Medium 9788483935187

Contra el tiempo

Vistas: 651
Valoraciones: (0)
Ana María Shua es una figura clave en la narrativa argentina actual y reconocida maestra en el género brevísimo de la microficción. Sus cuentos, como los recopilados aquí, vienen a completar la cartografía literaria de una escritora indispensable que se mueve entre la realidad y el sueño o la pesadilla, entre lo cotidiano y lo fantástico, guiando a sus personajes por situaciones extremas donde en ocasiones no falta tampoco el humor sutil, el absurdo y la ironía más cruel. Un mundo personalísimo para unos relatos magistrales. Esta antología preparada por Samanta Schweblin selecciona lo mejor de cada uno de sus libros para ofrecer al lector una magnífica oportunidad de adentrarse en su obra.
“Detrás de la aparente cotidianidad de estos cuentos, de sus personajes familiares o absurdos, una fuerza extraña late oculta tras la trama y deja una vega sensación de fracaso. No es la muerte –presente en muchos de sus cuentos–, ni la pérdida, ni el dolor. Es una amenaza mucho más alarmante: la fuerza extraña late en los cuerpos”, del prólogo de Samanta Schweblin.

Precio: 5,99 €

Remezcla
Eliminar
 

18 relatos

Formato Precio Mezcla

Prólogo. Sobre Ana María Shua

ePub

Sobre Ana María Shua

 

 

El descubrimiento

 

La vi por primera vez en el verano de 2004, en un congreso de literatura de la Universidad de Buenos Aires. Había leído sus microcuentos pero no sus cuentos, ni sus novelas, y tardé en reconocerla. Ni alta ni baja, con el pelo a lo Mafalda y ojos brillantes, Ana María Shua subió al escenario y se sentó tras la mesa, junto a la entrevistadora. Estábamos en un patio interno del edificio. Hacía mucho calor. El público, disperso, buscaba los rincones más frescos donde acomodarse. Yo apenas empezaba la universidad, y aunque ya tenía una admiración devota por los escritores, me había cruzado con muy pocos, pocos que coincidían en muchas cosas: eran hombres, casi siempre vestían de negro, usaban elegantes muletillas intelectuales y manejaban un vocabulario acorde a sus complejas ideas, difíciles para mí de descifrar. Me encantaban. Pero mi admiración era un imposible. Yo también quería escribir, ser «escritora», necesitaba encontrar algo más detrás de ese espejismo, conectarme con algún tipo de señal que no lograba ver en estos hombres oscuros y complicados. O al menos esto creo ahora cuando, recordando este primer encuentro, me pregunto qué hacía en semejante congreso, viendo subir y bajar escritores del escenario como si se tratara de una subasta.

 

Como una buena madre

ePub

Como una buena madre

 

A mi tío Lucho, a cambio de Caperucita

 

Tom gritó. Mamá estaba en la cocina, amasando. Tom tenía cuatro años, era sano y bastante grande para su edad. Podía gritar muy fuerte durante mucho tiempo. Mamá siempre leía libros acerca del cuidado y la educación de los niños. En esos libros, y también en las novelas, las madres (las buenas madres, las que realmente quieren a sus hijos) eran capaces de adivinar las causas del llanto de un chico con sólo prestar atención a sus características.

Pero Tom gritaba y lloraba muy fuerte cuando estaba lastimado, cuando tenía sueño, cuando no encontraba la manga del saco, cuando su hermana Soledad lo golpeaba y cuando se le caía una torre de cubos. Todos los gritos parecían similares en volumen, en pasión, en intensidad. Sólo cuando se trataba de atacar al bebé Tom se volvía asombrosamente silencioso, esperando el momento justo para saltar callado, felino, sobre su presa. El silencio era, entonces, más peligroso que los gritos: ese silencio en el que mamá había encontrado una vez a Tom acostado sobre el bebé, presionando con su vientre la cara (la boca y la nariz) del bebé casi azul.

