeta al hombro, un momento, y entonces vi que humeaba, que su escopeta grande humeaba junto con la mía y vi la lata de cerveza con su impecable agujero en el centro y no estuve seguro, yo apenas podía sostener el arma pero la bala había volado exactamente hasta la lata y mi padre sonreía travieso, me acariciaba la cabeza y la enfermera forzó un poco la abertura del glande, un agujero perfecto, cálido, en el centro de la lata, casi como un ombligo, mi miembro se erguía a ratos y se desmayaba debajo del ombligo y entendí que el dolor era otra costumbre, que en el dolor también late un esbozo de placer al abrirse en dos mitades para que brote un amor sin nombre, ahí, ahí llega, y era una bendición la herida de sus uñas sin pintar en mis muñecas, y la noche envolvía la boca desdibujada de mi mujer aullando vamos, y la cama se aguaba y nos hundíamos, te quiero tanto, tan mezquinamente, y en medio del desmayo sentí cómo uno de los pechos triangulares de la enfermera joven me rozaba una pierna dejándome un surco de luz blanca y nutritiva sobre el muslo, y mi entrepierna dio un respingo y se rehizo en otra flor más roja, en una flor de pétalos arrancados, y aquello fue lo último que vi porque enseguida me atropelló el torrente, había sido tan hermoso, tan mezquino llevarlo dentro de mí como se esconde un secreto que poco a poco habrá que compartir, sale, sale, tenerlo haciendo tramas en las paredes interiores, rozar tal vez sus dedos a través de la membrana, escuchar sus quejas submarinas, su bucear impaciente, sus patadas al mundo, así es como te tratan, hijo, ya lo ves, dijo mi padre el día de mi primera pelea, a patadas siempre, y mi madre le decía calla, déjalo, y mi padre le contestaba tú qué sabes, que el niño sepa cómo es el mundo, así van a tratarte siempre, pero tal vez esas patadas en el vientre, pienso, eran los primeros pasos de un futuro hombre tímido al que le gustaría aprender a bailar, ser fuerte de otro modo como esa belleza urgente que entraba por los ventanales, digamos ventanucos del sanatorio, muévase señor, muévete, hijo, verás qué buen lugar para bailar, por supuesto que también hay escopetas y patadas, eso ya lo verás más tarde, pero ahora entrégate, ofrécele tu boca al aire, siente a tu madre apretándonos la muñeca para acompañarnos a ver el miedo, el dulce acantilado, ella ha trabajado tanto, sabes, hijo, mientras tú te tejías, mientras me hacías hombre girando entre mi corazón y mis pulmones, ahora sí que sí, respire hondo, y algo se deslizó también por mis esfínteres, algo como una tersa serpentina, ya no tenía nada, me estaba vaciando, y estuve un rato quieto, muerto, enorme, con todas las entrañas y la vida al aire hasta que sí, estalló mi miembro entre los nudos de las sábanas, incluso más que cuando abrimos el canal aquella noche, más de lo que estallaba la mañana en la ventana o de lo que explota una escopeta que pretende defenderse disparando primero, el doctor Riquelme retiraba la mano deslumbrado por el chorro de luz y el festival de gritos y el concierto de sangre que resonaba como un órgano en toda la habitación hasta donde esperaba mi mujer diciéndonos: hemos abandonado la inocencia, y un llanto que no era nuestro alborotó las sábanas, el dolor, las membranas, las paredes, todo lo atravesó para surgir desde el canal de mis venas dilatadas como cordeles, para rozar los bultos expectantes de los testículos y derramarse entre las manos del doctor Riquelme, que lo mira y me mira y comprende que aquel niño es el mismo que seré, el que aún no he sido, el que no pude ser, y que aquella es mi cara y es idéntica y es otra y que acabo de engendrarme, y por eso la mujer que amé y me amó hasta el fondo de una noche veloz llora conmigo, hoy o mañana, abrazando a las enfermeras.

