Medium 9788483935828

Voces de humo

Vistas: 434
Valoraciones: (0)

El ferrocarril minero Ponferrada-Villablino inspira esta colección de cuentos que forman un retablo de voces perdidas, como el humo de aquel vapor que una mañana de julio de 1919 llenó por primera vez el cielo. Casi un siglo después, la ensoñación de un hombre que camina por la vía abandonada va resucitando palabras y afanes que pintan una historia, la del paisaje detenido y los hombres que pasan. Pablo Andrés Escapa nos entrega una elegía serena donde el sonido de un viejo tren queda prendido del aire, como una nota en la que se enredara el eco de los días con su provisión de esperanzas y secretos, sacrificios y temores, visiones y rutinas. Un libro que celebra lo pequeño, un valle remoto atravesado por un tren de vapor, para acercarnos a lo universal: el paso leve del hombre sobre la tierra.

Precio: 5,99 €

Remezcla
Eliminar
 

18 relatos

Formato Precio Mezcla

Sombra sobre la hierba

ePub

sombra sobre la hierba

 

 

 

 

 

 

De pronto, el tren

Los versos que subrayan cada sección son de un poema de Antonio Pereira, «El mixto», incluido en su Cancionero de Sagres (1969).

 

Cigarras

ePub

Cigarras

 

«Que por Pascua», pide una voz, «resuciten las cigarras».

Y Amparo las trae en los oídos cuando vuelve de ver los páramos, que quieren verdear bajo las nubes. Amparo viene rezando por tallos firmes, por la salud de los hijos que se alimentarán de espigas. Y pide, según se corona una cuesta, por los campanarios que tocan a misa de Resurre­c­ción: para que las campanas sean una fiesta, como las alas de las cigarras que saben bajar el cielo con su música. De su canto está el hambre desterrada y toda necesidad salvo la de que el tiempo pase. Amparo quiere que sea ya verano y que el viento esparza el polvo que exhala el trigo volteado, como un suspiro de oro. Y en seguida poner mesa y mantel blanco donde el pan tenga bueno el acomodo.

Las cigarras llevan las tardes prendidas de sus alas. Erigen memorias que detienen el curso del sol y dictan labores donde no existe la necesidad, ni las ganas de ver el mundo como es. Hasta alumbran páginas doradas por las que corren los metales enterrados. En el siglo primero del mundo lleva cigarras en los oídos el romano que atiende al relato de un soldado, venido de algún confín remoto del imperio. Y de regreso a su villa, envuelta en pinos musicales que adormece el mar, escribe de otro modo lo que ha oído: «Vencidos los bosques sagrados que el dios guarda, atrás los ríos que borran la memoria, alzados a montes segurísimos donde antes llegarían las olas del océano que las armas del romano, viven hombres rústicos cuyo suelo mana bermellón y oro bajo la uña ardiente del caballo». Entonces suspende la escritura para seguir oyendo a los insectos que forjan, altos sobre las playas, imperios hegemónicos.

 

De los mares en calma

ePub

De los mares en calma

 

 

I

 

Entre la casa de Marzales, la primera según se sube desde la vía al pie del río, y la de los Chabanos, prendida ya del robledal, el pueblo aparece y desaparece entre vaivenes de choperas y campos de hierba alta que suenan hermanos al atardecer. De una a otra casa hay dos docenas de curvas y no menos de tres leguas por las que se afila, se encoge o corre a perderse el caserío, invisible y sonoro, como el aire delgado de una flauta. En alguno de esos remansos despoblados, que parecen fiados al capricho, mana una fuente y llega de lejos el esfuerzo de un motor por ganar una cuesta. También vibra lejano el repertorio de algún vendedor ambulante. Se sigue andando hasta un puentecito de madera bajo el que corre en verano un hilo de agua; es una música que trae memorias prendidas de musgo y árboles muy viejos. Y allí se queda uno, escuchando. Entonces se piensa que hubo un tiempo en el que estas soledades eran solo heridas por las esquilas o por el martillo de un herrero. Todavía ahora, una vez al año, una ermita oculta de las casas abre en el aire senda renovada que enhebra las campanas con las nubes. De estos rumbos altos, que los pájaros transitan y acaso son custodia de los ángeles, es fama que sabía prenderse Ezequiel desde muy niño. Y que lo hacía llevando en sus oídos una habitación secreta donde cabían todos los rumores del valle, desde la nieve nocturna y las aguas que corren bajo el suelo, hasta las razones laboriosas que los hombres exponen al sol. «Fue hace mucho, hace mucho», parecen temer las cigarras, tercas en su oficio de conquistar el tiempo. Pero el caso es que va llegando con paciencia la revelación.

