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Casi tan salvaje

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Este primer libro de Isabel González disfruta del ritmo del cuchillo y del aire en un afán por reconstruir y apuntalar primero para derribar después. Sus personajes luchan por la supervivencia en condiciones adversas, en un campo de batalla que es tanto el propio cuerpo como el paisaje que lo rodea. Alma y fuerzas elementales se dan cita en cada palabra. En sus cuentos no es amor lo que se pide pero se compra todo por amor. El lector desprovisto de presuposiciones no descansará. Isabel González, tampoco, casi tan salvaje y toda una colisión.
De Isabel González se ha escrito: “Si algo nuevo se puede encontrar en la literatura actual es la voz de estas mujeres jóvenes que retuercen los viejos temas hasta iluminarlos con un fulgor nuevo. Escritura potente, descarada, nacida de una fuerza elemental donde cerebro y pasión se trenzan. Poética y genital. Si algo nuevo había que decir son estos cuentos, si algo esperábamos los lectores es el deslumbramiento que produce una generación a la que pertenece Isabel González”, Clara Obligado; “Las frases cortas de Isabel, sus imágenes, tienen algo de dentellada por sorpresa, de clavo que atraviesa la carne y nos recuerda, a cada golpe, lo que significa estar vivos. Cuidado, lector, si entras en estos cuentos, porque saldrás temblando”, Patricia Esteban Erlés; “Admiro a Isabel González por su capacidad de hacer alta literatura con las mínimas torpezas cotidianas. Su escritura inesperada, original, nos demuestra que la imaginación está aquí, en este mundo, acechándonos. Me siento muy honrada de darle la bienvenida a su primer libro”, Ana María Shua.

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No es amor lo que se pide

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No es amor lo que se pide

 

No es amor lo que se pide. Son muchas cosas pequeñas y sin descanso. Una tras otra. No sé por qué lo llaman amor. No sé por qué no lo llaman muchas cosas pequeñas y sin descanso. Creo que podría ajustar mi vida a ello. ¡Se ha acabado el queso rallado!, descubro el paquete vacío. Me alarmo. Pero hay queso en la despensa y un rallador en el armario y he perdido la costumbre de aunarlos.

Hoy me he levantado a las seis, he planchado, he enviado dos correos y he contemplado a mis hijos mientras dormían. Aunque no me reclamaban, les he arrancado la sábana y los he despertado. Porque, a veces, también es lo que no se pide. Sobre todo, lo que no se pide. No sé por qué no lo llaman muchas cosas pequeñas y sin descanso y también lo que no se pide. El verbo dar. Un estadio primitivo. Ni siquiera precursor del trueque. Sacarse una muela y que consista en entregar una muela. Sacarse un hijo y que consista en entregar un hijo. La entrega. Una mujer que se llama Marisa y que llama Marisa a su taza. Marisa, al aparador. Marisa, a su calle y a su coche. «¿Marisa marisa?», pregunta a los vecinos. Los vecinos le sonríen como si fuera estúpida. No se dan cuenta de que, hablen de lo que hablen, también ellos están siempre hablando de ellos.

 

El establo

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El establo

 

Lo esperó durante horas en un establo del año dos mil diez. Sin abrir el bolso con la ropa interior negra. Lo esperó así, sentada al borde de la cama, con las piernas juntas y el bolso sobre las rodillas. Lista para coger el autobús a una ciudad extraña. Echó un vistazo a las serigrafías colgadas en la pared de piedra. «Chillida», leyó en las plaquitas. Kentias en el pesebre. De modo que en esto se habían convertido los establos. Habían llevado los burros al zoo y habían devuelto los leones a África por cuestiones ecológicas. El resultado es que ahora los zoos eran una cosa aburrida llena de asnos y de conejos, y que ella ocupaba el lugar exacto donde pació una mula. Aparearse en la habitación pija de una casa rural restaurada. Lo que había venido a hacer. Con esos cuadros que no le gustaban y que tanto se parecían a las argollas suspendidas sobre la cama. Donde no estaba la cabecera. Donde se amarraba a las bestias.

