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Las puertas de lo posible

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José María Merino, privilegiado conocedor de ese futuro a través de un viaje en el tiempo realizado en 2001 en una universidad norteamericana, nos ofrece este conjunto de 17 cuentos. En ellos se muestra un homenaje muy personal a la “ciencia-ficción” clásica a través de tramas peculiares -aparentes pesadillas que el cambio climático, entre otros fenómenos, convertirá en sucesos cotidianos- pero también se mantienen aspectos habituales en la narrativa de Merino: la extrañeza ante la realidad, la importancia de la ficción y del simulacro, el valor dramático del espacio, la memoria como fuente del sentimiento.
“Este es un libro literario y no sociológico ni histórico -¿pero cómo se podría llamar “histórico” a lo que todavía no ha sucedido?- y además que, según él, ese futuro, visto desde nuestro pasado, no puede dejar de ofrecer una maciza simultaneidad temporal. Lo importante, y sigue hablando él, es que podamos barruntar las grandes líneas del clima sentimental y moral dominante, porque lo cierto es que en esos años futuros no habrá grandes cambios, sino una profundización cada vez mayor en aspectos que ya están presentes en nuestro tiempo, y todos ellos se recogen, según él, en los textos de este libro”, Eduardo Souto.
Dentro de doscientos, trescientos, quinientos años, el ser humano tendrá colonias en Luna, en Marte, en Venus... y las máquinas se habrán desarrollado hasta extremos asombrosos, pero eso que ahora llamamos “sector público” será cada vez más endeble, continuará creciendo la exaltación de ciertos fundamentalismos, habrá fuertes restricciones energéticas y seguirá deteriorándose el equilibrio biológico del planeta Tierra, lo que producirá, paradójicamente, grandes beneficios empresariales. Surgirán nuevas profesiones -polinizadores, guardianes del agua, coordinadores de diversos tipos de robots...- pero también seguirá habiendo fútbol, peritos de seguros y buscadores de antigüedades tales como los libros.

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19 relatos

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Prólogo. Prof. Dr. Eduardo Souto. Miscatonic University

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Prólogo
Prof. Dr. Eduardo Souto
Miscatonic University

 

Como es bien conocido entre los especialistas, el único viaje reciente en el tiempo, ejecutado precisamente en el cronomóvil Cthulu de esta Universidad, se llevó a cabo el último día de diciembre de 2001. Antes se habían realizado dos viajes, el del Anacronópete de Enrique Gaspar y Rimbau (1887) y el del Time Machine de Herbert George Wells (1895).

El viaje del Cthulu permitió recoger bastante información sobre el mundo a lo largo de los próximos quinientos o seiscientos años: datos, cifras e imágenes, ya que no muestras físicas, que este tipo de experimentos aún no tolera. Entre la información disponible se pudieron grabar, con medios accesibles a las técnicas de nuestro tiempo, varios testimonios de la vida cotidiana en diferentes momentos de ese devenir, sobre todo en determinados ambientes laborales.

Hace veinte años que conozco a José María Merino y le propuse que tradujese al relato literario esos testimonios reunidos por los sabios viajeros del Cthulu. Me consta que asumió el encargo con mucho interés, y doy fe de que el resultado es bastante fiel a los datos originales, al menos en la perspectiva del contexto social y tecnológico. No obstante, Merino, que ha imaginado unas cuantas tramas, lógica licencia de narrador, ha tenido sobre todo que emplear el repertorio verbal que utilizamos en nuestra época, mucho más prolijo que el que corresponderá a los tiempos relatados. Sin duda es una de las desventajas de la anacronía. Empero, con buen criterio, ha respetado varios vocablos característicos, cuyo significado voy a explicar en el glosario que sigue al texto del libro. También creo que ha sido un acierto por su parte seleccionar ejemplos de la vida y de la labor de diferentes profesionales del futuro, porque ello permite una panorámica humana más ilustrativa en los aspectos sociales.