 

Una raya en la arena

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Una raya en la arena

 

Ruth hacía montañas con un pie. Cavaba con el dedo gordo en la arena tibia, formaba montoncitos, los ordenaba, los alisaba cuidadosamente con la planta del pie, los contemplaba un rato. Luego los destruía. Y volvía a empezar. Tenía los empeines rojizos, le ardían como piedras solares. Llevaba las uñas pintadas de la noche anterior.

Jorge estaba desenterrando la sombrilla, o intentándolo. Hay que comprar otra, murmuró mientras forcejeaba. Ruth fingió no haberlo escuchado, aunque no pudo evitar sentirse irritada. Era una banalidad como cualquier otra, claro. Jorge chasqueó la lengua y apartó la mano de la sombrilla bruscamente: se había pillado un dedo con una de las pinzas. Una banalidad, pensaba Ruth, pero la cuestión es que él no había dicho «tenemos que comprar otra sombrilla», sino «hay que comprar». De un tirón, Jorge consiguió plegar la copa de la sombrilla y se quedó estudiándola con los brazos en jarra, como si esperase la última reacción de una criatura vencida. Casualidad o no, mira por dónde, él ha dicho «hay» y no «tenemos», pensó Ruth.

 

Fumigando en casa

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Fumigando en casa

 

Su casa es la de enfrente. Nosotros vivimos aquí, y allí las cucarachas.

La puerta de la casa de la Bruja está más vieja que la Bruja. Salvo cuando el cielo se nubla, la Bruja no sale nunca de día: la luz la desintegraría inmediatamente. Algunos vecinos dicen que ella es capaz de ver en la oscuridad, pero yo no me lo creo. ¿Entonces para qué iba a querer esas gafas tan gruesas? A veces, al volver de la escuela, me parece ver a través de los hierros del ascensor una sombra que se escurre por el pasillo. Entonces intento ser valiente, trago saliva, abro la puerta del ascensor, asomo la cabeza y pienso en pronunciar su nombre: porque la Bruja, aunque parezca mentira, tiene un nombre. No es que yo no me atreva a hacerle frente, pero tardo tanto en decidirme que cuando empiezo a sentir que la boca se me llena del nombre pegajoso de la Bruja, ya no se ve a más nadie en el pasillo. O a lo mejor es que no había nadie.

Hablando de eso, la Bruja tiene un hijo. Por lo menos uno. Porque vete a saber a cuántos se ha comido. Aunque hay uno que todavía sobrevive: le gusta que lo llamemos Bicho y es de lo más simpático. Trabaja en muchas cosas. Está siempre ocupadísimo. Yo le estoy agradecido, porque me trata como si fuera mayor de lo que soy. Y eso, con los mayores, es bastante difícil. Parecen empeñados en que uno no sepa las cosas, así ellos tienen siempre algún secreto que guardarse. Con Bicho pasa todo lo contrario: me habla de cosas que no acabo de entender como si ya tuviera que saberlas. Cuando se ríe, Bicho me da un poco de miedo.

 

Cómo maté a John Lennon

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Cómo maté a John Lennon

 

Fui yo quien mató a Lennon, pero no fui su asesino. Aquel invierno se ponía crudo. Yo disparé el revólver.

Merodeaba por la calle 72 como tantas otras veces, con las solapas del abrigo rozándome las orejas. Trataba de reunir un poco de valor para acercarme al edificio Dakota. Por casual que resultara, hoy me avergüenza pensar que ese maldito 8 de diciembre un lunático y yo concibiésemos más o menos la misma idea. I am not what I appear to be. Así que caminaba aplastando la escarcha. Nada más. Un paseo nocturno, un autógrafo y listo. Let me take you down.

