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La ternura caníbal

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Los protagonistas de este álbum de pesadillas sólo encuentran satisfacción cuando se imponen a los demás o cuando conquistan un reducto de supremacía  a costa de sus amantes, de sus amigos, o de su propia cordura.  La mordaz ironía con que Enrique Serna escudriña los tumores del alma  nos muestra al desnudo las secretas intenciones que todos tratamos de ocultar en los avatares cotidianos de nuestra guerra fría con el prójimo: la lucha por el poder en las relaciones de pareja, la fuga hacia delante del rencor solitario, la imposibilidad de conciliar el individualismo hedonista con la entrega amorosa, los crueles espejismos de la vanagloria,  las pequeñas y grandes traiciones que socavan la vida conyugal hasta convertirla en un campo minado.
Autor de algunos de los cuentos crueles más aclamados de la literatura mexicana contemporánea, en este libro de madurez Serna afina su vena satírica, más negra que nunca,  y la astucia narrativa que han cautivado al público de varias generaciones.

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10 relatos

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Entierro maya

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Entierro maya

 

 

 

A Isabel Pérez Monfort

 

 

 

Cuando la secretaria del doctor Valdivia los invitó a pasar, Nubia estrechó la mano de Uriel para infundirle serenidad y al mismo tiempo coraje, como una soldadera despidiendo a su querido antes de entrar en combate. Pobre Uriel, tenía los nervios deshechos, pero gracias a su temple de carácter, forjado en los cuarteles, entró al consultorio ecuánime y tranquilo, con una sonrisa de dignidad estoica. Prieto y correoso, tosco de facciones, ancho de espaldas, inmune a las arrugas por la tirantez de su piel cobriza, el orgullo lo mantenía firme a pesar de su quebrantada salud. Nadie hubiera sospechado que llevaba cuatro noches de insomnio y que esa mañana se había tomado cinco miligramos de Lexotán. Menos hábil para fingir, el circunspecto doctor Valdivia tenía el pesimismo dibujado en la cara y Nubia se temió lo peor.

–Pues ya tengo aquí los resultados de la angiografía coronaria, general, y he confirmado mis temores. Usted tiene coágulos en las arterias. Por eso siente esa opresión en el pecho y se desmaya cuando hace esfuerzos. Si no se cuida, en cualquier momento puede sufrir otro infarto.

 

Soledad coronada

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Soledad coronada

 

 

 

A Michael Schuessler

 

 

 

Clasificaba el nuevo catálogo de revistas extranjeras cuando entró a mi cubículo Jean Alcorta, el nuevo profesor visitante. Alto, fornido, de pelo rojizo y barba hirsuta, con vivaces ojos de ardilla y ancho cuello de pelotari vasco, sólo había venido un par de veces a pedirme libros de su especialidad, pero esta vez se apoltronó delante de mi escritorio con un vaso de café en la mano.

–Tú eres mexicano, ¿verdad? –me preguntó en un español afrancesado.

Como soy un criollo con facha de gringo y hasta entonces sólo habíamos hablado en inglés, la pregunta me tomó por sorpresa.

–Sí, soy de Puebla. ¿Cómo lo sabes?

–Es que la otra tarde andaba buscando libros en estos anaqueles y te oí hablando solo.

–Quizá estaba hablando con mi familia por el Skype –mentí para salir del paso.

–Pues no tenías enfrente ningún ordenador –dijo en un tono ambiguo, entre acusatorio y burlón.

 

Drama de honor

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Drama de honor

 

 

 

A Nacho Bravo

 

 

 

Tania dejó a los niños encargados con la sirvienta y al volante de una Suburban roja con vidrios polarizados, tomó la avenida Tetabiates rumbo al consultorio de su marido. Necesitaba descubrir la verdad por amarga que fuera, y sin embargo, el temor de enfrentarse con ella le tensaba los músculos de la espalda. Por desgracia, sus intuiciones nunca fallaban: Ramiro se había enredado con alguna puta, quizá conocida suya, y esta vez no se trataba de un simple capricho. De un tiempo a esa parte andaba esquivo, distante, perdido en un limbo de vanidad y egoísmo. No cabía en su piel de tanta hinchazón, como si le hubieran inflado los huevos con gas butano. Se acicalaba horas frente al espejo, celebraba con desgano los éxitos escolares de los niños, perdía el hilo de la charla en las comidas familiares de los domingos y en la cama pagaba el débito conyugal con una destreza de autómata, economizando el ardor y la pasión que sin duda prodigaba en el lecho enemigo.

