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Las visiones

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Un juez comienza a tener visiones de los hombres que ha condenado a la cárcel. Un doctor encargado de experimentos con armas químicas se dispone a probar un compuesto letal con su propia gente. Un soldado tiene un ataque psicótico y sube a un techo a disparar a quien se mueva, sin saber que desde el cielo un dron sigue todos sus movimientos. Una niña es capaz de predecir el futuro y su madre quiere orientarla a ver cosas que los hagan más prósperos, pero la hija tiene otros planes. Estos cuentos magníficos y extraños sugieren que, en tiempos de guerra, la batalla principal está en mantener la humanidad pese a todo.  En escenarios urbanos y en espacios alejados de la civilización, a través de una mezcla amplia y original de registros realistas, fantásticos y de ciencia ficción, los seres que pueblan Iris deambulan en busca de esperanza. Las visiones muestra de manera contundente por qué Edmundo Paz Soldán es considerado una de las referencias imprescindibles de la narrativa hispanoamericana contemporánea.
De Edmundo Paz Soldán se ha dicho: «Su narrativa ha ofrecido una nueva serie de imágenes que sirven para pensar el presente con todas sus paradojas» (J. Andrew Brown, Estados Unidos); «Lejos de todos aquellos que creen saber lo que es o, todavía peor, lo que debe ser la literatura boliviana, Edmundo se desentiende de cualquier obligación o expectativa y husmea por todos los rincones y desordena los mapas que encuentra a su paso y va y vuelve», (Rodrigo Hasbún, Bolivia, La Opinión); «Son tantos los libros de relatos que desfilan cada año ante los ojos, que recibir el impacto de la literatura grande y sin trampas acrecienta la celebración. Un libro de los que llegan para quedarse, una colección de relatos sencillamente magistral», (Ernesto Calabuig, España, Mercurio); «Paz Soldán es inmensamente talentoso. [...] Más que palabras de elogio, se merecen una verdadera ovación de pie», (María José Navia, Chile, Suburbano).

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Las visiones

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Las visiones

 

Y un día, así sin más, las visiones aparecieron.

Sentado en el sillón de su escritorio, el Juez veía ingresar los últimos rayos del sol por las persianas entornadas de la ventana. Fumaba koft; volutas de humo aromático se elevaban hacia el techo de maderas cuarteadas por el trabajo incesante de los boxelders. Algún día ese techo se caería sobre él –o quizás los cimientos de la casa cedieran primero– y no quedarían rescoldos de los días en que administraba justicia en Nova Isa, cerca de esa cárcel que había sido su salvación. O quizás sí, algo sobreviviría. Sería inmortalizado en uno de los himnos que los irisinos cantaban en la ceremonia del jün. Uno burlón, acerca de que Xlött sabía cosas de los designios de este mundo a las que la filosofía del Juez no llegaba. Había visto los grafitis insultantes en las paredes de los distritos bajos de la ciudad. Debía estar orgulloso, compartía espacio con las proclamas de la llegada del Advenimiento y las consignas a favor de la insurgencia.

 

Temblor-del-cielo

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Temblor-del-cielo

 

