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El que espera

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«Me gusta que las cosas que me gustan estén por ocurrir». Esa prometedora inminencia podría definir estos cuentos, que supusieron la primera incursión de Andrés Neuman en la narrativa breve. Un conjunto de sugestivas miniaturas y brevedades que indagan en los misterios, geometrías y mutaciones de la expectativa. Que transcurren entre la mirada de alguien que aguarda y algún deseo irrealizable. Su intenso ejercicio de inquietud propicia las revelaciones del que espera arrullado, de aquel a quien ya no esperábamos, de las últimas paciencias o las penúltimas esperanzas.
Coincidiendo con el décimo quinto aniversario de este debut y del nacimiento de Páginas de Espuma –a modo de cumpleaños unísono–, ofrecemos al fin una nueva edición de El que espera, minuciosamente revisada y con siete nuevos textos de la misma época. En sus páginas brillan el precoz talento del autor y los múltiples vínculos con sus obras posteriores. De este modo los lectores que han esperado junto a su escritura verán, ahora sí, un deseo cumplido.
Del autor se ha escrito: “Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que solo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos”, Roberto Bolaño; “Un peso pesado de la literatura”, J. Loudis, Times Literary Supplement; “Una escritura de una calidad rara vez encontrada”, J. Housham, The Guardian; “Conmovedora y delicada, lúcida y vibrante, de un lirismo casi cruel”, P-J. Catinchi, Le Monde; “Dotado de la tradición argentina y española, y condenado a elaborar una obra única”, V. L. Mora, Diario Córdoba; “Divertido, inteligente, ágil. Un escritor que sacude las certezas y los encasillamientos”, S. Rosano, Revista Ñ; “Uno de los mejores cuentistas de su generación”, S. Friera, Página/12.

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La convocatoria

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La convocatoria

 

Esta mañana, muy temprano, he conocido a mi futuro hijo. Tenía los ojos pardos e incomprensiblemente vigilantes. No estoy seguro de que su mirada fuera alegre, además de sabia. Él parecía comprender su papel en aquella habitación: comprobaba nuestros movimientos con toda serenidad, recién nacido. Pero no había venido al mundo, sino que regresaba a él.

Era una vieja semilla prometida desde los años que no había visto.

Resbaló por la camilla hasta mis manos, con los miembros untados de un enigma blanquecino. Por un momento quedó suspendido en el aire, sus pequeñas axilas humedeciéndome los dedos. Fue entonces cuando me sonrió a mí, a su padre sorprendido por aquella paternidad repentina. Supe de algún modo que me hablaba y que aceptaba mi lenguaje. Lo abracé y le dije mi primera frase, esa que pronunciaré dentro de algunos años cuando haya concebido al hijo que ya tuve y aún no tengo. Conservo un tenue jirón de caricia en mi mentón barbado.

 

El amante aparente

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El amante aparente

 

El calor se retuerce. Doy vueltas en la cama al compás de las agujas del despertador. Pero no pienso en nada en particular. Aunque no lo parezca, estoy durmiendo. Y, mientras se supone que duermo, espero a Laura.

Laura está por llegar de la fiesta. Yo preferí quedarme. Le dije que fuera sola, que no me molestaba. Y, aunque no lo parezca, sigue sin molestarme.

El dormitorio se curva de silencio. Mi pensamiento flota. Las sábanas lo envuelven, placentarias. Laura me dijo que volvería temprano para que hiciéramos el amor, y yo estuve de acuerdo. No tengo ninguna prisa. Prefiero pasar el máximo tiempo posible así, arrullado por la espera. Me gusta que las cosas que me gustan estén por ocurrir.

Siento un agua con gas en los músculos. Al fondo se disuelve, palabra por palabra, el discurso que bebo mientras caigo dormido. A veces durmiendo, aunque no lo parezca, se disfruta más que fornicando. El deseo puede ser una responsabilidad agotadora. No porque uno deba cumplir con nada: el deseo, de hecho, nunca puede cumplirse. Sino porque desear a alguien en serio, como yo deseo a Laura, absorbe la totalidad de nuestras fuerzas. Dormir es lo contrario. Cuando estoy por quedarme dormido, igual que ella está a punto de volver, mis músculos tienden a hacer el amor entre sí. Se reconocen, se reordenan. Por eso no me urge que Laura llegue ahora mismo de la fiesta, mientras las puntas de mis pies se frotan, ávidas.

