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Hacerse el muerto

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Una silla esperando a alguien que no llega. Un zapato con memoria. Una madre que corre en sueños. Una pareja enamorada de lo que no hace. Un psiquiatra atendido por su paciente. Una moneda volando en un hospital. Una mujer que se excita con Platón. Dos ensayistas en el baño. Un político perseguido por revolucionarios invisibles. Un asesino cubista. Un mundo donde los libros se borran. Un fusilado que piensa. Monólogos. Mirones. Todo esto, y más, vive en Hacerse el muerto.
En estos nuevos cuentos, Neuman explora el registro tragicómico hasta las últimas consecuencias, desplazándose de lo conmovedor a lo absurdo, del dolor de la muerte al más agudo sentido del humor. Breves piezas que buscan, simultáneamente, la emoción y la experimentación. Un trabajo atrevido con el estilo, la voz y la temporalidad. Una impactante serie de reflexiones sobre la pérdida como manera lúcida de intensificar la vida, de interpretar nuestra asombrada fugacidad.
Del autor han escrito: “Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que solo es dable encontrar en la alta literatura, la que escriben los poetas verdaderos” (Roberto Bolaño, Entre paréntesis); “Conjuga el sentido de la narración con un criterio del lirismo punzante y conmovedor” ( J. E. Ayala-Dip, El País); “Muy inteligente y dueño de un idioma centelleante” (M. García-Posada, Abc); “Dotado de la tradición argentina y española, y condenado a elaborar una obra única” (V. L. Mora, Diario Córdoba); “Uno de los mejores cuentistas de su generación”  (S. Friera,  Página/12);  “Prosa  exquisita,  personajes  absoluta mente singulares” (S. Rosano, Clarín); “No es solo una noticia brillante para Latinoamérica, sino también para la literatura europea” (M. Steenmeijer,  De Volkskrant, Holanda); “Neuman multiplica el lenguaje literario y tiene el paso de un clásico” (D. Galateria, La Repubblica, Italia).

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El fusilado

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El fusilado

 

Cuando Moyano, con las manos atadas y la nariz fría, escuchó el grito de «Preparen», recordó de repente que su abuelo español le había contado que en su país solían decir «Carguen». Y, mientras recordaba a su difunto abuelo, le pareció irreal que las pesadillas se cumplieran. Eso pensó Moyano: que solía invocarse, quizá cobardemente, el supuesto peligro de realizar nuestros deseos, y solía omitirse la posibilidad siniestra de consumar nuestros temores. No lo pensó en forma sintáctica, palabra por palabra, pero sí recibió el fulgor ácido de su conclusión: lo iban a fusilar y nada le resultaba más inverosímil, pese a que, en sus circunstancias, le hubiera debido parecer lo más lógico del mundo. ¿Era lógico escuchar «Apunten»? Para cualquier persona, al menos para cualquier persona decente, esa orden jamás llegaría a sonar racional, por más que el pelotón entero estuviese formado con los fusiles perpendiculares al tronco, como ramas de un mismo árbol, y por más que a lo largo de su cautiverio el general lo hubiese amenazado con que le pasaría exactamente lo que le estaba pasando. Moyano se avergonzó de la poca sinceridad de este razonamiento, y de la impostura de apelar a la decencia. ¿Quién a punto de ser acribillado podía preocuparse por semejante cosa?, ¿no era la supervivencia el único valor humano, o quizá menos que humano, que ahora le importaba en realidad?, ¿estaba tratando de mentirse?, ¿de morir con alguna sensación de gloria?, ¿de distinguirse moralmente de sus verdugos como una patética forma de salvación en la que él nunca había creído? No pensaba todo esto Moyano, pero lo intuía, lo entendía, asentía mentalmente como ante un dictado ajeno. El general aulló «¡Fuego!», él cerró los ojos, los apretó tan fuerte que le dolieron, buscó esconderse de todo, de sí mismo también, por detrás de los párpados, le pareció que era innoble morir así, con los ojos cerrados, que su mirada final merecía ser al menos vengativa, quiso abrirlos, no lo hizo, se quedó inmóvil, pensó en gritar algo, en insultar a alguien, buscó un par de palabras hirientes y oportunas, no le salieron. Qué muerte más torpe, pensó, y de inmediato: ¿Nos habrán engañado?, ¿no morirá así todo el mundo, como puede? Lo siguiente, lo último que escuchó Moyano, fue un estruendo de gatillos, mucho menos molesto, más armónico incluso, de lo que siempre había imaginado.

