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Trastornos literarios

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Los microrrelatos de Trastornos literarios son la prueba definitiva de que no hay nada a lo que Flavia Company no sea capaz de darle la vuelta con una mirada lúcida e irónica. Si los de la primera parte, “Trastornos literarios”, forman un sorprendente manual de retórica para el siglo xxi, y en los de la segunda, “Frases (muy) hechas”, es capaz de retorcer de forma imprevisible frases hechas y cotidianas, es en la tercera, “La vida en prosa”, donde esa fina línea entre la realidad y la ficción termina por romperse al trasformar –con humor unas veces, con ternura otras– cuanto titular de prensa encuentra a su paso.
Flavia Company, que en su anterior libro de cuentos, Con la soga al cuello, ya demostró ser una autora arriesgada, deja claro con Trastornos literarios que la distancia que separa la utilidad didáctica y la exigencia literaria de la mordacidad y la ref�lexión se recorre a caballo de la inteligencia. Trastornarse así es un placer.
De Flavia Company y de su obra se ha escrito: “Posee violencia, pasión, energía. Trabaja maravillosamente el filo de la ambigüedad”, Manuel Vilas; “Acostumbrados como estamos a la memez lírica de baja intensidad, una prosa como esta deja estupefactos a muchos lectores”, José Ángel Juristo, Abc; “Nunca falta una compleja red de símbolos y metáforas, una intención profunda y grave en cuanto al sentido global del texto y unos cuantos gramos de locura”, Lluís Satorras, El País; “La fuerza de las palabras y de la escritura es tal que no se puede dejar de leer”, Martine Silber, Le Monde des Livres.

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Presunta confesión

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Presunta confesión

 

Me lo he dicho todos los días, a todas horas, durante todo este tiempo: tengo que llamarla y contarle que hace más de cinco meses que me tiro a su novio. Siempre hemos hablado claro. Y además ahora estoy embarazada y queremos tenerlo, así que no queda otra alternativa. Tiene que enterarse. Javier se desentiende, que se lo diga yo, dice, y que ya tendría que haberse dado cuenta ella solita. Que le ha dado pistas suficientes. Los hombres siempre tan generosos. El muy... Cojo el teléfono, pues, y marco, despacio, todos los números, uno detrás del otro. Pienso que ojalá no se acabaran, y mientras lo pienso, el teléfono, claro, suena, y al otro lado se oye su voz, la voz de la que hasta este momento había sido mi mejor amiga, así que hago acopio de fuerzas, me aclaro la garganta y digo, textualmente: Hola, que soy... Te llamaba para... En realidad no sé cómo he podido..., quiero decir que, vamos, que..., puedes llamarme lo que te dé la gana, no sé en qué estaría pensando, pero... en fin, estuvimos de acuerdo, claro que yo..., aunque hay que tenerlo todo en cuenta, al fin y al cabo tú..., sin embargo, los principios..., a veces una no es..., quiero decir que una a veces es..., hay cosas que..., quizás el destino... Mi tía abuela decía..., da igual. No te puedes imaginar las veces que he intentado..., te juro que..., y hoy me he dicho..., y ya ves, aquí me tienes, por fin, no sabes el peso que me quito de encima, aunque... Ya sé que no tengo perdón, tampoco lo pretendía, solo quería que supieras... que lo supieras. Ahora ya está, gracias a Dios.

 

La despedida

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La despedida

 

A quienes me encuentren:

