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Helarte de amar

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A comienzos de los 90 y recién cumplidos los treinta, escribí estos relatos que entonces me parecieron eróticos. No obstante, ahora que tengo cuarentitantos he descubierto que sólo eran literatura fantástica
Uno cuando es joven tiende a confundir el erotismo con la sexualidad. Al erotismo le basta con la fantasía, el deseo y la imaginación (ese es el quid de la cuestión); mientras que la sexualidad requiere pareja, espacio y una mínima parafernalia (ese es el kit de la cuestión). Así, a los treinta yo creía que mis personajes sólo echaban «quiquis», pero pasados los cuarenta he constatado que lo que hacían era un quid-kit.

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En el batimóvil, con miss Graciela

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En el batimóvil, con miss Graciela

 

 

 

...la Mary me besó el estómago, el ombligo, muy despacio, muy suavecito, sin apretar, y me desató el cordón del pantalón de pijama, y me pidió que me acostara bien, que me estirase, que ya era hora de dormir, y me metió la mano por el pijama como si tuviera miedo, y yo de pronto me di cuenta de que tenía empinado el alfajor...

Eduardo Mendicutti

 

 

 

Las clases que más me gustan son Inglés y Caligrafía. Después de Inglés tenemos recreo y la sister Thomas nos deja golpear la carpeta de contentos, pero en Caligrafía viene la miss Graciela y a mí me pasa como que pongo la cara de Popeye cada vez que Olivia le da un beso, porque a mí me gusta mucho la miss Graciela. Y además es más bonita que Olivia porque tiene tetas y sus piernas parecen de propaganda de Beautyform.

Mi mamá y mi tía Lucy, y mi tía Merce y mi tía Carmen, siempre dicen que «qué chico tan buenmozo», pero después yo las he escuchado decir que los señores buenmozos tienen ojos azules y el pelo rubio. Yo tengo el pelo negro como Tony, el de El túnel del tiempo y a mí él sí que me parece muy buenmozo. A veces me miro en el espejo y pongo la cara de Tony para que la miss Graciela se dé cuenta, pero ella como si nada. El otro día me regañó porque le llevé a sacar punta a mi lápiz tres veces y me dijo que a mi mamá no le iba a hacer gracia que no me duraran los lápices. Yo sólo la quería ver de cerquita porque ella sí es rubia y tiene los ojos azules. Como Judy, la de Perdidos en el espacio.

 

Las memorias de Madame Quiñónez

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Las memorias de Madame Quiñónez

 

 

 

Abre los ojos, Lulú, sé que no estás dormida

Almudena Grandes

 

 

 

Cada domingo a las doce después de la misa, los dormitorios de «La Nené» eran habitados por borrosos fantasmas que parecían brotar de las desvencijadas camas, como si volvieran a la vida en busca de antiguos rastros prisioneros por las sábanas almidonadas de amor. Madame Quiñónez siempre se los encontraba cuando regre­saba de la parroquia y entonces perdía esa aureola bienaventurada que había adquirido después de comulgar.

Ellas nunca iban a misa y por eso también tenía que rezar por sus pecados. Eran unas locas, unas incons­cientes, unas ateas que hacían que sus culpas fueran mayores y que su alma se pusiera más negra. Sólo Soledad se daba cuenta, pero con Soledad no se podía conversar. Ya para qué, ¡estaba tan vieja! En cambio Virginia...

Virginia tenía 15 años y Madame la tenía reser­va­da para los clientes de cincuenta para arriba. Era muy chica para sentir algo más que dolor y los otros muy viejos para sentir algo más que emoción. Todos contentos. Virginia chillaba porque le dolía, porque la erosionaban y la taladraban para hacerla más dúctil, más elástica y más insensible, pero esos señores creían que la estaban estrenando y que ella aullaba de placer. Según Madame era mejor que comenzara con los «viejitos verdes», para que desde el principio se diera cuenta que «Esto del burdel es como una profesión cualquiera, señorita; y que aquí hay que trabajar y aguantarse con lo que hay». La pobre Virginia lloraba y se pasaba todo el día escribiéndole a sus papás y ahorrando para mandarles plata a Tingo María. Les contaba que era secretaria y por decir tanta mentira no quería ni asomarse por la iglesia, aunque rezaba el rosario con la Madame todos los viernes. Bárbara se reía y se burlaba de ellas: ¡Qué Dios ni qué ocho cuartos! Sólo la plata las podía sacar de esa mierda.

 

Helarte de amar

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Helarte de amar

 

 

 

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella ­tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...

