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La vida en obras

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La vida en obras desgrana catorce relatos escritos desde las entrañas con una cadencia que nunca deja de crecer. Como sus protagonistas: adolescentes y jóvenes cuyos privilegios son en realidad un obstáculo para ese crecimiento. El miedo y la capacidad de superarlo, nuestra identidad y nuestras decisiones. ¿Cómo afrontar la melancolía del cambio? ¿Cómo abrazamos nuestros deseos? ¿Cuál es el precio a pagar para hacerse un hombre o una mujer?
En su primer libro de relatos, Alberto Marcos nos introduce en el apasionante e incierto viaje que todos realizamos por alcanzar el mundo real y, como consecuencia, alcanzarnos a nosotros mismos. Pero para ello debemos superar esa permanente sensación de que nuestros ritmos son diferentes a los de los demás, de que cómo nos sentimos –lo que sospechamos que somos– no tiene nada que ver con lo que se nos pide que seamos. De que nuestra vida está continuamente en obras.

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14 relatos

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Monopoly

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Monopoly

 

La señora Villanueva es nuestra vecina del chalé de al lado. Encerraron a su marido en la cárcel, aunque no le han quitado la casa. Los coches sí (ni siquiera hay rastro del chófer), y, según mamá, muchas de las joyas. Ella sabrá, yo no me fijo en las joyas. En cambio, me fijo en sus dos hijos gemelos. Por las mañanas, el chófer los llevaba al colegio en uno de los coches. El colegio está a unos quinientos metros de casa, y más de una vez estuve a punto de pedirles si podían llevarme a mí también. Nunca me atreví, pero ahora eso no importa demasiado. A los chicos –César y Alonso– ya no les veo en el patio. Supongo que los habrán cambiado de colegio. Son cinco años más pequeños que yo. Por eso me compadezco de ellos y pienso en lo mal que lo deben de estar pasando. Hace unas semanas les envidiaba, y ahora me dan pena. Antes odiaba tener que ir andando al colegio, ahora pienso que es mejor que tu padre esté siempre de viaje, como el mío, a que esté en la cárcel.

 

Silvia y yo

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Silvia y yo

 

Me han regalado unas gafas de sol como las que llevan los chicos de mi clase. Son negras, alargadas, afilan la cara y te hacen más agresivo. O más interesante, no sé. El caso es que me da pudor ponérmelas, me siento un criminal, alguien que se esconde. Además, yo siempre he despotricado contra ellas porque nadie las usa para protegerse del sol, sino para ocultar su verdadero yo y transformarse en otra persona. Como cuando intentas desinhibirte bebiendo tres copas seguidas aunque el sabor te repugne.

Estoy vagando por la ciudad. El cielo está tan abierto que la atmósfera me hace daño en los ojos y me parece que los tengo hinchados, como si tuviera gripe. Es un sábado de primavera y la casa estará en silencio durante el fin de semana: mis padres siguen en la finca y mi hermano se ha marchado con unos amigos. He calentado unas sobras que apenas he tocado y he cogido la escúter hasta la parada. Y después de un recorrido en autobús interprovincial de diez minutos, he llegado a la Plaza Castilla. Luego el 27, Castellana abajo hasta Colón, donde la amplitud de espacio me ha relajado. Es la hora de la siesta, así que hay poca gente por la calle, que es lo que yo buscaba. Pero en esta plaza estoy demasiado a la intemperie, ahora me doy cuenta. Era esto o un callejón oscuro e intransitado. Al principio, la estrechez de aceras y portales sórdidos me aterraba y ahora creo que hubiera sido la elección correcta. Claro que todavía puedo buscar uno, a la sombra de los edificios de la gran ciudad, evadido de las miradas de la gente. Y sin embargo aquí estoy, voy a protegerme de una luz que no es dañina, a pavonearme de una seguridad que no tengo como todos los compañeros a los que desprecio.