La niña comenzó a hablar poco después de que su padre se fuera de la casa para unirse a la rebelión de Orlewen. Se llamaba Rosa y era pequeña y de ojos enormes, la cabeza tan grande que alguna vez su madre había sugerido, preocupada, que quizás fuera hidrocefálica. El padre, esa noche, le dijo que no exagerara, los niños eran así, algunas partes se desarrollaban antes que otras, todo era desajuste y desencuentro. La madre volvió a la carga, insistiendo en que no era normal que ella hubiera cumplido cuatro años sin llorar nunca y mucho menos pronunciar una palabra que se pudiera entender. Esos silencios le roían el alma. Ella misma había sido una llorona, en uno de sus primeros recuerdos estaba en la parte trasera del rikshö de su abuelo, él dando vueltas a la plaza del distrito para ver si ella se calmaba después de dos horas de llanto ininterrumpido. Además la enloquecía esa costumbre de Rosa de irse a una esquina de la sala principal y quedarse ahí sentadita, jugando con una muñeca de trapo o viendo las paredes, extrañada, como si estas respiraran. Ni los juegos de su hermana mayor la distraían de su ensimismamiento. El padre, pequeño granjero, le dijo que a él también le pasaba algo así, cualquier insecto u objeto que veía con detenimiento en la propiedad se ponía a latir, sobre todo las calabazas que cultivaba con tanta dedicación, era un efecto de las cosas o de la mirada o quizás del encuentro de las cosas con la mirada. En cuanto al silencio, solo era cuestión de tiempo, se saltaría la etapa de los balbuceos y cuando hablara lo haría con frases complejas. La madre no se desprendió del rosario mientras hablaban. No lo convencería de llevar a Rosa al médico. Era parte de su fe y ella lo había aceptado así. Con el tiempo, hasta se había convencido de que era lo correcto. La naturaleza del mundo: buscar soluciones sin artificio. Desatino todo lo demás.

 

El ángel de Nova Isa

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El ángel de Nova Isa

 

En la casa vivimos ocho nueve diez. A veces doce quince veinticuatro. En verdad nunca sabemos cuántos somos. Es la naturaleza deste jom. Tres pisos de cuartos pequeños y salas despojadas con kreols durmiendo nel suelo de tablones crujientes, un par de pieloscuras y alguno que otro irisino, incluso un artificial desmemoriado. Un universo con muchos universos. Casi ninguno ha cumplido los quince aunque no falta el shan desertor de más de veinte, la pieloscura que vivía en la calle y una mañana vino a refugiarse con nos y no se fue más. Uno nunca sabe lo que contiene la casa, el caserón, eso es lo único que se sabe.

A veces hemos querido reconstruir su historia. La voz de Lesko se impone: fue el primero en llegar a instalarse nel segundo piso. Lo hizo porque odiaba el servilismo de sus padres. Eran kreols que rechazaban su lado irisino, como la mayoría, y soñaban con ser aceptados por los pieloscura y por eso se portaban tan lamebotas, rezando por un buen trabajo, mendigando pa ser admitidos en la administración de SaintRei. Lesko no quería ese destino y se fue, dice él con la voz ronca, y luego nos mira y continúa.

 

La casa de la Jerere

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La casa de la Jerere

 

Estamos salvados, dijo Wiener.

Habían deambulado dos días por la selva, extraviados de su compañía después de una refriega con las tropas de Orlewen. El cansancio amenazaba con derrumbarlos cuando, al salir de un laberinto de árboles tupidos y lianas espinosas, sus piernas roncheadas por las picaduras de los mariws que abundaban entre los matorrales, fueron a dar a un claro con ruinas en el centro. Las ruinas correspondían a una construcción con un frontis de alrededor de cuarenta metros. De las paredes solo quedaban cimientos de ladrillos tiznados por el hollín, o quizás se trataba de cenizas, las marcas de un incendio. Wiener imaginó a los moradores del lugar, en un tiempo lejano o tal vez no tanto, prorrumpiendo en alabanzas a los lares protectores cada vez que ingresaban.

Debe haber vida cerca, dijo.

No estaría tan seguro, dijo Tello. Hubo vida hace mucho, di. Por algo se fueron.

Al menos no tenemos que seguir caminando. Podemos esperar ki. Vendrán a buscarnos.

 

Los pájaros arcoíris

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Los pájaros arcoíris

 

Marilia nos dio la voz de alarma esa mañana. Dormía nun camastro contiguo al tuyo y cuando despertó no te vio. Le pareció raro, porque a ti te costaba salir de tus sábanas y las voluntarias debían despertarte. Nos lo dijo nel desayuno, mientras desfilábamos por el comedor en busca de la ración, los ojos legañosos, tratando de que se nos fuera el sueño maloso de la noche anterior, o quizás no había sido maloso, quizás allí estábamos en nosas aldeas jugando con otros brodis, criando goyots o quién sabe, escondidos en los matorrales, rogando que no apareciera una víbora afilada.