 

Ese Efe Can

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Ese Efe Can

 

Ahora ya casi nadie sabe lo que eran los Ese Efe Can. Más que palabras, hasta parece la simulación ridícula de un resoplar y de un chasquido. Vulgarmente se los conocía como Divanes. Fueron unos modelos de ordenadores muy utilizados para tratar ciertas enfermedades psíquicas o conductas de quienes podían generar algún tipo de fricciones colectivas o problemas sociales: por ejemplo, los adictos al juego o al soma en las primeras etapas del cuelgue, la gente que utilizaba poco la tarjeta de crédito, o que no acudía nunca a las actividades religiosas de su comunidad cultural, los poco interesados por las competiciones deportivas... También asistían a personas con problemas estrictamente individuales: con sentimiento de culpa, o con inseguridad sexual, o con desorientación publicitaria, ese tipo de asuntos.

Nosotros éramos sus conservadores. Conservador de Ese Efe Can, nunca he querido que se me considere de otra manera, aunque ya nadie recuerde lo que era eso. A mí me parece que suena bien. Una profesión casi tan respetable como la de los médicos. También te llamaban doctor muy a menudo, aunque no tuvieses el título. Te lo llamaban los pacientes, siempre un poco asustados cuando iban a entrar en los divanes, antes de que se los comiesen, como decíamos entre nosotros, o cuando salían y les poníamos las batas para devolverlos al vestuario, «estoy un poco aturdido, doctor», «no veo ni oigo bien, doctor», solían decir, muy respetuosos, y te lo llamaban los parientes al interesarse por su tratamiento: «doctor, cómo sigue el cero doscientos trece pe, nosotros la llamamos Elisa, ya lleva tres días dentro», «doctor, por favor, que le pongan un poquito de euforizante a nuestro hijo Poli, quiero decir al cero cinco tres ocho be, si es posible».

 

Audaces

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Audaces

 

1

 

Ruiz despertó muy pronto y se puso el telecasco, para ver la final de los Universales, que en aquellos momentos iba a empezar a disputarse en Montreal. Se encontraba lleno de optimismo, pues la noche había sido magnífica: Irina, que dormía a su lado, estuvo muy amorosa, sus abrazos fueron singularmente dulces, había habido entre los dos mucha complicidad risueña.

Un día de descanso, tu pareja plácidamente dormida junto a ti tras una noche apasionada, masticas una deliciosa galleta de soma, tu telecasco te transmite la imagen poderosa de los equipos mientras van saliendo al rectángulo verde, cuando termine el partido abrazarás otra vez a tu chica, a mediodía os iréis al parque de las lagunas a beber unas birras y a comer unas burgas. Por muy modesta que pueda parecer, esta es una forma de la felicidad.

No se habían sorteado todavía las porterías, cuando la imagen del campo de juego fue sustituida por la del rostro mofletudo, sonrosado, de Eli Peres. Ruiz se sobresaltó: «¿qué quieres a estas horas?», preguntó, molesto. «¿Estás despierto ya?». «Estoy viendo la final», repuso Ruiz, secamente. «Imposible, todavía no ha empezado». «Dime qué quieres de una divina vez». «Lo siento, pero tienes un trabajo urgente que hacer».

 

Lubines

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Lubines

 

El forastero interrumpió su discurso y recorrió con la mirada a la concurrencia, como para marcar un punto especial de su relato:

–Nosotros los llamamos lubines –dijo.

Había aterrizado al atardecer en la playa y, después de saltar de la aeromoto, se había dirigido al bareto a grandes pasos y había bebido tres birras una tras otra, sin respirar.

Todos le observaban con curiosidad, porque hacía muchísimo tiempo que no llegaba a la isla ningún forastero. Él, tras aliviar aquella sed tan acuciante, los había contemplado con sorpresa.

–De modo que son ustedes verdaderos nativos. Creía que estas islas suyas estaban más al sur, y que no tenían baretos.