De espaldas al oeste de un Central Park helado me asaltó ese terror que, desde entonces, no he podido dejar de interpretar como un augurio. Un terror más helado que aquel viento, más resbaladizo que la escarcha, más incierto que la guardia que inicié, apostado ya frente a la entrada del Dakota, esperando a John Lennon. El corazón me latía o, por así decirlo, no cesaba de girar sobre su eje bajo la lana negra. El single y el bolígrafo aguardaban dentro del abrigo. De vez en cuando los palpaba e intentaba tranquilizarme con sus formas familiares. En este momento del recuerdo me parece como si lloviznara, pero creo que me equivoco. Eran alrededor de las diez de la noche y estaba sorprendido: de acuerdo con las informaciones de las que disponía, él debía haber vuelto para prepararle la cena a su hijo. Se decía que ahora madrugaba y que hacía vida de padre ejemplar; lo cual, a aquella rebelde edad nuestra, tendía estúpidamente a decepcionarnos. Aunque también venía militando como estandarte de la paz; lo cual, en aquella ilusa juventud nuestra, tendía ingenuamente a entusiasmarnos. Tras consultar por enésima vez mi reloj, pensaba en desistir cuando una silueta desgarbada, menos alargada de lo previsto bajo su ostentoso abrigo de piel, dio la vuelta a la esquina de Central Park West con la 72. Comenzó a acercarse con pasos zigzagueantes, algo cómicos. El corazón me dio un vuelco y sentí un picor en los ojos: The eagle picks my eye. Infinidad de veces me había jurado no parpadear siquiera cuando llegase aquel momento y, sin embargo, mientras terminaba de buscar la nitidez apretando los párpados, vi pasar la espalda larga de Lennon a dos metros de mí. Alcancé a observar que iba afeitado, aunque no perfectamente, y que llevaba las gafas en la punta de la nariz, más al estilo de un abuelito sureño que al estilo de un intelectual de Oriente. Estos detalles me serenaron un poco, como si la posibilidad de abordarlo se hubiera vuelto mucho más factible y natural que un minuto atrás. Come together right now over me.

 

Ringo Mentón de Seda

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Ringo Mentón de Seda

 

A Enrique Vila-Matas, por guapo

 

Porque el tiempo es feroz y te noquea, pocos son ya capaces de evocar al asombroso Ringo Mentón de Seda Durán, acaso nuestro más notable púgil de la primera mitad de siglo. Siempre de indumentaria blanca, Ringo se vanagloriaba de acabar los combates con el calzón impoluto. Aunque los más memoriosos hayamos conocido a dos o tres pegadores más expeditivos, es probable que nadie, en ningún cuadrilátero del mundo, vuelva a encontrarse nunca con un campeón más bello.

Los incondicionales de Ringo sabíamos muy bien cuál era su punto débil. Y, como todos los invictos, él era el único que se empeñaba en ignorarlo. Muchacho, esa carita será tu perdición, solía advertirle su entrenador de entonces, el malogrado Moncho Látigo Brascia, un fajador de los de siempre, que se desesperaba ante las sensuales danzas que Ringo ejecutaba alrededor de sus rivales antes de tumbarlos con una veloz combinación. Nadie entendía muy bien aquello. El público se impacientaba. Los jueces se ofendían. Los periodistas se miraban, confusos. Nuestras novias se enamoraban. Mientras tanto, esquivando golpes, el coqueto campeón se dedicaba a revolotear graciosamente por el cuadrilátero, a enderezarse el calzón, a acomodarse el peinado con los guantes y a asegurarse de que no sangraba, hasta que decidía que por fin había llegado el momento de regresar a la ducha. Entonces liberaba su cañón izquierdo y asunto concluido: su contrincante quedaba tendido boca arriba. Ringo sonreía a las cámaras. Este cretino me ha salido maricón, se quejaba el recio Brascia mientras acompañaba a los vestuarios a su pupilo, que desaparecía saludando, peinado a la gomina, con su levísimo mentón bien alto.

 

La prueba de inocencia

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La prueba de inocencia

 

Sí. Me gusta que la policía me interrogue. Todos necesitamos que nos confirmen que somos inocentes, que hemos saldado nuestras deudas y podemos seguir adelante. Por eso a mí me encanta sentirme fuera de toda sospecha. Demostrarles qué bien me porto. Que sepan que yo no he sido.