 

La vanagloria

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La vanagloria

 

 

 

A Rosa Beltrán

 

 

 

Recibí la mejor noticia de mi vida en un momento de ofuscación y rabia contra el mundo. Había regresado a casa con mi gruesa mochila al hombro, la camisa anegada en sudor, tan vapuleado por la dura jornada en el instituto, que apenas tuve fuerzas para levantar en vilo a mi hijita Natalia, y mientras le daba vueltas en el aire, con un júbilo artificial de padre modelo, me sentí un poco fuera de lugar en esa escena de felicidad hogareña, como un actor suplente a quien le toca representar un papel aprendido de oídas. No soy un misántropo ni un enemigo de la familia. Adoro a mi hija y por ella me parto el alma dando seis horas diarias de clase. También amo a Toña, mi mujer, que estaba lavando trastes en la cocina y vino a besarme con las manos chorreando jabón. Alegre, coqueta, apasionada, su calidez afectiva es el contrapeso ideal para mi neurosis, y en cinco años de matrimonio, jamás hemos tenido un pleito que no pueda resolverse en la cama. Pero qué le vamos a hacer: a veces el amor asfixia y no pude evitar una sensación de ahogo cuando mis dos tiranas se me colgaron del cuello, como si quisieran apretarme el nudo corredizo del cautiverio. Más vueltas, papi, quiero más, pidió Natalia y aunque nada me costaba complacerla, esta vez le dije que papi venía muerto de cansancio.

 

Material de lectura

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A Marie Ange Brillaud

 

 

 

–¿Cómo que no vienes? –reclamó Mireya–. Pero si ya compramos los boletos del avión y no tienen reembolso.

–Lo siento, mamá –se disculpó Flor–. Me encantaría poder acompañarlos, de veras, pero resulta que ayer corrieron al gerente administrativo, y ahora tengo el doble de chamba. No me puedo tomar vacaciones con tantos pendientes en la oficina.

–Pues nos hubieras avisado con tiempo, para cancelar el viaje –insistió Mireya, que no creía en la disculpa ni en la falsa pesadumbre de su hija.

–Te juro que me da una pena horrible, ¿pero quién se iba a imaginar este contratiempo? Dile a mi papi que me disculpe y diviértanse mucho.

So pretexto de tener que despachar asuntos urgentes, Flor colgó sin mayores explicaciones, como para dejar en claro que había dicho la última palabra y no aceptaría ningún chantaje sentimental. Su abrupta despedida ofendió a Mireya más aún que su deserción de última hora. De unos años para acá, Flor la trataba como si fuera una vendedora impertinente, o algo peor, una limosnera de compañía. ¿Para eso le había prodigado cariño desde la cuna? ¿Para tener que soportar sus bofetadas y sus desprecios? Estaba tan indignada que al sorber el café derramó unas gotas calientes sobre su falda. Maldito pulso, necesitaba controlar esa temblorina o acabaría derramando toda la taza. Mientras se limpiaba las manchas con la punta de una servilleta húmeda, intentó adivinar los verdaderos motivos de la cancelación. Flor no necesitaba trabajar para vivir, ni había tenido nunca problemas para tomarse vacaciones en cualquier época del año. Simplemente quería evitarse el fastidio de convivir con sus padres durante cinco días de sopor, en un paraíso ecológico sin distracciones mundanas. Debemos de parecerle un par de viejos ridículos y aburridos, pensó, y quizá tenga razón. Pero entonces, ¿por qué no se negó desde el primer momento? Cuando Nicolás la invitó a la selva del Amazonas, hasta le brillaron los ojos de gusto. ¿O estaba fingiendo para complacer a su padre? Sí, en el restaurante no se atrevió a desairarlo, porque a pesar de todo, su autoridad le impone, pero a la primera oportunidad encontró una buena excusa para zafarse. No huye de mí, siempre nos hemos llevado bien. Lo que no soporta es tener una estrecha convivencia con su papá. Prefiere quererlo desde lejos, asomarse una vez al mes a la jaula del gorila, sin meter la mano entre las rejas. Total, para aguantar las mordidas estoy yo, ¿verdad, cabrona?

