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El libro de los viajes equivocados

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Todo viaje puede desarrollarse en tres ámbitos: el interior, el que transcurre en el tiempo y el que transita por el espacio. El que tiene como dimensión el espacio colma los sentidos, el temporal alimenta la experiencia, aunque es el viaje interior el que puede cambiar al ser humano. Pero ¿puede un ser humano modificar el sentido del universo?
En El libro de los viajes equivocados los personajes comienzan una aventura en la que el azar orienta sus pequeñas historias hasta sumarlas en un devenir general. A través de una inquietante espiral narrativa, estos cuentos nos llevan a interrogarnos sobre el complejo mundo en el que nos toca vivir.

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11 relatos

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El azar

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El azar

 

A Jorge Payá, por sus buenas ideas

 

Tendida sobre la playa, Lyuba se quita el sujetador, cava con la espalda la arena tibia, se acomoda y siente un pinchazo. Es una caracola que brilla al sol, parece muy antigua. Sin darle importancia, la deja a un lado y baja los párpados, que transparentan una luz roja. Junto a ella, Jan se dispone a hacer una prueba de la que dependerá su futuro. Está loco por Lyuba y no se atreve a decírselo, pronto tiene que regresar a casa, así que debe hablar con ella o dejarlo ya. Recoge la caracola, la estudia. Desde las pequeñas ventanas que el tiempo abrió en la concha, ve que se trata de una espiral logarítmica, de esas que giran y se expanden a partir de un punto infinitesimal. Decide colocarla en el ombligo de Lyuba: si mantiene el equilibrio durante más de dos minutos, le pedirá que se case con él. Si se cae, volverá a su país y se alejará de la chica, como se alejan del centro esos círculos infinitos. Cuando está extendiendo la mano, percibe que Lyuba tiene un ombligo extraño, hacia fuera, en el que es imposible que se sujete nada. En el cielo, un halcón peregrino dibuja curvas cada vez más abiertas.

 

Las dos hermanas

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Las dos hermanas

 

Para Martín Kohan

 

El día en que dejaba Polonia para siempre, Jan Siedlecki se levantó casi de noche y, mientras se vestía, pudo escuchar cómo su madre preparaba el desayuno. Comió pan en silencio. Luego, con la mejilla apoyada contra su pelo, mientras la besaba, supo que aquella separación sería tan larga y dura como la muerte, puesto que ella no sabía escribir.

Ya en el camino se dio la vuelta y vio los postigos cerrados de su habitación. Secándose las lágrimas con el delantal, su madre entraría a limpiar, dejaría asomarse la primera luz y luego, tal vez durante años, todo permanecería igual, la cama y su colcha de retales, el armario con las perchas tintineantes, la mesa donde, incapaz de cargar ya con más, Jan había dejado para siempre los libros y su pluma.

La calle empinada lo llevó hacia la panadería, allí su hermano mayor estaba horneando el pan de centeno para todo el pueblo. Desde la muerte del padre se había hecho cargo de ese local, que casi ni daba para comer. Solo en la víspera de Yom Kippur, cuando la población reclamaba el kugel horneado con la receta de sus antepasados, crecían las arcas de la familia y volvían a menguar, al extinguirse la fiesta. El aroma del pan dio a Jan una despedida olfativa. No entró a saludar a su hermano, en cambio acarició la cabeza de su cachorro, que lo seguía a los saltos.

 

Monedas de oro

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Monedas de oro

 