Por supuesto, pensó que aquel no era su sitio. Claro que quiso marcharse. Pero huir requería demasiadas gestiones con las que no había contado. Encender el móvil, llamar a un taxi, inventar excusas. Volvió a mirarse el reloj y sus zapatos inapropiados. Se descalzó. Un sistema de calefacción bajo el suelo templaba las baldosas de pizarra. Resultaba agradable. Podría esperar así otras cuatro horas. Cuarenta horas. Cuarenta años desde aquel fuego. Contaban chistes y el chico del ciclo superior quemó las suelas de sus botas. El chico del ciclo superior saltaba sobre las llamas, imitaba a una grulla y bebía de dos botellas a un tiempo. Cualquier sandez a la que está dispuesto un adolescente por llamar la atención. Y lo conseguía y era un orgullo que, entre todas las chicas, fuera a ella a quien cogiera de la mano. Hubo abucheos, silbidos, gestos inequívocos, la constatación de que algo se avecinaba. La pareja se alejó de la lumbre y caminó por la orilla del pantano bajo otra luz. La de la enorme luna que dibujaba las eneas. El chico del ciclo superior no la arrastró sin embargo hacia su tienda. Porque allí hacía frío. Porque los borrachos tropezaban con los vientos y soltaban las piquetas. Dejaron atrás la zona de acampada y se encaminaron hacia su coche. Él le abrió la puerta. Ella subió tiritando. «¿Tienes frío?». Arrancó el motor y la radio. «¿Te gusta?». Los pies arriba y la cabeza abajo. El tacto extraño, los dedos ajenos y ese olor a gata recién parida de los lugares cerrados donde se practica sexo.

 

Material a aportar por el alumno: gomaespuma para prótesis y deformidades

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Material a aportar por el alumno:
gomaespuma para prótesis y deformidades

 

Ni siquiera sabía dónde conseguir gomaespuma, pero el curso de bufón exigía que cada uno lleváramos lo nuestro. La primera vez que quise ser actriz pensé en muchas cosas. Pensé en follar ante las cámaras, en la adoración del público, pero nunca pensé en prótesis ni en deformidades. La primera vez que quise ser actriz me llamaron ignorante. Ahora me llaman caprichosa, regresiva, yo qué sé. Demasiado pronto o demasiado tarde. Y, sin embargo, esa no es la cuestión. La cuestión es la brevedad del intervalo.

La colchonería de mi barrio. El taller de un artesano. Algo de lo que apenas conocemos su nombre: un alfarero o un bruñidor. La colchonería de mi barrio es oscura y estrecha y los colchones están expuestos en la calle, junto a la puerta, apoyados contra el muro. Los perros se acercan a mear y el colchonero, sin moverse de su sitio, los espanta con un palo. Seguro que ahí venden gomaespuma, pensé. «Al por mayor», me dijo el hombre. «Yo sólo necesito un poco», señalé dos fragmentos, le tendí diez euros. Diez vellones. El lugar invitaba a pronunciar cosas así: escudilla, calzas, almanaque. El colchonero ignoró mi billete, inspiró aire y otras cosas, y giró la cabeza hacia la puerta. Su escupitajo sobrevoló la acera e impactó contra la llanta de un automóvil. Impresionante. A mí me sobrecogía su saliva y él ni siquiera se molestaba en sustentarse sobre sus piernas. Igual que otro de sus jergones, permaneció recostado contra la pared. Él ya no funcionaba así; él ya sólo proveía a residencias de ancianos con el culo descarnado; él ya sólo vendía a circos, a escuelas de artes marciales, a prostíbulos. «El pequeño cliente es la ruina», me miró con fijeza. ¿Otro lugar así de recóndito y húmedo?

 

Monoteísmo

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Monoteísmo

 