 

Imposibilidad del escenario

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Imposibilidad del escenario

 

Le propusieron interpretar al personaje protagonista, el despistado señor Juárez, y le pidieron que improvisara al máximo. Treinta años de fracasos y paciencia en el teatro cobraron de pronto sentido. Como sensacional actor que era, se le ocurrió faltar al estreno. Ningún escenario volvió a saber de él.

 

 

Il maestro

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Il maestro

 

Para mi madre violinista

 

Cuentan que ya era tarde cuando emergió de su camerino, que la orquesta había estado ensayando con desganada obediencia hasta que el director dio la orden. Entonces una mano dio dos pequeños golpes en la puerta, una voz pronunció temerosamente un nombre, y un leve movimiento al otro lado presagió su salida.

Cuentan que cesaron las toses y los murmullos, que la disciplina era tensa, demasiado concentrada. Los brazos del director dibujaban en el aire sin conseguir dejar huella. Il maestro soportó, paciente, las torpezas de la trompa solista. Acariciando su instrumento, lo mantenía inmóvil. Volvió a contraer los párpados cuando el contrabajista no advirtió la entrada, e ignoró el bullicio informe de los tutti. Dicen que no respiraba. Que era la madera la que latía.

El ensayo había comenzado una hora antes de su aparición. Los músicos se habían mantenido más expectantes que afinados; el director, más enérgico de lo aconsejable. Cuentan que la introducción de la obra había tenido que repetirse entera con il maestro allí, y que el director le pidió excusas aparatosamente y luego reprendió a los vientos metales. Il maestro sonreía, lo cual era alarmante. Por fin la orquesta hiló cuarenta compases, y entonces fue su turno.

 

La mujer tigre

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La mujer tigre

 

Para Bur

 

Ha olido cómo me acercaba y se ha vuelto a mirarme. Intento hacerle ver que no estoy interesado en ella, pero siempre he sido un alcornoque fingiendo. Ella se lame las muñecas y los antebrazos. Me vigila con recelo. Se incorpora de pronto, de un golpe de omóplatos, y se pasea en círculos alrededor de mí. Quisiera aprovechar sus movimientos para hacerle una foto o escribirle unas líneas, cualquier cosa que me vuelva útil en esta escena. Pero enseguida se aburre de asediarme y da unos cuantos pasos en dirección al borde. Se me va de la página. Es inquieta.

No hay nada más espléndido que las manchas color albaricoque de su cuello, que se estira y se pliega cuando atisba los flancos. Hace tiempo que la estudio y, hasta ahora, lo único que he conseguido averiguar es que duerme por la tarde, se pierde por la noche y se asoma de este lado tan solo al mediodía, a la hora en que el sol le acentúa las franjas del lomo y enciende sus pupilas piedra pómez. Desde el día en que la encontré, distraída, clavándose un colmillo en el labio con delicadeza, no he dejado de imaginar la posible cacería. ¿Quién cazaría a quién? Su boca promete el vértigo, la sangre, el rito de la muerte ágil. Mi arma es esta pluma: no sé si bastaría para sucumbir con dignidad. Ese temblor del costado, de las rayas de su vientre al respirar, me salpica la vista, me obsesiona. Su dulce rugir de catarata me persigue mientras sueño. Al despertar, en cambio, sueño con perseguirlo. Ella tiene demasiado olfato como para dejarse sorprender en mitad de algún párrafo. Haría falta un libro, quizá varios, para que bajase la guardia.

 

El desfile

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El desfile

 

He soñado a mi abuelo Jacinto un poco más robusto que de costumbre. Era como si hubiese decidido trocar esa fragilidad en sus articulaciones, y su mirada retraída, y sus hombros mínimos, por una especie de alegría despreocupada al andar. Sus cejas seguían, por supuesto, proverbialmente negras; y su cabeza calva, matizada por la caricia de unos cuantos cabellos humedecidos, relucía. Íbamos al cine todos juntos. ¡Él, que jamás accedía a evadirse con imágenes ficticias que nos dis­traen de las realidades más urgentes, como solía decirnos! Caminábamos unos muy cerca de otros: mi abuela Blanca, la pianista reumática, perpetuamente enferma e inmortal; mi querido abuelo Mario, cirujano, ajedrecista, arqueólogo, ese abuelo demasiado perfecto para durarle a un niño; también mi bisabuela Lidia, la baba para todos, con una sonrisa impropia de su carácter, dando pequeños pasos de paciencia junto al zeide Jacobo, quien no dejaba de mostrarse, pese a no haberme conocido jamás, cercano y bromista conmigo. En el barrio había fiesta. Atravesábamos un parque, a ritmo desordenado, para ver una película de risa en blanco y negro. No faltaba ninguno. Yo charlaba con todos y me reía. Mi edad era indefinible; mis carcajadas, de infancia: los niños suelen reír como si fuera la última vez que lo hacen, mientras que los mayores parecen hacerlo por primera vez, como si no supiesen y les resultase incómodo. Así que aquel niño gritaba y corría de una figura a otra, incansable, acaso intuyendo que, cuando despertara, ya no tendría familia ni tampoco risa fácil.