En la capilla se hizo más notoria tu ausencia. Nos sentamos formando un círculo, y nostabas en tu espacio junto al qaradjün. Hubo murmullos, acallados por las voluntarias, que nos forzaban a concentrarnos en la ceremonia. El olor del incienso debía ayudar al recogimiento mas estábamos distraídos.

Timmy, una de las voluntarias, nos habló en clase de la presencia de la ausencia.

 

Doctor An

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Doctor An

 

El doctor An salió por la madrugada en un jipu rumbo al helipuerto de la base militar en el Perímetro. Durmió poco esa noche. Una misión secreta lo llevaría a lo largo del día por las principales ciudades de Iris, para hablar de sus descubrimientos a oficiales superiores y a un grupo escogido de científicos de SaintRei. Tosió sin parar durante el recorrido al helipuerto. La conductora del jipu comentó: es la época del año. Él sacó un spray diminuto para aclararse la garganta.

El piloto del heliavión vio subir al doctor An e hizo un gesto a los técnicos en tierra de que estaba listo para despegar. Una vez en el aire los pensamientos del piloto se dirigieron a lo ocurrido la noche anterior. Se había acostado por primera vez con una irisina. Una de las traductoras de la base lo había invitado a su casa en las afueras del Perímetro. Tuvo que moverse con cautela para que sus brodis no se enteraran. Un par de horas maravillosas.

Solo entonces se percató de que el doctor An le hablaba. El aire estaba muy frío, que lo subiera un poco. El doctor tosió y al poco rato estaba dormido.

 

Luk

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Luk

 

La nave descendía. Me asomé por la ventanilla, observé las fronteras del mar y del bosque, las rocas blancas y afiladas en la ladera de la montaña contra la que se arracimaba la ciudad. Cuántas veces Luk y yo habíamos imaginado q’entre esas rocas había cavernas con monstruos harto más feroces que los que veíamos en la ciudad. Nos contábamos historias: algún día destrozarán los templos y los joms, serán los nuevos amos. Nos equivocábamos. La destrucción convivía con nos, presta a atacarnos en silencio.

Los oficiales que me esperaban en la base me saludaron solemnes, como si se apiadaran de mí. Sabían lo que ocurría; ingenuo, yo había querido mantenerlo en privado. Era natural que les interesara. Vivíamos asediados, con el miedo de que nos tocara lo que a otros. Despertábamos y lo primero que hacíamos era buscar un espejo, vernos la cara. Un movimiento raro de los músculos nos impelía a buscar un médico. Una decoloración en la piel que aparecía de pronto era motivo de ansiedad, de insomnio, de sueños con el fin del mundo (hacía tiempo que en nosa especie se había incubado el mal; nos solo éramos testigos del crepúsculo).

 

Artificial

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Artificial

 

El día en que a mamá la declararon artificial llovió toda la mañana y Randal y yo nos miramos sin saber bien qué hacer. No había sido lo esperado, después de gestiones de semanas en la Oficina de Reclasificación, complicadas porque tuvimos que hacerlas los dos solos ya que papá, el muy tembleque, huyó al enterarse nel hospital después de la primera operación que las heridas eran tan severas que con toda probabilidad mamá iba camino a convertirse en artificial. Lo habíamos intentado por todos los medios, largas colas desde la madrugada pa entrar a ese edificio atestado de gente en los pasillos y sin un buen sistema de ventilación, las ventanas tan pequeñas que uno se sentía en zona de guerra. Mañanas y tardes que no conducían a nada, porque se caía el sistema o lo estaban actualizando y nos pedían volver al día siguiente. Veíamos en las caras el drama por venir o el ya concluido, la esperanza o el dolor o la esperanza y el dolor cuando un hermano o esposo era declarado artificial o quizás no. Un melodrama continuo y agobiante del cual no podíamos ni queríamos escaparnos.

