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Materia oscura

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En astrofísica, se llama «materia oscura» a una materia que los instrumentos no pueden detectar, y cuya existencia se deduce de sus efectos gravitatorios. La composición de la materia oscura nos resulta desconocida, pero no así su propiedad más notable, que es la de aglutinar la materia visible.
De un modo análogo, el lenguaje está habitado por un elemento que le es extraño –la pulsión inconsciente–, y que le proporciona una cohesión tensa, dinámica, donde el sentido y el sinsentido, lejos de excluirse, se mezclan para producir el efecto de la significación.
En la tradición del surrealismo, este libro de Ángel Zapata propone un modo de escritura que se concibe como inscripción de lo pulsional. Una escritura fragmentaria, exploratoria, múltiple, en la que los géneros y la narratividad misma se disuelven. Y que atestigua así la conmoción de una época donde la posibilidad del significado está siendo anulada por la destrucción de toda forma de normatividad y límite a manos del capitalismo, y la vuelta a la ley del más fuerte como expresión (abyecta) del vínculo social.
De Ángel Zapata se ha escrito: «Ángel Zapata enriquece nuestra literatura con catorce cuentos inolvidables», Medardo Fraile, Cuadernos del Sur; «Sus cuentos se caracterizan por el cuidado con que están planteados y escritos, por su meditada composición, y por la variedad de registros que en ellos se experimentan», Ricardo Senabre, El Cultural de El Mundo; «Un notable cuentista (…), en el que destaca el gusto por la concisión y la estructura cerrada», Santos Sanz Villanueva, Revista de libros; «En estos cuentos, el lenguaje está cuidado hasta la extenuación», Manuel Moyano, El Kraken.

Precio: 5,99 €

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Cosmogonía

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Cosmogonía

 

En el momento de crear el mundo Dios era una liebre, no todo tiene explicación, era una liebre, punto; de manera que cuando Dios dijo «hágase la luz» lo dijo con una boca pequeñísima, una boca ridícula, de liebre, y la luz se hizo, es verdad, pero se hizo igual que la vemos ahora: una luz triste y medio paralítica, una birria de luz, y yo (que de algún modo estaba allí con Dios, estaba en parte, si no recuerdo mal) le dije en confianza:

–¿A ti te parece que esto es una luz: una luz de las buenas?

No medí las palabras, lo reconozco. Pude ser mucho más diplomático. Porque el caso es que Dios se me quedó mirando con aire de condescendencia. Y entonces yo, en vez de plegar velas, me crecí:

–Te voy a ser sincero –le dije–: una luz como la que has creado puedes metértela donde te quepa. No te ofendas. Pero puedes metértela donde te quepa, de verdad.

Las liebres no tienen aguante, ahora lo sé. A una liebre tú no le puedes decir las cosas a la cara, y si esa liebre encima es Dios, ni hablemos. ¿Hay un solo Dios? Sí, hay un solo Dios, pero en el momento de crear el mundo era una liebre. La idea misma de crear el mundo solo pudo ocurrírsele a una liebre, apesta a idea de liebre; y por eso cuando yo le dije que aquella luz color mierda de liebre que había creado podía metérsela en mal sitio, no es solo ya que no me hiciera caso literalmente (con eso no contaba), sino que se agarró un rebote de tres pares. ¿Qué hizo entonces?

 

Los decimales de la respiración

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Los decimales de la respiración

 

Un huevo frito apellidado Prendergast descubrió una mañana de agosto que siempre había tenido la yema dura. Ocurrió en Illinois. No es el tipo de suceso que airea la prensa. Es, si se quiere, un hecho nimio, un incidente infinitesimal. Alguien (un huevo frito o cualquier otra persona) se percata de algo (de lo que sea). Hay aves con las garras palmeadas. Hay regiones del mundo (regiones frías) donde el suelo resulta demasiado duro para dar sepultura a los muertos. Las cosas que suceden no suceden por esto o por lo otro: suceden porque sí. Illinois no es ninguna excepción. El caso es que después de esa mañana no ocurrió nada. Agosto terminó, vino septiembre y Prendergast siguió con su vida normal. Es así como suele decirse: siguió con su vida normal.

