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Las elipsis del cronista

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Este bello libro compuesto por diez cuentos demuestra que construir un paraíso, un territorio feliz o una edad dorada es posible con palabras. Con una prosa brillante, Pablo Andrés Escapa maneja con maestría lo cotidiano con el respeto poético que se reserva a lo legendario, inventa una geografía soñadora, levanta una venturosa suspensión del tiempo. Y todo ello bajo una estructura impecable, un pulso literario, un equilibrio narrativo y un juego de voces del que también son parte los silencios, las elipsis del cronista.

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Badabia

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Badabia

 

Tumbados boca arriba, sobre la hierba menuda de Orguina, nos alcanzó el olor de la manzanilla y oímos, remoto, el silbido del tren que atravesaba la hondonada del valle. Al abrir los ojos se descubría el cielo y un águila que ahondaba círculos silenciosos entre las nubes. La voz del juez se desprendía lentamente del suelo.

—¿Tú sabías, Gistredo, que las plumas rémiges de las águilas son la mejor materia que existe para escribir privilegios rodados?

En la soledad de la altura se confundían los zumbidos pasajeros y se rizaba el viento sobre las camisas.

—No tenía ni idea, juez —reconocí sin abrir los ojos—. Siempre oí decir que las mejores eran las de ganso.

El juez habrá ladeado un poco la cabeza antes de seguir hablando.

—Las de ganso solo son buenas para las cartas pueblas.

Cuando cesaban la brisa y las palabras se oía nuestra respiración pausada y el roce de la hierba en las suelas perezosas del calzado.

—¿Y las de faisán? —propuse al cabo de un rato.

 

Una lumbre sobre el mar

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Una lumbre sobre el mar

 

Al principio, según lo cuentan en el valle, se afirmó entre los otros náufragos la inquietud de que aquel desconocido tuviera trato con los elementos porque no había temblado cuando barullaba la tormenta en las velas; y que más creció el estupor al verlo burlarse de las tribulaciones trepando al palo de mesana. Desde aquella altura frágil le hacía encomiendas a la tempestad y sujetaba al viento con recados y saludos para los de tierra adentro. En la paz de las arenas que los recibieron después de la zozobra, estuvo él sentado frente a los demás y la hoguera le sembraba de resplandores el rostro hermoso.

—«Cuéntanos, pues la noche quiere por fin sernos propicia, cómo te prendió esta inquietud —le dijo entonces uno de los navegantes, que jugaba a distraer del fuego pálidas llamitas sobre el extremo de una vara.

—»Sí, y háblanos de tu tierra, de tus parientes, dinos tu nombre para que podamos llamarte como siempre te llamaron —le dijo otro, ofreciéndole una botella de licor dorado...»

 

El último año de Benigno

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El último año de Benigno

 

La otra noche estuvimos hablando el juez y yo de los viejos tiempos. Salimos a sentarnos al jardín, que convocaba rumores secretos y nombres antiguos y estrellas fugaces. En la oscuridad de la hierba apareció de pronto un rectángulo de luz. Desde el piso superior de la casa nos llegó la voz de Encarnita, que iniciaba una canción lejana. A ratos nos quedábamos en silencio para oír la música. Cuando la voz callaba, volvían los rumores de las hojas, y una caricia de tibios peines sobre el pelo.

La otra noche, en el jardín del juez, maduraban entre pájaros silenciosos las manzanas. Y nosotros recitábamos nombres —Ovidio Fontán, Laureano, Rolenda la molinera, Hiparino Olalla—; nombres que giraban sobre los tejados confundidos con una lenta canción.

—Suena bien, ¿eh, juez? —le dije.

El juez asintió en silencio. Luego estiró las piernas y cruzó los pies al borde mismo del rectángulo de hierba luminosa. Podían vérsele los cordones en el reflejo.

 

Palillos en el viento

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Palillos en el viento

 

—Me parece, Gistredo, que vamos a necesitar otro centímetro cúbico.