 

Los tigres de Kondra

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Los tigres de Kondra

 

Ryu llegó acezante a un claro en la selva y quiso detenerse, recobrar la respiración. No duró lo suficiente el deseo: se tocó el muslo derecho y sintió la rasmilladura del zarpazo, el resuelto goteo de la sangre. Debía continuar, los tigres pronto volverían, el pelaje negro y amarillo resplandeciente en la floresta dominada por el verde. Escuchó los rugidos en la distancia; no podía verlos pero sabía que se acercaban. Había logrado confundirlos al ingresar por el sendero de helechos gigantes a su vera; los helechos exhalaban una resina que disfrazaba el olor de Ryu. La suerte no siempre lo acompañaría.

Volvió a correr. El sudor resbalaba por sus mejillas, el uniforme se enmelaba a la piel. Había salido del bosque de helechos y lo rodeaban jolis de troncos macizos, proliferantes en heridas negras como quemaduras de un rayo. El año de su permanencia en Kondra había escuchado de la selva en las afueras, del camino por el que se salía de la ciudad para perderse en ese accidentado valle tropical, refugio de intermitentes estribaciones montañosas, pero no había tenido la más mínima curiosidad por conocer la naturaleza que lo rodeaba. Ya era suficiente con haber llegado a esa región. Un error, quizás, visto con la perspectiva del tiempo, pero no había que olvidarse de las alternativas. De lo que hacía antes de venirse a Iris. De lo que hacía con su hermana Mara. Vivir de DJs en fiestas prohibidas en las que la verdadera ganancia estaba en los swits lisérgicos que vendían a los chiquillos ricos de Munro.

 

Anja

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Anja

 