 

23:24

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23:24

 

Dispuso de las sombras de su habitación. Las sopesó con calma, comprobando que cada una estuviera donde debía. Respiró con hondura: en los últimos tiempos, no había podido hacerlo muy a menudo. Imaginando un anillo de aire que giraba dentro de sus pulmones, se fijó bien en la hora, 23:24, un armónico augurio. Nombró los tres o cuatro libros que habían tenido la generosidad de acompañarlo siempre. Repasó sus escuetos títulos y la música familiar de sus autores. Sus apellidos, sus ciudades natales, las fechas de nacimiento y también las de su muerte. Así debía ser, así había sido. Los párpados y el pecho reiteraban la convocatoria. De pronto tuvo miedo de tardar demasiado. Despegó la cabeza de la almohada y llamó a sus hijos. Durante el silencio inicial, temió que no llegaran a tiempo o que su voz hubiese sido demasiado débil. Pero enseguida oyó los pasos ascendiendo por el corredor y supo que todo iría bien. No haría falta hablarles: ellos sabrían leer en sus ojos de vela apenas encendida, igual que él tradujo sus caras en cuanto aparecieron por la puerta. Los reunió a su alrededor, como cuando eran niños, y visualizó en su mente un círculo de luz. Dejándose envolver por él, acarició las cabezas amadas y luego, lentamente, se marchó de allí.

 

La cita de su vida

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La cita de su vida

 

El lunes comienza a soñar con el encuentro. El martes se entusiasma pensando en que se acerca. El miércoles revisa su vestuario. El jueves pide turno en la peluquería. El viernes lo soporta como puede. El sábado aborda la calle con una sonrisa de expectación. Durante la mañana del domingo llora. Cuando nota que vuelve a soñar, ya es lunes y hay trabajo.

 

 

El deseo

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El deseo

 

Para Jesús Ortega

 

Cada vez que le rogaba que nos viéramos, se le opacaba la voz y me respondía que eso no era posible. Entonces yo empezaba a pedirle explicaciones hasta que, contrariada, ella se despedía. Como nunca aceptó darme su número ni decirme su nombre, no me quedaba más remedio que esperar a la siguiente llamada a la hora de siempre. En cuanto aquella voz cálida y sinuosa bendecía mi oreja, me disculpaba solemnemente y prometía no volver a sugerirle una cita. Pero, tarde o temprano, a medida que nuestras conversaciones se encendían, terminaba insistiéndole en que nos encontrásemos. Abrumada por algún temor desconocido, ella colgaba al borde de las lágrimas. Más de una vez temí haberla perdido. No podía dormir preguntándome si mi teléfono sonaría de nuevo, si ella repetiría el número que cierto día había marcado por un simple, maravilloso error.

Y sonaba, sonaba.

Hace un rato, de hecho, acabamos de hablar. La despedida ha sido completamente insólita: ella me ha propuesto que mañana, a la hora de siempre, nos veamos al fin. Con el misterio que la caracteriza, ha prometido telefonearme justo una hora antes de nuestro encuentro para indicarme dónde tendrá lugar. Me ha pedido que para entonces ya esté listo y, sobre todo, que sea muy puntual. ¡Puntual como un reloj!, exclamé sin poder creerlo.

 

Destino

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Destino

 

La puerta se abrió con un crujido a nuez partida.

El individuo estiró una pierna hacia el asiento del copiloto: se vio brillar un zapato negro como el mango de un arma. Su cuerpo fue doblándose hasta que se sentó junto a él. Prácticamente no había cara, alguna fuerza centrífuga había revuelto, desplazado y reducido sus rasgos: unos labios de hilo, un tabique tenue, dos canicas oscuras. El conductor buscó la mirada del pasajero y sintió que se le clavaban dos puntas de lápiz.

