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Hasta luego, míster Salinger

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Las contradicciones de personajes cargados de una sentimentalidad jubilosa y atormentada caracterizan los relatos de Hasta luego, míster Salinger, volumen que agrupa las recientes incursiones en el género cuentístico de uno de los más prestigiosos narradores hispanoamericanos de la actualidad: Juan Carlos Méndez Guédez. Unido por la transparencia y el humor, Hasta luego, míster Salinger se encuentra habitado por personajes que celebran o padecen la belleza de lo inalcanzable. El éxito, el talento, la figura del padre, la felicidad de la infancia, el esplendor de un amor o de un cuerpo inaccesible, se juntan para conformar un fresco en el que, más que a la pérdida, nos enfrentamos a la vibración de lo que siempre perdura como deseo, como luminosa herida. Un conjunto de relatos entrañables que permitirán al lector participar de ellos como si perteneciesen a su propia existencia.

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El ojo insomne de las peceras

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El ojo insomne de las peceras

 

Todavía me ponen triste las peceras ¿sabes? Una tristeza como de luz blanca, como de agua detenida, fosforescente, como de burbujas y vidrio. Y yo mirando y mirando, porque la pecera iba creciendo en mis ojos, la pecera cada vez era más grande, cada vez era más burbujas.

Y a veces sueño con un ojo que me observa.

De allí me ha quedado esa necesidad de no mirar. De llegar a las casas y voltear el rostro cuando tropiezo con uno de esos rectángulos de vidrio. Fijarse entonces en las paredes, detallar uno de esos cuadros ingenuos con flores, casas en medio de la montaña, bodegones. Porque todavía me ponen triste las peceras. Aquella pecera. Una pecera en la casa de los vecinos. Una pecera que se iba expandiendo en las pupilas a medida que transcurrían las horas y el reloj repetía sus campanadas. El ruido de la pecera. La bom­bona de oxígeno lanzando pequeños murmullos, llenando de planetas la superficie del agua. Y otra vez el reloj. ¿Las ocho ya? Entonces sonaba en el portal un silbido y los niños de la casa corrían a abrir. La pecera como el ojo inmenso de un gigante. Tú, confuso, pensando en ese ojo, porque Isabel, la mamá de los niños, llegaba hasta la sala ¿este se vuelve a quedar aquí? y luego desaparecía en el cuarto dejando un rastro de perfume, falsas perlas, pendientes de oro.

 

La boda

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La boda

 

Sabrina sintió una aguja de hielo clavada en su espalda. Se detuvo unos instantes, miró a los lados y de nuevo comprobó que Rogelio y Morella permanecían en la misma mesa. Los saludó con la mano. Fingió tener mucha prisa en llegar hasta la barra. Pidió un whisky. Lo bebió en pocos segundos y el camarero se sonrió cuando exigió un segundo trago. Esta vez lo saboreó con lentitud, degustando cómo el ardor del líquido vibraba dentro de sus encías. Miró hacia la pista. Varias de sus primas le hicieron señas para que bailara con ellas. Sonrió. Deseaba estar sola unos instantes, pensar qué podía significar esa absurda actitud de sus dos compañeros de trabajo.

 

Su esposo se acercó a verla y le preguntó si se sentía muy cansada.

–La verdad que no.

–Cuando quieras nos marchamos –le dijo él, comprensivo, susurrante.

Sabrina se acomodó el vestido de novia. Le apretaba tanto las piernas que apenas podía caminar. Unos vecinos de su esposo se acercaron, le hicieron bromas. Después ella avanzó hasta la mesa de sus padres. Su mamá le dijo algo pero Sabrina no pudo escucharla por el ruido de la música. Pensó que si cortaba un poco la tela del vestido se encontraría más a gusto. Luego miró hacia el resto de la sala fingiendo distracción. Se quedó helada. Morella y Rogelio se reían, brindaban alzando sus vasos de whisky.

 

El hombre lobo en el bulevar

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El hombre lobo en el bulevar

 

La pregunta es cuál de las dos me va a matar primero. A veces pienso que será mi esposa. No sabe lo que es estar callada más de diez minutos. Además es quien me hace la comida así que tiene posibilidades de envenenarme. Otros días creo que será mi mamá. Tiene experiencia jodiéndome la vida y le dan ataques en los que suelta una espuma azul por la boca y comienza a dar patadas.