Echada nel jardín veo pasar las nubes, un bisturí escondido en mi gewad. Ahistá una con cara de pirata, den un cohete y un lánsè enorme, el más bello q’he visto nel cielo. Wuf wuf wuf. Las nubes son duras y blandas y pueden ser cremosas tu, y a veces blancas y otras de negro corazón o quizás plomo, y cuando llega el shábào hasta violetas. Papá me mandó ki, al lado del pozo, mientras se alista pa ir al hospital de las aves. El uniforme debe ser blanco y sin arrugas y wuay de que una mancha. No le gusta dejarme sola porque no confía en mí así que iré con él hoy, me lo ha prometido, a veces quiere y otras no, es según cómo me porte, zas. Si mancho su uniforme o hago una desas cosas raras que me gusta hacer me encierra nel cuarto y se lleva la llave hasta que llega la noche y él no regresa y estoy lista pa escaparme por la ventana si no fuera q’está lejos de la calle y caerme caerme wuay tampoco quisiera. Grito pa que algún vecino me ayude mas nadie viene, te conocen, dice papá, saben cómo eres, cómo soy papá, dime, dime. Igual le cuentan de mis gritos y eso significa más días encerrada sin ir al hospital de las aves. Castigos que caen como flemas de la boca dun dios sin nada que hacer. Castigos de los que podría liberarme con este bisturí. El metal frío muy frío en mi piel. Está oxidado, lo encontré nun basurero nel hospital de las aves. Cuando sea grande quiero trabajar allí, nau puedo ayudar si me dejan. Soy la mejor pa ese trabajo, nadie como yo con los animales, por más que digan que no tengo edad todavía. Una vez entré al cuarto piso y vi las jaulas de los pajaritos malheridos después de las operaciones, sangre nel suelo y olor a desinfectante. El cuidador estaba distraído y ni me miró y yo qué haber dung en las jaulas. No me aguanté y las abrí y dije a los pajaritos fuera fuera y solo uno me hizo caso, los otros no podían, se me quedaron viendo, cojeaban los pobres, alas muertosas y picos desganados. El cuidador le contó a papá y zas más castigos pa mí. Cansa todo esto. Él debía saber y dejarme en paz. Mas nunca pudo. Era más niña cuando más niña y volvía loca a papá porque recogía perros callejeros. Dart mi favorito. Dormía conmigo y me pegó putapariós que duraron tres semanas en mi bodi. Saltaban dun lado a otro y dejaban marcas rojizas, caminos en mi piel, quería hacerme de su tamaño y verlos saltando. Una noche Dart se frotó contra mí y yo vi eso que tenía entre sus piernas, parecía un tirabuzón, y p’hacerlo entrar en calor se lo restregué con el pie y estaba tan feliz que aulló y aulló y despertó a papá y zas fue su fin. Papá lo echó de la casa, adiós ojos legañosos y sarna en las patas, estuve triste uno dos tres cuatro días, imitaba su aullido y venían más castigos. Nel pasaje do vivíamos había muchos perros. Unos perfectos demonios. A todos les gustaba mi mano. Cómo aullaban, papá se daba cuenta y zas más castigos. Iba a hablar con los vecinos y les pedía que encerraran a sus perros. A Kuluth y Daima y a todos los demás. Los vecinos decían no, mejor encierras a tu hija, si no te denunciamos. Papá escuchaba esa palabra y preparaba la huida. Un pueblo más del que nos íbamos, un pueblo menos. Una vida peregrina y todo por mi culpa. Después, cuando conocimos a los laikus, papá me entendió. Porq’estábamos nel mercado, recienvenidos, cuando la mujer que nos atendía volcó la mirada hacia la calle, señaló con un dedo y se carcajeó. Nos dimos la vuelta y descubrimos una procesión de gente encabezada por cuatro monjes desnudos, uyuyuy. Las mujeres llevaban un gewad blanco y barrían el piso con una escoba. Nos quedamos mirándolos hasta que la mujer dijo son laikus. Hay q’estar lejos dellos, no creen en Xlött. Viven nel hospital de las aves, es un templo tu. Habíamos visto el hospital, a la entrada del distrito, mas no sabíamos nada desa gente. Papá ya no creía tanto en Xlött, no desde que una granada explotó en las manos de mamá, y fue al hospital un día conmigo y vimos a los monjes desnudos nel jardín. Parado sobre una silla, uno flacucho predicaba rodeado de gente. Hablaba dun Gran Laiku, el primero que había logrado una liberación completa. Un rey irisino que había matado a su hermano pa conseguir el trono. Al darse cuenta de lo que hizo abandonó sus posesiones y se fue a vivir desnudo a la selva. Meditaba al lado dun árbol con tanta concentración, durante un año entero, que las ramas lo envolvieron y desencarnaron. El monje interrumpía su relato con aullidos lastimeros. Wuf wuf wuf. Wuf wuf wuf. Imaginé perros encerrados en los patios de los joms, olfateando la presencia de la muerte, buscándome. Esos aullidos estremecían, wuf wuf. El monje puso una jarra de agua y un vaso sobre la silla. Colocó un colador sobre el vaso y llenó el vaso de agua. Dijo q’esa era la manera adecuada de tomar agua pa no comer por accidente otras criaturas vivas. Explicó que por eso había mujeres laikus que barrían el piso. Incluso los insectos más microscópicos debían ser respetados y no se los podía pisar. No se debía comer ninguna planta que creciera bajo la tierra porque pa comerla se mataba a la planta. Nada de cebollas ni zanahorias, papa o ajo. Arroz sí, porque la planta sobrevivía a la cosecha del grano. Dijo que se debía ser vegetariano y que los dioses laikus no pedían sacrificios de animales. Un escándalo, la cantidad de goyots que se mataba diariamente en los templos en honor a Xlött. Nel banquete del último día, dijo, tendremos pico de