 

La revancha

ePub

La revancha

 

¿Usted sabe hasta dónde llegaban los hematomas? Hasta las vértebras prácticamente de la víctima. En la segunda autopsia faltaba una parte del cuello y lo mismo se veían todavía las huellas de los dedos: el pulgar, el índice, el mayor. Extraordinario. Esa era la fuerza del Flaco. No tenía el músculo tradicional, abultado, del boxeador norteamericano. De la punta de la uña hasta el hombro, todo derecho como una barra de hierro.

Yo leí lo que salió en su momento en los diarios, en las revistas. Después escuché el juicio por la radio, como todo el país, pero distinto, porque a mí me tocaba en lo personal. El abogado de la familia de ella salió hablando del placer del estrangulador, le cito palabras textuales, que siente cómo se escurre entre sus manos la vida de la víctima. Dos cosas tengo que objetar: primero, al decir entre sus manos habló demás, porque fue con una sola, la derecha. Segundo, ¿qué placer? Veinte a treinta segundos hasta que la víctima pierde la conciencia. Placer cortito, y en esos treinta segundos el hombre pierde todo, mata a la mujer, deja huérfano al hijo, destruye todo lo que consiguió en tantos años, toda la gloria de campeón, todo. Entonces la gente se pregunta, cómo puede ser, cómo puede ser.

 

La Sala del Piano

ePub

La Sala del Piano

 

Todos los sábados el tío compraba juguetes para todos los sobrinos. También ponía sobrenombres feos: a Wálter lo llamaba Báter. Baterclós era inodoro.

Pero ahora la palabra baterclós se usaba poco y Wálter intentó tímidamente acariciarle el brazo. Cuando se dio cuenta de que su roce no podía ser percibido, fue más fácil seguir con caricias largas y mecánicas en el brazo no canalizado. Pudo tomarle la mano, que estaba fresca pero no fría.

¿Todos los sábados?

«Los del servicio médico son un ángel», le había dicho su tía al llegar, después de abrazarlo y llorar un poco. «Nos dieron, los últimos días, una camilla que servía para moverlo todo. El doctorcito que lo ve acá, también un ángel: ya lo sacó de dos paros. Yo por él que se vaya rápido, pobrecito. Por mí, aunque sea así quiero tenerlo».

Casi todos los sábados, de tarde. Imposible recordar si había una secuencia establecida, o algún motivo en particular que desencadenara la partida. «Vamos, chicos», decía el tío. Los primos bajaban las escaleras a saltos. Eso era peligroso. Los primos eran muchos, de distintas edades. Pochoclo y Pochoclito, por ejemplo: hacía tanto que no los veía que ya no sabía sus nombres verdaderos.

 

Una sesión de tomas

ePub

Una sesión de tomas

 

Vio aparecer las líneas desdibujadas por los errores de color, las caras desanimadas, pálidas, las figuras confundiéndose con el fondo, todo virado al triste verde, al verde moho, se maldijo a sí mismo por no haber renovado los químicos, las pasiones intensas, por no tirar a tiempo lo que parece vivo y está muerto, fingir, ahorrar, durar, y como siempre que estaba en el laboratorio, sonaron el teléfono y el timbre al mismo tiempo.

Atendió el teléfono, un momento por favor, y salió a abrirle la puerta a Valentina sin preocuparse por la invasión de luz, las copias estaban perdidas de todos modos. Por ahorrar en revelador y trabajar con productos vencidos, hay errores que no esperan la muerte, pecados que conllevan su castigo en este mundo. Si su asistente seguía llegando a cualquier hora, iba a tener que darle las llaves del estudio o echarla. Probablemente darle las llaves. Valentina era muy joven y trabajaba por una suma ridícula. Sopesó las dos posibilidades, sus ventajas y desventajas mientras atendía el teléfono, escuchando a medias la voz filosa de Alba, no necesitaba prestar atención.

