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El matrimonio de los peces rojos

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En estas cinco narraciones intensas y de atmósfera delicada, Guadalupe Nettel nos propone un cruce de caminos entre el mundo animal y el universo humano para hablar de temas tan naturales como la ferocidad de la vida en pareja, la maternidad –cuando es deseada y cuando no lo es–, las crisis existenciales de la adolescencia o los lazos inimaginables que pueden establecerse entre dos enamorados. Su mirada proyecta lo subterráneo y lo secreto de sus personajes, lo anómalo, lo inconfesable.
Los cuentos de El matrimonio de los peces rojos son espacios magistralmente construidos en los que nos preguntamos cómo y en qué momento se fraguan en nosotros las decisiones más íntimas y soterradas, aquellas que, sin sospecharlo, marcarán de manera definitiva nuestra existencia.

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El matrimonio de los peces rojos

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El matrimonio de los peces rojos

 

Ayer por la tarde murió Oblomov, nuestro último pez rojo. Lo intuí hace varios días en los que apenas lo vi moverse dentro de su pecera redonda. Tampoco saltaba como antes para recibir la comida o para perseguir los rayos del sol que alegraban su hábitat. Parecía víctima de una depresión o el equivalente en su vida de pez en cautiverio. Llegué a saber muy pocas cosas acerca de este animal. Muy pocas veces me asomé al cristal de su pecera y lo miré a los ojos y, cuando eso sucedió, no me quedé mucho tiempo. Me daba pena verlo ahí, solo, en su recipiente de vidrio. Dudo mucho que haya sido feliz. Eso fue lo que más tristeza me dio al verlo ayer por la tarde, flotando como un pétalo de amapola en la superficie de un estanque. Él, en cambio, tuvo más tiempo, más serenidad para observarnos a Vincent y a mí. Y estoy segura de que, a su manera, también sintió pena por nosotros. En general, se aprende mucho de los animales con los que convivimos, incluidos los peces. Son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos a ver.

 

Guerra en los basureros

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Guerra en los basureros

 

Hace más de diez años que ejerzo como profesor de biología en la Universidad del Valle de México. Mi especialidad son los insectos. Algunas personas vinculadas a mi campo de investigación me han hecho notar que cuando entro en un laboratorio o en las aulas de clase, casi siempre prefiero acomodarme en las esquinas; del mismo modo en que, cuando camino por la calle, me muevo con mayor seguridad si estoy cerca de un muro. Aunque no sabría explicar exactamente por qué, he llegado a pensar que se trata de un hábito relacionado con mi naturaleza profunda. Mi interés por los insectos despertó muy pronto, en el paso de la infancia hacia la adolescencia, alrededor de los once. La ruptura de mis padres era aún muy reciente y, puesto que ninguno de los dos estaba en condiciones psicológicas para hacerse cargo del error que habían engendrado juntos, decidieron mandarme a vivir con la hermana mayor de mi madre, mi tía Claudine, que sí había logrado construir una familia funcional, con dos hijos disciplinados, pulcros y buenos estudiantes. Yo conocía muy bien su casa, situada en un fraccionamiento clasemediero con aspiraciones yankies como decía mi papá. Muy diferente del lugar en el que yo había nacido y pasado once largos años. Mi casa y la de mis tíos eran opuestas en todo. Nosotros vivíamos en una parte desmejorada de la colonia Roma, uno de esos departamentos que ahora se conocen con el nombre de loft y en aquella época como «estudio de artistas», aunque en realidad se asemejaba más a un cuarto oscuro de fotografía, por las telas superpuestas –casi todas hindúes– que frenaban la entrada del sol: mi madre sufría migrañas constantes y no soportaba estar expuesta mucho tiempo a la luz. La casa de mis tíos, en cambio, tenía inmensos ventanales, además de un jardín donde mis primos jugaban al ping-pong. Mientras que, en nuestra familia, los tres teníamos la responsabilidad de la limpieza –obligación que ninguno cumplía cabalmente–, mis tíos contaban con una sirvienta amable y silenciosa que cohabitaba con su madre en la misma azotea: Isabel y Clemencia. Una vez instalado en la casa de mi tía, esas dos mujeres me enseñaron más cosas de las que aprendí en todo el año escolar. No es de extrañarse, pues las peleas y los gritos de mis padres habían tenido en mí el efecto de una perforadora: cualquier información que no fuera indispensable para mi supervivencia, como las divisiones con punto decimal y las monocotiledóneas gramíneas, se filtraba por las grietas de mi averiada cabeza para perderse sin remedio en el olvido.

