Medium 9788483935101

El cuerpo secreto

Vistas: 412
Valoraciones: (0)
En este libro la inocencia, la crueldad y el dolor conviven juntos en un solo cuerpo. Mariana Torres nos invita, con este sorprendente estreno, a adentrarnos en un mundo híbrido, donde los protagonistas de los cuentos son niños dolientes, que se mueven entre cajas, cascarones y algún que otro ataúd. ¿Cuánto queda de nosotros en estos niños que sienten?
La invitación es clara: leer y soltar, volver convertido en otra cosa. Si pudieran contarse serían treinta y cuatro relatos, escritos por una nueva voz. Corren de uno a otro de manera casi milimétrica, medidos para ir dibujando en la mente –o más bien en el cuerpo– del lector una emoción concreta, que no tiene un solo nombre. Y es que todo aquello que nos crece dentro puede crecer en forma de planta.
De Mariana Torres se ha dicho: «Los cuentos de El cuerpo secreto están atravesados por una inocencia sabia, arquetípica, y hablan desde ese bosque de la infancia que permanece en nosotros, como un lugar de extrañamiento, de extravío y de revelación», Ángel Zapata; «Vivaces y claustrofóbicas, lúdicas y maravillosas. Como esos sueños donde alguien entra en casa a buscar la llave de entrar a casa. Así son las historias de Mariana Torres: una puerta por donde se entra y se sale al mismo tiempo», Isabel González; «Un libro valioso, simbólico e insólitamente maduro. Mariana Torres se incorpora con él, por derecho propio, a la nómina de los más capacitados cuentistas», Ignacio Ferrando.

Precio: 5,99 €

Remezcla
Eliminar
 

34 relatos

Formato Precio Mezcla

El hombre araña

ePub

El hombre araña

 

El niño, disfrazado de hombre araña, espera cinco minutos antes de llamar a la puerta de los vecinos. Pasa todos los fines de semana con ellos. Alguien lo entrega el sábado a la hora de desayunar, y alguien lo recoge el domingo por la noche. El niño lleva siempre bajo el brazo la caja secreta. La caja secreta es de metal y está protegida por un candado cuya única llave solo guarda el niño. Nadie salvo él toca la caja secreta.

Como es carnaval, el niño no quiere quitarse el disfraz ni pronunciar palabra. Incluso come con la careta puesta y duerme vestido de hombre araña. Al niño le gustaría trepar por las paredes de la casa de los vecinos, como los auténticos hombres araña, y tender una red gigante en una esquina del salón para que los habitantes de la casa quedasen atrapados. Como sabe que eso no es posible, se agazapa en el sofá de cuero con sus zapatillas de hombre araña y la careta bien encajada. Los vecinos, sin poder evitarlo, le regañan por pisar con las zapatillas de hombre araña el sofá recién comprado.

 

Esos niños que lloran

ePub

Esos niños que lloran

 

No tenías que haber escuchado a los niños que lloran desde las catacumbas. Ya no están ahí. Ahora todo está olvidado, las plantas han vuelto a crecer en la ciudad jardín, han vuelto a llenarlo todo. Hace tiempo que el rey está en silencio. No debías haberlos escuchado.

Solo pasabas por ahí. Pasabas sin querer, en uno de tus viajes perdidos, y sin querer entraste en las alcantarillas. En tu defensa debemos decir que no sabías que eran alcantarillas, tan anchas, tan túnel, quién lo hubiera dicho. Estabas ya dentro cuando escuchaste el llanto, acolchado por las hojas húmedas de las plantas que cubrían los muros. Lo escuchaste claramente. El grito llanto. Surgió desde las catacumbas, llegó a ti y te rodeó como un eco. Tantos niños lloraban dentro, no tenías que haberlo escuchado. Ya no era tiempo.

Porque solo pasabas por ahí y no vas a poder hacer nada. Igual que no pudimos nosotros, que nos callaron y nos hicieron polvo de piedra. Lo único que podrás hacer es cruzarte con las jardineras, vestidas con sus trajes de faena igual de impolutos que siempre, arrastrando los carros rebosantes de viandas y escobas, y aprender a mirarlas con un respeto nuevo, como hacemos nosotros. Sabiendo que son ellas las que lo escuchan día tras día, desprendidos como un eco que sube, y las rodea, en cada piedra que barren.