 

Los días de pesca

ePub

Los días de pesca

 

Cuando yo era chica, en verano, iba siempre a pescar con mi papá. La caja de pesca era de madera y estaba pintada de verde. Adentro había anzuelos de distintos tamaños: los más chicos eran para pejerreyes y los más grandes para tiburones. También había plomadas. Las plomadas, en general, tenían forma de pirámide. Eran muy pesadas. Tenían esa forma para evitar los enganches en las rocas. Íbamos a pescar al muelle o al Pozo de las Burriquetas y siempre se nos enganchaba la plomada porque había muchas rocas. Yo digo «nos» pero el único que pescaba era mi papá. Es decir, el único que manejaba la caña porque en Miramar había muy poco pique. Yo tenía una cañita pero nunca la llevaba; no me gustaba usarla. Lo que me gustaba era estar parada al lado de papá. En el muelle ya nos conocían y también nosotros conocíamos a los que iban más seguido. Al Flaco, por ejemplo, que tenía el pelo rubio y las cejas completamente negras, y a un señor mayor (mayor que mi papá) que se llamaba Ibarra. Yo me sentía muy orgullosa de los conocimientos que iba adquiriendo y trataba de demostrarlos cada vez que podía. Sabía, por ejemplo, que los meros, aunque son chicos, tiran mucho y que a veces, por la forma en que se dobla la caña, uno puede confundirlos con un pez mucho más grande. Cuando alguno de los pescadores venía trayendo la línea con esfuerzo y la caña se curvaba y vibraba, yo me acercaba y le decía: «Por ahí es un mero, nomás». Sabía también reconocer a los gatuzos, que son como tiburones chiquititos; los que tenían manchas oscuras se llamaban «overos». A los gatuzos les sacaban el anzuelo y los tiraban otra vez al agua. Algunas veces sacábamos un chucho. A los chuchos, me decía papá, hay que aflojarles la estrella porque pegan la disparada y si uno no les da línea la pueden cortar. Después se pegan al piso, haciendo ventosa. Una vez papá fue a pescar solo y cuando volvió contó que había tenido un pique increíble. Que tenía floja la estrella del ril y de repente algo (nunca se supo qué) mordió el anzuelo y pegó tal disparada que el hilo de nailon, por el roce, le quemó el pulgar. Me acuerdo perfectamente de la línea blanca de la quemadura en el pulgar de papá. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble?

 

Octavio el invasor

ePub

Octavio el invasor

 

Estaba preparado para la aterradora violencia de la luz y el sonido, pero no para la presión, la brutal presión de la atmósfera sumada a la gravedad terrestre, ejerciéndose sobre ese cuerpo tan distinto del suyo, cuyas reacciones no había aprendido todavía a controlar. Un cuerpo desconocido en un mundo desconocido. Ahora, cuando después del dolor y la angustia del pasaje esperaba encontrar alguna forma de alivio, todo el horror de la situación caía sobre él.

Sólo las penosas sensaciones de la transmigración podían compararse a la experiencia que acababa de atravesar. Pero después de la transmigración había tenido unos meses de descanso, casi podría decirse de convalecencia, en una oscuridad cálida adonde los sonidos y la luz llegaban muy amortiguados y el líquido en el que flotaba atenuaba la gravedad del planeta.

Ahora, en cambio, sintió frío, sintió un malestar profundo, se sintió transportado de un lado al otro, sintió que su cuerpo necesitaba desesperadamente oxígeno, pero ¿cómo y dónde obtenerlo? Un alarido se escapó de su boca y supo que algo se expandía en su interior, un ingenioso mecanismo automático que le permitiría utilizar el oxígeno del aire para sobrevivir.

