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Ocho centímetros

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¿Qué distancia separa el dolor de la felicidad? Un pastor evangelista gitano proclama ante sus enardecidos fieles en un poblado chabolista que la distancia entre uno y otra es de ocho centímetros. En ese intervalo mínimo se sitúan las historias de Nuria Barrios, intensas y vibrantes: allí donde no todo está perdido, donde la escritura hace reconocibles umbrales que raramente se nos muestran. Estos once relatos tienen aristas y brillan con dureza. Son once diamantes. Cortan. ¿No es acaso lo que esperamos de la literatura? Que indague, que nos ilumine, que nos duela.
De Nuria Barrios se ha escrito: «Sabe crear tensión, imagina situaciones tan estrambóticas como atractivas y tiene la extraña capacidad de resultar igual de creíble cuando narra con voz masculina que cuando narra en femenino», La Vanguardia; «Lúcida, irónica, Nuria Barrios nos sumerge en historias, a veces trágicas y a veces cómicas», Qué leer; «Una voz singular, un punto de vista único»,  El Correo; «Nuria Barrios tiene una mirada muy inquietante para descubrir el enredo de los sentimientos, la bulla y fragilidad del animal racional», El País; «Un libro descarnado, irónico, corrosivo», ABC.

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Ocho centímetros

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Ocho centímetros

 

Dos gitanos colocaban los bancos sobre el suelo de baldosas blancas y negras cuando la mujer y su marido entraron en la iglesia. Era una sala cuadrada sin más adorno que la tarima sobre la que se levantaba el atril del pastor. Escrito en la pared blanca, junto a una cruz de madera, se leía: cristo vive. El olor penetrante a lejía no ocultaba un leve hedor a cañerías.

El gitano más joven permaneció inclinado, sujetando el extremo de un banco, mientras el mayor se irguió para observarlos. Ella les preguntó por Yen. Hacía unos meses se había encontrado en el hospital al pastor de Caño Roto. Él le había contado que Yen había regresado de Argentina.

Los hombres intercambiaron una mirada.

–Suele venir media hora antes del culto –contestó el mayor–. Estará aquí a las ocho.

La pareja salió al inclemente sol de agosto.

–Vamos a tomar algo –dijo el marido.

En el descampado, un grupo de chavales jugaba al fútbol, jaleado por sus padres. Eran latinoamericanos.

 

La palabra de Dios es extendida

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La palabra de Dios es extendida

 

La primera vez que mi prima ingresó en la Unidad de Trasplantes de Médula Ósea del hospital Gregorio Marañón había un gitano. Los médicos se referían a esa planta como la U.T.M.O. Mi prima, según su humor, la llamaba «el zulo» o «la Buchinger», nombre de una conocida clínica de belleza marbellí para estrellas de la televisión. Para todos los demás, Celia estaba «en aislamiento».

Las habitaciones donde permanecían encerrados los enfermos formaban una U. Para evitar infecciones solo se permitía la entrada de un visitante por cuarto. Las puertas estaban en la parte interna de la U, un espacio cerrado y caliente al que era preciso acceder con calzas, mascarilla y una bata verde, áspera como la piel quebradiza de mi prima tras los agresivos tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Delante de cada puerta había un dispensador de gel para desinfectarse las manos y una caja con guantes de látex, el último requisito antes de pasar finalmente al cuarto de Celia.

 

¿Pero quién se va a querer ir con ella?

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¿Pero quién se va a querer ir con ella?

 

En la niebla le llegan voces. Hablan mal del príncipe. Le llaman indigente, yonqui, mentiroso, vago, chulo, chupapollas, parásito, pedazo de mierda. Le desean que muera de sobredosis, que lo atropelle un coche, hablan de contratar a un búlgaro o a un rumano para que lo quite de en medio. Las voces zumban a su alrededor como mosquitos; ella intenta alejarlas, pero no consigue levantar los brazos. Abre los ojos y ve a sus padres, a sus hermanos, a sus tíos, a sus abuelos, que inmediatamente bajan la voz. ¿Qué cuchicheáis? ¿Por qué habláis en susurros?, les pregunta irritada. Le tienden una pastilla y un vaso de agua.

