Medium 9788483935347

Covers

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Dos formas de vivir la vida y muchas maneras de sentirla, esto es lo que nos propone Ronaldo Menéndez. Porque vivir en soledad y compañía es sentir el sexo, el amor, el sufrimiento, en una palabra, la vida. Y una vez más, con gran maestría en el manejo del lenguaje, el autor profundiza hasta nuestras entrañas escribiendo instantáneas, a modo de fotogramas, de una realidad que transita desde la autobiografía instalada en su Cuba natal al viaje más onírico y literario. Así, los cuentos que conforman este libro toman como referencia otros textos, incluso el cine, siendo una raíz conceptual que asume diversas formas y que demuestra que estamos ante un narrador excepcional.

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La caza de las moscas

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La caza de las moscas

 

La ciudad está agujereada de estos viejos cinematógrafos, cines a la antigua, malamente recuperados en una urbe que se cae a pedazos. Oscuro, todo oscuro. Es una película del mejor director polaco, según Teo.

La primera escena muestra a un sujeto que se agita, la cámara tiene el punto de vista del sujeto. Es un punto de vista nervioso, casi angustiante. Parece que sus pasos son ese gotear de un caño mal cerrado cuando el viento tuerce la caída de cada gota. Esos son sus pasos. El sujeto avanza por pasillos donde hay fotos de Lenin, entra en una oficina, encara a una mujer. La mujer, es evidente, no ha tenido sexo desde hace mucho tiempo. La actriz quizá sí. Ella, que empieza a hablar con el hombre, no. Es la editora jefa y despide al hombre, o acaso lo rechaza, esto no se comprende bien. ¿Lo está echando del trabajo o está rechazando su solicitud?, le pregunto a Teo. Teo nunca responde a estas preguntas.

Teo está a mi derecha.

Todo es tan oscuro. Todo puede cortarse en lascas.

 

Menú Insular

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Menú Insular

 

A mis padres

 

La candente mañana de marzo en que anunciaron oficialmente que iban a racionar el pan y los huevos, después de un imperioso rumor que no se rebajó un solo instante al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de las bodegas habían renovado sus anuncios sustituyéndolos por un rotundo: «Pan y huevos, solo por la libreta de racionamiento». El hecho me dolió, pues comprendí que el cesante campo socialista se apartaba de nosotros, y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el campo socialista pero yo no, pensé con melancólica vanidad. Alguna vez, lo confieso, mi entusiasta devoción había exasperado a mis colegas escépticos. Muerto el socialismo, podría dedicarme a medirlo, sin esperanzas, pero también sin exasperación. Decidí seguir de cerca lo que a partir de entonces sería nuestro Menú Insular. Consideré que el domingo 10 de marzo era el cumpleaños de mi hija, visitar aquel día el zoológico de la calle 26 era un acto paternal irreprochable, tal vez ineludible. Esa fue la última vez que, con su injustificada felicidad de rejas, vimos a

 

Singles

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Singles

 

Como sueño era extraño porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. En su primera etapa solo era el sueño de un recuerdo. Aquello también le resultaba inconcebible: soñar con el recuerdo de algo que nunca había ocurrido. Soñó que recordaba la primera vez que habían probado a aquella mujer llamada Amaranta. El recuerdo la situaba a la orilla de una playa oscura, con esa luminosidad que en las noches marinas le otorga un levísimo tinte azul a los rostros. Él estaba con Luisa, porque siempre estaba con ella desde hacía varios años, según el sueño, y viajaban juntos a cada torneo. A su derecha, sobre la confusa arena, Amaranta se empinaba la botella roja de whisky.

¿Dónde estaba él, dentro de la frágil realidad del sueño, para darse cuenta de que aquella primera escena no era más que un recuerdo soñado? No poder definir del todo aquella doble perspectiva lo llenaba de asombro. Continuó hacia delante. O hacia atrás. Después de la arena estaban en una habitación del hotel donde iban quedando los finalistas del torneo. Pero el tiempo no estaba ordenado. Antes del hotel y la playa, vio nítidamente cómo había empezado todo. Dentro del recuerdo soñado, esa noche, tras vencer a su rival holandés, habían quedado en encontrarse para celebrarlo con otras dos tenistas cerca de esa línea donde el mar se gasta sobre la arena. Pero solo había llegado Amaranta porque la otra de pronto se había desvanecido. Después había sido el paseo a lo largo de la playa, la botella de whisky que era como un cetro de diamantes bajo la luna (él no debía beber, jugaría al día siguiente), y ahora estaban en la habitación de ella asediados por el espectro de las olas.