A veces, Dios venía a comer a nuestra casa. Éramos tres hermanos y siempre me tocaba a mí cederle el asiento, usar el taburete de la cocina. Lo mismo podía suceder un martes que un domingo. Mi madre, a escondidas, chupaba la cuchara de plata y la abrillantaba con su delantal grasiento. Me llenaba de repugnancia y de la firme promesa de no convertirme jamás en Dios. Luego, disponía el reluciente cubierto junto a los platos de porcelana y la servilleta de hilo doblada en pico. Dios tenía un vaso para el agua, una copa para el vino y un cuchillo especial para el pescado. «¿Dios eructa?», preguntaba mi hermano pequeño. «¿Tú lo has oído eructar?», le soltaba una colleja mi madre. Pero es que Dios ni eructaba, ni hablaba y ni siquiera aparecía la mayoría de las veces. Vivíamos al otro lado del río. En una casa grande y fría rodeada de plantaciones de maíz y de alfalfa. Teníamos un corral sin animales en el que, a cambio de propinas o de patatas, algún agricultor aparcaba su maquinaria. Almacenábamos las patatas en la bodega, sobre unos sacos descosidos dispuestos en el suelo, y la maquinaria, bajo un techado de vigas de madera. También guardábamos la moto del afilador. Su esmeril atornillado a la parrilla. La Guardia Civil aparcaba gratis. Nos peleábamos por sus cascos y por escuchar interferencias a través de sus walkie-talkies. «¿Los marcianos tienen bigote?», preguntaba mi hermano pequeño. Se podían preguntar tantas cosas mientras esperábamos a Dios. Mi madre se quitaba el delantal, se sentaba junto a la silla vacía y nos miraba uno a uno con esa sonrisa que me ha hecho detestar las sonrisas. «¡Veo, veo!», pronunciaba. «¿Qué ves?». «Una cosita». «¿Y qué cosita es?». Yo nunca jugué. Aquello era una trampa, la pizca de queso que comen los ratones antes de caer en el cepo.

 

Por el este y en el oeste

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Por el este y en el oeste

 

Una fila de casas iguales entre dos carreteras. Un detalle geométrico en un jersey de listas. Nada de eso estaba allí antes. No estaban las casas. No estaba la circunvalación ruidosa por el este y en el oeste, la calzada que sólo usan vecinos y despistados. Conductores distraídos. Vecinos idénticos. Por qué dices eso si no es cierto. Observa la distribución interna. Los Hackman han ubicado su salón frente a la M-30 y los Sánchez han repartido allí sus dormitorios. Los Sánchez no tienen problemas de insomnio. Los Hackman tienen problemas con las hortensias. Los Llull remueven la tierra de su jardín a diario. Como si buscaran un tesoro, tesoro. Como si lo enterraran cada día en un lugar distinto. A Leo no le gusta que su madre lo llame tesoro y no quiere saber que los Izaguirre han dispuesto su sala de estar transversalmente. Igual que una caravana. Sin gusto. La mesa junto al sofá y, junto al sofá, la estantería. Una hilera de muebles esperando su mudanza. Esa idea sí que le gusta. Leo plastificado y atado a una silla de respaldo rígido. Cinta aislante en la boca. Otro objeto aunque con orejas. Distinguir por el motor una berlina de un monovolumen. El furgón que doblará la esquina para montarlo en su remolque y llevárselo con él. Mientras, el maldito loft donde vive porque sus padres eligieron no elegir entre la carretera ruidosa y la carretera tranquila. Y no escoger es quererlo todo. Es añadir silencio al ruido y ruido al silencio. Es arrancar las puertas y derribar los tabiques. Fundir los corredores con el aire. Anular las esquinas. No escoger es mucha luz. Pero no elimina el riesgo de equivocarse.

 

Cuna

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Cuna

 

