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Ideogramas

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Juan Carlos Méndez Guédez demuestra en sus cuentos que una cicatriz puede surcar las páginas de un libro o las dos orillas de una geografía, de una lengua. Es la cicatriz que cierra la herida abierta por la separación forzosa, por la memoria borrada o el sentimiento vacío. Y como sutura, el gusto y el placer por lo sensitivo, por el detalle que cruje, por el viaje temporal en dos direcciones de unos personajes que parecen siempre volver, buscar, amar y, en un gesto de asentimiento, mirarse los propios zapatos que pisan la nieve.
Aquello que ya pudimos comprobar en su anterior libro de cuentos –Hasta luego, míster Salinger– se confirma en estos Ideogramas: que la de Méndez Guédez es una apuesta por la calidad, el riesgo y la intensidad.

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12 relatos

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Huellas

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Huellas

 

 

Tordo

 

El anciano nunca prestó atención al pájaro. Incluso comentó a su hija que los animales traían enfermedades, que esparcían un olor áspero, como de vegetales descompuestos. Pero el lunes cuando el ave amaneció muerta se apresuró a sacarla de la jaula. La acarició unos segundos y la envolvió con un periódico deportivo que se había traído desde el bar. Luego fue al patio, buscó un lugar cerca de sus tomates y sus petunias: un lugar sombreado, apacible, donde la brisa soplaba como un ronco zumbido; abrió un pequeño agujero y allí la enterró.

Cuando despertó el resto de la familia, el anciano explicó lo sucedido y le dio a su nieto un manotazo cariñoso. Después se marchó al bar. Allí pidió un vino blanco. Exigió que estuviese frío, que no fuese ni muy seco ni muy dulce. Mientras lo saboreaba, recordó la melena rojiza de una mujer que paseaba junto al lago en un verano anterior.

Al acabar su copa el anciano avanzó unos metros hacia una mancha de pinos. Se detuvo junto a un árbol. Lo abrazó. Lloró en silencio un buen rato, restregó su rostro contra el tronco. Sin querer se hizo daño en una ceja; se abrió una herida imperceptible.

 

La nieve sobre Madrid

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La nieve sobre Madrid

 

A Nicolás Melini

 

Hundió su rostro en la toalla gris que su esposa colocó junto al lavabo. Tardó varios segundos en descubrir que estaba llorando en silencio. Se entregó a esa sensación. Le gustó. Era como bucear en el fondo de un río, como moverse en una quietud de burbujas y lodo. Pensó en un alga; pensó en el movimiento bamboleante de un alga.

Al salir del baño Rubén preparó el desayuno. Comieron todos sin sentarse a la mesa y él se puso una corbata color aceituna. Repitió el nudo cuatro veces. Intentó parecer elegante pero siempre le salió un bulto deforme, una rana aplastada.

Su esposa terminó de vestir a la niña. Luego murmuró que los esperaba en el estacionamiento con el coche en marcha. Rubén siguió peleando con la corbata hasta que la guardó en el armario. Cuando ya iban a bajar sonó el teléfono fijo. Manuela le dijo que había preparado hayacas, que cuando pasase por la tienda le regalaría una. Él se sintió eufórico y se lo comentó a su hija.

 

El olor

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El olor

 

La luz de la farola ilumina su rostro. Así puedo ver la boca como una raya de tiza, los cabellos ondulados, sus pequeñas orejas. Luego me doy la vuelta hacia la otra punta de la cama. Resulta incómodo sentir su roce.

Ayer le dije a mis tres hermanas que tal vez debía mudarme de cuarto. Apenas alzaron la barbilla; comentaron que resultaba preferible aguardar unos días.

No las entiendo.

Siempre tuve relaciones distantes con las tres. Tampoco fui demasiado próximo a mi madre; por eso es ridículo que me hayan obligado a regresar. Desde que me marché del país tan sólo mantenía conversaciones ocasionales con papá. Jamás olvidé que era él quien en las mañanas de infancia se levantaba a cocinarnos el desayuno; quien asistía a los actos del colegio o nos preparaba los bocadillos de las excursiones. De madre sólo podía recuperar la fiereza de su gesto cuando se marchaba al restaurante: los ojos abiertos como encendidas piedras, las manos apretadas como para rasgar la piel pegajosa de los pollos con un certero golpe.