Uno conduce sin pensarlo, dejándose ir, igual que otros van por la vida como sin darse cuenta. Me tranquiliza la obediencia del volante, la naturalidad de los pedales, la respiración de las marchas. Y mientras hago todas estas cosas, o mientras dejo que se hagan, pienso en la policía. En cuándo me pararán de nuevo y me confirmarán que sí, que así voy bien, que verdaderamente soy un buen ciudadano. Oh. Carreteras.

De pronto unos agentes me hacen señas para que detenga mi vehículo. La maniobra no es fácil, porque acababa de salir de una curva por la izquierda y ya empezaba a acelerar. Procurando no ser brusco ni estorbar a los demás automovilistas, luciendo, por qué no mencionarlo, mi pericia de conductor, busco el carril derecho y alcanzo con suavidad el arcén. Las motos de los dos agentes me imitan, inclinándose al frenar. Ambos tienen cascos blancos de cuadrículas azules. Ambos llevan unas botas con las que pisan fuerte el pavimento. Ambos van apropiadamente armados. Uno es ancho y erguido. El otro, largo y cabizbajo.

 

Las cartas de los tristes

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Las cartas de los tristes

 

A Beatriz Cuevas y Joaquín Peña-Toro

 

Madrid, 3 de noviembre

 

Adorada Beatriz: ¿qué tal por Múnich? Estoy seguro de que todo te marcha espléndido allí. En cuanto a mis noticias, no puedes imaginarte hasta qué punto la suerte me sonríe. Por empezar, van a montar una exposición individual con mis últimas obras (el autorretrato mutilado, el corazón humeante, el desnudo con rieles, el falo-sacacorchos I, el falo-sacacorchos II y varias más). Será en una galería del centro que están a punto de inaugurar: Sundanga. La verdad es que promete. ¡Deberías ver qué espacio, querida, qué juego de luces y sombras conforme avanzas por el pasillo, qué acierto en la sobriedad del mobiliario! Parece que hay gente interesada en adquirir algunas de mis obras, y eso que aún no han empezado a anunciar la muestra. El galerista está entusiasmadísimo con mi concepto del volumen y va por ahí diciéndole a todo el mundo que soy como una promesa cumplida de antemano. Uno se ruboriza, por supuesto. Pero, seamos sinceros, tal vez tenga razón.

 

El bandido relativo

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El bandido relativo

 

Fue mientras cabalgaba con desgana un alazán robado, perseguido por un grupo de pistoleros cordobeses, cuando el Tempranillo se hizo la pregunta por primera vez: ¿valía la pena seguir creyéndose un héroe? Había reclutado una decena de hombres más y los había adiestrado durante una semana, yendo y viniendo como una fantasmagoría entre Castro del Río y Las Torrecillas para desorientar a las autoridades; habían logrado burlar a la no muy diestra policía de Montilla y también a la de Aguilar, algo más insistente; habían conseguido llevarse una buena reata de caballerías sin que nadie se enterase; llevaban cabalgando desde la media noche, y ahora atravesaban Montemayor. Venían de robar algún ganado en los alrededores de Córdoba y traían mala compañía a las espaldas. Al percatarse de que sus perseguidores no eran jinetes de altura, el Tempranillo sintió tanto alivio como tedio. ¿No lo capturarían nunca? ¿No era eso, en el fondo, lo que temía y deseaba? ¿Por qué el peligro a veces se parecía tanto a una promesa incumplida? Súbitamente, de puro inalcanzable, su galope se le volvió lento: esa era la señal de que los otros iban quedando lejos. ¡Con su permiso, señores!, murmuró con una sonrisa melancólica, irguiéndose en la montura. Luego pensó: estas frases mías ya me aburren. Pero entonces oyó el disparo.

 

Dos hombres pasajeros

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Dos hombres pasajeros

 

–Qué calor insoportable –observó el pasajero que viajaba a mi lado. Y enseguida añadió, con demasiada seriedad:– No creo que lleguemos vivos a Granada.

