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Las buenas intenciones y otros cuentos

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Un ángel con bucles dorados y alas de nieve, un bombero al que un surtidor de centellas le nace del corazón, un sabio profesor que inventa la leche que canta villancicos, un hombre borroso que busca su sitio en el domingo interminable del más allá... La mezcla vigorosa de lirismo y humor, de tradición y vanguardia, que caracteriza la narrativa de Ángel Zapata brilla a lo largo de estas páginas en toda su singularidad y su poder de sugerencia. Con su primera edición, en 2001, Las buenas intenciones y otros cuentos conquistó la adhesión entusiasta de los lectores y el aplauso unánime de la crítica. En apenas diez años el libro se ha convertido en una obra de culto, y en uno de los títulos más influyentes entre las últimas generaciones de cuentistas.  
De Ángel Zapata y su narrativa se ha dicho: "Ángel Zapata enriquece nuestra literatura con catorce cuentos inolvidables", Medardo Fraile, Cuadernos del Sur; "Sus cuentos se caracterizan por el cuidado con que están planteados y escritos, por su meditada composición, y por la variedad de registros que en ellos se experimentan", Ricardo Senabre, El Cultural de El Mundo; "Un notable cuentista (…), en el que destaca el gusto por la concisión y la estructura cerrada", Santos Sanz Villanueva, Revista de libros; "En estos cuentos, el lenguaje está cuidado hasta la extenuación", Manuel Moyano. El Kraken.

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Mitades

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Mitades

 

Me notaba rendido aquella noche, pero la marca roja que Concha tenía en el hombro a mí me parecía un chupetón, y así se lo dije.

–¿Te refieres a esto? –me dijo ella. Y se señaló la marca, sin levantar los ojos del libro.

–Sí, Concha.

–Pero Alberto ¿estás tonto o qué? ¿de qué iba a tener yo un chupetón?

–Pues de follar, Concha. Hasta donde yo sé, los chupetones salen de follar, o de darse la paliza, o de otras cosas por el estilo.

–Tú sí que estás paliza, Alberto, hijo. Anda, duérmete, y mañana será otro día ¿eh?

Por un momento le hice caso a Concha. Dejé las gafas junto al despertador, apagué la lámpara de mi mesilla y me puse a dormir. Pero no había manera. Seguía pensando en el chupetón. «Duérmete», me había dicho. Y a pesar del cansancio, medio dormido y todo, pude oír cómo Concha tardaba una eternidad en pasar la página del libro que se había llevado a la cama, cuando ella, normalmente, suele leer muy rápido.

De modo que era inútil empeñarse en dormir y volví a espabilarme. Concha y yo nos habíamos casado seis años antes y faltaban unos pocos días para que fuese nuestro aniversario. En todo ese tiempo habíamos tenido algún altibajo, pero las cosas entre nosotros no podía decirse que fueran mal. Yo nos veía bien como pareja. Nos veía normal por lo menos, ni mejor ni peor que las otras parejas que conocíamos. En los últimos meses, quizá Concha había estado un poco más fría que de costumbre. O puede que muy fría incluso. Pero yo lo achacaba a su carácter, algo inestable en general. Dejé correr las cosas. Eso fue lo que hice. Ahora había una marca en su hombro. Y no servía de nada esforzarse en dormir.

 

Justo y el ángel

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Justo y el ángel

 

Justo me dice que no haga caso. Me dice que haga como si no le viera. «Tú, ni caso», me dice Justo. Me insiste en que el precio del piso ha sido una ganga. Y en que el ángel de la anunciación, con sus bucles dorados y sus alas de nieve, se cansará algún día de aparecerse a las doce, junto a la máquina de coser, y llamarme «bendita entre las mujeres».

–A ti qué más te da lo que te llame –me dice Justo–.Tú piensa en que este piso tiene un balcón hermoso, Antonia; y en que está bien comunicado.

Eso me dice.

–Bendita tú entre las mujeres –me dice el ángel todos los días.

Y a pesar de sus bucles dorados y sus alas de nieve, yo me pongo roja como una manzana, porque me lo dice con mucha intención.

–Tú ni caso –me insiste Justo.

Y entre Justo y el ángel van a volverme loca.

