Medium 9788483935224

La niña gorda

Vistas: 541
Valoraciones: (0)
Quitarse un peso de encima. Tal vez sea eso vivir. Desprenderse de envolturas, cáscaras. Aderezarse con aromas, sabores. Ser uno mismo. Un cuerpo. Una memoria. Ser o haber sido una niña gorda. Una niña gorda adelgazada. Llenarse de recuerdos y comidas. Observar la vida de otros desde una ventana. O contemplar el plato ajeno. Y es entonces cuando el curso de las historias se agolpan y se ordenan, creando sentidos y vacíos que debemos completar. Cuando el lector asiste y se alimenta de la literatura voraz y exquisita de Mercedes Abad. De un menú de cuentos y un personaje principal. Sírvanse. Se leen al gusto. Buena lectura.
De Mercedes Abad se ha escrito: “(...) una escritura sólida y personal, un concepto del cuento bien desarrollado y mejor defendido”, J. Ernesto Ayala-Dip, Babelia; “Frente a la rutina de tanta escritura de esta hora, Mercedes Abad sabe arriesgarse”, Santos Sanz Villanueva, El Mundo; “Caracteriza a la escritora un discurso chisposo, desinhibido, irreverente, disparatado y crítico”, Ana Rodríguez Fisher, ABC; “Una narradora insumisa”, Emma Rodríguez, El Mundo.

Precio: 5,99 €

Remezcla
Eliminar
 

10 relatos

Formato Precio Mezcla

El endocrino

ePub

El endocrino

 

Jamás sabremos en qué momento exacto se le ocurrió a la madre la idea de llevar a su hija a un endocrino para ponerla a dieta. No sabremos si fue quizá charlando con alguna amiga que se lo aconsejó después de haber hecho lo mismo con su propia hija. No sabremos si fue una idea totalmente propia, ajena a toda influencia, ni si fue una idea propia de larga gestación, de esas que se van incubando noche tras noche en la angustia del insomnio, o si, por el contrario, fue una de esas ideas repentinas y fulminantes como una iluminación. Estamos condenados a ignorar el proceso que llevó a la madre a tomar una decisión que iba a suponer un cambio radical en la vida de la hija. Y no es que la madre haya muerto ni tenga Alzheimer ni cualquier otra patología cerebral que haya afectado a sus recuerdos. La madre existe, disminuida en alguna de sus facultades, pero viva al fin, y goza de una memoria espléndida para sus ochenta años. El problema es que la hija jamás le ha preguntado en qué preciso instante tomó la decisión de llevarla al endocrino y, a decir verdad, tampoco proyecta hacerlo ni a corto ni a medio plazo por la sencilla razón de que prefiere inventárselo. Con el tiempo ha aprendido a desconfiar de la realidad. La ha visto tantas veces dar pruebas de su criminal mezquindad, que prefiere sustituirla por los más amables frutos de su imaginación. Le fastidiaría mucho pensar que su madre la llevó al endocrino contagiada por alguna amiga, aunque llamar amistad a las relaciones cultivadas por su madre en el mercado, la tienda de ultramarinos, el Salón del Reino de los Testigos de Jehovà o la puerta del colegio, cuando los iba a buscar a ella y a sus hermanos, suponga conferir un honor inmerecido a aquellos roces efímeros y triviales, ajenos al verdadero afecto tal y como lo entiende la hija. No parece muy verosímil, y sí muy perturbador, que la idea hubiera procedido de la desastrada señora Gregori, aquel espantajo con pelos de rata y zapatones ortopédicos, a quien sin duda le habría convenido conceder alguna importancia, aún remota, a la belleza física, ni de la señora Castelló, cuyas hijas no tenían muchas luces y descollaban en el fracaso escolar pero eran todas indudablemente flacas, cada cual más bonita que la anterior, como si fuesen tan solo sucesivos borradores de algo increíble que aún estaba por venir como premio extraordinario al cristiano ardor con que aquellos padres producían un retoño cada año. De hecho, Susana se ha preguntado muchas veces por qué demonios las primeras de la clase eran siempre niñas más o menos gordas, feúchas, tímidas y torpes, cuando no directamente inadaptadas, pequeños monstruos sociales, carentes de todo atractivo, con gafas, granos, correctores dentales, vestidos espantosos y mucha vida interior.

