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Oficios ejemplares

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Toda profesión, por glamurosa que sea, esconde en los rincones de su trastienda algún aspecto que ocultar, algo de lo que arrepentirse. Pero también sucede al contrario. Incluso los empleos peor vistos, aquellos que ninguna madre querría para su hijo, guardan un lado excitante y divertido, provocador y morboso que los hace atrayentes.
Eso mismo sucede en los cuentos de Paola Tinoco, donde –escarbando en las zonas más oscuras– los escritores y los camellos se mezclan con los encargados de limpiar la muerte de los coches, de fotografiar a parejas en la cama o de soñar los sueños de otros. Catorce cuentos donde la ambigüedad moral no está reñida ni con el humor ni con la ternura. Aunque no siempre.

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Cenicienta humillada

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Cenicienta humillada

 

Aquello era casi un ritual desde hacía tres años: él bebía, la insultaba, y los que estuvieran presentes en ese momento hacían como que no pasaba nada. Esta vez el pleito había sido en una de esas fiestas en las que ambos acostumbraban retirarse hacia la madrugada, pero Gabriela no soportó más allá de las doce para salir furiosa diciéndose que sería la última.

Se sintió estafada, porque hasta el momento era sólo la acompañante de aquel malacopa y no había ningún beneficio en ello. El trabajo que había prometido conseguirle cuando empezaron a salir nunca llegó, y los contactos que aseguró tener para ayudarla a relacionarse eran fantasmas. Todo lo que podía esperar era una noche de sexo mediocre y la promesa de un vestido nuevo. A pesar de eso, Gabriela se quedaba con él. Tenía peores recuerdos de otras relaciones, en esta por lo menos no había golpes o esposas ofendidas que la amenazaran.

¿Tenía encanto para las relaciones conflictivas? Probablemente, pero no había encontrado la manera de salir de ello y de pronto ni siquiera lo estaba buscando. El problema no era ya que Roberto le hubiera gritado en público, sino que él era un pobre diablo y aquello que antes no importaba era ahora muy pesado de cargar.

 

Ladrón de libros

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Ladrón de libros

 

Uli empezó a robar libros cuando Jonás, el amigo de un amigo, suyo quiso adquirir una edición especial de Lolita. Se jactaba de conocer muy bien la bodega en la que trabajaba y la ubicación de cada título, sin embargo no fue ahí donde consiguió el ejemplar que buscaba. A punto de olvidarse del asunto, Lolita lo encontró a él mientras hurgaba en el estante de los libros maltratados para elegir uno que sirviera de posavasos.

El dinero que le ofrecía Jonás valía la pena como para remozar el ejemplar. Se aseguró de que no le faltaran páginas, y luego quitó la mugre de la portada con una estopa mojada en bencina, ese líquido helado que le resecaba las manos, pero al pasar por las tapas del libro renovaba sus colores, respetando las tintas y los barnices. Al final buscó una lija de agua y talló los cantos. El color amarillento cedió. Sólo el de los cantos, porque las páginas de un libro, como la piel, no pueden ocultar el paso de los años.

Uli salió de la bodega para ir a ver al interesado en el libro, y cuando se lo entregó, aquel pagó sin rechistar. Se trataba de una edición muy particular, ya no se veía en librerías, ni siquiera en las de viejo. No imaginé volver a ver esta edición, dijo sonriente el nuevo propietario del libro. Uli se guardó la historia del hallazgo.

 

El escritor

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El escritor

 

Ramsés regresó a casa. Llevaba tres meses viajando y por fin estaba de nuevo en su ciudad, sin tener que hablar inglés, que le fastidiaba pero le era completamente necesario. Podría sentarse a leer y escribir sin prisas, con la comodidad de saber que económicamente no tendría apuros gracias a esos meses de conferencias y seminarios de mil, y hasta tres mil cada uno. Ahora no quería saber de nadie salvo de su mujer y sus libros.

