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Azul ruso

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Un libro que descansa sobre alegorías e imágenes poderosamente estructuradas, con una fuerte vocación narrativa y estética, bajo un orden que lleva de la mano al lector, saltando de universo en universo, donde lo fantástico y lo terriblemente real se dan la mano. Los relatos de Esteban Erlés desequilibran al lector, lo sumen en tonalidades azules e invitan a pasear entre personajes frágiles, que conviven con la ensoñación, con mundos truculentos que se transforman o se destruyen, con seres felinos, reales y soñados. Una misteriosa mujer que convierte en gatos a sus amantes, un superhéroe venido a menos, una iguana que condiciona la vida de una pareja, el desasosiego del que espera una llamada o el poder de la criptonita en manos de una mujer con gato albino. Trece relatos que sitúan a Patricia Esteban Erlés como una de las principales voces del cuento de esta primera década de siglo.

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13 relatos

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Piroquinesis

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Piroquinesis

 

 

Para Fernando Iwasaki, crisantemo japonés

 

 

El fuego, según Renato

No, Darío no estaba en la cuna cuando volví del trabajo y por raro que parezca, señor agente, yo lo supe enseguida; nada más abrir la puerta de casa, en realidad. Si usted no me mirara así, como si yo fuera una broma de mal gusto que ha venido hasta su mesa sólo para impedirle terminar el crucigrama del periódico, me explicaría mejor, le daría todo tipo de detalles. La casa es otra si Darío no está. Ni siquiera huele igual.

Es verdad que ando un poco obsesionado y que desde que pasó lo del incendio en el otro piso siempre temo que a Darío vaya a sucederle algo terrible. Pero no se lo digo a usted, que sigue mirándome con cara de café helado, mientras coge la estilográfica negra que reposa sobre el crucigrama a medio hacer y da golpecitos con ella a la esquina de la mesa, como si cada uno de esos golpes midiera el tiempo que está dispuesto a concederme. Luego mira la foto de Darío, un niño de meses aparentemente normal en brazos de su madre y vuelve a mirarme a mí, incrédulo. Todo esto debe de resultarle descabellado, me hago cargo. No es para menos, la verdad: de pronto un enano entra como un golpe de viento en su comisaría y le muestra temblando la foto de un bebé rubio, le dice que es su hijo, su hijo, y que ha desaparecido de su cuna. Sí, señor, no hace falta que disimule, ojalá pudiera decirle que yo también sé que él y yo no nos parecemos en nada y que soy consciente de lo raro que resulta todo esto. Pero es mi hijo y en cuanto he entrado en casa yo he sabido que no estaba allí, porque una voz estrangulada como de bufón enloquecido se ha puesto a gritar en mi interior Darío no está, no está, y entonces he recordado las llamas, y he echado a correr en dirección al cuarto que pinté de azul cuando nos mudamos.

 

La chica del UHF

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La chica del UHF

 

 

Para Hipólito G. Navarro,

por la chica rubia de pelo casi verde,

y Juan Carlos Márquez

 

 

Eran tan pequeñas. Eso fue lo primero que pensó Antonio Puñales cuando por fin se atrevió a retirar la sabanita rosada que cubría sus dos cuerpos enmarañados. La sombra que había oscurecido el rostro pelirrojo de Puñales en cuanto entró por la puerta de la funeraria aquella mañana y le dieron el aviso, se hizo más intensa. Había que preparar para el entierro a un par de siamesas sin nombre y unidas por el tórax a las que no se había podido reanimar después del parto, le dijo su jefe Marcelo Limón, Deben estar listas para las doce. Antonio Puñales no contestó, tragó saliva y se dirigió al taller con los ojos vidriosos del insomne que sigue viendo de día los mismos horrores que le acompañan por la noche, hacia la camilla infantil que estaba colocada ya en el centro de la sala, bajo el potente foco de luz blanca. Se detuvo junto a ella y contempló el sudario rosa, temiendo ya el mínimo bulto de aquellos dos bebés enredados en un abrazo vegetal. Pensó que la pieza de tela afelpada aún olía a nuevo y sin duda formaba parte del ajuar infantil que las niñas nunca estrenarían. Tiró de la manta con los ojos cerrados. Todavía tardó un rato en abrirlos, en atreverse a mirarlas.

