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Los reflejos y la escarcha

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Reflejo: adj. Que ha sido reflejado. // 2. Fig. Aplícase al conocimiento o consideración que se forma de una cosa para reconocerla mejor. // 3. Fisiol. Dícese del movimiento, secreción, sentimiento, etc., que se produce involuntariamente como respuesta a un estímulo.
Hermanos, cofrades, camaradas. Hermanos atormentados y repudiados por sus hermanos. Compañeros de armas y sediciones traicionados por su siglo. Hermanos incestuosos, derruidos, violentados por el amor o el resentimiento. Familias artificiales e inevitables exiliadas a la solidaridad por catástrofes propias o ajenas. Impostores y dobles de sus propias fantasmagorías. Fratricidas sin arrepentimiento ni redención. Desde los hermanos que lucraron con un pollo decapitado hasta los sobrevivientes de una batalla plagada de secretos oprobiosos, entre los círculos del infierno y las células terroristas, Los reflejos y la escarcha acuchilla y desnuda los mitos de la fraternidad entre los hombres desde el instante mismo en que Caín asesinó a Abel.
De Ignacio Padilla se ha escrito: “Ignacio Padilla representa la continuidad y el refortalecimiento de la literatura en nuestro país. Dice lo que no puede decirse de ninguna otra manera: las razones del corazón y de la cabeza que la cabeza y el corazón ignoran. Es la lección permanente de Pascal y nadie la ha entendido mejor que Ignacio Padilla”, Carlos  Fuentes; “Un autor de dotes excepcionales”, Barry Unsworth, The New York Times Book Review.

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Pesca de rojo y cielo

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Pesca de rojo y cielo

 

Madre se está muriendo, dijo ella de repente, y su voz resonó diáfana en el aire, desprovista casi de emoción, ajena a la que veinte años atrás usaba para despertarlo a él desde la litera superior y contarle sueños que rara vez tenían que ver con sus padres, no digamos con la muerte. La vi el martes y ya no pudo reconocerme, añadió, ahora en un tono más severo, convencida ya de que el mejor momento para decir que alguien querido va a morir es cuando menos viene al caso, y cuando el otro no se lo espera. O cuando entendemos que nunca habrá un instante propicio para anunciar algo así, o simplemente porque de pronto el otro nos parece inaceptablemente dichoso, demasiado absorto en pensamientos amables que no logramos descifrar, complacido en la imponencia de un ocaso como aquel, tan nítido que a ella se le vino encima de improviso y necesitó decir algo fatal para no asfixiarse.

Pero ¿asfixiarse de qué, si llevaban tres días inmersos en algo muy parecido a la felicidad? Fue eso, se diría ella más tarde. Fue que la dicha y la belleza también ahogan. A esa hora el mar había adquirido una consistencia vaporosa, como si un ser inmaterial cobijase a las olas para descansarlas de las hostilidades del sol. El cielo, replegado sobre su propio atardecer, mostraba una reticencia cósmica a inundar con su fulgor el embarcadero, la playa, los acantilados, la casa. Desde donde se encontraban todavía era posible creer que nada había cambiado desde la última vez que estuvieron allí. Pensar que la casa en la playa aún les pertenecía, que no estaba ya carcomida por el salitre y el tiempo. Desde allí podían no recordar que ahora, a sus espaldas, se alzaban las tapias despostilladas, y que en el cobertizo de la casa dormitaba el viejo pescador que había accedido a recibirlos por unos días a cambio de una cantidad de dinero que a cualquiera habría parecido exorbitante, pero que para ellos era poca cosa a cambio de sentirse a salvo como hacía años, cuando eran niños y nada más parecía importarles.

 

Síntomas de un mal patibulario

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Síntomas de un mal patibulario

 

Fue él quien instruyó a mi hermano en las artes de matar como Dios manda. En vano busco ahora recordar un solo día de nuestra infancia en que mi padre no subiese hasta la alcoba para explicarle que un verdugo, hijo mío, debe recordar primero que el reo de muerte no es un cerdo sino un hombre culpable. Con el ánimo inflamado e ignorando mi presencia, insistía luego en cuán importante era vigilar que nadie osara nunca llamar víctima a un ahorcado, pues la mera analogía obligaría entonces al verdugo a concebirse como el asesino que no es. Aquellas, afirmaba el viejo hacia el final de sus lecciones, podrían parecer a más de uno indicaciones banales. Pero en esas minucias semánticas, como él solía llamarlas, se jugaba la cordura del verdugo y, con ello, el honor de nuestra estirpe.

Matar era para mi padre lo mismo una obligación que un privilegio. El destino nos había ungido con un don que sólo merecían quienes eran capaces retribuirlo con sangre fría. Quizá por eso el viejo añadía a veces que la parte más difícil del oficio de verdugo está menos en vencer el suelo del cadalso que en saber mantenerse impávido a la hora de observar las aéreas pataletas del ahorcado que desparrama el alma por los genitales. Los demás testigos pueden, si es su gusto, desviar los ojos o apartarse para vaciar la entraña sincopando sus jadeos con los del moribundo. El verdugo, por su parte, está obligado a mantenerse ecuánime en su puesto, aguardando el último suspiro para anunciar al médico del penal que todo está hecho.