Al juez le gusta expresarse con majestad mientras extiende el brazo para ofrecerme el vaso vacío en espera de que se lo retire. Con las manos disipadas rebusca en la caja de cerezo que guarda las composturas de aderezar plumas pescadoras de truchas. Hacia las nueve y media de la mañana el juez repasa la mesa, que está atareada de anzuelos y de hilos, de punzón y tijeras, de plumas y pieles de faunas salvajes y de corral: el gallo y el ciervo, la liebre y el faisán... En la habitación donde el juez monta sus moscas de pescar se oye el viento y huele a alcanfor. De pie junto a la mesa, el juez, con las manos libres, dice que el orujo hay que servirlo desde una altura prudente. Y exige que tenga cuidado con la alfombra cuando empiece a escanciar.

Siempre que el juez se sienta a la mesa con la caja de cerezo a su lado suele tararear una vaga melodía que interrumpe para decir que va a «adobar». Luego retoma la música un momento hasta que levanta la cabeza para decir, mientras extravía la vista, que eso de «adobar», referido a las moscas, se le había ocurrido a un tal Juan de Vergara, avecindado en Astorga allá por mil seiscientos veinticuatro, que sepamos. Y que también decía «aderezar».

 

Hará un año por San Pedro

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Hará un año por San Pedro

 

—Debiste arreglar el pontón, Emiliano. Tuviste tiempo desde febrero. Hasta hubiéramos podido hacerlo esa misma tarde que fui a veros, después de que me llamara tu mujer, después de tantos años de no decirnos nada. Pero óyeme una cosa, Emiliano: ¿entendí yo mal o iban a venir también tus cuñados?

—Entendiste bien. Aunque al final no vinieron.

—Eso me parecía. Recuerdo que tardé un rato en decidirme cuando me llegó el aviso. Me pasé la mañana pensando si me convenía cruzar el río por donde el Chato. De sobra sabes tú que no me gusta ese puente, como no me gustó nunca tener que discutir. Es de familia, Emiliano. Por eso te digo que debiste arreglar el paso de más abajo, el tuyo. Yo hasta saqué tiempo para buscar unos pantalones limpios con los que presentarme. Me llevó la mañana encontrarlos, y cuando me los puse, caí en la cuenta de que eran los del día de tu boda, porque apareció en el bolsillo el puro que me regalaste, y todavía con el plástico sin quitar. También tuve que buscar con qué sujetarme los pantalones para que no me bailaran. Lo que no hubo forma de que apareciesen fueron los tirantes que me había puesto aquel día, así es que tuve que arreglármelas con una cuerda de las de la hierba. Te digo, Emiliano, que según me sujetaba los pantalones tuve que acordarme de cómo estaba yo hace unos años, cuando no me había quedado tan flaco como ahora, ¿te acuerdas, Emiliano?

 

Diversiones de un camino viejo

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Diversiones de un camino viejo

 

«Pero el mejor contando lo de Pintuco era Cardín», me dijo el juez que podía empezar, atribuyéndole la opinión a Erineo, el maquinista, y que calculara que eso lo habría podido decir poco antes del mediodía.

—¿Algo más, juez? —le pregunté yo.

—Si acaso que hacía calor —me respondió él sin dejar de regar las rosas. Luego se volvió hacia mí y añadió—: O piensa tú algo, que esto no es un dictado.

Así es que procedí teniendo en cuenta las recientes sugerencias del juez y algunos recuerdos más lejanos. Recuperé también unos apuntes tomados en su momento, cuando el juez me lo contó hará cosa de dos meses. Al terminar recorrí una tarde el camino viejo de Robledo. Había llovido y la tierra olía a polvo remansado. Por algunas orillas la tormenta había esparcido una prematura cosecha de manzanas.