 

Imprevistos

ePub

Imprevistos

 

–Tal como yo lo veo, señores, el riesgo es nulo y el beneficio grande. La guerra ha dejado a Europa más necesitada que nunca de los tesoros que tenemos en ese rincón del noroeste esperando a que se les dé la salida que conviene. Como bien dijo Cambó en el Senado, «el carbón de hoy es el oro que buscaron los romanos en esa misma cuenca hace dos mil años». Solo que llevarlo a Roma con los medios de entonces era más costoso de lo que va a salirnos a nosotros. Esto lo digo yo. Les aseguro, señores, que en París y en Londres, y hasta en Westfalia, pronto van a calentarse con el carbón de Laciana. Vamos a colocarlo en el mercado al precio que más nos convenga porque, tal como lo veo, la necesidad es mucha y la falta de materia grande.

En los graves salones madrileños la esperanza del capital invertido y el olor de las maderas nobles procuran visiones optimistas de los grandes conflictos. Cortinas de raso aíslan los discursos de la intemperie mientras, a cientos de kilómetros, los minerales crecen infatigables bajo el suelo. Ni la noche gélida encoge las toneladas presentidas. Tampoco hay que reclamar hojaldres o pedir jerez para vestir los ánimos pródigamente porque el anfitrión es previsor y propenso a los convites.

 

Pálida canción de cuna

ePub

Pálida canción de cuna

 

 

I

 

Trae el final de la tarde una memoria de humo que confunde los pasos y las horas del día, un abandono de hogueras que son labores de otoño poblando el aire. Pero a lo mejor todo es enredo del río que levanta vapores al amanecer y es verano.

Junto a la vía desierta hay un anillo de castaños que vibra en la penumbra y la hace fresca. Si un caminante atento a los milagros se detiene a oír, creerá que la luna suena ya recortando montes. Sus ojos buscarán después el suelo para dejarse ganar por las sombras. Y así, poblado de rumores inciertos y de crepúsculo, el hombre que camina será parte del misterio que trastorna las horas. Ojalá le brotase entonces una voz ardiente, como la llama de una hoguera, para contar que una noche, una noche semejante a la que ahora llega, la sombra de Liñán asomó por la vía llevando un cazo grande de café y una botella. Y que manara la voz hasta multiplicarse inventando compañía: «Liñán paseó su vista sobre nuestra pesadumbre antes de buscar acomodo junto al fuego».

 

Hierro y humo

ePub

Hierro y humo

 

 

 

 

 

 

El tren rodando su refrán del hierro

 

Carbón

ePub

Carbón

 