 

Fidelidad

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Fidelidad

 

I

 

El destino está escrito en la raíz del pelo, está escrito en la curva que hace la espalda a la altura de los riñones, el destino (al fumar) puede leerse en las figuras gráciles del humo, en las volutas, en los redondeles; al entrar en un túnel los párpados se hacen pesados y eso es un don, al salir los oídos se aguzan y a lo lejos, si nada lo impide, puede escucharse el mar o también escucharse y no escucharse.

 

 

II

 

El destino está escrito en la corteza de los abedules (me refiero al destino del barro), y en las nubes ventrudas que rodean las iglesias cada vez que resucita el níquel.

 

 

III

 

Al confiar en el destino construimos un remo de cañas, un remo de helechos, un remo doblemente inútil, al confiar en el destino la fiebre pierde su profundidad.

 

 

IV

 

El destino está escrito en el reverso de las cintas métricas. El destino está escrito en el reverso de las cintas métricas: no confiemos en nada, nunca, en nada, salvo en lo lacio y en lo malherido.

 

Lo inconcebible no es el porvenir

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Lo inconcebible no es el porvenir

 

En la calle, junto a una boca del metro, dos hombres discutían acaloradamente por una muela gigante. La muela, muy calmada, se volvía hacia uno y hacia otro, sin tomar partido, como si aquella discusión fuera para ella un pasatiempo habitual. Cuanto más se ofuscaban los dos hombres, más crecía la muela. La gente que entraba en el metro hacía caso omiso de la disputa. La que salía, en cambio, se iba sumando al corro de curiosos, que al hablar en susurros formaban un repique sordo, hiriente, parecido al que haría un saco de avellanas al derramarse por el suelo.

Cuando la muela había sobrepasado las azoteas más bajas, uno de los dos hombres, el más fornido, rompió a llorar. La muela perdió altura. El otro hombre, todavía colérico, arremetió contra uno de los curiosos y el grupo salió en desbandada. Luego los dos hombres se dieron la mano: la muela se redujo al tamaño de un perro pequeño. Repitieron la acción, y la muela –que ya no era más grande que una avellana– rodó escalera abajo por la boca del metro, donde antes o después llamará la atención de otro par de inocentes sin escrúpulos.

 

Microcefalia

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Microcefalia

 

Un grupo de tijeras se presenta en mi casa sin previo aviso, un sábado a media tarde, y su conversación –plana y cansina– se limita a elogiar las virtudes de la piedra pómez. Yo sé que a las tijeras hay que seguirles la corriente y eso es lo que hago. Y aparte es que se trata de seis tijeras por estrenar, de tamaños distintos, todas ellas de acero inoxidable. Contra cualquier pronóstico, paso una tarde deliciosa. Cuando hablan las tijeras más pequeñas (unas tijeras mínimas, de manicura), se oye a lo lejos el estrépito de una catarata. Cuando hablan las tijeras de más empaque (unas tijeras toscas, de pescadero), el aire huele a lilas y uno recuerda, de la primera a la última, todas las fechas y las circunstancias en que tuvo en las manos una tortuga.

Lo inquietante es que el sábado siguiente, también sin avisar, se presentan en casa seis piedras pómez:

–Venimos a elogiar a las tijeras del pasado sábado – dicen a coro.

–Lo suponía –les contesto yo.

 

Atención a la nieve

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Atención a la nieve

 

Es una ley no escrita de la óptica: una lente está rota, la otra no, pero toda mirada convalece.

 

*

 

Vi murallas de carne ante las grutas de coral vivo, escombreras, amalgamas móviles: llevaban de la mano a los pioneros de una nueva especie, excluida de la clarividencia.

 

*

 

Lo que expresa algún tipo de equilibrio está siempre drenado.