 

La noche de las nubes

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La noche de las nubes

 

A Miriam Gómez Martínez

 

... Santa Virgen de Barajas, le prometo que no es un tango, es que me gusta silbar cualquier cosita, silbar mucho y por eso pongo una carota cada vez que aquí en Madrid me gritan: Argentina y yo, para nada, señor, de bastante lejos, señor, a sus órdenes, nacida en Barquisimeto, y ellos me dicen, ah, un pueblo argentino, y yo no, señor, más arriba y ellos, ah, en el norte de Argentina, así que no hay caso y yo dejo de explicarles porque con que me paguen mis tortillas tengo suficiente, que me quedan muy buenas, señor, muchísimo, seguro usted las ha probado, segurito, porque si se desayuna usted por la calle Alcalá, o por Barquillo, o por Prim, o por Infanta, pues todos esos bares me compran las tortillas a mí, que se las hago como nadie, por eso me sorprende tanto que usted venga a decirme que a mi hijo lo devuelven, que a mi hijo lo montan en ese avión y de regreso a casa, ay Santa Virgen de Barajas, y yo que tengo la bolsa llena con las tortillas de esta mañana y en todos los bares se quedaron esperándome porque nunca he fallado y la gente tendrá que comer cruasanes y esas porquerías que no alimentan ni saben a nada, pobrecitos ¿qué va a desayunar esa gente si estoy aquí? y yo que vine tan contenta a buscar a mi muchacho y ahora me lo tienen encerrado, esos hijos de la gran puta, con perdón, porque yo hasta había hecho una tortilla de más para brindársela a mi hijo y que él se fuese a dormir a casa bien comido, que el viaje es cansón y ahora usted dice que me lo dejan dentro, que no puede pasar, y usted no tendrá hijos porque es muy joven, pero carajo, fíjese lo que es levantarme más temprano que nunca para buscar al muchacho, venir aquí, silbando feliz, silbando como nunca del puro contento que traía, y que ahora me den ese disgusto, con mi hijo, el que me queda, ¿sabe? porque al primero le gustó estudiar y sacó una carrera y yo no sé si por eso mismo le dio por meterse en política y me lo mataron en una marcha, al del medio que tenía una venta de refrescos me lo mataron en un atraco cuando estaba sacando plata para comprarse un carro, y al tercero, que ese sí me salió malo y perdido, a ese lo metieron preso por vender unos camiones que no eran de él y lo rajaron en la cárcel, así que me queda este, que no es ni el más estudioso, ni el más bruto, ni el más feo, ni el más guapo, pero que le gusta trabajar, que trabaja mucho y tiene años con una frutería y por eso no quiso venirse cuando yo le insistí, cuando le dije vámonos a cualquier sitio, porque aquí morirse es como demasiado fácil, y en las mañanas una se bebe el agua y sabe como a muerte y se bebe el café y sabe como a muerte y camina por la plaza y el aire huele como a muerte, y ya no aguanto más hijito, venite conmigo, porque los muertos que vamos dejando lejos se nos quedan vivos, se nos olvidan un poco y por eso viven otra vez, allá lejos, pero él ni hablar, no, no, y yo me vine con una sobrina, y quería traerme a este hijo que andaba enamorado y no quiso venirse hasta que el mes pasado me lo secuestraron, a él, a las frutas, al empleado que tenía, me lo secuestraron dos malandros, y lo metieron en un camión lleno de guayabas y parchitas y cambures y me llamaron aquí y me dijeron que girase yo dos mil euros o le cortaban los dedos y me los mandaban en un sobre aunque llegasen piches, y yo les pedí por la Virgen que no lo hiciesen, así que saqué mis ahorros y los mandé, y cuando hablé con mi hijo le dije: mirá pues, te salvé los dedos, pero venite para acá, traete a la mujercita con la que andás, y traete las frutas y hasta el empleado y hasta la furgoneta te la traés, pero no te quedés allá, guaro pelao, no tentés la suerte, salvate tú, ya que tus hermanos no pudieron, lo convencí ¿ve? porque al final esos mal paridos terminaron haciéndole un favor al muchacho, le dieron fuerza para escaparse, pero usted me viene ahora con que esos hijos de las mil carretadas de puta de la policía dicen que no, que no lo dejan entrar, que lo deportan porque trae poco dinero, que les parece sospechoso, sospechosa la putísima madre que los parió a todos, que traerá el temblor del avión, que estará asustado y se mirará los dedos de la mano, y le parecerá mentira traerlos enteritos, que mirará a un lado y le dará miedo lo peludos que son ustedes, y que les huela la boca a ajo, que a mí también me daba miedo al principio, pero no se ofenda,s no me ponga esa cara, si a mí ahora el ajo