Un hombre solo recorre el camino viejo de Robledo en hora y media. Al regreso le entregué el texto al juez, que aún no se ha pronunciado. Por ahora dice así:

 

Memorias de un elefante

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Memorias de un elefante

 

Lo cierto es que el caso no deja de ser curioso, y por eso el juez me encargó que levantara acta. Pero cuando le mostré el párrafo inicial lo rechazó, «por defecto de forma», según dijo. Ahora voy a reproducir ese comienzo —conforme al borrador que conservo— para que se aprecie la intención resueltamente literaria con la que se pretendía abordar el sucedido, propósito censurado en última instancia por el juez:

 

«Ofrecíase a los ojos del viajero una amena ribera habitada de sauces y de aéreos chopos cuya sola sombra animaba el pensamiento de aventurarse beatíficamente bajo su protección. Desde el camino divisó el viajero a dos hombres con una caña de pescar que atravesaban un campo de hierba cuajada de rocío. Y tanta era la esperanza de ventura, que los pasos diríase que se adelantaban a sus dueños en busca de la orilla apetecida...»

 

 

Este era el comienzo original. Luego debía venir la relación de la jornada de pesca que fue, en efecto, provechosa, y se culminaría el relato con la cena fraternal de los frutos del río en casa de Josefa Beltrán. Ese ambiente, crepuscular y simposíaco, por bien decir, ampararía la anécdota que hacía curioso el relato. Anécdota rigurosamente cierta, por otra parte. Pero cuando el juez, sentado ante su mesa blanca en el jardín, leyó el animoso comienzo, dejó caer el brazo hasta rozar la hierba, sin soltar la cuartilla que soportaba un traslado de muy buena letra del pasaje referido procedente del borrador. Y mantuvimos una conversación —el juez sentado y yo de pie frente a él haciéndole sombra para facilitarle la lectura bajo el sol—, una conversación en el curso de la cual, como se ha dicho, el juez alegó desacuerdos formales con el pasaje que se sometía a su veredicto y planteó francamente la cuestión de quién era el viajero que se citaba en el texto. Respondí yo, sin dejar de darle sombra, que nadie en particular y que cualquiera; en fin, que el viajero era un pretexto ideado por el cronista para darle a la historia un aire de lejanía o de observación imparcial. El juez preguntó entonces que quiénes eran los dos hombres que el viajero veía cruzar la pradera en dirección al río. Ahí suspiré. Suspiré muy pesaroso, porque la escena no era comprendida por el patrono mismo de la obra, y procedí a exponer que el que avanzaba delante con la caña apuntando hacia el cielo era él, y el que iba a pocos pasos detrás con un pequeño cuaderno azul entre las manos era yo. Y añadí que todo aquello ocurría a primera hora de la mañana del día en que nos juntamos al atardecer con el señor fiscal y con el sastre, en casa de Josefa Beltrán, para cenar las truchas de la jornada, momento en el que se mencionaría la anécdota que era, por así decir, el alma de la historia y la causa de que él hubiera decidido que se levantara acta del asunto. El juez asintió en silencio al tiempo que procedió a arrugar la cuartilla donde se había trasladado de muy buena letra el borrador —que todavía conservo porque, como la historia no se cansa de probar, ningún papel es enteramente ocioso—, y a decirme que si yo estaba seguro de que ese día habíamos ido al río a primera hora, como había escrito, porque a él le parecía recordar que no habíamos madrugado. Le respondí que, efectivamente, no habíamos madrugado tanto como se sugería, pero que ese detalle importaba poco en el conjunto. A lo cual objetó el juez que si los detalles no importaban, para qué había sacado yo a un viajero capaz de distinguir el rocío de los prados desde el camino, sobre todo si el camino era el de la venta de Barrumián, como él sospechaba que era, porque no hay otro camino desde el que un viajero pudiera habernos visto cruzar hacia el río Luna aquella mañana más que ese, que está a una distancia suficiente del río y de los prados como para no ver el rocío de la hierba, y mucho menos a las doce del mediodía, que sería la hora a la que cruzamos por allí, si no le fallaba la memoria. Y añadió que no le fallaba. Así es que me dijo que sacase el bolígrafo y el cuaderno, «el cuaderno azul que por lo visto también es capaz de distinguir ese viajero tuyo a más de seiscientos metros», redondeó a su favor, y que copiara lo que me tenía que dictar, que fue como sigue:

 

Apócrifo de los pasos nocturnos

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Apócrifo de los pasos nocturnos

 

—Polito, vete a avisar a don Vitorino de lo que ha pasado.