Por mí las dos deberían irse al carajo, irse a la mierda de una buena vez. Pero no hay manera. Esas jamás me van a dejar tranquilo. Primero porque mamá es la dueña de la casa. Segundo porque mi mujer no tiene dónde mudarse. Tercero. Tercero porque yo tampoco tengo para dónde agarrar. Entre esas paredes me pudriré. Nos pudriremos. Cuando tuve ahorros no pensé en marcharme, y ahora estoy sin plata, estoy medio viejo, estoy medio jodido.

Anoche mismo las dos comenzaron a pelear otra vez. Por una pendejadita. En vez de estar alegres por lo de mi nuevo trabajo, les dio por discutir cuál de las dos había conseguido que el portugués me contratara. Mamá decía que era ella, mi esposa decía que no, que ni de vaina, que... bueno, cada una empezó a pegar gritos, a lanzarse flores, a criticarme, a decir que cada una era más amiga del portugués que la otra, y entonces me arreché y les pregunté si el portugués se las cogía a las dos juntas o por separado. Mamá me tiro el café con leche en la cara. Mi mujer se fue al cuarto, cerró la puerta. Tuve que dormir en el sofá: un sofá hediondo, lleno de manchas, un mueble que no he botado porque en los días de emergencia debo acostarme en él.

 

Breve tratado sobre la tos

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Breve tratado sobre la tos

 

Dios creó todas las cosas hermosas que hay sobre la tierra. Pero el mal, las guerras y la tos son creaciones del demonio.

Yo odio la tos.

Además mi padre acaba de morir. Tenía una tos terrible desde hace semanas.

Pero si soy riguroso tal vez es más ajustado afirmar que odio a las personas con tos.

De la primera frase podría deducirse que odio la tos a secas. Una tos con cuerpo. Así pensarían ustedes que odio una tos con forma de erizo, ojos hundidos y brillantes como piedras de jade. Una tos que es como una rata inmensa correteando entre la basura.

Pero odio la tos en las personas. Las gargantas crujientes, los espasmos, ese ruido de barril vacío que retumba en las costillas y en el pecho.

Lo sé. Ustedes me dirán que es algo normal, un trastorno corriente. Pero yo lo siento como una ofensa. Tosen para atormentarme. Tosen para espantarme el sueño, para arruinarme los conciertos de la Filarmónica de Berlín, tosen para distraerme en las películas que me con­mueven.

 

En marzo florecen los prunos

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En marzo florecen los prunos

 

La mujer. Una isla color canela sobre las baldosas.

La mujer desnuda.

 

(debe ser normal, debe ser común, chico de doce años,

yo, yo ese mediodía,

chico que toca la puerta de su amigo del colegio y queda suspendido en el aire, queda enmudecido, al ver que una mujer salvajemente hermosa abre y con voz apagada

 

pasa adelante, Alberto está en el cuarto y te espera y en la nevera hay unas croquetas para hacer y hay algo de pollo y refresco y si les apetece tienen dinero que les puse en la mesa por si quieren comprar una pizza y me voy un beso adiós adiós

 

porque el beso en la mejilla me dejó inmóvil, gélido, ¿qué clase de madre era esa? ¿cómo podía una madre tener ojos encendidos como los de un gato, ojos como brasas, y esa blusa ceñida en la que los pechos se alzaban como barquillos de helado, y esa cintura estrecha, esas piernas felices que debían silenciar el mundo cada vez que la falda se alzaba un poco?)

 

El príncipe

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El príncipe

 

Ese es el problema de la morfosintaxis estructural del español, pensó hurgándose el cuello de la camisa. Es lo que tiene. Que si no se tiene ni idea, le estalla a uno un maremoto dentro de la cabeza, se le aprietan las palabras en la garganta y todas quieren salir a la vez, para escapar, para seguir adelante, para exprimir el reloj de la pared y obligar a que la clase se acabe y la morfosintaxis se vaya lejos, se borre, se olvide.

