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La glorieta de los fugitivos

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Premio Salambó 2007 al mejor libro publicado en castellano.
La glorieta de los fugitivos reúne, por una parte, además de otros inéditos, los minicuentos, microrrelatos, o nanocuentos publicados por José María Merino hasta la fecha en los libros Días imaginarios y Cuentos del libro de la noche, que se nutren de la extrañeza de lo cotidiano, el misterio del tiempo, los espacios fronterizos entre sueño y vigilia y todos los elementos fantásticos habituales en la narrativa del autor. El libro incorpora también una parte -La Glorieta miniatura- que pudiéramos llamar teórica, si no estuviese formulada en forma también de ficciones brevísimas, que constituye su intervención en el IV Congreso Internacional de Minificción que tuvo lugar en la Universidad de Neuchâtel, en noviembre de 2006, acompañada de varios divertidos ejercicios prácticos, resultado del citado Congreso. La glorieta de los fugitivos, de José María Merino, ha obtenido el Premio Salambó 2007 de Narrativa en castellano. El jurado de la séptima edición del Premio Salambó estaba formado por Lola Beccaria, José Manuel Caballero Bonald, Álvaro del Amo, Luis del Val, Verónica Fernández Muro, Agustín Fernández Mallo, Vicente Molina Foix, Antonio Rabinat, Rafael Reig, Eugenia Rico, Santiago Roncagliolo, Fanny Rubio, Marta Sanz, Fernando Schwartz y Pedro Sorela. Los premios Salambó carecen de dotación económica y tienen como objetivo reconocer al mejor libro de narrativa en castellano y en catalán del año, según el criterio de dos jurados formados por autores de reconocido prestigio y que pertenecen a las distintas generaciones y tendencias de la literatura actual.
Los premios Salambó están convocados por el Café Salambó y la Fnac con la colaboración del Institut de Cultura de l'Ajuntament Barcelona y Montegrappa-Italia, que este año se suma a la organización.

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Acechos cercanos

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Acechos cercanos

 

Las tazas tienen el asa a la izquierda, pero los tazos la tienen a la derecha. Los cucharos ofrecen una concavidad menor que las cucharas. Las púas de los tenedores son menos afiladas que las de las tenedoras. ¿Qué resultará cuando empiecen a reproducirse? Eso que parecen desvanecimientos del azogue, no son sino los ojuelos con que los espejos nos miran. En el extremo de los brazos de los sillones permanecen disimuladas unas largas garras. Los colchones ocultan los estómagos y los intestinos de las camas. Por ahora, se han alimentado de sueños. Fue comprendiendo poco a poco que los objetos domésticos parecían inertes, pero que estaban al acecho. La noche de fin de año abandonó la casa con toda su investigación. Cuando lo encontraron en la habitación del hotel, el agua rebosante del baño casi había disuelto la tinta de los documentos. Enroscada con fuerza en el cuello, la goma de la ducha parecía una serpiente.

 

Carrusel aéreo

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Carrusel aéreo

 