 

La ciudad de abajo

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La ciudad de abajo

 

A Isabel Mellado, que se da en pedazos comestibles

 

¿Encontraría a Lucía? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo desde el Boulevard Sebastopol hasta la farola esbelta que da al Quai de Gesvres, y entonces la luz de marzo que rebota en el río me recortaba su silueta esbelta sobre el fondo apurado de los transeúntes. Repetíamos, copiando una y otra vez este principio, que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. No era un viento cuajado, no se nadaba en el viento. Podíamos tragar todo el aire del río mientras continuábamos a través de la Île de la Cité hasta Saint Germain. Allí, en esa esquina indecisa, me comentó por primera vez que debajo de nosotros había otra ciudad, una ciudad invisible mientras no bajáramos a ella.

Meses después de gastar las mismas calles Lucía me lo pidió, pero más que un pedido parecía un juego, y el juego parecía una amenaza. Me dijo: antes de que quieras alejarte tengo algo que decirte. Y yo le contesté: no pienso alejarme nunca. Pero ella me cortó los argumentos, agitando su mano derecha con ese gesto idéntico al de ciertas actrices cuando apagan un fósforo tras haber encendido un cigarro en la punta de una boquilla de hueso. Luego me dijo: quiero pedirte que conozcas La Secta que está en la ciudad de abajo, aunque dudo que puedas comprenderla en este momento.

 

Causalidad

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Causalidad

 

A mis Sergios: Cevedo y Dextre

 

Ya llevo días, muchos días, extrañando El Material. Aunque en honor a la verdad de mi amigo Evaristo no he movido un solo dedo, un solo pie, ni siquiera la punta de mi lengua nerviosa (Gélida Jo una vez me confesó que le gustaba besarme a causa de la dinámica de mi lengua), para obtenerlo. Sí se han movido, en descabellada sinapsis, miles de mis neuronas relampagueantes a causa de la ausencia de El Material, de su recóndito capricho de no estar, de postergarse.

Es gris-pavimento el cielo de la ciudad en esta época del año que suele durar doce meses, al cabo de los cuales el cielo se vuelve, de repente y sin preaviso, tan gris como antes.

Paso las tardes iguales con Evaristo y con Gélida Jo caminando por Barranco, fingiendo no notar la nuca recta y blanquísima de Gélida, la tibieza de las manos de Gélida cuando me oprime el antebrazo por casualidad, sus dedos largos. Doblamos cada esquina como si esperáramos encontrar algo del otro lado, hasta que la sed nos justifica y entramos en La Tasca a tomar unas cervezas.

 

Ejército desnudo

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Ejército desnudo

 

Primera escena: sobre el interrogatorio

 

Yo no soy Estiler. Dicen que hace un año pasó por aquí un sujeto con similares manías o tendencias o desafíos, y terminó tan frustrado como yo.

Pero no solo insisto en que no soy Estiler o Stiller o alguna otra sustancia antipática, sino simplemente afirmo que yo soy yo, un director de teatro al que se le ocurrió que el campo y los vientos eran el mejor remedio contra la perniciosa metrópoli. ¿Lo sabe usted, mi muy señor teniente? Así acabo de decirle en el primer interrogatorio. Así. No soy Estiler, y mi obra de teatro nada tuvo que ver con lo que hizo aquel hombre en esta comarca.

Cuando fui sometido al primer interrogatorio, que duró alrededor de veinticinco horas, recuerdo que las preguntas recurrentes eran acerca de mi propuesta, acerca de mis actores, acerca de la escenografía, acerca del guión, acerca del desenlace, acerca del distanciamiento, acerca de mi vida, acerca del cielo y los astros y las piedras y los árboles. Por tanto, mi señor teniente entendió muy poco de mis explicaciones. Lo principal, lo primero que traté de explicarle, es que soy graduado, con honores, sabores y sinsabores, de la ENA, escúchelo bien, señor teniente, de la Escuela Nacional de Arte, cuyo antiguo nombre era aún más específico, más expresivo, más preventivo en cuanto a mi caso se refiere: ENIT, o sea, Escuela Nacional de Instructores de Teatro. Pero el teniente muy poco sabe de estas cosas y quiere saber de lo otro.

