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Biodiscografías

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Del epílogo de Elena Cabrera: «Mientras lees este libro, la vida es eso que suena al fondo. Lo que te interrumpe para bañar a un niño, para ceder el asiento del metro, para bajar del autobús en la consulta del médico, para dormir cuando el cansancio te impide permanecer con los ojos abiertos. Como en los relatos de Iban, la vida sucede mientras la música también sucede. Las canciones nos enfrentan al conflicto, nos plantean una duda o bien desenlazan nuestras relaciones».
De Iban Zaldua se ha escrito: «Disfruta (y hace disfrutar al lector) aplicando inventiva e ingenio a situaciones corrientes», Santos Sanz Villanueva, El Cultural, El Mundo; «Se coloca en un lugar propio, fuera del mainstream literario nacional. Lo que es de agradecer», Vicente Luis Mora, Cuadernos del Sur; «Iban Zaldua viene a mostrarnos cómo, si no asumimos nuestras sombras, no haremos más que pendular inútilmente», Elvira Navarro, La tormenta en un vaso; «Estamos ante un auténtico especialista del género breve», María Bengoa, El Correo.
La ilustradora de esta edición, Alaitz Alberdi (Azpeitia, 1982), es Licenciada en Bellas Artes (Artes Gráficas) y fue becaria residente en la Fundación Bilbao Arte (2006).

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Mi fecha de nacimiento (I)

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Mi fecha de nacimiento (I)

 

The Beatles

Revolver

EMI, 1966.

 

Hay quien se vanagloria de que su fecha de nacimiento coincida con la de algún gran escritor o artista, o de que ese mismo día ocurriera algún acontecimiento histórico. Yo siempre he reivindicado que nací el mismo año que los Beatles publicaron Revolver, es decir, en 1966. No creo en horóscopos y similares, pero haber nacido a la vez que Revolver siempre me pareció algo grande, como si fuera un talismán que me protegería durante toda mi vida: es la única cuestión de mi vida en la que le he hecho sitio a algo que podría considerarse superstición.

Para cualquier aficionado al pop el estatus de Revolver en el panteón de los mejores álbumes de la historia es incuestionable: si no aparece el primero de la lista, estará casi seguro entre los primeros, como certifican la mayoría de enciclopedias, revistas especializadas o páginas web que se ocupan de elaborar tales ránquines. Es un disco perfecto, desde la irónica «Taxman» –¡cuántas veces no se habrá copiado su riff!– hasta la inquietante y onírica «Tomorrow Never Knows» –esos golpes secos de batería, todos los efectos extraños…–. Y allí están, entre otras, la sobria tristeza costumbrista de «Eleanor Rigby» y la psicodelia perezosa de «I’m Only Sleeping». Los sonidos de sitar de «Love You To» y la melodía alegre de «She Said, She Said», esa maravilla del pop de guitarras. La brillante intrascendencia de «And Your Bird Can Sing» y el romanticismo casi panteísta de «Here, There and Everywhere». La juguetona «Doctor Robert» y el soul disfrazado de «Got to Get You into My Life». Incluso aunque nos la hayan hecho escuchar mil veces, en ese contexto no deja de tener su aquel el infantilismo de «Yellow Submarine»... Los Beatles llegaron a lo más alto con Revolver: el grupo alcanzó su madurez artística y, con él, hasta cierto punto, también lo hizo la cultura del rock.

 

Restaurante de carretera

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Restaurante de carretera

 

The Moody Blues

Days of Future Passed

Deram, 1967.

 

Aquel verano –fue a finales de la década de los noventa– nos propusimos viajar a lo largo de la costa este de los Estados Unidos. Después de pasar unos días en Nueva York, alquilamos un automóvil y salimos hacia el sur: Nueva Jersey, Delaware, Maryland, Washington D.C., Virginia, Carolina del Norte y del Sur, Georgia. En Florida, sin embargo, no nos acompañó la suerte: los mosquitos nos hicieron pasar una noche infernal cerca de los Everglades y, a la mañana siguiente, ni siquiera pudimos llegar a Miami. Estaba anunciado un violento huracán y tuvimos que largarnos hacia el norte, lo mismo que muchos turistas y residentes de la zona.

