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La vida imposible

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La vida imposible lleva camino de convertirse –por derecho propio– en un clásico de la microficción del siglo XXI. A las primeras ediciones, traducciones y recopilaciones –que recibieron los elogios de la crítica y los lectores– viene a sumarse esta nueva, corregida y ampliada, con numeroso material inédito.
Los microrrelatos de Eduardo Berti recorren de manera natural todas las realidades posibles, paralelas, simétricas o inversas, con un humor y una ironía dignos de maestros como Borges, Wilcock o Cortázar.
Un libro capaz de despertar una sonrisa incluso cuando se está hablando de terrores y obsesiones, de monstruos y seres fantásticos, o simplemente de niños que amenazan –como en el cuento que da título al volumen– con hacernos la vida imposible. 
De La vida imposible se ha escrito: “Con una prosa fluida, precisa, vigorosa, sin concesiones al criterio corriente de que sólo lo excrementicio es expresivo, la imaginación de Berti discurre libremente por los territorios que le importan”, Ernesto Schoo, La Nación; “Leerse este libro es como beber champán a cortos tragos. Cuando finaliza la lectura, uno advierte que lo ha pasado en grande sondeando estas piezas pequeñas”, José Ángel Barrueco, Literaturas.com; “lleva la marca personal de Berti: la búsqueda cautelosa del placer del texto a partir de gestos tan sutiles que harán creer a más de un lector que la inteligencia es un mérito propio”, Guillermo Saavedra, Rolling Stone.

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93 relatos

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Doble vida

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Doble vida

 

En cuanto supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de su otra mujer y la dirección del otro hogar. Llamé a la puerta con una excusa cualquiera –una inspección de la compañía de seguros, o algo así–, y una mujer alta y equina me invitó a entrar. Entonces no pude dar crédito a lo que veía: el interior de aquel hogar era una réplica perfecta del que habíamos compartido mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado distribuidos exactamente igual, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso.

De vuelta en casa, esa noche me dediqué con malévolo placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre seguía perpleja mis movimientos, pero no le dije nada de mi visita a la casa y cenamos en silencio.

De pronto recordé la vez que, siendo un niño, rompí el jarrón chino que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido desproporcionado. Ahora podía entenderlo. Podía incluso imaginarlo al día siguiente, destruyendo a conciencia el jarrón igual, sólo para conservar la simetría con su otro hogar.

 

Caso del reloj

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Caso del reloj

 

En un pequeño pueblo de Guatemala hay un extraño reloj de arena. No mide ni medio metro de altura y ocupa el centro de una plaza colonial, presidida por una iglesia del siglo xviii. La alcaldía ha contratado a cuatro hombres para que mantengan aseado el reloj –atracción principal en cien kilómetros a la redonda– y para que lo den vuelta sin tardanza toda vez que se haya agotado. Esto último no es simple dado que la arena nunca cae a igual velocidad por el cuello: en ocasiones se toma diez minutos, en otras demora hasta cuatro o cinco horas, sin que haya entre cada vaciarse ninguna clase de secuencia lógica. Sin embargo, si se observa con cuidado, se verá que los guardianes siempre acaban dándolo vuelta veinticuatro veces por día, ni una más ni una menos, como si cada periodo establecido por la arena equivaliera, para el reloj misterioso, a cada una de las horas que conforman un día.

 

 

La última mujer

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La última mujer

 

Ella sentía tanto pudor que evitaba desvestirse en su presencia. Un pudor desmedido, observó él. Un pudor que ocultaba, se diría, algún misterio. Por fin le dio la espalda, se quitó la blusa y volteó enseñándole unos senos puntiagudos, aunque cruzando los brazos a la altura del abdomen. «¿Ves?», le dijo sin mirarlo. «Ningún hombre vio antes esto», y le mostró en consecuencia su asombroso cuerpo sin ombligo.

«Cuando nací –contó–, no hizo falta cortar el cordón umbilical. Tiraron de él y mi ombligo se arrancó, limpio y entero, del vientre. Mi padre me puso Eva, como la primera mujer que, al nacer de la costilla de Adán, también carecía de un ombligo. Mi madre se sobresaltó y, en un arranque de superstición, exclamó que si la primera mujer había nacido sin ombligo, ahora yo podía ser muy bien la última. Los médicos rieron de buena gana; aun así, hasta que en el ala contraria no nació la siguiente niña, una incertidumbre (no sé si exagerada) reinó en aquel hospital».