 

Criptonita

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Criptonita

 

 

Hay ciertas cosas que sólo ocultamos para mostrarlas

Montaigne

 

 

Hace unos años compré por internet un fragmento de criptonita. Antes de que ocurriera lo de mi gato Carygrant, aquella piedra supuestamente llegada de Kripton ocupaba siempre el mismo lugar en mi cajón de las bragas y podía verla nada más abrirlo, pegada a la esquina izquierda, ahí, justo encima del sobre de papel de estraza donde tengo por costumbre meter cada sábado la paga semanal del súper. A veces, sobre todo si había tenido un día especialmente atroz en el trabajo, me gustaba entrar en mi dormitorio, pararme ante el espejo de la cómoda con la blusa del uniforme medio desabrochada, abrir el cajón y buscarla a tientas. Me gustaba sentir su frío mineral entre los dedos, rozarme con ella el lóbulo de las orejas y la garganta, mientras el pobre Carygrant, tumbado sobre la cama, espiaba mi reflejo en el estaño carcomido, igual que un esposo paciente.

 

Mahou

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Mahou

 

Cuando la vi entrar en el bar acompañada de aquel tipo rubio que le sacaba dos cabezas, sentí que era como si de pronto se me cayeran al suelo todas las monedas que llevaba guardadas en el bolsillo. No debería haber tentado la suerte, claro que no, pero desde la mesa donde estaba sentado, junto a una morena vestida de amarillo de la que no recordaba ni el nombre, miré a Mahou un segundo más de lo que aconsejaba la prudencia, el tiempo necesario para cerciorarme de dos cosas. Una, estaba muy guapa con el pelo cortado a lo chico, y dos, la mano renacentista del hombre que la seguía se aferraba a su cintura con un gesto que tenía a la vez algo de entrega incondicional y de orgullosa posesión.

Ahí estaba, el calambre en el estómago, ese ardor bilioso que ya creía atajado para siempre y que apareció de nuevo, cuando los vi caminar hacia una mesa para dos que daba a la vidriera. Mahou sonrió mientras señalaba el periódico abierto y la taza de café, como indicándole a aquel tipo rubio que la silla parecía ocupada por alguien que quizás había ido al baño. Sentí un codazo. La morena intentó llamar mi atención farfullando un «¿Quieres?» mientras me ofrecía un trozo de su cruasán con los dedos pringosos. Lo rechacé con brusquedad y un poco de asco. Mahou y su amigo echaban a andar entonces hacia el centro de la cafetería con el porte de dos nadadores olímpicos y yo pensé que si alguien me hubiera pedido en aquel momento que los describiera habría dicho «Tenían cierto aire de familia. Estaban de paso en la ciudad. Parecían felices y sonreían, como dos holandeses recién salidos de la ducha que hubieran salido a callejear un rato en la mañana de domingo, antes de elegir al azar una cafetería en el centro, para desayunar algo».

 

Caballitos de mar

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Caballitos de mar

 

 

A mis alumnos de Alagón, el Santiago Hernández y el Élaios

 

 

El día que me dieron el trabajo guardé la bolsa con el uniforme de mascota en el armario de la habitación de Candela, para que Elena no sospechara nada. Me pareció que era el lugar más seguro de la casa, porque hacía bastante tiempo que no entrábamos allí, como si hubiéramos tapiado su puerta en nuestra memoria. La verdad es que ni siquiera hablábamos de nuestra hija, la que tanto habíamos deseado tener, más que como de una visitante que acabaría llegando a casa después de un largo viaje, y para la que todo debería estar preparado entonces. «He comprado un juego de sabanitas de franela para la cuna de Candela», decía Elena como disculpándose al servir el segundo plato, «estaban de oferta en esa tienda del centro comercial», y yo movía la cabeza, «Bien». Ya ni se nos iban las horas imaginando si ella tendría los ojos verde musgo de su madre o el meñique del pie izquierdo montado sobre el dedo anterior, como yo, aunque mucho más gracioso. Llegando finalmente a la conclusión de que lo del dedo no era buena idea, porque cuando Candela creciera no podría ponerse sandalias en verano, y se avergonzaría de mi herencia y me odiaría, así que al final Elena y yo acordábamos que tendría los pies perfectos de un niño Jesús de anticuario.

 

Porvenir

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Porvenir

 

 

 

Te llaman porvenir porque no vienes nunca

Ángel González

 

 

 

Para Mireya, Elena, Javi, Idoia, Paco, Belinda

y el resto de mis alumnos de relato, por enseñarme tanto

 

 

Son casi las siete menos diez de la mañana cuando el hombre de la mancha de vitíligo sube al autobús con su billete en la mano y descubre que la chica despampanante del asiento 34a, ventanilla, se ha adueñado también del suyo, el 34b, pasillo, colocando encima un enorme bolso de tela floreada y dos sandalias de cáñamo que parecen enfadadas entre sí. El hombre de la mancha oscura, una especie de mapa que le nace en la garganta y trepa por su rostro, cubriendo casi por completo el pómulo izquierdo, saluda con un casi inaudible buenos días a la chica guapa, descalza pero con sombrero. Le enseña su billete y le informa de que él es el viajero 34b, al tiempo que mira tímidamente ese par de sandalias hostiles y el bolso de flores. La chica rubia retira con desgana sus pertenencias y mete las sandalias blancas en el bolso gigante, después de hacerle una misteriosa pregunta:

 

Azul ruso

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Azul ruso

 

 

 

Para Juan Casamayor,

que abrió la puerta y dejó entrar a los gatos azules

 

 

 

Emma Zunz fue convirtiendo en gatos a todos los hombres que cruzaron la puerta del viejo edificio con aires de teatro cerrado donde vivía, en la parte antigua de cierta ciudad de cúpulas afiladas que tenía por costumbre reflejarse a cada paso en charcos y capós mojados de automóvil, como una dama en ruinas que no pudiera terminar de creerse los signos externos de su decadencia.

Muchos de aquellos desconocidos habían llegado hasta Emma Zunz por pura casualidad. Eran viajantes de lencería femenina de mediana edad o muchachos que vendían libros a domicilio, el peso intacto de sus maletines recordándoles con melancolía el fracaso de una jornada baldía. Todos se detuvieron en algún momento frente al número 12 de la calle Klementina, y, sin fijarse apenas en el rostro de león taciturno que adornaba el portal, pasaron adentro y respiraron un aire opaco, encerrado, de patio antiguo. Los más de ellos permanecieron confundidos un instante, con los ojos clavados en el arabesco de luces y sombras que procedía de la claraboya extendiéndose a sus pies, sobre el ajedrezado magenta del suelo. Dudaron entonces si merecería la pena subir y llamar a media docena de puertas, intentar venderle un par de panties de nailon a alguna de las viejas inquilinas, sin duda condenadas a un triste destino de plantas de interior. Dos, quizás tres de aquellos hombres, se dieron la vuelta y salieron a la tarde nublada de la ciudad, que se les antojaría de una luminosidad eléctrica, y apretaron el paso en la dirección opuesta, para librarse cuanto antes de una repentina sensación de peligro que no hubieran sabido explicar. Otros, en cambio, tomaron una bocanada de ese aire viciado antes de tantear el muro con sus manos, en busca del interruptor mugriento. Allí esperaron, con cierta aprensión, a que una luz torpe les mostrara la pared verde esmeralda que quedaba al otro lado de la penumbra, y a que la misma luz vacilante ascendiera por la escalera de caracol, como una vieja sirvienta, apoyándose en la barandilla de hierro forjado que parecía empeñada en trazar en su ascenso la misma curvatura de los muros. Ellos todavía no podían saberlo, pero unos minutos más tarde, cuando hubieran alcanzado ya el último tramo de los cuatro pisos que subirían andando, y estuvieran aguardando a que alguien abriera la única puerta cuyo timbre se dignó a funcionar, con su sonido de campanillas lentas reverberando aún en el hueco interior, se girarían hacia la escalera y apreciarían de lejos la sombra rizada de la claraboya en la cuadrícula de baldosas rojizas, constatando por primera vez la vaga semejanza que había entre la espiral de peldaños y el reloj astronómico de la torre más célebre de la ciudad. Y no podrían evitar echarle una ojeada furtiva al punto donde ahora mismo permanecían, dubitativos, añorándolo ya.

 

Hungry for your love

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Hungry for your love

 

Por favor, Dios mío, haz que me telefonee ahora. Oh, Dios, que me llame. No pediré nada más, te lo prometo. Te costaría tan poco, Dios mío concédeme esa pequeñez... Que me telefonee ahora mismo, nada más. Por favor, Dios mío, por favor, te lo ruego. Mira cómo estoy. Haz que llame porque si vuelvo a descolgar el auricular y escucho la voz nasal de esa tía diciendo por cuarta vez que llama del departamento de Bajas para hacer una comprobación, explotaré, juro que exploto. Tengo que calmarme. Todo va a arreglarse, seguro, porque él llamará, aunque dijo que no, yo sé que al final llamará. Lo hará, y entonces yo le diré que las cosas ahora van a ser diferentes. Le diré, ves, el Gato ya no me tiene miedo, ahora me mira tan tranquilo mientras doy vueltas alrededor de la mesa, hablándole al teléfono, a veces hasta tengo la sensación de que soy su mascota y estoy aquí sólo para divertirle. Seguro que cuando me llame le gustará saber lo bien que nos llevamos su jodido Gato y yo desde el accidente, seguro que sí. Cojeo entre sus discos esparcidos por el suelo. Van Morrison canta la misma canción una y otra vez en el viejo tocadiscos. No se lo llevó, no se llevó nada, ni siquiera sus vinilos. A él le encanta esa canción, hambriento, hambriento por tu amor. Porque empieza como una canción alegre y luego sigue triste, me dijo encogiéndose de hombros cuando le pregunté. No dejo que pase a la siguiente, cuando se termina vuelvo a poner la aguja en el mismo sitio y empieza a sonar de nuevo. Puede parecer una tontería pero quiero que suene si llama, cuando llame, quiero decir, es un detalle, ¿no?, me refiero a que si llama ahora mismo la oirá, y también si llama dentro de una hora o a las tres de la madrugada. Pienso quedarme despierta toda la noche si es necesario porque él acabará llamando, lo sé. Hambriento por tu amor. Oh, Dios, haz que llame ya, que llame de una jodida vez.