águila, hocico de simio y cabeza de buey. Ascenderemos a los cielos transfigurados. Seremos uno con nosa naturaleza animal. Ese día papá decidió hacerse laiku, y yo con él. El monje dijo que debíamos escoger un animal pa emparejarnos con él, pa ser ese animal. Papá dijo gato y se puso a practicar en la casa frente a un espejo, miau miau miau, hasta que le salió bien. Ronroneaba y se metía a dormir bajo su catre. Era ágil pa subirse a los árboles, a veces no bajaba hasta el día siguiente. Yo dije perro y wuf wuf wuf por las noches. Estaba preparada, nadie mejor que yo pa participar del banquete de los justos. Yo, que dejo que las hormigas neste jardín se me suban y me llenen de ronchas mientras veo las nubes. Yo, que cierro los ojos y me hago la muerta cuando los lánsès curiosos sobrevuelan la casa y aterrizan en los árboles y vienen a picotear cerca de mí en busca de gusanos en la maleza. Yo, que sé ladrar como nadie, wuf wuf wuf, y voy a comprar leche a la tienda y me preguntan qué y me pongo wuf wuf wuf y estoy segura de que me entienden mas dicen que no, y no me dejo y sigo ladrando, ellos o yo, ellos o yo, hay que tener paciencia con los humanitos, incluso con los malosos esos de los shanz, mas si quieren estar conmigo nel banquete tendrán que wuf wuf como yo, mejor no, eso nunca. Veo al perro del dueño de la tienda, uno bien grande, y extraño a Dart. Cómo se recostaba junto a mí en las noches, caliente caliente su bodi, dormíamos bien los dos juntos. Dormir, dormir, no nau. Pasan los pájaros arcoíris en formación de flecha, se pierden entre las nubes. El bisturí escondido en mi gewad un hielo de tan frío, mas no se derrite. De más niña encontré en la calle un pájaro arcoíris que cojeaba y lo cuidé hasta que se murió porque dormía conmigo y una noche no me di cuenta y lo aplasté. Lloré varios días porque sentía que yo era ese pajarito arcoíris. Lo enterré nel jardín y esperé durante varios días a que la lluvia alimentara la tierra y naciera un árbol del pájaro que había plantado. Un árbol arcoíris con las hojas de siete colores, el tallo y las ramas de siete colores. El árbol más bello de todos. Ponía mi oído al suelo, entre la maleza, y escuchaba cómo el pajarito se convertía en raíz y se disponía a estallar a la vida. Mas nunca volvió. No germinó. Mis brodis nel distrito vieron que no se me pasaba el dolor y dijeron que no podía sufrir tanto por un pájaro. Papa dijo que me calmara tu. No podía. Les dije a mis brodis que serían castigados porque mataban saltamontes y glimworms en los lotes baldíos, despachurraban libélulas y sapos nel arroyo, wuf wuf wuf. Era laiku sin saberlo. Caminaba una zhizu por mi bodi y yo no le hacía ascos. La agarraba de las patitas y la llevaba al jardín y la dejaba ahí, a tejer su tela. Una vez se me metió una mosca en la boca y escupí y la vi atolondrada y tuve una larga conversación con ella, hasta que se recuperó y emprendió vuelo zum zum zum. Después de escuchar al monje ese día me pasé varias noches tocándome la cara, viendo si me aparecía el hocico de simio y la cabeza de buey y el pico de águila. Quizás me tocaría un hocico de perro y una cabeza de perro. No quería más este mundo. Volvimos al hospital de las aves. Pa se ofreció de voluntario, ganaba algo de geld ayudando en las operaciones. Lo convencí de acompañarlo, siempre y cuando me quedara sentadita nun taburete en la esquina, mejor q’encerrarme nel cuarto. Miraba al doctor operar a los lánsès piu piu piu y me ponía a dibujarlos. Llené un libro con más de doscientos cincuenta dibujos, piu piu piu. Quería ver cuántas clases de lánsès había y descubrí que todos eran diferentes. Hasta se les debía cambiar el nombre, porque había lánsès que no se parecían a lánsès. Unos tenían el pico achatado y el dotros era más largo y las plumas tenían formas caprichosas y los ojos duno se movían raudos y los dotros eran tan lentos como los de las dushes al estudiar a su presa antes de atacarla. Mas a todos los llamaban igual, lánsès ki y allá. Papá observaba mis dibujos y me premiaba con un beso antes de volver ronroneando a la sala de operaciones. Yo wuf wuf wuf y venían a echarme del edificio, el doctor no se podía concentrar, había prometido quedarme callada, nada, decía, nada, y furiosa me tiraba nel patio del hospital a esperar a papá, que tardaba, y me ponía a buscar lánsès en las nubes, aístá uno, sobrevuela y se posa junto al pozo, picotea y trina inocente y se me acerca, en silencio toco el bisturí, y cuando papá llegaba al patio le decía que la siguiente los sorprendería a todos y me pondría yo misma a operarlos, la siguiente es nau, eso, nau, lánsè, bisturí, nau, he visto lo suficiente desde el taburete, los he dibujado hasta memorizarlos, sé dóstán sus huesitos y dó los pulmones y los tejidos, un mapa vivo en mi cabeza, me decía que llegaría ese momento en que agarraría un bisturí y gracias a mí un lánsè de ala quebrada podría volver a volar y otro al que un goyot le había dado un mordisco se sanaría, un rápido movimiento y zas, el lánsè está entre mis manos piu, el pecho caliente, el latir violento de su corazón, no temblequees plis, vivirás feliz hasta que te toque entrar transfigurado al banquete de los justos y pa eso falta mucho, mi cara será la tuya y zas tu pico el mío y tendrás hocico de perro y el perro tu hocico y todos tendremos cabeza de perro, todos seremos Dart, wuf wuf wuf yastá, qué sangre más roja, lo habré clavado bien, ya comenzó.

