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La trama oculta

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¿Qué lector no ha querido conocer los secretos de un gran escritor? José María Merino, uno de los principales culpables del actual buen estado de la narrativa breve en España, nos regala algunas claves de su literatura.
La trama oculta supone un paseo por las distintas modalidades cuentísticas y miradas creativas del autor: en su primera parte predomina lo realista, en la siguiente prevalece lo fantástico –y hasta lo futurista– y hay un broche final dedicado a la distancia más corta, el minicuento.
Merino reúne en un solo libro, con este planteamiento, su estética y sus obsesiones en el género, al mismo tiempo que muestra la llave de su origen y su escritura. Su trama oculta.
De José María Merino se ha escrito: “… afianzado en un sólido ámbito de imaginación audaz y sutileza narrativa…”, Ricardo Gullón; “José María Merino no es solo un formidable escritor de ficciones, sino un magnífico explicador de sus secretos…”, José María Pozuelo Yvancos;  “una voluntad narrativa deleitosa… el empeño de ofrecer… un mundo que conexiona la realidad y la fantasía, la vigilia y el sueño, lo evidente y lo arcano, agrandando así la comprensión de la existencia”, Gonzalo Sobejano.

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La trama oculta

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Al observar con atención cómo se va tejiendo la vida, puede descubrirse en las relaciones entre nosotros –amor, amistad, rivalidad, colaboración, simpatía, aversión…– por debajo de lo que pudiéramos llamar el argumento visible, palpable, que con todos los matices que se quiera parece el único existente, otro argumento silencioso, otra trama muchas veces invisible, que acaso nunca se desvele o que de pronto nos sorprende al revelarse de modo súbito, de manera incongruente con lo que parecía la única existente.

Creo que el tema da mucho juego –está en la sustancia misma de nuestra personalidad individual y de nuestra organización social– y que sus posibilidades literarias son inmensas. Hasta pienso que buena parte de la ficción tiene que ver con el juego de las apariencias, de los grandes disimulos, de los amores no confesados, de las envidias en lo profundo resguardadas, de los odios celosamente mantenidos en secreto: la trama oculta.

 

 

 

 

 

El filtro de Venus

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En mi post-adolescencia, si se puede llamar así el tiempo en que yo era un jovencito, mi madre tenía un par de amigas de su edad que me encantaban. Las dos estaban dotadas con esas curvas que la moda ha desechado, pero que en aquellos tiempos eran paradigma de la belleza femenina. Una, gallega como mi madre, me trataba con mucho afecto, me llamaba guapo, me festejaba, y cuando se encontraba conmigo me daba unos abrazos para mí demoledores, porque en su apretón sentía clavarse en mi pecho sus protuberancias estimulando angustiosamente mis deseos. Sin embargo, yo era demasiado ingenuo para pensar que en aquellas efusiones hubiese algo más que el cariño espontáneamente manifestado hacia el hijo de la amiga en aquella mujer casada con un hombre mucho mayor que ella y que siempre la vigilaba con los ojos cautelosos de quien es consciente de la valía de su patrimonio.

La otra, en cambio, aunque también me abrazaba y me besaba, siempre me amonestaba, echándome en cara mi segura inclinación hacia lo que ella llamaba «las bailarinas»: «Menos bailarinas y más estudiar, José Mari», me decía entre susurros, sentada a mi lado en un sofá, mientras apoyaba con toda naturalidad su mano en lo alto de mi muslo. Pero yo era tan tímido, que no solo no me atrevía a decirle que de bailarinas nada de nada –no tenía ni información, ni dinero, ni arrestos para buscarlas–, sino que procuraba apartar mi muslo de su mano, para que no martirizase más mis naturales inclinaciones, y porque me parecía que aquel gesto de confianza, aunque casual, podía ser mirado con suspicacia por un tercero malévolo.

 

La mirada de Flora

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He visitado Frankfurt del Maine varias veces. Enseguida encontré el Städel y también el museo romano que recoge los restos de la antigua Nida, con muchos altares mitraicos que me hicieron descubrir la pista del zodiaco que se ofrece en la portada de San Isidoro de León… Pero hablaba del Städel. En él hice un hallazgo que me conmovió: el supuesto retrato de Lucrecia Borgia pintado por Bartolomeo Véneto. El cuadro me impresionó tanto que compré una gran reproducción que conservo enmarcada.