Adónde va, preguntó metiendo la primera. La palanca era áspera y temblaba. El pasajero negó con la cabeza y entreabrió la boca. Introdujo dos dedos de langosta en su abrigo, le mostró un atado de billetes y dijo: Son suyos; pero siéntese aquí, de este lado.

La mano del taxista continuaba apretando la palanca cuando el largo abrigo gris cruzó por delante del capó y se detuvo frente a la ventanilla del piloto. Siéntese ahí, le dijo el pasajero. Se oyó un romper de nueces. Volvió a mostrarle el atado de billetes y esta vez lo dejó sobre el salpicadero. Él hundió las manos a ambos lados de su asiento, estiró la pierna derecha e introdujo la punta de su vieja bota en el hueco del copiloto. El individuo esperaba abrochando y desabrochando un botón de su abrigo.

 

Tesoro

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Tesoro

 

Para Eduardo García

 

El problema de Arístides era sencillo hasta la estupidez. En el arcón guardaba una caja de fósforos, una vieja zapatilla o talismán, una pelota de goma anaranjada, dos velas a medias, unas hojas en blanco y algunas otras cosas difíciles de precisar. Pero, pese a su madera noble, su fina terminación y sus cerraduras de plata, el arcón no guardaba ningún escarabajo de color turquesa.

Arístides buscó y rebuscó días y días (las tardes no: las tardes las soñaba bebiendo té de arándanos), removiendo el fondo con paciencia. Por supuesto, un arcón como el suyo no iba a dejarse doblegar fácilmente, e insistía en ofrecer al tacto la cera añeja de las velas, la goma endurecida de la pelotita, el cartón áspero de los fósforos, unos cordones hechos nudo, el papel cortante y todo lo demás. Pero jamás de los jamases, ¡qué ocurrencia!, un maldito escarabajo, ni vivo, ni muerto, ni dormido. Arístides suspendió la búsqueda, se tomó una temporada de reflexión y decidió cambiar de estrategia: empezó a beber té de amapolas.

 

Despecho

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Despecho

 

A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para quererme.

 

 

Cómo esperar a otro

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Cómo esperar a otro

 

Si yo estuviera por ejemplo sentado sobre el capó de un coche, apoyaría las palmas de las manos en las rodillas, componiendo un triángulo rectángulo para quien me observase de perfil. Pero muy pronto desharía semejante postura: ¿qué mujer sensata confiaría en un tipo que la espera así, como un geómetra neurótico? Y me erguiría de inmediato, o acaso cruzaría con elegancia una pierna. No tardaría mucho, sin embargo, en comprender que casi todos esperamos igual, intentando fingir calma, y que justo por eso nos delatamos. Descruzo entonces las piernas y me acomodo el cabello, que siempre me cae mejor por un lado que por el otro, y me temo que estoy dejándolo peor que antes de sentarme sobre el capó de este coche.

Por fortuna, recuerdo que no soy rigurosamente yo el que se desespera con su pelo, con la postura de las piernas, con las formas del cuerpo. Y me digo que ese tipo quedaría mucho más natural si cargara todo su peso sobre el vehículo, ya que daría la impresión de no tener ninguna prisa por levantarse, en vez de mantenerse medio al acecho. Me reclino en el acto y cargo todo mi peso sobre la superficie del capó, que cede un tanto, y no puedo evitar imaginar mi caída a través de un hueco en la carrocería. Sin embargo no caigo, y pienso que, para reforzar el aplomo que por momentos va adquiriendo mi figura, sería de gran efecto encender un cigarrillo. Como casi no fumo, miro a mi alrededor buscando a alguien, idealmente a una muchacha sola, que justo al darme lumbre fuese vista por la mujer que espero, desatándose en ella una chispa de celos que la haría mía.

 

El caso de Arístides

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El caso de Arístides

 

Desde que tuvo uso de razón, Arístides no articuló sonido: él aguardaba. Confiaba en ser capaz, cuando el final lo acechase, de convocar sus sueños, sus años y su rabia, y resumirlo todo en un alarido. Sería una sola voz, descomunal y precisa, que ahuyentaría a la muerte cuando llegase a buscarlo.

El silencioso Arístides murió una tarde de otoño, sonriendo mientras dormía.