 

El rey Mapache

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El rey Mapache

 

Alayz llevaba treinta siete mapaches en su rikshö para la feria cuando fue detenido por el oficial Hilst, que esa mañana patrullaba por el distrito irisino junto a tres shanz. Los shanz revisaron la parte posterior del rikshö. Uno dijo que los mapaches estaban muy apretados y no tenían espacio para respirar.

Lleva una carga de animales vivos, dijo Hilst. Quiero ver su permiso.

No sabía que se necesitaba uno. Son mapaches de mi granja.

Me quedaré con ellos. Arregle con las autoridades correspondientes el lunes. Sus animales estarán a buen recaudo.

Son dos días, dijo Alayz, necesito venderlos en la feria. Deso depende mi semana. Hay que darles alimento especial, no saben cómo tratarlos.

Los mapaches de Alayz eran delgados, pequeños y de orejas puntiagudas, modificados genéticamente para competir con goyots y crazykats como mascotas de los pieloscura. Eran animales domésticos con una inteligencia alienígena para resolver problemas como abrir candados y desatar nudos ciegos. Prestaban atención a sus dueños y tenían mayor capacidad de supervivencia gracias a que producían un antioxidante que limpiaba moléculas radiactivas de sus tejidos. Alayz los había conseguido en una feria en Kondra; nadie tenía la variedad de sus mapaches en Nova Isa y eso lo había convertido en un comerciante próspero.

