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El otro fuego

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Definitivamente, el protagonista de este primer libro de cuentos de Inés Mendoza es el fuego. ¿Cuál fuego? el fuego de la búsqueda, del dolor, la imperiosa llama del deseo: el fuego alquímico de la transformación. 
Sus personajes, verdaderos militantes de aquel grito del Romanticismo histórico que reclamaba el reencantamiento urgente del mundo, no son seres pasivos a los que “les ocurren” cosas inusuales, sino que tienden a convertirse, más bien, en rastreadores del oro del cambio, hombres y mujeres que fuerzan los confines de lo posible tras el temblor de una realidad otra. Toda una galería de personajes y universos, acompañados por una atmósfera turbadora y por el vigor lírico de la alusión, contribuyen a crear la poética del ímpetu que atraviesa esta colección de cuentos. Una poética que se aleja de la fórmula de “lo fantástico”, para endeudarse con el rico legado simbólico del Romanticismo y el clima mágico de la literatura latinoamericana.
El otro fuego es un libro habitado por lo nocturno, la rebeldía, la nostalgia del infinito y el fulgor de lo imaginario. Y también por lo único que, según dijo Oscar Wilde, ha de buscar el arte en cualquier época: la excepción y la intensidad.

Precio: 5,99 €

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La perseguidora. Sobre Inés Mendoza por Eloy Tizón

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La perseguidoraEloy Tizón 
Quisiera saber qué pretenden de mí mis libros.
Clarice Lispector Un escritor es alguien que trata de imponer a otros su alucinación. ¿Por qué lo hace? ¿Por necesidad, cálculo, orgullo? Seguramente una de las menos malas razones para componer un libro es el delirio de añadir una nota más, de no despertar aún, de prolongar un poco más ese sueño ligero que es la literatura. La literatura puede ser un sueño o un medio de locomoción. Los cuentos sirven para desplazarnos de un lugar a otro, viajar dormidos de un castillo a otro, cruzar de una metáfora a la de enfrente, desplazarnos de aquí allá a través de un sonambulismo de palabras y vértigos. Si no me equivoco, el cuento no es el lugar en el que se descubre un secreto, sino el lugar en el que se custodia un secreto. La literatura no descubre nada, no mejora nada, no enseña nada que no supiéramos de antemano. La literatura es más bien un espacio donde alojar el misterio; un espacio que, a su vez, crea misterio, lo esparce a su alrededor. Porque en algún sitio hay que depositar el misterio, guardar su luz. A falta de otro mejor, lo ponemos en el arte.

 

El otro fuego

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El otro fuego

 

La primera navidad que encendí un triquitraque, supe lo que deseaba ser de mayor: el hombre que prende los fuegos artificiales.

Me gustaba el peligro. Y aunque entonces sólo era un niño de nueve años que en lugar de tener mascota jugaba con fuego, esa Nochebuena, después de ver en el cielo cómo estallaba mi triquitraque, me convertí en un fanático de las llamas. En aquella época llegué a coleccionar todo tipo de juegos pirotécnicos: luces de bengala, tronadores, carretillas, y por supuesto triquitraques; leí no sé cuántos manuales que nunca entendía, fotografié todos los fuegos que se encendieron en mi vida desde entonces. También organicé un club con mis amigos del barrio, cuya única actividad consistía en reunirnos en la verja del colegio después de clase, con los bolsillos de los pantalones abombados de fósforos y luces de bengala, y luego irnos hasta el descampado, justo al pie del amasijo de acero que quedaba de una antigua torre eléctrica.

Allí, cada uno de nosotros hacía gala de su habilidad para encender todas las mechas, todas las que pudiera, de una sola vez. Cuando la tarde ya caía y quizá nuestras madres nos esperaran con una cena humeante sobre la mesa, mis amigos y yo nos sentábamos en círculo en la explanada para votar en pequeños trozos de hojas cuadriculadas el nombre de aquel que había encendido el mejor fuego; entonces al ganador le levantábamos en hombros gritando hurras y le dábamos como premio un triunfo de juguete.

 

Cuento neoplástico

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Cuento neoplástico

 

Desde luego que no soy Van Holden, pintor neoplástico ortodoxo conocido incluso fuera de nuestra ciudad. Tampoco soy Mondrienssen, también pintor, polaco, pragmático y primer ayudante del viejo Van. La verdad es que soy la rivalidad entre ellos, y empecé a surgir entre los pastosos óleos derramados y los trastos del taller holandés. Pero nací definitivamente una tarde en que Mondrienssen colocó en su lienzo una línea diagonal, rompiendo la regla básica del viejo Van, fundador del movimiento, que prohíbe cualquier línea en el cuadro que no sea perpendicular a otra.