Compré todo lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas. «Hoy no es mi cumpleaños», me dijiste. «Da igual. Ábrelo», insistí. Rompiste el papel de mala gana y apareció la pelota desinflada. En otro paquete diminuto estaban las alcayatas. Hasta aquella mañana, yo ni siquiera sabía que se llamaban alcayatas. Por eso me gusta entrar a la ferretería. Echar un ojo por ahí y, cuando me decido, pedirle al encargado que me ponga siete de eso. «¿Siete alcayatas?». «Exacto. Siete alcayatas», pronuncio por primera vez y una bandada de gorriones remonta el vuelo desde mi estómago. Los nombres suelen ser más bellos que las cosas. Me gustan especialmente Bernardo y tachuelas. Pero no puedes llamar a nadie Bernardo Tachuelas. He aquí la esclavitud de las palabras. Estuve a punto de conocer a un Bernardo y conocí unas tachuelas, que son como las chinchetas aunque no es necesario que su cabeza sea circular y chata. Algo sin complicaciones. Lo que puedo ofrecerte. También una pelota de playa. «¡Vamos, hínchala!», te animé. Y empezaste a soplar. Supongo que los dermatólogos ya han estudiado este fenómeno. La tersura que gana terreno a las arrugas. La posibilidad de rejuvenecer un rostro soplando por sus narices. Tú, sin embargo, no parecías contento. Tenías miedo. Miedo de que explotara. Esta vez no lo hizo y vimos que el balón traía dibujado un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes, un perro con un cubo entre los dientes. Un motivo que se repetía en el ecuador del balón. «¡Abre el otro, venga!», te apremié. Suspiraste resignado y tus dedos se hicieron torpes con el minúsculo envoltorio. Al final, arrancaste el celo con los dientes y te pinchaste. «¡Mierda!», dijiste. Tu boca empezó a sangrar y yo te traje alcohol y agua del grifo. Estabas tan apurado que untaste el algodón en el vaso y bebiste del bote. «¡Mierda!», escupías. La situación no dejaba de ser graciosa y yo lamenté la falta de consistencia de tus encías de pladur. «Si la alcayata se hubiera sostenido en tus premolares habríamos podido colgar un cuadro», bromeé. «¡Has vuelto a beber!», me soltaste. «¡Mira quién habla! El señor que acaba de echarse un trago de alcohol desinfectante», respondí. Luego me puse a llorar. Porque hago todo lo que puedo. Te lo juro. Porque esto es todo lo que puedo ofrecerte: un balón de plástico y siete alcayatas de acero o de latón, de rosca o de clavar, grandes o pequeñas. Me llevé las estándar porque, según el ferretero, valían para cualquier cosa. También para demostrarte mi amor. Qué otra cosa propones con el dinero que me dejas. Bloqueaste mi cuenta por lo de mi afición al vino, por lo de mi afición a las tragaperras del Roxi Palace, por lo de olvidar dinero en los sombreros de los mendigos. El otro día, el día más frío de este invierno, crucé los porches donde duermen y uno de ellos, agarrado a un cartón de vino, gritó: «Si sigue nevando así, me voy a misa de una a dar pena». Te he regalado tantas veces la misma cosa... La misma pluma envuelta en Navidad y vuelta a envolver la Navidad siguiente; el mismo disco de Eric Clapton remasterizado por otra compañía; un beso igual a otro beso y, en tu sexo, siempre los mismos labios. Seamos honestos. No estoy borracha por haber bebido. Bebo porque estoy borracha. Borracha, ebria, embriagada de las flores del cementerio y de esas otras. Las que tú me regalas por mi cumpleaños. Cada doce de junio, esa docena de rosas que son como una afrenta. Como si me dijeras: «Esto sí que es un regalo. Aprende». Y tú tienes que conformarte con siete alcayatas y un balón. Papel de lija a fin de mes, cuando sólo me quedan sesenta céntimos. «Para regalo, por favor», le digo al ferretero. A base de ponerte algodón entre el labio y la encía, dejaste de sangrar. A base de concentrarme en tu herida, dejé de llorar. Entonces me sorprendiste. «Toma», me entregaste otro sobrecito. Siete hembrillas de hierro cincado. Siete hembrillas estándar para mis siete alcayatas estándar. Las clavamos en la pared del pasillo. ¿Qué prenderemos de ellas? ¿Láminas de jazz? ¿Acuarelas? ¿Aprovechará una araña la infraestructura para tejer su red? De una patada, enviaste el balón al cuarto del fondo. Giraba en una esquina y al girar daba la impresión de que el perro con el cubo entre los dientes se ponía a correr. Nada más que una ilusión. La cuna vacía. Alisé un pliegue de la colcha y tú pusiste una mano en mi vientre. «Sólo te necesito a ti», me besaste. Y yo qué sé. Yo qué sé. Si ahora nevara, si no dejara de nevar hasta el mediodía, iría a misa de una. A dar pena.

 

Líneas

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Líneas

 

«Si necesitas menos líneas, enséñales las tetas», me dijo mi jefe. Lo mismo me había aconsejado mi madre para encontrar un buen marido. Tal vez pronunciara escote o proximidad o perfume de almizcle. Eso no tiene importancia. Mi jefe censuró el diseño de la página cinco y seguimos hablando de cuerpos de letra y de blancos entre la cabecera y el titular. Repasábamos el periódico de ayer y le gustó la página diez. «Su evanescencia», precisó. Le transmití mi malestar porque, para hacerla, habían tenido que cortar la crónica de guerra de Kalil.

–Tuvieron que quitar la parte en que una madre protege una hogaza con su cuerpo. Un pan tan duro que, si lo hubiera usado de escudo, le hubiera salvado la vida.

–No te preocupes. Cuando Kalil vuelva, le enseñas las tetas y ya está –volvió a decirme. Tal vez pronunciara «le pides disculpas» o «le invitas a un café». Eso no tiene importancia.