—¿Por qué yo?

—Pues por lo mismo de siempre, hombre, porque alguien tiene que ir.

—¿Y vosotros?

—Nosotros nos sentamos aquí hasta que tú vuelvas, no te apures.

Polito —o Hipólito, según quiso su madre que le reconocieran—, sube el primero por la escalera de mano que han habilitado para acceder a la zanja, que ya profundiza dos metros sin que allí se haya personado nadie para decir que está de sobra, o que descansen, y una brisa húmeda le recorre la cara cuando sale al exterior, junto al ojo pálido de una farola tendida sobre la acera. Mientras acaba de subir, Hipólito recuerda seis farolas más que están estorbando el paso desde que vinieron a descargarlas la noche anterior, veintisiete horas estorbando —calcula Hipólito— desde que ayer empezaron a cavar por la esquina de la calle, unos ochenta metros hasta el buzón —suma Hipólito el progreso— desde ayer por la noche que empezaron a rugir los martillos, cuando menos esperaban hacerlo y cuando peor les venía a todos, que acababan de sentarse en el bar de Amijeiras a discutir si los rumores de que iban a darles algo eran seguros, hasta que a las once y veinte entró don Vitorino agitando un papel que parecía sudado y diciendo que ya estaba en regla la autorización para que empezaran a abrir la acera, y que dónde se metían cuando más se les necesitaba, que llevaba buscándolos dos horas. De eso se quejaba ayer don Vitorino, de no encontrarlos, cuando la verdad es que nadie contaba con empezar lo que hubiera que empezar hasta el día siguiente, o a lo mejor ya nunca.

 

Blue eyes of Alabama

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Blue eyes of Alabama

 

Entonces interrumpe el juez, retórico en su mecedora:

—Oye, Gistredo, por un casual tú no sabrás tocar el banjo.

Y yo le contesto:

—Me parece que no, juez.

—Pues lo menos que podías hacer —concluye él— con ese buen oído que Dios te dio, era aplicarte al acordeón, que es lo propio del país.

Ahí sobreviene un silencio que va poblando el viento en los manzanos. Y nosotros esperamos un milagro. Un momento después los cielos se resuelven con modestia y envían un pájaro alborotador que cruza silbando el jardín.

—Un sinsonte —asegura el juez balanceándose.

Yo cambio de postura en mi silla sin necesidad de decirle que es un mirlo y que aquí nunca hubo sinsontes, porque eso ya lo sabe el juez; porque entretenerse ahora con correcciones acaso nos llevaría por otra conversación; y porque en realidad es extraordinario, y supersticioso, y cíclico, todo eso es el pájaro que nos pasa alborotando junto a los zapatos al juez y a mí, la tarde de agosto que nos sentamos en el jardín y cruzamos unas palabras que nos van aproximando al asunto del que teníamos pensado hablar. Cuando ninguno de los dos habla se oye el río, adormecido tras la chopera cercana. Hasta que atraviesa el aire del jardín, como una flecha sonora, como un fogonazo negro que aturde la hierba, el prodigioso mirlo de todos los veranos, que es el signo que el juez y yo estamos esperando para traer el nombre de Orlando Maeras a la conversación. Lo que ocurre es que el juez, por algún motivo que a lo mejor beneficia a la nostalgia, o al arte estrictamente, prefiere decir sinsonte en vez de mirlo.