 

El monstruo está despierto

ePub

El monstruo está despierto

 

–He oído un crujido –dijo el pequeño, con un hilo de voz. Auri se incorporó despacio y abrió los ojos a la oscuridad. Todas las hermanas dormían, podía escuchar la respiración de cada una, coordinadas, como si respirase un solo cuerpo. Dormían apretadas en esa cama inmensa desde siempre, con los brazos y las piernas entrecruzados para que nadie pudiera arrebatarles al pequeño.

Horas atrás Auri había dejado de alimentar la lámpara. Ahora todo estaba oscuro. El pequeño se tapó los oídos con las mangas largas de ese pijama remendado para un niño más grande.

–¿Lo oyes, Auri? Suena otra vez. Está crujiendo mucho hoy.

Auri aguzó el oído. Ahí estaba el crujido, aún leve, suficiente para despertar al pequeño. Esa pues era la noche en que debía ocurrir. Auri buscó a tientas las manos del niño, y las guardó entre las suyas. No podía verlo, pero sentía cómo temblaban todos sus rizos rubios. Él crujió otra vez, crujió tan fuerte que la cama se estremeció y las hermanas despertaron.

 

La planta que grita

ePub

La planta que grita

 

La habitación a la que llego está llena de macetas de diferentes tamaños, colocadas donde debería situarse el mobiliario. Camino hacia la planta que grita, cubierta de flores azules. Los pétalos caen alargados hasta el suelo. En lugar de crecer en tierra las flores brotan del interior de bocas abiertas, crecen tallos fuertes desde las gargantas.

 

 

 

El otro lado

ePub

El otro lado

 

En el mundo del otro lado la niña jugaba a correr descalza. Bajo el árbol de bayas rojas tropezó con una hoja afilada y se cortó los dos pies, que saltaron por los aires. El perro loco y sus animales dejaron de pastar y se detuvieron a observarla. La niña se dejó caer, apoyada su espalda en la corteza. Sentada sobre las raíces rugosas del árbol de bayas rojas, la niña se desangraba.

Cuando llegó el cirujano parecía dormida. El cirujano cargaba una caja de madera y una fusta antigua. Con la fusta espantó, durante un momento, al perro loco que se había acercado, con sus animales, a olisquear a la niña. De la caja sacó trapos blancos, hilo y parches. El cirujano trabajó rápido. En un pispás le cosió los dos pies.

Y la niña recuperó el color.

Cuando despertó no sabía qué le dolía tanto. Las costuras recién apretadas se resintieron al apoyar la niña todo su peso en ellas. En seguida aprendió la niña a mantener el equilibrio sobre los pies cosidos. Como caminar era difícil, trepó al árbol de bayas rojas. El perro loco y sus animales se acercaron, olisqueando el aire que dejaba la niña tras sus pasos.

 

El niño pera

ePub

El niño pera

 

El niño pera es de color carne y forma de pera. No tiene brazos ni tiene piernas, no hay por dónde cogerlo. Sus ojos negros como tizones, y triangulares, están metiditos en la piel, bien clavados. Como si alguien los hubiera aplastado para ponerlos ahí. La cara la tiene un poco hacia dentro, como hundida.

El niño pera no es mío pero tengo que cuidarlo. Su padre no lo quiere ni sabe qué hacer con él. El niño pera sonríe, está contento. Yo sé que no vivirá mucho, sé que no podrá respirar cuando crezca.

 

 

 

Estrella caída

ePub

Estrella caída

 

La carrera al mar fue nuestro juego favorito durante tres veranos seguidos. Andrea y yo éramos grandes corredores. Ella era rápida para ser una chica, me ganaba todas las veces, a pesar de ese problema que tenía en los huesos corría más rápido que nadie. La carrera al mar nos divertía mucho más que las canicas, la peonza o las chapas; madrugábamos solo para la carrera, el momento perfecto era el amanecer o la última hora de la tarde cuando al sol rojo ya se lo había tragado el mar y no podía cegarnos. Fue nuestro juego favorito hasta que pasó lo de la estrella. Entonces cambiamos de juego.