–Claro que los tenemos, uno en cada isla –repuso el jefe Molo–. Nuestros antepasados también los tuvieron. Fabricamos birra desde los tiempos antiguos.

–Me he despistado por fiarme de mi instinto y no del señalizador. Y ya estaba desesperado, pensaba que no iba a encontrar ningún sitio decente donde beber algo. Acababa de sobrevolar la huella del atolón, cuando entre los árboles advertí la señal del bareto. Casi me paso sin verla. También quiero cenar, ya voy matando la sed, pero no el hambre.

 

De ratones y princesas

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De ratones y princesas

 

Para Javier Goñi

 

Desde aquella oficina creía haber visto de todo, hasta esa mañana.

Creía haber visto lo que podía dar de sí la parte norte de la ciudad, los pequeños robots jardineros sobrevolando en las primeras horas del día, con sus lentas evoluciones, los parterres, los setos y los árboles, los aerotaxis llegando silenciosamente a las terrazas para depositar viajeros o suministros, y alzando luego el vuelo con su aspecto de grandes escarabajos, las blancas tanquetas de la patrulla de vigilancia recorriendo desde el aire las calles solitarias en sus rondas puntuales.

Creía haber visto incluso todos los matices de la casa sin ventanas, cuyas paredes eran opacas durante el día, con un color ocre que igualaba su superficie, pero que iban haciéndose traslúcidas conforme se extinguía la luz solar, hasta que en la noche se mostraban en ellas los enormes rectángulos dorados de las repentinas ventanas.

El norte era la zona en que residían los pudientes y los millonarios, y allí sería insólito que hubiese transeúntes por las calles sin aceras, o que pudiese verse algún animal suelto. Pero su oficina, en aquel edificio gigantesco, residuo de unos tiempos lejanos en los que la urbanización de las ciudades se concebía de otro modo, tenía también un ventanuco al sur, y desde aquel punto era posible contemplar la otra mitad urbana, la ciudad de su costumbre, donde él había vivido siempre, con aceras por las que circulaban animales sueltos, y mendigos, y delincuentes, y gentes sin empleo capaces también de hacer cualquier cosa para sobrevivir.

 

Acuático

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Acuático

 

El rumor del río

 

Si ahora tuviera que señalar lo más memorable de su trabajo, antes de que sucediese lo que cambió su manera de ver las cosas, no serían los vuelos diarios de vigilancia a lo largo del intricado sistema de captación, ni las rutinas del repaso de la información en las cabinas de control y la revisión de los sistemas detectores de intrusos, sino ese rumor continuo del agua corriendo dentro de las enormes tuberías.

Era un sonido saludable, que cuando por las noches se encontraba en su burbuja descansando de la jornada, con una birra en la mano y un espectáculo en el telecasco, runruneaba por encima y por debajo de todo, como el correr de una sangre inagotable y vivificante.

Ese rumor formaba un eco de palabras amigas, aunque ininteligibles, la voz de la única cercanía viviente que acompañaba su soledad. A veces, respondía al rumor con palabras: cómo estamos, río, acaso decía por la mañana, al levantarse, igual que podía decirle: buenas noches, río, antes de dormir. Y a lo largo de la noche, si se despertaba entre el sueño, sentía que el sordo murmullo, la suave trepidación, era una señal permanente de seguridad.

 

Playa única

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Playa única

 

La playa merece la fama que tiene en todo el mundo. Es una de las pocas que se salvaron cuando la Gran Marea anegó todas las costas. Sus arenas, como si fuesen una proyección dorada del propio paseo costero, se ciñen suavemente al cuerpo de la ciudad, donde desde tiempos antiguos se dispersan enormes edificios y, delante de la gran extensión de arena, fulgura el agua limpia, siempre plácida.