Gabriel García Márquez

 

 

 

La gente decía que Liliana y su mamá parecían hermanas, que eran igualitas, perfectas y riquísimas. En realidad yo no las veía tan parecidas porque Liliana era rubia y la mamá morena, Liliana llamaba la atención por esbelta y la mamá por sus provocativas redondeces y, además, porque Liliana era una chica como para quererla toda la vida y la mamá estaba más bien para meterle una intrapiernosa. De hecho, la señora Ruffinelli era famo­sa por su vida alegre y medio Lima le decía Ruffianelli y la otra mitad simplemente Ruffanelli. Liliana en cambio era bien seriecita, recontradiscreta y súper asada.

Siempre salía el tema del cachetadón que le metió al Tony de los Heros el día que se la quiso agarrar durante su fiesta de Prom, o del fierrazo con que le partió la boca al «Negro» Le París aquella noche que la encerró en su carro frente al faro del malecón de Miraflores con el pretexto de escuchar una canción de Rubén Blades. Nadie le había tocado nunca un pelo a Liliana, pero los de su mamá circulaban por Lima, Callao y balnearios.

 

La española cuando besa

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La española cuando besa

 

 

 

Cuántas veces, a tientas, en la noche,

sueñan dos cuerpos fundirse en uno solo

sin saber que al final son tres o cuatro.

Eugenio Montejo

 

 

La española

 

 

Desde que llegué a Nueva York presentí que sería testigo de maravillas, pero nada fue comparable a lo que viví aquella noche de verano en el Village. Ni las tiendas, ni los museos, ni las multitudes, ni los rascacielos me impresionaron tanto. Fue como participar en el rodaje de una película y todavía se me pone la carne de gallina al recordarlo.

Mientras duró aquel tour recorrí los bohemios bares del Village durante las sofocantes madrugadas. ¿Sabes lo que te digo? En Sevilla ni siquiera salgo de día y no me iba a privar de las famosas noches neoyorkinas lejos de Arturo y de los niños. Los museos están bien y en los escaparates de la Quinta Avenida hay virguerías, pero era horroroso ir a todas partes en mogollón para luego terminar peleándonos por las rebajas de los bazares de la ca­lle 14. Los viajes organizados son deprimentes y por eso me busqué la vida sola. Así descubrí el Goody’s, un bar de copas que está en la Avenida de las Américas, entre la 9 y la 10. Algo cutre, sí, pero era como en las películas.

 

Entre las piernas de Luciana

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Entre las piernas de Luciana

 

 

 

Yo no querría subir a la cama, si no te atrevieras, oh Circe, a prestar solemne juramento de que no maquinarás contra mí ningún otro pernicioso daño...

Odisea X, 343-344

 

 

 

Debo admitir que a mí siempre me ha gustado involucrarme en todo lo que hacían mis enamoradas y que he sido feliz haciendo lo que ellas me pedían que hiciera. Úrsula decía que era falta de personalidad y no sé qué otras cosas, pero después venía corriendo a preguntarme cuánto tiempo tenía que hervir la crema de almendras antes de volcarla sobre las pechuguitas de pollo. A Úrsula le encantaba cocinar, pero yo era el que recortaba las recetas y quien se las aprendía de memoria para la posteridad. Además a mí me salía mejor el muss de cangrejos.

En eso hay que reconocer que Luciana es distinta, porque a ella nunca le pareció bien que yo metiera mi nariz en sus asuntos. Nada que ver con Rocío, que no sólo le complacía sino que me lo exigía. ¡Qué linda era Rocío! Después de estar con Pilar –que seguía medicina y todo el día estaba estudiando–, penetrar en el inédito mundo de las secretarias fue una sorprendente experiencia para mí. Si no hubiera sido por Rocío jamás habría aprendido a organizar mis propios papeles, pero sobre todo a embocar justo encima de las letras borradas cada vez que corregía un texto en la máquina de escribir. El problema es que yo era incompatible con su jefe –un compadrito maniático y encima mandón– y ya se sabe que para las secres el jefe es lo primero.

 

Travesía estelar

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Travesía estelar

 

 

 

...lo arrojó de sí de una sacudida, y de esta manera, de la ­leche derramada por la abundancia, se creó la Vía Láctea.

Eratóstenes, Catasterismos 44

 

 

 

La presión en cabina era normal y la nave ya se había situado en la órbita de la Tierra cuando el satélite transmitió el último mensaje de Houston. El Profesor Moonpimp se puso a formular preguntas demasiado impertinentes y la Comandante Kimberly Moist cortó la comunicación. Oh, shit! –exclamó–. Encima de todos los problemas tener que aguantar al slime de Moonpimp. La culpa era de la CIA, la KGB, Yeltsin y el superjerk de Gorbachov. Todo estaba listo para el proyecto Freedom & Love, donde ella y el guapísimo Coronel Boris Fornikov (Oh, my God!) iban a ser la primera pareja ruso-americana en la estratósfera, los Adán y Eva de la galaxia, the first spacefuckers, cuando de pronto se produjo el coup de Moscú y todo el programa espacial soviético se fue a la mierda. Ahora Boris era un aburrido granjero ucraniano y en su lugar estaba sentado el Coronel Tekacho Arakama, mirándola con una expresión oblicua y risueña que a ella le provocaba náuseas.