 

Quizá una mala racha

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Quizá una mala racha

 

Si se ponía a pensarlo, y era algo que hacía a menudo, a Pablo le daba miedo que de tanto respirar la gente se acabara el oxígeno. Aquello del oxígeno lo había explicado unos días antes don Evelio, en la clase de Ciencias, y cuando a Pablo le venía esa aprensión, la de que el aire se agotase, se estaba un rato grande, media hora quizá, llenando los pulmones a bocanadas cortas –lo mismo que los peces o las personas cuando se disgustan–, y hasta se hacía el propósito de acostumbrarse y respirar sin avaricia.

También por esa época, a principios de junio, su madre quiso llevarle de visita a casa de su amiga Encarnación, que se había hecho testigo de Jehová. Y Pablo recordaba aquella tarde porque Encarnación les había sacado café y unas galletas largas con sabor a canela que se llamaban napolitanas, y luego pasó todo el tiempo hablándoles del fin del mundo, de lo cerca que estaba, y de cómo había ahorrado para poner una litera en el cuarto de los niños, y ahora opinaba que no: que para unos meses, para un año a lo más, ya no valía la pena meterse en obras:

 

Ecuador

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Ecuador

 

Colocas un hueso, puede que un fémur de gigante, encima del mantel, hijo mío: a la hora de comer, a la hora de cenar, a la hora triste y minuciosa del desayuno; colocas ese hueso con un gesto casual que podría confundirse con la clemencia (tres huesos al cabo del día, no sé si distintos); y luego te quedas ahí, arrimado al fogón, mirando en el mantel el fémur del gigante, hijo: como ayunando con el hambre de otro; igual que si trataras de llorar con ese llanto duro y amarillo, hueco por dentro, que lo mismo tu madre que yo no habríamos sabido enseñarte nunca.

 

 

Sí, cariño

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Sí, cariño

 

A Norberto Bayón le gustaban las películas de pistoleros, pero no esas películas de pistoleros que transcurren en paisajes tórridos y desolados (con pueblos de madera y mucho viento por los que nunca se pasea nadie y en cuya calle principal pueden verse rodando unos matojos huérfanos); sino más bien esas otras películas de pistoleros que tienen al fondo montañas con nieve, y las calles del pueblo están llenas de gente muy hacendosa y abrigada, y salen tramperos, y hombres con pasado que llevan en la cabeza unos gorros peludos con cola de mapache, y huraños y tenaces buscadores de oro.

–Así, a primera vista –le explicaba Norberto a su novia–, las dos podrían tomarse por películas de pistoleros sin más ¡pero qué diferencia de unas a otras, Rosita!

–Sí, cariño –le decía ella.

Además de las películas de pistoleros que tienen al fondo montañas con nieve, a Norberto Bayón le gustaban las fresas, las cajas de los limpiabotas, la palabra «alcorque», el suburbano, y mediar en las peleas de perros.

 

Las buenas intenciones

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Las buenas intenciones

 

El médico me ha dicho que pasee. «Tienes que pasear, Ramiro», me ha aconsejado el médico... ¡pero es que es tan sencillo aconsejar!

Es más: si fuera médico yo mismo, o sacerdote incluso ¡qué buenos consejos daría! Bien mirado resulta muy bonito (y hasta benéfico para el amor propio) esa modesta lotería que es ganarse uno el sustento aconsejando a la gente. «Tienes que pasear, Ramiro». ¡Nos ha jorobado con los paseos! Menuda solución. Pongamos además que le hago caso al médico. Mañana mismo. Digamos que a las nueve o nueve y media (ni muy temprano ni muy tarde), me levanto, me aseo, me visto, me coloco las gafas, e incluso cojo la gabardina del perchero, por si al día le da por meterse en agua.

Muy bien. Ya estoy en el portal. Y ahora... ¿qué? Eso: ¿paseo? ¡Y qué voy a ganar paseando! Hacerlo todo más difícil. Eso voy a ganar. Porque si verdaderamente decidiera dar un paseo (lo que no creo que ocurra nunca), antes sería imprescindible que meditara sobre muchas cosas... Y cosas muy sutiles además; cosas que a cualquier hombre que tuviera la cabeza en su sitio le ocuparían seguramente meses, puede que años enteros, de laboriosa reflexión. ¿Paseo a la derecha o paseo a la izquierda? ¿Paseo a lo largo de la calle, como es costumbre entre las viejecitas; o a lo ancho mejor, como los perros atolondrados? ¿Paseo a lo alto quizá, como a veces he visto que hacen las moscas? ¿Es, en general, posible, esa actividad humana a la que a falta de otro nombre más exacto (o más consolador, si se prefiere) denominamos «pasear»?