Porque eso es lo que tiene la morfosintaxis, pensaba él mientras contemplaba el aire y trataba de contestar la duda de esa estudiante que lo miraba con ojos de cuchillo. «Creo que su interrogante es muy pertinente, la felicito. Lo mejor es que usted prepare para mañana una pequeña exposición en la que le aclare al grupo esa pregunta». La muchacha quedó con la boca abierta y él respiró aliviado, alegre por la manera en que sus palabras superaban la velocidad de sus miedos.

Así continuó perpetrando el resto de la clase. Una o dos veces se quedó en blanco y debió revisar el libro del que estaba copiando literalmente lo que murmuraba. Las frases se le enredaron entre los dientes, resultaba complicado repetir un párrafo sobre algo que no comprendía, mucho menos en el instante cuando se dio la vuelta y por el reflejo del ventanal tuvo la sospecha de que se había colocado la sudadera al revés.

 

Las cigarras

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Las cigarras

 

 

 

a Tana

a Francismar

 

 

 

I

 

Creí que se iba a suicidar esa noche. No hubo otra razón para que yo me le quedase mirando: debía rondar los cuarenta años y sus ojos resultaban demasiado febriles para aquel bar de estudiantes. Me hizo una señal con los dedos. Cuando estuve a su lado me sorprendió la piel de su rostro, una capa arcillosa, una textura como la del aceite envejecido.

–¿Quieres una copa? –dijo con voz punzante.

–Sí...

–Escúchame. Te estoy invitando sólo una.

Algo crujió en mi estómago.

–Está bien –le dije fingiendo serenidad.

Pensé que aquella mujer iba directamente al grano. La detallé. No era excesivamente vulgar, ni excesivamente atractiva. Todo en ella se situaba en un exacto punto medio. Todo, excepto la mirada y los labios en los que se concentraba una tensión parpadeante, una desesperación antigua, gastada.

Imaginé sus gestos, la necesidad de una noche definitiva: un polvo rápido, unos tragos y luego el sopor de los tranquilizantes en una bañera. La situación me produjo un escalofrío que se disparó desde mi nuca y rebotó en mis rodillas. Pedí un whisky. Traté de hablar sobre el tiempo, sobre las lluvias. Ella me sorprendió con una sonrisa banal, neutra. Apenas probó la cerveza que tenía en su mano y después de un rato hizo una seña. Uno de los camareros le colocó un plato de ensalada y un trozo de pescado.

 

Tus ojos que me olvidaron tarde

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Tus ojos que me olvidaron tarde

 

 

 

Y yo seguía con la monumental corbata roja y el nudo y el orgullo navegando a la deriva por mares de llanto mío, una noche de invierno en que debieron cerrar París.

 

Alfredo Bryce Echenique

 

 

 

Nunca te lo dije. Es muy probable que alguna vez lo insinuara, pero no. Nunca te dije que el ojo tiene una memoria que mira más allá de la memoria misma. Cuando ya el olvido es una obviedad, cuando ya es imbatible, el ojo todavía recuerda. Es algo que no se puede controlar. Tiene el ojo unos segundos de confusión, un fogonazo, una chispa, un salto atrás, hasta que el cuerpo reinstala su orden, su indiferencia. Lo digo porque cuando aparecí en el bar me miraste de un modo especial durante dos segundos. No más. Dos segundos. Y era una mirada que yo conocía. Una mirada húmeda, cómplice, como la de hace seis meses, porque fue desde allí donde me miraste, Mara. Una mirada que se borró de inmediato y que se hizo gentil saludo: siéntate con nosotros, qué placer verte, ¿te tomas una cerveza o prefieres vino?

 

Amanecer

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Amanecer

 

1– El hombre duerme. En la mesa de noche un reloj marca las 8 y 35 minutos. Bajo el despertador hay un pequeño papel color sepia; y a un lado se encuentran una caja de aspirinas; dos monedas; un ticket de metro; una pul­sera; y un calendario del año 2001.

2– El hombre continúa durmiendo. Se lleva la mano al rostro y se rasca la barbilla.

Golpea desde la ventana una luz de vidrio: astillas, girasoles, naranjas, eucaliptos, humedad azul que brota desde el Ávila. La piel del hombre parece cubierta por una esfumatura que en segundos se transforma en una brillante película de sudor.