Después de todo un aburrido día conduciendo –el tráfico ya se había empezado a descongestionar a nuestro alrededor–, paramos a cenar algo en un restaurante de carretera, bastante cerca de la frontera entre Florida y Georgia. Se llamaba Go Now y en cuanto entramos nos dimos cuenta de que era un local temático, dedicado al grupo musical británico The Moody Blues. Las paredes estaban llenas de fotografías y gadgets de la banda, así como de viejas guitarras, americanas firmadas y dedicadas –la mayoría bastante horteras, por cierto– y portadas de discos; los platos y las bebidas que ofrecían en la carta hacían referencia a cuestiones relacionadas con el grupo y su carrera –Hayward Steak, Last Chord Gin Fizz… – y en los altavoces, desde luego, sonaban –exclusivamente y sin parar– canciones de los Moody Blues.

 

Londres, 1968

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Londres, 1968

 

The Kinks

The Kinks Are The Village Green Preservation Society

Pye, 1968.

 

Me sirvo el segundo whisky de la mañana y bebo un trago. Luego, con el elepé de The Kinks en la mano, miro hacia el viejo tocadiscos de mi padre, dudando, y justo en ese instante suena el timbre de la casa. Me quedo un momento sin saber qué hacer, hasta que me acuerdo de que debe de ser mi tío. El timbre vuelve a sonar antes de que llegue a la puerta.

–La casa no es tan grande, muchacho, ya me iba –me comenta a modo de saludo, posando su mano sudada sobre mi hombro izquierdo.

–Perdona, tío; estaba en el baño.

–No pasa nada. ¿Qué, haciendo limpieza? –continúa, echando una ojeada al cuarto de estar, lleno de trastos; me imagino que también ha visto el vaso lleno hasta la mitad, pero no ha dicho nada.

–Son los discos del aitá; los he sacado del armario. No dejaba que los tocáramos, ya sabes.

–Sí, así era él…

Mi tío trae algo bajo el brazo, envuelto en una bolsa de plástico, seguramente el álbum de fotos que me mencionó por teléfono; lo deposita junto al montón de elepés de EMI y Deutsche Grammophon.

 

En Playa Negra

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En Playa Negra

 

Nick Drake

Pink Moon

Island, 1972.

 

Supe de la existencia de un cantante llamado Nick Drake de una manera que poco tuvo de glamurosa o literaria: a través de la banda sonora de un anuncio de automóviles de la casa Volkswagen. La melodía, de un folk-pop extraño, me atrapó de inmediato. No me soltó hasta que pude averiguar de quién era.

La carrera del músico británico fue breve: nacido en 1948, murió en 1974, según algunos por suicidio. Solo llegó a publicar tres discos en vida: Five Leaves Left (1969), Bryter Layter (1970) y Pink Moon (1972). No tuvieron ningún éxito entonces: la música de Drake, delicada y oscura, no parecía hecha para aquella época. En la década de 1990, sin embargo, empezó a ponerse «de moda», y su influencia es innegable en muchos músicos contemporáneos. Por si fuera poco, más de uno afirma haberlo visto después de muerto, como a Elvis o a Jim Morrison: no hay señal más clara de su ascensión hacia la categoría de mito. Hoy día no es raro encontrar un disco de Drake –no siempre el mismo– en las listas de los mejores del pop-rock. La justicia poética, cuando llega, suele ser cruel: la falta de éxito fue, entre otras razones, uno de los motivos que llevaron a Drake, supuestamente, al suicidio.

 

Una pistola de señales

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Una pistola de señales

 

Deep Purple

Machine Head

Harvest, 1972.

 

R. Ingold (Redacción).– Nuestros lectores, sobre todo los de cierta edad, recordarán sin duda la canción «Smoke On The Water», del grupo británico Deep Purple, cuyo riff es quizá el más famoso de toda la historia del rock; vio la luz por primera vez en su álbum de 1972 Machine Head. Tanto el disco como la canción tienen un trasfondo curioso: los componentes de Deep Purple habían venido a Suiza, por causas fiscales, con la intención de grabar su nuevo disco, y para ello habían alquilado el Casino de Montreux. Pero pocos días antes de dar comienzo a las sesiones de grabación, en medio de un concierto de Frank Zappa, el edificio del Casino ardió y los de Deep Purple tuvieron que buscarse a toda prisa un local nuevo para grabar. Ese incidente inspiró la canción «Smoke On The Water», que alude a la enorme columna de humo que se alzó sobre el lago Lemán.

