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La vida ausente

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En las piezas que componen este libro, Ángel Zapata insiste en señalar ese vacío en torno al que gravita la existencia del hombre -el vacío de la libertad-; y además lo hace desencadenando el mecanismo del humor: el modo más punzante y corrosivo de cuestionar lo dado.

Atravesadas por el surrealismo, y por la cotidianidad más inmisericorde, las historias que van pasando ante nuestros ojos nos revelan el reverso mortífero y absurdo de esa supuesta “realidad” que aún acatamos. “Lo poético es lo familiar disolviéndose en lo extraño, y nosotros con él”, escribió Georges Bataille. Y una intención enteramente similar es la que inspira este libro. En las antípodas de la ficción-estándar que hoy consagra el Mercado -con su imposición de un realismo comercialmente correcto-, cada uno de los cuentos aquí reunidos es, por separado, un trepidante viaje al interior de nuestros sentimientos, de nuestros miedos, de nuestra esencia aún por desvelar. Una exploración sin mapas, pues, que entiende el cuento como el desarrollo de una protesta; y la escritura misma, como una praxis de la transformación.

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10 relatos

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La vida ausente

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La vida ausente

 

Cuando las miradas se consumen

cuando se recogen las cosas familiares en su

vacío y su sombra

en ese límite de la tierra donde las horas no pasan

la espera

como un gran viento helado te despoja

Aldo Pellegrini

 

Mi cuarto daba a un patio de tender, arbolado de sábanas castísimas y lencerías mansas, con un piar continuo de gorriones casi monástico, y el contrapunto de las pesas del ascensor, subiendo y bajando, que ponía en el sigilo de mis tardes todo el trajín doméstico del edificio. Mi cuarto era pequeño, recogido, no tenía nada de particular, salvo quizá aquel suelo de linóleo inconcebible que imitaba el parqué, un friso de plástico hasta media pared que imitaba madera (vale más no preguntar por qué), y un empapelado con florones rojos, casi heráldicos, que se imitaban, digo yo, a sí mismos. Era la época de lo plegable, de los muebles multiuso, y hacía poco tiempo en realidad que habían desaparecido de las casas, de los pisos, aquellas camas-mueble de posguerra con, en el frente, una cortina de hilo o de cretona estampada de flores, aquellas camas viudas donde dormían a veces las abuelas, los parientes de paso, las primas nebulosas, gordas, tristes, eternamente niñas, algo achatadas en los polos, como diosas agrarias, que un día venían a Madrid para hacerse unas pruebas, y morían en el pueblo unos meses después, anacrónicamente, supongo que de pura soltería, de sumisión, de hastío. Mi cuarto tenía una mesa redonda, extensible también, que era donde yo me sentaba a estudiar, a no estudiar; y una especie de armario gigantesco, muy socorrido, que ocupaba la pared entera, sucesor de los muebles de formica (sólo que ya aliviadoramente mate y con las puertas en color crema), compuesto por distintos módulos que cumplían funciones de escritorio, cama, estantería y armario ropero propiamente dicho. A mi cuarto nunca llegaba el sol, pues vivíamos en un piso bajo e incluso a mediodía había que tener encendida una luz, lo que hacía que fuese fresco en verano, polar en el invierno –«este muchacho va a coger aquí la tisis»; «arrópate bien, que te va a dar algo»–; pero yo comprendía que aquel frío era algo así como una herencia, un frío dinástico (o de clase, mejor), un frío navegable, con orillas de desmemoria y tiempo, un frío que ahora desembocaba en mí, en mi cuarto que olía a lejía y a colada del lunes, cruzando de puntillas los linajes del frío.

 

Días de sol en Metrópolis

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Días de sol en Metrópolis

 

Supermán daba vueltas al globo rompiendo la barrera del sonido, hacía cosas así, y en cambio hay gente, hay hombres más que nada, que se ponen a abrir una sencilla lata de berberechos y se rebanan las pelotas. Yo soy de esos. No estoy dotado de superpoderes. En absoluto. Pero Elvira está visto que no quiere enterarse, vive en su mundo, y no pierde ocasión –sobre todo esos días en que esperamos invitados– de confrontarme con mis limitaciones:

–Cielo: ¿podrías ir abriéndome estas latitas de berberechos?

–Ya; tú lo que estás buscando es que yo me rebane las pelotas, a que sí.

–Pues no, cielo. ¡Cómo iba a querer eso!

Supermán podía ver a través de los objetos sólidos. Ya no hay objetos sólidos. Los había hasta hace unos años. Pero ya no. Ahora sólo hay objetos que se acoplan y otros objetos que se desacoplan, larvas que viajan de un continente a otro, hay porteros armados con fusil que esperan a estar solos para hablar de la ruta de la seda. Va a ser de noche. Se anuncia un temporal. Y por eso se lo digo a Elvira:

 

Las otras vidas

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Las otras vidas

 

Toto se aburre en casa. ¿Por qué? Quién sabe. ¡Por qué se aburren las personas! ¿Por falta de imaginación? Él no diría que sea por eso. Toto no cree en las explicaciones fáciles (no cree, en general, en ningún tipo de explicación, ni fácil ni difícil) y el hecho crudo es que se aburre. Así de simple. Es un sábado del final de julio (por la tarde, más concretamente); y como a esas alturas del mes todas sus amistades se han ido ya de vacaciones («adiós, pasadlo bien, traedme una caracola de la playa»), Toto está solo, en casa, sin un plan a la vista para esa noche, más aburrido que un clavo.