Al entrar dejó la maleta en la puerta y llamó a Ute. No respondió. Seguramente estaría en la azotea, o ni siquiera estaría en casa sino haciendo algunos recados en la ciudad cercana, donde se conseguían los pequeños lujos que en aquel pueblito no podían comprar, como buen vino, quesos finos y algo de hierba para fumar. Arrastró su maleta hasta el dormitorio y sin desempacar, se dirigió a su estudio. Observó su impecable desorden, tal y como lo había dejado pero sin polvo que le provocara alergias. Ute siempre se encargaba de que nada lo perturbara. Ramsés respiró aliviado. Se tiró en el sillón y acercó un libro que estaba en la mesita de al lado.

 

La esposa del autor

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La esposa del autor

 

No sería la primera vez que tuviera que pasar a buscarlo a una cantina. O, sencillamente, a una calle cualquiera, lejos de casa. Me llama y dice «güerita, no estoy nada bien, ¿puedes venir a recogerme como el trapo inservible que soy? Mañana no te daré problemas, lo juro, pero ven por mí. No puedo ni siquiera firmar la cuenta». Creí en su promesa sólo porque sabía que la resaca lo mantendría quieto al menos por unas horas.

Tampoco sería la primera vez que terminara un artículo suyo y lo enviara a la revista para no quedarnos sin el dinero de la paga. Tiene suerte de que haya sido yo la que terminó la carrera de letras cuando nos conocimos en la universidad, y de que aún con eso, me haya quedado a su lado en lugar de buscar mi propia fortuna escribiendo o dedicándome a la academia. Verbalmente no me ha prohibido nada, pero es tan poco el tiempo que me queda entre ordenar su vida y recordar lo que fue de la mía, que podría considerarlo una negativa a que haga algo diferente de aquello que le concierne. No me quejo, sin embargo. Lo quiero desde que lo conozco. Viajar a su lado tampoco está nada mal. Ver los libros terminados, saber que hay un poco de mí dentro de ellos compensa en algo que no hayamos tenido hijos. Estos vástagos nuestros no despiertan en la madrugada y no lloran. Aunque a veces, no muy seguido pero a veces, pienso que hubiera querido uno de esos llorones.

 

Jefa de prensa

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Jefa de prensa

 

Llegué a casa arrastrando los pies por el cansancio. No podía quitarme de la cabeza el rostro de la agregada cultural de Embajada colombiana cuando puse en sus manos el libro de su compatriota. Parecía que le hubiera entregado, con mi mejor sonrisa, la bomba que reventaría su pedazo de país instalado en el quinto piso de aquel edificio. Parecía no saber si tirarlo por la ventana o devolvérmelo.

Todo lo que había ido a buscar era ayuda para conseguir que un escritor colombiano viniera a México y la única forma de obtenerlo era demostrar que la Embajada de su país estaba de acuerdo con que se presentara aquel libro de denuncia. No me importaba si pagaban el salón, los anuncios publicitarios o simplemente algunas botellas de vino, necesitaba que me dejaran poner su sello de participación para conseguir la visa de un autor, cuyo pequeño inconveniente era ser hijo de un reconocido narcotraficante. Casi nada.

Llevé dos libros a la cita, uno para la agregada cultural y otro para el señor embajador, pero ella aseguró que con un ejemplar era suficiente, de hecho dijo que me lo devolvería después de hablar con sus superiores. No insistí en obsequiarle el otro. De lejos se veía lo poco que le interesaba. Entre saludos, comentarios superfluos y llegar al meollo del asunto pensé que pasaría ahí veinticinco minutos y al final fueron seis o siete. Me sentí frustrada.