Una vez, José Puga, que ya iba teniendo edad y ese prestigio turbio de dolores escondidos que dan los años de galería, le explicaba a su hijo los secretos del carbón. El muchacho quería ser minero y José se esforzaba por disuadirle de su propósito, como es costumbre entre los padres que se dedican a la minería. José Puga veía en las penalidades del oficio una vía de expiación con la tierra que ofrece sus frutos al expolio de las manos. De haber conocido Las tres heridas del mundo, que es obra antigua atribuida por los sabios a un cierto Abolays, vecino de las vegas orientales de Mesopotamia, José podría haberle citado a su hijo que el carbón es piedra maldita, como el oro, con el que comparte cierta rotundidad fonética. El libro no dice carbón sino «piedra de la ausencia», y también «ceguera del alba». Asegura que estos dos tesoros perseguidos por el hombre desde que hay memoria de la tierra, se diferencian en la huella que dejan en sus buscadores. Mientras el oro es una memoria viva, como una llama que no quiere consumirse en las pupilas, el carbón alienta fatales ansias por olvidar entre cuantos han sangrado sus venas subterráneas. «La natura del oro es la fiebre», escribe Abolays, y deja dicho que la del carbón es la rabia. Pero José Puga era lector de vidas de santos y admiraba la paciencia con que los padres del desierto van labrando su destino sin renegar.

 

Memoria de las virutas rubias

ePub

Memoria de las virutas rubias

 

 

I

 

Pasada la cuesta que llaman de la Zapiquera, acaso porque siempre tiene un águila por encima, hilvanando con sus giros los pensamientos de cuantos van y vienen, hace la vía un quiebro que parece una renuncia a seguir el curso del río. Prefiere en esa vuelta abrazar al monte, que se aleja del agua, y asomarse a valles más modestos mientras desciende suavemente. Allí, a media falda del castañar, es el reino del viento que trae tristezas atlánticas, y nubes. Si se da reposo a los pies, en el silencio recién ganado manda enseguida un murmullo que en los oídos es ilusión de antiguos ruidos. Primero se finge vapor distante y suena como una respiración esforzada que no acabara de acercarse nunca. Vuelve uno la cabeza, casi convencido de que un tren llega, por fin. Y es el momento de reparar en que el monte sangra por un reguero de agua memoriosa de hierro. Su rastro cárdeno entre los helechos pudre las traviesas del raíl, camino de precipitarse ladera abajo en busca del río retirado. El agua tan delgada de julio se descuelga por un muro de piedra y gotea sobre una teja de pizarra medio oculta en las ortigas, una teja que después de un rato suena a lo que uno quiera, por ejemplo a herramienta dócil de carpintero. Y así es como brota, coronada la cuesta Zapiquera que abre el valle a vegas viciosas de manzanos, la memoria de la gubia de José Puga, que sobre un tocón de roble horada su laborioso destino, igual que un tren de vapor entra en un túnel y echa al aire su arte de chispas volanderas, como virutas cándidas.

 

Ventanilla

ePub

Ventanilla

 

¿Quién sabe las razones de un eco para quedarse? Tal vez la arcada de un puente, a cuya sombra amable hilvana el agua su discurso, sugirió un día el reposo al aliento del mundo que va y viene. Y el eco hizo habitación entre los espejos que va el agua figurándose en la cúpula de piedra.

Cuando un caminante solitario cruza el puente de Sorbeda, sobre todo en mañana tibia, distraída de soles francos por nubes pasajeras, se le llenan los oídos y se le niegan los pasos que vendrán si no se asoma antes al aire lleno de rumores que hace el agua. Corre el Sil camino de poniente a salarse en mar lejano, que se sueña dulce, viendo al río tan olvidado en su carrera y tan feliz. Entonces vuela un pájaro como un fuego de oro bajo el puente y el aire sorprendido en el abrazo de la arcada, tiembla para seguir a las alas en un viaje que suena a memoria indecisa de palabras. Se repliega el eco, de pronto crece como un camino prometedor, vibra un momento y cuando parecía ganado su discurso, lo que manda es otra vez la carrera invencible del agua.

 

Estación

ePub

Estación

 

«Los Jefes de Estación procurarán con toda urgencia que, en cuanto sea posible, durante los intervalos que median entre el paso de los trenes, permanezcan libres las vías principales». Qué bien dispuestas están las ordenanzas. Y qué gusto da ese prestigio de los oficios escritos en mayúsculas.