Y este periódico ha encontrado, treinta y cinco años después, al hombre que originó aquel incendio, aquí mismo, en nuestra ciudad, en Winterthur: su nombre es Marcus Brunner, y acaba de cumplir sesenta años. Nos ha recibido amablemente en su acogedora villa.

 

El mejor álbum progresivo de toda la historia

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El mejor álbum progresivo de toda la historia

 

Genesis

Foxtrot

Charisma, 1972.

 

Marcos y yo hicimos el viaje a Madrid sin apenas cruzar una palabra. Conduje todo el rato, porque mi hermano estaba demasiado débil hasta para eso, y llegamos más tarde de lo previsto: hacía meses que Marcos no sacaba su coche del garaje y el motor se nos ahogó más de una vez. Reconocí todos y cada uno de los álbumes con los que me castigó durante el camino, aunque llevaba años sin escucharlos: Brain Salad Surgery, Pawn Hearts, Meddle, Red, Thick as a Brick… y, desde luego, Foxtrot.

El viaje me parecía una gilipollez y, desde luego, así se lo dije a mi hermano, en una de las pocas ocasiones en las que hablamos durante el trayecto. Los dos sabíamos, en todo caso, por qué había aceptado acompañarlo: porque se estaba muriendo. De hecho, falleció tres meses después, tal y como los médicos habían previsto.

Marcos me dio el latazo durante mi toda adolescencia con sus dichosos discos de rock progresivo; puede que por eso me convirtiera en fan los Clash o los Stiff Little Fingers. Grupos que apenas pude escuchar como es debido: como él era el mayor, monopolizaba el tocadiscos y no tuve más remedio que tragarme, una y otra vez, toda aquella música y, lo que es peor, los comentarios eruditos de Marcos que solían acompañarla. Como cuando me daba la lata con el trasfondo anticapitalista de «Get’em Out By Friday», una canción del álbum Foxtrot, de Genesis: la canción, según él, criticaba la especulación inmobiliaria por medio de una historia de ciencia ficción, en la que las autoridades se las ingeniaban, genéticamente, para reducir la altura media de la población, de manera que podían construirse pisos más bajos y pequeños en los que poder dar alojamiento a un número mayor de inquilinos. Pese a los años transcurridos, cuando el reproductor del automóvil llegó a esa canción, aún fui capaz de canturrearla a la vez que Peter Gabriel: «It’s said now that people will be shorter in height, / they can fit twice as many in the same building site / they say it’s allright…».

 

A89, La Transeuropéenne

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A89, La Transeuropéenne

 

Kraftwerk

Autobahn

Philips, 1974.

 

–Tengo que comentarte una cosa: estoy harto de esa música tuya. ¿No podríamos escuchar algo más normal, menos repetitivo? ¿O la radio, al menos? ¿O nada?

Esto es lo que le diría a Asier, si me atreviera. Pero no sé cómo se lo tomaría. Mal, supongo. O soltaría una de sus risitas sarcásticas y seguiría conduciendo como si nada. A fin de cuentas, el coche es suyo. Lo más probable es que me contestara:

–No tienes más que ir por tu cuenta.

Sabe que no tengo carné de conducir, ni otra alternativa que ir con él. Una vez al mes, estoy en sus manos para poder ir a visitar a mi hermano a la cárcel de Roanne, departamento de Loira. Solo hay dos presos vascos allí, mi hermano y el primo de Asier. He viajado alguna vez en tren, pero es un follón y, además, hay que quedarse a dormir. Con Asier, aunque sea una matada, lo hacemos en el mismo día: siete horas de viaje de ida y otras siete de vuelta, más descansos y lo que dé de sí la visita; casi mil quinientos kilómetros en total. Pero, como dice Asier, el coche tira bien y las autopistas francesas son las mejores. Después de las alemanas, claro, suele añadir a continuación.

 

Park Gu-Yong

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Park Gu-Yong

 

Pink Floyd

Wish You Were Here

Harvest, 1975.

 

Hace veinte años –bueno, puede que fuera ya hace algo más de veinte años– viajé a Londres con una beca de cuatro meses. Alquilé una habitación en las afueras, en New Malden, en la casa de una familia coreana. No pasaba mucho tiempo allí, apenas las noches, y me relacioné más bien poco con los dueños de la casa, los Park: al regresar de la facultad me preparaba una cena ligera –disponía de una pequeña cocina en mi cuarto, y de un frigorífico diminuto– y me ponía a ver la tele, o escuchaba música mientras leía un libro. No tenía mucho donde elegir, porque no quise cargar mi equipaje con cintas de casete, y para mi estancia en Londres hice una selección como para una isla desierta, en la que figuraba Wish You Were Here, la grabación de mi disco preferido de los Floyd; ya sé que este tipo de confesiones no está bien visto, porque el rock sinfónico no es hoy en día nada cool –tampoco entonces, por cierto–, pero qué le vamos a hacer: me gustaba el simulacro de tristeza que transmitía aquel disco, que siempre tenía la virtud de relajarme.