Mi padre me cuenta que cruzó el océano con una bolsa de monedas de oro. Las escondió en su espalda, como si fueran una atrofia del hueso y, de tanto apretarse, las monedas se clavaron como un hierro tatuándole el perfil del rey. También llevó un libro bien encuadernado, una pluma con su tintero, dos camisas limpias, un jabón. Al estudiar ese equipaje, en el barco pensaron que era un clérigo, y guardaban silencio al verlo leer, eso lo protegió de la barbarie infantil de los marinos. Apenas mediaba el siglo xviii, de modo que fue uno de los primeros en llegar y se hizo rico. Nadie quería aposentarse en esta tierra brutal. Él, como buen converso, era valiente y astuto en los negocios. Con la bolsa de monedas compró veinte mil hectáreas en las lindes del Paraná, en el mero corazón de las barrancas, un terreno montaraz y dilatado como el tiempo, donde no hay olivas, ni albero, ni edificación alguna sino pasto recio para el ganado. Allí, donde la tierra asoma a la selva, la selva al río y el río, ensangrentado de culebras, se hunde en el Brasil, construyó su primera vivienda. Y mi padre se levanta la camisa para que yo pase el dedo por su tatuaje, de una redondez perfecta. Me dice «toca, toca», y siento, como un trofeo, la hondonada de la espalda que se levanta maciza, tejida por los músculos. No le veo el rostro, pero sí esa mancha amonedada calcinándole la piel. Luego se acercó al puerto y contrató colonos para su campo. «Caras de mico –dice– dientes de piraña». En silencio, escucho el chisporroteo de las ascuas, una garza suelta su plañido, croan las ranas en la laguna. Mi padre se pasa la lengua por los dientes, continúa: «Poblé la tierra con cinco mil cabezas de ganado cimarrón. Un rodeo de cinco mil cabezas, ¿sabes lo que es eso? No alcanzaba un día entero para contarlas. Por las noches hacía progresiones matemáticas para ver cuántas podría tener pasados los primeros cien años. Pueden llegar hasta un billón –decía–, si sobrevivo. ¿Sabes lo que es un billón? Si comienzas a contar tu respiración ahora, al morir no habrás concluido». Aún de mayor, yo sentía vértigo ante el foso imposible de los números.

 

Frío

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Frío

 

Trepa un sol blanquecino. Aves de rapiña, con hambre y feroces, dibujan espirales en el cielo. La madre se da la vuelta para proteger a su hijo, que avanza rezagado entre la nieve. Mirarlo la enorgullece, podrá sobrevivir al viento seco de la estepa, al invierno que está a punto de terminar. Será un buen jefe para el futuro, capaz de llevar al grupo hasta la zona protegida, se hará dueño de las mejores hembras. Entre el hielo, que empieza a quebrarse, fluye alegre el torrente del río, la hierba emerge pespunteando la ribera. Ya díscola, la cría se aleja de su madre, retrocede buscando sol y alimento. No quiere la leche tibia que se cuaja en el estómago, desea estrenar sus dientes. Está muy cerca del cauce del río cuando tropieza. Por la pendiente de arcilla, resbaladiza y oscura, comienza a deslizarse, ya no puede ponerse de pie. Patalea y lucha por liberarse, pero se hunde. Fango en la boca y los ojos. En los pulmones, olor pestilente a cieno. Mira a su madre, que barrita enloquecida y se arremolina pidiendo auxilio al resto de la manada. Lo último que la cría ve es el cielo.

 

Madison, los puentes de

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Madison, los puentes de

 

En lugar de quedarse sentada junto a su marido conteniendo el deseo, como cuenta la película, en ese instante tenso bajo la lluvia, detenida ante el semáforo, la mujer baja de la camioneta familiar, corre cubriéndose del agua y sube al coche de su amante. No da explicaciones a su esposo, ni tiene tiempo de dejar una carta. Tampoco puede despedirse de sus hijos, que aún son pequeños, pero todo el mundo sabe lo que es la fuerza del deseo. Ha hecho bien. En la platea, los espectadores, que angustiados aguantaban la respiración, lanzan un suspiro de alivio. Les gusta el nuevo final de Los puentes de Madison y, con su dosis de romanticismo intacta, salen del cine.

Más allá de las cámaras, alejada por fin de los focos, la mujer está sentada en el asiento del copiloto. Deja que el fotógrafo le pase la mano sobre el hombro y así comienza su viaje. Conoce a su amante desde hace días, pero son suficientes para desear una vida juntos, ha sabido despertar en su cuerpo la certeza de la pasión y el eco de una juventud aletargada. Tampoco se trata de una mujer cualquiera. Hace años, empujada por este fuego incontenible, dejó Italia y siguió a un soldado para casarse con él. Era un héroe norteamericano, y ella, sin dilación, aceptó ser la esposa de un hombre bueno y acompañarlo a una granja en los EE. UU., donde le nacieron dos hijos.

 

El silencio

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El silencio

 

¿Y si me cegara al mismo tiempo que tú? De este modo, perteneceríamos a la misma porción del mundo.