–Pues sí. Hace calor –concedí yo.

–Aquí dentro falta el aire, ¿verdad?

–Puede ser, sí.

–¿Pero usted no se ahoga? –insistió él, y de reojo advertí cómo en su frente relucían pequeñas, densas burbujas de humedad.

–Yo voy bastante bien –dije.

–Mucho calor. Demasiado –siguió él, arremangándose la camisa, primero un puño y después otro, con gran dificultad, aflojándose el cuello, despegando la espalda del asiento, levantando un poco las rodillas, agachándose, mirando hacia delante y hacia atrás–. No creo que lleguemos vivos.

Después, por suerte, nos quedamos callados. Me sentí más tranquilo e incluso más fresco. Entorné los ojos. Traté de disfrutar del viaje. Oía el esforzado crujir del motor del autobús. Oía el arrastrar de las orugas calientes de los neumáticos. Oía el veloz frotar del viento en las ventanillas. Oí:

 

El blues del año pasado

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El blues del año pasado

 

A Eloy Tizón

 

Vaya a saber por qué, aquel coche sí se detuvo. Marcos entró, aterido.

–¿Vienes de muy lejos? –preguntó el hombre del traje, arrancando.

–Sí –contestó él.

–¿Y adónde vas?

–¿Adónde va usted?

Los ojos de ambos se encontraron en el retrovisor. El hombre del traje aceleraba con el ceño fruncido. Marcos se arrepintió de haberse acomodado en los asientos traseros. Estaba tan cansado que, instintivamente, había buscado el sitio más cómodo.

–Buen coche, este –dijo Marcos.

–No le funciona la calefacción.

–A mí me gusta igual.

–Entonces te lo quedas –contestó el hombre riéndose bruscamente, y recobrando de inmediato la seriedad.

Marcos iba a ensayar una sonrisa, pero tuvo la sensación de que llegaba tarde. Pensó que debía decir algo.

–Dígame... Perdone, ¿puedo tutearlo?

–Preferiría que no.

Marcos no estaba demasiado acostumbrado a la formalidad. Durante días había ido y venido sin rumbo fijo por la carretera y ahora, en lugar de treparse a un camión de ganado o apretarse en una furgoneta, reposaba en aquel Mercedes largo y anticuado. Un vago aroma a cuero sorprendió su olfato: la última vez había dormido entre pajas impregnadas de estiércol. Marcos miró la tarde seca por la ventanilla, escondió las manos debajo de los muslos, reclinó la cabeza.

 

La felicidad

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La felicidad

 

Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.

No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.

Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.

Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo. Domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.

Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, tanta, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los fornidos pectorales de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda ansiosa con los brazos abiertos.

A mí me colma de gozo semejante paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas y algún día, pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.

 

La realidad

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La realidad

 

A Erika, niña

 

–¡Llueve! ¡Llueve! ¡Mamá, mira cómo llueve!

Eso exclama riendo la niña del vestidito rosa, que pasea de la mano de su madre. Para ser sinceros, no nos agrada demasiado el vestidito rosa. Pero así es como la ha vestido su madre, y uno bastante tiene con preocuparse de lo suyo como para ir censurando la vestimenta ajena, y mucho menos la de una niña tan simpática.

Así que la niña del vestidito rosa, riendo sin cesar, tira de la mano de su madre: una mujer de apariencia sobria y un punto distraída o cansada de los continuos hallazgos de su hija. Esto nos la vuelve poco amable, aunque cada uno educa a sus retoños como mejor entiende y uno tiene bastante con lo suyo, etcétera, etcétera. Reconozcamos que la señora conserva unos magníficos tobillos. Camina erguida como una reina. Tacón va, tacón viene.

–¡Mamá, llueve! ¡Mira cómo llueve! –insiste la niña.