 

 

El otro caso de Arístides

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El otro caso de Arístides

 

Ante cualquier iniciativa ajena, Arístides siempre contestaba que no tenía tiempo. Si algún amigo lo llamaba para invitarlo a cenar, él escuchaba en respetuoso silencio y después respondía que muchas gracias, pero que esa noche le resultaba imposible. Solía excusarse cortésmente con sus esporádicas amantes, en caso de que le propusieran repetir el encuentro. Sus propios hijos se habían acostumbrado a que, si por casualidad estaba en casa, Arístides apenas pudiera detenerse a jugar. Quizá por eso su matrimonio duró menos que sus reuniones de trabajo. A causa de la ruptura estuvo a punto de caer en una severa depresión, pero no tuvo tiempo para permitírsela.

Algunos años más tarde, cuando la muerte vino a buscarlo, Arístides tan solo se encogió de hombros. Más que un acto de valentía fue un gesto rutinario. No, no tengo tiempo, murmuró sin alterarse mientras perdía la conciencia.

 

 

Primera piedra

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Primera piedra

 

Para Ana Martínez Cobo

 

Buscó y me trajo una de color salmón. La miré de reojo y, aunque ya sabía, la examiné perezosamente. No, así no, ¿cómo se te ocurre? Las húmedas, son mejores las húmedas. El mar irradiaba una fragilidad uniforme: un gran ser temblando de frío. La tarde iba apagándose y la brisa generaba pequeños desórdenes. La mejor hora para reconocer piedras. Los colores quizá pudieran confundirse; pero por eso mismo se distinguía su carácter.

También había una como de cristal y, junto a ella, otra de color rubí: un puñado de carne viva milagrosamente conservada. Blanca se acercó para tenderme un tímido guijarro pulido con la indiferencia del tiempo, una de tantas viejas piedras sepultadas bajo más piedras. ¡Tampoco, tampoco!

El color verde es el alma de las algas transferida a las piedras, sus herederas legítimas. Aunque parecen duras, es tan solo su costra. Blanca se había marchado, y lo cierto es que ahora iba más lento pero trabajaba mejor. Aunque ella me esperaba en casa, yo no tenía pensado regresar hasta que la luz cayera del todo. Ella no entiende lo que hago, pero qué haría yo sin Blanca. Descarté por completo las que me recordaban al roquefort y las de color ámbar, por imprecisas. Estaba un poco inquieto. Algo no iba bien. Demasiadas verdes. Un verde estático, tozudo, como el de los bosques cuando ya no sirven. Guardé unas cuantas y me puse a escuchar. Nada. Luego seguí escarbando, pero ya no pude concentrarme. Encontré un grupo de piedras alarmantemente amarillas: unos pequeños limones momificados, un delicioso capricho. Los clásicos minerales que fascinan a los neófitos, siempre tan impresionables. Cuando se buscan piedras, cada cual termina eligiendo la que le corresponde.

 

Tornasol

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Tornasol

 

Sobre los muebles del despacho caía la luz de costumbre. A medio abrir, la persiana de varillas repartía las sombras como si fueran barajas. Junto a varios montones de fichas de cartulina alineadas con toda exactitud, a un costado de la mesa, una jarra de agua proyectaba distorsiones y reflejos. En el centro, la mano pulcra y pálida de la doctora Freidemberg garabateaba en una de las fichas. El blanco agudo del delantal jugaba al ajedrez con la butaca de cuero negro.

El timbre del teléfono interrumpió la escritura.