El mundo nada sabe de justicia y, por norma general, el fuerte abandona al débil. Y esa ha sido, para mi desgracia, la sentencia que se demuestra con mi vida. Sin embargo, mi muerte vendrá a torcer semejante afirmación. Es el débil, esta vez, quien va a abandonaros. Os apartasteis de mí poco a poco, con la valentía que muestran los afortunados. Me dejasteis solo, arrinconado... ¡Ah, qué clase de amigos he admitido a mi alrededor! Pero debo confesaros que me alegra vuestra miseria: se aprende más de la derrota que de la victoria. Gracias a vosotros, he aprendido a mostrar indiferencia tanto ante el ignorante como ante el soberbio. Habéis sido crueles conmigo. ¿Por qué? A buen seguro mi amor por la verdad y por la coherencia han resultado espejos demasiado duros para vuestra superficialidad. ¡Cuántas veces huisteis de mis palabras! El enemigo más feroz de la cobardía es un lenguaje desatado. Pero cuando el tiempo pasa, pasa para siempre. Ya no recibiréis mis llamadas, ni mis visitas, ni mis cartas. Mi muerte será vuestro olvido en mí y mi recuerdo en vosotros. Alto es el precio de la ingratitud. Este ya tan cercano disparo en la sien será para mí el inicio del último viaje, qué duda cabe. Solo el silencio de la tumba puede recoger mis más profundos anhelos. Pero dado que me voy el primero, sabed que vosotros moriréis aún más solos que yo. Sinceramente dolido. Adiós.

 

En la sala de urgencias

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En la sala de urgencias

 

Quizás si no hubiese estado dale que te pego con el móvil esto no habría sucedido, pero llego, veo que todo está oscuro, intento encender la luz con una mano mientras con la otra aguanto el teléfono de las narices, pero en el camino hacia el interruptor vuelco un jarro lleno de agua, sin flores, resbalo al pisarla, me cojo de un picaporte, lo arranco de un estirón, mi hermano, al otro lado del teléfono, oye mi grito, pregunta qué pasa, cualquiera contesta, el móvil ha caído a unos metros de mí, que me quedo paralizada en el suelo sin saber qué hacer, suerte que la vecina, que es una cotilla, oye el estruendo, baja a ver, se encuentra con la puerta abierta, oye voces, es la mía solamente, que no he parado de hablar ni un minuto, por no ponerme más nerviosa, lo mismo que hice el día ya lejano de mi boda, fíjese usted, que no dejé de hablar en voz baja mientras el cura decía su sarta de tonterías, total que de repente estaba casada sin haber dado mi consentimiento, le puedo asegurar que el sacerdote no oyó un sí de mi boca, de mi corazón, de mis higadillos, dijo os declaro a él marido, vale, pero a mí mujer, como si yo no hubiese sido mujer hasta ese día, cada vez que me acuerdo me entra la mala leche, ahora más aún, esto de caerme ha sido una señal, romperse la pierna es signo de inestabilidad, claro, si mi vida está hecha un desastre, me estoy divorciando, he perdido el trabajo, no, no, no me diga nada, déjeme llorar, si total, ya ve usted qué cruz, ah, que se va, que le toca a usted, por cierto, ni siquiera le he preguntado qué le pasa...

 

No poder ir ni con ruedas

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No poder ir ni con ruedas

 

Ya no puedo más. Lo he intentado de todas las maneras, pero no hay quien se entienda con esta gente. Los he hecho todos, yo, de esfuerzos. Pero, para decirlo sin embudos, desde que he llegado a este país, tengo la sensación de que me están tomando el número. Hable con quien hable, parecen todos tocados del ala. No me lo acabo. Es como si no me sintieran hablar. Y eso que intento hacer los ojos grandes, pero esta incomprensión me duele más que un ojo de pollo. Y no es que pretenda que vayan todo el día haciéndome besos, solo faltaba, pero lo cierto es que no resulta agradable que la gente que te rodea te mire como si no entendieran ni un copo. Y eso que yo me presto a todo, que estoy siempre dispuesta a hacer todos los papeles del auca. Pero no hay nada que hacer. He pensado muchísimo con todo esto, y no he conseguido sacar el agua clara. De golpe y vuelta, me he cansado de ver a la gente hacer mudos y a la jaula cada vez que me dirijo a ellos. De modo que, después de abatir las cartas una y otra vez, he decidido tocar el dos a pie de gato. Ya pueden hacer el mejillón, que yo me iré por donde vine, sin decirle a nadie ni asno ni bestia. Al cabo y a la fin, soy una persona sensible, y hace demasiado tiempo que, por culpa de todo este asunto, no puedo dormir como el yeso, tanto como me gusta. No hago más que pensar con este problema. Pero bueno, como dicen los refranes, que son siempre muy sabios, tal harás, tal encontrarás, y también, tal día hará un año. Esto se acabó. Y he aquí un gato y he aquí un perro y he aquí que el cuento ya se ha fundido.