 

Las elipsis del cronista

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Las elipsis del cronista

 

Los manzanos del jardín, la quietud de los manzanos del jardín cuando en medio de la noche se remansan las esquilas lejanas; el camino del río al mediodía, con el juez unos pasos por delante ajustándose el sombrero; el ventanal de la habitación donde el juez abre la caja de cerezo que guarda tanta memoria de plumas y de hilos, mientras fuera gira el viento en los manzanos y una mujer con una brazada de leña cruza el jardín mirando al suelo, como un pájaro afanoso de sus pasos. Pero hay otros ciclos, hoy. Hoy, al entrar en el despacho del juez, recordé otra tarde de noviembre que a primera hora parecía ya cargada de presagios venturosos, con el sol otoñal aplazando en la chopera esplendores vespertinos y el gato Misceláneo —el nombre se lo puso el juez por abrigar con una voz todas las sangres concertadas en tan modesta creación— viniendo a recibirme por el pasillo, arqueando el lomo, enredándose sinuoso entre mis pasos, con un deleite que era como la renuncia misma de su probada costumbre huraña y el anuncio de más felicidades inmediatas. El juez me recibió entonces de espaldas —«pasa, Gistredo»—, de espaldas y aplicado a sacarle brillo a la trompeta que tocaba Cardín, cuando era vocalista de la orquesta Danubio y gastaba pajarita de lunares —«pasa y siéntate»—, la luz del despacho dorada, las ventanas entreabiertas, la habitación como dormida, hasta que todo, la chimenea, las paredes, el aire quedaron suspendidos de la nota que el juez hizo estallar animoso detrás del escritorio antes de abandonar la trompeta, reluciente y aturdida, al amparo inmóvil de la vitrina, y de decirme «siéntate por donde veas», pasándose el pulgar por los labios —lo cual quiere decir siéntate en cualquier hueco libre salvo en el sillón que está junto a la chimenea—, de advertirme «y coge un vaso antes de sentarte», mientras admiraba unos instantes la trompeta relajada dentro de la vitrina y volvía la cabeza para comprobar dónde me había sentado. Aquella tarde encontré libres los cuatro peldaños de una escalera de mano que usa el juez para alcanzar las regiones superiores de la librería.

 

Índice de elipsis

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Índice de elipsis

 

Sacado en limpio del cuaderno azul del secretario Gistredo, en el cual se revelan nombres por más menudo, se ingieren fechas fugitivas, se dilatan geografías, se distraen alegaciones y persisten no pocas ignorancias de negada solución en las páginas del libro. Va todo ello puesto en artificioso estilo por mí mismo y sin la aprobación del juez.

 

 

 

Alfonso el Sabio: Mandó poblar la Badabia en una carta que dictó al escribano Pedro García de Toledo un veinticuatro de marzo de mil doscientos setenta. Dicen las crónicas que fue gran sabedor y rey bien quisto de sus súbditos. Era aventurado en lunas y partidario de desplazar con prudencia el caballo sobre la tabla de ajedrez.

 

Badabia: Territorio fugitivo de los mapas que el sabio Alfonso mandó poblar en mil doscientos setenta y al que concedió un fuero. La manifestación visible de la Badabia coincide con una comarca montañosa al noroeste del antiguo reino de León. Abunda esa geografía evidente en montañas, hierba, ríos y rebaños. El viajero de paso por este terreno suele retener el color verde en la mirada y alguna parsimonia de esquilas en los oídos. De forma adicional sufre de melancolía a medida que se aleja del paisaje. La porción invisible de la Badabia es inexplicable y motivo de beatitud secreta. Corrientes ocultas distraídas de las fuentes, o de las hojas de los árboles que el viento hace sonar, van ganando la imaginación del pasajero de la Badabia y precipitándolo a evasiones sosegadas y a ensueños de tranquilidad. Los límites de esta divagación, que unas veces se pierde como un humo azul monte arriba, otras se disipa en un horizonte de nubes, y alguna vez se ahonda y gira en un remanso del río, son desconocidos, pero se sabe que obran infatigablemente, al menos desde tiempos del caballo Babieca. Los habitantes de la Badabia tienen la mirada evadida y son propensos a entretener en círculo las noches invernales. En esos concilios aquietados por la nieve, prospera la hermandad del fuego y la fabulación. Don Pascual Madoz, en su admirable Diccionario geográfico, atribuye una extensión de cuarenta y nueve leguas ánglicas a la parte visible de la Badabia. Administrativamente la divide en Alta y Baja.

 

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