 

Los anacrónicos

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Los anacrónicos

 

Hablaban de la guerra como si no la hubiesen perdido hacía más de treinta años. Y como si aún pudieran ganarla. Remembraban las tragedias de esos tiempos con tanto ardor como la de ayer mismo, y el suicidio reciente del alférez Bautista adquiría en sus conversaciones el relumbrón de una tragedia tan vieja como ellos. De pronto esa muerte parecía también una farsa, una mascarada idéntica a nuestra conmemoración anual de la batalla del Zurco, con su aire de efeméride escolar bañada en sangre de apilex y cañoneada con cohetones comprados donde los chinos. Se mató como un valiente, dijo el capitán Margules cuando entró renqueando en el café de mi padre. Sus camaradas asintieron al unísono como si la sentencia fuese una orden incuestionable. Pero el resto de los presentes no acabábamos de creer lo que estaba ocurriendo. ¿No habríamos tenido que oír el disparo quienes vivíamos cerca de la casa del alférez? ¿Por qué había de matarse nadie a su edad? ¿No lo habíamos visto la víspera, charlando con los veteranos en su eterno banco de la plaza, afinando con ellos los últimos detalles de la celebración de la batalla del Zurco?

 

El carcinoma de Siam

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El carcinoma de Siam

 

Mientras estuvo despierto Cástor pudo constatar cuánto le agradaban los hospitales. Tanto le gustaba hallarse así, amortajado por las luces del quirófano, que todavía se atrevió a pedir a la enfermera una anestesia local: deseaba verlo y sentirlo todo aunque el dolor en el costado lo atormentase aún, quería seguir la intervención sin perder detalle y compartir las bromas negras de los cirujanos, deseaba asistir a la resurrección de su propio cuerpo como lo haría un testigo privilegiado, no así un protagonista. Sabía, sin embargo, que los médicos no accederían a sus ruegos: aquella no sería una operación sencilla ni, como pudo deducir del gesto de la anestesista, un instante para tomarse las cosas a broma. Con todo, al anublársele la vista en el conteo regresivo del letargo, Castor no pudo reprimir la risa que le provocó aquel cosquilleo hacia la inconsciencia: era feliz y estaba en casa, se sentía casi dueño de su cuerpo y sabía que lo sería por completo al despertar, cuando al fin los médicos hubiesen roto el puente de carne que por veinte años lo había unido al cuerpo de su hermano, un cuerpo que hacía nada se había quedado frío como el filo de un bisturí.

 

Como un vago tatuaje

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Como un vago tatuaje

 

Durante años había querido olvidarlos, había intentado deshacerse del recuerdo de esos hombres a quienes había desvelado todos sus secretos y confiado todas sus manías. Sus reuniones clandestinas y sus contraseñas demasiado obvias, su altanería bajo el disfraz o entre la lluvia, la templanza monacal con que esa torpe cofradía maquillaba su afición a la violencia y al ideal que acabaría por perderlos.

La última vez que supo de ellos, Ylia Borcan había jurado no volver a verlos. Creyó exiliarlos de su memoria y se habituó a no temer ni esperar noticias suyas. Desde entonces su vida había adquirido un ritmo algodonado, y su voluntad de olvido le había vuelto indiferente a la arbitrariedad de la dictadura. En el tiempo que llevaba sin saber nada de sus camaradas, Borcan creía haber alcanzado ese punto de la existencia donde no queda nada que esperar ni nada de lo cual arrepentirse. Cada mañana, cuando se dirigía a la Biblioteca Central, caminaba como en sueños e imprecaba a los archivistas que trabajaban a su cargo con un celo que le causaba franca aversión. Pensaba en ellos y el estómago le daba un vuelco. Recitaba de memoria sus nombres, sus espléndidos promedios en el concurso de oposición, y entre tanto se convencía de que todo aquello era sólo un simulacro para ocultar la sumisión de las nuevas generaciones a la dictadura, que era para ellos la única forma admisible de existencia. Con gusto Borcan los habría despedido a todos para quedarse finalmente solo, encerrado en la sección de incunables, manipulando la cámara de nitrógeno como un científico loco en una mala película de mutantes. Con frecuencia imaginaba que aquella hueste de ineptos era arrasada por uno de esos hongos que pululan en el papel y de los cuales ellos mismos hablaban con terror como la única dictadura de la que era prudente protegerse. Borcan creía que sólo un milagro podría librarle del ingrato deber de imaginar tareas que ellos ya habrían cumplido a la perfección: no por nada eran profesionales y vestían como tales, con chaquetones de pana, las manos limpias, el pelo cortado al ras para disimular calvicies parecidas a las del Señor Presidente. Más de uno de sus jóvenes colegas se había hecho operar los ojos en clínicas tan especializadas como ellos, aunque igual usaban gafas diminutas para escudriñar los libros que les devolvían los lectores de aspecto más sospechoso. Lucían corbatines de moño de cuyo anacronismo se envanecían por ser el último grito de la moda, usaban paraguas con emblemas del partido, tomaban un café improbable que llevaban en termos de color eléctrico, y al beberlo en sus descansos miraban con desprecio a Borcan porque era evidente que este llevaba aún puesto el sargazo del whisky, el último o el primero del día, según se viera, porque Ylia Borcan, el viejo y lamentable Borcan, a veces leía hasta tarde en su buhardilla, se quedaba dormido e irremediablemente era el último en llegar al trabajo, desaliñado, rebuscando en su memoria una cita en latín, navegando en una resaca que ni el café de los turcos, bebido aprisa a la vuelta de la esquina, lograba despejarle.