 

El castillo

ePub

El castillo

 

Así que ahí está ella, en apariencia sólo una niña más, que juega en una playa, sin nada particular. Pero mírenla, pobrecita: se llama Susanita, tiene once años, es gorda y no demasiado agraciada. Los movimientos, torpes y vacilantes, como corroídos por la inseguridad; el ceño, ligeramente fruncido, la piel, enrojecida por el sol en lugar de tostada, la nariz, pelada y roja, picaduras de mosquito un poco por todas partes. Sentada muy cerca de la orilla, parece absorta en la construcción de un castillo de arena. Y, en efecto, el impresionante castillo crece sin cesar; los muros alcanzan ya más de un palmo de altura en tres de sus costados y las torres de vigilancia se yerguen ufanas en cada esquina, con una banderita coronando cada una de ellas y las almenas perfectamente recortadas. De vez en cuando se detiene a observar su obra, y cualquiera podría pensar que hay orgullo en su mirada. Pero quien se molestase en estudiarla con mayor atención, vería que de repente, como quebrantando una promesa hecha a sí misma, aparta la mirada supuestamente abstraída en su actividad constructora para observar de forma subrepticia y quizá algo torva a su tía, una mujer atractiva y bronceada de veintisiete años, alta, con buena figura y largas piernas que, unos metros más allá, juega a enterrar en la arena a una niña de largos cabellos rubios, que no tendrá más de seis o siete años, ocho todo lo más.

 

Amiguitas

ePub

Amiguitas

 

Así que ahí está Susanita, viva estampa de la felicidad terrenal, cómodamente tumbada en la cama cuan larga y gorda es, absorta en el apasionante relato de las vicisitudes de Jo March, con todos sus kilos en arrebatado éxtasis, cuando la puerta se abre de repente y su madre irrumpe en la habitación llevando de la mano, como quien es portadora del más preciado tesoro, a una niña de la misma edad que Susanita, aunque bastante menos gorda.

–¡Mira quién ha venido a verte, hija! –proclama la madre con un entusiasmo histriónico y una sonrisa resplandeciente que ofrece un vivo contraste con la actitud de las dos niñas. La que lleva de la mano (o sea, el presunto tesoro) se retuerce una de sus trenzas, confundida, como si dudara de su capacidad para responder a la alta imagen que parece haberse forjado de ella la madre de Susanita. En cuanto a la supuesta beneficiaria de la inopinada visita, ha cerrado el libro con cierta violencia al tiempo que se le escapaba un bufido que nadie en su sano juicio interpretaría como una señal de júbilo.

 

La excursión

ePub

La excursión

 

Así que ahí está Susanita, con doce años cumplidos, contemplando la magnitud de la tragedia en un espejo que, por suerte, no es de cuerpo entero, lo que le ahorra la humillación de verse la barriga de «pequeño buda», como a veces la llama su tía con ese tono irreprochablemente cariñoso que usan a veces los adultos cuando quieren decirle a un niño cosas desagradables sin que el niño tenga la menor posibilidad de revolverse contra ellos; también quedan fuera del alcance de sus ojos las rollizas piernas, cuyos muslos se montan un poco el uno sobre el otro por la cara interior y le provocan eczemas y escozores, sobre todo en verano, como es el caso ahora. De aquello que la naturaleza le ha suministrado como mortal envoltorio, en este momento no ve más que la cara, que desde luego no es lo peor, bendito sea Jehová, y las tetas, que un día trató de ocultar bajo un vendaje de momia tan apretado que consiguió una lipotimia y, en riguroso orden cronológico, una bronca de su abuela y otra de su madre (aunque si hubiéramos ordenado las broncas según su intensidad, cabría mencionar primero la de la madre, con mucho la más virulenta de las dos).

 

Las hermanas Bruch

ePub

Las hermanas Bruch

 

María Gracián murió en la cocina, fulminada por un infarto el día de su septuagésimo aniversario, mientras freía buñuelos de viento, el dulce favorito de las hermanas Bruch, y toda la cala conoció en menos de media hora los detalles del suceso. «¡Viento, viento y viento!», cuentan que repetía a sus cuatro hijas una llorosa Sylvie, sentada en la posición del loto en el suelo de la cocina y sin dejar de zamparse uno detrás de otro los buñuelos recién hechos hasta que se los acabó todos, «a eso, hijas mías, queda reducido todo cuanto somos; no lo olvidéis jamás, y no perdáis el tiempo en tonterías como siempre he hecho yo.»