A unos quinientos metros de la orilla se alza el muro, una construcción de treinta metros de altura, cuyo espesor y solidez quedan disimulados por una transparencia que deja ver el nivel más alto del agua exterior, su azul rotundo, oscuro, salpicado por los infinitos cuerpecillos multicolores de las medusas, contrastando con el azul celeste de las aguas interiores, donde esos molestos celentéreos que infectan todos los mares del mundo no pueden entrar. La transparencia del muro permite también divisar los cuerpos de las gentes que recorren su borde superior, o que utilizan los pequeños accesos externos para subir y bajar de las embarcaciones que, si la mar está en calma, como ahora, atracan allí, sus quillas también visibles desde la orilla a través del muro, en lo alto, en el nivel verdadero del océano.

 

La conversión

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La conversión

 

Yebra sabe que Helena no está tampoco dormida, porque se mueve demasiado y la siente respirar sin el sosiego habitual. Está seguro de que ese desvelo responde a la misma inquietud que a él tampoco lo deja dormir, aunque sea la hora más silenciosa de la noche, cuando ya muy pocos aeromóviles turban la calle con su zumbido.

El motivo de su desasosiego vuelve una y otra vez a su cabeza.

«Nadie te va a prohibir apuntarte a una iglesia», le había dicho su padre el día que cumplió los doce años, «pero no olvides que ya los padres de mis abuelos y los de los abuelos de tu madre fueron ateos».

Su madre había manifestado su disgusto por la palabra, que no correspondía a la buena educación pronunciar en público: «No le hables así al chico, llámanos agnos, como nos llama todo el mundo. Eso de ateos ya sabes que suena fatal».

«Entre nosotros no deberíamos andar con remilgos, pero está bien, agnos, como quieras, agnos de padres a hijos, por la parte de tu madre y por la mía.»

 

Terranoé

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Terranoé

 

Al escuchar la noticia sintió que lo volvía a herir un dolor inolvidable, un dolor de cuando era niño, aquella percepción de infortunio personal pero también general, difuso, que había sido una de las primeras decepciones de su vida. Y no se atrevió a contárselo a su hijo. También habían informado sobre las condiciones atmosféricas de la jornada, y aconsejaban llevar máscara respiratoria, de manera que, tras colocarse la suya, ayudó a Teo a ponérsela, antes de entrar en el aeromóvil.

La mañana depositaba sobre la ciudad la niebla invernal, sucia, grumosa, y en el tráfico de la aerovía, entre los enormes volúmenes de las viviendas de apartamentos que la rodeaban, los cuerpos de los vehículos eran sucesivas ráfagas oscuras e imprecisas. Todavía en la inercia del sueño, Teo iba su lado sin hablar. Él pensaba que convenía decírselo cuanto antes, que lo supiese de su propia boca, pero no se atrevía. El recuerdo de aquella pena infantil que tanto le había conmovido suscitaba en él una piedad cobarde, perezosa, como si el desconocimiento del terrible suceso pudiese proteger a su hijo un poco de tiempo más del dolor que él había sentido cuando tenía su misma edad, ese dolor que había resonado en él esta mañana, tantos años después, con el mismo redoble angustioso. Pues ahora era ya un hombre y descubría que el horror, inagotable al parecer, podía repetirse en la misma forma.

 

El mejor terro

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El mejor terro

 

Para Adolfo García Ortega

 

1

 

En la selva llena de brillos y sombras de un divertidor, ante simulaciones de jirafas, elefantes, rinocerontes, leones y otros animales salvajes del pasado, mientras su grupo de caza intentaba hacerse con la pieza más importante, Benedeti descubrió el rostro de Pep Claus entre los cazadores del grupo competidor. La visión le produjo tanto desasosiego, que se retiró del juego inmediatamente, con el pretexto de que no se encontraba bien. Era un día de asueto y regresó a su granja. Las cuatro grandes bóvedas brillaban en la noche y el robot de vigilancia le informó de que no había novedades, como era lo habitual. Entró por rutina en una de las bóvedas y echó un vistazo a los espesos matorrales que, en los sucesivos pisos, producían los enormes papites, esos frutos verdes, pardos, rojos y amarillentos que los ingenieros genéticos habían logrado a través de ingeniosas hibridaciones, integrando muchas de las antiguas solanáceas para conseguir una sola clase de alimento que agrupaba en un solo cuerpo macizo las virtudes de todas, con un sabor sin matices ni estridencias.