El olor de los alcoholes y los yodos, los líquidos galénicos y demás soluciones curativas que dan su bienvenida inquietante a los hospitales, tiene al jefe de estación en una duermevela excitada. La pierna escayolada hace un rato que ha dejado de doler –a lo mejor gracias a alguna de esas composturas aromáticas con que lo han ungido– y el mundo vuelve a ser de su responsabilidad. «Los Jefes de Estación visitarán con frecuencia todos los aparatos de servicio, procurando que se usen con completo conocimiento del objeto a que están destinados, y que se hallen siempre bien limpios, untados y provistos de lo que necesiten para funcionar». El jefe de estación se sabe de memoria todo el reglamento concerniente al régimen de estaciones con sus capítulos de personal, edificios, provisiones y materiales, vías, señales y trenes, policía interior, billetes, viajeros y equipajes, mensajerías y mercaderías, liquidación y disposiciones generales relativas a los cargamentos. Ahora que no puede hacer otra cosa que guardar reposo, le viene a la memoria cuánta letra recae sobre cada uno de sus movimientos a diario y cuánto conviene velar por la buena ejecución de cada párrafo.

 

Primera clase

ePub

Primera clase

 

El artículo 95 de la Ley sobre policía de ferrocarriles, que forma parte del capítulo siete del reglamento publicado en 1913 por la Litografía Roel de La Coruña para gobierno de diversas líneas nacionales, y, con el tiempo, también de la de Ponferrada a Villablino, es párrafo laborioso y tajante. Igual valdría decir que jerárquico y compensatorio. Corre así:

 

El viajero que no presente el billete que le da derecho a ocupar un asiento en los trenes, o que tenién­dole de clase inferior, ocupe uno de la superior, pagará en el primer caso el doble de su precio, según tarifa, y en el segundo dos veces la diferencia de su importe, a contar desde la Estación que verificó su entrada en los trenes hasta el punto donde termine su viaje.

A no justificar el viajero el punto de su entrada en el tren, el doble precio se evaluará por la distancia recorrida desde el sitio en que haya tenido lugar la última comprobación de billetes.

 

Cuesta creer en la pericia matemática de los revisores encargados de ejecutar la pena. Pero esa incredulidad se rebaja mucho cuando se piensa que, quien más quien menos, habrá hecho sus cuentas en otros recorridos: el de llegar con el rebaño entero de merinas, cuando se era pastor por el cordel que baja de Badabia al mediodía contando leguas y amores; el de llegar vivo al final de una guerra pródiga en nombres de muertos conocidos; el de llegar sin hambre al final del día, durante muchos días. Y ocurre que andando el tiempo y rebajadas las penurias, hubo hasta viajeros que supieron poco de leguas, de balas perdidas y de días sin pan, viajeros que solo fueron estudiantes sin billete que bajaban en el tren a Ponferrada a examinarse de reválida y volvían a subir en él más ligeros después de descargar sus conocimientos sobre el papel, y con hambre alegre; por tanto, muy a propósito para saltar en marcha, coger unas uvas de los viñedos pegados a la vía, correr con la pechera abultada por la vendimia oculta y, de nuevo a bordo tras asaltar el balconcillo del último vagón, ser viajeros incapaces de justificar el punto de su entrada en el tren, viajeros sujetos, en consecuencia, a los cálculos del revisor de turno que deberá exigirles doblado el precio por la distancia recorrida desde el sitio en que tuviera lugar la última comprobación de los billetes, y vuelta a empezar mientras duren las cuestas que fatigan al vapor, las academias de matemáticas y los viñedos. Salvo que el revisor, por alguna de esas vueltas caprichosas de las biografías, haya sido de joven merino de los de la carrera a Extremadura y después veredero de ley, antes de que la guerra lo volviera soldado en la trinchera y en los años siguientes lañador hambriento, y a temporadas barquero, y alguna vez ladrón de gallinas acosado por los perros y muchas veces contrabandista, y casi siempre caminante en falso o huido de la ley, una condición que desprecia el castigo por abordar trenes en marcha, y que en aquellos viajeros sospechosos que acaban llegando a revisores, deriva en una cordialidad inesperada para redimir de sanciones a los corredores sorprendidos en el abordaje, al tiempo de ofrecerles un banco de primera clase donde degustar con calma un racimo de uvas robado, porque ya es hora de que en este mundo tan lleno de pasos fugitivos haya asiento de preferencia hasta para los que corren sin hambre y sin necesidad.