 

Naturaleza muerta

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Naturaleza muerta

 

Van der Graaf Generator

Still Life

Charisma, 1976.

 

Apenas llevaba cuatro días en el País Vasco y ya estaba agotado: comida tras comida, cena tras cena se sucedían las mismas conversaciones, circulares y estúpidas, en torno a la situación política; los mismos puntos de vista superficiales sobre el debate cultural; las mismas quejas y los cotilleos interminables de los profesores universitarios locales –los pondría a todos durante un par de años a competir en el sistema universitario norteamericano, para que supieran lo que es bueno–. Echaba de menos la comodidad y la tranquilidad del campus de Eugene, y los bosques de Oregón, que sí son auténticos: en Euskadi a cualquier concentración de arbustos le ponen enseguida la etiqueta «bosque» y la declaran espacio natural protegido, aunque a dos pasos se alcen unas ruinas industriales de tamaño descomunal y falten aún varios siglos para que el río que lo atraviesa llegue a estar «descontaminado» de verdad.

 

Esperando

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Esperando

 

The Jam

Setting Sons

Polydor, 1979.

 

–¿Has visto? Me ha parecido que se ha movido algo.

–Tranquilo. Desde aquí controlo bien el cajero.

–¿Y si hoy le da por no venir?

–Me extrañaría: no suele fallar ni una noche.

–Si tú lo dices…

–Volviendo a lo que comentabas antes, sigo sin estar de acuerdo: para mí su mejor disco es Setting Sons.

–¿Por encima de All Mod Cons o The Gift? Pues yo diría que hasta Sound Affects es mejor.

–Eso es por «That’s Entertainment», y reconozco que es una canción cojonuda, una de las mejores de The Jam: eso no te lo va a negar nadie. Pero el resto del material no es del mismo nivel. Además es un disco muy rácano…

–Lo bueno… En todo caso, All Mod Cons aparece en más de una lista de los mejores discos de todas las épocas, mientras que…

–¿Y tú desde cuándo le haces caso a esas estúpidas listas? Además, el primer single de All Mod Cons no es más que una versión de The Kinks.

 

El imperio celeste

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El imperio celeste

 

Siouxsie and The Banshees

Once Upon A Time/The Singles

Polydor, 1981.

 