 

El viaje inexplicable

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El viaje inexplicable

 

Un libro es un objeto en forma de paralelepípedo tetragonal, compuesto por un conjunto de láminas, hojas, páginas, rectangulares, finas, flexibles, de textura seca, no sé expresar de otra manera su insólito tacto, cubiertas de signos gráficos, la mayoría en desuso, una especie de mancha no homogénea, hecha de pequeñas partículas agrupadas, que ocupa casi toda la superficie de la lámina, u hoja, generalmente por su haz y por su envés. Las láminas, hojas, páginas, están sujetas todas ellas por uno de los extremos más largos, y el objeto se cubre, o protege, en su parte anterior y en su parte posterior, con dos láminas de material más rígido que el resto. Es un objeto curiosamente movedizo, que puede permanecer estable, en su forma de paralelepípedo, o abrirse en tantas posiciones como láminas, que, como he dicho, tienen todos sus lados exentos de sujeción, excepto el que las une a las demás, de forma que giran sobre él, adelante y atrás, como las puertas de las construcciones históricas de Tierra.

 

La historieta de su vida

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La historieta de su vida

 

Mucho tiempo antes había tenido la idea de los calamares, o sepias, espaciales. No una trama, solo una idea, una imagen, gigantescos cefalópodos inteligentes, mitad orgánicos mitad pétreos, que vagaban en naves ovoides y podían resistir sin protección particular el vacío entre los astros. Como no se le ocurría otra idea diferente, la nueva historieta debería tener como personajes centrales a esos seres. Buscó los antiguos bocetos y reconoció los cuerpos alargados, suavemente geométricos, en los que la sugestión de la textura cartilaginosa de los calamares terrestres había sido transformada, mediante ciertos sombreados, en una apariencia algo geológica, que se hacía más pronunciada en el aspecto de los tentáculos, más o menos estalagmíticos.

El recuerdo de la vieja idea había vuelto a él al entrar en el despacho de Hache Be aquel lunes, acudiendo a su cita. Hache Be estaba de espaldas frente a la ventana, observando acaso su coche, estacionado en la calle. La cabeza un poco inclinada y su cuerpo alto y ancho, el esquema trapezoidal, lo claro de su traje, despertaron la evocación. «Es un calamar, un jodido calamar espacial» pensó, recobrando la memoria de aquellos esbozos. Hache Be se volvió y, sin preámbulos, quiso saber si había pensado en la nueva historieta. Él respondió que estaba dándole vueltas a una cosa y asumió la instantánea evocación de los calamares espaciales como un asunto realmente meditado.

 

En la isla de Moró

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En la isla de Moró

 

 

 

Para Carmen Norverto, naturalmente

 

 

 

Mi nombre es Liliana Bolaños, doctora en biogenética por el Instituto Bio-Zoo del Estado de León. En los tiempos que corren, que una persona tan reconocida y respetada en su trabajo como yo lo he sido haya abandonado los laboratorios para marcharse a los secarrales, a los páramos, a las montañas, que me dedique a la polinización al aire libre, con la colmena de electrabejas a la espalda, es al parecer muy sospechoso, y sin duda por eso me encuentro imputada en la muerte del empresario Moró.

Esta declaración expondrá los sucesos tal como yo los presencié y viví, y dejará claro que al empresario Moró lo mató uno de sus robots secretarios, y que el mismo robot se destruyó a sí mismo, con los laboratorios y los archivos del difunto.