 

La edad de oro

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La edad de oro

 

Treinta y cuatro años después de haber concluido un diminuto óleo llamado La edad de oro, un ignoto pintor suizo leyó por casualidad que en cierta exhibición colectiva de arte abstracto que se celebraba en Austria su cuadro era estimado como el mejor. Hablaba el crítico de «un tardío descubrimiento del autor», reclamaba una muestra exclusiva de su obra y hasta se atrevía a un juego de palabras, bastante pueril por cierto, entre el título del cuadro y los años transcurridos a partir de su creación.

Curioso por saber cómo era eso de recolectar elogios y capturar las miradas, el ignoto pintor suizo partió en tren con destino a Viena, y ahí se encontró con que el óleo aclamado era el suyo, aunque colgado boca abajo, debido a un grosero descuido de los responsables de la exposición.

Lo habían descubierto «al revés», era y no era suyo el cuadro festejado, pero nadie más que él y dos decrépitos expertos de su patria eran capaces de advertir la situación, porque su firma era una especie de equis que se leía igual en todos los sentidos y porque sus óleos, de tan desconocidos, en casi nada se diferenciaban de cualquier obra inédita.

 

Una voz distinta

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Una voz distinta

 

Conocí a una mujer, la abuela de un amigo, que cada día se levantaba con una voz distinta. No se trataba de un desplazamiento gradual del timbre hacia un registro más grave, como suele ocurrirle a tanta gente, sino que cada mañana desde la oscuridad de su garganta parecía nacer una voz nueva, independiente de la voz anterior. Nada me asombró al frecuentarla como la coherencia de sus opiniones. A pesar de tan ancha variedad de voces, pocas personas he visto más consecuentes en materia de ideas.

 

 

Toreo remoto

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Toreo remoto

 

Contra los consejos unánimes, el célebre matador andaluz volvió once meses después de un accidente en el que estuvo cerca de perder la vida. Su regreso no pudo ser más comentado porque el torero, medio tullido en una silla de ruedas, fue depositado en el centro de la arena con una capa roja sobre las piernas, lo mismo que una manta, y otro torero –primo hermano suyo– decidió desde las gradas, provisto de un control remoto a botonera, hasta el menor desplazamiento de la silla. El matador se retiró aclamado por este raro toreo remoto, pese a que alguna fortuita interferencia estuvo a punto de empañar la jornada.

 

 

El traductor apresurado

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El traductor apresurado

 

Un muy novato editor de París, que dirigía una colección que daba preponderancia a los libros de los clásicos (no por amor a las «obras inmortales», sino porque los literatos muertos no pretenden cobrar regalías), dio a traducir la novela Vathek, de William Beckford, sin saber que el inglés la había escrito originariamente en francés y que la versión que él tomaba como el texto madre no era otra que la traducción del reverendo Samuel Henley. El traductor que recibió el encargo –un afable especialista en letras góticas– nada dijo del error; muy al contrario, fijó sus honorarios y apareció a los diez días en la casa editorial con la labor cumplida, vale decir, con una copia fiel, letra por letra, del original francés de Beckford. El editor se quedó atónito. Ya le habían dicho que este traductor era muy eficiente, pero tal celeridad le resultaba inconcebible.

Trascurrieron dos meses y el especialista en letras góticas recibió un llamado del editor. «La traducción está bastante bien pero me he permitido introducir algunos cambios para nada relevantes». Decidido estaba el traductor a confesarlo todo, a aclarar el malentendido, cuando escuchó que el otro le recomendaba: «No se apresure tanto la próxima vez. Es innecesario y se nota».

 

Por aproximación

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Por aproximación

 

Antes de cruzarme con algún conocido al que no he visto en años, los días previos empiezo encontrarlo por aproximación. Esto significa que dos días antes me cruzo por azar con un extraño que me recuerda vagamente a este conocido, y horas más tarde, o un día después, vuelvo a cruzarme con otro extraño todavía más parecido a este amigo que anuncia así su reaparición. En ocasiones la aproximación es breve: una o dos caras similares y por fin el sujeto original. Pero en otras oportunidades la cadena se prolonga a tal punto que los eslabones finales, me refiero a los últimos transeúntes desconocidos, en la práctica resultan casi idénticos a aquel querido amigo. Varias veces he llegado a saludarme con uno de estos sosias. Otras he inferido que en verdad se trata de quien pienso, sólo que ya me ha olvidado o finge no reconocerme.