 

El hombre marcado

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El hombre marcado

 

Todo empezó cuando era pequeño. Me obligaban a hacer las mismas cosas varias veces, las mismas cosas exactamente: recitar el poema que me había aprendido en la escuela, tocar la única pieza que me sabía entera al piano, hacer aquella mueca tan graciosa... una vez tras otra y otra y otra. No acababa nunca. Por eso estoy resignado a que no me toque la maldita primitiva, aunque juegue todas las malditas veces a los mismos malditos números, una vez tras otra y otra y otra. No acabará nunca. Nunca. Mi abuelo, mi pobre abuelo, que había jugado toda la vida al mismo número de lotería, al mismo siempre, tampoco sacó nunca ni un duro. Y antes de morir me dijo: tú insiste, repite, no te canses, que si no me tocó a mí, a ti seguro. Pero nada. En fin, que tengo que dejar de hacerme ilusiones, esas ilusiones que enturbian mi mente de trabajador asalariado con sueños de lujos imposibles, como por ejemplo una bañera redonda, sí, una bañera redonda y rosada llena de espuma y alguien que me frote la espalda de arriba abajo, de arriba abajo, y de fondo una música suave, suave y sublime, pero no de disco compacto, no, sino en directo, toda una orquesta de cámara en el cuarto de baño, entre los vapores calientes de esa agua llena de espuma. De espuma y dinero. Dinero. Y todo el dinero tenerlo a mi lado, ahí mismo, ahí mismo exactamente, en mis maletines, a la vista, al alcance de las manos mojadas por las aguas vaporosas de mi bañera rosada, y guardias de seguridad alrededor de toda mi mansión para protegerme a mí y a mi fortuna incalculable. Solo de pensarlo se me pone la carne de gallina. De gallina y de gallina.

 

Vida de guía

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Vida de guía

 

Me llamo Julio César. Julio César es un nombre romano. Los romanos fueron sabios en retórica y la retórica no es más que la manera de organizar un discurso. Un discurso es lo que me veo obligado a dar cada día delante de los turistas que visitan este parque. Este parque es el más famoso de América y el que más clases de árboles posee. Posee además cien fuentes naturales que nunca han dejado de manar hasta ahora. Ahora que les cuento todo esto, me doy cuenta de que lo he hecho de carrerilla, como siempre, pero será mejor que no me interrumpan porque si lo hacen perderé el hilo y tendré que volver a empezar otra vez por el principio. El principio de mi trabajo como guía comenzó en este parque. Este parque es el más famoso de América y el que más especies de árboles posee hasta ahora. Ahora que les cuento todo esto, les diré que lo hago para confesarles que estoy buscando otro trabajo. Otro trabajo que me permita organizarme la cabeza de otro modo, porque si no me volveré loco. Loco por ti, nena, ya sabes que me muero por tus huesos. Tus huesos son la razón de mi existencia. Mi existencia está condicionada por mi trabajo, y mi trabajo por esta forma de memorizar lo que tengo que decir. Lo que tengo que decir me lo enseñó mi hermano y también me enseñó el truco para no olvidarlo. Olvidarlo no he podido ni en mi vida de cada día. Cada día pienso que debo hacer algo. De algo se enterarán, ustedes, así que no duden de hacérmelo saber por cualquier medio. Medio parque sufrió un incendio en el año mil novecientos...