A eso de las tres ha estado diluviando durante media hora (la típica tormenta de verano); pero ahora el sol vuelve a brillar, y desde la ventana del salón Toto comprueba que las aceras, las marquesinas de los autobuses, el verde desmayado de las acacias, el hombre que en la esquina vende chicles y globos, relucen como si alguien se hubiera molestado en envolverlos con un papel de celofán, o como si acabaran de traerlos los Reyes Magos. Toto no es insensible a estos detalles; en absoluto. No es un muerto viviente. Es sólo un hombre que se aburre en casa. Y que ahora mismo (van a ser ya las seis y diez) está dándose cuenta de que su situación es crítica (la ciudad despoblada, el teléfono en coma, el desierto de agosto a la puerta); y en ese caso –una de dos– o bien se amolda a lo que hay (pero lo que hay es nada, seamos francos) o bien apuesta por un esfuerzo heroico (pero Toto es contrario a cualquier forma de heroísmo) y entonces da los pasos necesarios para citarse por la noche con quien sea: literalmente con quien sea.

 

Un día vendrá

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Un día vendrá

 

De noche, en un hotel de carretera, acostados en dos camas gurruminas (los pies les sobresalen del colchón y se han dejado puestos los calcetines), se ve a un padre y a un hijo. El padre fuma en la oscuridad. Y el hijo, desvelado, mira parpadear en la ventana el neón del hotel, con ojos casi soñadores. En la mesilla que hay entre los dos, un despertador de cuerda –con los números fosforescentes– marca las tres y diez.

–Padre.

–Sí.

–Padre: ¿usted se sentiría orgulloso de mí si yo fuese hombre-rana?

–Sí.

–¿Y si fuese un modesto contable?

–También.

–Dígame una cosa, padre: ¿y si en vez de hombre-rana o contable fuese un león?

–No entiendo.

–Sí. Imagine que yo, en vez de estar aquí, acostado y sin sueño, con los pies asomando por el colchón, fuera esa clase de león tremendo que le ruge a la luna en la noche del trópico. ¿Lo ha imaginado ya?

–Más o menos.

–Muy bien. Pues ahora ¿qué me dice?

–Qué te digo de qué.

 

Migraciones

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Migraciones

 

1

 

Un trozo de algo, por ejemplo la hebilla de un cinturón, y un círculo de tiza dibujado en una pizarra, no podrían injertarse uno en otro –y ni siquiera permanecer por mucho tiempo uno al lado del otro–, pues las afinidades entre las cosas, regidas por el ciclo de las mareas, no admiten ese hueco, ávidamente diurno, de los encuentros impremeditados. Las cosas, dices, el peso de las cosas, un cepillo de dientes, una escalera de aluminio, también los reglamentos y el filo hendido de las lágrimas; esta alegría maltrecha de quien ya no imagina más tropiezos, pero sigue esperando a que esté oscuro para amontonar cabecitas de pájaro en la puerta de las comisarías.

 

 

2

 

Los elefantes son una forma de ceguera. No te rías. La desesperación es otra. Si pudiera elegir, me quedaría con la ceguera que se administra con cuchara. Los elefantes sólo se encuentran en manadas, como las piedras que ya ha alisado el mar, y por eso no hay modo de escupirlos.

 

La maquinaria de los teleféricos

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La maquinaria de los teleféricos

 

Las cosas, más o menos, sucedieron así. Un día de agosto, una galera atracó frente a la playa en donde estábamos tumbados mi mujer y yo, con pereza de hablar, disfrutando del sol y la brisa. La galera tenía todas las velas desplegadas; y un espolón en forma de cuchara, lleno hasta rebosar de un horrible jarabe para los bronquios. Pasaba un poco de la una. Recuerdo este detalle del jarabe, porque la arena de la playa, a aquella hora, se había convertido en azúcar; y allí donde el azúcar se endurecía hasta formar montículos, surgía un banco de boquerones vivos que atormentaba a los bañistas recitando la tabla del nueve.

–Vámonos cuanto antes, cariño –pensé decirle a mi mujer.

Pero en vez de decírselo, lo que hice fue darle mi reloj –muy decidido– y meterme en el agua. Craso error. Habría nadado dos o tres brazadas cuando el agua empezó a descomponerse en una infinidad de bolas diminutas –como una masa de mercurio–; de modo que avanzar se hizo imposible, retroceder también, y noté que me hundía sin remedio en aquel mar intensamente azul, que ahora veía abarrotado de navajas barberas, raíces de mandrágora y trompetillas para sordos. ¿Por qué me había empeñado tan tontamente en alcanzar nadando la galera? Y –sobre todo– ¿con qué derecho me había colocado en el trance de ahogarme sin el permiso expreso de mi mujer?