Ismail Kadaré, El firmán de la ceguera

 

Para María Luisa y Omar Ramos

 

Una mano, dice el viejo, y sostiene el collar del perro que intenta correr por el andén, tras la chica pelirroja. Mira su reloj de bolsillo, son exactamente las siete menos diez de la mañana, la misma hora que marca el reloj de la estación. Una mano, repite, y ve cómo la chica se sube al tren. Mientras los vagones van ganando velocidad, la mano se agita, en una despedida, y corta el aire. La mano de esa chica que se aleja es parecida a la mano que vio entonces, piensa el viejo, una mano que se despide a esa misma hora, cuando el día se estrena. Una mano casi de niña, la palma hacia arriba –las líneas del destino cortadas–, inocente y abierta, como si quisiera saber si llueve. No olvidará esa mano mientras viva, agitándose desde el tren, en aquella lejanísima madrugada de invierno. Es ahora verano, y la chica que se despide le recuerda aquel amanecer frío. Él es ahora un viejo al que nadie mira, pero en aquel tiempo trabajaba como guardagujas y tenía un uniforme reluciente. Entonces, como hoy, se estaba pintando el día y él salió de la cabina con el uniforme y el silbato. El reloj de oro era nuevo, se lo había regalado su esposa, le gustaba cerrar la tapa con un «clic» sonoro a las siete menos once, un minuto antes de hacer las señales reglamentarias al tren que bufaba. Había subido y bajado las palancas, colocado las vías. Y el cartel de la estación, sin una mota de polvo: Angoulême. Justo en ese minuto, la locomotora entraba, reventando de energía. Era una época en la que los raíles afloraban como caminos de plata, avanzaban agujereando colinas, perforando túneles, vibraban delante de las fábricas. El guardagujas se sentía parte de ese progreso, acababa de casarse, le costaba dejar a su esposa entre las sábanas, separar las piernas enredadas a las suyas, desprenderse de sus brazos. Así que llegaba en bicicleta a la estación y, al entrar en la oficina, se servía el café humeante del termo. Todo era perfecto. Después del tren de las doce regresaba a casa, leía el periódico en su sillón. Cuánto le hubiera gustado echarse con su esposa solo media hora, dormir juntos una siesta. Pero el deber era el deber.

 

Así que esto era el amor

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Así que esto era el amor

 

Para Mercedes Calabrese Obligado

 

Para ser tan viejo, tenía unos ojos brillantes que parecían querer decir algo por encima de los tubos y los cuidados, también la sonrisa burlona le llamó la atención. Había sido bastante famoso, dijo su sobrina, mientras le ofrecía mucho más de lo que se suele pagar por este tipo de cosas.

–Quiero que esté bien, pero tengo dos niños y muchísimo trabajo, ni siquiera vivo en la ciudad. Vendré de vez en cuando, no me queda otra que fiarme de ti.

Lyuba recibió llaves e instrucciones. En realidad, aquella era la primera vez que cuidaba a alguien. Había intentado ganarse la vida dando clases de ruso, pero nadie quería aprenderlo en Normandía, eran los rusos los que pagaban por aprender francés. Además, ella no era ni rubia ni alta, sino más bien pequeñita, muy plana, con aspecto de oriental.

Acomodó la almohada del viejo y, durante toda la tarde, sentada junto a la ventana para no gastar luz, estudió sus exámenes. Cuando llegó la enfermera de noche, Lyuba ya se había hecho a los ojos del viejo. En su tierra, cuando ninguna mujer se podía ocupar, a los ancianos se los subía al trineo y se los llevaba a buscar líquenes. Su abuelo había muerto ayudando a su padre con los renos, y su abuela había sobrevivido más de cien años sin dejar nunca de guisar. Todo era diferente aquí, Lyuba necesitaba dinero, era demasiado mayor para vivir bajo el mismo techo que sus padres de adopción. Al principio había fantaseado con volver a Rusia, pero el tópico de que los niños adoptivos buscan su pasado no tenía sentido con ella, que recordaba todo. Además no era rusa sino una nómade, una habitante del Ártico.