 

Mi matrimonio

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Mi matrimonio

 

Mi marido, el pobre, se ha hecho viejo antes que yo. Viejo de la cabeza. Después de tantas cosas como hemos vivido juntos, tantos proyectos como habíamos hecho para la tercera o cuarta edad, me encuentro ahora con que, en lugar de compañero, tengo al lado una especie de niñito indefenso y caprichoso. Lo peor de todo es que, con el fin de no herir su creciente y enorme susceptibilidad, me las veo y me las deseo para que no se dé cuenta de que tengo que repetirle las cosas veinte mil veces, que si no, las olvida. Pero ni así. Solo para que se acuerde de subir el pan –y no se lo pido porque no pueda bajar yo, que acabaríamos antes, sino para que se sienta útil–, tengo que hacer mil y un malabarismos: «Cuando pases por la panadería, pregúntale a doña María si le debemos algo». Al cabo de un rato: «Por cierto, a ver si está hoy el pan más bueno, porque lo que es ayer...». Luego, mientras tomamos un café descafeinado: «Si te encuentras con Paco en lo de doña María, podrías preguntarle por lo de la excursión». Más tarde: «Esta salsa que estoy haciendo hoy va a conseguir que te acabes la barra de pan». Un poco después: «Me ha dicho la del quinto que van a subir el pan no sé cuántos céntimos». Y por fin, antes que salga de casa: «Con la hora que se ha hecho, si ya no le quedan de cuarto normal, tráete una sin sal». Aún así, a veces vuelve sin el pan –pero con una escoba nueva, por ejemplo– y me toca bajar a mí. En ocasiones he llegado a pensar que se burla de mí, que se está vengando de algo. Pero no. Es que está viejito, mi Pedro.

 

La decisión

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La decisión

 

«Reconócelo, pensabas que era diferente a los demás, pero también te ha fallado. Se fija en otras. Habla con ellas» –se retuerce las manos, camina de un lado a otro de la habitación–. «Es normal, no puede dejar de relacionarse con todo el mundo» –entrecierra los ojos, mira su imagen reflejada en el espejo–. «Pretendes engañarte. Tienes que cortar antes que sea demasiado tarde. No puedes permitir que suceda lo mismo por séptima vez...». –mueve la cabeza de un lado a otro, con violencia–. «Sabes que los mato para librarlos de sí mismos. Imagínate qué cruz, ser como son. Como eran. Pedro es distinto, hay que darle tiempo» –coge una foto de encima de la mesilla y la rompe en trozos pequeños–. «¿Tiempo? ¿Para qué? Ya ha demostrado de sobra la clase de hombre que es» –pisotea los trocitos que ha tirado al suelo–. «Otra vez no, por favor.Ya no soporto la sangre» –llora dos o tres lágrimas–. «Hay otros métodos» –se pasa la lengua por los labios–. «¿Por ejemplo?» –se mira de nuevo en el espejo–. «No sé, el cianuro» –se contesta–. «Es doloroso» –hace una mueca de asco–. «Estrangulación entonces» –se encoge de hombros–. «Imposible. Hace falta fuerza» –chasca la lengua–. «No creas. Ya sabes lo que se dice: más vale maña que fuerza» –se arrodilla en el suelo, se aprieta las sienes con las manos abiertas, crispadas–. «No quiero más crímenes. Pedro tiene que ser mi gran amor» –se levanta un poco la falda y se aprieta el sexo con la palma de la mano. A esas alturas ya sabe que ha vuelto a ganar su yo asesino.

 

Las cosas por su nombre

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Las cosas por su nombre

 