Andrea tenía un problema en los huesos, le crecían bultos al final de los huesos buenos, como los brotes de un árbol. Algunos ni se notaban de lo pequeños que eran. Tenía esos huesos raros sobre todo en los brazos y las piernas, el más grande lo tenía en la rodilla derecha. Ese sí podía verse a poco que te fijaras en sus piernas. Era del tamaño de un limón y crujía cuando Andrea se agachaba, sonaba como si estuviera a punto de romperse. Solía decir que los huesos raros le daban superpoderes, y lo decía muy en serio. Todo lo que salía de su boca era verdad universal. No había manera de discutir con ella. A veces hacía crujir el hueso de la rodilla solo para impresionarme. Creo que no le dolía.

 

Escarcha

ePub

Escarcha

 

Descubrimos a los pájaros golondrina cuando volaban hasta el límite del invierno. Una línea blanca en el cielo, finísima. Como si alguien la hubiera trazado con un punzón helado.

Al cruzar la línea del frío los pájaros golondrina comenzaban a escarcharse, se les cubrían los cuerpos de hielo inmediato y no era suficiente batir las alas para huir del invierno. Todas las plumas se escarchaban al tiempo y se les congelaba el cuerpo del pico hacia dentro.

Los pájaros golondrina caían entonces al suelo, desde lo alto, entumecidos en un segundo. Al caer se rompían en trozos pequeños.

 

 

El entierro

ePub

El entierro

 

Mi madre consiguió una pala, grande. Una pala de jardín. Mi padre la cargó a la espalda, apoyada sobre el hombro, durante todo el camino al parque público. Yo llevaba al animal pegado a mí, la manta que envolvía su cuerpo le daba varias vueltas.

Con la pala, en un claro entre dos árboles, mi padre cavó el agujero. Ya anochecía, nadie debía vernos. Tumbé al animal en el agujero de tierra, acomodé su cabeza entre las patas, en la misma posición en la que solía dormir.

Lo tapamos con tierra. Los tres agarramos puñados de tierra y tapamos bien al animal. Después cubrimos la tumba con trozos de césped, ramas, flores secas. Los tres lo hicimos. Y pisamos bien el lugar, aplastamos y pisoteamos el montículo de tierra para que nadie notara que ahí abajo habíamos enterrado al animal.

Durante todo ese tiempo no pude dejar de imaginar que estábamos, los tres, jugando a esconder un tesoro, que después, al llegar a casa, marcaríamos el lugar exacto del tesoro con una cruz roja en un mapa mal pintado y lleno de manchas.

 

Crucero

ePub

Crucero

 

Aquel día me rodeaban decenas de personas en la cubierta principal. No exagero. Decenas. Y ninguna de ellas vio nada. Hacía bastante viento, pero el calor sin tregua del solárium las había empujado hasta el lugar donde solía refugiarme por las tardes. Todas ellas estaban de espaldas al mar cuando la ballena se dejó ver.

Yo estaba sentado donde cada día, bien sujeto a la barandilla, con las piernas por fuera, la vista clavada en el horizonte y el viento en la cara. Forcé la vista cuanto pude para asegurarme: sin duda era una ballena azul. La ballena azul. El animal más inmenso que ha existido nunca. En el momento en que me levanté de un salto la ballena sacó la mitad del cuerpo del mar y expulsó una ráfaga de agua al aire. Cómo no gritar.

–Una ballena. Una ballena. Una ballena. Está echando chorros de agua.

Ninguna de aquellas personas que me rodeaban se mo-
lestó en girarse, dudo, de hecho, que pudieran escuchar algo que no fuera la música estridente de los altavoces. Formaban pequeños grupos cerrados, de espaldas al mar, seguían el ritmo de la música con los pies y fumaban. Sus cuerpos se movían como amebas. La música estaba tan alta que ni el ventarrón del mar podía con ella. Y la ballena azul seguía allí, expulsando chorros de agua, con su cuerpo gigantesco cada vez más cerca del barco, sin ser vista.