¿De modo que también han retrasado su vuelo? Pues entonces tenemos tiempo de sobra. Ya le dije que yo he sufrido muchas de estas huelgas. Había pasado varias cuando en una de ellas, esperando la oportunidad de la salida en el aeropuerto de Pamplona, conocí a Judith, una barcelonesa que trabaja en asuntos parecidos a los míos. Nos caímos bien y fuimos intimando, nos hicimos lo que se pudiera llamar novios, y el puente aéreo nos unía los fines de semana. Después de un tiempo, cuando parecía claro que estábamos hechos el uno para el otro, una de estas huelgas retrasó nuestra cita durante más de un día. Tuve que pasar demasiadas horas sólo en el aeropuerto, pero allí estaba Milagros, una malagueña profesora de francés. Simpatizamos, y conocerla me hizo reflexionar sobre mi proyectado matrimonio con Judith. Después del verano, ya salía con Milagros. También nos veíamos sólo de vez en cuando, pero esas relacionas tienen siempre mucho incentivo para vivirlas. La cosa había cuajado entre nosotros, y yo preparaba mi viaje para conocer a su familia, cuando otra huelga me retuvo en Barajas. Entonces conocí a Alma, una jovencísima bióloga sueca. ¿Usted ha oído hablar del flechazo? Fue eso, exactamente. Me encontraba con Alma mucho menos de lo que lo había hecho con las otras, pero lo nuestro sí que era pasión, sobre todo en vacaciones. Precisamente unas vacaciones interrumpió mi encuentro con Alma una de estas dichosas huelgas, y ella debió de conocer a alguien más interesante que yo mientras esperaba, el caso es que cuando nos vimos me dijo que lo nuestro quedaba cancelado. Estuve sin novia una temporada, pero otra huelga me hizo pasar unas cuantas horas en el bar con una gallega de nombre Margariña. Mi corazón se enamoró otra vez, qué quiere que le diga, y mi viaje de hoy es para buscar piso, porque estoy pensando trasladarme a Pontevedra y casarme con ella. Antes eran los dioses, hoy son esos pilotos. Cambia la cara, pero siguen siendo las manos del destino. Menos mal que la espera se hace muy agradable, y hasta se agradece, cuando uno tiene la suerte de conocer a una mujer tan guapa y tan simpática como usted.

 

Otra historia navideña

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Otra historia navideña

 

Entre los inmigrantes que habían arribado ilegalmente en la embarcación figuraban también dos subsaharianos, un hombre y una mujer en avanzado estado de gestación. Los agentes que suscriben siguieron su rastro por la rambla de Cala Carbón, desde la playa hasta unos antiguos establos que se encuentran unos cien metros al norte de la carretera del faro. Cuando los agentes llegaron, ya se había producido el alumbramiento. Unos pastores que tienen sus rebaños en la zona habían prestado auxilio a los dos subsaharianos, que presentaban síntomas de agotamiento y deshidratación. El niño ha muerto.

 

Lejanías

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Lejanías

 

No hay demasiada gente y puedo ver con claridad a la mujer desde el mismo momento en que entra en el vagón. Hay algo raro en sus ropas y en su actitud. Cubre su cabeza con una pañoleta oscura, las puntas atadas en la nuca, y los hombros con una toquilla parda. Salvo por los zapatos deportivos, parecería una campesina de otra época. De uno de sus hombros cuelga una especie de zurrón, y lleva en una mano un vaso de plástico, mientras enarbola en la otra un objeto que no puedo distinguir todavía. Con voz aguda, trémula, y con aire de súplica, la mujer inicia una larga parrafada, en la que sólo se entienden dos palabras, una que se parece a «señores» y otra que habla de alguna parte de la Europa del sur oriental. Algunos pasajeros buscan monedas en los bolsillos y las depositan en el vaso de la mujer. Cuando está más cerca, puedo ver que el objeto que presenta es la fotografía de un grupito de personas. Entonces percibo un movimiento en la mujer que va sentada a mi lado, y me encojo con gesto instintivo, imaginando que ha movido sus brazos para buscar en su bolso alguna limosna con destino a la exótica pedigüeña. Mi vecina lleva un bolso de lona viejo y viste un abrigo bastante raído. Sin embargo, su gesto no indicaba ninguna búsqueda en su bolso, sino un movimiento del cuerpo, el de ponerse en pie. Lo hace, y casi al mismo tiempo empieza a dar voces rabiosas, en un idioma también desconocido, dirigidas a la mujer que viene por el pasillo con su vaso de plástico y su fotografía. La otra se queda quieta, atónita, pero enseguida responde a las imprecaciones de mi vecina con gritos destemplados. Separadas por un pequeño espacio, ambas mujeres se gritan, se recriminan, tal vez se insultan, en esa lengua extranjera, incomprensible. El metro se ha detenido en una estación y, como si la parada marcase la culminación de una crisis, las mujeres se callan, se miran, y de repente echan ambas a llorar, una frente a la otra, con largos gemidos la mendiga, con hondos sollozos mi vecina, mientras el resto de los pasajeros, sin comprender nada, sentimos pasar a nuestro lado el ángel de la desolación.