Todo transcurría en la más avara de las correcciones. Seis comensales alrededor de una mesa redonda y un silencio turbado apenas por el leve murmullo de una conversación que respetaba turnos y diversidad de opiniones. A una señal de la anfitriona, el sirviente se acercaba con lo que se le pidiera y, tras una inclinación casi imperceptible, se alejaba unos pasos. Los dueños de la casa, los señores Rando de Ramerís, celebraban con discretas risas las bromas de los invitados y aplaudían con sigilo cualquiera de sus comentarios. Se sentían felices. Y no era para menos. Habían conseguido vender a aquellos pobres ingenuos, a un precio desorbitado, la mansión en la que se encontraban, en apariencia lujosa, pero que, en realidad, tal y como les había informado un amigo arquitecto en cuanto hacía unos meses la habían heredado de un tío abuelo, era una verdadera ruina. De modo que no resulta extraño, con la de millones jamás soñados que se les venían encima, un cierto nerviosismo, una incómoda ansiedad provocada por la inminencia de aquello que jamás creyeron que llegaría a sus manos: una auténtica fortuna. Los Rando de Ramerís no habían tenido, hasta entonces, nada más que el apellido. De modo que hasta cierto punto cabe comprender el resbalón que pegó don Diego Rando de Ramerís en el momento en que, con un fingido ataque de tos, retiró con cuidado la silla de la mesa, dejó la servilleta de hilo blanco a un lado y, con una sonrisa gentil, soltó: «Si me disculpan un momento... Es que me cago vivo».

 

Tocado y hundido

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Tocado y hundido

 

Sandra y yo nos casamos un nueve de abril hace hoy dieciocho años. ¡Qué barbaridad! Ahora tenemos treinta y seis. ¡Joder! Parece mentira, a los treinta y seis años, haber hecho algo tan serio como casarse dieciocho años atrás. Dentro de dieciocho años más solo tendremos, ¡atención!, cincuenta y cuatro, y llevaremos juntos treinta y seis. ¡Toma ya! Porque seguiremos juntos, no nos cabe la menor duda. ¡Oh, sí! Sabemos que viviremos en la misma casa, que tendremos los mismos trabajos y que nuestros hijos habrán acabado sus carreras y serán profesionales con éxito. ¡Digo! Lo sabemos de la misma forma que sabíamos, a los dieciocho, que a los treinta y seis nos habríamos comprado un piso, habríamos aprobado las oposiciones, tendríamos dos hijos y seguiríamos juntos. ¡Ole! Sin embargo, en estos últimos tiempos me ha dado por poner en duda algunas cosas. De repente he empezado a pensar que podríamos enfermar, morir incluso. ¡Dios nos asista! Todo el mundo se muere. Muchos de un modo inesperado. Total que, ¡hala!, me ha dado por hacer un repaso a mi vida, y he acabado en poquísimo tiempo. ¡Claro! Si todo ha sido, es y será igual. Me he sentido vacío. Me he puesto delante del espejo y me he dicho: «Estás acabado, amor». Porque ese se ha convertido en mi nombre. Sandra me llama amor desde hace dieciocho años. «Buenas noches, amor» «Buenos días, amor». «¿Podrías pasar por el super, amor?» «¿Cómo te ha ido hoy en el curro, amor?» «¡Oh, sí, sí, amor, así, más!».«¿Oye, amor, tú sabes cómo es un helicón?» ¡Hale, hale!Y entonces, ¡zas!, me ha dado por darme cuenta de que amor ya no quiere decir nada, de que es una palabra tan vacía como yo. Y me he derrumbado. ¡Catapún!

 

Capicúa

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Capicúa

 

Siempre acabo como empiezo, siempre. No es fácil, no. Hay que tener en cuenta las simetrías de las palabras y el orden que debo respetar a la hora de exponer mis ideas, si es que las hay. Mi suerte cambió el día en que, yendo hacia el colegio en autobús, me di cuenta de que llevaba billete capicúa al mismo tiempo que me sonreía la niña que me gustaba y yo pensaba «eres mi suerte». Las desastrosas consecuencias comencé a sufrirlas muy pronto, y no solo yo sino también mis padres, quienes al principio no dieron importancia a mi manía pero que, al cabo de un tiempo, empezaron a reparar en las inevitables y, como decía, las desastrosas consecuencias. Si un médico me preguntaba si me dolía toda la cabeza o solo una parte concreta, por ejemplo, y yo le contestaba que «toda no toda», el médico no sabía si yo había querido decir que no o que sí. Una vez me llevaron a una logopeda a ver si podía curarme de una vez. Nada que hacer, dijo, nada de nada. Se suma, además, el hecho de que con el tiempo conseguí perfeccionar hasta tal punto mi técnica que no necesitaba pararme a pensar para acabar igual que había empezado, con lo cual mi modo de hablar parecía natural y ya nadie que me escuchara parecía aburrirse. Así que a pesar de lo caro que resulta mantenerme firme en mi manera de hablar, puesto que me impide encontrar trabajo, amistades o incluso alguna pareja que me soporte, he decidido seguir siendo así. Única cosa que me preocupa: la simetría de mi vida, o sea, ser capaz de morir como nací, es decir, de una manera única.