 

Agujeros negros

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Agujeros negros

 

Para Martín Obligado y Natalia Ares

 

Un hombre está sentado en el banco de una plaza. Siente un dolor y, mientras cae, se toca el pecho. Lo humilla arrastrarse, el pantalón manchado con tierra, está tan encogido que no puede gritar, es incapaz de alcanzar las pastillas. Es su segundo ataque, sabe que será el fin si no lo ayudan. De pronto, a la altura de su cara, ve unos zapatos moteados, como de bailarina española, calcetines rojos, el ruedo de un vestidito rojo también. Una niña, con su globo, se acerca y lo estudia. No entiende por qué ese hombre se retuerce, los adultos son muy extraños. Va a llamar a su madre cuando una paloma se acerca tanto que le parece que puede alcanzarla. Siempre quiso atrapar a uno de esos pájaros. Hace unos días, su hermana mayor trajo un pichón en una caja y lo escondieron para que no lo viera su madre. No era de paloma, sino de gorrión, tenía una boca amarilla y menesterosa, pero estuvo horas refregándoselo. Si ella atrapara esa paloma, su hermana tendría que guardarse sus palabras, sus «tonta», sus «enana», sus «pulga». Esa paloma de cuello irisado y ojitos redondos, de pico curvo y orgulloso. Como si quisiera provocar a la niña, el pájaro da unos pasos, abre las alas para lanzarse a volar, solo es un amago, espera y se arrebulla porque se acerca un macho. Entre arrullos se persiguen, parece que el palomo va a darle alcance. La niña se da la vuelta y corre tras los pájaros que, ante el movimiento brusco, levantan vuelo con un sonido de aplausos lejanos. Corre tras ellos y deja escapar el globo, que es lo último que el hombre ve, bamboleándose en el aire, antes de cerrar los ojos.

 

La escritura

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La escritura

 

Para Javier Sáez de Ibarra,

por una charla frente a un café

 