 

Trampantojo

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Trampantojo

 

No confío en el tal Pankovsky. Supongo que estamos a mano: él tampoco confía en mí. Ese tipo va diciendo por ahí que le asusta mi estilo. Francamente, me da igual. Nunca pretendí tener estilo. Como sea, nada lograré con desconfiar de él. Tampoco lograré gran cosa con decírselo al teniente Buonano: de cualquier modo ese Pankovsky seguirá a mi lado hasta que sea demasiado tarde. Quiero decir: demasiado tarde para él. Debo asumir que el teniente Buonano no hará nada al respecto: dice que, de cualquier modo, yo no confío en nadie ni lograré que nunca nadie confíe en mí. Dice también que Pankovsky es demasiado joven para entender mi estilo, o para el caso, el estilo de cualquiera de los veteranos. La verdad, a mí me parece que, aunque fuera un octogenario, Pankovsky no entendería una mierda. Hay gente así en todos los oficios. El problema es que en este oficio particular los Pankovsky del mundo rara vez llegan a viejos: su candor los entumece, las manos les sudan, titubean a la hora de disparar. Y todo eso acaba por matarlos. Luego, encima, le piden a uno que se haga cargo de los funerales. Hay que armar un papeleo de mil diablos y enfrentar el dolor de una madre que rara vez es bella o tolerante. Esas son las peores: nos miran a los veteranos como si tuviéramos la culpa de la muerte de sus pimpollos, nos reclaman no haber sabido proteger al fruto de sus entrañas, nos aborrecen como si hubiésemos conducido a la muerte a aquel muchacho, ay, dicen, tan bueno que era, y que tenía tanto futuro. Entiéndanlo de una vez, señoras: hombres como sus Pankovsky no tienen futuro en este oficio, no pueden tenerlo.

 

Desiertos tan amargos

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Desiertos tan amargos

 

Nadie mejor que ellos para jurar entre dientes que esta vida es una mierda. Cuanto hay de tópico en esa frase tabernaria adquiría en los arrabales de Boyle Heights la contundencia de lo inédito, un tanto cuanto de zozobra recién estrenada que sólo en boca de esos tres hermanos de penuria parecía legítima, casi necesaria. Es verdad que en ocasiones también ellos lo decían al abrigo del alcohol, navegando sin destino entre dos bares del East Los Angeles, nunca los mismos. Pero aun en esos casos sus palabras proyectaban un inapelable olor a naufragio. Sus voces mínimas, sus gestos, la espectral torpeza de sus cuerpos al trasponer la puerta de un tugurio, llenaban el ambiente con una atroz melancolía, como si ahí, en el fondo, ni siquiera ellos fuesen capaces de sobrellevar el peso con que habían cruzado la frontera para cubrir los puestos de trabajo que la guerra iba vaciando allá. Acaso entonces una mujer los miraba desde la barra buscando en sus ojos la urgencia del deseo. Nada: en esos rostros ya no había lugar para otra cosa que no fuese el peso de una fatalidad secreta. Así secos, así asfixiados por su común desgracia, se sentaban en un rincón y, callados, se dejaban mecer por un mal blues de consola. Al cabo de un rato uno de ellos se ponía de pie, dejaba un dólar sobre la mesa y caminaba despacio hacia la puerta. Luego, seguido de los otros, se alejaba por la calle con la prisa de quien ha provocado un desastre irreparable que sólo se hará notar dentro de unos minutos, cuando ya no importe.

 

La balada del pollo sin cabeza

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La balada del pollo sin cabeza

 

¿En qué mal punto el pollo de los hermanos Olsen dejó de ser un pollo para convertirse en otra cosa? Historias así sólo corroboran que en el tirabuzón del tiempo gobierna la casuística del huevo y la gallina, o en este caso, del pollo y su leyenda. Cuando ahora releo mis notas sobre la historia de Mike, el pollo sin cabeza, comprendo mejor que nunca por qué aseguran que la línea de lo narrado es siempre una aporía.