 

Los adioses

ePub

Los adioses

 

 

 

 

 

 

Queda el humo detrás como un pañuelo

 

Cielo distante

ePub

Cielo distante

 

 

I

 

«Liberia: Monrovia, Somalia: Mogadiscio, Malí: Bamaco...».

La voz de don Laureano va sembrando el aire de geografías derrotadas por el sopor. En la batalla contra el sueño solo triunfan los colores con que el mapa pinta cada nombre declamado. Mozambique es rosa, Alto volta, azul, Mauritania está llena de amarillo, como un imperio del sol. La voz prosigue su senda de tierras recitadas y las ventanas de la escuela se abren luminosas a los lentos países de la tarde. A veces se cuela un insecto y su zumbido entre los pupitres trae la ilusión de las avionetas que dibujan una sombra veloz sobre los cafetales de Madagascar. ¿O son las fuentes del Zambeze lo que arrastran estos vuelos ruidosos?

De la hondonada del río, que es una quebradura vestida de robledal y helechos verdes, se alza una brisa caprichosa, como los colores del mapa. Viaja invisible, envuelta en la siesta solar. La tarde es un oficio de cigarras que va madurando el verano. En la distancia ondea la hierba y se humillan mudas las copas de los árboles. De pronto, igual que una ola de camino, una ola vista en un sueño que no es posible oír ni detener, inunda el aire las ventanas y estalla el aula en los cuadernos destemplados por su paso. Despiertan unas manos, las de Aurelio que se sienta junto a mí, para proteger de los elementos la página del libro abierta por las sendas del África central. Otros compañeros siguen el ejemplo. Como ellos, exagero el golpe que sujeta las hojas frente al aire. Don Laureano cesa en su recitación y es como si callaran las cigarras. El maestro mira por la ventana, sin decir nada, igual que si hubiera descubierto el verano en ese instante. Con la brisa llega mezclado el rumor del río que la envía, y ansias de correr más lejos que los mapas, cruzando campos de flores. Aún están los ojos pendientes del monte y lo que habrá detrás, cuando los aires que suben del Sil, perfumados de salgueras, se alargan. Entonces se detiene el mundo y sus ruidos enredados porque pide paso, distinto a todos los rumores, el silbido claro del tren que sube por la hondura del valle. Suena tres veces, como un ensalmo que suspende la respiración de la escuela mientras dura.

 

Vapor

ePub

Vapor

 

«El vapor tiene sus flaquezas», llega una voz mientras se camina por la vía. «Lo decía el señor Genaro».

Es cierto. Basta pensarlo para darle la razón al eco que han despertado los pasos. Algunas son visibles, como las que instruye el viento sobre el humo, vía arriba y vía abajo. Puede ser una ilusión de animal fantástico que crece en disipaciones hasta borrarse del mundo. Cuando la máquina sale de un túnel, el vapor es un ajetreo furioso que busca el aire para ganarlo en bocanadas blancas que también acaban siendo un recuerdo. Y hay otras fatigas del vapor que ni siquiera se ven, otras flaquezas. Por ejemplo, las cuentas del fogonero que va alimentando la caldera: una, dos, tres, cuatro paletadas negras como la chimenea que va estirando el fuego hasta hacerlo nube blanca.

Otras veces el humo de la locomotora es un sonido, un tropiezo regular oculto tras una curva o tras los árboles, y un pál­pito en el corazón de los que esperan. Cuando se aleja se parece a una sordera melancólica, a un alma vacía como la de las estaciones que acaban de despedir el último tren con su provisión de adioses y cabezas asomadas. El vapor, en fin, es una niebla viajera que condensa lágrimas y soles velados.