 

Mudanzas

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Mudanzas

 

Los anteriores inquilinos se lo dejaron olvidado en el piso, pero no nos dimos ni cuenta hasta la mañana siguiente a la mudanza. Clara y yo pasamos nuestra primera noche en el apartamento de la calle Rioja hablando, follando y leyendo por turnos poemas que nos gustaban con Bob Dylan de fondo, así que en ningún momento sospechamos que había alguien más en el dormitorio, alguien aparte de nosotros y el viejo Bob carraspeando desde el vinilo. El domingo por la mañana, después de ducharnos juntos, Clara volvió a la habitación para colgar en el armario empotrado la ropa que habíamos dejado esparcida por todas partes y fue entonces cuando lo descubrió ahí dentro, cómodamente instalado en una de las baldas superiores. Yo estaba terminando de afeitarme delante del espejo cuando oí que me llamaba, Corre, Roberto, mira lo que acabo de encontrar, no te lo vas a creer. A toda prisa me sequé la cara con una toalla blanca que aún olía a nueva y acudí al cuarto, pensando que Clara querría mostrarme un esquelético galán de noche o cualquier otro cachivache de esos que no nos sentimos en la obligación de trasplantar a una nueva vida y que siempre aparece en algún rincón de los pisos vacíos, mirándonos con cierto aire de desamparo. Pero junto al armario sólo estaban Clara y él, un animalejo verdoso que me observaba de perfil, entre sus brazos. Ella sonreía, hermosa en su albornoz blanco a pesar de las ojeras y la falta de sueño, pero yo no pude evitar sentir un aguijonazo de asco profundo al ver que aquel bicho crestado como un gallo de pelea sacaba una lengua bífida, interminable, con la que parecía relamerse de gusto y amenazarme a la vez. Sugerí que debíamos llamar a la protectora de animales o a la policía para denunciar a los anteriores inquilinos.

 

Color fin del mundo

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Color fin del mundo

 

Tuvieron la última discusión exactamente cinco minutos antes del fin del mundo. Cinco, ni uno más, ni uno menos. Ella acababa de estrellar contra la pared un jarrón azul que nunca le había gustado demasiado, parada en medio de la sala, con el rostro enrojecido y los puños cerrados, conteniéndose para no echar a andar hacia la cocina en busca del cepillo y el recogedor. No soportaba el desorden y esos fragmentos de vidrio desperdigados le dolían en las puntas de los dedos, pero tampoco se decidía abandonar aquella postura, como si temiera que andar o pestañear fueran decisiones irrevocables. Él preparaba un equipaje de urgencia para marcharse al hotel, moviéndose frenético de un lado a otro del dormitorio abriendo cajones, eligiendo camisas, intentando pensar contrarreloj qué cosas son verdaderamente necesarias cuando uno se marcha con intención de no volver.

Entonces ocurrió. Hubo un bramido de animal marino que atravesó el aire y dentro del piso temblaron los cuadros y los relojes. Hubo gritos en otras casas, hubo sollozos. Y luego aquel olor lo inundó todo. De pronto la ciudad olía a quemado, a cielo en llamas. Ella giró la cara hacia el cristal de la galería y le horrorizó descubrir un color indescriptible extendiéndose sobre los tejados. A él se le resbaló de entre las manos una camisa blanca cuando a través del ventanal vio desmoronarse el edificio de enfrente, justo un segundo antes de que se hiciera la oscuridad en toda la casa.