 

Estar descalzo

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Estar descalzo

 

Cuando supe que sería mortal como mi padre, como aquellos zapatos negros en una bolsa de plástico, como el balde con agua donde entraba y salía la fregona que restregaba el pasillo del hospital, yo tenía veinte años. Era joven, viejísimo. Por primera vez supe, mientras las estelas de claridad iban borrándose del suelo, que la salud es una película muy fina, un hilo que se evapora con el pasar de los pasos. Ninguno de esos pasos era de mi padre.

Mi padre siempre había caminado de manera extraña. Veloz y al mismo tiempo torpe. Cuando iniciaba sus caminatas, uno nunca sabía si iba a tropezarse o echar a correr. A mí me gustaban esos andares. Sus pies planos y duros se parecían al suelo que pisaba, al suelo del que huía.

Los pies planos de mi padre ya eran cuatro, se habían repartido en dos lugares distintos: en la camilla (unidos por los talones, ligeramente abiertos, evocando una irónica V de victoria) y dentro de aquella bolsa de plástico (a modo de recuerdo en los zapatos, imponiendo su molde al cuero). La enfermera me la entregó como se entregan unos desperdicios. Yo miré las baldosas, su tablero cambiante.

 

Hacerse el muerto

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Hacerse el muerto

 

¿Por qué me gusta hacerme el muerto? ¿Se trata de una costumbre sádica, como lamentan los amigos o cónyuges más sensibles? ¿Por qué me fascina desde niño, y seguimos siendo niños, quedarme indefinidamente inmóvil, como una momia de mi propio futuro? ¿De dónde sale el agrio placer de asistir al cadáver que todavía no soy?

La explicación podría ser sencilla, y por tanto misteriosa.

Al ver el mundo mientras no miro nada, al seguir pensando sin proponerme pensar, al notar en mí, con poderosa certeza, la selva de las arterias y la montaña rusa de los nervios, no solo confirmo que sigo vivo, sino algo incluso más impresionante. Experimento la única, pequeña, posible forma de trascendencia. Sobrevivo a mí mismo. Me deshago de la muerte jugando.

Entra en casa mi hijo. Volveré a respirar.

 

Un suicida risueño

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Un suicida risueño

 

Ocurre siempre igual. Cargo el arma. La alzo. La contemplo un momento de frente, como si tuviera algo que decirme. La dirijo a mi sien izquierda (soy zurdo, ¿por?). Respiro hondo. Aprieto los párpados. Arrugo el gesto. Acaricio el gatillo. Me noto húmedo el dedo índice. Descargo la fuerza poco a poco, muy cautelosamente, como si dentro de mí hubiese un escape de gas. Junto los dientes. Casi. El dedo se me dobla. Ya. Y entonces, lo de siempre: un ataque de risa. Una risa instantánea, brutal y sin razones que estremece mis músculos, me hace soltar el arma, me derriba del asiento, me impide disparar.

No sé de qué demonios se reirá mi boca. Es algo inexplicable. Por muy apesadumbrado que me encuentre, por muy lamentable que parezca el día, por convencido que esté de que el mundo sería más agradable sin mi molesta presencia, hay algo en la situación, en el tacto metálico del mango, en la solemnidad del silencio, en mi sudor cayendo en forma de grageas, yo qué sé, hay alguna cosa indefinida que, a mi pesar, me resulta espantosamente cómica. Un milímetro antes de que el gatillo ceda, de que la bala viaje a la semilla del descanso, mis carcajadas invaden la habitación, rebotan contra los cristales, corretean entre los muebles, desordenan toda la casa. Me temo que también las escuchan mis vecinos, que para colmo deducen que soy un hombre feliz.

 

Después de Elena

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Después de Elena

 

Después de la muerte de Elena, decidí perdonar a todos mis enemigos.

Nos tranquiliza creer que las grandes decisiones se toman poco a poco, se gestan con el tiempo. Pero el tiempo no gesta nada. Solo erosiona, resta, rompe.

Cambié de orden los muebles. Desalojé sus cosas. Limpié a fondo su estudio. Una semana más tarde, doné toda su ropa a un hospicio. Ni siquiera sentí el consuelo de la beneficencia: lo había hecho por mí.