me encanta y los domingos agarro pancito y ajito y tomatico y lo como tan feliz y pienso que podría estar comiendo con mis muchachos si no me los hubiesen ido matando a todos, comiendo juntos y sin pensar que cualquiera se nos aparece para cortarnos los dedos o que un motorizado saca un pistolón de policía y se lo vacía en la barriga a mi hijo el mayor, bastante le dije que se estuviese quieto, pero la esposa tuvo la culpa, le llenó la cabeza de vainas, la esposa lo metió en grupos de la universidad y lo llevaba a todas esas marchas y ahora anda como loca de dolor, igual que yo, pero no me habla porque el día del entierro casi le saco los ojos, y yo sé que estuvo mal, pero lo hice y ya está y por eso me vine, para no arrancarle los ojos a cualquiera, porque eso es lo que quería en esos días, y también cuando me mataron al otro saliendo del banco, sonreído como un bobo porque se iba a comprar un carro verde, mi guarito pendejo, ah mundo, así que ahora sólo quiero que me dejen pasar al menor de los muchachos, porque este no quiere carro, ni quiere gritar contra nadie, ni jamás irá a la cárcel, este sólo quiere tener sus diez dedos, entiéndame, no es tan complicado, yo estoy segura de que a usted sus diez dedos le gustan, si tiene usted unas manos muy bellas, señor, no se ponga rojo, las tiene bonitas, y mi hijo también, y yo desperté feliz esta mañana porque pensé que aquí puede ayudarme a repartir las tortillas, o puede estar un tiempo de camarero o recogiendo fresas, que el muchacho no le tiene miedo al trabajo, le tiene miedo a los secuestradores que llevan tenazas así de grandes y que a veces hacen películas de cómo le cortan los dedos a la gente, sí, sí, no ponga esa cara, si yo sé que usted sólo me está avisando, que usted no tiene la culpa, pero haga algo, dígame con quién hablo, a quién me le arrodillo, a quién le saco los ojos y me le arrodillo y le vuelvo a sacar los ojos, porque mi muchacho tiene que quedarse, si él siempre fue especial, callado, tranquilo, sólo le gustaba silbar, y silbar está muy bien, decía mi hijo, porque es como sacarse los pájaros que uno lleva dentro, sí, porque habla dulce, mi hijo, señor, decía cosas ricas, de niño cuando vimos un cielo negro negrito me dijo que había noches tan noches que hasta para las nubes era de noche, y me lo repitió varias veces, la noche de las nubes, mamá, la noche cuando no se ven las nubes porque para ellas hay una noche tan noche que es todo oscuridad, y yo pienso cuando él me decía estas cosas y me da como una tristeza bonita porque es como si él le hubiese puesto palabras a algo que yo necesitaba saber y que todavía no conozco, y ahora me viene usted con esas de que lo regresan, carajo, no hay derecho, ¿sabe usted que el padre de ese muchacho era español? ¿lo sabe? pues sí, de un pueblo de Orense, de una aldea, pero claro, no tengo papeles, si por no tener no tengo ni al hombre, que apenas nació mi muchacho el desgraciado se nos desapareció, trabajaba en la agricultura y me dijo que le había salido un trabajo en Guanare recogiendo arroz, y nunca más se supo, pero en casa queda una foto de la aldea, si es necesario la busco y se la traigo: casas oscuras, de piedra, sí, sí, ya sé que la foto no serviría de nada, pero ayúdeme, no sea malo, mire, si ya mismo le regalo cinco tortillas, que no es molestia, si ya igual perdí la mañana, no me haga el feo, ya sé que usted es sólo el que da las malas noticias y no el que decide, pobrecito, ya me dirá usted si eso no es triste en la vida, ser como un cuervo que sólo lleva malos encargos, y no se me ofenda que le doy la tortilla con mucho cariño, si ya sé que no puede hacer nada, pero pruébela y dígame si alguien que cocina una tortilla como esta puede ser mala persona, dígame si alguien que hace una tortilla como esta puede tener un hijo mala persona, porque en varios bares me han contado que hay hombres que se les salieron las lágrimas al probar mi tortilla, pruebe un poco y luego me hace el favor y me le lleva una ¿a que está buenísima? y tengo una sin sal para los que sufren de la tensión, que yo pienso en todo, ya sé que usted tiene pinta de que no sufre de tensión ni de nada, que se ve usted muy bien y si yo tuviese cuarenta años menos le juro que no se me iba usted sin un mordisco, que tiene usted una barbilla preciosa y ese hoyuelo le queda riquísimo, no se ponga rojito, señor, y prométame que le dará la tortilla al muchacho, que eso lo va a animar, aunque nunca las habrá probado y menos de mi mano, que yo no sabía hacerlas hasta hace poco, pero