 

Yo diría que un domingo

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Yo diría que un domingo

 

El día que llegué al más allá estoy casi seguro de que era domingo, porque no se veía un alma por la calle y brillaba un sol gordo, y el aire olía a bizcocho y a estuche de pulsera guardado mucho tiempo en un cajón y a aguardiente de moras. A mí el domingo, la verdad, me ha reventado siempre, aunque después me explicarían que el más allá defrauda un poco al principio y por eso conviene llegar entre semana para ir aclimatándose. No sé. Yo aquel día, domingo o lo que fuera, me habría marchado de buena gana: muy bien, muy bonito todo, nos llamamos sin falta, adiós-adiós.

Pero el caso es que no tenía adónde ir. Estaba sentado en la verja de un parque. Llevaba todavía el pijama puesto. Y encima me notaba muy borroso. Uno no ha sido nunca lo que se llama un hombre de carácter. Ya de pequeño me asustaban a más no poder esos tallos larguísimos que les crecían a las patatas cuando mi madre las dejaba en la fresquera. Después le tuve miedo a las arañas, a los carboneros, y a los zapatos con la punta desclavada que a mí me recordaban las fauces de un tiburón. Claro que por entonces yo no había visto un tiburón. Ni llegué a verlo luego en persona. Pero sé que la gente disfruta de lo lindo con ese tipo de asquerosidades. Hay una exposición de serpientes, pongamos por caso, y allá que van los niños, los papás, los abuelos, venga, en reata, con el mismo alborozo con que irían a una boda o a un desfile.

 

La dura realidad

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La dura realidad

 

–Quería un bombón de nata –le digo al hombre de los helados.

–No me quedan –me contesta él.

–¡Vaya! Pues tenía yo capricho con la nata, ya ve. En fin. Entonces deme uno de vainilla. De los que llevan almendra.

–No hay.

–Ya. Bien... pues un polo de hielo, venga. De estos de aquí: de naranja.

–Se han acabado –dice.

–¿Está usted seguro de que vende helados?

–Sí.

–Muy bien: pues deme un polo de limón.

–Tampoco hay.

–Entiendo. ¿Y un heladito del corte? ¿No tendrá usted por casualidad un heladito del corte?

–No me quedan galletas.

–Ajá. Oiga: ¿y si en vez de este cartel que pone «Helados» coloca otro que diga «Se fastidia a la gente»? ¿No piensa que sería más comercial?

–Puede.

–Porque un polo de fresa tampoco tendrá.

–No.

–Y de pistacho, mucho menos; claro.

–Se han terminado.

–Está bien. Ahora deje que lo adivine yo: si le digo si tiene tarrinas, me va a decir usted que no le quedan cucharillas ¿a que sí?

 

Lo bueno siempre es poco

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Lo bueno siempre es poco

 

Comprende que eres otro mundo en pequeño, y

que dentro de ti se encuentra el sol, y se encuentra

la luna, y también las estrellas.

Orígenes, Leviticus homilie, 5, 2

 

Marcos Antolín acababa de ser cesado como jefe de bomberos de Huebras la tarde en que se declaró el falso incendio y la cigüeña le dejó una niña en el tejado de su casa. Su mujer, Paula Carmona, le había repasado esa misma mañana las costuras de un nuevo uniforme; y mientras le seguía hasta la puerta sacudiéndole los últimos hilillos, le había dicho:

–A ver cuánto te dura, a ver, con lo adán que tú eres.