3– En la calle se escucha el sonido de un camión. El hombre acostado en la cama abre los ojos, mira el techo y se pone en pie. Gira la mirada hacia el reloj despertador. Permanece unos segundos con las pupilas clavadas en las manecillas. Luego se sienta en la cama mientras las rodillas le tiemblan y la barbilla se le descuelga del resto de la cara.

4– Durante varios minutos el hombre permanece detenido en un borde de la cama. El rostro pálido, las manos caídas sobre las rodillas como dos animales muertos, los pies descalzos, ligeramente sucios en los talones.

 

La Nova 74

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La Nova 74

 

 

 

Te llamas hoja húmeda,

noche de apartamento solo

Rafael Cadenas

 

 

 

Y claro que la mayor parte de ustedes no conocerá el Parque Bararida, ni la Avenida Vargas, ni La Nova 74, y mucho menos a María Emilia, la María Emilia de 1983 que es como decir una María Emilia muy particular, porque ese fue el momento en que también conocí a Alicia, ese fue el momento cuando probé mi primer whisky, cuando volví a ver a mi padre después de dieciséis años, pero sobre todo fue el tiempo de María Emilia, que también fue un poco el Parque, y la Avenida, y la Nova y María Emilia.

 

No voy a describirla ahora. O sí. Era muy delgada y tenía los pechos más lindos, más redondos, más erguidos que yo recuerdo. Porque eso es lo que yo veía siempre que iba a beber limonadas en la Nova 74 y ella paseaba entre las mesas. María Emilia tan delgada, tan feliz, con el busto alzado, satisfecha, alegre de saber que su cuerpo era una fiesta.

 

Agua

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Agua

 

Ella

 

¿Una descripción?

El cabello liso, largo, muy negro, como una cascada de tinta.

Las manos. Unas manos como la de los cuadros de Tiziano. Unas manos líquidas, pálidas.

Boca carnosa. Labios. Una mujer toda labios.

¿Y el cuerpo? Un cuerpo en dos momentos. Hombros delicados, senos pequeños, brazos leves, hasta que al llegar a las caderas el cuerpo se exalta y las propias caderas parecen olas y las nalgas se elevan, se yerguen agresivas, felices, y las piernas son un mundo sólido que se extiende, que se alarga.

Una mujer que es fragilidad desde su ombligo hasta su cabello y que es carnosidad tensa desde su ombligo hasta sus pies.

Ella. Beatrice.

 

 

Yo

 

Una voz. Algo así.

La verdad es que no importa demasiado. Sólo una voz que aguardó siempre la invitación de otra, el quiebre, el paso.

El conflicto entre Beatrice y yo

 

Ninguno en especial. El olvido que fuimos. La manera en que cada uno perdió el rastro del otro. Un mes en que no hubo llamadas, otro mes, y otro y otro.

 

Hasta luego, míster Salinger

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Hasta luego, míster Salinger

 

El hombre y la mujer beben cerveza.

Suena el teléfono.

 

–Aló.

–Jesús ¿eres tú?

–Sí. ¿Quién habla? –responde el hombre.

–Soy yo, Edgar. Soy yo otra vez.

–¿Edgar? –dice el hombre, y la mujer sentada en sus piernas realiza una mueca de aburrimiento.

–Sí, viejo, soy yo. Perdona la hora. ¿Estabas durmiendo?

–No, todavía no.

–Claro, acá en España me dicen que la gente se acuesta más tarde. Yo tenía muchas ganas de tomarme otra copa contigo pero dejé de verte y luego alguien comentó que te habías ido.

–Sí, estoy fatigado y necesito descansar.

–Por la rueda de prensa, imagino... bueno, si quieres pos­ponemos la reunión de mañana...

–No, Edgar, no hay problema. Sería una pendejada decirte que estoy demasiado ocupado. Así que hablamos luego, si te parece.

–Claro, hermano, claro. Pero espera, sólo quería preguntarte algo...

 

El hombre saca una cajetilla de Marlboro desde su camisa. Enciende un cigarrillo después de un par de intentos y aspira una larga bocanada. La mujer le hace señas para que le regale uno.

 

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