¿Sí? ¡Doctora Freidemberg, doctora! Sí, ¿dígame? ¡Doctora, esto se acaba! Perdone, ¿con quién hablo? ¡Soy yo: Castillo! Ah, cómo le va, Castillo, qué desea. La llamo para anunciarle que voy a suicidarme. ¿Cómo dice, Castillo? Que pienso suicidarme en cuanto cuelgue, la llamo porque había prometido avisarle antes de hacerlo, no tengo gran cosa que decirle aparte de eso. Pero, Castillo, usted es consciente de... Perfectamente, doctora, perfectamente. A ver, Castillo, por qué mejor no almuerza tranquilito, pasa por la consulta esta tarde y me lo explica en persona. Olvida usted que las consultas son los jueves, doctora. Pero este es un caso de fuerza mayor, hombre, podemos trasladar la sesión del jueves a hoy. Al contrario, este es un caso de lo más sencillo, se trata solo de agradecerle su comprensión durante todo este tiempo y de que sepa que voy a ahorcarme en la habitación de mi hija, ha sido usted de gran ayuda para mí, doctora, no sabe la tranquilidad que siento ahora que sé que debo morir. Escúcheme bien, Castillo, ahora mismo usted se toma un taxi y se viene inmediatamente a mi consulta, lo espero dentro de media hora, además, cómo se le ocurre que va a ahorcarse en la habitación de su hija. Mi hija se fue de casa hace dos semanas, como bien sabe usted. ¡Caramba, ya lo sé, pero de todas formas!, ¿le parecería bonito que su hija supiera que su padre se colgó en la misma habitación donde ella ha dormido tantas veces, cómo cree usted que se sentiría? En eso tiene razón, doctora, lo que ocurre es que en la habitación de mi hija está la única lámpara propicia, yo no pretendo herirla en sus sentimientos, todo lo contrario, acabo de dejarle una carta extensísima donde le explico todo con lujo de detalles. ¿Ha escrito usted una carta? Sí, doctora, y le aseguro que es lo suficientemente efusiva como para que mi hija no se tome mi suicidio como algo personal. Pero, Castillo, ¿cuánto tiempo lleva meditando esta idea? Bueno, no podría responderle con exactitud, en realidad si uno lo piensa bien llega a la conclusión de que lleva pensándolo más o menos toda la vida, estas cosas no son instintivas, doctora, no intente convencerme porque se trata de una cuestión de principios, ya hemos hablado de esto muchas veces, no sé de qué se sorprende. ¡Pero en el último mes ni siquiera habíamos vuelto a mencionar el tema! Precisamente, doctora, precisamente, ya lo tenía decidido y no quedaba nada más que hablar de eso. Siempre quedan muchas cosas por hablar, se lo aseguro. ¿Ah, sí?, ¿como qué, por ejemplo? Como por ejemplo las infidelidades de su mujer, hasta ahora hemos analizado más las culpas de su mujer que las suyas propias. No necesito que me las recuerde, doctora, mis propias culpas las purgo yo solito, ya ve que no me las arreglo mal para eso, ahí está la cuerda, esperándome. Pero ¿no le asusta la muerte, Castillo? La muerte es hermosa, doctora. ¿Y usted cómo lo sabe? Lo sé, lo sé, créame. No puedo creerle porque usted y yo, por suerte, estamos vivos. Es muy pobre estar vivo, doctora. ¿Cómo dice? Que un cadáver es un cuerpo que ha conocido la vida, pero en cambio nosotros no conocemos qué es estar muerto, por lo tanto nos falta algo. ¡Es a ellos a quienes les falta, les falta la vida, Castillo, la vida, que es lo que le permite a usted estar diciéndome disparates por teléfono! Los muertos son más sabios. ¡La sabiduría es la memoria, Castillo! Sí, pero la memoria más perfecta es la que dejan los muertos. Bueno, mire, le propongo un trato: de ahora en adelante vamos a dedicar nuestras sesiones a discutir la idea de la muerte, vamos a pasar horas analizando libros, películas, experiencias propias y ajenas relacionadas con la muerte, y así, al cabo de un tiempo, podremos decir que sabemos del morir tanto o más que los muertos del vivir, pero con una maravillosa ventaja: nosotros estaremos aquí para contarlo, y ellos no, ¿qué le parece?

 

Diario de un hombre promedio

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Diario de un hombre promedio

 

Saldré de mi casa entre el amanecer y las ocho y cuarto. Habré dormido mal o regular. La mañana, con esa pátina familiar de las películas que ya hemos visto, me parecerá demasiado fría en invierno y calurosa en verano. Salvo precipitaciones, no llevaré paraguas. Me nadará en la lengua la textura pastosa del café instantáneo o el sabor profundo del dentífrico, que a mí me encanta aunque mis hijos lo detestan. La derrota de mi equipo en la víspera me agriará casi seguro el carácter, o acaso una victoria me levante el ánimo.

Vistiendo el traje que me compré en las rebajas del año pasado (dentro de tres o cuatro tendré que reponerlo), cruzaré la calle en busca de mi vehículo blanco, azul o rojo. O bajaré, si tengo suerte, a mi propia cochera. Aflojándome apenas la corbata, quién sabe si pondré la radio justo al arrancar o un minuto después. Escucharé indignado la tertulia política o, inverosímilmente, la sintonía clásica. Padeceré casi siempre un atasco en el centro. Me impacientaré muchísimo, bastante o lo normal.

 

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