Que sí, tío. Que un disco puede conseguirlo, joder que sí. Ese disco. No tengas la menor duda. Tú también tendrías que escucharlo. Pero escucharlo bien, no vale hacerlo de cualquier manera; tienes que abrir tu mente todo lo que puedas. O intentarlo, al menos. No sé, igual a ti te funciona otro disco, me extrañaría, pero vete tú a saber; ya sería casualidad: otra casualidad. Se lo tienen bien montado esos cabrones. Lo han mantenido en secreto durante años, qué digo durante años: durante siglos. No han dejado casi ni un resquicio: solo ese; no sé cómo se les pudo escapar. Pero les falló la suerte, porque yo estaba en el lugar y en el momento preciso cuando le quité el polvo a esa puta antigualla; a saber cuánto tiempo llevaba el disco olvidado en aquella caja. Sí, qué pasa, lo escuché fumándome un canuto, cómo si no: tú también habrías tirado de tu mejor maría si hubieras encontrado una reliquia como aquella. Vale, fueron más de uno, porque puse el disco una y otra vez, no pienses que vi la luz en cuanto la aguja tocó el vinilo, eso solo pasa en las películas. Pero, de eso estoy seguro, fue con la primera canción, qué otra podría ser: «Hong Kong Garden». Sí, ya sé que la historia va de un ataque skin contra un takeaway chino: no seré tan sabihondo como tú, pero algo sé de música, y puedo informarme por ahí, además; ¿te piensas que soy imbécil, o qué? Pero eso, la letra de la canción y lo demás, no es más que la superficie, la cáscara. La verdad es que todo es cáscara. Lo importante son las puertas que te abre la música de ese disco. Te juro que pegué un salto y me levanté del colchón cuando me di cuenta. Ya te lo he dicho antes. Los chinos dominan el mundo y nosotros no lo sabemos. No ahora, sino desde hace muchos siglos. No fuimos los europeos los que conquistamos el mundo, sino los chinos, y nos lo han ocultado durante todo este tiempo para que trabajemos para ellos, dócilmente, sin dar problemas. Y nos lo hemos tragado. Nos han enseñado, y nosotros nos lo hemos creído, que Colón descubrió América, y que Vasco de Gama llegó a Calicut en 1498, y que ese fue el punto de partida de la dominación europea sobre el mundo. Pero todo eso es mentira. Lo cierto, y eso es lo que comprendí al oír el disco, es que fue el almirante eunuco Zheng He quien, al mando de trescientos navíos, llegó a Europa en 1415 tras bordear el continente africano, y quien, años más tarde, en 1421, exploró la costa este de América con su gigantesca flota de juncos y sus valientes marineros: así comenzó la colonización del mundo por parte de los chinos. Sí, ya sé que me dirás que esas exploraciones las interrumpieron los emperadores chinos en la década de 1430, para siempre además, y que, como mucho, las limitaron a la costa este de África, y que no llegaron más allá de Mozambique; que el almirante Zheng He le regaló al emperador Yongle un par de jirafas y algún que otro objeto exótico de la región, y que ahí se acabó la cosa. Pero eso es lo que quieren hacernos creer esos cerdos. Los chinos dominan el mundo desde la Edad Moderna… pero, ¡qué digo, desde la Edad Moderna!, si la Edad Moderna ni siquiera existió: seguimos en la era Ming, el mundo no ha conocido otro poder en los últimos casi seiscientos años; no estamos en el 2013, sino en el 645 de la Dinastía Ming… Sí, ya te lo he comentado, yo tenía sospechas desde mucho antes, de hecho cada vez lo disimulan menos, ¿tú también te has dado cuenta, verdad? Pues no están llenándose ni nada nuestras ciudades de chinos. Pero hasta que no oí como es debido ese disco de Siouxsie no me di cuenta de las dimensiones del fraude… Ah, tienes que irte ya… Me parece un poco pronto aún… No, es verdad, qué deprisa pasa el tiempo… No lo olvides, por favor: he escondido el disco en la cocina, por si acaso; está en el armario de las cosas de limpieza, entre el Mistol y el Cif Express, no tiene pérdida. Escúchalo, hazme el favor: escúchalo bien. Pídele las llaves de casa a mamá. Escúchalo sin falta, ¿vale?, en casa, a poder ser; aquí no me dejan oír música, por desgracia. Y ahora, al salir, ten cuidado con la enfermera de la recepción. Sí, ya sé que no parece china, pero es una de ellos, estoy seguro. Apostaría a que son unos polvos que echan en la comida; no, no solo en la comida china, yo hace años que ni la pruebo: se los echan a todo lo que comemos… bueno, eso pienso yo, porque ¿quién te asegura que eso que estás comiendo son alubias, por ejemplo, y no rollitos de primavera? ¿O aleta de tiburón? ¿O wan-tun frito? Vale, vale, de acuerdo, pero, por si acaso, ándate con ojo al pasar por la recepción…

 

Tendremos que hablar algún día

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Tendremos que hablar algún día

 

New Order

Movement

Factory, 1981.

 

–Es como con el primer disco de New Order: cuanto más pienso en ello, más claro lo veo... Pero, en serio, Jon, preferiría tener esta conversación cara a cara; ya sabes, a mí, lo de hablar por teléfono...

(…)

–Además, tengo que pasar por casa. En diez minutos puedo estar allí.

(…)

–A buscar unos discos: para eso al menos sí que me dejarás ir, ¿no?

(…)

–Sí, esta noche tengo una sesión. En Vitoria, en el Gora, sí, un antro del Casco Viejo. Sí, lo conoces seguro.

(…)

–Ese mismo. El otro día estuve con uno de sus dueños, en el concierto de Wilco, y quedamos para hoy.

(…)

–Bueno, no mucho. Ya sabes cómo son estas cosas. Pero no vamos a empezar a discutir otra vez por dinero, ¿no te parece? Y menos por teléfono...

(…)

–Joooder, Jon, ¿ya estamos otra vez con esas? Ya te dije que no quería hablar de eso otra vez: dejé la fábrica y se acabó. Sabes muy bien por qué, y no hay vuelta atrás. Ya no.