Repito que soy la rivalidad entre los dos pintores, pero antes de tomar esta forma tan potente, apenas fui una envidia amorfa, etérea, que despertaba algunas tardes de entre las patas de los caballetes o teñida de amarillo y rojo dentro de los botes de pintura.

En aquellos días de obstinada, larga paciencia del taller holandés, me divertía dibujando sonrisas hipócritas en sus bocas, una joven, la otra vieja. También trabajé sobre sus humores vítreos tornando los verdes ojos de Mondrienssen en amarillo atacante atizadero, y los grises del maestro Van en índigo colérico. O en los asquerosos resortes de la conciencia, viscosos e hirientes, húmedos y serios. Yo, dibujándolos a ellos, pintores de fama. Ahora todo ese trabajo físico terminó. Rienda libre a mí, a la rivalidad.

 

Origami

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Origami

 

No hay inteligencia allí donde no hay

cambio ni necesidad de cambio.

Herbert George Wells

 

Me he despertado muchas madrugadas con la sensación de ser un fantasma en mi propia vida, sintiéndome un cobarde, un fracasado, maldiciendo en secreto cada día que me amenaza con su rutina cándida y glacial. En cambio durante la noche todo me parece diferente, la cabeza me bulle de ideas; mientras otros mueren de cansancio yo respiro mejor, me siento capaz de hacer cosas increíbles, de amar o de matar como en ningún otro momento, hasta el más patético de los hombres me importa.

En realidad he dormido a ratos toda mi vida, nunca toda la noche, y sin embargo eso jamás me había preocupado mucho, puesto que no conocía otra forma de dormir; ni siquiera se me había ocurrido contárselo antes a Edna, como imagino que un sonámbulo no cuenta a su mujer cada pesadilla que tiene. Pero el día que volvimos de las vacaciones de agosto, por hablar de cualquier cosa se lo dije, y desde entonces ella empezó con que no era normal que me desvelara así, que todo el mundo dormía de un tirón y esa clase de bobadas; luego fueron sus padres, nuestros amigos, incluso mi compañero de ventanilla en Correos, hasta que me dio por creer que sí me ocurría algo raro, que quizá todo esto del insomnio era sólo el primer síntoma de una extraña enfermedad.

 

Rosas amarillas

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Rosas amarillas

 

Fui a buscar a Ilusión al montículo del bosque donde estaban las rosas amarillas. La encontré con los brazos cruzados y el morro furibundo. Le pregunté si seguía enfadada conmigo, ella me dijo que sí, que ya no quería jugar más a las muertas, y sacó de un bolsillo sus alas de murciélago. Grité espantada, creí que era uno de verdad. ¿Por qué serás así?, le dije; ella batió las alas mientras sonreía maliciosa y yo me tapé los oídos sin hacer alharacas.

Pasaba el muchacho de la Ciudad Escondida, menudo nombre para una ciudad. Qué raro, dijo Ilusión; mira lo que lleva en la espalda. Un bacalao, casi tan grande como él, moviendo aún la cola. Está vivo, dije, y el muchacho de la Ciudad Escondida se volvió hacia nosotras. Intentó decir adiós con la mano que tenía libre, pero el bacalao aprovechó el momento para revivir y vino nadando, o más bien arrastrándose, confundido tal vez, porque lo único cierto es que allí en el montículo no había agua.

Un momento después llegó reptando hasta la orilla de nuestros pies y nos llenó de escamas, qué asco. Ilusión aprovechó para atraparle y se lo enseñó al muchacho de la Ciudad Escondida en señal de triunfo. Él vino, aunque yo le hice señas de que no se acercara, no todo el mundo aguanta a Ilusión, es peligrosa; pero él no me hizo caso. Me sentí transparente. Le dio a Ilusión un beso en la mano como a una gran dama y a mí otro más rápido. Ilusión se le puso a tiro, como tapándome, y en ese momento no se me ocurrió qué decir.