 

Superwind

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Superwind

 

En los últimos meses, Superwind piensa a menudo en abandonar la ciudad y marcharse a un pequeño pueblo de la costa para empezar de cero. Lo piensa casi todos los días, cuando se hacen las once en el reloj de la cocina y vuelve a encontrarse allí, sentado en una silla con sus mallas de licra y su capa verde, ante la tercera o cuarta taza de caldo de alcachofas de la mañana, sin noticias de la central de superhéroes. Superwind ha engordado bastante, se siente hinchado como un globo y las costuras del traje se le clavan en las ingles, así que no le resulta nada agradable esperar el aviso de una misión durante horas, con ese ridículo disfraz puesto. Superwind mira la letra que le cruza el pecho, una uve doble cada vez menos dorada que parece encogerse con cada lavado, como si se avergonzara de estar impresa en el pecho fofo de un fracasado. Superwind suspira hondo y entonces se le escapa un sonoro pedo que retumba en las paredes y se queda suspendido en el aire como una estela verde de gas. Superwind se acerca la taza de caldo a los labios y contempla con melancolía la nube de energía fétida que acaba por diluirse y desaparecer en unos segundos. Se dice que él nunca ha sido un superhéroe de primera, pero los últimos tiempos están resultando especialmente duros. Nadie parece necesitar a un tipo cuyo único superpoder es lanzar ventosidades huracanadas, capaces de narcotizar a un elefante furioso huido del zoo, o de trazar en el horizonte frases publicitarias durante unos segundos. Y a veces ni aun eso, reconoce en un murmullo Superwind, poniéndose en pie y caminando hasta la ventana porque le golpea el recuerdo de la última casa comercial que lo fichó, una empresa de látex que se negó a pagarle cuando no fue capaz de escribir en el cielo aquel ridículo eslogan las veinte veces diarias exigidas por contrato. Condones Tropicana, noches de gozo sin pozo, a quién se le ocurre. Era una frase demasiado larga, trata de consolarse Superwind, que revive con un escalofrío la fatiga y la impotencia de aquella misión, la sensación de derrota y las agujetas en el bajo vientre con las que regresó a su apartamento, capibajo y triste, confiando en que Stargirl estuviera todavía en casa para poder contarle lo perdido que se sentía.

 

Los zapatos de Margot

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Los zapatos de Margot

 

Bajé del taxi con la sensación de que el cielo plomizo de la mañana caía sobre mis hombros, como un manto de mercurio. Eran cerca de las ocho y mientras pagaba al taxista calculé que aún tenía tiempo de darme una ducha y cambiarme de ropa, pero no podía entretenerme demasiado. El tráfico estaría imposible en el centro y si me descuidaba tardaría en llegar al apartamento de Elsa para recoger su vestido de novia. Habíamos decidido enterrarla con él, mejor dicho, lo habían decidido Jaime, su doliente novio, y mi madre, que sólo abandonó el sueño narcótico de los calmantes unos segundos para apoyar la moción de su yerno, el cirujano, y descartar el dos piezas oscuro que yo había comprado en Zara el día anterior. Tu hermana no se hubiera puesto en la vida ese traje de dependienta de boutique de barrio, hija, me espetó con amargura. Luego pidió otra pastilla y yo se la di. Sinceramente, prefería que estuviera dormida la mayor parte del tiempo, pero me contuve, no le dije que Elsa ya no podía opinar acerca de cuestiones de vestuario y le aseguré que yo me encargaría de todo. Te irás de aquí blanca y radiante, novia cadáver, pensé al salir del ascensor, mientras buscaba el manojo de llaves en el bolso, con dedos lentos, admirándola porque siempre, incluso después de muerta, conseguía manejarme como a una marioneta que corría de un lado a otro de la ciudad, ocupándose de sus recados.

 

Sesentamil

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Sesentamil

 

Flasflas. Así hacen mis pestañas de pobre tullido cuando se cargan a alguien, flasflas. Flas, una vez, lenta, que localiza en el espacio a la víctima como un radar, y luego otra, otro flas, el definitivo, el que en cuestión de segundos deja sin aire a la persona o animal que he decidido quitar de en medio. Porque a veces me pasa. Sé que no está bien pero matar es tan fácil para mí, tan sencillo que puedo hacerlo desde aquí mismo, acostado en la cama de matrimonio de mis difuntos padres, y se ha convertido en un auténtico vicio.Escucho un maullido agónico a través del patio de luces, luego un ruido seco. El gato era negro, una pequeña pantera de pelo lustroso y ojos hostiles que me espiaba a veces en el balcón de enfrente, medio camuflado entre dos tiestos de geranios rojos. Los dos nos espiábamos, a decir verdad, como viejos enemigos que hubieran dejado de jugar al ajedrez tiempo atrás por un malentendido y todavía se guardaran un incomprensible resentimiento. Jaque, me digo, cerrando los ojos para imaginar la figura de un rey negro caído sobre el tablero.

 



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