 

Pedigüeño profesional

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Pedigüeño profesional

 

Patricia odiaba los hospitales. El olor a antiséptico le parecía vomitivo y los hombres y mujeres de blanco unos arrogantes insoportables, siempre con ese aire de saberlo todo y nada era tan grave hasta que ellos lo decidieran así. Trataba lo menos posible con esa gente, pero este era uno de los casos obligados: esperaba recibir noticias sobre la precaria salud de su madre. Hacía media hora del último informe y tardarían dos o tres más en volver a reportar los posibles cambios. Para distraerse, escuchaba el caso de una paciente que defecaba de color azul y hasta el momento no habían podido diagnosticar tal fenómeno. Pensó en salir a comprar una revista cuando un hombre joven con rostro atribulado interrumpió los comentarios y pensamientos de los presentes.

–Perdonen la molestia... Me da vergüenza hacer esto, imagino que estarán preocupados por sus familiares, pero me veo obligado a solicitar su ayuda. Mi hermana acaba de morir. Se llamaba Enedina Carranza, por si alguien quiere corroborar mis palabras, y está en la plancha número dos del área de patología –aquí el hombre comenzó a sollozar–. La funeraria más económica me cobra cinco mil pesos, aparte los gastos del entierro y velación. He reunido cuatro mil, ya me falta menos pero no tengo a quién recurrir y por eso les pido su ayuda, lo que puedan aportar, las monedas que les sobren, lo que sea es bueno...

 

Niñera sagrada

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Niñera sagrada

 

Kunjo Rai se reunió junto con sus compañeros, frente al Palacio Real. Estaba por cumplir treinta años al servicio de la corona inglesa y a sus cuarenta y seis años su situación sería la de un jubilado. Lo trágico no era eso, sino que para entonces tendría que haber arreglado su vida para volver a Nepal, aunque no hubiera nada allá para él. Sus padres habían muerto, sus hermanos estaban en otros países; uno, igual que él, en Londres. Ningún argumento valía para que le permitieran quedarse. Ahora esa medalla que frotaba con los dedos índice y pulgar, como si quisiera que algo de ella se impregnara en sus yemas, valía mucho menos que nada. Se la había entregado la reina de Inglaterra igual que a otros de sus compañeros, dispuestos a entregar todas las preseas ganadas en el frente de batalla, en Hong Kong, en Kosovo, en las Malvinas. Antes muertos que cobardes. No valían nada, querían devolverlas a la corona, al gobierno, a quien fuera responsable del mandato que era prácticamente su deportación.

 

Soñatriz

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Soñatriz

 

Empecé a cobrar por auxiliar a personas con crisis nerviosas durante mi estancia en la cárcel. Sin proponérmelo, les ayudaba a recuperar sus sueños. Yo no sabía que podía hacerlo, incluso pensé que era una locura nacida del encierro. Lo cierto es que todavía hoy no he enloquecido. O eso creo. Y he podido continuar con este oficio, si es que puedo llamarlo así, al terminar de pagar mi condena. Ahora estoy aquí, esperando a mi siguiente cliente, en la entrada del Hotel L’Arc.

No son pocas las veces que los empleados de la recepción murmuran cuando me ven en la salita de espera «este no es un hotel de paso» y yo les recuerdo, en voz alta que no soy una prostituta a pesar de su sonrisa irónica al responder «seguro que no». Me han visto más de una vez a la espera de hombres y mujeres, me ven entrar acompañada a las habitaciones y sólo imaginan sexo. Nadie creería que sólo entramos a dormir. Pensándolo bien, yo en su lugar tampoco lo creería.

No importa cuántas veces se lo diga, ellos seguirán con la idea de que cobro por unas horas de placer. Y en cierta forma, lo hago, aunque no como ellos suponen: doy placer porque soñar es una delicia.

 

Buzo de cementerio

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Buzo de cementerio

 

Mario se levantó, como cada mañana, para ir a trabajar. Después de desayunar los restos de la cena del día anterior, sacó la escafandra y la cargó en su camioneta para dirigirse al cementerio Nicolás Tolentino, donde tenía el encargo de buscar en la fosa común un cuerpo sepultado por error.