 

La gran emoción

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La gran emoción

 

El escritor, joven, con una primera novela en el mercado, sintió una profunda y emocionante gratitud cuando vio que uno de los clientes –¡un desconocido!– de aquella librería en la que él estaba firmando ejemplares el día del libro –mejor dicho, esperando a que se le presentara la oportunidad de firmar el primer ejemplar de su vida–, cuando vio, decíamos, que ¡el desconocido! se le acercaba con su novela acompañada del tiquet de compra necesario para que él procediera a estampar su firma. El hombre le sonrió con afabilidad y le pidió, por favor, que lo dedicara a Fernanda. Pluma en mano y corazón caliente, el que se consideraba a sí mismo firme valor de las letras, comenzó la dedicatoria: «A Fenanda». Releyó lo que hasta entonces había puesto y vio con horror que había cometido su primera falta en el nombre de la susodicha. No podía tachar; le pareció más adecuada una aclaración. Prosiguió así: «Mejor dicho, a Fernanda, este mi primer libro o, para decirlo con mayor justicia, mi primer libro publicado –puesto que otros había escrito antes de igual altura pero menor fortuna–, a Fernanda, pues, de la mano de su sin duda elegante amigo, o padre tal vez, o compañero o, en definitiva y para escribirlo de un modo directo, la persona que ha decidido regalarle este humilde libro producto de la imaginación de mi más humilde aún persona, con el deseo...». Una vez llegado aquí, el hombre, impaciente, dijo al joven autor: «Mira, oye, esta noche le das el libro a tu padre, que mañana me lo lleve al trabajo, ¿vale? Que tengo un poco de prisa o, mejor dicho, me están esperando».

 

Puro deseo

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Puro deseo

 

Pero, ¡bueno!, qué cuerpo, qué músculos, qué pectorales, y menudo trasero, ¿estará casado? ¡Mira que si está casado! No lleva anillo. Me voy a acercar un poco. En el primer frenazo que dé el autobús hago ver que doy un traspiés y me choco contra ese parapeto que lleva por pecho. Cómo se le marca la camiseta, por Dios. Ahora, ahora que estoy más cerca, igual se fija en mí. Oh, cómo huele, ¿cómo puede oler así un ser humano? Vamos, conductor, frena ya, frena de golpe, asíiiii. ¡Me ha sonreído! ¡Me ha sonreído! Lo he visto clarísimo. Qué dentadura. Ay va, sigue mirándome. Oh, qué ojos, qué boca, que barbilla, qué mandíbulas. Qué bien se mueve, qué bien se está quieto. Solo de imaginármelo en situación... Qué mareo. Pues se lo digo, le pregunto si tiene algo que hacer. Ahora o más tarde. Que a mí me da igual, le suelto que para él saco el tiempo de donde haga falta. Huy, qué loca estoy. Se me va la cabeza. Mira que si me atreviera a decírselo. Oye, ¿quieres hacértelo conmigo? Qué fuerte. Incapaz. Yo, incapaz. Pero es que míralo, si parece una escultura. Qué manos. Solo de pensar que me las pone encima... qué calor, santo cielo, me va a dar algo malo. ¿Ves? Si es que soy tonta. Conchi se atrevería. Claro que Conchi no está casada. ¿Será que ya no estoy enamorada de mi marido? ¡Qué va! ¡Menuda tontería! Ay va, que se baja. Pues yo detrás, y luego veo... Pero si me estoy bajando, esto no me lo creo ni yo que lo estoy viendo. ¿Seré capaz? Si es que me estoy derritiendo, literalmente.