La señora se detiene en seco, nunca mejor dicho, y le clava una mirada que si no tuviera uno ya bastante, etcétera, podríamos calificar de injusta o incluso de terrible. Le suelta la mano a su hija. Mira con didáctica vehemencia hacia arriba, hacia donde se elevan las hileras de balcones floreados bajo un cielo impoluto, azulísimo. Luego vuelve a mirar a la niña y pone los brazos en jarra.

 

La magia

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La magia

 

Soy manco, sí, pero hago que vuelen las palomas donde sólo había mármol, y controlo el sentido en el que viajan las agujas de los relojes, y consigo que el agua atraviese los vasos, y sé confundir los billetes de banco con esas pequeñas flores silvestres que crecen en el parque donde voy de paseo los domingos. Manco, desde luego, aunque no por eso incapaz de alterar la cantidad de naipes que compone una baraja, ni de esconder las joyas de las señoras en las chaquetas de los caballeros, ni de hacer que las sogas se relajen y luego cedan como ásperas serpientes alrededor de mi cuello. Qué duda cabe, manco, y además con una abrupta cicatriz en el extremo del muñón; aunque por eso mismo resulta tan estético el acrobático número de los pantalones (las señoras de las joyas extraviadas suspiran al verme) o aquella otra suerte del libro de fuego: cuando de cualquier poema puede abrirse un incendio, y la llamarada triangular asciende hasta rozar el techo del asombro para que de la ceniza, emocionante, renazca el papel impreso.

 

La belleza

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La belleza

 

Habrá quien piense que exagero, pero allá cada cual. Soy tan bella que salgo a la calle enamorada de antemano. Los hombres me contemplan con una especie de atención superlativa y un tanto rencorosa. Las mujeres me examinan, revisan mis facciones, estudian cada gesto mío intentando descifrar la trampa. Pero no hay trampas: que soy bella, horripilantemente bella, y nada más.

Gentil suplicio, este. No veo dónde está la bendición. Hable o calle, estoy perdida. Si digo cualquier cosa, soy escuchada con una impertinente suspicacia a la que no consigo acostumbrarme. Cuando no abro la boca, todos me miran como pensando: sí, pero será tonta. Si algún hombre me habla, lo hace con intereses no precisamente dialécticos. Si me habla una mujer, lo hace para neutralizarme como competidora ofreciéndome su amistad. Cuando ellos no me dirigen la palabra, en su silencio tiembla el reproche de no amarlos. Cuando ellas callan, noto cómo me espían y corren a retocarse el maquillaje. Socorro. Nadie elige su cuerpo ni su nombre. La armonía se ha vengado de mí. También lo bello es cruel, también lo bello.

 

La ropa

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La ropa

 

Arístides venía desnudo al trabajo. Todos le teníamos envidia. No lo envidiábamos por su cuerpo, que tampoco era gran cosa, sino por su convicción: antes de que cualquiera de nosotros consiguiera burlarse, él ya había lanzado una mirada reprobatoria a nuestras ropas y nos había dado la espalda. Y también los glúteos lampiños, pálidos.

Esto es intolerable, aulló el jefe de sección el primer día que lo vio yendo sin ropa por el pasillo. Pues sí –corroboró Arístides–, aquí todos van vestidos con pésimo gusto.

Al estar en primavera, supusimos que aquello duraría como máximo hasta el comienzo del otoño, y que luego el propio clima devolvería las cosas a su cauce normal. Y a su cauce volvieron, en noviembre, las aguas de los ríos, la lluvia de las acequias y los lagartos de los pantanos. Pero nada cambió en Arístides, excepto aquel ligero estremecimiento de hombros cuando concluía la jornada y los trabajadores salíamos a la calle. Esto es inaudito, exclamó el jefe de sección embutido en su gabardina. A lo que Arístides apostilló con aire indiferente: Es verdad, todavía no ha nevado.