 

Climas

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Climas

 

La esperanza circula no en el sentido de las agujas del reloj, sino a través de un pasadizo blanco donde los vigilantes de los volcanes, con la cara tiznada de óxido, soportan que les nazcan en los pies ruedecitas de lluvia, y un plumaje violento, parecido a la voz de los cañones.

 

*

 

Quien ilumina el interior de una cisterna sabe de sobra que antes o después su boca emigrará a la etiqueta de las infusiones; y que esa claridad dejará posos, igual que el horizonte almacena sus huevos en el tejado de las serrerías.

 

*

 

El invierno puede ser benigno si se le ata a la puerta de los hipódromos. Si se le deja suelto, temed por la herradura disimulada al fondo de los altares, y por la quilla de los rompehielos.

 

*

 

Un día, por error, se calcula en doce años el promedio de vida de las estufas. Al día siguiente los beduinos tiemblan, los cangrejos de río se hacen fuertes parapetados tras sus barricadas, y una ola de frío polar inutiliza a los acordeones, para alivio de todos.

 

Belvedere

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Belvedere

 

Nadine y yo somos un matrimonio como cualquiera, en un bonito dúplex con jardín. No muy lejos de aquí pasan los años y se suceden las demoliciones. Pero Nadine y yo somos felices. Nuestros hijos han crecido rápido. Uno, el mayor, estudia en Boston. El mediano se fue a las misiones (a estornudar, nos dijo; no supimos por qué). Y el pequeño, que no mostró afición por los estudios, sigue aún con nosotros; y se entretiene haciendo de cocodrilo, los fines de semana, en el foso que rodea el jardín.

–¿En qué piensas? –me pregunta Nadine algunas veces.

–En ti –le miento; para no preocuparla sin motivo.

De perfil, nuestros hijos no se distinguen de un serrucho. De frente son idénticos a esa efigie ladina de George Washington que aparece en los dólares. Una vez, en un viaje que hicimos a Rotterdam, me quedé sin florines y pagué al conductor de un autobús con mi hijo mediano:

–Tenemos instrucciones de no aceptar serruchos –me dijo él.

Entonces nos apeamos sin protestar.

 

El diapasón de las llanuras tártaras

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El diapasón de las llanuras tártaras

 

Un domingo de nieve –muy cerca ya de Navidad–, un hombre con cabeza de merluza llama a mi puerta para pedir el aguinaldo:

–Los hombres con cabeza de merluza le desean unas felices fiestas –dice.

–¿Y…? –contesto yo.

–No, nada más. Sólo eso.

Me aguanto a duras penas el mal humor. Le doy algo (una moneda suelta que encuentro en un bolsillo de la bata), y después hago lo posible para olvidar el incidente. Pasan algunos días. Todo sigue su curso habitual. Pero el caso es que al final de la semana (el viernes, para ser exactos), estoy entrando des­preo­cu­padamente en una bombonería próxima a Sothebyʼs cuando una especie de rayo luminoso –denso y anaranjado– hace diana en mí. De repente me siento acorchado, conspicuo, hexagonal. Me descubro mirando un tazón de lentejas. Y lo siguiente que recuerdo es la figura abigarrada de una sota de oros, que me dice con­ una voz sinuosa:

–¡Thornton, cariño; Thornton! ¿Es posible que ya no me quieras? Soy yo, Thornton: ¡Mamá!

 

Mientras dicen adiós

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Mientras dicen adiós

 

Imaginen la estepa. ¿Qué estepa? Igual me da: una estepa cualquiera. Tierra y más tierra por todas partes. Imaginen eso. Con una carretera atravesándola, sí. Y allí, en la cuneta de la carretera (bajo un cielo dorado y bo­rras­coso, como de Antiguo Testamento), un ca­mión aparcado. ¿Qué tipo de camión exactamente? Un camión cochambroso, está clarísimo. La clase de vehículo anacrónico que parece escapado del desguace: ese camión vetusto (con una lona parcheada) del que uno entiende sin dificultad que el conductor lo llame por su nombre y le dé palmaditas en el morro, porque el hecho de ir cumpliendo años lo ha vuelto casi una persona, por un lado, y por otro, porque es sabido que los camioneros pasan tal cantidad de tiempo solos, que terminan poniendo ese cariño huérfano en cualquier cosa que les caiga a mano.

Imaginen la estepa, pues.

Y en la estepa, un camión.

Y en la cabina del camión, un camionero: un hombre calvo y poquita cosa, que no hace aún medio minuto acaba de salir de una siesta a deshora (bosteza, rezonga, se frota muy fuerte los párpados con los pulpejos de las manos); y que ahora mismo, apenas se incorpora en el asiento y mira vagamente hacia el campo vacío, ha divisado (por entre el polvo añejo del parabrisas) el movimiento de una figura humana que se acerca hacia él.

 

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