Su trabajo era ese, la diferencia de este caso era que no se trataba de una solicitud del director del cementerio, su jefe, sino un cliente particular que había conseguido la doctora Cerda. Pagarían mil por hora. No serían menos de diez, un dinero nada despreciable que en este momento le caía bien. La administración del cementerio le pagaba tres mil al mes por bucear entre muertos tres o cuatro veces a la semana y lo único que tenía aparte de eso era el reglamentario tequila del destape.

Al llegar, saludó al velador en la entrada y este lo dejó entrar con su camioneta. Llegó al terreno indicado con cuidado de no acercarse demasiado por el peso de su vehículo. Era una zona en que la tierra estaba siempre floja. Ahí lo esperaba ya la doctora Cerda, que al verlo, ni bien saludarlo entregó una botella de Pepto bismol, que Mario empezó a beber a tragos mientras saludaba al resto de los presentes, a Paz, encargado del papeleo de las inhumaciones, y los interesados en el cuerpo perdido.

 

Drug dealer

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Drug dealer

 

No me hizo ninguna gracia andar por la Alameda central a primera hora, pero ese fue el trato, y dicen que es mejor estar temprano ahí que al mediodía, cuando ya no es posible ni escuchar tus pensamientos ante los vociferantes anuncios comerciales de encendedores de tres por cinco o playeras de la selección mexicana de dos por cincuenta pesos. A esas horas, todo un sacrificio para mí, pude ver el movimiento de los dueños de las calles del centro sin sentirme agobiada.

Nunca un dealer me había citado tan temprano. Pero al Pitirijas no le puedo decir que no, tiene un material fumable y esnifable que merece la pena levantarse a la hora que el señor mande. Dijo que nos veíamos en los pilares del Palacio de Bellas Artes a las ocho. Llegué puntual a mi cita pero él no se veía por ningún lado. Siempre me preocupa la impuntualidad de los proveedores porque me hace imaginar que algo malo les pasó y mis placebos no llegarán.

Y en la espera me quedé a observar los alrededores. La invasión de las banquetas inició alrededor de las diez y media de la mañana, desde el principio de la Avenida Juárez hasta los alrededores de la Plaza de la Constitución. Antes de esto, es posible caminar sin prisas frente al pálido encanto de este palacio, a pesar de la tierra levantada, el ruido de la maquinaria pesada y los hombres trabajando.

 

Rezandera

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Rezandera

 

Era un día de muertos. Ana nunca había ido a la calle Shultz, y estaba perdida entre Sullivan y Antonio Caso, dando vueltas equivocadas junto a momias, diablos y brujas pidiendo dulces o amenazando con travesura. El ruido y la alharaca se fueron apagando conforme avanzaba en su coche y entraba finalmente a la cuadra de los velatorios. «Pasando el monumento a la madre», le dijo un transeúnte.

Schulz era una calle particularmente sombría, no sólo porque la muerte de su abuela fuera la razón de su visita a esa zona funeraria, sino por el escaso alumbrado y la mínima circulación de gente. Mientras Ana estacionaba, escuchó hablar al encargado de las quejas que ponían en la iluminación sus esperanzas de que terminaran los asaltos y los pleitos por las prostitutas avecindadas en las calles aledañas.

Aquellos bien podían ser los motivos por los cuales, sólo había movimiento en el tramo que ocupan los servicios para los deudos de los muertos: un velatorio de dos pisos, junto a un puesto de comida callejera, que por lo menos hasta las cuatro de la mañana seguía atendiendo a la gente; una minúscula cafetería que servía café soluble y papas fritas; una miscelánea y un local que vende flores y urnas para cenizas de difuntos durante toda la noche. El resto de la calle era de un color triste. Como si únicamente hubiera vida en el tramo que atendía los asuntos de los muertos.