A los ojos de su mujer Marcos era una especie de niño grande. Todos los sábados que hacía buen tiempo Paula Carmona solía bañar a su marido en un barreño enorme de peltre, al sol, entre el relente de la hierbabuena, el escozor del jabón de sosa, y la curiosidad de don Cristóbal, el médico, que vivía en el patio vecino. Y lejos de arredrarse viéndole así, tan robusto como un Sansón, rara vez terminaba de secarle la cara de hogaza, los hombros fornidos, las piernas recias como pilares, sin que Marcos se hubiese llevado algún soplamocos. Por esa época no habían cumplido aún dos años de casados. Pero todo el pueblo estaba ya al corriente de que Marcos el bombero se dejaba mandonear por aquella chiquilla escurrida de pelo pajizo, que en opinión de don Cristóbal tenía un genio de mierda y un corazón de oro:

 

Pandemia

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Pandemia

 

Una mañana de octubre, tras varios años de experimentos, un sabio profesor inventa finalmente la leche que canta villancicos. Esa misma mañana, el empleado de la Oficina de Patentes toma el cacito con las dos manos, mira la leche con algo de aprensión, la tose encima, sin querer, y no se anda con contemplaciones:

–Lo primero, su invento es antihigiénico –le dice al sabio–. Es una auténtica porquería. No sirve para nada. Y lo segundo –mucho más grave, diría yo– es que esta leche desafina. Óigalo usted.

El sabio profesor pega la oreja a la leche, escucha el villancico que está cantando, y ve que el empleado tiene razón. Toda esa leche espesa, con rebordes de nata amarilla en la pared del cazo, no solamente desafina un poco, sino que arrastra algunas notas sin ton ni son, las columpia más bien, igual que las viejas cuando cantan en misa. Por un momento, el desconsuelo se pinta de tal modo en los ojos del sabio profesor, que el propio empleado de la Oficina de Patentes –un hombre rechoncho, con labios gruesos, de vaca– se ve en la obligación de darle ánimos.

 

La partida

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La partida

 

Un marinero está encaramado al palo más alto de un buque. Lleva allí varios días, subido a horcajadas en la cruceta, en medio de una tempestad terrible. Sin un segundo de respiro, el buque es izado por los brazos del agua hasta un cielo cobalto, veteado de fuego, o bien cae al vacío, igual que una brizna de polvo, desde la cresta de unas olas tan altas como cordilleras. El marinero sigue allí, encaramado al mástil, cuando el capitán sale a cubierta llevando en una mano un farol náutico, y en la otra una tartera de aluminio.

–¡Marinero Rosas! –grita con fuerza el capitán–. ¡Le ordeno que deponga su actitud!

–¡Me es imposible, capitán! –responde el marinero–. ¡Las mollejas de pollo estaban duras!

–Pero Rosas ¿no ve que estamos en un tris de irnos a pique? ¡Por Dios bendito! Qué importan ahora unas mollejas.

–Importan, capitán. Importan mucho. Las mollejas de pollo tienen que estar jugosas. Es así, capitán.

–¡Rosas!

–¡Sí, mi capitán!

 

El valor

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El valor

 

En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos náufragos caminan por la playa, como dos cormoranes heridos. Uno de ellos, Dámaso, es un hombre viejísimo, curtido como un trozo de mojama, con una barba blanca poblada de crustáceos que le muere en los pies, y una sombrilla mínima, hecha de andrajos, con palitos unidos por hojas de palmera. El otro, Roque, es un hombre de mediana edad, todavía fornido, que a cada poco hace visera con la mano para mirar el horizonte azul. Al llegar a un recodo de la playa, Dámaso alza la sombrilla, como queriendo resguardar a Roque, y coloca una mano temblona en el codo de su compañero:

–Roque, hijo ¿tú te acuerdas de las motocarros? –le dice.

–No. No me acuerdo.

–¿Y quieres que te explique cómo eran?

–No. Para qué.

–Pues para hablar de algo, Roque. ¿Tú no sabes que hablando se hace el tiempo más corto?

Roque dirige al horizonte una mirada triste, casi acuciante, y prefiere no contestar. El aire huele a sal y a dátiles maduros. Debe ser cerca del mediodía porque el sol cae a plomo sobre la playa. Allí, en la franja de arena donde se unen la tierra y el agua, el mar deposita miles de letras rojas; letras lisas, de piedra, talladas por el oleaje. Miles y miles. Un alfabeto innumerable, como las dunas del desierto, que a veces forma palabras simples, palabras como «Pepi», «bici», «Roma», «anís», y otras veces –los días de mar gruesa sobre todo– se disgrega en rebaños versátiles, y deja escritos sobre la arena mensajes apremiantes, misteriosos, mensajes que a cualquiera le quitarían el sueño, o por lo menos la tranquilidad: «Ramiro, si llegas antes de las cuatro le amansas la biela a Queipo. No te vuelvas loco buscando los hurones, que están donde siempre».