–Eres como mi madre –me levanté.

Se lo tomó como un piropo y abandoné el despacho. Mi silla había desaparecido. Eso era la redacción de un periódico. Un lugar donde vas al baño y, de regreso, han volado una mezquita y tu silla. Lo del asiento es lo que agota. Lo otro, una información de apertura a tres columnas. Robé la silla de alguien y le puse mi nombre con tinta indeleble. La especialista en exrepúblicas soviéticas tamborileaba con su lápiz en mi teclado.

 

Lo normal

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Lo normal

 

Porque lo normal es perder un guante, fue encontrar tres en mi bolso y volvérseme el mundo una incógnita, un planeta sin leyes, un abismo sin baranda hasta que hallé a la mujer de tres manos y se los regalé.

 

 

La mujer inolvidable

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La mujer inolvidable

 

Nora quería ser inolvidable. Pero no como esa tapia apuntalada que rodea el parque. Las enredaderas han cubierto las vigas y forman un túnel bajo el que juegan los niños y procrean las ardillas. Si ahora arreglaran el muro y retiraran los puntales la gente se quejaría. Hace veinte años, la pared se combaba, llegaron unos hombres y colocaron esos postes provisionales. Hicieron demasiado bien su trabajo. Erradicaron la posibilidad de hacerlo bien del todo.

Se te rompe un tacón en la fiesta donde se encuentra el amor de tu vida:

A. Te las piras.

B. Tratas de caminar con normalidad.

C. Te quitas los dos zapatos.

Nora rellenaba cientos de tests de este tipo. Tan estúpidos que una opción eliminaba el resto. Ella se habría quitado los dos zapatos y habría caminado con normalidad hasta el amor de su vida para convencerle de que se las pirara con ella. Así lo hizo en cuanto tuvo la oportunidad. En cuanto cumplió los trece. Incrustó el tacón de sus sandalias entre las bisagras de una puerta, la cerró de golpe y caminó descalza hasta Octavio.

 

Trasplante

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Trasplante

 

Más bello que arriesgado, se dijo Román. Aparcó el coche en la cuneta y se dispuso a bajar para contemplar el río. Hacía tanto que no llovía tanto... «¡Vamos, Traca!», animó en voz baja a su perra. No quería molestar a Héctor. Su hijo recién nacido que dormía en un capazo anclado al asiento. Román cerró la puerta con cuidado, se ajustó la capucha y caminó hacia el río. El caudal era denso y pardo. Tan imponente que debería pensar algo grave. La vida y esas cosas. Pensó en lo que le decían de crío cuando se bañaba ahí mismo: «Si meas dentro, vendrá un siluro y te arrancará el pito». «El pito», rio mientras Traca ladraba. Ladraba tan fuerte a los troncos arrastrados por la corriente que Román se acercó a ella. «¡Calla!», le ordenó. Luego temió que no se dirigiera a los troncos. «¡Joder!», se adentró en el barro. «¡Joder!», avanzó entre los álamos con el agua por la cintura. «¡Joder!», trepó a un árbol.

Desde aquel día, su hijo tenía los ojos de un azul turbio. Lechoso. Con demasiado porcentaje de gris. «Es por el pecho –le explicaban a Marina–. Cuando dejes de amamantarlo sabrás su color auténtico». Pero Héctor ya tenía ocho años y el color auténtico de sus ojos era azul turbio. Lechoso. Con demasiado porcentaje de gris.

 

Una dirección

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Una dirección

 

Existe un mundo exterior, un mundo interior y unas escaleras mecánicas que comunican ambos y que casi siempre están estropeadas. Un operario se ha arrodillado al pie de la avería y ha invertido el sentido de la escalera de descenso para comodidad de los que suben. Los que bajan han de usar los peldaños de siempre. Los de piedra. Bajan lentos. A trompicones. Bracean demasiado. Se producen percances. El paraguas de un muchacho levanta la falda de una señora. Ella se gira ilusionada, pero él se disculpa.

 

La primera vez que solté un cachete al culo de mi marido fue por culpa de una mosca. La perseguía desde la mañana, pero volaba y volaba sin posarse. Entonces él me penetró y se quedó quieto. Le gustaba quedarse un poco así. Ahondar, sondear, asegurarse de que no había otra polla dentro. Era muy celoso. La mosca aterrizó en sus nalgas, la aplasté y gritamos ¡sí! al unísono. Yo, por lo de la mosca. Él, como si llevara toda la vida esperando aquello.