 

Boleteras

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Boleteras

 

Doña Teófila se levantaba de la cama todos los días a las cinco y media de la mañana. Todavía estaba oscuro cuando ella hacia el desayuno para sus hijos, que debían entrar a clases a las siete. Se aseguraba de que fueran limpios, era una obsesión revisarles los cuellos de las camisas y los puños de los suéteres, y luego de acompañarlos a la mitad del camino a la escuela, se dirigía a las puertas del metro Observatorio para reunirse con sus compañeras de trabajo, otras dos mujeres que como ella completaban el gasto con la reventa de boletos del metro.

Igual que en muchas otras estaciones, se contaban por decenas los puestos callejeros: cocineras sin cocina, reposteros sin pastelería y en ocasiones, boleteras sin taquilla. Doña Teo y compañía llegaban al metro cuando los vendedores de jugos, gelatinas y tamales ya habían tomado su lugar. Cálidas nubes asoman de las ollas y dejaban salir aromas capaces de invitar al apetito, sobre todo el de aquellos que salen con prisa de sus casas sin haber probado bocado.

 

Lavacoches

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Lavacoches

 

No diría que alegremente, pero Tito y yo hacíamos nuestro trabajo. Yo lavaba con agua jabonosa las vestiduras de la camioneta y él murmuraba oraciones por el descanso del alma de aquel cuerpo decapitado en el asiento trasero, al tiempo que borraba las huellas en el volante, el tablero y los cristales en el interior del vehículo. Sabía que estaba rezando porque lo he visto hacerlo otras veces. Su ceño está fruncido como si estuviera enojado, aunque más bien está preocupado. Sus labios se abren y se cierran a una velocidad que creo no alcanzan a rozarse en ese murmurar vertiginoso. Estaba asustado. Desde que lavamos coches aquí siempre estamos asustados y preocupados, con el corazón en la garganta. Al final del día, sin embargo, el miedo siempre desaparece. Nos ponemos contentos porque la paga es buena. Es el dinero que obtendríamos en un mes de trabajo de oficina.

Dicen que todos estamos metidos en esto. Que tanto peca el que mata a la vaca como el que le agarra la pata. De alguna manera, Tito y yo pertenecemos al narco. No matamos a nadie y no vendemos las drogas pero lavamos los coches, limpiamos las huellas y nos callamos la boca. Y Tito reza. Yo no, pero él reza.

 

Fotógrafa à trois

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Fotógrafa à trois

 

A pesar de que aún había buena luz de día y entraba por la ventana junto a mi mesa de trabajo, encendí la lámpara. Limpiaba una de las lentes de mi cámara fotográfica. Le quité con una la brocha esas motillas de polvo que a simple vista no se ven pero están ahí. Y cada vez que tomo fotos siento que están y me pongo mal. Saco el pañito, le doy una pasada a la lente y luego disparo. Si estoy muy concentrada dejo de limpiar y disparo, disparo, disparo y luego limpio y pongo la tapa. Cada vez me cuesta más trabajo enfocar, es la miopía o es el astigmatismo, ya no sé, pero siento que sin capturar imágenes, mi vista no valdría de nada.

Mientras pasaba el aire comprimido por la mesa de trabajo recordaba a la imbécil de Tita. Estuvo diciendo durante una reunión que no quería estar cerca de mí porque siempre traía mi peligrosa cámara. Como si todo el objeto de mi vida fuera importunarla con mis fotografías. Eso no fue todo. Otro día se atrevió a pedirme que eliminara un par de imágenes de uno de mis álbumes de viajes, porque salía ella con su hermano. Dijo que no quería su foto en internet. Su petición me pareció ridícula porque no hay nadie más exhibicionista que ella. La conozco, lo dijo sólo por molestarme. He visto la abominable autobiografía visual que se hizo en un blog, con esa sonrisa enferma, falsa y arrogante que suele sacar a pasear. Miré mi equipo, lo acaricié con la mirada. No merece fotografiar tan poca cosa. Después de limpiar las lentes iría directamente a la computadora a borrar todas las fotografías en que Tita figure, aunque sea de lejos.

 

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