Siempre había imaginado que perder a la persona amada se parecería a abrir un hueco infinito, a inaugurar una carencia permanente. Cuando perdí a Elena, sucedió todo lo contrario. Me sentí clausurado por dentro. Sin objetivos, sin deseos, sin temores. Como si cada día fuese la prórroga de algo que en realidad había concluido.

Seguí yendo a la facultad, no tanto por aferrarme a mi rutina o mi salario. Con los estúpidos ahorros que habíamos reunido para quién sabe cuándo, más el dinero de la póliza, podría haberme permitido una excedencia. Continué con las clases solo por comprobar si, con la joven evidencia de los nuevos estudiantes, lograba convencerme de que el tiempo seguía transcurriendo, de que el futuro existía.

 

Madre atrás

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Madre atrás

 

Entré en el hospital muerto de odio y con ganas de dar gracias. Qué frágil es la furia. Podríamos gritar, golpear o escupir a un extraño. Al mismo a quien, según su veredicto, según si nos dice lo que ansiamos escuchar, de repente admiraríamos, abrazaríamos, juraríamos lealtad. Y sería un amor sincero.

Entré sin pensar nada, pensando en no pensar. Sabía que el presente de mi madre, mi futuro, dependía de un lanzamiento de moneda. Y que esa moneda no estaba en mis manos, quizá tampoco en las de nadie, ni siquiera en las del médico. Siempre he opinado que la ausencia de dios nos libera de un peso insoportable. Pero más de una vez, al entrar o salir de un hospital, he echado en falta la clemencia divina. Llenos de asientos, pasillos, jerarquías y ceremonias de espera, silenciosos en sus plantas superiores, los hospitales son lo más parecido a una catedral que podemos pisar los descreídos.

Entré intentando evitar estos razonamientos, porque temía acabar rezando como un cínico. Le di un brazo a mi madre, que tantas veces me había brindado el suyo cuando el mundo era enorme y mis piernas muy cortas. ¿Es posible encogerse de la noche a la mañana? ¿Puede el cuerpo de alguien convertirse en una esponja que, impregnada de temores, adquiere densidad y pierde volumen? Mi madre parecía más baja, más flaca y sin embargo más grávida que antes, como propensa al suelo. Su mano porosa se cerró sobre la mía. Imaginé a un niño en una bañera, desnudo, expectante, apretando una esponja. Y quise decirle algo a mi madre, y no supe hablar.

 

Ambigüedad de las paradojas

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Ambigüedad de las paradojas

 

Enterramos a mi madre un sábado al mediodía. Hacía un sol espléndido.

 

Madre música

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Madre música

 

Acabo de soñar con mi madre. La escena (si los sueños son escenas y no su imposibilidad) sucedía en un auditorio de Granada. En el último lugar donde tocó el violín. Era el concierto número 3 de Mozart. Yo la escuchaba sentado entre el público. Mi madre iba vestida de calle. Con el pelo muy corto, sin teñir. Desafinaba a menudo. Cada vez que lo hacía, yo cerraba los ojos. Cuando volvía a abrirlos, ella me miraba fijamente desde el escenario y sonreía con placidez. Al despertar, por un instante, me ha parecido que mi madre estaba intentando enseñarme a disfrutar de los errores. El tiempo nos deja huérfanos. La música nos adopta.

 

Una carrera

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Una carrera

 

Es un día de sol y mi madre ha vuelto. De no se sabe dónde, no se sabe cómo. Circula un aire de primavera adelantada. Ella tiene puesto un camisón, se diría que nuevo. Caminamos de la mano y conversamos. Su voz suena un tanto temblorosa, como si acabara de reponerse de un susto. Todo parece reflejado en un agua tranquila pero con rastros de ondas anteriores, de piedras que cayeron. Mi madre ha dejado de fumar y, según me explica, respira mucho mejor. Respira dejando que el viento entre y salga de ella. Respira tan bien, de pronto, que aceleramos el paso. Aceleramos riéndonos, hasta que se hace difícil seguir tomados de la mano. Estás ágil, le digo. Mi madre asiente, concentrada en su esfuerzo por correr cada vez más. Nos soltamos. A mí me alegra verla así de recuperada con su pelo ondulante, su camisón izado. Pero ella es demasiado rápida.