 

*

 

Quieren a la tormenta arrodillada, esa es su álgebra, esa es su forma innoble de no querer.

 

*

 

Fatiga de elegir entre un origen y otro: una vocal se extingue, y la siguiente –ávida o asustada– excava un túnel en el viento, deposita un hexágono de plata sobre el humus de la maduración.

 

 

Se quiera o no

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Se quiera o no

 

Ni sale de su casa ni entra en ella: permanece en el umbral, atónito. El mundo, fuera, se ha vuelto de carbón, un mundo negro, inanimado, exhausto. Sobre su cabeza, la ley inexorable de un cielo de carbón. En su interior, un cuchillo dentado. «Aquí terminan todas las cobardías», piensa. Pero sus pies siguen inmóviles. Llega el día, la noche, el día otra vez. Cada no mucho tiempo, un hombre hecho de lágrimas cruza la calle.

 

 

Poniente

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Poniente

 

Las nueces pueden despertar, abrir los ojos en la frontera de un país confiable, sería legítimo. Otra cosa es el cieno, la miel impura del cansancio, la confusión que se propaga cuando una bayoneta cae o no cae al suelo en mitad de la noche. Aunque lo disimulen por orgullo, todas las indolencias son hermanas. En esta lejanía sobran las nubes interpuestas, el peaje ínfimo de las destilaciones. Si queda un sueño está manoseado, pero si falta ¿para qué incubar piedras?, ¿qué hacer (tan solos) con el gusano-incendio?, ¿cómo temblar?

 

 

 

 

 

 

 

II

 

 

Usura

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Usura

 

Por ninguna razón , imperativamente, bajo un silencio amenazado donde algo querría nacer, este abandono, dilo: este abandono.

 

 

La estación de las lluvias

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La estación de las lluvias

 

Hay un tic-tac.

Y en el tic-tac (muy dentro), la gelatina de la noche.

Todo lo mudo, el hambre, la extrema desnudez de todo-todo.

Hay un paraguas con las varillas rotas parecido al aliento.

Y si esto es así (como de hecho lo es), para qué el pan envenenado, el pan en cuya miga se encuentran hombrecitos de madera que dicen: «¡cómo no!, ¡cómo no!».

Ahoguemos los sollozos.

Cuanto antes.

 

 

Al fin desaparece

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Al fin desaparece

 

Los labios, los labios-ancla, y frente a ellos nada, el torbellino, un río de fauces.

En honor a la cólera, nombra los labios.

Ata la noche a la noche.

 

 

Sobre suelo enemigo

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Sobre suelo enemigo

 

Casualmente, mira su pie desnudo. En el empeine aparece un mapa. Entonces mira sus rodillas: en cada una se está formando un lago, y en cada lago flota una canoa. Cede a un impulso. Se sumerge. Llega nadando a una de las canoas y luego rema hasta que le vence el sueño.

Sueña que ha muerto.

No sueña nada más.

Despierta, muy avanzado el día, tumbado sobre un tablero de ajedrez donde en vez de figuras hay enormes ovillos de lana.

 

 

Una rata nunca espera a otra

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Una rata nunca espera a otra

 

Aunque ha empezado a oscurecer, me asomo a la ventana y veo que en todas las azoteas hay corrillos de gente haciendo señales de humo.

Sin saber cómo, soy capaz de leer los mensajes. Todos dicen lo mismo: «A primeros de abril, la estrella de Belén llegará a Stuttgart, en viaje de negocios».

 

 

No hace ruido: se asimila a la puerta involuntaria que día y noche da sobre el huracán

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No hace ruido: se asimila a la puerta involuntaria que día y noche da sobre el huracán

 

Algunos días, un relámpago rodea su cabeza. Cuando esto ocurre, puede ver a través de las paredes y oír conversaciones que tienen lugar a kilómetros de distancia. Después el resplandor se hace más tenue, el relámpago cesa, y este es el momento en que el suelo de su habitación empieza a cubrirse de albaricoques.