 

Un mundo propio

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Un mundo propio

 

No puedo esulgarlo. Es más cuerzote que yo. Pero bueno, al fin y al cabo, me consta que no soy el fúnico. Lo que pasa es que yo lo filgo y otros no, porque les da margonza. Cojo el totón –el mío– con una mano y lo voy bamborneando hasta que se pone targo. Este momento es el más alsime, hasta tal punto que me sateo y empiezo a dongumar como cuando me lo bamborneaba Camila –¡qué sontos aquellos!–. Bueno, luego me rongo en la mesa más próxima y así, de pie, aparmo la punta del totón con la otra mano, mientras que a la primera, la que he arsado antes, la pongo a mangusear suavemente arriba y abajo, a ritmo de tonga. ¡Aldarios del Mátil! Nadie puede decotar el soldón que me parusta. Es como un talotán, como un morsón, como un crildavo. Increíble. A continuación, cuando ya no sordomo más, hago que la primera mano mangusee más deprisa, con más carza. Cierro los mejos muy fuerte y me concentro nicomente en el totón, que está más targo que nunca. Y entonces, antes de golarme, me acuerdo de Camila y renjo que estará tordando lo mismo. Y luego me golo hasta la última loya, me lo guardo con cuidado y espero lagamente a que me vuelvan las carzas, para poder repetir. Y así cada día desde hace salinientos ongos. Y en cualquier sitio: en la ralle, en el forcato, en la anandería... Por eso me han porsucado entre estas cuatro paredes. Pero a mí me da lo tusco. Yo, a lo mío. Al fin y al cabo, me han dejado las manos y el totón, que es lo que omburta.

 

Cabeza sin

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Cabeza sin

 

Dejarlas, lo que uno dejarlas dice, que sepa yo no las en parte alguna que no debiera dejé. Pero todo por perderlo acabo, tal de mi carácter sin límites ni concierto es el desorden. Quien esto arregle nadie hay. No han psicólogos, ni prisiones ni amenazas podido con mi talante este que en cruz mía por convertirse ha acabado. Con las gafas estaba antes de con esta perorata empezar. Que saber dónde las he dejado no puedo a menos que venga de la casa la asistenta y a buscarlas debajo de los incluso más insospechados lugares me ayude. Esta mañana juraría que cuando el periódico a leer me puse puestas las tenía. Pero es no solo el desorden sino también de memoria la inexistencia mi castigo. Las extraviadas cuando las llaves no son del coche son de la casa las llaves y cuando no de alguien muy conocido el nombre que en la punta de la lengua se me pone para que pronunciando acabe una de letras ristra sin sentido. Con el de las gafas tema estaba. Dónde haberlas metido puedo imprevisible es. Lugares tantos se apuntan como la imaginación quiera: nevera, horno o bañera. Se hace llamar a la asistenta urgente. «¡Conchi, Conchi! ¡Ah, estás tú aquí ya! ¿Mis gafas no has visto?» «¿Y tú visto no has la escoba? Hijo, ay, que nos vamos a quedar cabeza sin un día. Por cierto, que es donde las llevas ahí». Peor es que yo ella. «¿Qué?». Con los ojos me responde: puestas las llevas.

 

En pleno vuelo

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En pleno vuelo

 