No puedo evitarlo: cada vez que me pregunto cómo acabó esta historia termino por hablar del día en que decapitaron al pollo. Y siempre, también, enmiendo el rumbo: puede ser que aquel día haya sido, en efecto, el día de la muerte del pollo tal cual era, digamos, su final en tanto pollo. Pero con esa muerte, de haber sido otro el orden de las cosas, ninguna historia digna de contarse habría arrancado: el pollo habría sido sólo un ave muerta y anónima, un pollo más o menos comestible, como cualquier otro pollo. Bien vista, la decapitación del ave esa mañana de julio es propiamente un comienzo. Un gran comienzo, hay que decirlo.

 

Tristemente la comedia

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Tristemente la comedia

 

Uno piensa, vacila, se refleja cualquier noche en la luna de su camerino o en la vidriera de un bar, y acaba por reconocer que las certezas que lo sustentaban se han desmoronado. Uno baja ya la guardia ante aquello que hasta hace nada creía sólo un discreto malestar de la edad, un mero presagio, y asume que su existencia no le pertenece más, o peor, que nunca le perteneció del todo. Cuando se queda solo en el antiguo teatro de sus glorias y repasa los signos que ha ido cosechando en estos meses, reconoce la dolorosa progresión de la verdad, la evidencia al fin notoria de que su vida en el teatro ha sido robada, rehecha y finalmente impostada por alguien más diestro o sencillamente más vivo que él. ¿Por qué no lo vio venir? ¿Cómo no se preparó para encajar con dignidad su debacle según se acumulaban en su cuerpo y en su rutina los datos, los destellos que anunciaban la catástrofe? Le molesta reconocer la fragilidad del espejismo en el que ha vivido. Le saca de quicio ese aluvión de cristales rotos, ese trabuco de claridad que sólo para él ha sido estridente, pero que apenas habrá sido un crujido entre su público: esa hueste ingrata que ha aplaudido cada vez con menos entusiasmo, menguando en cada función hasta que han sido menos los rostros ávidos que las butacas vacías. De repente los espectadores y hasta sus colegas comenzaron a parecerle también difusos, algo así como bocetos en una larga comedia donde ahora él mismo tendría que resignarse a desempeñar sólo papeles marginales, diálogos que en cualquier caso se le anudan ya en el diafragma o en esa garganta que va cediendo al carraspeo y la afonía. Antes, cuando podía ser Ricardo III o el tío Vania, llegó a pensar que sus palabras y sus voces de ficción le pertenecían. En cambio hoy siente que su propia voz se le escapa. De improviso se le han ido las frases para ordenar la cena o para inquirir por un libro o un disco, y la memoria comienza a llenársele de huecos. Es como si su propio espíritu se hubiese largado para siempre con el alma de sus personajes más entrañables a cuestas, como si se desvaneciesen todos al caer sucesivo de máscaras empolvadas y maquillajes que de tan usados se han ido deslavando hasta exponer el vacío, el pasmo de un ser vaporizado aunque reacio todavía a disolverse y a ceder paso al usurpador, a ese joven en quien no puede no reconocer la imagen mejorada de sí mismo robándole a su público.

 

Lápidas, círculo sexto

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Lápidas, círculo sexto

 