Sylvie, que al parecer se pasó días tronando y arremetiendo contra la muerte por no ser capaz de respetar ni un señalado aniversario, era una mujer hermosa además de histriónica y llena de inquietudes más o menos vagas, ninguna de las cuales había llegado a cuajar. De todas sus hijas, quizá fuera Margot, la primogénita, la que había heredado en mayor medida la gracia vehemente y teatral y aquella capacidad de afrontar la muerte de un ser querido comiendo buñuelos, aunque Margot constituía una versión decididamente más insolente y salvaje.

 

El alféizar

ePub

El alféizar

 

Hacía un tiempo espléndido, pero dudo que ese fuera el motivo por el cual Nush y yo nos habíamos sentado en el alféizar de la ventana de mi habitación, con las piernas colgando a cinco pisos del suelo mientras bebíamos coca cola directamente de la lata, Nush con cierta lánguida displicencia que yo trataba inútilmente de imitar. A las almendras saladas que mi madre nos había puesto en un platito para acompañar la bebida no les habíamos hecho ni caso, aunque, como siempre, yo me moría de ganas de hincarles el diente, pero por algún motivo me pareció que no sería poético precipitarme a zampármelas, al menos mientras Nush siguiera mostrando el mayor desinterés por ellas, como si no existieran. Por el amor de Dios, ¿cómo puede alguien mostrarse tan inhumanamente insensible a un platito de almendras? Abajo, los coches frenaban, a veces con cierto estrépito y rechinar de ruedas, cuando el semáforo se ponía en rojo para dejar paso a los peatones y a los coches que transitaban por la calle perpendicular. Después de que unos frenasen, se producía una breve pausa, un alto en el sempiterno rugir de los motores, como un desfallecimiento, porque los coches de la otra calle tardaban todavía unos segundos en ponerse en marcha; pues bien, en esos instantes yo temía que se oyera el rugido de mis desesperadas tripas.

 

La clase de costura

ePub

La clase de costura

 

Entonces, cuando ya te has acostumbrado a ser la que eligen en último lugar para formar equipos, y cuando te has hecho a la idea de no tener más amigos que los impuestos por mamá porque careces del menor atractivo para cualquier otro ser humano (y en parte por eso te pasas la vida encerrada en tu habitación con la cabeza entre libros), viene alguien y te saca por sorpresa del montón. Yo, al menos, me sentí así: como un artículo, ya muy rebajado, que lleva semanas, meses, años quizá, en el último montón de oportunidades de unos grandes almacenes hasta que un día alguien hurga en el montón y, apartando todo lo demás, te descubre y –oh, milagrosa apoteosis– en lugar de desecharte con abrumadora indiferencia, como si en realidad ni siquiera te hubiera visto, quiere llevársete a casa. Así, exactamente así, me sentí yo cuando me di cuenta de que, contra todo pronóstico, Anna Caballé, Anushka para su madre y su abuela, Nush para los amigos, buscaba mi compañía no sin cierta insistencia. ¿Qué tenía yo que pudiera querer Nush? Sólo una cosa, que yo sepa. Días antes de que ella comenzara a buscar mi compañía, yo había tenido cierto éxito inesperado en la clase de costura. Casi por primera vez en mi vida me había significado, y la verdad es que no fue algo premeditado, sino un impulso extraño, sin precedente alguno. La profesora acababa de echarle un vistazo a la camisita de bebé en cuya confección estaba yo supuestamente involucrada, aun cuando la verdad es que yo le había pedido a mi madre que me la cosiera. No era la única: a excepción de Nush, cuya madre o bien estaba ebria, o bien dormía la mona, o bien se restablecía tras un intento de suicidio, o bien tenía resaca y no quería ver a nadie (aunque eso no lo sabría yo hasta cierto tiempo después), a todas nos hacían nuestras madres las labores de costura, de modo que la clase de costura no dejaba de ser una pantomima. Madame Roquer, sin embargo, había hecho un comentario despectivo sobre la calidad de los ojales de la camisita que la noche anterior me había cosido mi mamá. Me reprendió regodeándose, quizá porque las labores estaban siempre bien y la mujer no encontraba por lo general nada que objetar, lo que sin duda debía de ser bastante frustrante para ella, que no tenía precisamente un carácter fácil y risueño y siempre daba la impresión de estar más bien malhumorada, así que se ensañó conmigo. Y yo, en lugar de dejarme regañar con la criminal mansedumbre que me era natural, solté de pronto, en voz lo bastante alta para que todas, que en el aula de costura nos sentábamos alrededor de una sola mesa enorme que presidía la estancia y dejaba poco espacio a su alrededor, pudiesen oír mis palabras:

 

El regalo

ePub

El regalo

 

Cada vez que cumplo años, o los cumple alguien de mi entorno, me vuelve a la cabeza el espeluznante regalo que le hicieron a Nush el día que cumplió dieciocho.

Me llamó al día siguiente por teléfono, porque eran las vacaciones de Navidad y no íbamos al colegio, y me pidió que nos viéramos lo antes posible. Enseguida comprendí que tenía que tratarse de algo bastante gordo, porque llevábamos un tiempo distanciadas y hacía siglos que no nos llamábamos. Por teléfono ella siempre era telegráfica y aunque ese día estaba ronca, me pareció percibir en su tono una nota imperiosa. Nos citamos para una hora después cerca de la entrada del cementerio de Sarriá y ella ya estaba allí, sentada en un poyete, indiferente a la fina lluvia que caía, cuando yo llegué. Yo llevaba el paraguas abierto y la soberana indiferencia de Nush a los elementos me intimidó. No era algo insólito: de un modo u otro siempre sentía que Nush estaba un par de peldaños por encima de mí sin pretenderlo siquiera. Comprendí de golpe una extraña paradoja: la había echado en falta, porque me obligaba a sacar lo mejor de mí y a superarme continuamente, pero al mismo tiempo, su ausencia había supuesto una liberación. En cuanto me senté a su lado, a modo de saludo depositó sobre mi regazo un voluminoso paquete envuelto en plástico negro.

 

Talla 36

ePub

Talla 36

 

Anoche volvió a darme la llorera y me puse en evidencia delante de todo el mundo. La catástrofe acaeció en el Suceso un poco antes de la hora del cierre. Como me había pasado la mayor parte del día tomando diuréticos en gotas para eliminar rápidamente los novecientos gramos que había engordado según la báscula de casa de Pedro (aunque el día anterior me había pesado en casa de Emma, porque me quedé a dormir allí, de modo que no podía estar del todo segura de haber engordado novecientos gramos), no paré de ir al baño (también retrete o letrina o wáter o excusado) en toda la noche. No sé cuántos viajes hice, pero no menos de veinte porque, encima, en la cena había comido ensalada de apio, espárragos y manzana y luego un pescado al hinojo cuyos efectos, sumados a los de los diuréticos en gotas, fueron fulminantes. Por supuesto, no digo a nadie que voy a mear; prefiero que crean que voy a meterme coca o algo así, aunque estoy convencida de que Emma lo sospecha en grado de casi certeza, porque es más larga que una de esas pitones reticuladas de Malasia que pueden llegar a medir más de diez metros. En todo caso, el problema de ir tantas veces al baño es que te pierdes cosas. Siempre procuro largarme en medio de un silencio o cuando alguien empieza a repetirse y la conversación se estanca y parece a punto de degenerar. Pero la realidad es tan perversa que, cuando regreso, casi siempre ha recobrado la animación, como uno de esos enfermos que parecían desahuciados y se rehacen de golpe, para pasmo de familiares y personal médico, y no sólo vuelve a gozar de una salud envidiable que la hace discurrir por derroteros estimulantes, sino que siempre resulta que me he perdido alguna anécdota tronchante o fundamental o una opinión brillante a la que aluden todos, pero de forma velada, con sobrentendidos, y ya no entiendo por dónde van los tiros y no puedo decir ni mu durante un buen rato o, peor aún, los pillo a todos desternillándose y me da una rabia impresionante. Entonces tengo que pedir que me lo expliquen, pero ya nunca es tan divertido como cuando asistes a la frase graciosa en directo, porque además suelen producirse rápidos encadenamientos de frases graciosas, construcciones en equipo, por así decirlo, que lo hacen todo más cómico aún, porque cada cual añade la suya y la pelota se va haciendo mayor y circula a toda velocidad, de modo que es difícil, por no decir imposible, contar todo eso con exactitud y sin que el chiste pierda encanto y frescura, y muchas veces ya ni pregunto y me resigno a quedar excluida de la diversión. En esos casos, para disimular lo desgraciada que me siento y que no se me ponga cara de suprema de merluza a la thermidor, le doy al gin tonic, y eso aún me da más ganas de hacer pipí, así que mi destino es seguir perdiéndome cosas cruciales. Es un rollo, porque se supone que los jóvenes somos los que más exprimimos cada instante de vida, pero yo, a mis deslumbrantes veinticinco-años-que-no–volverán-jamás, me paso la mitad del tiempo en el wáter (también letrina o inodoro, o retrete o excusado). Tampoco puedo evitar fantasear con la idea, un tanto paranoica, sí, de que a mis amigos les estimula insidiosamente mi ausencia, que una malicia más o menos inconsciente los impulsa a soltar con malévola fruición las ocurrencias más agudas e ingeniosas precisamente cuando yo me he ido al baño, para fastidiarme, porque uno siempre se ríe más y mejor si con ello puede joder de algún modo a alguien, por ejemplo haciendo que se sienta excluido y que se pierda siempre lo mejor. Supongo que esa malicia inconsciente les hace alargar las risotadas hasta que aparezco yo y entonces mi cara de no me entero de nada aún les hace más gracia. Además, yo soy la triunfadora oficial, la que ha publicado un primer libro que, para gran pasmo mío, ha sido un éxito clamoroso en varios países y cuyo segundo libro –por fin– es de inminente aparición, mientras que ninguno de los demás ha logrado todavía que el mundo se prosterne a sus pies, Emma y Edu como artistas plásticos, Pedro como actor, y Richie como arquitecto, de modo que ese hacerme sentir que me pierdo lo mejor de sus conversaciones puede tener algo de deseo inconsciente de chincharme un poco. Huelga decir que jamás le he hecho partícipe a nadie de esa sospecha mía, y mucho menos a Pedro, que se burlaría de mí y me diría si realmente pienso que soy el centro en torno al cual gravita el universo entero con todas sus galaxias y sus millones de estrellas. Y es posible que sea él y no yo quien tenga razón, y yo esté algo paranoica y con el norte torcido.