Aparte de los elementos legendarios que sin duda lo impregnan, hay en ese cuadro un mensaje sobre el sentido de la vida que no se va de mi imaginación. Y no deja de ser curioso que ofrezca tanta vigorosa frescura material, mientras que, por ejemplo, la Gioconda se va descomponiendo velozmente…

Cuando escribí este cuento había venido a mi memoria, con un sabor melancólico, no solo la muchacha de mirada escrutadora e inteligente que nos muestra el pequeño ramillete de flores, sino el ancho río deslizándose entre los grandes edificios, un cielo otoñal y gris inmovilizado sobre la ciudad, ciertos paseos solitarios en los que a veces me entretenía recorriéndola.

 

El fin del mundo

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Puesto a recordar momentos de la adolescencia, he encontrado algunos en los que me parecía que se había producido dentro de mí una catástrofe final, una angustiosa conciencia de abrupta interrupción que ya nada conseguiría restaurar.

Creo que los mitos están presentes dentro de nosotros –buscamos el Vellocino de Oro, que puede tener cualquier forma o sustancia, descubrimos a nuestro Adán o nuestra Eva y disfrutamos de nuestro Edén particular, sufrimos a nuestras Circes, a nuestras Harpías y a nuestros Polifemos…–, como creo también que cierta sospecha de fin del mundo nos persigue a lo largo de la vida.

Cuando los medios de comunicación pusieron de moda en el 2012 la supuesta profecía sobre el final de los tiempos –profecía bastante dudosa en una cultura, como la maya, basada sobre la idea del «tiempo circular»– recordé aquellas desoladoras impresiones y escribí el cuento que sigue.

 

 

 

 

El fin del mundo

 

Dios nos libre

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El origen de este cuento está en la cecina, el fiambre leonés de origen prerromano –¡nada menos!– que tanto me ha gustado desde la niñez –un sabor de la infancia, pues– y con ella, la rememoración de algún episodio poco glorioso de mi vida.

Brumosamente se mezclaron en mis recuerdos la adolescencia, los años universitarios, el tiempo del servicio militar…y, en fin, la convivencia con alguno de esos compañeros que, por razones físicas o psicológicas, son contemplados por los demás con cierta burla o conmiseración, lo que los obliga a actuar en un campo secundario y hasta servil…

 

 

 

 

Dios nos libre

 

Con el tiempo, mucho ejercicio y dietas de hambre, he conseguido tener este aspecto: aunque corpulento, no adiposo; pero en aquellos años era un muchacho muy gordo. Había sido un niño grueso y la adolescencia no me había hecho adelgazar, entre otras cosas porque, capaz de comer sin cesar, aborrecía cualquier clase de esfuerzo físico.

 

El último viaje

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En el cuento siguiente, y aprovechando el escenario del ferrocarril, además de homenajear a unos cuantos poetas admirados y recordar espacios que yo he recorrido en tren, me propuse también que lo más dramático de la historia estuviese medio velado y que la peculiar sabiduría poética del personaje anciano sirviese de consuelo a sus sentimientos…

Y ahora me doy cuenta de que todos estos cuentos están cargados de sombras de recuerdos personales que tienen que ver con el tiempo de mis años jóvenes, en este caso el ferrocarril León-Bilbao –que llamábamos «de la Robla» y que Juan Pedro Aparicio, con feliz inventiva, denominó «Transcantábrico»–, que tomé muchas veces para hacer excursiones por hermosos parajes con montes, sotos frondosos y ríos de aguas puras…

 

 

 

 

El último viaje

 

Yo había sido el primer viajero en ocupar un asiento en aquel vagón, y cuando percibí su bulto asomando al fondo apenas me fijé en él, pero se fue acercando y levanté la vista para observarlo con mayor atención: era un anciano flaco, de rostro muy pálido y ojeroso, que para andar se apoyaba en un bastón negro con empuñadura plateada. Se aproximó cada vez más, hasta llegar a mi lado, y se sentó en el asiento contiguo, lo que me produjo un desagrado instantáneo, porque el vagón estaba vacío y me parecía absurdo, molesto y hasta descortés que se hubiese colocado en aquel lugar.