Recordaba también el tránsito luminoso de su propia muerte, la tarde en que un disparo estremeció la serranía, cuando él, por un instante, se creyó alzado a los cielos en brazos de una legión de ángeles, un millón de espíritus que en pleno vuelo se habrían tapado los oídos para no resentir el eco montaraz de la detonación, el parietal despostillado por la ojiva, el derrumbarse de su cuerpo sobre el suelo de una taberna hedionda a orines, o a fango, quién sabe, madre, porque uno no se fija en esas cosas cuando se va desangrando, madre, uno anda demasiado distraído para morirse así, sin susto, con dignidad, sin tiempo siquiera para perdonarme ante Dios ni disculparme con aquellos jornaleros beodos que de pronto vieron los muros de la taberna salpicarse de sangre, esta es mi sangre, y su cuerpo caer al suelo, este es mi cuerpo, mi cuerpo sin susto, madre, sin tiempo para despedirme de los borrachos que no vieron a los ángeles llevarme en vilo, porque uno no se fija en esas cosas cuando le matan a un cura en las narices, teniente, aunque se trate de un famoso cura renegado, o de un cabrón hereje, como usted le llama, teniente, y aunque lo mataran como a un cerdo, teniente, igual era nuestro deber cristiano enterrarle en sagrado, bajo una lápida como Dios manda, y velarlo en una capilla pobre en flores pero, eso sí, señores, muy rica en oraciones que salían como sangre a borbotones por las bocas de una legión de mujeres como demonios del infierno, san Jerónimo bendito, ruega por nosotras, ruega por las arpías, las beatas ignorantes de que en esos momentos, madre, yo seguía de alguna forma vivo, porque mi memoria persistía más allá de mi propia muerte y por encima de mi materia deshecha, y también por encima del tiempo, madre, hacia atrás, antes del velatorio, antes del disparo, mucho antes del grito inseguro del asesino al entrar en la taberna con su Así quería verte, curita, antes de tantas cosas, madre, cuando en vez de ángeles eran luciérnagas las que aleteaban junto a mí y junto a mi hermano, y cuando no era mi cráneo lo que se dejaba perforar por una bala sino enormes sandías que estallaban tras los disparos del abuelo, sandías como cabezotas verdes de un cuento de ogros que desparramaban su entraña roja en el solar de nuestra casa entre maizales, con sus montones de leña y sus cacharros oxidados en la puerta, con sus hornillas y sus trampas para liebres hacinadas sobre el estiércol y la alfalfa, y el abuelo en el solar con su mirada de otro siglo y su escopeta resbalándole del hombro, madre, nuestro pobre abuelo loco con su sonrisa de prócer olvidado que le hablaba a las sandías como si fueran reos de muerte, jurándoles que las enviaría al infierno, hijos de la chingada, al infierno he dicho, y las ponía sobre una tapia para dispararles con gesto de militar ofendido, al infierno he dicho, cabrones, y las sandías fusiladas vaciaban su entraña sobre el suelo del solar mientras mi hermano y yo, niños aún, corríamos hacia la casa con la picadura de la pólvora en los ojos, gimiendo ante la madre como si nos hubiesen disparado a nosotros, como si nos hubiesen reventado en lo más oscuro de una taberna, madre, rogándote que le digas al abuelo que ya no mate sandías, madre, y ella en la cocina, tristísima entre ollas, ella de pie y los niños en su enagua, asustados todavía, llorando siempre, y la madre que calma, hijos, ya no griten, su padre duerme, estense calladitos a pesar de los disparos y aunque el padre, bien lo sabían ellos, no iba a despertar con nada, ni siquiera con las sandías fulminadas, mucho menos con el llanto de la madre cuando al hermano lo mató un relámpago y se fue al cielo, hijo mío, mucho menos con mis gritos, madre, que eran los de un niño espantadizo y que vaya a usted a saber a quién salió, comadre, no a su padre, que no es hombre para asustarse con nada, mire usted, tan hecho y tan derecho que ni lloró cuando a su hijo el mayor lo mató un rayo ni tampoco cuando fueron a decirle que al otro hijo, el curita renegado, lo habían reventado en una taberna, compadre, veinte años más tarde de la muerte del primero de sus hijos, cuando el escorbuto mataba vacas como moscas y los jornaleros se bebían sus préstamos del rescate agrario en una taberna apestosa a orines, o a fango, quién sabe, madre, que uno no se fija en esas cosas cuando le arrancan a un hijo, aunque el hijo sea un cura asesinado en el culo del mundo como si fuera un cerdo, o una sandía, madre, como las que destrozaba el pobre abuelo, que se apagó con la muerte del primer nieto y lloró, él sí, el cadáver del segundo en una capilla huérfana de heliotropos pero, eso sí, señores, rica en beatas como arpías que pidieron por su alma a los Santos Niños Inocentes, rueguen por nosotras, mientras la madre hacía prodigios por encender las ascuas y darle gusto a todos, primero al hijo fulminado por el rayo que se había ido al cielo y luego al otro, el curita renegado, que se fue al infierno, la madre con el fogón siempre a nada de apagarse en la cocina, y el abuelo robando sandías del huerto, mandándolas a todas al infierno, cabrones, gastando pólvora y emprendiéndola contra las sandías, teniente, así como lo oye, y espantando a sus nietos, que corrían a casa como si les hubiesen disparado entre las cejas en lo más guardado de la sierra, adonde fue a encontrarlo su asesino, teniente, un rapaz que apenas distinguía entre el honor ofendido y el miedo a lo que debía hacer, así quería verte, curita, y la madre al hijo que le quedaba vivo, entre ollas, acariciándolo sin prisa, diciéndole que si sigues llorando te vas a ir al infierno o te vas a quedar ciego de tanta lágrima, o al menos tullido para cualquier cosa que no fuese el seminario, el exilio definitivo de la enagua de la madre, la pobre, que se afanaba por tener el almuerzo listo y encogía el puño y lo dejaba caer sobre el cogote del hijo menor porque, en sus tambaleos de miope y mariquita, había tirado una jarra de agua de sandías que se extendió en el suelo como se extendería luego su sangre en una taberna hedionda a orines o a mal vino, quién sabe, madre, que en esos momentos a uno sólo se le ocurre recordar quién fue en la vida que ahora se le escapa, y