 

Encuentro con Leila

ePub

Encuentro con Leila

 

Estaban por todas partes, sobre todo en el centro y en la peatonal. Ahora las calles comerciales eran Güemes y Alem, pero él había insistido en alojarse cerca de la plaza Colón. Por todas partes. La Boston resistía, o mejor dicho, una sucursal de la Boston, que ahora era una cadena. En esa zona los negocios exhibían en sus vidrieras solamente souvenirs baratos, higrómetros violetas con forma de pez, collares de caracoles, chafalonía de metal y piedras brillantes, sandalias de plástico, pobreza. En la rambla de la Bristol se venían cuerpos oscuros, sudorosos, pantalones de gimnasia con la raya blanca al costado, trajes de baño viejos, deslavados, pelos duros y lacios, teñidos de amarillo. Por todas partes. Hernán se acordó de los monstruos en ese cuento de Cortázar. Pero no se llamaba «los monstruos»… Cómo le había costado a Cortázar explicar que no era el autor el que pensaba así, sino su personaje. La ropa de los jóvenes se había uniformado y sin embargo se los reconocía, como siempre. Por ellos había militado, por ellos vivía en Madrid desde el año 1976. ¿Ellos? ¿Ellos y nosotros? ¿Desde cuándo? El Provincial y el Casino estaban igual que siempre, por lo menos de afuera.

 

Nariz operada

ePub

Nariz operada

 

Esta historia que voy a contar no la pedí prestada, no la inventé, no la robé. Es la historia de lo que me pasó a mí, la autora de este libro, cuando en el año 1968 decidí operarme la nariz.

Yo tenía dieciséis años, un novio que me venía durando desde los trece y una nariz grande, ganchuda y jorobada. Novio y nariz eran parte de un mismo malestar.

Me sentía muy fea. Hay que tener intensamente trece, catorce, quince años para saber lo que significa sentirse muy fea. Es una sensación que no volverá nunca, ni siquiera con la auténtica fealdad de la vejez. Una vieja se compara con las otras viejas. Una jovencita se compara con las otras jovencitas y sabe que todas, absolutamente todas, incluso las que no lo saben, son más lindas que ella.

Fea y desahuciada.

Vivía en esa época en la esquina de Riglos y Rosario. El viaje entre mi casa y el colegio lo hacía en el subte A. Eran vagones antiguos, con muchos espejos, en los que me miraba de reojo.

 

La mujer herida

ePub

La mujer herida

 

El Taunus no es nuevo pero todavía responde. Como un perro husmeando al otro, Joaquín roza casi con su paragolpes la chapa de un Honda que disminuye la velocidad. El sol pega de frente y rebota en los techos de los autos que se detienen en las casetas de peaje. El calor se ve, pero no se siente, el aire acondicionado funciona bien. En cambio el reflejo del sol lastima los ojos. Claudia baja la pantalla protectora y se yergue todo lo posible en el asiento sólo para comprobar una vez más que el vehículo está diseñado para personas altas. El cinturón de seguridad le molesta en el cuello.

–¿Lo vas a hacer otra vez? –pregunta.

–Agarrate, Catalina –contesta él.

Adelante, el conductor del Honda está recibiendo el vuelto. Joaquín saca la mano con un billete fuera de la ventanilla. Siente correr por sus venas el agradable shock de adrenalina mientras la otra mano aferra la palanca de cambios con un placer casi convulso. Contiene el pie ardiendo sobre el acelerador. Se levanta la barrera y antes de que alcancen a bajarla, bien pegado al Honda, el Taunus se lanza hacia adelante y pasa sin pagar.

 

Vida de perros

ePub

Vida de perros

 

Me llamo Juan Domingo Benjamín. Juan Domingo, por ser ahijado de Juan Domingo Perón, que fue tres veces presidente de la Argentina. Y Benjamín por ser el menor de mis hermanos.

Benjamín es nombre de hijo menor. Yo digo: si mis padres me pusieron así es porque ya habían decidido que no iban a tener más hijos. Entonces ¿no podían haberlo decidido antes de tenerme a mí? Como séptimo hijo varón, mi vida no fue fácil.