 

Un hombre con sombrero negro

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Un hombre con sombrero negro

 

Casi toda la gente que iba en coche se detenía a mirar al hombre con sombrero negro que estaba sentado en una glorieta. No sólo se detenían, algunos también le tomaban fotos. Pero apenas los que iban en los coches pasaban por otras glorietas próximas, se quedaban atónitos al ver que en cada una había sentado un hombre con sombrero negro. La ciudad estaba a tope. Las glorietas también, quizá el mundo. Así que toda la gente de los coches empezó a preguntarse por qué había sentados en las glorietas tantos hombres con sombrero negro. Y cada uno de los hombres con sombrero, por su parte, también empezó a preguntarse por qué toda la gente que iba en coche se detenía a mirarle atónita y a hacerle fotografías.

 

 

Motivos del sábado

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Motivos del sábado

 

Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis,

haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo.

Alejandra Pizarnik

 

Iban a dar las once, pero como era el primer sábado de vacaciones que pasaban en la casa nueva, él se había despertado hacía apenas unos minutos, recordando que todavía tenían que deshacer casi todas las cajas de la mudanza. Bostezó y estiró los brazos; desde la puerta de salida a un cobertizo que imitaba un porche, vio a su esposa agachada en el jardín, cerca del tanque de hormigón, frotando escrupulosamente una lámpara de pie. Llevaba una blusa anudada bajo los pechos y unos vaqueros gastados remangados hasta la rodilla, además de los guantes de goma. Vista desde el cobertizo, sus zarandeos alrededor de la lámpara parecían una danza ritual y sagrada, el baile de una bacante poseída por Pan. Sobre las flores raquíticas del pequeño solar brillaba el sol mediterráneo. Él entró de nuevo a la cocina, y mientras echaba café en el filtro pensó que para ser los primeros días de agosto tampoco la casita era tan calurosa.

 

Jardín

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Jardín

 

Esta noche ella cultiva un jardín secreto para dedicárselo a alguien, tal vez a alguien que odia o que ama, pero no sabe a quién, porque ahora mismo no cree que ame a nadie y mucho menos que odie.

¿Cómo se cultiva un jardín?, no tiene la menor idea, ni siquiera le duran las flores de Navidad, pero esta noche ella juraría que sabe hacerlo, incluso diría que ya es una experta ahora que cultiva uno. Es un jardín curioso, lleno de piedras de río de varios tamaños que hace ya tiempo escogió ella misma y que luego fue pintando de rojo sangre –algunas pocas de azul–. Justo hace un rato ha terminado de encajar con furia cada una de esas piedrecitas en la tierra húmeda y esponjosa.

En los intersticios de las paredes que delimitan su jardín, hace varios meses sembró las semillas de grandes flores exóticas de colores quizá demasiado vivos; flores voluptuosas que, poco a poco, ha visto crecer. Esta noche también ha modelado, aquí y allá, montañas de una arena de gamuza que se llama «arena dulce», aunque ella no sabe por qué.

 

A pesar de la lluvia

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A pesar de la lluvia

 

Queríamos pertenecer a París, cualquiera diría que un tópico más entre muchos; pero esta vez no era la torre Eiffel ni tomar crêpes de cara al bulevar Saint Germain, otra foto de maduro matrimonio burgués abrazados delante del Sena. Aquel invierno, estoy convencida, necesitábamos recuperar la ciudad juvenil de nuestra fuga, confundirnos en el caos de sus rebeliones y aguaceros. Queríamos, ¿qué queríamos?, revivir la magia, el azar, desterrar la costumbre, no lo sé; sólo sé que la copa del Moulin Rouge ya no era suficiente, por eso regresamos.

Conocíamos la ciudad casi hasta el detalle, sus traqueteos de hormiga los días de trabajo, sus pequeñas miserias. Se escondía en ella como una promesa que nos inquietaba, una señal de algo que era nuestro y que nos dejamos aquel invierno en que huimos allí siendo apenas adolescentes y sin hablar francés, pero que nunca conseguíamos revivir porque la metrópoli nos marcaba con su hierro de reses para turistas.

 

La jungla del ojo

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La jungla del ojo

 

Despiertas de repente en la noche inmóvil de la jungla del ojo. Es una sensación como de revólver en la sien. Te encuentras con la muchacha de arena; tiene la cara cubierta y las manos de sal. Cruzas los dedos en señal de buena suerte, pero los dedos son mortales: armas y plumas, palabras y heridas. Y te dices que aquí llueve, que aquí se llora. Y te recuerdas que hace mucho que las llamas ya no se visten para su primer amor.

 

 

Mutaciones

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Mutaciones

 

De modo que morir sería ver claro durante un instante.