 

De fauna doméstica

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De fauna doméstica

 

Por el momento, las pruebas de su existencia parecen ser determinadas señales físicas que los investigadores menos escépticos defienden como evidencias: la exhalación de su aliento, huellas de su cuerpo, su color, su olor, su canto. De su silenciosa respiración sería testimonio la leve corriente de aire que, a veces, percibimos en la nuca o en las orejas, aunque en la casa todas las ventanas estén cerradas. La precisión del soplo vendría a ser indicio de un largo apéndice que pudiéramos llamar nasal, quizá retráctil. Un reflejo de su color lograría asomar en la penumbra del pasillo, o de las alcobas, a la hora vespertina, con el sol declinante: el suave resplandor nacarado, parecido a la ceguera de los espejos, que denunciaría un cuerpo blanquecino, cubierto de pellejo, plumón o escamas, capaz de reflejar la luz con mayor intensidad que una piel desnuda y mate. Que su cuerpo puede cambiar de tamaño lo confirmarían las diversas señales que se consideran suyas, tanto esas huellas que deforman sin motivo aparente la larga superficie de las colchas o la panza de los cojines, como las pequeñas oquedades que suelen aparecer en la harina, el azúcar o el pimentón cuando abrimos el bote que los guarda. Su olor, aunque diverso, es característico: no del todo agradable, pero tampoco hediondo, es ese que puede sorprendernos de repente en casa, sin que seamos capaces de descubrir su procedencia. Al parecer, su canto imita con tal certeza los sonidos de la rutina cotidiana, que es casi imposible distinguirlo del goteo del grifo, la descarga de una cisterna, el tictac de un viejo reloj, el rumor del tráfico en la calle o el súbito zumbido de la lava­dora. Nunca se han encontrado rastros inconfundibles de sus pisadas, y hay quien sugiere que se movería volando o reptando. Su capacidad de volar corroboraría lo plumoso del cuerpo; la alternativa nos induciría a suponerlo cubierto de pellejo peludo o de piel escamosa. Nadie ha podido conocer de qué se alimenta y tampoco se han hallado sus excrementos. Hay quien propone que se nutriría de nuestras exhalaciones psíquicas, quizá mientras dormimos. Se adapta bien a las casas donde abundan los libros: las pequeñas arrugas y raspaduras de ciertas páginas y cubiertas, las manchitas que deforman algunas letras, serían señal de que los utiliza como guarida. La cualidad que puede atribuírsele sin confusión ni engaño es la invisibilidad, única evidencia que nadie, hasta ahora, ha conseguido refutar.

 

Ensoñaciones

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Ensoñaciones

 

16 de enero. Has viajado hasta esa ciudad para presentar la novela de un colega amigo que ha recibido un premio literario. Descansas en la cama del hotel antes de que tenga lugar el acto. Suena el ruido, bastante molesto, del sistema de acondicionamiento de aire. Aunque has viajado solo, parece que hay alguien en el cuarto de baño, y aceptas esa presencia con la apatía ante los hechos insólitos propia de los sueños. La presentación se celebrará a las siete treinta, pero por esa torpeza y esa lentitud invencibles comunes también a los sueños, te retrasas. Sales al fin del hotel, hay mucha gente en la calle, buscas el lugar, dan las ocho, las nueve, no eres capaz de encontrarlo. Comprendes que estás perdido, sientes desasosiego, y en ese momento despiertas. Te levantas a oscuras, sales de la habitación, buscas a tientas tu mesa en el estudio de tu casa, enciendes la luz y, medio dormido todavía, anotas ese sueño que tanto te ha desazonado. Vuelves a la cama esperando seguir soñando el mismo sueño que, dentro de su capacidad para inquietarte, tenía intensidad y certeza. Estás en la cama del hotel, pero, aunque has viajado solo, notas que hay alguien más en la cama. Extiendes la mano y percibes un cuerpo. Enciendes la luz. En la cama, a tu lado, hay un anciano, con aspecto de vagabundo, de mendigo, que parece estar muerto. Sales de la habitación. Entras en el estudio de tu casa, para llamar a la policía. El cuaderno de notas donde anotaste el sueño no está sobre la mesa, y comprendes que todo ha sido un sueño. Vuelves a la cama, donde no hay nadie. Suena con firmeza el dichoso sistema de climatización del hotel. Se acerca la hora en que debes asistir al acto de presentación de la novela premiada.