Mueve la cabeza con esfuerzo de un lado a otro. El vaso y la pastilla no desaparecen hasta que ella cede y los coge a regañadientes. Sus padres, sus hermanos, sus tíos, sus abuelos se quedan inmóviles y vigilantes para comprobar que se ha tragado la pastilla y no la ha escondido debajo de la lengua o en un pliegue carnoso de la boca para después escupirla. Les dice, desafiante, que el príncipe está en camino, que jamás la abandonaría. Las palabras salen de su boca pesadas, como arena caliente. Frunciendo el ceño, añade que quiere irse con él, estar con él, dormir con él… Dice exactamente: quiero estar íntimamente con él. Ya, tú lo que quieres es ir con él a pillar y a ponerte ciega, le contesta su hermana, o más bien le parece que es su hermana, pues no consigue enfocar la vista y las voces se mezclan y se separan como en el coro de una tragedia griega. «Íntimamente», repite alguien con sarcasmo. Íntimamente, repite el coro entre risitas burlonas. ¡Qué fina se ha vuelto!

 

Danny Boy

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Danny Boy

 

El 15 de enero era el cumpleaños de Celia. Su hermana Merce nos llamó un par de semanas antes para invitarnos a la fiesta que iba a organizarle en su casa. Sería una reunión familiar; solo estaríamos su madre, sus hermanos, sus cuñados, sus sobrinos, sus tíos, sus primos y, por supuesto, su hijo, Carlitos. Merce seleccionó fotos de Celia, las amplió y las colocó en el espejo que cubría una de las paredes del salón. Preparó comida, se aseguró de que hubiera suficiente bebida y compró una gran tarta de chuches, la favorita de Celia, con gominolas y nubes de colores.

Cuando llegamos, todas las habitaciones de la casa estaban iluminadas y había un trajín de saludos y besos, abrigos y bolsos para guardar, platos que salían de la cocina y un barullo de voces en el salón.

–Toma, Merce, dos tartas de limón. –Le tendí la gran bolsa de plástico que Antonio, mi marido, había llevado con cuidado en el regazo durante el viaje en coche.

–Gracias, prima. Podéis dejar los abrigos en el dormitorio, es el último cuarto a la izquierda. –Merce señaló el pasillo antes de entrar en la cocina.

 

Hansel y Gretel en la T4

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Hansel y Gretel en la T4

 

Una semana después de haber salido del centro, desapareció con cincuenta euros que le quitó a su padre. Corrió a reencontrarse con su novio y caer, caer, caer, la pequeña pipa de crack quemándole los labios. Rehab. Relapse. Recaída, así debió de llamarse el disco de Amy Winehouse. Todas las culebras negras que habían sido enterradas durante los cinco meses de rehabilitación reptaron a la superficie: no se va a curar, se va a morir en la calle, si ella quiere matarse no podemos hacer nada… Culebras con las colas enlazadas, como una inmensa solitaria recorriendo su surco de miseria, cegando con sus huevos los pequeños orificios de luz.

Era el inicio de la primavera. Las ramas desnudas de los árboles se habían llenado de brotes nuevos. El aire era azul y limpio y del suelo duro del invierno brotaban flores amarillas, margaritas blancas, amapolas rojas entre la hierba alta, ocultando el polvo de los pinares. Sus padres ordenaron a los tíos que no fuesen a buscarla, enviaron whatsapps con la prohibición en letras mayúsculas: no vayáis a buscarla. Esta vez iban a dejarla tocar fondo, como aconsejaban en la terapia para familiares de toxicómanos.

 

Yo era un bulldozer

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Yo era un bulldozer

 

No importa su nombre. Tampoco es necesario el mío: no era así como él me llamaba.