 

 

El caso del director

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El caso del director

 

En Holanda, un director de cine fue inculpado de asesinar a ocho actores que, en los años precedentes, habían trabajado bajo su tutela. El motivo de los crímenes, según la policía de Amsterdam, es que el cineasta nunca pudo sobrellevar el hecho de que sus actores interviniesen en películas de otros. En un reportaje de hace ya dos décadas, el director se había manifestado en contra del star system. «Los actores de cine, excepto aquellos pocos que realmente saben caracterizarse, no deberían interpretar más que un personaje en la vida», dice aquella entrevista que fue de preciosa ayuda a la hora de las pesquisas.

 

 

Pendiente del correo

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Pendiente del correo

 

A poco de cumplir los ochenta, mi tío H. me llevó aparte en la noche de Año Nuevo –la única vez, dicho sea de paso, que todos sus parientes lo veíamos– para revelarme con el ceño arrugado que vivía desde principios de aquel diciembre pendiente del correo, ya que estaba recibiendo de vuelta todas las cartas que había escrito (desde las misivas sociales y las declaraciones de amor hasta su correspondencia profesional), y no de cualquier manera sino que en perfecto orden retrospectivo.

El cartero le entregaba una carta por día, y era inútil que mi tío lo asaltara con preguntas: siempre estaba emborronado el remitente, por lo tanto en la estafeta nada podían informarle. Estimaba tío H. haber despachado, en su vida, entre ciento ochenta y doscientas cartas, de tal forma que a este ritmo aún le quedaban –calculamos– cuatro o cinco meses para zambullirse en la vieja correspondencia, para leer su propia letra como si fuese la de un desconocido.

 

 

Las manos al revés

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Las manos al revés

 

Aseguran que a mediados del siglo xix hubo en Irlanda un delicioso pianista que interpretaba de memoria y con enorme maestría el repertorio completo de Bach, aunque de un modo más que inusitado: cruzando sin cesar las manos, invirtiéndolas, tocando lo dispuesto para la izquierda con la mano derecha y viceversa. Ha sobrevivido el testimonio escrito de un pastor que alcanzó a verlo en escena, ya muy anciano: «¿Cómo puede brotar música tan dulce de este cuerpo que lucha por no anudarse, de estas manos que ignoro por qué razón insondable el Señor quiso poner al revés?».

 

 

Este libro no existe

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Este libro no existe

 

Un hombre sueña que escribe un libro. Cosa curiosa, el sueño le alcanza para sentarse y escribir de un tirón una corta novela de un centenar de páginas, a la que titula Este libro no existe. El hombre se despierta tras acabar la escritura, aún reconoce el hormigueo del bolígrafo en la yema de los dedos, se lava los dientes y la cara, se viste para dirigirse a su trabajo y en la librería Cervantes, que visita a menudo porque le queda de paso, entre las novedades que se exponen sobre una mesa cuadrada encuentra un libro que en la tapa no sólo lleva su nombre y apellido sino el mismo título de aquel que escribió mientras soñaba. El hombre compra el libro y lo lleva al trabajo. Pocas horas más tarde, ya en su casa, cena a toda prisa con el fin de leerlo metido en la cama, pero pronto descubre que este libro nada tiene que ver con el del sueño. Más aún, el libro que ha comprado no le gusta, le resulta un melodrama intragable. Claro que lleva su apellido en la tapa y –sólo ahora lo advierte– una foto suya en la solapa, de manera que se siente responsable de su existencia en el mundo y se obliga a completar su lectura. Es muy tarde cuando apaga la luz y se queda dormido. Llega el día siguiente y ningún rastro hay del libro sobre la mesa de noche, ni tampoco en la librería. «Jamás he oído mencionar esa novela», se disculpa un vendedor. En ese mismo instante el hombre se despierta, busca en vano el libro por todas partes, se levanta, se lava los dientes y la cara, hace un corto llamado («lo siento... un dolor de cabeza... hoy no podré...»), se viste, prepara café y por fin se sienta a la mesa ovalada de la cocina, para ponerse a escribir una novela acerca de cierto hombre que escribe una novela que resulta, a la postre, opuesta a aquella que planeaba.