 

Llueve con ganas

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Llueve con ganas

 

Empezaría a llover hacia las doce, o puede que después incluso; bueno, no sé: qué más da; el caso es que la lluvia sonaba en la ventana y era ya un poco tarde (o muy tarde más bien, según se mire); y al final lo que importa es que lloviese, porque en la vida (o por l o menos yo lo siento así) las cosas pueden ser demasiado distintas según llueva o no llueva, y lo cierto es que anoche llovía. Se había hecho muy tarde y llovía con ganas. Así lo dijo Marta. «Llueve con ganas ¿verdad?». Y al decirlo me abrazó más fuerte, o más por dentro, no sé, debajo de las sábanas que olían intensamente a su piel tibia, a final de domingo, a esas palabras dulces y pese a todo precavidas que es lícito decirse entre amantes recientes («¿Me quieres? Te quiero. Pues dímelo otra vez. Te quiero. Te quiero mucho»), y borrarlas después sin encono, con disimulo casi, mientras se recuperan pantys o calcetines entre el desorden de la habitación (la ventana empañada por el vaho de octubre), como quien pasa una bayeta gris por el cristal de la ternura.

 

Si fuera posible

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Si fuera posible

 

Nunca termino nada, ya lo sé; hay mucha gente, gente tan próxima en algún caso, tantas personas que a su modo sé que me quieren de corazón, a las que noto que les duele, o que les gusta, o que les duele y les gusta a la vez (de modo que les duele con un dolor transeúnte, como recién llegado de otro hemisferio, y en cambio les gusta sin apenas matices, o con ciertos matices a los que ahora mismo me resultaría extremadamente difícil darles un nombre: matices hirientes, con frialdad de acero, matices púdicos y movedizos, matices que se acercan a esa desilusión como aturdida que podría producirse por una súbita viudedad); hay personas, quiero decir, a las que con matices o sin ellos, queriéndome a veces con todo su corazón y otras veces tan sólo con una parte derruida (o puede que tal vez inacabada) de todo su corazón, les gusta o les disgusta, esto varía, reprocharme que nunca termino nada: «Nunca terminas nada», me dicen, y mueven la cabeza con desánimo (o con sólo un pespunte de desánimo), y entonces se complacen (o se fuerzan a ello, según los casos) en alzar vagamente una mano extendida, una mano blanda y como derrotada por la edad o como derrotada, más bien, por el reflejo endeble y prematuro de mi propia derrota; pero una mano yo diría que inmensa, eso sí, admonitoria a su manera, distinta siempre, esa mano que al entrar en casa a lo mejor me ha palmeado el hombro con un golpe seco y cordial; pero que ahora, al sostener tan trabajosamente la taza diminuta del café, empieza a señalar con sus dedos enormes, ya casi intrusos, cualquier minucia, cosas humildes en principio: unas veces los cercos de las puertas, a los dos lados del pasillo, pintados sólo a medias desde hace años; la escoba y el recogedor –que deben llevar meses de abandono a la entrada del piso–; las tazas de café, desportilladas o con el asa rota; quizá aquellos torpes brochazos azules que me atreví a darle a la gotera del comedor una mañana de abril (no recuerdo hace cuánto) y que en seguida encenizó la lluvia... no sé: habría mil desperfectos en mi casa que sería posible señalar, estoy de acuerdo; como también en mis proyectos inconclusos, amontonados por las estanterías, y yo hasta añadiría que más aún en mis muchos empleos como aparejador, modestos siempre, de los que a cada poco soy despedido por no acudir a la oficina ni a las obras, por ciertas negligencias calificadas de imperdonables, por esos planos laboriosos, con tantos cálculos yo juraría que errados, que reviso y reviso escrupulosamente y nunca he conseguido entregar en su fecha; pero estas son cosas que al final se olvidan (o se dejan caer en el olvido, lo que resulta casi igual), porque después de todo lo que hiere por dentro es que la mano siga ahí, vagamente extendida en el salón de casa, batiendo con desánimo el aire enrarecido igual que una paloma atrapada en un charco de aceite; señalando detalles aquí y allá, desperfectos de poca importancia, creo