Ahora se han puesto de moda, sobre todo destinadas a los niños, telistorias que sitúan sus tramas en el siglo 22, cuando tuvo importancia cierta ética caballeresca y los robots eran fieles escuderos de sus amos héroes. Como sabe cualquier persona culta, entonces los robots estaban programados con los tres principios, o pautas, o normas de Doc Asimov: primera, no dañar a ningún ser humano ni permitir que ellos se dañasen a sí mismos; segunda, obedecer a los seres humanos, salvo que sus órdenes fuesen contradictorias con la norma primera; tercera, proteger la propia existencia, excepto cuando ello se opusiese a la primera y segunda normas. Todavía se encuentran antiguos modelos en los museos que responden a ese programa, y por eso les resultan tan simpáticos a los niños y son tan apropiados como personajes secundarios de esos auvis de aventuras de siglos pasados. Pero las ideas del Liberalismo Total predominantes acabaron proscribiendo tal programación, con el pretexto de que la responsabilidad de la tenencia de un robot debe atribuirse exclusivamente a su dueño. Estoy segura de que, si ese robot que mató al empresario Moró perteneciese a aquellas primeras generaciones, yo no me hubiera visto enredada en este asunto.

 

Poca cabeza

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Poca cabeza

 

A la gente como yo nos van estos empleos, cosas fáciles de hacer, conducir un aeromóvil sobre los secarrales durante muchos días, apretar el sensor rojo de los registros ante las pantallas de las unidades de control, nada complicado, además la gente que no es como yo, la gente como usted, por ejemplo, no puede estar fuera de casa tanto tiempo, tiene familia, sus trabajos requieren mucha cabeza. Me lo decía mi Estudioso, y luego los doctores, no le des vueltas, Lauro, pues ya sabe que yo me llamo Lauro, lo tuyo no es ser astronauta, ni investigador, ni guardián del agua, ni siquiera agente de seguros, la gente como tú, con tu cabeza, tiene que dedicarse a cosas muy sencillas, siempre las mismas, fáciles de recordar y de hacer, que no requieran pensar mucho. Soldado raso, o vigilante de nivel cero. Me gustó más lo segundo.

Así que la gente como yo tiene este tipo de empleos, ya sabe usted, andar mucho tiempo por los secarrales, el aeromóvil se orienta solo siguiendo el rumbo de las unidades de control, sin parar, para repasar la red cada cincuenta días, y luego ir al centro local a llevar los resultados. Cuando llego se ríen, dicen cosas que no entiendo, ya está aquí Lauro con los registros, como no coincidan con los del ordenador se va a armar una, ¿verdad? pero en algo tenemos que entretenernos, Lauro, valiente, ¿verdad?

 

Solysombra

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Solysombra

 

 

 

Para Eduardo Larequi García

 

 

 

La Terraza es el lugar principal de recreo de la estación, el punto de observación directa del universo. Durante el tiempo que vivió en Luna, entre los nueve y los catorce años de su edad, subía muchas veces aquí, se reclinaba en alguno de los bancos paralelos a la enorme cristalera, contemplaba este crepúsculo inmóvil. Los niños llamaban al fenómeno Solysombra; los mayores, El Tajo.

Quienes no están de servicio suben a La Terraza en la conciencia de que la contemplación de ese inmenso ámbito exterior es el único premio verificable del aislamiento, de la soledad, de tantas horas de trabajo subterráneo tan lejos de casa en el tiempo y en el espacio, el mejor pago por su trabajo, una retribución que muy pocos seres humanos pueden alcanzar: momentos, como este mismo, en los que el cráter queda cortado por la sombra de Tierra, a un lado la oscuridad y al otro la blancura, pero también otros momentos: las diferentes visiones del planeta, sus progresivos modos de eclipsar al Sol, el enorme círculo de la tierra nueva con su radiante corona roja y dorada. Y, envolviéndolo todo, el negro mate moteado por los brillos menudos de los astros innumerables.