 

Ida y vuelta

ePub

Ida y vuelta

 

 

I

 

–Qué iba a ser un lobo. Era el perro de Cándido, que pasaba la vida por el monte.

–¿Cándido?

–El perro.

–Pues el título era bien claro, ponía «Lobo».

–El título dirá lo que quiera pero lo que cruzaba el río ese día era el perro de Cándido.

–¿Y cómo estás tan seguro?

–Porque iba conduciendo el tren.

–¿El perro?

–Te voy a decir una cosa, Ovidio: si vas a seguir en ese plan es mejor que marches a tomar el vino a la otra esquina de la barra.

El antiguo bar de la estación tiene por todo adorno en las paredes un reloj parado cerca las tres y un calendario con animosas máquinas de vapor cruzando desfiladeros de América. La locomotora del mes de marzo progresa junto a un río casi desbordado, entre pinares donde aún dura la nieve.

–Lo que quiero decir es que para ti será el perro de Cándido y para el pintor sería un lobo. Y en lo que ven o dejan de ver los viajeros no te puedes meter tú por mucho que mandes en el tren.

 

Almacén

ePub

Almacén

 

Los almacenes de las estaciones por donde corría el vapor tienen ahora un alma hecha de silencio y de cristales rotos. El cuerpo es un abandono de piedra encalada donde se borran las siglas; por las fachadas se descuelga el óxido en regueros que crecen estrechándose hacia abajo. Los almacenes olvidados ponen ante el caminante un rigor de puertas agrietadas de madera. Vistas hoy, hacen dudar que alguna vez se hayan abierto. Pero, en la edad del hierro y el vapor, estos umbrales conocieron el bullicio de las mercancías que entran y salen, y sus reposos jerárquicos en la hondura fresca de la habitación. El contraluz de las ventanas aún ha de guardar memoria de los albaranes que, apoyados en un brazo, buscaban la claridad para favorecer la industria de un lápiz que iba dejando un rayón denunciador de las categorías asentadas:

De primera clase: hierro y plomo labrado, cobre y otros metales moldeados o en bruto, vinagres, vinos, bebidas espirituosas, aceite, algodones, lanas, madera de ebanistería, azúcares, café, especias, drogas, géneros coloniales y efectos manufacturados.

 

Resurrección

ePub

Resurrección

 

 

 

 

 

 

Ahora compartiremos el paisaje

 

Plegaria de la vía muerta

ePub

Plegaria de la vía muerta

 

 

I

 

Hoy, sobre los raíles de plata, ha ocurrido un milagro.

Yo soñé esta frase o voló inocente, como si me la regalara el robledal. A lo mejor no fue más que una tentación mágica, de esas que buscan aliviar los pasos del caminante cansado al mediodía; un aire secreto, vagabundo por los valles en horas de nubes piadosas. El caso es que sentí en los oídos afilarse su fábula invisible. Tales venturas, bien se sabe, prosperan en la soledad. Y yo caminaba solo.

Los pasos, después de horas de andar ensimismado –esto también se sabe– ya no son pasos sino canción; una letanía de palabras insensatas arrancadas a las piedras que se van pisando. «Mata rosa, mata rosa, mata rosa», sonaba yo dormido al mediodía. Y de pronto era bastante para entender. Las piedras de las vías parecen una marea de bullicios que se aplaca de golpe, cuando las pisadas cesan y vuelve a dudarse de su rumor. Pero el milagro persistía indecible, «torén torán, torén torán», sonando como una campana que hiere en medio de las vías muertas.

 

Detalles

Libro impreso
Libro electrónico
Relato

Formato
ePub
Encriptado
No
SKU
B000000082796
ISBN
9788483935828
Tamaño del archivo
900 KB
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
Formato
ePub
Encriptado
No
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
SKU
En metadatos
ISBN
En metadatos
Tamaño del archivo
En metadatos