Por ejemplo, fue un problema tener de padrino a Perón, un presidente argentino al que muchos querían y muchos odiaban. Una ley nacional decía que el séptimo hijo varón tenía que ser ahijado del presidente, para que no lo trataran mal por lobisón. Pero mi familia era antiperonista. En el fondo, todos hubieran preferido que me convirtiera en lobo las noches de luna llena y no que me llamara Juan Domingo.

Lo más triste es que yo me convertía en lobo de todas maneras. No exactamente en lobo, sino en un perro negro y enorme, siempre muerto de hambre. En realidad, tampoco era en las noches de luna llena, sino todos los viernes a la noche y algunos martes.

 

La señora Luisa contra el tiempo

ePub

La señora Luisa contra el tiempo

 

A las seis de la tarde la señora Luisa estaba otra vez en su casa con los zapatos nuevos. Estaba contenta. En la fábrica había muchos modelos para elegir y los precios eran bajos. Entonces sonó el teléfono. Su marido la llamaba desde el sanatorio. Estaba llorando.

La señora Luisa dejó la cartera sobre la mesa pero no se sacó el tapado. Unas cuantas gotas de pis se le escaparon antes de llegar al baño. Sintió, al orinar, un cierto grado de alivio físico. Salió de su casa sin cambiarse.

En el taxi trató de hacer algunas deducciones a partir de la escasa información que había recibido. Su marido le había pedido que fuera enseguida. Estaba llorando. Imaginó diversas complicaciones posibles que excluyeran la muerte y justificaran el llanto. Un infarto, por ejemplo. Su hijo en terapia intensiva: su marido llorando. Una mala noticia, por ejemplo. Su hijo no volvería a caminar: su marido llorando. Se preguntó si en este último caso sería preferible para su hijo, la muerte.

 

Amanecer de una noche agitada

ePub

Amanecer de una noche agitada

 