quién era ese niño taimado que todo lo rompía, y a quién pertenecía esa alma atribulada que tenía un hermano en el cielo y que se preguntaba cada noche por el infierno, que es adonde van a vivir los muertos, hijo mío, no todos, sólo los que fueron malos, los herejes, los niños que quiebran jarras, votos y copas como la que él dejó caer cuando un muchacho torpe le puso una bala en la cabeza, así quería verte, curita, cuando él por fin tuvo la buena excusa de estarse muriendo para que nadie volviese a amenazarle con el infierno, el curita finalmente en paz cayendo al suelo como para besarlo, los parroquianos mirándole con pasmo, los ángeles tapándose los oídos para no escuchar el desplomarse del hombre que jadeaba apenas con la excusa de estarse muriendo, el pretexto aquel que le había faltado antes al esquivar el segundo sopapo de la madre y escapar de la enagua tirando cacharros, encerrándose en la noche de su cama para rogar a Dios, por favor, no dejes que me vaya al infierno, santiguándose la frente por ahora intacta, su frente de niño como una tabla rasa donde se alojarían después la ojiva, el horror, las amenazas de la madre, los catecismos flamígeros, las bendiciones, el infierno, sobre todo el infierno, y los cientos de plegarias semejantes, por favor, diosito, al infierno no, las mismas plegarias entonadas luego en la media luz de su cuarto inundado de luciérnagas como ángeles, los mismos rezos y los mismos ruegos repetidos en la enagua, en el retrete, en la celda helada de un seminario helado donde años después debió marchar con los demás novicios en hileras perfectas, la cabeza gacha, el misal abierto en el tedéum mientras sólo él cerraba los ojos para no mirar las baldosas del pasillo ni los muros, tan distintos de la enagua de la madre, y tan parecidos a las lápidas que él había visto cierta vez impresas en un libro de su abuelo desquiciado, un libro en tercetos italianos e ilustrado cada cinco páginas con pavorosas litografías, entre las cuales halló una que ni siquiera la muerte borraría jamás de su recuerdo, los cuerpos retorcidos de un centenar de hombres en un paisaje cenagoso a orillas de la Ciudad de Dite, allá donde dos poetas encapotados miraban con gesto de latina tristeza un bosque de lápidas destinadas a torturar a los herejes, a espíritus que en vida se habrían llamado Farinata o Giaccomo, almas que habían sido de cátaros o de pontífices o de herejes que habrían traicionado a Dios, o a su Iglesia, o a todos los hombres, quién sabe, madre, porque cuando uno es niño y mira imágenes así en un libro sólo puede aterrarse y preguntar dónde queda este lugar, abuelo, y el abuelo que en el infierno, soldado, ni más ni menos, en el infierno, cabrones, no el de Dios sino el de Dante, no el de las litografías, madre, pues ahora que estaba ahí, en el infierno, podía decir que era verdadero el sufrimiento que se anunciaba para los herejes, aunque ya no podría explicárselo a la madre ni al abuelo, pues una bala le habría llevado hasta ahí, al Círculo Sexto, donde había constatado que el infierno es como lo imaginamos, y que el infierno es la representación del Círculo Sexto, allá donde había perdido ya la cuenta del tiempo que llevaba en el ultramundo, un siglo o un eterno instante desde que se desplomara en el suelo de una taberna apestosa a orines, quién sabe, madre, pues de cualquier forma el dibujo en el libraco del abuelo había mentido, ahora lo sabía, ahora podía decir que el de Dante era un infierno justo, y el infierno, madre, no puede ser justo, y porque en el libro del abuelo el lodo de la Estigia no apestaba como en verdad apesta, y porque en el grabado no quemaban los remordimientos como ahora le quemaban los suyos ahí, bajo su propia lápida de cura renegado, al lado de los herejes Giaccomos y Farinatas, los que traicionan a Dios y a su Iglesia, hijo, decía el abuelo desde el limbo o desde el infierno de los locos esperando que sus palabras llegasen ahí, hasta su tumba, bajo una lápida como Dios manda, teniente, una lápida que él ahora debía alzar mientras el lodo de la Estigia se le metía entre las piernas, y mientras todo junto a él hervía y le hacía alzar su lápida en busca de aire, aunque ahí, en el Círculo Sexto, el aire también oliese a orines, porque en el infierno de verdad, madre, los dos poetas latinos no estaban para atestiguar mi tormento ni para asentir con lágrimas de verso cuando les explicase cómo y por qué había llegado hasta los linderos de la Ciudad de Dite, en la página centésimo cuarta del libro del abuelo demente, en aquel grabado atroz de su niñez, al que se supo destinado cada cuando rompió un cacharro y su madre le juró que si seguía rompiendo cosas se iría al infierno, o cuando el abuelo, en un momento de cordura, le explicó que bajo las lápidas del Círculo Sexto, soldado, están los herejes, los que traicionan al dios del seminario, el mismo dios y el mismo seminario de tantos recorridos de madrugada hacia la capilla, en hileras otra vez perfectas, otra vez con el misal abierto en el tedeum, y él, sólo él, con los ojos cerrados ante esos muros como lápidas, el mismo dios de las hostias y el vino que él, un día, pudo al fin consagrar, este es mi cuerpo y esta mi sangre, hasta que un disparo de venganza lo mandó a saber cuáles eran las verdades y cuántas las mentiras del infierno dantesco, madre, a confirmar qué tan ciertos habían sido sus miedos en la infancia, qué tan áspera la cúpula de roca sobre el paisaje del Círculo Sexto, y qué tan copioso el llanto bajo las sábanas o bajo las lápidas que vio cierta vez impresas en el libro del abuelo, página centésimo cuarta, hojeado a escondidas entre fieles e infieles, entre él y su hermano, el fulminado y el maldito, frente a una comarca entera de jornaleros como odres a medias pasmados por la sangre, esta es mi sangre, y ante el asesino que había entrado titubeante en la taberna después de seguir por varios días al curita renegado, lento, seguro de que aquel saltear de pueblo en pueblo acabaría de ese modo, con su Así quería encontrarte, curita, esperándolo, lista la víctima para inmolarse y caer creyéndose llevada al cielo por ángeles como espadas, aunque en realidad lo estuviesen