yo, desconsoladamente acusadora, si me está permitido expresarlo así; una mano grandísima, casi abierta del todo mientras transcurre el tiempo de la visita (aunque nunca implorante), y a la que sin embargo le sería suficiente –ahora mismo; no importa si ya estamos en esos prólogos tediosos que preceden a la despedida– con señalar el fondo y sólo el fondo: con alzarse un momento y de verdad (igual que nos alzamos en la iglesia después que ha terminado el sacerdote de consagrar el pan y el vino), para fijar en mí con sobrecogimiento, de una forma indeleble, podríamos decir, la dimensión exacta (o más que exacta, inabarcable), no ya, y únicamente, de todas esas cosas que yo nunca termino, con ser tantas, sino del mundo mismo interminado (errado en cada uno de sus cálculos que transparentan qué misericordia), detrás de la pared despintada o leprosa de mi casa –esto da igual también–, detrás de las fachadas y las calles, de toda esa desgracia unánime y azul parpadeando muda en los balcones en cuanto empieza a anochecer, de los jardines ralos y vacíos, del río fluyente y casi muerto que atraviesan las circunvalaciones, del campo ya oscuro y feroz por donde cruza la desesperanza, del tiempo y su extorsión incalculable, nunca saldada, entrañable tan sólo a fuerza de costumbre, grotesca igual que un muerto maquillado, igual que un muerto excéntrico, anónimo hasta el fin, que hubiera encomendado a su albacea colocarle en la boca un diminuto reloj de cuco: un pajarito de madera noble (que a veces me querría con todo su corazón y otras veces tan sólo con esa parte derruida, o quizá únicamente inacabada, de todo su corazón), enseñado, eso sí, a salir puntual de la boca del muerto en todos esos prólogos tediosos que preceden a las despedidas: «¡Nunca terminas nada!», «¡Nunca terminas nada!»; e incluso, por qué no, a salir puntual (en esas mismas despedidas), de las bocas de todos los muertos y de todos los vivos que a su modo me quieren, gente tan próxima en algún caso, y a los que noto que les duele, o les duele y les gusta con algunos matices, reprocharme que nunca termino nada (mi casa irreparable, mis empleos perdidos), igual que el sacerdote termina cada día de consagrar el pan y el vino, extendiendo sobre ellos sus dos manos enérgicas, alzadas desde el fondo o hacia el fondo; y hasta es posible que de pedirle a Dios (cómo me gustaría pensarlo así, incluso si a la vez doliera un poco) por toda esa desgracia unánime y azul de los balcones al anochecer, por los jardines ralos y vacíos, por el río, más lejos, fluyente y moribundo, encajonado entre las circunvalaciones, lo mismo que mi vida, por los campos oscuros y feroces que transita la desesperanza, por la misericordia opaca, indiscernible, de tantos cálculos yo juraría que errados; por que Él mismo termine su casa: por que termine de querernos (si esto fuera posible) con todo su corazón, o al menos con la parte derruida, o quizá únicamente inacabada, de todo su corazón.

 

Quince apuntes en torno al cuento (a manera de epílogo)

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Quince apuntes en torno al cuento
(a manera de epílogo)

 

1

 

El cuento debe conmover, herir, maravillar; algo en el cuento debe llamar por su nombre al lector: forzarlo a que despierte.

 

 

2

 

Como los individuos, como las sociedades, un cuento no debe «funcionar», sino existir.

 

 

3

 

Las tramas narrativas no reflejan el modo en que las cosas ocurren en la realidad, sino las redes que empleamos para apresar lo que ocurre. El cuento indaga precisamente aquello que las tramas convencionales no sabrían captar: es el intento de rodear un resto siempre inaprensible.

 

 

4

 

En la novela la trama es causa. En el relato, mero efecto.

 

 

5

 

El cuento debe parecerse a la vida en esa cualidad que tiene la vida de no parecerse a nada.

 

 

6

 

Es verdad que el avance del cuento debe ir despertando en el lector el deseo de saber, a condición de que el deseo no se vea realizado sino de un modo irónico: a condición de que el cuento desemboque en eso que el lector sabía sin querer.

 

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