 

Árbol monstruo niño árbol

ePub

Árbol monstruo niño árbol

 

Aún no sabemos cómo Óscar llegó a comerse la semilla, ni llegamos a descubrir de dónde la sacó. Tenemos aún menos respuestas para explicarnos cómo pudo el árbol crecerle por dentro, germinar la semilla sin impedimentos, dijo el doctor, en la boca de su estómago, regada solamente por los jugos biliares del niño. Y es que a los siete años, también nos dijo el doctor, los estómagos funcionan así de bien. El cuerpo de nuestro Óscar –aún era nuestro Óscar entonces– permitió que el árbol creciera, que las raíces se extendieran por los intestinos y que el tronco fuera estirándose delgado, ceremonioso, a lo largo del esófago hacia la boca, las ramas buscando la luz del sol. Lo que sí sabemos, o queremos creer, es que el árbol no pretendía hacerle ningún daño, que ese árbol monstruo –como lo llamo a solas cuando me miro al espejo, aún avergonzada por lo que hicimos– le amaba. De alguna forma, Óscar y el árbol monstruo eran una sola cosa, eran parte. Y así las ramas que le crecieron por la garganta nunca le atravesaron el pecho sino que, con paciencia, se fueron haciendo hueco. Siempre sin molestar. Siempre sin dañar. Aunque desde fuera pareciese lo contrario.

 

Época de muda

ePub

Época de muda

 

Salgo de mi cuerpo para meterme en un cuerpo nuevo. Mi cuerpo antiguo, al que acuno como si de un niño pe-
queño se tratase, permanece caliente en mis brazos. Hueco. La piel es suave, rosada y tersa. Lo acuno más rápido, pegado a mí, es tan fácil de aplastar como una cáscara. Tanto que temblamos juntos. Mi cuerpo antiguo ya no pesa, como si tan solo estuviera lleno de aire.

 

 

 

El corsé y la niña

ePub

El corsé y la niña

 

La niña pasa varios años metida dentro de un corsé ortopédico. Dicen que tiene la columna desviada. Dicen que, sin esa armadura, acabará su columna por desviarse mucho más. Lo peor de todo es el día que le fabrican el corsé. En una ortopedia de suelo frío la desnudan (solo le dejan quedarse con las bragas), y le cubren el pecho y la espalda con yeso blanco caliente. Un operario realiza esta tarea, la cubre por entero de yeso como si la niña fuera un jarroncito de barro. La madre de la niña vigila al operario y la niña se contiene para no llorar. El yeso está caliente y le duele en la piel. Le voy a estropear las bragas, dice el operario. La madre de la niña contesta que no importa. Que no se las quite. El operario tiene las manos ásperas y cubiertas de pelo. Las bragas de la niña tienen puntillas blancas, las puntillas quedan cubiertas de yeso, las bragas terminan en la basura.

Dos semanas más tarde le entregan el corsé. Es de plástico, color piel (como si eso disimulara alguna cosa), resbala al tacto y tiene dos correas en la espalda que se atan como cinturones; en la espalda además dos barras de hierro, planas, le suben a la niña hasta la nuca, y una barra de hierro, plana, le cubre la parte de adelante. La niña queda encerrada por tres barras de hierro y una carcasa de plástico que resbala al tocarse. Lo peor de todo es la parte que cubre el cuello. Las tres barras de hierro se unen en un collarín que, justo bajo de la barbilla (bien en el centro de la garganta), acaba en un sostén que pretende ser blando y acolchado pero que es duro como la piedra y también escuece al roce. Esa parte, la del cuello, es lo que más se ve de todo, no hay manera de taparlo, ni siquiera en invierno y con bufandas puede la niña esconder el collarín.

 

Terrario

ePub

Terrario

 

–No le tenías que haber comprado hombrecitos a Lucía. Es demasiado pequeña.

–Aprenderá. Tiene que ser responsable.

–Los matará de hambre.

–No, aguantan bien. Son de los duros, me han dicho que hasta diez días sin comer.

–Me dan pena. Son personas, al fin y al cabo.

–Ya sabes que está más que estudiado que no sienten ni padecen. Tienen el cerebro demasiado pequeño.

–No sé, cariño. ¿Los has observado por las noches? Yo diría que se quieren. Ayer cuando apagué las luces encendieron un fuego, y se quedaron dormidos abrazados.

–Le recordaré a Lucía que les ponga agua. Por algo se empieza.

–Y hace unos días vi cómo construían una especie de caña e intentaban pescar en el pozo. Podríamos ponerles un estanque con peces, son un poco caros, pero es que del pozo no van a sacar nada.