refundiendo en los infiernos, cabrones, no esos ángeles sino uno solo, el ángel terrible, el perseguidor que apenas distinguía entre el honor ofendido y el miedo, rogad por nosotros, el ángel muchacho, el ángel justiciero, el ángel medroso a quien él, la víctima, el curita renegado, ni más ni menos, había estado esperando con la espalda untada al muro de la taberna, como a una lápida infernal, de cara a la sombra, las manos encallecidas de resignaciones, adelantándose ya, en su mente, hacia el lodo estigio y hacia aquella condenación tan buscada en su ministerio profano, un pregón de sandalias raídas y de pies hartos de andar por tanta plaza y tanta casa anunciando a sus devotos que no teman más, porque yo he recibido la autoridad para perdonarles del infierno, y sí, perdonarlos a todos de cualquier condena, teniente, mire usted, diciéndonos que, hiciéramos lo que hiciéramos, no habría infierno si no pensábamos que lo había, y que él cargaría con los pecados de cada uno para que nadie nunca tuviera que imaginar ni padecer el miedo que él había padecido desde niño, y para que el infierno no pesara sobre nuestras consciencias como la lápida que ahora le pesaba sobre el pecho, explicándonos que así pecásemos, así rompiésemos millones de jarras de agua de sandía o de vino como sangre, así disparásemos en la penumbra contra el cráneo venerable de un curita renegado, así mereciésemos el infierno, madre, yo igual eximía a todos de sus pecados, hasta a mi propio asesino, al que yo mismo absolví días antes de que me matase, a sabiendas de que ese pobre muchacho vendría a buscarme con su ojiva diminuta y su grito de así quería verte, curita, empacando el alma para hundirme acá, en la Estigia, y para decirte, madre, desde ahora, que el dibujo en el libro no dolía como de veras duelen los gritos de los cátaros, los alaridos de cada uno de los herejes que ahora compartían con él su pena gimiendo en toscano, en árabe, en lenguas que dejaban de importar cuando el gemido se volvía uno y comprensible para cualquiera que pasara por ahí, llorad, almas perversas, no veréis jamás el cielo, perded toda esperanza de que un día vengan los poetas que prometía el libro aquel, página centésimo cuarta, perdedla, os digo, no esperéis que vengan los latinos a aguantar este dolor, madre, tanta mierda en el suelo, tanta sangre, tanta contradicción en la teología infame del castigo eterno, tanto descreer de un dios capaz de crear el infierno, tanto arrepentimiento diferente del de quienes acercaban los labios a la malla del confesionario, Ave María purísima, y de hinojos, sin pecado concebida, cantaban faltas que el curita hereje no se molestaría en escuchar, pues igual les diría ve en paz, hija mía, ve en paz, hijo mío, porque te digo que desde ahora has destruido el infierno, y absolviéndolos a todos, incluso a su asesino, un mozalbete que los siguió mientras él iba sumando pecados ajenos a los propios, cuánto peso para un solo hombre, madre, cuánta pena para el santo de veras que se había ganado a pulso su lugar en el Círculo Sexto, ya no en el libro del abuelo sino en el verdadero infierno, un suplicio que estaría sólo diseñado para él, pues en el seminario le habían dicho dar la otra mejilla, y él la había dado, y que había que ser siervo de los hombres, y él lo había sido, y que había que darlo todo, no sólo la vida o la muerte sino la propia Salvación, la del alma, se entiende, que se purificaría en su traición a la Iglesia desde la Iglesia misma, la Iglesia que lo había parido y transformado después de tantos misales, confesiones, desfiles entre muros como lápidas, la Iglesia que lo mandó a un círculo muy próximo al de los violentos, donde los asesinos y los verdugos paladeaban acaso el mismo lodo que los herejes y escuchaban el mismo llanto que fluía de la laguna infame y elevaba la barca de Caronte mientras él gritaba que yo no pertenezco aquí, madre, pues ahora sé que el infierno debe ser injusto para ser infierno, aunque los teólogos y los poetas cantasen otra cosa, aunque el vaso de vino o la jarra se rompiesen en mil suelos, aunque las sandías reventadas, aunque el hermano fulminado por el rayo, aunque así quería verte, curita, arrepentido en serio de tantas bendiciones repartidas como peces y como panes, arrepentido de tantos Te perdono del infierno para que tu vida sea menos pavorosa que la mía, para que tus noches no estén llenas de ruegos contra la pena, ni llenas de caminatas de pueblo en pueblo, asustado por las lechuzas, recordando para seguir adelante el miedo que había sentido de niño, por favor, Dios, no dejes que me vaya al infierno, y reemprendiendo la marcha entre galpones de mineros y alcarrías semidesiertas, empeñado en su inútil redención del mundo y en su vana destrucción del infierno para todos menos para él, en ese ministerio de santo hereje en que él sólo había cometido un error, madre, uno solo, quizá negarse como un asceta a las insinuaciones de una mujer que lo había deseado de veras, este es mi cuerpo, y que luego, despechada, habría puesto tras sus pasos a un hermano o un antiguo novio fulminado por el resentimiento de quiméricas deshonras, esa mujer que era tan deseable y necesaria ahora, en el Círculo Sexto, página centésimo cuarta, donde el cieno le metía alimañas en el sexo y le hacía darse cuenta de que ninguno de los que compartían su condena eran en verdad herejes, que ni Farinata ni los cátaros compartían su pena, y que por eso precisamente estaba él ahí, en un lugar de castigo al que no pertenecía, atormentado por no entender qué crimen habría cometido, escandalizado por saber que había tenido razón en perdonar a todos del infierno y que la incertidumbre del siervo de los hombres es el infierno, y que el infierno es su representación y que la Salvación es el olvido del infierno, la salvación del último y el primero de todos los hombres a los que había perdonado en cada bendición del vino que le recordaba el jugo de una sandía herida, esta es mi sangre, en cada baldosa semejante a una lápida, en cada fragmento de aquel segundo esplendente en que la ojiva diminuta me hizo recordar las sandías que al estallar vertían su entraña tras el certero escopetazo del abuelo.