 

Casi tan salvaje

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Casi tan salvaje

 

Salvaje. adj. coloq. Dicho de una actitud o de una situación que no está controlada o dominada.

 

Encendía la radio y al instante la apagaba. Aquello resumía su paso por el mundo. El paso de quien compraba una falda por la mañana y la devolvía por la tarde; de quien cantaba a las seis y lloraba a las seis y cinco; de quien había engendrado y ahora tenía una hija que la odiaba. Algo peor: su hija la despreciaba. Eva puso cuatro cucharadas de café en la cafetera, quitó una, el café se derramó sobre la mesa, lo recogió en el cuenco de su palma y volvió a meterlo. Extrajo de nuevo media cucharada. Sus manos convertían la acción más simple en un bucle con mínimas variaciones que sólo cesaba a costa de mucho esfuerzo. No, ella no era una mujer capaz de saltar de un puente. Ella era, sin más, alguien que pisotea un césped y retrocede sobre sus pasos para tratar de enderezar la hierba.

Su aspecto engañaba. Siempre había engañado. Una muchacha sensata, callada, dulce. «¡Qué dulce!», le decían. A ella. Ella que a la vuelta del colegio contemplaba cómo las mujeres desplumaban gallinas entre sus piernas. Las plumas acumulándose en la concavidad de sus faldas. Agarrar una gallina, retorcerle el cuello y desplumarla. Ser fuerte.

 

Buena

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Buena

 

Ella cambiaba las fechas aposta. Decía por ejemplo:

–Nosotros fuimos a Cádiz en julio de dos mil seis.

Él la corregía.

–Fue en julio de dos mil uno.

–¿Qué más da? –ella se dirigía a los invitados–. ¡El aire nos arrancó la sombrilla! Y aquella pobre señora... ¿Te acuerdas? Menudo golpe.

–Claro que me acuerdo, pero fue en julio de dos mil uno.

–¿Seguro?

–Seguro.

–Soy un desastre –cedía dócilmente. Como un tapón de rosca–. Confundo los años y confundo las playas. Espero no haberme confundido de hombre –frotaba con vigor el brazo de su marido–. ¿Queréis otra copa?

Era su forma de hacerse la buena esposa.

 

Para hacerse la buena madre entraba en una mercería.

–Dos madejas de angora celeste y dos botones con forma de patito –pedía.

Y esas palabras le proporcionaban autoestima. Una mujer que sabe lo que quiere. Lo que no quiere es peleas. Las peleas de sus padres cuando era niña. Ella se alineaba con su madre porque era lo que quedaba tras el portazo. Ella aprovechaba la riña para hacer un puzle de doscientas piezas. Después se herían tan rápido que apenas completaba uno de treinta. Lo dejaba a mitad y salía de su cuarto. Ahí estaba su madre. Junto a la ventana de la cocina. Contemplando, a través de sus geranios, los geranios de los otros.

 

Deja todo como lo encuentres

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Deja todo como lo encuentres

 

–¿De qué vas, cabrón? –dije.

Pero lo dije muy bajito. Cruzaba un paso de cebra y un cuatro por cuatro pisó el acelerador, apremiándome. «¿De qué vas, cabrón?». Sí, eso fue lo que dije. El hombre se bajó del vehículo.

–¿Qué has dicho?

–No he dicho nada.

–Has dicho «de qué vas, cabrón».

–¿Cómo lo sabes?

–Lo sé porque sé leer los labios.

–Entonces aprende bien porque lo que he dicho es «camión», «de qué vas, camión».

El hombre me señaló con el dedo, volvió a escalar a su trasto y se largó.

Otro día que nevó mucho, el contable ejecutó un salto mortal. La oficina estaba medio vacía. Cogió carrerilla en la sección de contabilidad, giró en el aire y aterrizó de pie sobre la moqueta de atención al cliente. Con aire triunfal y los pelos en desorden. Esperaba un aplauso.

–Se te ve la coronilla –le dije.

Al menos, impresionó a la becaria y quedaron para comer. O para hacer girar los platos sobre palillos. Tal vez sostuvieran tenedores en la punta de su nariz. Tal vez.

 

Mi vuelta al mundo

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Mi vuelta al mundo

 

¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.