 

Una silla para alguien

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Una silla para alguien

 

Esta es tu silla, ¿ves?, sentate cuando quieras.

Le desplegué el respaldo, le revisé las ruedas y les pasé un trapito para que tus manos sigan blancas. Digo blancas, no inocentes, a vos y a mí la inocencia no nos interesa mucho. El color blanco sí porque viene del esfuerzo, hace falta cuidarlo.

Estuve preparándola, ¿sabés?, durante meses, años, no me acuerdo bien. Siempre me pasa lo mismo con esta silla, me concentro tanto en ella que el calendario se pone a rodar, y al final ya no sé hace cuánto te espero. Vení, voy a peinarte, voy a ordenarte el pelo con la paciencia de las grandes ocasiones, como si fueran las cuerdas de uno de esos instrumentos que tanto te entusiasman. Porque hoy, esta mañana o esta tarde, ¿qué hora será?, hoy mismo vamos a estrenar esta silla que no te ofende, como no pueden ofenderte la luz tibia, el perfume a café o esa brisa que va a deshacerte el peinado. Y así tiene que ser, ¿no te parece?, las cosas no se ordenan para que queden intactas, se acomodan para invitar al tiempo a que haga su trabajo.

 

Una rama más alta

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Una rama más alta

 

El pequeño Arístides acaba de levantarse. Avanza por el pasillo. Las sombras de la casa le tienden emboscadas. Pero esta vez nada va a detenerlo. No esta noche. El pequeño Arístides tiene una misión. Hace unos instantes, boca arriba en su cama, con los ojos muy abiertos, ha oído ruidos sospechosos. Ruidos de pasos, de murmullos, de cajas. Resoplidos profundos, de camello.

Irrumpe en la sala con los pies descalzos y el pulso galopante. Ha entrado de golpe, sin pensarlo, para no arrepentirse a medio camino. Pero en la sala no hay nadie. Solo el árbol enredado entre lianas de luces. El árbol con las ramas ligeramente temblorosas, como si una ráfaga de viento acabara de sacudirlas. Al pie del tronco, frutos caídos, destellan los paquetes.

Antes de abalanzarse sobre ellos, el pequeño Arístides se detiene a medir su estatura frente al árbol navideño. Acerca la nariz a la punta de una rama, se toca la coronilla con la palma de una mano. El año anterior, por esas mismas fechas, su cabeza alcanzaba una rama más baja.

 

Anabela y el peñón

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Anabela y el peñón

 

¿Quién se atreve a nadar hasta El Cerrito?, preguntó Anabela con cara de, no sé, de algo mojado y muy luminoso. Me imagino una galleta del tamaño del sol, una galleta enorme hundiéndose en el mar. Un poco de eso tenía cara Anabela cuando nos lo preguntó.

¿Nadie se atreve?, insistió ella, pero ya no puedo decir qué cara puso porque la vista se me fue más abajo. Su traje de baño era verde, verde como, no sé, ahora no se me ocurre ningún ejemplo. Era un verde clarito y los triángulos de arriba pinchaban un poco por el centro. Anabela siempre se reía de nosotros. Y tenía derecho, porque nos llevaba dos años o a lo mejor tres, era casi una mujer y nosotros, bueno, nosotros le mirábamos la parte de arriba del traje de baño. Valía la pena que ella se riese, porque sus hombros subían y bajaban y la tela verde clarita se le movía también por adentro.

Como nadie contestó, Anabela se cruzó de brazos. Y eso fue lo malo, porque ya no se vio nada y tuvimos que mirarnos entre nosotros y notar nuestras caras de miedo al mar y de rabia por no poder estar a la altura de Anabela. Una altura, no sé, de olas con mucho viento, como las que los chicos mayores recorrían con sus tablas, y entonces nos dábamos cuenta de que solamente uno de ellos podría hacer feliz a Anabela. Pero ella nunca les prestaba atención, y eso nos desconcertaba todavía más.

 

Rotación de la luz

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Rotación de la luz

 

El cenicero estaba lleno. Luis sostenía su gin-tonic como un cetro transparente. Los hielos de su vaso se habían derretido. El sol, bola de cera, estaba alto y vibraba. Entre carcajadas, Luis pidió otra ronda. Otra más no, por favor, le dije. Luis insistió ruidosamente. Yo me encogí de hombros. Encendí un cigarrillo, nos quedamos callados, y entonces escuché que nos llamaban.