 

Cine Cosmos

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Cine Cosmos

 

 

 

A Xavier Labrada

 

 

 

Hay costumbres que uno mantiene por fidelidad a sus ilusiones de juventud, como un mendigo que se aferra a un abrigo andrajoso. Así es mi costumbre de ir a buscar aventuras al cine Cosmos a la salida de la oficina. La contraje en mis años de gloria, cuando era un efebo con cara de ángel perverso, copete ondulado con vaselina, cintura de avispa y un quiebre de caderas que dejaba a los hombres babeando de lujuria. No exagero, si alguien lo duda puedo enseñarle mi álbum de fotos. Guapo y temerario, me bastaba una seña, qué digo una seña, una miradita de reojo, para tener bramando a mis pies a los musafires más guapos del arrabal. En una sola tarde podía cogerme a tres o cuatro chavos, sin averiguar siquiera sus nombres. ¿Para qué, si nunca más los vería en mi vida? Las orgías en los rincones oscuros del cine me dejaban exhausto, efervescente de orgullo, con raspones en las piernas y mordiscos de vampiro en el cuello. Cuanto más rudos eran más me gustaban. Maltrátame, papi, así, más duro. Ahora, a los cincuenta y ocho, calvo, flácido, craquelado por las arrugas, con bolsas oculares y una barriga de bebedor que ni aguantando el aire puedo disimular, ningún chavo caliente se fija en mí. ¿Por qué no me retiré a tiempo, si ya no queda en el cine Cosmos ninguna loca de mis tiempos? Por necia, no tengo otra explicación. Soy como esas mulas que se van a su querencia con los ojos cerrados, aunque el jinete las quiera llevar a otra parte.

 

El manco Rodríguez

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El manco Rodríguez

 

 

 

A la Güera

 

 

 

Eusebio dejó caer el periódico y se frotó los ojos con angustia, como si quisiera despertar de una pesadilla. Pobre humanidad: Stalingrado a punto de caer en manos de los nazis. El intenso bombardeo de las últimas horas había dejado el casco antiguo reducido a escombros y el ejército rojo, atacado por varios flancos, no podía abastecer de víveres y pertrechos a los defensores de la ciudad. Primero España, después Europa, ahora la Unión Soviética: el fascismo triunfaba en todos los frentes. Si los rusos no detenían el avance de Hitler, la dictadura de Franco se afianzaría en España y adiós a sus esperanzas de un pronto regreso. Apretó con fuerza las mandíbulas para no ceder a la tentación del llanto. Nada de flaquezas mujeriles, a la mierda con el sentimentalismo. El vestíbulo del cine Orfeón estaba desierto, afuera comenzaba a lloviznar y sentía que la humedad de la noche le calaba los huesos. De joven era más resistente al frío, le bastaba tomar una copa de orujo para salir a trabajar como guardavías en plena nevada. Ahora en cambio se ponía doble camiseta y aun así pescaba resfriados que fácilmente podían degenerar en bronquitis.

 

Los reyes desnudos

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Los reyes desnudos

 

 

 

A Rafael Cauduro

 

 

 

Hipnotizado por el ronroneo del motor y la monótona raya punteada de la autopista, Claude puso la mente en blanco sin perder el control del volante. Podía conducir el BMW con el pensamiento en otra parte y, de hecho, algunas de sus mejores ideas musicales se le habían ocurrido en esos momentos de dulce abandono. Nadine venía hablando hasta por los codos de su novedosa técnica para oxidar planchas de hierro y de las piezas que le faltaba terminar para su próxima exposición, pero se interrumpió al advertir el desinterés de Claude.

–Estás en las nubes. ¿Tanto te aburro?