 

Arte total

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Arte total

 

(Un reportaje en cuatro movimientos y tres reposos)

 

Al Redo, in memoriam

 

Primer movimiento

 

El Peca sostiene que el artista de hoy debería ser sobre todo un comunicador político. Ahora está enarbolando una pancarta enorme que dice en letras rojas: «A amar al prójimo con más disciplina y calidad». Bajo el cartel hay pintado el esquema didáctico de una ametralladora. Flechita con número uno: guardamano inferior. Flechita con número dos: guardamano superior. Flechitas con número tres cuatro cinco etcétera: mira cargador gatillo etcétera.

Se frota sus manos pecosas como si quisiera redistribuir el color. Dice que es la tercera obra conceptualista para la acción plástica callejera. Notredame sigue al fondo. Las torres mellizas, no. Duda. Quizá debió poner algo referido a las invasiones preventivas, algún tipo de elogio inadmisible.

Se dirige donde Warhola y le pide consejo, pero este solo aconseja beber alcohol mientras hace silencio. Warhola recupera la petaca y la mete en el bolsillo de su cazadora que fue cazada en el basurero de la esquina. Comenta con voz de líder innato que todavía tienen mucho trabajo por delante, hasta las cuatro de la tarde que es cuando empezará la performance.

 

El bucle de Villa Búho

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El bucle de Villa Búho

 

1.

 

Y viendo a sus discípulos alrededor de la mesa, Jesús partió el pan, y les dijo: «Comed todos de él, porque este es mi cuerpo, que será sacrificado por vosotros». Luego alzó el copón divino y les dijo: «Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre. Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros. Haced esto ahora mismo en conmemoración mía». Y al ver que sus discípulos tardaban en captar el mensaje, Jesús alzose sobre su asiento y fue colocando su desnudo cuerpo de conejillo de Indias a lo largo de la mesa. Y en vista de que los discípulos tardaban una eternidad en entender, y él, aun siendo Dios, no tenía en ese momento una eternidad, les dijo: «¡Haced esto, lo del pan y el vino, con mi cuerpo y con mi sangre, ahora mismo en conmemoración mía!». Tras instantes de vacilación, el primero en decidirse fue Judas. Blandió un sacacorchos y, tras hacerle una profunda incisión en un costado del abdomen, comenzó a beber con fruición. Enseguida Juan empezó a mordisquearle los dedos de la mano derecha, y cuando Jesús comenzó a vociferar: «¡Padre, por qué me has abandonado?», y a retorcerse con la flaca voluntad de salir del aprieto, ya se le habían echado encima los doce comensales. María Magdalena pegaba de gritos, y tanto fue el escándalo que armó la Magdalena, que en el momento en que todos habían saciado el primer impulso de degustación, hicieron una pausa y la miraron expectantes. Fue entonces cuando ella les dijo: «¡Basta, que no sois bárbaros!»Y les señaló la cazuela humeante: «Los hombres civilizados cuecen sus alimentos». Acto seguido todos comprendieron, procedieron a desmembrar al Maestro, y tras aliñar sus trozos diéronse a la tarea de cocinarlo como Dios manda. El banquete duró hasta que el gallo cantó tres veces, y todos recordaban que hasta el último momento había persistido una sonrisa inexplicable en la cara del Maestro, que quizá hicieron bien en confundir con una mueca.

 

Factor sorpresa

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Factor sorpresa

 

Steven y Bill respiraron fuerte para darse aplomo. Palparon por última vez las pistolas bajo las gabardinas, expulsaron el aire de sus opacos pulmones y entraron en el banco humeando anárquicamente con sendos cigarrillos bogartianos. Sabían que la ley antifumadores en este caso no iba a ser un problema.

Sonaron. Por supuesto que sonaron esos fastidiosos pitidos de las barras sensoras encargadas de declarar a los cuatro vientos la irrupción en el local de armas de fuego, trombones, teodolitos, sables de samurái, llaves inglesas y otros objetos heterodoxos. Notó Bill, en el instante en que sus ojos exploraban lo que estaba a punto de convertirse en su ámbito laboral, cómo una señora gorda salía del banco en el preciso momento en que ellos entraban. La mano de la mujer sostenía una correa en cuyo extremo se debatía educadamente un animal rosado, considerable, de áspero pelambre, hocico agudo y tronchado en dos orificios nasales, de donde salían esos sonidos guturales tan frecuentes en una cochiquera. Si Bill no hubiera decidido que se trataba de un perro, pudo haber pensado que era, simple y llanamente, un cerdo.

 

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