 

Jukebox

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Jukebox

 

Kate Bush

The Dreaming

EMI, 1982.

 

Le diré la verdad: el recuerdo más claro que guardo de aquellas colonias es el de una canción de Kate Bush; de eso, y de la máquina de discos. Aún soy capaz de cantar la canción, inflexiones vocales incluidas: no he olvidado una sola nota. Bueno, también la oí después, y me compré el disco, The Dreaming; estará por ahí, supongo. Pero para cuando conseguí el elepé ya me la sabía, eso seguro.

Mientras duraron las colonias oiría «Suspended In Gaffa», qué sé yo, ¿dos, tres docenas de veces? Sí, «Suspended In Gaffa», ese es el título de la canción. El single estaba en el jukebox del bar del pueblo; ya sabe, una de esas máquinas de discos en las que podías elegir, metiendo una moneda, la canción que uno quería que se escuchara en el bar. Era a principios de los años ochenta, y los jukebox eran un anacronismo para entonces; solo se podía encontrar una máquina así en un pueblo pequeño: habían desaparecido de las ciudades, donde cualquier bar que presumiera de moderno se había agenciado ya su propia cadena de sonido. Sin embargo, lo que me llamó la atención no fue la máquina, sino encontrar precisamente aquel single en aquella taberna de La Rioja: todos los demás eran de Perales, Dyango, Mocedades y compañía. De haber algo más contemporáneo uno se podía esperar, qué sé yo, algo como ABBA o, como mucho, The Police, pero de ninguna manera un single de Kate Bush. Era una anomalía, o quizá un capricho del encargado de ir cambiando los discos por los jukeboxes de la zona.

 

En el Tanit

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En el Tanit

 

Itoiz

Alkolea

Elkar, 1982.

 

–Pues Ambulance, sin duda.

–¿Esa mala imitación de Police? ¡Venga ya!

–¿Y quién dice que es una mala imitación de Police?

–Yo mismo, si te parece.

–Qué quieres que te diga: como argumento de autoridad no me parece suficiente.

–¿Y por qué no?

–Ya sabes por qué. Y tú, Karlos, ¿qué opinas?

A saber cómo llegamos a ese tema. Habíamos quedado los tres en el Tanit, por primera vez en mucho tiempo, y, aprovechando que –para ser San Sebastián– no hacía demasiado fresco y, sobre todo, no llovía, aún seguíamos apalancados en la terraza del bar dos horas y media y cuatro rondas más tarde: gin-tonic, lejía y Havana Club siete años –chupito– respectivamente. El motivo principal y, por lo tanto, silenciado de la reunión era, desde luego, la separación de Iñaki, pero aún no habíamos llegado al tema y tampoco lo haríamos más tarde, al menos si no tomamos en consideración los abrazos, algo más largos que de costumbre, que nos dimos al despedirnos, y los «Venga, ánimo» que transmitimos a Iñaki junto a algún leve puñetazo a la altura del hombro.

 

Con Eneko

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Con Eneko

 

Big Country

The Crossing

Mercury, 1983.

 

Se trata de un espacio inquietante: al principio parecía una habitación cerrada, pintada de un color gris apagado, sin ventanas. Pero en ocasiones se llena de una luz extraña y casi cálida, como si estuviera al aire libre, pese a que es imposible que se trate de la luz del sol. En el medio ha aparecido una mesa como de bar, con una botella de moscatel y dos vasos: me resulta raro, porque creo que no he bebido moscatel desde los tiempos del instituto. En ese instante veo a Eneko, entrando a través de una puerta surgida de la nada, y me he tranquilizado, porque comprendo que esto tiene que ser un sueño: hace veintitantos años que Eneko murió en un accidente de moto, en una curva cerca de Andoain.

Con la tranquilidad de saber que voy a despertarme en cualquier momento, me acerco a él y le saludo; no me sorprende encontrarlo exactamente igual que lo recordaba, porque Eneko no ha tenido la oportunidad de envejecer en mi memoria. Nos damos la mano y nos sentamos a la mesa, frente a frente. Me atraganto un poco con el primer trago de moscatel.

 

En la tienda de vinilos de segunda mano

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En la tienda de vinilos de segunda mano

 

The Chameleons

Script of the Bridge

Statik, 1983.