Maurice Blanchot

 

Una noche de miércoles bajas de tu moto empapado por la lluvia. Pones el candado de la alarma contra robos, coges tu mochila roja eternamente manchada de grasa de bujía, tu casco húmedo, y abres la puerta del piso que nunca acabarás de pagar. El inconfundible timbre del teléfono suena: quizá algún amigo te llama. Levantas el auricular, hace mucho frío y afuera sigue la tempestad. Por la ventana se cuela el resplandor de un trueno. Una voz pronuncia un nombre repleto de apellidos notables, asegura que es abogado y que trabajaba para ese nombre. Pero tú no sabes quién es.

De inmediato piensas en una denuncia probablemente ruinosa, intentas recordar si declaraste los impuestos este trimestre o si habrás irritado a algún vecino. Todo eso en menos de un segundo, parece mentira; mientras tanto sigues pegado al teléfono y no puedes dejar de abrir la boca en un bostezo de cansancio. Pero ni siquiera te ha dado tiempo a preguntarte nada cuando escuchas que esa voz te da una noticia imposible: el hombre para el que trabajaba ha muerto esta tarde y te ha dejado toda su fortuna.

 

La estela nocturna

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La estela nocturna

 

Para la mayoría de mis compañeros del refugio, cuidar del perro-luciérnaga era casi un consuelo. Pero puede que para otros ocuparse de él fuera sólo una carga más, una ruina; y hasta hay algunos que se tranquilizan diciendo que, de todas maneras, la pobre criatura ya no era ni la sombra de lo que habían sido los últimos de su especie, en la época en que las farolas de las calles aún no se habían apagado. No hace falta explicar que en asuntos como este cada quien tiene su propia opinión; da igual, no creo que pensar en ello nos sirva de mucho ahora, sobre todo a aquellos que le tomamos cariño: nada puede aliviar la desolación en que nos ha dejado su repentino abandono.

A mí me tocaba tenerle conmigo todos los domingos hasta la madrugada. Y a veces, cuando había nieve, también me lo dejaban algunas tardes, siempre que su cuidador hubiera salido del refugio y no consiguiera entrar a tiempo para atenderle.

Lo que más me enternecía de él era la pelusa húmeda y mullida que recubría su pequeño lomo. Por la noche, me llenaba de calma el gesto ligero con el que posaba sus patitas luminosas sobre cualquiera de los tocones oscuros del callejón; entonces me quedaba mirándole por la ventana y me dejaba arrullar con sus aullidos hasta caerme de sueño.

 

Estación del destierro

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Estación del destierro

 

Con la casa de San Diego no nos hizo falta derribar la puerta a patadas –la habían dejado entreabierta–, pero esa noche tampoco dimos voces, algo que, aún hoy, me sigue extrañando.

Más bien ocupamos el umbral en silencio, sin ceremonias, sin mucha prisa, casi como quien vuelve a casa tras una jornada de lunes, y luego de atravesar la frontera oscura del vestíbulo fuimos cubriendo de uno en uno los rincones de sombra que nos salían al paso.

La verdad es que hasta un rato después de que Patiño diera con el interruptor de la luz ninguno de nosotros se atrevió a hacer el menor ruido, era como si dentro de la casa presintiéramos algo grave, algo incómodo, parecíamos insectos atrincherados en la penumbra. Lo único que yo escuchaba era el ronroneo de la televisión que se habían dejado encendida, quién podía saber por qué, si sólo eran dos; seguro que les había sobrado tiempo para escapar.

Lo primero fue cubrir la planta baja, reconocer el terreno, habituarnos poco a poco a ese eco casi familiar que devolvía desde los rincones nuestros bisbiseos como vacilantes, duplicados. Oí que alguien apagaba la televisión; al cabo de un rato, o puede que al mismo tiempo, otra voz cerca del salón dijo que se habían ido no hacía mucho, porque el piano y las butacas no tenían tanto polvo, y eso que el techo estaba prácticamente en ruinas. En honor a la verdad, casi toda la casa estaba a punto de desplome; a mí me pareció que era demasiado para una pareja, sin hablar de lo difícil que sería conservarla, con tantos rincones y tantos dormitorios para nadie. Pero también tenía un calor, como una humedad de escondite, no sé, uno se encontraba a gusto; y se me ocurrió que si yo fuera uno de ellos no habría huido, que me habría quedado ahí aunque tuviera que ocultar hasta mi sombra.

 

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