Como rellena de aserrín la boca, fría la cabeza de miedo, el brazo tirado en el suelo, blanco hasta la náusea (lo comparó con el izquierdo tan tostado). El dolor en la barriga, solamente. La cabeza como hinchada, como reventando. Se apretó fuerte la frente con los dedos. Con los diez dedos. La soltó de golpe. Había sentido sobre la piel la presión de los dedos de la mano derecha, claramente. Pero los ojos le decían que no, que el codo no se había flexionado, el brazo seguía tendido cerca de sus pies con las venas azules marcadas sin sobresalir de la piel todavía más blanca del lado interno. No había sangre. Se volvió a apretar la frente tratando de hacer brotar el recuerdo como el jugo tibio pero refrescante de una naranja en un día de mucho calor. El calor, también, pegándosele al cuerpo. ¿Una máquina? ¿Un hacha? ¿La sierra eléctrica con la que el carnicero separaba tan limpiamente, sin sangre, los bifes de costilla? Arcadas, y el horrible deseo de volver hacia atrás, de hacer retroceder el proyector unos cuadros, apenas los suficientes como para evitar el error que no volvería a cometer (¿un error?) si sólo le daban la oportunidad de volver su vida al camino de siempre, de donde la había descarrilado súbitamente la desgracia. Fuerte se sentía, sin embargo. Desesperada pero fuerte. Una mujer como ella no podía permitirse andar por las calles sin su brazo derecho colgando como corresponde al costado del cuerpo, o levemente alzado y sosteniendo la cartera. No podía. Restituir el miembro amputado. El miembro amputado. Amputado. Amputado. Si encontraba al cirujano, si lo encontraba ya, todavía era posible. Ya: cada segundo asesinaba una célula. Miró el brazo tratando de descubrir en la punta de los dedos el comienzo de la muerte, un cambio de color que lo delatara. Con la mano izquierda lo alzó. No pesaba. Trató de pensar rápidamente –el tiempo se atropellaba a la velocidad de la muerte– pero sólo podía pensar en margaritas, calesitas, muchedumbres, gatos. Tenía que estar vivo ese brazo, seguir vivo. Puso agua en un balde y lo metió adentro. Quiso sacar de la heladera cubos de hielo, pero el congelador estaba lleno de pedacitos de tela de distintos colores. Echó un puñado en el balde. Apenas podía moverse. Estaba sumergida en una masa viscosa que se adhería a toda la superficie de su cuerpo retardando los movimientos. El aire era sólido y se arrastraba por el interior de sus pulmones en poliedros de aristas afiladas. (Poliedros, poliedros, poliedros, poliedros: ¿la clave?). Ella sabía que en la playa había un médico, en la carpa veinticuatro, y corrió por la arena –estaba seca y blanda y se hundía hasta las rodillas– con el balde en la mano, donde llevaba el brazo extrañamente empequeñecido. Seguramente había pasado ya demasiado tiempo, se le acortaba la esperanza (pero no la urgencia). La playa estaba llena de gente conocida que la ayudaría si sólo pudiera recordar sus nombres, gente vestida con gruesos abrigos de piel y de pelo de camello a pesar del calor terrible que se le trepaba a los hombros aplastándola con su peso. Un hombre alto, que también era su tía, se le puso delante. Imposible no pararse a conversar mientras el cirujano se alejaba a grandes pasos hacia la rambla. Su tía la convidó con facturas (pero estaban demasiado duras para partirlas con los dientes), mientras le hablaba de hemorroides. Aunque no podía distinguir las palabras, ella sabía que el tema era ese por el tono rítmico y monótono, parecido a las estrofas del Martín Fierro. Con la urgencia enredándosele en las piernas, trabándole las rodillas de angustia, trató de explicarle. Sin atreverse a dar vuelta la cabeza, con el rabillo del ojo veía al doctor muy lejos, nada más que un punto negro bailando en el horizonte. Pero su tía, que usaba traje con chaleco como todos los abogados, se había puesto a cantar y la obligó a acompañarla con la guitarra, tocando con una sola mano hasta que se quebró la madera apolillada y miles de bichitos negros sin alas empezaron a salir del agujero central, subiéndosele por las manos y los brazos hasta el pelo donde empezaban a anidar, tejiendo gruesas redes en las que se hamacaban. Miró el balde, donde el brazo había terminado de derretirse y descubrió que otra vez se había olvidado de ponerse la bombacha.

 

Ha llegado un escritor

ePub

Ha llegado un escritor

 

Estaba cansado y hacía mucho frío, pero por fin había llegado a Zorzales de la Frontera, después de siete horas de viaje. En el micro, el olor a cigarrillo daba náuseas. Las ventanillas, como siempre, se mantenían herméticamente cerradas. ¿Pero no estaba prohibido fumar? Ni los pasajeros ni el chofer transgredían esa prohibición y sin embargo el olor estaba allí, omnipresente, agobiante. Gustavo respiró con fruición el aire helado de la minúscula estación del pueblo. ¿Alguien habría fumado adentro del vehículo mientras estaba estacionado? ¿Los micros estacionaban alguna vez? ¿O se mantenían permanentemente en movimiento, yendo y viniendo por los caminos de la patria? En arreglo: esa era la respuesta. El micro había estado en algún taller y antes o después de revisar el motor los mecánicos se habían refugiado en la cabina para tomar mate, charlar, jugar al truco: fumando. Gustavo había dejado el cigarrillo hacía quince años y ni siquiera entonces, cuando era un gran fumador, podía soportar el olor a pucho frío en un lugar cerrado. El olfato ¿no se saturaba enseguida? Recordaba un programa de televisión, tan ilustrativo, del Discovery Channel, en el que se veía a los olores como bloques de formas diversas que encajaban en huecos equivalentes de las células olfativas y los sellaban, provocando un efecto de saturación: así, después de un breve lapso de estar expuesta al olor, la persona dejaba de percibirlo. La animación, en bonitos colores, hacía pensar en el juego del tetris, las piezas encajaban con precisión unas en otras y sin embargo él, Gustavo Manzone, siete horas después, encerrado en el micro mal calefaccionado, moviendo los dedos de los pies en los zapatos para hacerlos entrar en calor, había seguido respirando ese olor estancado y nauseabundo que le daba dolor de cabeza.