mis arepas, señor, ay mis arepas, esas sólo las hago para un restaurante por la calle El Barco, vaya usted cualquier día y las prueba, o mejor yo se las traigo a usted y a los señores policías que no me quieren dejar entrar a mi hijo, si es que hay que tener un corazón muy duro, llévele la tortillita, él seguro se comerá un trozo y repartirá el resto, que es buen muchacho y me dicen que en el lote de gente que no dejan entrar también tienen un niño de cinco años, pobre criatura, hace un rato hablé con la mamá, ella sí está legal en España y ahora no le dejan entrar al niñito de cinco años, ¿no ha visto usted a la mujer? buenamoza, con un pañuelo en el cuello y unas caderotas de esas que vuelven locos a los hombres, pero la pobrecita está que se muere porque al niño se lo quieren devolver a República Dominicana, aunque yo entiendo que tendrán un número de gente que devolver cada día, seguro que es así, y yo lo entiendo, pero no hay que exagerar, aunque le aseguro que ese niño en República Dominicana está bien cuidado y seguro si se lo propone será un gran pelotero o cantará en una orquesta de merengue, ese niño tiene la vida por delante, pero mi muchacho no, mi muchacho canta horrible y es demasiado barrigón para jugar pelota, así que si deben devolver a alguien pues devuelvan al niño y dejen pasar a mi hijo, que si se regresa al poco me lo vuelven a secuestrar, y entonces ustedes dejarán que entren a España los dedos de mi muchacho, cuando era más fácil dejarlo entrar entero, no me mire así, yo le prometo que mi muchacho está sano, pero ese niño a lo mejor trae escarlatina, o a saber si ese niño no tiene instintos asesinos y es peligroso, porque un niño que se cría sin su madre, ya se sabe, a lo mejor lo han mandado ahora porque le sacaba los ojos a los gatos y hasta había empezado a darle mordiscos a la abuela, si es que en verdad el policía que retuvo al guarito dominicano tiene razón, me quito el sombrero, qué talento, pero a mi muchacho, caramba, mi muchacho no, no lo dejen que se devuelva, venía contento y se iba a traer después a su mujer y yo estaba dispuesta a recibirla porque aunque me odia la guara es muy trabajadora y vendió todo lo que tenía para ayudar a pagar el rescate, lo que pasa es que todo lo de ella era muy poco y tuve que salir yo, como siempre, a salvar la situación, así que míreme, ¿cómo me puedo sentir? ¿usted se imagina que yo deba devolverme a casa sola y mi muchacho allí, en una tierra de nadie? por Dios, no, Santa Virgencita de Barajas, no me abandones, ¿ah? ¿por qué me mira así? ¿no lo sabía? claro, la Santa Virgencita de Barajas, usted no la conoce porque no la ha necesitado nunca, pero se aparece siempre, todos los días, es una mujer linda de cabellos negros y ojazos verdes, y unos pechos hermosos y una bocota bellísima, con labios gruesos como de negra, bemboncita la Santa Virgen, si en verdad yo pienso que es más bien María Lionza, un espíritu bueno que hay en Venezuela y que cuida la montaña de Sorte, y que es una mujer que vive en los ríos, pero me dicen las amigas que más bien debe ser la Virgen porque ayuda a todo el que la necesita y en eso es como muy internacional, ¿no lo sabía? yo no sé si creo en Dios, pero en la Santa Virgen de Barajas seguro que sí, al cura de mi barrio no le gusta que diga esto, pero lo de Dios está por demostrarse, en cambio lo de la Virgen de Barajas yo puedo darle fe, si el día que yo llegué a España el policía no me quitaba el ojo de encima, le parecí sospechosa y ya me tenía lista, y entonces cuando ya casi me tocaba pasar y tenía un señor por delante, a ese señor le empezaron a aparecer serpientes y arañas por el cuerpo, sí, no me mire así, se lo juro por mis hijos, varias serpientes y como cinco arañas le salían por el abrigo, y la gente empezó a gritar y los policías arrestaron al hombre y comenzaron a perseguir las serpientes y las arañas, así que se armó la de Dios y nos sellaron el pasaporte rapidito y nos dejaron pasar ¿no lo ve? un milagro de la Virgen de Barajas para que me dejaran entrar con mi sobrina, y podría contarle muchos casos más, gente que ya ha estado esperando que la embarquen en el avión de vuelta y de repente se ve una luz y una señora se les sienta al lado y los toma por la mano y sin decir nada los lleva por pasillos y pasillos y de repente la Virgen abre una puerta, y otra y así hasta siete puertas, y en la última la gente ya sale a Madrid, y se encuentran mirando ese cielo tan bonito que hay aquí, tan azul, tan como de foto, se lo juro, y mil casos así