No necesita abrirlos para saber que en cada albaricoque, en vez de hueso, hay un diminuto pájaro en llamas.

 

 

A menos que haya un puente donde nunca lo habríamos pensado

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A menos que haya un puente donde nunca lo habríamos pensado

 

Una botella de sifón me asegura que somos familia –«primos lejanos», dice–, y ante mis dudas no cesa de mostrarme lo que ella considera «fotos de antepasados», y que no son, en realidad, más que ajados recortes de revistas en los que apenas se distinguen dos o tres islas paradisíacas, el perfil de un tranvía, y un sanatorio para tuberculosos, desoladoramente lúgubre.

–Podría darte innumerables pruebas –me dice–: ¡innumerables! Pero es igual. ¿Se puede convencer a quien no está dispuesto a convencerse?...

Es por la tarde –una tarde nublada–, y en la playa de arena finísima donde nos hemos encontrado sopla el Levante. En el cielo, en vez de albatros, planean en un vuelo casi rasante enigmáticas bandadas de peluquines. Todo es plomizo, hostil, todo es la pesadilla de costumbre. Hace ya rato, de hecho, que no avanzamos en la discusión. De modo que al final saco de la chaqueta una mandíbula de mono, se la muestro airadamente a la botella, y sin perder de vista el enigma de los peluquines, le digo con un tono que intenta ser pausado:

 

Indicios de que el tiempo seguirá reinando, y a la vez no

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Indicios de que el tiempo seguirá reinando, y a la vez no

 

En algunos teatros –cuando está cerca un cambio de estación–, se celebra un certamen donde los concursantes tienen que pronunciar en un susurro la palabra «destierro». Pero nadie es capaz. Los jóvenes se traban desde el principio y únicamente logran pronunciar «duna, duda, duelo»… («¡es imposible!», dicen extenuados). Los más maduros se ceden el paso unos a otros al pie del escenario, y los pocos que suben se quedan rígidos, pronunciando «impaciencia, impaciencia, impaciencia»…

Después, cuando el teatro se vacía, cuando las limpiadoras terminan de barrer y un conserje apaga las últimas luces, decenas, cientos de manos fosforescentes aparecen en la sala a oscuras, e imitan para nadie el vuelo de la mariposa esfinge.

 

 

Nigredo

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Nigredo

 

Una tarde, al volver a su casa, encuentra un reguero de huellas en el parquet del recibidor. Son huellas de pezuñas. Las sigue. Llega hasta el dormitorio y allí descubre, naciendo de las paredes, tres cabezas de camello. Las cabezas se vuelven hacia él. Las cabezas le miran con un gesto de indefensión, casi de súplica. Él se ha tenido siempre por un hombre hospitalario, y en cambio ahora el miedo le atenaza, no sabe cómo reaccionar, se dice a sí mismo que nadie sabría. Quizá por eso, este breve momento de duda resulta fatal. En cuestión de segundos, las paredes, los muebles, el suelo, se convierten en una masa de agua, y dentro de esta masa (que ahora flota en un vacío oscuro) él se transforma en unos alicates.

A partir de aquí, la situación deja de ser simétrica y es muy difícil de contar.

Lo intento.

Como efecto de la oxidación, los años empiezan a pasar en falso, pasan, pero en falso, la misma palabra «alicates» indica que la muerte no está al final, ojalá lo estuviera. Y es igual para el agua, para lo que se quiera, sobre todo para lo que se quiera, que está caído del lado de la muerte, siempre está así, caído, y está y no está.

 

Único centro

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Único centro

 

Qué emprender cuando cualquier acción se siente fútil, cualquier gesto irrisorio, ahora que la amenaza cubre la luz del día con sus andrajos, y todo intento de desquite es igual que azotar al océano, es pueril.

Los rodeos, los ardides, fracasan de antemano. Solo queda, rompiendo en las costas, un oleaje de tiniebla. Y aquí, en la pulpa iluminada del instante, un grito.

 

 

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