 

El día menos pensado

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Aunque con los años me he ido acostumbrando a ellas, y mis convicciones escépticas no me prohíben montar un belén ni sentir la fuerte simpatía por los Reyes Magos que mantengo desde la infancia, nunca me han gustado las fiestas navideñas. Me parecen empalagosas en su sustancia, excesivas en número, cargadas de atracones caprichosos y enaltecedoras de un hipócrita sentido de armoniosa convivencia.

Además, cuando era muchacho, en las solemnes cenas de esos días podían suscitarse las peores broncas familiares del año, del mismo modo que más tarde, cuando creé mi propia familia y tales cenas reunían a miembros muy diversos, me obligaba a no tocar ciertos puntos de conversación y a no abrir la boca si se suscitaban –como la política– para evitar que el festejo se convirtiese en un debate rencoroso.

Este cuento de Navidad nació como una secuela de «La mirada de Flora», y al principio hasta pretendí relacionarlos de algún modo utilizando los mismos nombres, pero por fin desistí de ello.

 

La degollina

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Cuando cumplí los dieciséis años, mis amigos, que conocían mi gusto por la lectura, me regalaron los cuentos del padre Brown en cinco tomitos que todavía conservo –José Janés, editor–, y lo cierto es que no pude leerlos de un tirón, como había hecho con cada uno de los de su homónimo Guillermo, pues la prosa de Chesterton me resultaba entonces embrollada, para tratarse de textos reputados como policíacos, y no acababa de entender muy bien sus sutilezas humorísticas.

Con el tiempo leí a fondo todas las historias del padre Brown. Muchas son magníficas, algunas están traídas por los pelos, pero en todas destaca una peculiar atmósfera no sé si decir expresionista, verdaderamente interesante. Sin embargo, lo que me llamó la atención, más allá de la personalidad del curita protagonista, fue la virulenta convicción, por parte del autor, de que su fe era la única verdadera, y de que todos los que no la compartiesen eran estúpidos o perversos: los ateos, los sacerdotes de extraños cultos, los atezados faquires, son cínicos, manipuladores de noticias, organizadores de conspiraciones para desacreditar al avispado curita… cuando no suicidas.

 

La aventura invisible

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En el colegio de los hermanos maristas, donde yo hice la primaria y el bachillerato de entonces, tenían la buena costumbre de encargarnos redacciones con motivo de alguna fecha importante o de alguna excursión a un sitio peculiar.

En cierta ocasión, yo andaría por los once o doce años, íbamos a visitar la central térmica de Ponferrada y salimos de León muy pronto, llevando en nuestras mochilas la comida preparada amorosamente por nuestras respectivas madres –un par de huevos duros, un bocadillo, algo de fruta– y en nuestros bolsillos la calderilla suficiente como para comprar un refresco. Al llegar a Ponferrada pasamos por un sitio junto al río en el que nos reuniríamos para comer, y luego nos dirigimos al lugar de la visita, pero algunos nos separamos con sigilo del grupo –ahora no entiendo muy bien aquella insurgencia mía, porque yo era un estudiante respetuoso con las normas– y nos dedicamos a recorrer la villa, antes de buscar aquel lugar del río donde estaba previsto el almuerzo general. Como era preciso redactar un texto que explicase lo que habíamos visto, cuando llegaron nuestros compañeros –asistíamos los pertenecientes a varios cursos, en un par de autobuses, y nuestra ausencia no había sido advertida por los profesores– los que nos habíamos escaqueado quisimos saber en qué consistía la central. «Un asco», nos informaron, «huele fatal», y nos hablaron del carbón, de los hornos, de las carretillas, de las tolvas, de las cenizas, de los calentadores y turbinas, de las chimeneas… Con tales datos preparé mi redacción. Teníamos un profesor de literatura imperturbable, que cuando hacíamos las redacciones sacaba a dos autores a leer sus trabajos: los que consideraba el mejor y el peor. Ni era excesivamente humillante al resaltar los defectos, ni demasiado halagador al subrayar las virtudes. Me ordenó salir a leer mi redacción, y pensé que había detectado mi flagrante desconocimiento del asunto. Sin embargo, cuando concluí la lectura, resaltó mi capacidad de observación, lo bien reflejado que estaba el ambiente del lugar y los aspectos esenciales de la central. Creo que entonces tuve mi primera conciencia de escritor.