 

Noticias antes de tiempo

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Noticias antes de tiempo

 

Un influyente matutino de Bruselas publicó, a lo largo de tres meses y a ritmo de una por día, una serie de breves informaciones de índole local –siempre arrinconadas en la página ocho–, que al momento de la salida del diario aún no habían ocurrido pero que se cumplían inexorablemente a las seis de la tarde, para salir a la mañana siguiente en los otros periódicos de Bélgica. El fenómeno fue detectado por un exmaestro de escuela que presentó una demanda acusando al director del matutino de «promover hechos desgraciados y/o delictuosos». Para que estas noticias se realizasen había sido necesario –alegaba el demandante– que alguien allegado a la redacción cometiera el incendio, el secuestro, el robo o el crimen allí profetizados. Nada pudo probarse en tribunales. El director se negó con terquedad a revelar cómo obtenía dichas «primicias», amparándose en la «confidencialidad de sus fuentes». El juez fijó, no obstante, una multa abultada contra el matutino por haber divulgado «noticias antes de tiempo».

 

Mentira

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Mentira

 

Es mentira que los animales no hablan. A todos les ha sido concedido pronunciar una sola palabra en el idioma que más gusten, a condición de que lo hagan a escondidas de los oídos humanos. Muchos animales nunca se resuelven a elegir un idioma ya que todos, a su modo, les parecen imperfectos. Otros, los que vencen la duda, a menudo no saben qué palabra escoger y acaban malgastando la ocasión, profiriendo un insulto, un grito de destemplanza o soltando, así nomás, aquel nombre que un buen día le adjudicaran los hombres a su especie.

 

 

Un pecador

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Un pecador

 

Un padre confesor llamó a su lecho de muerte a otro sacerdote para decirle, cubierto de vergüenza, que en los últimos cuarenta años de escuchar confesiones no había hecho otra cosa que apuntar las más atroces para llevarlas a cabo él también. Hurtos, violaciones, crímenes, estafas. Todo lo había hecho el sacerdote, lleno de curiosidad, tal cual se lo habían relatado los fieles.

Su remordimiento, ya cerca del fin, no le impedía jactarse de ser el «mejor pecador de la historia». El «peor pecador», corrigió el otro, inclinado ante su lecho. Ambos comprendieron enseguida que hablaban de lo mismo y no tardó en llegar la absolución.

 

 

La repetición

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La repetición

 

Mi existencia es muy curiosa: todo hecho vuelve a sucederme, no importa su relevancia. Condenado a la repetición, espero otra vez los buenos momentos y temo el retorno de aquellas desgracias que he debido soportar. De mi vida, existe un solo hecho que no se ha repetido: mi nacimiento; aunque me parece recordar otro parto y otro vientre que no es el de mi madre. Pocas veces aguardé en vano que un episodio volviera a ocurrirme. En tales casos, si algo no consigue repetirse, de inmediato descubro mi obtusa confusión: aquel acontecimiento que yo suponía primero renueva, en verdad, algún hecho olvidado. Este texto, por ejemplo, a veces pienso que volveré a escribirlo, otras veces creo que es la copia de otro.

 

 

Maternidad

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Maternidad

 

Hace poco más de un año que las mujeres de cierta aldea rusa dan indefectiblemente a luz animales mamíferos en vez de niños. Superada la sorpresa, resignados a esta realidad todos los pobladores, a la pregunta «qué ha sido, ¿una niña o un varón?» sobrevino otra que apunta a averiguar la clase de animal que resultó alumbrado, si perro o tigre, si gato o chimpancé. Las mujeres más envidiadas del pueblo son aquellas que paren algún animal doméstico, ya que sólo ellas –se estima– podrán desplegar sin mayores peligros todo su instinto materno.

 

 

El décimo

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El décimo

 

En las veintinueve novelas del escritor pakistaní V. R. N., los personajes siempre son nueve (cuatro mujeres, cinco hombres) y llevan siempre los mismos nombres, aun cuando de un libro a otro sus edades, atributos, profesiones o roles sean diametralmente diferentes. De esta forma, si en una novela A. es la madre de Q., en la siguiente son hermanos, en otra son concubinos, en otra más reciente son vecinos y en la penúltima incluso se dan vuelta los términos, de modo que ahora Q. es el padre de A.

Este procedimiento ha sido comparado por un crítico británico con «un músico que se hubiese impuesto la restricción de escribir equis cantidad de notas para equis cantidad de instrumentos, consiguiendo pese a todo melodías y armonías memorables».

Al momento de su muerte, en 1994, V. R. N. trabajaba en su trigésima novela, en la que había resuelto adicionar por vez primera un personaje: el de una quinta mujer. Según su único hijo, el dibujante y actor L. R. N., el anciano escritor halló la muerte en su mesa de trabajo, sobre la cual se encontró cierto cuaderno donde, a mano, entre los débiles meandros de una letra como de insecto, acababa de hacer su aparición aquel décimo personaje.

 

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