–En cuanto tengan una cría, Lucía les hará más caso, tranquila. Los viste abrazados, ¿no?

–Y van a necesitar más comida.

–Podemos comprarles esas gotitas que se le echan al agua, eso que lleva proteínas. Para que duren más.

 

Después de la caída

ePub

Después de la caída

 

Nos despertaron la luz y los dos pájaros que entraron por el techo abierto. Teníamos siete años. Mis padres nos habían dejado acampar en el jardín, con la única condición de que estuviéramos a la vista desde su ventana.

Tú te incorporaste, con medio bostezo, arrugando el saco de dormir a tus pies. Yo permanecí todo lo quieta que pude, tumbada boca arriba, con el saco sobre mi cuerpo, estirado, los brazos por fuera, hipnotizada por los dos pájaros que acababan de entrar por el techo abierto.

Picoteaban entre los pliegues de los sacos de dormir, seguros de encontrar alguna miga de pan si buscaban con el empeño suficiente.

Uno de ellos, la hembra, de plumas rojas en su cuerpo palpitante y nervioso, voló hasta aterrizar en la zona de mi ombligo. Permanecí muy quieta, y el pájaro se movió a pequeños brincos hasta llegar a la palma de mi mano, y allí descansó, por un segundo entre mis dedos, como si estuviera en su propio nido. Cuando acercaste la mano para acariciarla, emprendió el vuelo y el otro pájaro voló detrás.

 

Desierto

ePub

Desierto

 

Camino despacio por un desierto de piedra y arena. Las formaciones rocosas se retuercen subiendo hasta el cielo, construyen dibujos imposibles. Miro hacia arriba pero no alcanzo a ver el final.

En un claro encuentro un rebaño de turistas tomando el sol. Junto a ellos empollan unas aves gordas, autóctonas, incrustadas en la arena.

Cada cinco minutos un niño turista se levanta con las manos llenas de monedas doradas. El niño turista camina hasta las aves y les llena el buche de monedas. Al parecer es de lo único que se alimentan.

 

 

 

El otro

ePub

El otro

 

Sentado a una mesa del piso de arriba, comes del interior de una cabeza humana. La cabeza está cortada transversalmente, tú estás comiéndote los sesos con una cuchara mientras sujetas la cabeza por la nariz. Al mismo tiempo charlas con el comensal que tienes enfrente.

Yo lo observo todo desde el piso de abajo, tu voz nos llega acolchada, en palabras quebradas. Porque tú, a la vez, estás a mi lado en el piso de abajo, charlando del tiempo y de las horas perdidas mientras, tranquilo, te observas hacer aquello.

 

 

 

Mi padre

ePub

Mi padre

 

Hubo una temporada en la que mi padre se movía de una ciudad a otra para buscar trabajo. Uno de esos viajes le llevó a un hostal de aspecto dudoso. Llamó al timbre y esperó un poco, sin dejar de mirar el cartel de «Se traspasa» mal pegado en el vidrio por dentro. El vidrio estaba tan sucio que no podía distinguirse el interior del hostal. Aun así, era tan tarde y mi padre estaba tan cansado, que entró nada más le abrieron la puerta.

La dueña del hostal, una señora de faldas amplias y manos grises, le trató con mucha amabilidad, le entregó rápidamente la llave de una de las habitaciones de la primera planta, y le apresuró a instalarse y descansar.

La habitación era austera, pero estaba limpia y la cama parecía cómoda. Al abrir el armario para guardar la maleta mi padre encontró una estatuilla en el estante central. Era una figura del Sagrado Corazón, tenía los brazos abiertos, una tú-
nica azulada de mangas anchas y un corazón rojo en el pecho. Latiendo. La estatuilla estaba medio escondida por una manta, como si un huésped anterior la hubiese dejado olvidada. Mi padre cogió la manta, cerró el armario, se metió en la cama y se durmió en seguida.

 

Cargar más


Detalles

Libro impreso
Libro electrónico
Relato

Formato
ePub
Encriptado
No
SKU
B000000082478
ISBN
9788483935101
Tamaño del archivo
300 KB
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
Formato
ePub
Encriptado
No
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
SKU
En metadatos
ISBN
En metadatos
Tamaño del archivo
En metadatos