 

El año de los gatos amurallados

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El año de los gatos amurallados

 

Sabían que en invierno tendrían que salir por agua. Hasta entonces habían sobrevivido gracias a un goteo que se filtraba por las grietas del túnel principal. A medida que aumentaba el frío en el subterráneo, el goteo había menguado hasta sugerir el nacimiento de una estalactita.

Fue justo esa imagen lo que encendió la hostilidad una tarde en que los cuatro se habían reunido frente a la clepsidra agonizante. Nos quedaremos aquí hasta convertirnos en hielo, sentenció Maida. Los demás mantuvieron la vista en el manchón de humedad. De pronto se desprendió del techo un goterón que había tomado horas en crecer. También Maida lo vio desintegrarse sobre uno de los rieles, también ella anticipó la sequedad de sus gargantas mientras el eco de la gota iba a refugiarse en la oscuridad del túnel, donde sólo el mayido de los gatos sabría responder al estertor del agua. La luz trastabilló en la lámpara de gasolina, Íñigo se inclinó para bombearla. Convencida de que su comentario no pasaría a mayores, Maida aflojó el cuerpo y suspiró.

 

Largo sueño de las cifras

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Largo sueño de las cifras

 

Te asustaban cosas que a nadie más habrían asustado: el rumor del agua, la asimetría de ciertas frutas, alguna formación nubosa. Lo demás apenas te conmovía, como si cada uno y casi todo perteneciésemos a un universo alternativo, inaccesible para ti. Sólo una vez percibí en tu rostro algo similar a la felicidad: una tarde, poco después de que te regresaran al Instituto de Neurología, volví a observarte a través de un espejo de doble vista, y por un segundo creí reconocer en tus facciones una emoción distinta de la melancolía y el miedo.

Te vi entonces como te había visto la primera vez, cuando te hallaron en las ruinas de la Sector Flehm-Ath y te trajeron acá. Ahora parecías un poco más limpio y mucho más triste. Volvías a sentarte en el suelo, literalmente encajado en una esquina de la habitación, indiferente al parco mobiliario que habían repuesto para ti con la esperanza de que reconocieses las bondades de una cama o la providencia muscular de una silla. Me hiciste pensar en el remedo humano y revolcado de un prisma piramidal. Era como si necesitaras que cada milímetro de tu cuerpo estuviese apoyado en algo o por algo. Y como si el vacío te causara vértigo. Tus guardianes me explicaron que durante el día mantenías los ojos cerrados, y que sólo los abrías de noche, cuanto te era posible no ver nada y escucharlo todo en la tiniebla sutil de tu cuarto: esa especie de cajón aséptico donde te refundieron al hallarte y al que fuiste devuelto más tarde, cuando se hizo evidente que jamás sabrías o querrías adaptarte a las maneras del mundo, nuestro mundo.

 

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