 

Taxidermia

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Taxidermia

 

Abre la puerta del sótano y la luz de la escalera acuchilla la oscuridad, zigzagueante, da una forma difusa a las estanterías de metal, a los trastos cubiertos de polvo. Le bastan décimas de segundo para darse cuenta de que ha despertado a alguien de su letargo, de que es observada y de que su interrupción no es bienvenida. Aquel ojo ha almacenado la luz como un prisma y, al escudriñarla, lo hace con la furia de una estrella. Su mano temblorosa busca el interruptor en la pared y lo acciona con la esperanza de que el ojo deje de mirarla. Cuando el fluorescente parpadea, la estancia se inunda de una luz artificial. La cabeza de jabalí descansa en el suelo de baldosa, junto a dos sacos de basura rebosantes de cornamentas de ciervo y gamo. Su respiración se relaja en cuanto sabe que todo está en orden. Aquellos ojos no la miran a ella, más bien están clavados en el techo, como queriendo comprobar si, al otro lado de la cubierta de hormigón del sótano, del comedor en la planta baja, de la sala de estar del segundo piso y del desván protegido por lascas de pizarra, el cielo está nublado o brilla el sol. Nuria se dice que es una tonta, pero luego decide darse una tregua; no son ojos reales, sino cuentas de vidrio del color del té –canicas que los taxidermistas utilizan para representar la realidad de la forma más certera posible–, y esos ojos dan la impresión de que ven en todas direcciones, dependiendo desde donde se iluminen. Ahora que el fluorescente derrama esa luz densa y discontinua, queda claro que la cabeza de jabalí no puede ver nada. Ya no es un animal salvaje que hoza en busca de raíces, ni trota por la noche persiguiendo hembras receptivas. Alguien ha desollado su cabeza, ha tratado la piel con productos químicos y la ha colocado en un armazón. Después lo ha rematado con cera, arcilla, pintura, y otros elementos para conseguir la sensación de vida. Los colmillos del jabalí, habitualmente manchados de barro, sangre y verdín, resplandecen ahora como mármol recién bruñido. Ya no es más que un trofeo que pronto colgará en una pared para ser admirado por gente desconocida, quizá también por su propio cazador.

 

Medidas de seguridad

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Medidas de seguridad

 

Una banda de ladrones llevaba varias semanas aterrorizando el barrio residencial donde vivía Pedro Jaramillo y su familia. Según había leído en la prensa local, entraban en los chalés por una ventana y con bates de béisbol y otras armas parecidas reducían violentamente a los habitantes de la casa, sin importarles el sexo o la edad. Como se encargó de subrayar la madre de Pedro durante la cena, lo terrible del asunto era que, por mucho que se pusieran sistemas de seguridad avanzados y se cerraran los accesos a las comunidades con garitas privadas, los salvajes, si querían entrar, entraban. Su marido arguyó que si fueran salvajes no serían tan peligrosos ni tan escurridizos. Ella hizo un gesto vago con el cuchillo dando a entender que la conversación se desviaba de lo importante: la seguridad de su familia. Pedro no intervenía en la discusión: Yago, su hermano pequeño, mandaba mensajes con su móvil mientras el filete se enfriaba a la orilla de una guarnición de patatas fritas, y él, que hacía tiempo que había acabado su cena, le miraba molesto. ¿A quién estaría escribiendo un martes a las nueve de la noche? A una chica. Con Yago siempre había una chica. Pedro, en cambio, era virgen y nunca se había besado con nadie. Miró el plato lleno de su hermano y pensó: para qué comer un filete si puedes comer carne de primera.

 

Verano en Maryland

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Verano en Maryland

 

Una llamada de teléfono en plena madrugada no puede traer buenas noticias. Eso piensa Mateo cuando su madre golpea la puerta con los nudillos y asoma la cabeza, teléfono inalámbrico en mano, y le apunta con él como si blandiera un revólver. Va enfundada en una bata de seda roja con motivos japoneses.

–¡Tu padre está durmiendo! –dice con el tono frustrado del que grita en susurros. Pero no está enfadada, sólo se muere de ganas por saber quién rompe la quietud familiar de la noche y cómo esa interrupción se relaciona con su hijo.