 

Dragón

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Dragón

 

Hoy me encontré en Jaelle al despertar. Estaba con Laurence, a quien visitaba una vez más el tembleque. El hombre es cosa que tiembla, dijo cuando le pregunté qué le pasaba, asombrada por el movimiento constante de sus brazos, el parpadeo descontrolado, el tuicheo de las mejillas. A mí me ocurría tu mas nunca tanto. Desde una nave de combate habíamos visto los ejércitos diezmados del coronel Wgmann en las afueras de la capital, después de las bombas. Los pozos incendiados, las torres de alta tensión caídas, los edificios en ruinas. La luz que rodeaba las montañas era como una señal de tregua que nos mandaba ese mundo, muy diferente a los gestos de sus líderes, recalcitrantes a la subordinación. Viajábamos por el cielo entintado esperando el apocalipsis. El viento, nos, lo destruiríamos todo ese día. Nos éramos el viento, nos el apocalipsis. Estuvimos entre los primeros que aterrizaron en Jaelle y combatimos calle a calle, casa a casa. Protegidos por cascos y uniformes, tratábamos de respirar ese aire difícil, más tóxico aun q’el de Iris. La vida: eso que cuesta respirar. La vida: cosa que tiembla. Vimos a brodis violar a mujeres y hombres, incendiar templos, sembrar las largas alamedas de cadáveres. Hubo muertos en nosos brazos. Vimos todo eso hasta que Laurence y yo nos separamos porque un coronel me envió a una misión de rescate. Volví y él ya nostaba. Encontré su bodi empalado nuna pica de metal en la plaza. Abrí los ojos y Jaelle desapareció. Tan fácil todo. Mas Jaelle vuelve.

 

El próximo movimiento

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El próximo movimiento

 

Jerom subió al techo de una casona abandonada en una esquina de la plaza y se recostó sobre las tejas con el riflarpón entre las manos. El sol se despedía en el horizonte, asomaba la luz de la luna gigante entre las montañas. Pensó en la gente que lloraba y le vino el tembleque y el tembleque se fue cuando apretó el gatillo, una-dos-tres, zumzumzum. Apuntó a todo aquello que se movía entre los árboles de la plaza y en las calles aledañas. Escuchó gritos y se preguntó cuál podría ser su próximo movimiento. Vendrían a bajarlo del techo pero él había decidido antes de subir que no lo agarrarían vivo.

La plaza se quedó quieta y Jerom ladeó la cabeza en busca de un mejor ángulo de disparo. Le escoció el muslo izquierdo y de un manotazo aplastó una zhizu. Eran de enquistarse en los tejados, de crear comunidades a través de sus redes. Teje que teje, paqué. Tantas patas, paqué. Una vez, recienvenido, debió salir a fumigar las calles y edificios de la ciudad, invadidos por ellas. No se iban, por lo visto. Nadie se iba voluntariamente, era la ley.

 

El frío

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El frío

 

Eres un niño, y esa tardenoche tienes un avión de juguete entre tus manos, hecho de madera de balsa y alambres, un avión como esos Huracanes, así se llamaban, que algún día causaron la lluvia amarilla, un avión con el que te prohibieron jugar porque convocaba a los malos recuerdos, y tu mano planea sobre el hombre tirado en medio de ese salón enorme, lleno de cortinajes que esconden el sol. El hombre tiene heridas en el pecho, la cabeza sangrante y la nariz rota. Te hincas a su lado y le explicas cómo construiste el avión a partir de un holo que viste en el viejo Qï de tus madres y cómo te prometiste que algún día serías ingeniero y construirías mejores aviones que ese, lo cual era un anatema, todo lo que tenía que ver con aviones se veía mal en tu pueblo y te castigaron, pero el hombre no te escucha. Está apenas consciente y solo tiene fuerzas para pensar en Malhado.

Alguna vez, en un enfrentamiento, el hombre recibió un disparo en un hombro. El impacto lo tiró contra un joli. Escuchaba voces que le decían que no se moviera y eso fue lo que hizo esa vez y lo que hace ahora, no moverse, esperar a que vengan a auxiliarlo. Porque vendrán, a pesar del silencio. A pesar de ese niño que da vueltas por ahí.

 

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