 

Fantasías textuales

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Fantasías textuales

 

 

 

 

La actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica. Lo es cada vez que no es rudimentaria, que no es simplemente animal.

Georges Bataille

 

 

 

Tal como se lo había pedido, él no dejaba de repetir que nunca la olvidaría y que siempre se acordaría ­­de ella. Y cada «nunca» y cada «siempre» atenuaban ­de verdad el dolor de su descubrimiento, cuando encontró las fotos de Ricardo con esa otra mujer. Qué fácil era deslumbrar a un hombre que nunca nos ve cocinando, sacudiendo y planchando, pensaba mientras le clavaba las uñas y Enrique se corría de nuevo, sollozando agradecido y jurándole que nunca la olvidaría y que siempre se acordaría de ella.

 

* * *

 

En las películas basta una mirada o una tenue insinuación, para que dos desconocidos terminen haciendo el amor en un elevador o en cualquier pensión de mala muerte. Por eso elegí una mesa de esta cafetería de señoras cursis, para mirar con lánguida insistencia a las desconocidas que más me gustan. Al principio no me hacían caso y más de una se marchó ofendida, pero después de tantos años de venir todas las tardes, ahora son ellas las que me devoran con los ojos. Especialmente desde que corrió el rumor de que sólo soy un casto anciano que enloqueció de amor, cuando su novia murió atropellada ­antes de entrar a la cafetería. No sé cómo empezó todo, pero he terminado convertido en una leyenda urbana y sentimental. Mejor, porque en realidad me excita que me rebañen con la mirada, que fantaseen con mi vida y que me regalen sus poemas guarros. De joven me hubiera encantado acostarme con cualquiera de esas desconocidas, y ya de viejo me basta con saber que podría tirármelas a todas.

 

La mujer de arena

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La mujer de arena

 

 

 

Sí, los cuerpos estrechamente enlazados,

los labios en la llave más íntima,

¿qué dirá él, hecho piel de naufragio

o dolor con la puerta cerrada,

dolor frente a dolor,

sin esperar amor tampoco?

Luis Cernuda

 

 

 

Cada verano Alfredo se prometía que ahora sería la vencida y que estaría con enamorada antes de que empezara el colegio. Al menos eso pensaba mientras corría por la arena caliente de León Dormido y el grupo de la parroquia armaba el campamento anual: sol, playa y brisa marina junto a bikinis, pieles doradas, y pubertad entusiasta; pero también misa dominical, carpa capilla y el padre Bruno vigilando los meneos de su tropa adolescente.

A Alfredo le encantaba el grupo de la parroquia porque Dios y el amor al prójimo llenaban su vida, pero también porque su colegio era sólo de hombres y en el coro de la iglesia había un montón de chicas que le gustaban y le hacían sentir esa sensación inexplicable que tanto irritaba al padre Bruno cuando se confesaba. Él no creía que fuera pecado, pero según el padre era el mismísimo diablo quien le metía esas ideas en la cabeza. ¿O sea que si tenía enamorada se iría al infierno? Entonces en la parroquia había muchos que ya estaban requetecondenados, pues.

 

Mírame cuando te ame

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Mírame cuando te ame

 

 

 

El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí...

Jorge Luis Borges

 

 

 

I

 

Yo hubiera querido hablar con el papá de Juan Carlos, pero él mismo me pidió que no, que con su mamá, que él vivía con ella y que no quería saber nada de su viejo. «Además ella es la que me paga la academia» –me dijo–, y no tuve más remedio que citarla un martes después del examen semanal.

Los padres de Juan Carlos eran profesores universitarios, pero el papá enseñaba Literatura en la Católica y la mamá Sociología en la de Lima. Yo era alumno de la Católica y sabía que el papá de Juan Carlos era un catedrático brillante, entretenido, buena gente y hasta juvenil, que siempre andaba rodeado de alumnos y sobre todo de alumnas. Me faltaba apenas un ciclo para llevar un curso con él y habría sido una gran cosa que me conociera como profesor de su hijo, pero Juan Carlos insistió en que hablara con su mamá. La de Lima era una universidad más bien frívola y me imaginé que la vieja sería la viva expresión de todo aquello. ¡Y encima enseñaba Sociología!

 

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