 

El mundo del silencio

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El cuento que presento a continuación tiene mucho que ver con mi gusto por el mundo submarino, que se inició cuando era muy joven y que jamás he perdido, y también hace un homenaje a la atmósfera supersticiosa que, dentro de la rigidez religiosa de la España de mi infancia y adolescencia, seguía fluyendo e impregnando ciertos imaginarios…

 

 

 

 

El mundo del silencio

 

La descubrí yo: estaba entre los cantos del fondo de la poza, a unos tres metros de profundidad. Al principio solo me llamó la atención aquella forma irregular que destacaba entre el conjunto homogéneo de las piedras redondeadas, pulidas. No conseguí llegar hasta ella porque, además de la profundidad, en aquel lugar la corriente del agua tenía mucha fuerza, pero sucesivas inmersiones me permitieron acercarme más y distinguir su figura con mayor transparencia. Entonces pensé que se trataba de la cabeza de algún animal extraño, que asomaba del fondo acaso a la espera de una presa: ojos feroces enmarcados en profundos arcos, largo hocico proyectado en un gesto agresivo, un par de colmillos en la gran boca abierta.

 

El peregrino

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Mi abuelo paterno, que provenía de un pueblo de la ribera del Esla, construyó un pequeño pero curioso edificio racionalista, para una especie de «albergue rural» de la época, justo al borde del Camino de Santiago, muy cerca de León. Creo que fue mi abuelo el primero que me habló del Camino, pero sobre todo de la Vía Láctea, como si fuese un elemento tan cercano y accesible como los chopos que flanqueaban la carretera. Tal vez yo he heredado de él cierto relativismo cósmico a propósito del lugar que ocupamos tanto en la Tierra como en el universo.

En aquellos tiempos era rarísimo ver esos peregrinos que ahora abundan tanto en toda aquella zona. La gente extraña que uno podía ver por la calle solía ir esposada y conducida por la Guardia Civil a la comisaría o a algún lugar desconocido. Sin embargo, nunca olvidaré que una vez pasó un peregrino por «El paraíso», como se llamaba el albergue de mi abuelo, un francés que debía llevar todos los documentos en regla –si no, no hubiera dado un paso en la España de Franco– con quien mi abuelo chapurreaba muy ufano en francés y me hacía sentirme muy orgulloso, porque lo entendía casi todo. Me parece que el peregrino no tenía dinero para pagar los gastos de hospedaje y manutención, y que mi abuelo se los perdonó, con gran escándalo de mi abuela.

 

Una tarde de buceo (Tres variaciones)

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Más cuentos de buceo. Sin duda tienen que ver con mi nostalgia invernal de una actividad que no dejo de practicar todos los veranos, y que me ha llevado a imaginar personajes buceadores.

En este caso, las «variaciones» surgieron a partir del primer cuento. La situación me había interesado mucho y se me ocurrió un segundo cuento en el que, partiendo del mismo arranque, explorase la trama en otro sentido. Otro tanto sucedió con el tercero. Seguramente podría añadir que lo que luego sucede en ellos –una extrañeza personal frente al paso del tiempo, y además la posible existencia de espacios paralelos que a veces me ha parecido intuir– obedecen a la lógica implacable que me dice que esos momentos felices, aunque puedan repetirse –ahora mismo se van acercando los días en que visitaré de nuevo la costa del sureste, y en los que pienso recorrer buceando ciertos lugares para volver a ver si persisten en cierto punto unas formaciones que parecen corales rojos, y en otro una pequeña cueva en la que el año pasado había un mero de tamaño respetable, y otra zona donde abundaban los pulpos, y otra en la que me encontré durante toda una semana con un cardumen de cientos de peces de unos quince centímetros de largo parecidos al reo, esa especie de trucha que en un momento de su vida asciende por los ríos, y que yo conocía por haberla visto en las rías gallegas…–, digo que, aunque esos días felices se repitan, al fin terminarán de una vez para siempre.