Era una voz aguda que se iba volviendo más firme y definida conforme se acercaba. Una voz familiar. Los dos nos volvimos al mismo tiempo: recién salida del mar, Anita nos saludaba estirando un brazo. Ella aceleró el paso, o mejor dicho primero lo demoró, se llevó las manos al pelo, se lo echó hacia atrás y después vino a la carrera.

Besó a su padre en la mejilla sin afeitar. A mí me dijo «Hola» sonriéndome. No había visto a Anita desde el verano anterior. Llevaba el pelo más largo de lo que yo recordaba. Olía a sal, a ola, a chicle de menta. El sol le había encendido las mejillas y la punta de la nariz. Vestía un bikini rojo de tirantes muy finos. Mientras Anita abrazaba por el cuello a su padre, me fijé en el vello rubio y espeso de sus brazos.

 

Sinopsis del hogar

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Sinopsis del hogar

 

Amo a mi hermana.

Mi hermana ama a mi padre.

Mi madre amó a mi padre.

Mi padre no ama a nadie.

 

Juan, José

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Juan, José

 

 

1. Juan

 

Escribo estas líneas para ordenar el tiempo. No hay nada más desordenado que dejar de escribir lo que sucede. Y las cosas en casa, últimamente, son un puro desorden.

Mi madre acaba de servirme el desayuno. Su sonrisa parece tan idéntica mañana tras mañana, que empiezo a sospechar que no percibe que los días pasan. ¿Vivirá instalada en un pasado continuo que ha desplazado al presente? Sería una forma ingeniosa de eludir el futuro, que en su caso no creo que le depare grandes promesas. Quiero mucho a mi madre.

Lo de mi padre es distinto. No porque yo no lo quiera, sino porque ninguno de los dos hemos logrado ponernos en el lugar del otro. Es paradójico: para afirmarlo he tenido que ponerme en su lugar. Precisamente por eso, insisto, me insisto, escribo estas líneas. Si no me cuento el asunto, no entiendo qué lugar ocupa nadie. El caso de mi padre es diferente porque trabaja y tiene, por así decirlo, su mundo fuera de nuestro mundo. Él habita la casa de manera más saludable porque no está realmente aquí: nos visita y desaparece. Cuando le quedan pocos minutos para marcharse, noto cómo se alegra. Le sobreviene un humor tan excelente que es una lástima, pareciera decirnos, que tenga que marcharse a la consulta. Pero así es la lealtad con los pacientes, etcétera. ¿Cuánto de esto nota mamá? Misterio. Ella sonríe y me prepara el desayuno.

 

Las cosas que no hacemos

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Las cosas que no hacemos

 

Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a la cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor nos alcanzase. Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos.

 

Bésame, Platón

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Bésame, Platón

 

A mi mujer le hablan de Platón y se pone toda aristotélica. No sé por qué. En cuanto escucha una palabra sobre la reminiscencia, el mundo inteligible o la teoría de las formas, ella se ruboriza, se le nublan los ojos, deja escapar un gemido y se pone a imaginar espaldas anchas y nalgas musculosas. Yo intento, como es lógico, detenerla. Pero es inútil. Una furia empirista la posee por completo. Y lo único que le interesa es el paso de la potencia al acto.

Aunque pensar nunca sea intrascendente, me desconcierta semejante énfasis en la física, cuando lo que verdaderamente importa es la metafísica. Todas las noches es lo mismo. No falla. Yo digo, por ejemplo, «caverna». O «sol». O «riendas». Y ella, enseguida, loca. Desparramada en la cama. Enunciando ansiosamente postulados y aporías.

Yo, a mi edad, soy poco impresionable. Cosas peores he visto. Tampoco niego que el comportamiento de mi mujer tenga ciertas ventajas. Antes, en palabras un poco más modernas, a los dos nos costaba estar yectos. Desde que descubrí lo de Platón, mano de santo. Lo que pasa es que sus caballos se le desbocan a todas horas, en cualquier parte, esté como esté mi carruaje. Sospecho que mi mujer confunde el banquete con el apetito.

 

Vidas instantáneas

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Vidas instantáneas

 

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