 

Tu rostro en la red

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Tu rostro en la red

 

Las grandes aves sobrevuelan lentamente las lagunas, con los cuerpos equidistantes, alternando sus aleteos, como si se hiciesen señales. De vez en cuando, una parece desplomarse, pero es la trayectoria de un vuelo rapidísimo, hacia algún lugar de la orilla. El atardecer pone amarillenta la superficie del agua. Las depuradoras no han conseguido eliminar del todo el olor fétido, que los súbitos golpes de brisa intensifican o aplacan, de acuerdo con su dirección. El lugar, el mayor parque de la ciudad, tiene un aire suburbial, con las últimas construcciones de los vertederos, a la derecha, y el horizonte quebrado por los enormes edificios de apartamentos.

Ha vuelto hace apenas un año, y es como si no se hubiese ido nunca, porque imágenes como las de estas lagunas, el parque de rala vegetación, el decorado urbano del fondo, tienen la consistencia y el poder de lo que ya no puede abandonarse, y debilitan, hasta hacerlos casi increíbles, los recuerdos de otros lugares y otros parques.

 

Los invasores

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Los invasores

 

Filín Gra aborrecía las sorpresas dramáticas en su profesión, precisamente porque había elegido un oficio, el de inspector de archivos, que parecía apropiado para no tenerlas. Sin embargo, en dos ocasiones del pasado alguna de las piezas revisadas le había ocasionado problemas enojosos: poco después de empezar a ejercer, un auvi traspapelado y descubierto por él entre otros documentos, demostró que las extensas propiedades de Corporación Boscantártica estaban fundamentadas en una compleja falsificación de títulos de propiedad, y todavía no hacía cuatro años que los registros que tuvo que revisar entre los fondos de una herencia mostraron esconder un secreto delictivo, con vigencia legal, la prueba irrefutable de que uno de los miembros del gobierno planetario había financiado los preparativos para el atentado espacial que acabó con la vida de cinco importantes políticos de la oposición y que había sido atribuido a los terros.

Solo la responsabilidad en que podía incurrir si ocultaba estos datos le había forzado a informar sobre ello al juez, pues, como había temido, la repercusión de la noticia en los medios le dio a su persona, durante algunos momentos, una relevancia pública, que, siendo el sueño de casi todo el mundo –llevar el rostro a la Red, ser protagonista de los noticiarios– a él, en ambas ocasiones, le había producido un enorme nerviosismo, con vómitos y otros trastornos de salud. Porque a Filín Gra solo le tranquilizaba poder realizar su trabajo en el anonimato, al margen de todos los canales de comunicación, convencido de saber que resultaría imperceptible entre los demás ciudadanos del universo.

 

Una leyenda

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Una leyenda

 

Cuando uno tiene esta profesión mía, de nombre tan raro para la gente, grabar en el archivo las experiencias particulares no se diferencia de grabar las investigaciones sobre asuntos ajenos. Ya sé que esto que digo puede parecer absurdo, pero no encuentro otro modo de justificar lo que estoy haciendo, y si no lo contase, si lo ocultase, me sentiría demasiado incómodo. Además, cuando alguien pueda encontrarlo yo ya no estaré aquí, habré dejado de funcionar, como dice Elo. De manera que he empezado a grabarlo, exponiéndolo como un caso más de lo que ha constituido a lo largo de mi vida el motivo de mis intereses profesionales como estudioso del ser humano en sus comportamientos, en su relación con los otros, con el medio social, con la memoria colectiva, con su imaginación, en cuanto actuante de conductas y creador de objetos y producto de todo ello.

Acaso en mi manera de proceder influya también el momento en que se encuentra mi profesión, o mejor el momento en que se encontraba cuando yo me retiré de la vida activa, pues ahora me imagino que estará peor. Entonces, quienes nos dedicábamos a esta ciencia éramos conscientes de que ya casi nadie la conocía, y que si todavía se mantenía dentro de ciertos programas universitarios y científicos, aunque en una esfera muy reducida y aislada, era porque a pesar de todo nuestros estudios podían resultar útiles para la elaboración de campañas de publicidad y orientación política. Lo cierto es que seguíamos intentando apoyarnos en un prestigio que había desaparecido hacía ya muchísimo tiempo.

 

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