conozco yo, pero hay quienes dicen que la Virgen no es exactamente una Virgen sino una aparición buena, una mujer a la que no dejaron entrar y que lloró tanto y tanto porque al devolverse la iba matar el marido que había abandonado, hasta que la pobre se murió de un infarto en el sitio donde la encerraron, pero antes de morirse se quedó mirando al policía que había ordenado que la devolviesen y le dijo: mirá que poca memoria tenés, con lo bien que recibieron a tu tío Pancho en Caracas, y lo bien que le fue a tu abuelo en Barquisimeto, y el policía se quedó pálido porque nadie sabía la historia de su familia, y al policía le empezaron a pasar desgracias y le salieron manchas negras en la cara y después escuchaba la voz de la mujer todo el tiempo, reclamándole, y una mañana el policía se metió en uno de los baños del aeropuerto y se voló la cabeza de un tiro, y desde ese día la mujer aparece y lleva por el pasillo a muchas personas para que no los devuelvan, se lo juro, ¿por qué me mira así? hágame caso, créame, somos gente buena, una no viene a que le regalen nada, que una está allí cuando la necesitan, si yo mismita fui a donar sangre el día que aquellos hijos de la gran puta pusieron las bombas en Atocha, tres horas estuve, estuvimos, mi sobrina y yo, y sólo a ella la dejaron donar porque yo y que estaba vieja, pero yo estuve allí, y yo no paraba de llorar por culpa de esos mal nacidos, por esos desgraciados que ojalá ardan siempre en el infierno, si es que el infierno existe, que no sé yo, porque no creo que habrá un lugar tan grande para tanto hijo de puta y tanto cabrón, pero yo ese día no paraba de llorar, era como si lo más horrible de lo que yo había escapado también estuviese aquí, y me fui a donar sangre, así que dígale eso a los policías, dígale que se ganen hoy el cielo un poquito y lléveles también una tortilla, que si las prueban seguro se les quitan las ganas de hacerme el mal, ¿pero qué dice? no, ni consulados ni nada de eso, que esos parásitos no van a ayudar a mi muchacho, gánese el cielo, hijo, sea bueno, sí, ya sé que usted no puede, pero lo conocerán, por algo viene a avisarme, sólo unas palabritas, hábleles, o déjeme ir a decirles yo, quiero que me hablen a la cara, que me digan que van a expulsar a mi muchacho, quiero que me lo suelten en la cara y así les cuento lo del policía que tuvo que meterse en el baño porque las voces nunca más lo dejaron dormir, sí señor, se los digo, que estén avisados, no, no me pongo violenta, soy una vieja, una vieja no amenaza y si lo hace no hay que hacerle caso, pero les voy a contar la historia, nada más, para que la sepan, ay, Virgen, parece mentira que a todo desgraciado sin alma que nace en este país lo contraten en Barajas para que joda a la gente, se lo digo en serio, si no estoy gritando, si ya entiendo, sí, sí, ya veo, si ya comprendo lo que acaban de decirle por el aparatico ese que lleva en la oreja, sí, ya veo que el avión acaba de despegar y me mandaron de vuelta al muchacho, mil gracias, que Dios se lo pague, que le pague el doble de lo que usted y ellos me están haciendo, sí, sí, y mire, allí está la madre del niño que no dejaban entrar, y trae al niño de la mano, el niñito, qué pequeño se ve, ¿se da cuenta? otro milagro de la Virgen, otro más, si es que la Virgen no falla, no hay día en que no se manifieste, lo que pasa es que si es tan Virgen y tan santa y tan buena debería fijarse mejor, carajo, que nada le costaba salvar a mi hijo, traérselo por los pasillos, si es que esas vírgenes son muy ñoñas, por eso es que la gente ya no cree y lo que quieren es drogarse y beber, porque con tanta ñoñería no se puede, la Virgen vio al niño pequeñito y lo salvó, con lo bien que estará ese niño al lado de su abuela, a saber qué clase de madre deja un niño tan pequeño y se viene, carajo, es que ya ni las vírgenes son serias, mire la cara de vagabundo del niño, mire esos ojos, si parece un demonio y encima le está mirando el culo a esa compañera suya que le está haciendo señas para que usted me deje sola, sí, con cinco añitos, qué peligro, qué vaina con la Virgen, hasta aquí podíamos llegar, vamos, me retiro, ni un padrenuestro más, ni un credo, que le rece la putona madre del monstruo ese que acaba de colárseles aquí, me voy, me voy, se lo juro, me voy silbando, silbando duro y fuerte, para no oírme, para no pensar, ahí le dejo las tortillas, total, hoy no las vendo, me voy, silbando bajito como si fuese de noche, muy de noche, en la noche de las nubes, silbando un montón, para no oírme, carajo...