 

Lo he visto al pasar por la calle Avinyó de Barcelona, en un escaparate estrecho. En la carpeta del disco, sujeta con un clip, una tarjeta de cartón: «Grupo after-punk de los ochenta. Excelente estado». He entrado a preguntar. Confirmando mis previsiones, el precio me ha parecido exagerado, pero aun así sé que voy a comprármelo: Script of the Bridge, el primer disco de The Chameleons.

Los perdedores tienen un aura que los hace atrayentes, al menos para algunas personas; no resulta fácil de explicar. A The Chameleons, no sé exactamente por qué, se les veía desde el principio y lo cierto es que luego siguieron paso por paso el manual del perdedor estándar –variedad música pop–: después de dos discos independientes, firmaron con una multinacional, publicaron su disco más comercial –el que más vendieron–, su mánager murió inesperadamente y, a consecuencia de ello, cuando estaban a punto de lograrlo, decidieron deshacer el grupo. Los siguientes proyectos de los miembros del grupo, ni que decir tiene, apenas tuvieron repercusión, y el habitual disco-nostálgico-de-reunión de principios del siglo xxi pasó sin pena ni gloria, así como las periódicas giras-karaoke con todos o algunos de los componentes. Hoy día, aparte de los fans de entonces, pocos se acuerdan de The Chameleons, si no es para recordar la enorme influencia que han ejercido sobre algunos grupos actuales –Interpol, por ejemplo, sigue punto por punto su manual de estilo–.

 

La culpa no fue mía

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La culpa no fue mía

 

The Smiths

The Smiths

Rough Trade Records, 1984.

 

El mejor grupo del mundo. Sin ninguna duda. Fueron como un relámpago, uno de esos que ilumina el cielo nocturno durante un instante y no dura casi, desaparece enseguida: cinco o seis años juntos, seis discos entre elepés y recopilatorios, separación y punto. ¿Que no los conoces? No me lo creo, estoy seguro de que los habrás oído alguna vez; ya sé que eres joven, pero aún y todo… De Morrissey habrás oído hablar, al menos, ¿no? Era el cantante de los Smiths. Ha pasado un par de veces por Benicàssim. Por el festival de Benicàssim, claro está: ¿eso sí, verdad…? No, yo no he ido nunca, y no por falta de ganas, no creas. Pero para entonces, ya sabes… De todas maneras, la primera vez que iba a tocar allí dio la espantada, el muy cabrón, y la segunda apareció, sí, pero dicen que no dio un concierto muy bueno; leí en El País que el del año pasado fue mejor. En fin, ha sido así toda la vida, muy suyo. De todas formas, ni punto de comparación: Morrissey no me gusta tanto como los Smiths, aunque su trayectoria no ha sido, al menos, tan penosa como la del guitarrista Johnny Marr. Algunos grupos tienen magia, ya sabes, se separan y luego se acabó. No sé por qué ocurre, pero así es; hay cosas, además, que solo funcionan mientras eres joven, sobre todo en el mundo del rock. Aún y todo pagaría, y no poco, por tener la oportunidad de verlos juntos en directo.

 

Mil novecientos ochenta y cuatro

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Mil novecientos ochenta y cuatro

 

The Cure

The Top

Fiction Records, 1984.

 

No conocías esta música, ¿verdad, Winston? No es de extrañar. Parece de otro mundo, tienes razón. Pero aunque fueras de ese mundo, difícilmente la conocerías: no eres joven, y este ni siquiera es el mejor álbum de The Cure –un nombre irónico, ¿no crees? La Cura…–. El disco no ha tenido una gran acogida, no al menos comparada con la que tuvo Seventeen Seconds en 1980, o Pornography en 1982. Este es más confuso, más hetereogéneo; no tiene una dirección clara. Reconozco que «Give Me It», «The Top» y, sobre todo, «Shake Dog Shake» son piezas que tienen el efecto de enervar al oyente. Me atrevería a decir que ese era el objetivo del grupo; desde ese punto de vista no puede negarse que lo consiguieron. «Shake dog shake / wake up in the new blood / make up in the new blood / shake up in this new blood / and follow me where the real fun is / Shake shake dog shake / Shake dog shake / Shake dog shake». La letra no es muy clara, estoy de acuerdo contigo. Pero el tema, de alguna manera, es una representación del poder, y eso es muy atractivo; ya sabes cuánto nos interesa el tema del poder. El poder es, a fin de cuentas, lo único que importa.

 

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