 

El viejo en el jardín

ePub

El viejo en el jardín

 

Eran hermosos. Altos, dorados y brillantes. Hermosos. Todo era hermoso esa mañana: la casa grande, con pileta, recién pintada, dulcemente nueva, dulcemente suya, el verde violento del paso en el final de la primavera, el sol calentándole los huesos, la sonrisa metálica de la parrilla, las flores y las plantas del jardín (y tan caro costaba mantenerlo que, por momentos, esos pétalos rojos y violáceos le parecían de oro), el arco iris que se formaba al atravesar la luz los chorros del regador girando su mínima y fresca lluvia sobre el césped. La justa recompensa a una vida larga y laboriosa: productiva.

Todo era hermoso, pero nada tanto como sus nietos: altos, dorados y brillantes, sus cuerpos mojados reverberando al sol, zambulléndose y volviendo a salir de la pileta como delfines, como pájaros.

Martín y Osvaldo eran más altos que él: apenas. Patricia ya tenía cuerpo de mujer y la sentía incómoda, consciente de sus muslos, cuando intentaba sentarla en sus rodillas; no le gustaba que la besara en el cuello como cuando era chiquita. Hasta Silvana, la menor, había gritado esa mañana cuando su abuelo había abierto sin querer la puerta del dormitorio donde se estaba poniendo la malla.

 

Auténticos zombis antillanos

ePub

Auténticos zombis antillanos

 

En un cuento de Andersen, los Zapatos de la Suerte cumplen los deseos de quien los lleve puestos y esa realización trae desdicha. Cuando alguien se atreve a desear, en forma simple y directa, ser feliz, recibe la muerte. No porque los zapatos mágicos hayan fallado, sino todo lo contrario: porque la felicidad exige la anulación de los deseos.

Disneyworld, para muchas familias latinoamericanas, es la representación misma del deseo y la ilusión. El viaje al Paraíso se ofrece como premio en infinitos (porque se reproducen y renuevan) concursos infantiles. Acceder al Paraíso es una exhibición de prosperidad, el resultado de un golpe de suerte, una promesa de parientes ricos, una fantasía imposible para los pobres.

En el mundo real, Disneyworld es un parque de diversiones grande y hermoso. Para quien no espera o imagina otra cosa, es un lugar de placer. Pero no es el Paraíso. Los adultos lo saben: los chicos no. Por eso, a partir de cierta edad, les resulta decepcionante.

 

La columna vertebral

ePub

La columna vertebral

 

Mientras buscaba un caramelo en la cartera, escuchó la voz del doctor Rosenfeld diciendo que la conferencia había terminado y proponiendo disfrutar del video. Cuando levantó la mirada, el médico estaba exactamente en la postura que ella había imaginado, casi recostado, de brazos cruzados, con las piernas muy largas estiradas en una actitud relajada, tan cómodo como la silla se lo permitía. Stella volvió a colocarse los auriculares para la traducción simultánea.