 

El sacrificio

ePub

El sacrificio

 

 

 

Para David Roas,

por el Cabo Vilán y la Cofradía del pulpo

 

 

 

Hace un tiempo de mierda cuando llego a Camariñas, pero eso es lo que soñaba: un día borrascoso y frío, con una lluvia sin cuerpo y sin peso, sobre todo sin peso, e intempestivas ráfagas de viento que lo alborotan todo. Los días de sol radiante uno tiende a ser más indulgente, más proclive a embelesarse con cualquier tontería: oh, mira qué linda flor, mira qué lindo cielo, mira qué lindo mar liso como un espejo. Pero en un día como hoy uno olvida fácilmente los buenos momentos y los modales y todo ese cuento, y es más fácil dar rienda suelta a la furia destructiva. Además a mí siempre me ha gustado el frío. El calor hincha y dilata el cuerpo de una forma asquerosa, pero cuando hace frío casi puedo sentir como quema calorías mi cuerpo en el combate. El frío me funde las grasas con su gélido abrazo. Si tuviera valor me zambulliría en el mar sólo por el placer de salir con las tetas enhiestas, los músculos bien duros, la sangre encabritada y unos gramos de menos. Pero esto no es el Mediterráneo, ni la ducha de mi casa, ni la piscina del gimnasio, sino el turbulento Cantábrico, y a pesar de todo no tengo ganas de morir estrellada contra los peñascos, aunque los de aquí estén sin duda cubiertos de percebes y, desde luego, si alguna vez me veo en la fatalidad de estrellarme contra algún peñasco, por pura coherencia estética preferiría hacerlo con percebes de por medio, yo que siempre lo he celebrado todo comiendo con fruición esas bestias negras de diabólicas pezuñas y enigmática belleza.

 

Detalles

Libro impreso
Libro electrónico
Relato

Formato
ePub
Encriptado
No
SKU
B000000082739
ISBN
9788483935224
Tamaño del archivo
300 KB
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
Formato
ePub
Encriptado
No
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
SKU
En metadatos
ISBN
En metadatos
Tamaño del archivo
En metadatos