 

Felina

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Felina

 

Los vínculos entre los animales y los seres humanos pueden ser tan complejos como aquellos que nos unen a la gente. Hay personas que mantienen con sus mascotas lazos de cordialidad resistida. Los alimentan, los sacan a pasear si es necesario, pero rara vez hablan con ellos si no es para reprimirlos o para «educarlos». En cambio, hay quienes convierten a sus tortugas en sus más cercanas confidentes. Cada noche se inclinan ante sus peceras y les cuentan las experiencias que han tenido en el trabajo, el enfrentamiento postergado con su jefe, sus incertidumbres y esperanzas amorosas. Entre los animales domésticos, los perros gozan de una prensa particularmente buena. Se dice incluso que son los mejores amigos del hombre por su fidelidad y su nobleza, palabras que en muchos casos no significan otra cosa más que resistencia al maltrato y al abandono. Los perros son animales generalmente buenos, es cierto, pero también he sabido de algunos que desconocen a sus amos y, en un rapto de locura o de hartazgo, los atacan, causando un desconcierto similar al que producen las madres que golpean a sus hijos pequeños. Los felinos, en cambio, padecen de una reputación de egoísmo y exceso de independencia. No comparto en absoluto esa opinión. Es verdad que los gatos son menos demandantes que los perros y que su compañía suele ser mucho menos impositiva, a veces casi imperceptible. Sin embargo, sé por experiencia que pueden desarrollar una enorme empatía hacia los seres de su especie así como hacia sus amos. En realidad, los felinos son animales sumamente versátiles y su carácter cubre desde el ostracismo de la tortuga hasta la omnipresencia del perro.

 

Hongos

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Hongos

 

Cuando yo era niña, mi madre tuvo un hongo en una uña del pie. En el pulgar izquierdo, más precisamente. Desde que lo descubrió, intentó cualquier cantidad de remedios para deshacerse de él. Cada mañana, al salir de la ducha vertía sobre su dedo, con ayuda de una brocha diminuta, una capa de yodo cuyo olor y tono sepia, casi rojizo, recuerdo muy bien. Visitó sin éxito a varios dermatólogos, incluidos los más prestigiosos y caros de la ciudad, que repetían sus diagnósticos y aconsejaban los mismos e inútiles tratamientos: desde las ortodoxas pomadas con clotrimazol hasta el vinagre de manzana. El más radical de ellos llegó a recetarle una dosis moderada de cortisona que tuvo como único efecto inflamar el dedo amarillento de mi madre. A pesar de sus esfuerzos por exterminarlo, el hongo permaneció ahí durante años, hasta que una medicina china, a la que nadie –ni ella– daba crédito, consiguió ahuyentarlo en pocos días. Algo tan inesperado que no pude dejar de preguntarme si no fue el parásito quien decidió marcharse a otro lugar.

 

La serpiente de Beijín

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La serpiente de Beijín

 

Mi familia, como muchas en esta ciudad, tiene orígenes diversos. Papá nació en China, pero llegó a París a los dos años adoptado por una pareja francesa que lo educó según sus costumbres y le puso el nombre de Michel Hersant, que también es el mío. Mamá, en cambio, nació cerca de Alkmar, Holanda, y creció en un entorno protestante hasta los diecinueve. Vivió aquí las dos terceras partes de su vida y logró tener un acento perfecto. Lo que nunca abandonó fueron sus hábitos culinarios –era aficionada al pan con queso y a la buena repostería–, y tampoco los morales. Como se estila en su pueblo, dejaba las cortinas de casa abiertas para demostrarle al mundo que no teníamos nada que esconder. Mi padre no practicaba ninguna religión. Ella era actriz y él dramaturgo. Se conocieron en América Latina, durante la puesta en escena de una obra que él había escrito y en la que ella obtuvo el papel principal. Eso ocurrió seis años antes de mi nacimiento. Es decir, hace casi cuarenta. Desde entonces no se separaron jamás, excepto durante las ocasionales visitas de mi madre a su país y algunos viajes de trabajo. Durante toda mi infancia y parte de la adolescencia, mis padres formaron un bloque indisociable, una muralla en la que no había grietas y contra la cual era imposible rebelarse. Más que la mezcla de orígenes y de culturas, lo difícil para mí fue ser el único hijo de una pareja tan fusionada. A mi parecer, esa unión era producto de la dinámica tan peculiar que mantenían entre ellos. A pesar del cariño que le demostraron mis abuelos, mi padre jamás perdió su aire de orfandad. Su esposa fue para él otra madre postiza que, tanto en la vida profesional como en la amorosa, se dedicó a gestarlo en un útero psicológico del cual nunca sería expulsado. Fue ella quien tomó la iniciativa de construir esta casa, en Montreuil, y fueron sus dotes de albañilería, características de las mujeres neerlandesas, las que aseguraron su resistencia durante años. Siempre di por hecho que envejecerían igual de enamorados: él cada vez más oriental, regando con parsimonia las plantitas de su huerto, ella haciendo pasteles con su delantal a cuadros, como las viejitas regordetas que aparecen en los cuentos. Sin embargo, hubo un momento en que todas mis predicciones se pusieron en duda. Yo, que me había dedicado a observarlos durante diecisiete años, empecé a notar en ellos cambios alarmantes. Los movimientos en la vida de los seres humanos, asegura uno de los principales oráculos chinos, suelen tener orígenes subterráneos y, por lo tanto, difíciles de situar en el tiempo. No puedo entonces explicar con precisión cuándo aparecieron las primeras señales de inconformidad en el carácter de mi padre. Tampoco sé si esta estuvo latente en él desde siempre o si, por el contrario, se debió a las causas externas que mi madre y yo supusimos. Lo que sí puedo decir es que, en su madurez, empezó a demostrar un interés por sus raíces asiáticas que antes nunca había tenido, una especie de búsqueda personal y secreta que no deseaba compartir con nosotros.

 

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