La última vez que nos vimos fue una mañana de verano. Yo entraba con mi novio en un hospital. El paso de la violenta luz de la calle a la penumbra del edificio me cegó. Fue solo un instante. El tiempo que necesita un rayo para cambiar la realidad. La oscuridad me apretó contra sí y empezó a balancearme. A acunarse en mí. Susurraba en mi oído el nombre que nadie excepto él me daba. Ni siquiera noté cómo la mano de mi novio soltaba la mía. Un instante había bastado para que yo regresara al lugar del que tan penosamente me había exiliado:

Él.

Había acudido al hospital a hacerse unas pruebas. Desde que nos separamos, sufría unos dolores de cabeza terribles que le impedían leer. Él, que solo encontraba olvido en la lectura y en la música, quedaba desamparado sin libros. Expuesto, como un hombre sin piel. Se dirigía a la salida cuando las puertas se abrieron: impregnada del calor y la luz del verano, yo avanzaba hacia él. Así me vio.

 

El tren Neckermann

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El tren Neckermann

 

Queremos escaparnos y no sabemos cómo. Hablamos de escondernos en el culo enorme y oscuro del camión del tío de Cati, pero tememos lo que sucedería si nos encontraran. Paradas en la calle, en silencio, lo vemos alejarse. Tan pronto lo perdemos de vista, yo cuento los días que faltan para que regrese. Muchos piensan que somos hermanas, estamos siempre juntas, nos cortamos el pelo como chicos y nos vestimos igual. Discutimos los planes para fugarnos en casa de Cati hasta que su padre se queda sin trabajo, empieza a beber y a llamar imbécil a su mujer. Mi amiga dice que en mi casa estamos más tranquilas. Es verdad, no nos molesta nadie porque no hay nadie. Mi madre sale muy tarde de la oficina y a mi hermano mayor no le vemos casi nunca. Los fines de semana, después de comer, mi madre se pinta los labios de rojo y, cuando regresa por la noche, su boca medio despintada parece una manzana mordida.

Cati y yo nos encerramos en el baño y nos levantamos la camiseta para comparar las areolas, ligeramente abombadas en nuestras tetas planas. Cambian nuestros cuerpos, todo cambia a nuestro alrededor y cuanto más rápido se mueve el mundo, más quietas nos parece que estamos nosotras. En su veloz mudanza, lo viejo y lo nuevo nos golpean.

 

Un puente de cristal

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Un puente de cristal

 

Lo primero que hizo Claudia cuando se separó de Juan fue buscar a un hombre para meterlo en su cama. Un cuerpo que devolviera la vida a su cuerpo embrutecido. Que expulsara su rabia a base de golpes, los golpes del sexo. Claudia no buscaba a nadie en concreto, le valía cualquier hombre. Cualquiera, siempre que estuviese sano, que por un cuerpo enfermo había ella enfermado.

Lo primero que hizo Juan cuando se separó de Claudia fue tumbarse en la cama, sobre las sábanas arrugadas y sucias, para releer el Libro de Job. Cuando terminó, cerró la Biblia con furia. Aquel venturoso final era una triquiñuela para maquillar lo inexplicable: el dolor, la agonía, el sinsentido de la vida. Solo existía un desenlace feliz para el sufrimiento de Job: la morfina. Habría bastado un buen editor para transformar al caprichoso Dios de los hebreos en camello. Juan buscó sus pastillas.

 

 

 

Juan y Claudia se habían querido. Intensamente. Como se quieren los amantes, entregándose la vida el uno al otro a través de un puente de cristal. Pero no hay cristal que aguante una enfermedad tan larga y penosa como la que padecía Juan.

 

Limpia luz de escarcha

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Limpia luz de escarcha

 

La noche cerraba el ventanuco del establo cuando una sombra se levantó del banco.

–Hoy me acostaré temprano, Dolores –dijo la vieja–. Estoy cansada.