 

Extravíos nocturnos

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En muchas de las ciudades que visito encuentro el embrión de algún cuento, pero pocas veces lo dejo germinar, porque el regreso a casa suele llevar consigo la vuelta a la costumbre y al olvido.

En este caso la ciudad, asentada entre parajes muy hermosos, resultado del impacto de un meteorito, hace millones de años, me llamó la atención no solo porque es muy bella y abarcable y está llena de rincones peculiares, sino por su disposición social frente a la noche, tan extraña para un español.

Precisamente durante las noches yo la recorrí muchas veces, y la famosa leyenda que recuerdo en el cuento despertó en mí oscuras evocaciones, de manera que, al regresar e integrarme en nuestro verano, en el ambiente de una ciudad tan gozadora de lo nocturno como es Madrid, escribí el cuento que sigue, que tiene también algo de guía turística personal.

 

Este cuento está dedicado a Helena Zbudílova,

Lola Albiac, José Carlos Mainer y Josef Konicek.

 

Mal carácter

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Este cuento, aunque inspirado borrosamente en esas noticias de maltrato doméstico tan lamentablemente abundantes en los llamados medios de comunicación, en realidad pretende conjurar ciertos fantasmas personales, caracterizados por mis eventuales accesos de mal humor.

En él, además, penetro en los territorios del sueño, para mí tan atractivos. Lamentablemente, desde hace ya algunos años la mayoría de mis sueños se han vuelto borrosos, evanescentes, pero a veces hay alguno que tiene la verosimilitud de la vigilia, y con el paso de los años he descubierto también que en los sueños puedo comportarme de un modo que no tiene nada que ver con mi forma de ser y mis sentimientos en la vigilia. Como si, precisamente en el territorio del sueño, surgiese dentro de mí ese doppelgänger que tan estimulante me resulta como motivo literario…

Y también, por qué no decirlo, ahora que me voy haciendo mayor, aunque vivo en la feliz compañía de mi mujer, hay en el cuento cierta visión de esa soledad de los viejos, tan dramática en demasiadas ocasiones.

 

Prisa

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El steampunk es un subgénero de la ficción científica en el que la tecnología a vapor sigue siendo la predominante en un supuesto presente histórico.

En este cuento, que puede adscribirse a tal corriente, en lugar de centrarme en las máquinas de vapor opté por tratar el mundo de la bicicleta, para mí muy interesante: en realidad, yo defiendo la valoración que en el cuento se hace de las bicicletas. En este asunto, y en otros, me siento muy ufano de ejercer cierto neo-romanticismo…

El cuento apareció en el libro Steampunk, antología retrofuturista, de Félix J. Palma, que publicó la editorial Fábulas de Albión.

 

El cuento está dedicado a Álvaro Pombo.

 

 

 

 

Prisa

 

Era una mañana de verano y el sol refulgía en los manillares, en los radios de las ruedas, en los guardabarros, en los cromados de colores diversos de los cuadros tubulares, enalteciendo el bullicio mecánico de los autociclos que circulaban por la carretera y los caminos.

 

El relevo

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Descubrí el mundo de los vampiros en la para mí inolvidable película Drácula, dirigida por Terence Fisher e interpretada por Christopher Lee y Peter Cushing. Era el año 1959 y yo había llegado hacía poco a Madrid para estudiar Derecho. La novela se tradujo en España en 1962 –colección Lay– y conservo ese libro como un tesoro: en él el género epistolar alcanza cierto aire de auto sacramental, dentro de una escritura imperturbablemente realista. Después de Bram Stoker, descubriría a Sheridan Le Fanu y profundizaría en otras gloriosas muestras del tema: las historias escritas por Polidori, Hoffmann, Nikolái Gógol, Alekséi Tolstói… Hasta tal punto recuerdo con entusiasmo a estos clásicos, que todas las secuelas que han venido después me parecen una lamentable degradación del asunto.