Mateo se incorpora en la cama y tantea la mesilla en busca de las gafas. Con los párpados adheridos por las legañas, coge el teléfono, todavía dormido.

Una voz de mujer contesta con un torrente de palabras ininteligibles. Debe de ser un cruce de líneas, una broma pesada, quizá todavía esté soñando. Pero la impaciente presencia de su madre en el umbral de la habitación, como la de un carcelero que espera a que el reo salga de la celda para hacer sus ejercicios matutinos, tiene poco que ver con las imágenes que hasta ese momento habían dominado por completo los vericuetos de su inconsciente: decenas de cuerpos de jóvenes que caían desde un acantilado a las afiladas rocas golpeadas por un mar embravecido.

 

Cambio de casa

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Cambio de casa

 

Después de tomar unas copas, Javi invitó a Álex a subir a su casa para la última. Álex aceptó. En el ascensor, uno miró hacia el techo y el otro hacia el suelo.

Javi abrió la puerta del piso con su llave y dejó que Álex pasara primero. Tragó saliva mientras lo hacía.

–Bonita casa –dijo Álex.

Javi miró alrededor como si la observara por primera vez. Se había preocupado de limpiar y ordenar todo por si Álex se tomaba la última como efectivamente acabó haciendo. El apartamento consistía en un espacio diáfano con una cocina y un salón separados por un par de escalones y un pequeño dormitorio que se adivinaba a través de una estantería con pocos libros. La cocina estaba reluciente, la cama, hecha y sobre el sofá rojo burdeos los cojines parecían recién ahuecados.

–Me alegro de que te guste –dijo Javi. Y acto seguido se sentó–. Este sofá es muy cómodo.

Álex enarcó una ceja.

–Lo estreno hoy –se apresuró a decir Javi–. He pasado mis dos primeros meses sin sofá y ahora me parece que quiero estar aquí todo el rato tumbado. –Y sonrió forzadamente.

 

Bichos

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Bichos

 

La plaga se extiende por la terraza como un escalofrío. Ayer por la mañana había unas dos docenas de pequeños parásitos marrones contaminando el quicio del ventanal y esta noche bullen cientos de ellos por el suelo de pizarra. Julia se pregunta de dónde habrán salido. El viernes, antes de que se marchara de fin de semana, no estaban ahí, eso seguro. Salió a regar las plantas, como cada amanecer antes de ir a la agencia, y nada captó su atención, más allá de la terquedad de las manchas de whisky por no dejarse arrastrar hasta el sumidero desde que celebró su fiesta de cumpleaños.

–Ahora que vives sola –le había dicho su madre–, no querrás hacer fiestas. Antes había otra persona para limpiar tus estropicios, pero ahora te lo pensarás dos veces. Cariño, ya no tienes veinte años, por mucho que sigas poniéndote esa ropa.

Julia sabía que la razón fundamental para celebrar su aniversario había sido desmentir a su madre. O quizá se engañaba, y la verdadera razón de la fiesta era Álvaro y sus inocentes y maravillados ojos castaños de becario.

 

La lata de conserva

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La lata de conserva

 

En el bullicio del barrio de negocios más importante de Madrid, se yergue la Torre Picasso, con sus verticales de cristal perfectamente grabadas sobre el aluminio color hueso. A la sombra del rascacielos, se encoge un modesto edificio de viviendas, y en el portal, un hombre encorvado, con mono azul, limpia afanosamente la acera como cada mañana. Levanta pequeñas nubes marrones que se elevan unos centímetros, vuelan como queriendo salir de la calle hacia el ruido del tráfico y terminan por desaparecer al cabo de unos segundos de vida flotante. Después de un último escobazo, una nube terca se mantiene suspendida más tiempo del habitual. Cuando por fin se disipa, deja ver un ventanuco a ras del paso de los transeúntes que llegan tarde al trabajo. Si alguien lo limpiara con un paño húmedo vería a un chico de pelo negro rizado y ojeras violáceas teclear como un condenado ante la pantalla de un ordenador.