 

Namestí, namestí

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Namestí, namestí

 

A Rodrigo Díaz

 

«Y es que quizás sea ese el milagro de los viajes inesperados», piensa al detener sus ojos en la pequeña falda que acaba de aparecer a su derecha.

Queda inmóvil. Muchas veces piensa en pantorrillas, en muslos. Muchas veces experimenta el universo como un lugar donde las mujeres caminan con faldas / faldas más largas / faldas más cortas / faldas de suaves telas / faldas faldas / muchas faldas. Un mundo terso, lejano, con pantorrillas y muslos como los de esta muchacha que se detiene a su lado.

Porque la novia de Eduardo nunca tuvo bellas piernas. Izazkun jamás utilizaba faldas y a los dos años de vivir juntos ya le había puesto los cuernos con cinco personas.

«Pero el olvido es en sí mismo un milagro», piensa con repentino alivio mientras finge consultar un mapa.

Entonces vuelve a mirar los muslos de la mujer.

Lo enviaron a Praga porque nadie en la empresa deseaba sacrificar sus vacaciones. No le importó. Pidió que le colocasen toda la información en un pen drive y sin apenas mirarla compró el billete. Durmió el vuelo entero. Ajeno. Distante. Tuvo sueños encadenados en los que vagamente aparecían cielos color magenta; ciudades mustias; paredes llenas de letras incomprensibles y trozos descascarados; barcos detenidos en un mar grasoso.