–Perdón, mi amor, venía pensando en otra cosa.

–Siempre te fugas cuando hablo de mi obra. Tú en cambio exiges atención absoluta cuando me hablas de la tuya.

–No exageres, Nadine, sólo me distraje un segundo.

–Lo que pasa es que yo no te importo. Ni yo ni nadie. Crees que todos somos imbéciles, ¿verdad? –Nadine hizo una mueca de indignación–.Te estás volviendo autista, Claude, sólo te miras el ombligo.

 

El converso

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El converso

 

 

 

A François Gaudry

 

 

 

Estaba gozando en sueños a doña Leonor Acevedo, la presidenta del patronato de obras pías, cuando un llanto infantil me despertó en la alta madrugada. Era un llanto sostenido y rabioso, que poco a poco fue ganando intensidad hasta perforar mis tímpanos. Tan hechizado me tenía el voluptuoso cuerpo de Leonor, que en el primer momento no quise dar crédito a mis oídos. Por fortuna, los berridos me apartaron de la cópula onírica antes de tener poluciones. Pensé primero que se trataba de una criatura enferma. Lo extraño era que el llanto provenía de la calle principal del pueblo, en donde estaban instalados los juegos mecánicos de la feria. Cuando logré aplacar la erección con un chorro de agua helada, bajé las escaleras de la casa parroquial, temiendo que alguna madre soltera hubiese abandonado a su retoño. No sería nada raro: el hospicio del pueblo está lleno de niños a quienes sus madres dejaron tirados en cualquier parte, porque los jóvenes preñan a sus novias antes de irse de braceros al otro lado, y luego no les quieren cumplir las promesas de matrimonio. Por si acaso necesitaba arropar al expósito, salí a la calle desierta con una cobija, crucé la plaza de armas y di vuelta a la derecha en avenida Morelos, guiado por el estridente llanto. En esa noche gélida de noviembre, con la niebla a ras de suelo, ni la criatura más robusta y bien abrigada podría sobrevivir a la intemperie. Llegado a los puestos de tiro al blanco, me sorprendió ver la rueda de la fortuna dando vueltas en medio de la brumosa luz mercurial. ¿Quién demonios la había puesto en marcha a las tres de la mañana? La sonoridad del llanto me indicaba la cercanía de la criatura, que imploraba socorro con toda la potencia de sus pulmones. Cuando llegué al pie de la rueda me froté los ojos, incrédulo: el llanto se oía con más nitidez que nunca, pero la rueda estaba vacía, girando a solas en la penumbra. Jalé la palanca de fierro para detenerla, y entonces el llanto cesó como por arte de magia.

 

La incondicional

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La incondicional

 

 

 

A Ana García Bergua

 

 

 

Parece mentira, sigues guapísimo a pesar de los años y la enfermedad. No te sonrojes, Saúl, lo digo en serio: ya quisieran muchos llegar a la vejez como tú. A los hombres las canas les sienta A una mujer canosa ni quien la voltee a ver por la calle, en n mejor que a nosotras, les dan un toque de distinción. cambio tú eres uno de esos viejitos guapos que todavía pueden arrancarle suspiros a las señoras. ¿Estás cómodo o quieres que te suba la almohada? Mejor no trates de hablar hasta que te quiten el aspirador de la tráquea, ya lo dijo el médico, primero tienes que sacar todas esas flemas de los pulmones. Quién iba a pensarlo, nunca probaste un cigarro, en cambio yo fumé toda la vida y el que acabó con enfisema fuiste tú. Cáncer de fumador pasivo, válgame Dios. Perdóname, gordo, nunca me imaginé que estuvieras tan delicado del aparato respiratorio, te consta que siempre tuve mucho cuidado para no echarte el humo en la cara. ¿Verdad que sí me perdonas? Una sonrisita, por favor, una sonrisita para tu nena. Me la he ganado a pulso por todo el amor que te he dado en treinta y cinco años de matrimonio ¿Quién te quiere más que yo? ¿Quién te ha dado comprensión y apoyo en los momentos difíciles? ¿Quién te levanta la moral cuando estás deprimido?

 

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