–¿Has traído tú estos pasteles? –pregunta una mujer rechoncha que viste una falda con estampado de palmeras y sujeta una bandeja de la pastelería Mallorca.

 

La mancha de humedad

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La mancha de humedad

 

¿Qué me gustaría hacer en esta tarde primaveral de viernes? Voy a decírtelo con toda sinceridad, Santiago: metería la mano en una de esas freidoras burbujeantes, dejaría que el aceite hirviendo me escaldara y se transformara en mi segunda piel, una piel reluciente, renovada, ambarina. Eso es lo que haría, aunque te pueda parecer melodramático. Pero todavía no hay casetas, ni fritangas, ni aceites. Esperaremos a otro día, ¿vale?

«Hay una mancha de humedad en el techo del ático, frente al ventanal de acceso a la terraza, como a un metro y medio del mismo. Con toda probabilidad, la filtración la provoque algún defecto en la impermeabilización de la cubierta. También se observa un desprendimiento del encintado de las placas de pladur del falso techo que se inicia en la tabica del cambio de altura y tiene una longitud de aproximadamente dos metros».

Leo el informe del aparejador y me parece una forma tan buena como cualquier otra de describir cómo me siento. La mancha de humedad es un bisonte rupestre. El desprendimiento del encintado es la grieta gigante que da forma al abismo. Estas dos últimas frases son de cosecha propia. Me muero de curiosidad por saber qué es lo que verías tú, pero no creo que eso vaya a ser posible.

 

La vida en obras

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La vida en obras

 

–Llevo más de un año viviendo en la oscuridad –dice Fernando a nadie en concreto.

–Seis meses –corrige su novia.

–Da igual.

Fernando, de pie, en medio del cuarto de estar, mira su reloj de pulsera y sabe que ha salido el sol hace una media hora. Pero su luz apenas alcanza el piso («todo exterior», decía el anuncio) que comparte. Hace seis meses comenzaron las obras para la rehabilitación de la fachada del edificio. Se levantaron unos andamios que quedaron adheridos al ladrillo como musgo. Después los cubrieron con una lona gigantesca que hace las veces de anuncio publicitario. A menudo, Fernando piensa que si una mano gigantesca quitara la lona en cualquier momento del día, miles de albañiles afanosos quedarían expuestos como hormiguitas en un terrario.

Una sombra blanca camina por la fachada y cruza la ventana del cuarto de estar tarareando una bachata:

«Si igual amor no puede haber...».

Marta abraza por detrás a Fernando y le acaricia con los labios el lóbulo de su oreja:

 

¿De qué hablan los hombres en el gimnasio?

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¿De qué hablan los hombres en el gimnasio?

 

Roberto iba al gimnasio cinco veces por semana. Ya ni siquiera padecía vigorexia, no hacía ejercicio para endurecer los músculos, ni para cuidarse, sino para saludar a los amigos, intercambiar impresiones con Wilfred, el monitor de body pump, y conversar en las duchas.

Un día su mujer le preguntó:

–¿De qué habláis los hombres en los vestuarios?

Y entonces se dio cuenta de para qué había ido todos estos años al gimnasio: para ser un hombre. Y, a juzgar por las miradas de los que le rodeaban y por la pregunta de Mariona, lo había conseguido.

Pero la complacencia que le produjo esa revelación se desvaneció a los pocos días. Y llegó, paradójicamente, de labios de Mariona.

–No te molestes –le dijo–, pero creo que tenemos un problema.

Roberto apenas pudo disimular su incredulidad. ¿Acaso no era todo perfecto?

–Hace mucho tiempo –dijo ella– que no disfruto cuando follamos.

Y se arrancó una pelusa de la manga del jersey.