 

Yucatapán

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Yucatapán

 

Silvana, abre los ojos.

 

«No hay ningún Rafael Mantilla entre los invitados», contestó la recepcionista después de mirar el documento de identidad. Una centella incendió mis pies. «Tengo un seudónimo», murmuré. La muchacha siguió escribiendo; parecía concentrada en el monitor y sólo después de un largo minuto volvió a mirarme. «Si padece alguna enfermedad debió avisar que necesitaba una habitación especial –remató– además ya le he dicho que su nombre no aparece en el programa».

Las rodillas me crujieron. El dolor de los pies se esparció igual que un líquido hirviente. La tarde anterior había comprado zapatos nuevos y el vendedor había jurado que en pocas horas me quedarían estupendos.

Saqué de la maleta un ejemplar de mi libro. «Señorita, por favor, mire usted, este de aquí soy yo». La mujer contempló el volumen con displicencia, se detuvo en mi foto. «Hay un cierto parecido, pero podría ser su hermanito menor». El dolor bajó hasta el pie derecho y pareció darle una dentellada. «Mi hermano no escribía libros; señorita; este es un título de hace quince años y necesito descansar». «Muéstreme un libro nuevo», replicó.

 

Montaña

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Montaña

 

… llegó un momento en que me movía con mucha más agilidad y desparpajo en aquella especie de ceguera luminosa, que afuera, a la cruda luz de los Gigantes.

Ana María Matute

 

La montaña crece detrás de la casa: hervor vegetal, viento que gira, olor húmedo que vibra bajo el sol de las tardes.

Desde el patio se vislumbra esa curva sinuosa, casi invisible, con la que la montaña comienza a despegarse del suelo hasta que al llegar a una hilera de pinos dispara su forma hacia las nubes.

Frente a la montaña se escucha el mar. Un trazo azul: hilos de sal sobre los labios. Y dentro de la casa, justo en el patio, dos niños impregnados por el olor de los pinos juegan al béisbol. El más grande le explica al otro que el ruido zumbante de las noches no es el viento golpeando la montaña; por el contrario, le dice, se trata de una manada de lobos aguardando el extravío de alguna persona para devorarla en cinco minutos.

Le dice eso. Al fondo se escucha el ladrido impaciente de unos perros.

 

Notas para el cuento sobre Amayra

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Notas para el cuento sobre Amayra

 

Porque a veces pienso: las manos sólo conocen el instante.

 

Lo que somos. Las manos. El cuerpo.

 

Ellos son tres curas buenos pero les van a quitar el asilo y deben conseguir dinero y uno de los curas se mete a boxeador, el otro a cantante y el otro a escritor de radioteatros, pero fracasan y los van a echar y entonces ocurre un milagro.

 

Ni en las mañanas; ni bajo la luz del mediodía; ni en esa penumbra de las tardes; ni en las parpadeantes noches. Nunca miro los pies de Amayra.

 

Cuando te detienes y contemplas lo que verdaderamente permiten los ojos (ese segundo en que dejamos de tener espalda; de tener pantorrillas, talones, nuca) justo allí resplandecen las manos. Esa agilidad para tocarte, para acariciar, para empuñar la plancha de Amayra.

 

El cuerpo.

Las manos.

Porque las manos son el cuerpo.

 

Amayra camina por la casa, me busca, me llama. Grita feliz cuando salto sobre ella y hundo mis dedos en su cabello. Mi primo Anzola exige a gritos que lo dejemos dormir la siesta.

 

Nada quiero nada espero

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Nada quiero nada espero

 

A José Vicente Quirante

 

En cruz.

Mirando al techo, y al fondo como un murmullo, como un delgado hilo de lluvia, mi aporreada voz intenta tararear una canción de Roberto Murolo. No es del todo incomprensible: horas atrás cené sintiendo el crepitar del golfo a mis espaldas, pero ahora la situación posee un punto de rareza: me sangra la boca; estoy en Madrid; tengo un diente encajado en los labios.

Relajo los brazos como esos futbolistas que acaban de coronar un gol soberbio o que acaban de fallar un penalti. Me parece escuchar gritos: mi madre, mi padre, mi cuñada; un alarido que crece y luego salta como una botella rota.