La olla exprés está empezando a pitar cuando llaman a la puerta. Abro y aparece una muchacha de aspecto oriental, sin que medie palabra se sienta en mi cocina. Huelen los garbanzos, las gemelas tienen que estar saliendo del instituto. Mientras intento organizar mi agenda, quito el seguro de la olla, la cocina se llena de un cañonazo de vapor que sobresalta a Lyuba. Porque esa chica se llama Lyuba, lo sé, aunque no siempre es tan claro el nombre de un personaje. Lyuba se acerca con prevención a la olla, comprendo que en su mundo no existen las ollas exprés. Cuando sirvo los garbanzos se pone a devorarlos con las manos, como si fuera un animalillo: dientes curiosos, manos finísimas, pechos de aceituna. Esta noche, después de clase, tengo que presentar la novela de un amigo, mentalmente repaso la intervención. Llegan mis hijas con su bullicio apaciguante, cotidiano, a dúo quieren contarme algo, por suerte Lyuba solo existe para mí y parece discreta. Recuerdo la época en la que conviví con un suicida que arrastraba la soga para ahorcarse. Y el noble ruso, que hedía a foca, o aquel soldado nazi, que buscaba víctimas hasta dentro de la lavadora. Ahora es Lyuba, solo Lyuba. Mientras hago como que escucho siento la necesidad de escribir, y esa pulsión me hace sentir culpable. En estereofonía, las niñas empiezan a pelearse. Lyuba las estudia, entre mordaz y coqueta, sonríe. Aprovecha que las gemelas se levantan de la mesa, se acerca y susurra: «Me violó mi padre». La frase suena como una bomba. Vuelve a sentarse, como si la información se refiriera, por ejemplo, al parte metereológico. Podría haber dicho «busco novio» o «no sé qué estudiar», o «quiero hacer puenting», la confidencia da el pistoletazo de partida a una historia tremenda. Llevo a las gemelas al polideportivo. Debería pasar por la peluquería aunque, si me recojo el pelo, no quedaré mal del todo y tendré toda la siesta para escribir, también tengo que visitar a mi padre, que está enfermo. De la confidencia de Lyuba me extraña, no la historia con su padre, sino que me haya hablado en francés. Lyuba es una nenet, de ese pueblo nómade que habita cerca del Ártico, cuyo idioma desconozco. Navego por Internet y encuentro sus costumbres: pastores de renos, tiendas con estufa central, trajes de piel. Están sentados sobre la mayor reserva de gas de planeta, por lo que los rusos pretenden diezmarlos. Recuerdo una novela sobre esquimales. ¿Cómo se llamaba? El país de las sombras largas. Sí. Debería releerla. Encuentro una serie de datos etnográficos que no me interesan. Es una desgracia vivir sobre un tesoro, pienso. Apunto la idea para que no se escape. «La desgracia de lo bueno». Me gusta durante un rato, después deja de interesarme, es una chorrada, ya la desarrolló Truman Capote, en Plegarias atendidas. Wikipedia: «Los nenet, durante el invierno, suben hasta el Círculo Polar en busca de líquenes para sus renos». Me duele la cabeza, llama mi madre, dice que mi padre está mal. Vuelvo a la cocina. Lyuba sigue allí y ahora la puedo estudiar. Es rara, pero muy bella. Pelo negro sobre la espalda, cuello largo, miembros potentes. Abre las piernas. No lleva bragas, y veo el matorral de su sexo, que huele a líquenes. Espera para ver cómo reacciono, pero no caigo en su provocación, simplemente me quedo frente a ella, que ahora ha juntado las rodillas y mira en actitud indefensa. Me encierro en el estudio, escribo. Borro. ¿Qué edad tendrá Lyuba? Es difícil calcular la edad de la gente que tiene aspecto oriental. Me pregunto si el comentario es racista. Tengo que investigar sobre las emociones de las niñas violadas. Teléfono: me ofrecen no sé qué, una mujer habla, pero no le entiendo, tal vez tenga un fondo francés, o esquimal. Debo de haberle contestado de forma brusca, porque cuelga enfadada. Otra vez mi madre, ahora parece muy nerviosa. Le digo que no, que esta noche es imposible que me acerque, que mañana temprano, sin falta. Siento el impulso de hablar con mi amiga Pilar, que acaba de adoptar a una niña esquimal, pero lo dejo para más tarde, además tal vez le molesten mis intromisiones. Corro a buscar a las gemelas al polideportivo, de paso haré la compra. ¿Y si me acerco a la peluquería? Con el resto de los garbanzos puedo hacer un humus para mis suegros, me queda muy bien. Por suerte las gemelas son niñas, si hubieran sido varones, a alguno le hubiera caído el nombre de mi suegro, Fermín. Quiero mucho a mi suegro, a veces pienso que me casé con su hijo para estar cerca de él. Qué disparate. ¿Y qué hago con lo de mi padre? Maquillarme: en la presentación habrá prensa y salgo con cara de vampiro. Atardece, hace frío. Mientras conduzco por la autopista pienso que lo mejor que me podría pasar sería encontrarme en medio de un atasco, aislada durante horas, pero el tránsito fluye en la tarde gris. Las gemelas están agotadas. Renuncio a la peluquería y a la compra. Solo me queda dejarlas en casa, recoger los libros, cambiarme para la presentación, dar mi clase. Le pongo un mensajito a mi marido, le pido que prepare la cena. Él me manda un sms cariñoso, que no contesto. Vuelvo a sentirme culpable. Cuando dejo a las gemelas en el aparcamiento me espera Lyuba, con una maleta enorme, la sube a empujones y no hablamos durante el trayecto, puedo concentrarme en preparar mi clase. De pronto, con una vocecita monótona, me cuenta una historia de frío y vejaciones. Habla de un mamut escondido en el hielo, dice que ha sido adoptada, que piensa viajar. Dice también que consiguió algo en Normandía. ¿En Normandía?, le pregunto extrañada. Sí, dice, y comienza a hablar sin continencia alguna. La cabeza me estalla. Si fuera medianamente sensata, tendría que detener el coche en la primera esquina y bajar a Lyuba de un empujón. Tendría que abandonarla en medio de cualquier carretera, tendría, por lo menos, que pedirle que deje de hablar. Pero no lo hago, su historia inconexa me fascina. Mierda, llego tarde y me he dejado los apuntes. Lyuba se sienta al fondo de la clase, agradezco su cortesía y su silencio, con ternura pienso que debería encontrar a alguien que la quisiera de verdad, una familia, un novio. Le deseo tardes hermosas tendida al sol, en alguna playa de Normandía. Esbozo las hipótesis, pero todas me parecen terriblemente sensibleras, tacho lo que he apuntado en mi cuaderno. Llego a la presentación tarde, los fotógrafos ya se están cebando con el autor. Digo mis cuatro frases con poco entusiasmo, solo he cumplido con el expediente cuando hubiera querido ser muchísimo más enfática. Además, estoy fea. Tomo Coca-Cola. Lyuba, en cambio, parece haberse bebido todas las reservas de alcohol de la noche y ríe como un bucanero, parece empeñada en ligar con cualquiera que se le cruce. La arrastro a trompicones de la fiesta, bamboleándose la empujo dentro de un taxi mientras insulta a todos los que pasan. Saca del bolsillo una moneda extraña, me la muestra como si fuera un tesoro, es un dólar con un agujero, de esos que se cuelgan al cuello, luego la tira por la ventana. La moneda rebota, brilla en mitad de la noche y la recoge un chico muy guapo, con el cuerpo tatuado. Parece alemán, le sonríe a Lyuba, que intenta bajarse del coche, por suerte logro impedírselo. Por fin arrancamos, en el trayecto se calma, está más tranquila cuando llegamos a casa. Le limpio la cara como si fuera una criatura, la meto en la cama. Está desnuda, su cuerpo delgado es de una belleza que me hace temblar. Lyuba no parece consciente de sí misma, se desmadeja, la cubro con un edredón, le digo que se calme, que todo saldrá bien, me tiendo junto a ella, le doy mi calor. Entonces me escruta con sus ojillos de canica, estira sus brazos, en los que asoman las marcas de la violencia del padre, respira como un animal asustado, coloca mi mano sobre sus pezones y, aunque intento desasirme, me sujeta con su fuerza tenaz, siento su hedor de nieve mientras clava en mi garganta sus dientecillos afilados. Resignada, extiendo el cuello. La casa está en calma: todo el mundo duerme. Yo escribo.