 

El imprevisible vuelo de los vencejos

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El imprevisible vuelo de los vencejos

 

Para confesarle a Carmen que está enamorado de ella, Fabio ha elegido la terraza al aire libre de un parque cercano a la estación. Llega pronto y se sienta en una mesa a la sombra del sol de primavera. La tarde está en pleno apogeo, los colegios acaban de terminar y las explanadas de césped y los caminos de arena se llenan de niños que juegan y gritan y corretean persiguiéndose los unos a los otros. No le molestan. Al contrario, se siente protegido por los pequeños estallidos de vida y tiene la sensación de que no puede pasarle nada malo. Los copos de semillas flotando en el aire, el polvo arenoso que levantan los que hacen footing, el cielo azul suavizante cuajado de vencejos.

Una camarera alta, de tez morena y largos rizos negros recogidos en una coleta, se acerca con la intención de tomarle nota.

–Todavía no, espero a una persona, gracias.

La camarera sonríe y apoya el pequeño cuaderno y el lápiz mordisqueado en su cadera. Lleva un delantal verde en la cintura y, más arriba, una camiseta negra con un generoso escote. Tendrá menos de la mitad de años que él. Y hay algo familiar en ella.

 

Aderezos

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Aderezos

 

Se masturbó al salir de la ducha, guardó parte del esperma en una caja vacía de Nivea for men, se vistió para recibir a los invitados y, tras asegurarse de que nadie miraba, acabó por echar el semen en la salsa de arándanos que se calentaba a fuego lento en la cocina. Su mujer disponía los detalles en el comedor, redoblando servilletas y recolocando las velas torcidas. Apareció a los pocos segundos la criada para vigilar el asado del horno. Sonó el timbre.

–Beltrán, cariño, ¿quieres abrir?

Entonces se preguntó si no hubiera sido mejor echar el semen en el asado en vez en la salsa.

Graciela y Leandro rodeados de sonrisas, saludaron efusivamente a Beltrán. Dijeron «cuánto tiempo», «qué frío hace», «te veo fenomenal» y «Madrid está horrible los sábados». Él dijo:

–Felicia está en el salón, me quedo con los abrigos.

Felicia saludó a la pareja. Sofás de tapicería italiana. Cócteles. La criada y los aperitivos entraron en el salón, dejó la puerta de la cocina abierta.

 

Césped recién cortado

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Césped recién cortado

 

Uno de los recuerdos más vívidos de su infancia tiene que ver con los recreos en el colegio. Los niños de seis o siete años corren, se persiguen los unos a los otros por el descampado, todavía sin el polideportivo y el campo de rugby, y enarbolan los jerséis de color granate del uniforme. Giran y giran como hondas en busca de un objetivo que golpear, una mejilla indefensa, un brazo o una pierna desprotegida, un trasero en retirada. Algunos hacen un nudo en las mangas para que el impacto provoque más daño. Pero invariablemente los gritos de júbilo se suceden a los tropezones, los cardenales y los aullidos de dolor cuando una víctima es alcanzada. Los muchachos se desplazan como bandadas de gorriones y cuando se produce un arremolinamiento el juego se vuelve peligroso, excitante, mancha el polvo sus miradas pecosas, los faldones de las camisas flamean y el júbilo se vuelve tangible.

Él no participa en el juego. Observa desde la distancia, como un explorador en un safari. Y, como el que ve el curso irremediable de la naturaleza en el desgarro de una presa, siente escalofríos de pena y de dolor. ¿Acaso ninguno de sus compañeros se da cuenta? ¿Pueden ser todos ellos tan crueles, tan insensatos? Porque los jerséis que utilizan como juguetes de guerra tienen que haber sido, en su momento, confeccionados por manos de mujer amables, trabajadoras, puntillosas. Mujeres quizá, como sus madres, que sonríen con afecto y benevolencia al dar cada puntada mientras piensan que esas prendas servirán para proteger del frío a niños como él. Nadie parece pensar en eso mientras se empeñan en dejarse llevar por sus instintos, mientras se crecen bajo la ley del más fuerte, mientras maltratan la tela granate hasta convertirla en jirones.

 

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