Continúo sin moverme. Pienso en mi cuerpo cayendo de espaldas, derramándose en la escalera y bajando los ocho escalones hasta quedar detenido en la puerta de mi vecina. Lo lamento por ella: una mujer discreta, educada, que sale todas las tardes a dar una vuelta con otras mujeres del barrio y que en pocos minutos al abrir la puerta se tropezará con mi cuerpo crucificado sobre el suelo.

 

El sol y la niña del lazo violeta

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El sol y la niña del lazo violeta

 

A Leire Leguina

 

Alguna vez podía ocurrir, doctor, en alguna ocasión podía suceder y perdone que lo invoque tanto, pero tranquiliza mucho hablar a un doctor que uno no tiene, decirle cosas, susurrarle, doctor doctor, las probabilidades no son tantas pero podía ocurrir que alguna vez se juntaran esta ciudad y la otra, un poco juntas, como esos dos futbolistas que saltan a la vez y se golpean la cabeza y por unos segundos son el mismo cuerpo adolorido, el mismo desmayo que viene bajando a tierra, ¿comprende?, porque ahora veo aparecer la muchacha del lazo violeta, y de repente la niñez es una falsa impresión de inmovilidad, es pensarse siempre al lado de los mismos árboles, es pensarse en las mismas fiestas de mi madrina Concepción, en las mismas calles, hasta que ya no, hasta que te mueves tanto que una nueva ciudad se desdobla en varias ciudades nuevas y las coincidencias se disparan y ahora aquella lejana muchacha del lazo se encuentra a mi lado, me roza con el codo al saludar a otras personas y al encontrármela no quiero mirar su rostro, no quiero mirarlo, doctor,

 

Una novela de Azorín

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Una novela de Azorín

 

Avenida Teresa de la Parra:

Elena contempla el teléfono. Lo mira con ojos de extrañeza y sus pupilas parecen un agua oscura impregnada por sedimentos, cortezas de árboles, lodo.

Avenida Moratalaz:

Una habitación. Una ventana. Cielo de algodones. Yo estoy frente a la computadora y los ojos me arden. Siento dolor de espalda. Me levanto. Intento tocar el techo con la punta de mis dedos.

Voy al baño. Recuerdo que anoche soñé que recorría una avenida donde el aire olía como azúcar estrujada por el sol. Me afeito. Nunca he aprendido a hacerlo bien. Una gota roja queda colgando en mi mejilla.

Glorieta de Bilbao:

Malena bebe un capuchino. Siente un pinchazo pequeño en la mejilla pero lo olvida con rapidez. La espuma del capuchino deja una marca en su nariz. Luego ríe cuando se contempla en los espejos del Café Comercial.

Avenida Teresa de la Parra:

La mujer levanta el teléfono y conversa:

–Aló, Ignacio, es Elena.

 

Eli Eli

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Eli Eli

 

(TREDICONTI)

 

1

 

Hay una lógica del espejo que con un padre jamás funciona. Si aprieto el gatillo sobre mi cabeza aniquilo el reflejo de mi padre pero él permanece indemne. Si lo hago sobre su cabeza ambos estallamos como lluvia de azogue. Pero si no disparo, desaparezco.

 

2

 

Mi padre vive en una calle al norte de la ciudad.

Oculto entre negocios de comida, pequeñas tiendas, árboles raquíticos, lo espío desde hace pocos días y lo miro leer el periódico con sus manos amarillentas. Luego me detengo en la forma de su cráneo. Creo recordar unos versos de José Barroeta en los que amorosamente habla de lanzar la cabeza de su padre por una escalera y llenar el mundo de chispas azules.

Miro mucho rato la sien derecha de papá y pienso en la manera de meterle allí dentro una bala que no haga estallar sus huesos, que no convierta su piel en una obviedad de sangre, masa encefálica, ojos aterrados.

Imagino la dulzura infinita de tomar su cabeza, tocarla como un bongó, y luego colocarla con mucha suavidad sobre la tierra, para que esa piel de barro, esa frente inmensa, esos ojos, permanezcan intactos y lejanos, como una momia.

 

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