James Joyce, Ulises

 

Mis cajas de película fotográfica 400 ASA se han convertido en recipientes de agujas, aprendí a doblar las sábanas en el Sáhara y mi profesor de dibujo me explica que, para comprender un objeto, no repare en él sino en el vacío que ocupa. Esta mañana, precisamente, un presentador televisivo ha desvelado las proporciones exactas de una tarta de manzana. «Una décima parte de la población de no sé dónde se encuentra no sé cómo», ha dicho. He aquí la cantidad de levadura. Todo es cierto aunque un poco en desorden.

«Hoy pienso acostarme con el tío que lleve dos pares de calcetines», me aseguraba una amiga. Bebía un sorbo de gin-tonic y fichaba alrededor mientras yo reía azorada. «Ese», señalaba uno que no era el más guapo ni el más feo ni el de los pies más grandes. Nunca fallaba. Mi amiga se lo agenciaba y el día siguiente, a petición mía, el hombre en cuestión me mostraba sus tobillos doblemente abrigados. Mi amiga me tenía fascinada. Hasta que dejamos de ser amigas porque caí en la cuenta de que me hacía trampa. Era ella quien les obligaba a usar dos pares, quien les hacía memorizar un aria de La Traviata o les obligaba a tatuarse una oca en la nalga izquierda. «Hoy pienso acostarme con el tío que aguante doce minutos sin respirar». El récord mundial lo tenía un lituano que permaneció quince minutos y cincuenta y ocho segundos bajo el agua. El muchacho soportó dos minutos con la cabeza metida en el lavabo y fui yo quien tuve que sacársela a la fuerza, con los primeros síntomas de asfixia. Él insistía en volver a hundirla para no decepcionar a mi amiga. Lograr aquello tenía mucho más merito que ajustar las frases a su orden cronológico. Entonces no me lo pareció y reñimos. Me gustaría retomar el contacto, pero he perdido su número de teléfono.

 

Pirarucú

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Pirarucú

 

Se tomaba sus molestias. Antes de robar yogures, Andrea comprobaba la fecha de caducidad y sólo cogía los que estaban al límite. Había otra forma de hacerlo: esperar donde los contenedores. Siempre había gente donde los contenedores. Gente con abrigos y manos grandes. Gente dispuesta a pelearse por una bandeja de carne mohosa o por una lechuga mustia. Productos ilegales y todavía digeribles que el supermercado desechaba por kilos. A Andrea no le bastaba aquello. Andrea usaba ropa ajustada y manos pequeñas, blancas, infantiles. Robar como ella robaba tenía sentido. Alguien que sólo escoge alimentos a punto de perecer. Casi una virtud. Entraba en su casa, se subía la cremallera de la cazadora y se tumbaba en la hamaca del jardín. Comía yogures y tiraba los envases a la piscina. Porque le daba la gana. Por el bien del jardinero. Su puesto dependía en buena parte de mantener el agua en condiciones. Incluso en invierno. Ella la ensuciaba y él la limpiaba. Una labor en equipo.

 

La duda

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La duda

 

No te amo. Pero cómo puedo estar segura si vienes y te sientas a mi lado y acariciándome la mano dices: «treinta años juntos».

 

 

Magnolios

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Magnolios

 

Por cada beso que no iba a darle, Jaime le colgó unas cortinas, le empotró el espejo del baño y forró con hule las estanterías de la despensa. Ese era el trato. Él se quedaba en el piso, y Estela y la niña se trasladaban a la casa del pueblo. «Se ha estropeado el calentador del agua», telefoneaba Estela cualquier miércoles, y Jaime conducía doscientos kilómetros para cambiar unas pilas. «No sabía que el calentador funcionaba con pilas», se excusaba Estela. Se aprovechaba de la mala conciencia de su exmarido. Pero eso sólo duraría un tiempo. En cuanto no se fundieran más bombillas y el gato no se metiera en la tubería de desagüe y el viento no arrancara otra vez el toldo y las golondrinas no oxidaran la baranda con sus deposiciones, él se convertiría en un gran escritor.

­–Nuestro matrimonio no funciona.

–Lo que no funciona es tu cabeza. ¿Y la niña? ¿Has pensado en tu hija?

–Hablo de nosotros.

–¡No! De lo único que hablas es de tu dichosa novela. ¿Sabes qué es lo que te falta?

 

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