 

Albania

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Albania

 

Para Julieta

 

–Todo el mundo necesita un enemigo, un enemigo que te mantenga despierto.

La frase ha saltado a la cabeza del muchacho que, medio dormido, estirado en el asiento del tren, se aferra a su mochila. Le han dicho que los albaneses trepan a los vagones y pueden robarle, todo tipo de leyendas recorren las vías. Tiembla un poco, sale de su pesadilla, se asoma y ve el cartel: Angoulême, por fin está en Francia.

Es una madrugada de verano. En la estación desierta, un guardagujas da la señal de entrada a un expreso de lujo. Por la ventanilla asoma una pelirroja, camiseta grande, uñas pintadas de rojo gominola. Se estira y toma conciencia de que el chico la está mirando, se cubre los hombros, pero luego, con una sonrisa provocativa, sostiene la mirada, entreabre los labios y pega los senos contra el cristal. Aunque parece un juego, el chico se ruboriza, nunca ha estado con una mujer y aquella es casi demasiado guapa. Se asoma él también pero, justo en ese momento, el vagón empieza a desplazarse. Antes de que el chico desaparezca, la pelirroja levanta la palma de su mano, como si quisiera acariciarlo.

 

La espiral admirable

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La espiral admirable

 

Eadem mutata resurgo1.

Jakob Bernoulli

 

Napoleón: Me cuentan que ha escrito usted este gran libro sobre el sistema del universo sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador.

Laplace: Sire, nunca he necesitado esa hipótesis.

Diálogo sobre el libro Exposition du système du monde, de Pierre Simon Laplace

 

Mientras caen las cabezas, la mujer se pierde en los libros de matemáticas que acumula la biblioteca de su esposo. Le está prohibido pero, a causa de los disturbios, han cerrado el monasterio en el que estudiaba, así que lo hace a escondidas, y usa como ábaco los garbanzos de la cocina. Si no la hubieran obligado a casarse con un viejo, solo se ocuparía en descifrar operaciones matemáticas. Ahora se narcotiza con el infinito placer de los cálculos. Todo es muerte a su alrededor, incluso en la pacífica Normandía, así que ha decidido no prestar atención a lo que la rodea.