Cuando escribí este cuento estaba en el norteamericano Dartmouth College, mientras impartía un curso sobre cuento literario. En los bosques de New Hampshire –enormes árboles en los que el otoño pone todos sus colores terminales, senderos apenas hollados, boletus edulis, osos, ciervos…– la soledad humana palpita con fuerza y puede propiciar en el visitante cierta propensión a las ensoñaciones fantásticas. Eran días en que cientos de mariposas venían a morir a las cunetas de la carretera entre penosos aleteos, en aquellos territorios de montes espesos y solitarios, donde el viento hace desplomarse de repente árboles inmensos. Es un lugar propicio a lo misterioso, y no me extraña que en la Nueva Inglaterra hayan escrito desde Edgar Allan Poe hasta Stephen King, pasando por Lovecraft y su círculo. Allí situé también el escenario del final de mi historia.

 

Duplicado

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¿Otra vez los límites del sueño y de la realidad? Pues sí, qué se le va a hacer. Creo que el día en que ese tema no sea una de nuestras preocupaciones sustantivas, habremos dejado de ser homo sapiens para transformarnos en otra cosa, y acaso vayamos camino de ello, si tenemos en cuenta que ya no soñamos, sino que un mundo de imágenes ajenas, externas, sueña por nosotros para vendernos un auto que puede alcanzar velocidades increíbles, un viaje a cualquier lugar el mundo o una instantánea y vacua comunicación virtual…

Sin embargo, hasta ahora los sueños han formado parte decisiva de lo que somos. Dejando aparte la imaginación de ciertos ideales abstractos –Libertad, Igualdad, Fraternidad– en los sueños volamos, tenemos personalidades que nos inquietan, los parajes familiares se transforman en espantosos, puede ocurrirnos cualquier cosa, por mucho que se oponga a las reglas y a las leyes de la vigilia. Mas no podemos decir que los sueños no sean un producto directo de nuestra realidad, e incluso de su ámbito más íntimo. Y en este punto quiero hacer observar que lo onírico, compitiendo con la vigilia, ha sido materia habitual de la narrativa, incluso en las ficciones literarias más apegadas al canon realista. Desde estas consideraciones, tal vez no sea inoportuno insistir en que, aunque haya literatura puramente fantástica, existe también una mayor o menor impregnación de elementos misteriosos provenientes del sueño, la intuición, la mirada poética, la memoria confusa, en la ficción no estrictamente fantástica, de manera que puede haber extraordinaria variedad en los resultados de la escritura, y no está del todo delimitada la entrada al reino de lo fantástico.

 

El túnel

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El túnel

 

La estación no está muy lejos y el profesor Souto piensa que todavía llegará a tiempo para coger el tren de las dos y regresar. Pero mientras recorre con prisa la acera a lo largo de los enormes muros, la sombra espesa le confirma la sensación de los días pasados. Aunque oculta por un aura cenicienta, la luz de agosto pone en los espacios que están a su resguardo una opacidad rotunda. Así, se mantiene en su conciencia la sospecha de encontrarse dentro de un túnel, de no haber salido de él en las últimas jornadas.

Es la tercera vez que visita la pequeña ciudad para asistir a un congreso profesional. En esta ocasión, lo tórrido de las fechas no lo amilanó, y a lo largo del período postoperatorio, la esperanza de estar curado y poder participar en el encuentro como uno más, liberado de sus padecimientos, lejos de la cama del hospital, de las agujas que se clavaban en sus brazos, de los tubos incrustados en los cañones de sus narices, penetradas sus entrañas por otras canalizaciones, le daba a la imaginación de la ciudad, sin duda reseca, con sus calles inundadas de sol y de calor, el fulgor de los espacios deseados, porque en ellos debía cumplirse un destino gozoso de libertad: y ninguno podía serlo más que este, estar aquí con la seguridad de que la terrible dolencia ha quedado atrás, y que los largos y penosos días de postración son solamente un recuerdo cada vez más vago.

 

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