El abuelo relata a los nietecitos, que han ido a pasar el fin de semana a su casa, la verdadera historia de cómo de pequeño aprendió a volar. Expone ante las miradas atónitas de los niños todos y cada uno de los pasos que hubo de seguir para, al fin, asomarse a la ventana del quinto piso en el que vivía, subirse sin temor alguno en el alféizar y, tras inspirar con alegría todo el aire que pudo de una sola vez, lanzarse a la aventura más apasionante de las que en el mundo han sido y pueden ser. Como era de esperar, los nietecitos le pidieron entre súplicas, gritos y risas que les enseñara a ellos, de modo que el abuelo los sentó frente a la pantalla del ordenador, abrió el programa en donde tenía todas las ilustraciones referidas al mundo de la aeronáutica y, con paciencia pero sin pausa, explicó a los chavales las leyes y las reglas de la más difiícil de las artes. Acabada la lección y casi sin dejar tiempo para un respiro, los niños pidieron al abuelo que les permitiera llevar a la práctica lo que tan bien sonaba en la pantalla. El abuelo, conmovido por el recuerdo de sus años de infancia, tan distinta en tantos sentidos pero tan calcada en otros, sonrió y accedió al ruego de los muchachos. «Pero antes, a merendar. Pan con chocolate. Hay que tener energías para semejante empresa». Abuelo y niños comieron entusiasmados su merienda y, acto seguido, se dirigieron en fila india a la ventana. La abrieron y, uno tras otro –detrás del abuelo, que fue el primero–, se subieron al alféizar, tomaron todo el aire que pudieron de una sola vez y se tiraron al vacío sin titubeos y con los brazos abiertos. Al cabo de unos minutos estaban todos en pleno vuelo.

 

El soñador

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El soñador

 

Si ahora pudiera seguir durmiendo hasta que me diera la gana, apagar el despertador y hacer como si no hubiera sonado, llamar por teléfono a Tania para que viniera a despertarme y luego llamar al jefe para decirle que no voy a volver ni aunque me aumente el sueldo y me cambie de despacho, si pudiera decirle a mis hijos que soy débil y que estoy cansado, si pudiera confesarle a mis padres que mi puesto en la empresa es inferior al que ellos creen, si tuviera la fuerza de voluntad necesaria para dejar de fumar, si mi ex no me llamara por teléfono todos los días para hundirme en la miseria, si tuviera un buen coche o un buen cuerpo, si fuera capaz de comprometerme de veras con algo, si creyera en algunos de los muchos dioses que hay a mi alcance, si no me sintiera culpable por cada maldito error que cometo, si supiera disfrutar del momento, si olvidara el pasado y no me angustiara el futuro, si tuviera confianza en mí mismo, si fuera capaz de perseguir una ilusión, si no tuviera miedo a la muerte, si no tuviera miedo a la vida, si no me mintiera tanto, si no estuviera cerrando la puerta de casa un día más, bajando las escaleras y subiendo al autobús después de haber apagado el despertador un día más, de haberme duchado un día más, de haber desayunado en el bar de Pura un día más, si no estuviera de camino a la oficina un día más, si pudiera no ser yo mismo por un día.

 

Como la vida misma

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Como la vida misma

 

Tengo que contestar, como si fuera una máquina. El psicólogo me ha pedido que le diga a qué se parece esta sensación que no me deja vivir, pero es difícil. Si le digo que es como un globo de plástico áspero que se me hincha en el pecho, no podrá hacerse una idea. Tampoco si le digo que es como un pescado viscoso que nada muerto y maloliente de la garganta al estómago y viceversa, una y otra vez, perdiendo en cada viaje alguna escama. O como una fábrica sin puertas ni ventanas, condenada a llenarse de sí misma hasta reventar. Ni siquiera va a ser nada parecido a la realidad si le digo que me da la sensación de que continuamente hay algo indescriptible, pero caliente y pesado, que me horada la lengua y me roba las palabras con las que podría hablarle de esta vivencia. Una montaña de basura sobre mi cabeza. Una sopa de hierro ante los ojos. Un baño de mercurio. Una manta de insectos. Un silencio de campanas. No puedo transmitirle nada de lo inexplicable. Es como si intentara contarle a un escarabajo la tortura de los sentimientos. Como si procurara explicarle el paso del tiempo a un reloj estropeado. Me esfuerzo, lo juro. Pongo de puntillas la imaginación y caigo sin esperanza. No hay más salida que el silencio, ese descampado absurdo donde forman fila las macetas sin fondo en que se cultiva el tiempo.

 

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