Cuando escapa de la vigilancia de su esposo pasea por la playa. En uno de esos paseos encontró una caracola con la concha rosácea y agujereada; desde entonces las recoge, las esconde en su recámara, con una piedra afilada gasta una, dos, tres, cien, descubre que todas se retuercen en idéntica escala. Hace cálculos y la dibuja. No es una espiral constante, como la que postula Arquímedes, aburrida y previsible, sino que encierra un diminuto cosmos que se abre como un torbellino, en progresión geométrica, girando en una curva cada vez más abierta. El giro le es familiar, lo ha visto en el ombligo de su hijo, en la tela paciente de las arañas, en la sopa que comienza a girar en los pucheros, en la cabeza de los girasoles, preñada de semillas. También ella está preñada y en el último mes. Camina torpemente hacia la playa, entre el ganado que ramonea y los huertos de manzanos. Si su marido se entera de que se ha vuelto a escapar la va a encerrar en su alcoba. Lo odia, y odia también su destino. No quiere la carga de este hijo, como tampoco deseó al primero, que todavía ni sabe andar, ni querrá a los que lleguen en años venideros. La aterra ese bregar con la muerte que es el parto, su sangre roja manchándolo todo. Todavía no ha cumplido dieciséis años y solo desea encerrarse en la biblioteca para calcular el giro de esa espiral constante en su radio, o tal vez quitarse la cofia que le aprisiona la cabeza, o lanzar su chal al viento, y que galope como un caballo. Pero se cubre los hombros: si enferma, entonces sí que estará perdida. Al menos ahora, mientras la nodriza se ocupa del pequeño, es libre para pensar en lo que quiera. Sujetándose el vientre, comienza a bajar hacia la playa. El vestido de muselina se le pega, se humedece y ondea con la brisa del mar. Cansada, se sienta sobre unas piedras, ve brillar algo entre el verde apretado del campo: es una moneda acuñada quién sabe dónde, tiene grabada una mujer vestida casi como ella y una frase: In God we trust. Algo borrosa, aparece una fecha imposible: 1944. Debe de ser una de esas raras piezas con datos erróneos. O tal vez es falsa, tiene un agujero curioso, como si la hubiera horadado un perdigón. El encuentro la hace feliz, se trata sin duda de un talismán, así que la cuelga en la cadenita que lleva al cuello y, más tranquila, continúa el descenso. Poliedros, cilindros, conos, esferas. La esfera y la espiral que asoma dentro de la caracola, su misteriosa órbita creciente. ¿Se repetirá en el universo? En cuanto llega a la orilla moja un zapato en el agua, le gusta ver cómo se humedece el ribete y el pompón de seda se desprende del empeine para hundirse en el mar. ¿Cuánto tardará en convertirse en arena? Nadie sabe dónde terminan las cosas. Y ella, ¿cuál será su final? ¿Le toca morir ahora, o acabará reventada en su décimo parto? ¿Cuánto tarda la conciencia en abandonarnos? ¿Cuánto en perderse los recuerdos de una cabeza cortada? Imagina que la llevan al patíbulo: como a Carlota, esa chica rubia con la que estudió en el monasterio de Caen. En Caen quedó su infancia, y la casa de sus padres, porque tuvo que seguir a un marido hasta estos agrestes parajes de Pointe du Hoc. «Un marido rico, con tierras». Y luego su madre, bajando la voz, con un énfasis goloso: «Una familia de las antiguas». Carlota era algo mayor y la llevaba de la mano hasta la sala de estudios, la defendía de las burlas de las más grandes, del aburrimiento de las pequeñas. La ayudaba con los números y las tareas. Le contaba cuentos si no podía dormir. Su larga trenza rubia y el aroma de su pelo, que sin duda podó el verdugo, las mejillas tan próximas, tan próximas. Imagina ahora la cabeza cortada, imagina que la cabeza la mira con los ojos desorbitados y musita «huye, huye», imagina la sangre que cae encharcándolo todo, anegando el patíbulo, la calle, la sala de estudios y el refectorio, la capilla y su cáliz, las blancas tazas del desayuno. Oleadas de sangre que es también la suya, se dice la muchacha, ambos finales serán sangrientos, solo que el de ella llegará sin dramatismo, desprovisto de toda parafernalia, anónimo: nadie recuerda a una mujer que muere de parto.

 

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