La primera parte de la grabación era repugnante y sangrienta. En ningún momento se mostraba la cara del paciente. No sólo estaba cubierta la zona que delimitaba el campo operatorio sino todo el cuerpo tendido boca arriba. Acceder a la columna vertebral desde un abordaje anterior, entrando por los costados del vientre, exigía cortar una cantidad importante de tejido. No hacía falta ver la cara o el cuerpo del paciente para saber que era muy gordo. La gruesa capa de grasa amarillenta también sangraba. En una segunda etapa se introdujo en el cuerpo un globo que, al inflarse, servía para mantener apartadas las vísceras y capas musculares. Stella desvió la vista. Como kinesióloga, esa parte de la operación no le interesaba. Sintió una ola de calor que subía desde la espalda, cubriéndole la cara con un sudor espeso, y recordó que el doctor Rosenfeld había usado la palabra disfrutar. En su país ningún traumatólogo habría aceptado intervenir a un hombre tan gordo. Buena parte de los efectos positivos de la operación serían anulados por el peso que el paciente cargaba sin piedad sobre su espinazo. Tal vez los médicos yanquis no pudieran permitirse elegir, considerando la creciente obesidad de su población.

 

Una conversación con Ana María Shua

ePub

Una conversación con Ana María Shua

 

Una vez dijiste: «Los escritores somos vampiros de la vida, vivimos y nos miramos vivir». Del otro lado del espejo, los lectores también nos miramos a través de los libros. ¿Hay algo hipnótico en la literatura?

Vampiros de la vida, sí: nos alimentamos de la vida propia pero también de la ajena, absorbemos vida para transformarla en palabras. Vivimos a medias, espectadores de nosotros mismos. Para nosotros, toda experiencia es también, cruelmente, fuente de escritura. Pero además los escritores somos, en primer lugar, grandes lectores. Hemos atravesado esa forma de hipnosis que es la lectura: para un verdadero lector, un estado de trance del que no es fácil despertar. Y ahora queremos provocarlo en otros.

 

¿Cómo fue tu infancia como lectora, tus primeros acercamientos a la literatura? ¿Te leían tus papás?

Fue, precisamente, una infancia-como-lectora. Eso era lo que hacía la mayor parte del tiempo: leer sin parar, apasionadamente. Nada me gustaba tanto. Ese vicio me provocaba muchos problemas sociales, claro. Cuando me invitaban a un cumpleaños, lo primero que hacía era ir a mirar si la casa tenía biblioteca y en ese caso allí me quedaba, mientras mis compañeras se divertían jugando. Leo casi desde que tengo uso de razón. Siempre me fascinó la palabra escrita. Uno de mis primeros recuerdos son las cartas que le escribía a la cigüeña para que me trajera una hermanita. Mi mamá estaba embarazada. Yo tenía tres años y dibujaba garabatos sin sentido en una agenda vieja. Pero si yo sabía perfectamente lo que estaba escribiendo, ¿por qué el resto de la gente no los podía leer? Extraordinario, inolvidable misterio. Mi mamá me leía cuentos tradicionales y también inventaba algunos para mí, pero no eran muy buenos. En cambio me encantaban los que me contaba mi papá. Por alguna curiosa razón que nunca pude descifrar, todos sus cuentos eran acerca de los Casacas Rojas, la Policía Montada del Canadá. Yo era insaciable y muchas veces mi papá me pedía ayuda para que armáramos las aventuras de los Casacas Rojas entre los dos. Después leí más o menos lo mismo que toda mi generación. En primer lugar, una colección de clásicos infantiles-juveniles muy famosa en la Argentina, la Colección Robin Hood: Louisa May Alcott, Emilio Salgari, la saga del Príncipe Valiente… Nada muy original. Hasta que, a los nueve o diez años cayó en mis manos un libro muy importante en mi formación: la Antología del Cuento Extraño, una maravillosa selección de literatura fantástica universal, compilada por el escritor argentino Rodolfo Walsh (aunque en ese momento no lo sabía ni me importaba). Después, simplemente, seguí leyendo. Y todavía no puedo parar.

 

Detalles

Libro impreso
Libro electrónico
Relato

Formato
ePub
Encriptado
No
SKU
B000000082481
ISBN
9788483935187
Tamaño del archivo
400 KB
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
Formato
ePub
Encriptado
No
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
SKU
En metadatos
ISBN
En metadatos
Tamaño del archivo
En metadatos