 

Justino

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Justino

 

Al pasar por la puerta de la sala, Justino, el jardinero, encogía los hombros para no molestar. Era uno de esos hombres que parecen flacos por convicción. Arrugaba el ceño blanco y fino como quien dobla un pañuelo. Apretaba los labios, degustando su silencio. Justino, el jardinero, se avergonzaba ligeramente cada vez que lo invitábamos a almorzar con nosotros, en la misma mesa que toda la familia, y uno comprendía que nuestra amabilidad lo ponía en un compromiso: si aceptaba, podría parecer aprovechado o –peor aún– famélico; pero si se negaba, parecería descortés. Entonces, afligido, Justino aceptaba nuestra invitación. Deslizaba su asiento por detrás de la espalda, las patas de la silla flotaban casi, y uno podía imaginar cómo de joven tuvo que ser buen bailarín. Que tengan buen provecho los señores, pronunciaba en voz baja, y en ese susurro suyo había un afecto laborioso. Para no darnos una mala impresión precipitándose sobre el plato ni tampoco importunarnos con ninguna demora, Justino comenzaba a comer siempre el último y terminaba el primero. Tampoco mucho antes. Dos, tres cucharadas.

 

El amor

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El amor

 

Liliana tiene las rodillas más redondas y mullidas que he conocido nunca. Sus piernas son dos ríos blancos. Ella siempre procura dejarlas al descubierto tirando con disimulo del vestido, sonriendo desde su silla de ruedas.

El cuerpo de Liliana está paralizado desde la cadera hasta los pies, que son pequeños y están siempre de puntas, como a punto de tocar el suelo. Ella pasea sentada. Espera sentada. Seduce sentada. Va, viene y regresa en su asiento perfumando toda la casa. Liliana me trastorna. Si la desease más, moriría asfixiado. Cuando se abre su sonrisa y las rodillas surgen, sólo puedo pensar en una cama y en su silla vacía. Ella se entrega sin remilgos; confiada, hace y me deja hacer. Su imaginación es un pozo sin fondo. Sus manos, dos pájaros que me sobrevuelan y urden nidos de placer. Si alguien me hablara de una mujer con las cualidades amatorias de Liliana, yo pensaría que tal maravilla sólo puede existir en un libro de cuentos.

Pese a todo, algo me turba al amarla. La desnudo sentada, la alzo con ansiedad y la poso entre las sábanas. Ella incorpora su torso fresco y, extendiendo los brazos, reclama mi apetito una vez más. Beso sus senos de cimas moradas, muerdo sus labios musicales y me precipito en ella: la mitad de Liliana se estremece como el agua. Juntos atravesamos la noche hasta caer desvanecidos. Luego, recobrando el aliento, ella me sonríe; puedo adivinar su perfume por debajo de los hilos de sudor. Ella se vuelve para encender un cigarrillo y me muestra su blanquísimo costado, sus suaves cicatrices. Yo miro cómo fuma hasta que sus ojos van cerrándose. Y es entonces cuando, turbado, me quedo observando cómo Liliana duerme tan serena, con la mitad que más amo siempre intacta.

 

El destino

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A Carlos Marzal

 

Tan prestigioso como casto, el individuo P gusta de la pintura abstracta, la música de cámara y la lírica petrarquista. Ha dedicado dos tercios de su vida al riguroso estudio de las artes; la tercera porción restante, a soñar con ellas. Esmero y serenidad rigen la doméstica existencia de P, que de vez en cuando se permite dar a la imprenta algún libro de versos. Incluso se diría que no se halla disconforme del último poemario. ¿Y qué mayor lujuria –discurre P moderadamente– que una mínima vanidad literaria?

El individuo Q, bebedor en verdad desaforado y mujeriego compulsivo, mantiene desde hace años una vaga amistad con P. Vaga, no sólo porque ambos muestren escasa voluntad a la hora de llamarse por teléfono, sino porque además ninguno de los dos termina de explicársela muy bien. Probablemente Q envidie la sapiencia de su amigo y el solemne respeto que se le profesa en los círculos de influencia. De P, a su vez, se podría aventurar que siente una oscura admiración por el desenfreno cotidiano de Q, que él se figura un arte o una especie de militancia estética.

 

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