Dolores dejó la lanzadera y se llevó la mano a la pequeña cicatriz encarnada que tenía en la frente. Esa noche helaría. Un granizo afilado como un pico le había marcado de niña aquella puntada carnosa. Cuando la temperatura bajaba, la antigua herida, de costumbre pálida, despertaba y enrojecía, como si la piel tuviese memoria del dolor.

–No se puede ir a la cama sin cenar algo, madre. –La mujer se puso en pie–. Voy a calentarle un plato de sopa.

Tras ayudarla a desvestirse, Dolores volvió al trabajo. Venían compradores desde muy lejos para adquirir las mantas de lana que tejían en aquel pueblo asolado por furiosas tormentas de hielo. Ella, al igual que sus vecinos, vivía de esa maldición. Sus yemas ásperas acariciaron el dibujo rojo, castaño y naranja de la manta antes de sujetar la lanzadera. Tejía como parpadeaba o andaba. De hecho, desde hacía tiempo tejía con más gracia que andaba. Pero esa noche estaba inquieta. Al acostar a su madre, había notado el frío en su aliento. Se separó del telar y se dirigió al teléfono.

 

Las amigas

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Las amigas. Una fotonovela

 

Estamos en la playa. Pilar se vuelve hacia mí:

–¿Por qué no me haces una foto con el mar al fondo?

 

 

Foto n.º 1

 

Pilar está tumbada bocabajo sobre el chaquetón de Ana. Lleva un chubasquero azul marino y un pañuelo blanco anudado al cuello. Levanta el torso, erguido entre los brazos cruzados. Las tres bandas blancas de Adidas que recorren las mangas dibujan un círculo que cierra su rostro. Inclina, coqueta, la cabeza y me sonríe. Una sonrisa pequeña y decidida, sin separar los labios. Acabamos de llegar a Santander. Bajo el cielo plomizo, la ciudad se achata, hostil y precavida como un molusco.

Es la primera foto de aquel viaje. En cinco días disparé tres carretes mientras caminaba junto a Pilar y Ana. Hay muy pocas imágenes de nosotras: estamos tendidas en los prados mojados y en la arena húmeda de las playas con nuestros jerseys de colores. En ninguna de las fotografías aparecen las compresas alrededor de los tobillos de Ana y de los míos ni las bolsas de plástico que Pilar llevaba como improvisadas fundas impermeables para los zapatos. Sin embargo, las compresas y las bolsas son lo que recuerdo con mayor nitidez. Las recuerdo mejor que los pueblos de calles empedradas, los prados sembrados de vacas o el mar gris que fotografié sin descanso. Las recuerdo mejor que la lluvia, que no cesó desde que llegamos.

 

El limbo

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El limbo

 

Todos los jueves, David Osorio acude al psiquiátrico y lee un par de relatos. Su club de lectura cuenta con unos diez internos, más la psicóloga que les acompaña. A las cinco de la tarde se reúnen en la sala, en torno a una mesa destartalada. Fuera de aquellas cuatro paredes, los pacientes apenas se dirigen la palabra, ocupados en seguir con ciega determinación caminos profundos como surcos, arrastrando los pies unos, hablando solos otros, yendo y viniendo en círculos. Pero los relatos crean una senda, leve como el polvo, que recorren juntos unidos por el hilo de la ficción, igual que niños que caminaran en fila sujetos a una cuerda para no perderse.

David es monitor de la biblioteca pública de la ciudad. Desde hace dos años, entra en el hospital con un libro, tan pequeño ante el Goliat amorfo e inabarcable de la locura: esquizofrenia residual, demencia por multiinfartos, brotes psicóticos, deficiencia mental con trastornos de conducta… Alguna vez, mientras lee, ha sentido cómo la honda golpeaba a Goliat y abría un resquicio en las gruesas paredes invisibles que aíslan a los internos. Alguna vez ha sentido asimismo el milagro del olvido de ser quien es y, aunque solo haya sido unos instantes, ha jugado con Goliat.

 

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