 

Después del accidente

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Después del accidente

 

No sientes el silencio de la noche porque dentro de ti continúan vibrando todos los sonidos del accidente, el chirrido del frenazo, el golpe contra la barrera, el retumbar del vehículo al despe­ñarse. Y escuchas el murmullo de la radio, una voz ininteligible, mientras la luz cada vez más débil de los faros hace brillar la escarcha en los matorrales. Hay también otros brillos y, desde el lugar que ocupa tu cuerpo, caído fuera del coche, comprendes de repente que son los reflejos de esa iluminación escasa en unos ojos. «¡Laura!», exclamas aterrorizado, incorporándote. Entonces los ves. Sobre sus uniformes reluce la fosforescencia de unos cascos que parecen enormes y extraños en la negrura. «No te preocupes por ella», dice el más alto, con voz serena, «eres tú quien debe venir con nosotros. Ella está viva».

 

Rebajas

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Rebajas

 

Lleva muchos años trabajando en esos grandes almacenes, y ha ascendido ya a la jefatura de una sección. Las fechas previas a las vacaciones son para todos los empleados un tiempo agobiante, acaso el más duro del año, pues les obliga a un esfuerzo mayor de lo habitual frente a los innumerables compradores. Las ventas ordinarias rematan con las ventas de rebajas, tras una jornada agotadora en que debe cambiarse el orden de los artículos, y sus precios. Él vive los días de rebajas con una intuición de pesadilla ante esa aglomeración de gente a la que mueve un afán que parece angustioso, significativo acaso de una búsqueda que va mucho más allá del precio favorable o de la ganga. Tal sensación de mal sueño surgió en él muchos años antes, pero hace solamente dos que se hizo más intensa, con la aparición de la Vieja Pálida, una anciana flaca, ves­tida con una gabardina pasada de moda, las manos en los bolsillos, el rostro lleno de arrugas, desvaído y cremoso el color de sus iris, una pañoleta oscura cubriendo sus cabellos. Era inevitable verla deambular con su andar lento entre los ansiosos clientes, ajena al bullicio, como si hubiese entrado allí por casualidad. El segundo año, el primer día de rebajas, cuando volvió a aparecer la Vieja Pálida, él la recordó claramente, y su impresión de estar soñando se hizo más aguda ante el aspecto fantasmal de la anciana, que de nuevo recorría los pasillos con lentitud, entre el ajetreo y el nerviosismo de los buscadores de chollos, sin alterar su gesto severo ni su ademán hierático. En aquella ocasión ya no pudo olvidarlo, y la figura de la Vieja Pálida se convirtió en una referencia de las rebajas, una aparición que ponía una nota lúgubre en el entusiasmo consumista. Esta vez, tras abrirse las puertas de los almacenes, ha penetrado la tromba agitada de la muchedumbre, y la Vieja Pálida está de nue­vo ahí, vestida con su gabardina arcaica, las manos ocultas en los bolsillos y los ojillos adolecidos de una blancura triste. Pero esta vez él se decide, venciendo su resistencia, y se acerca a la anciana. «¿Está usted buscando alguna cosa?», pregunta, y la anciana, con voz exhausta y chirriante, que parece provenir del lugar donde el tiempo no existe, responde: «Te estoy buscando a ti».

 

Dimisión general

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Dimisión general

 

Tras el anuncio de la dimisión de aquel comité, que llegó a los centros de noticias durante la madrugada, hubo como una hora de estupefacto silencio. Pero cuando la noche era todavía espesa sobre el continente, comenzaron a sucederse sin cesar noticias de la misma naturaleza, que provenían de todas las partes del planeta. A esa primera dimisión siguieron la del gobierno francés, la del alemán y la del portugués, con la de la Reina de Inglaterra y su gabinete. El rey Juan Carlos y el gobierno español comunicaron su decisión de retirarse a las tres cuarenta y ocho, y enseguida lo hicieron el presidente de los Estados Unidos y todo su equipo gubernamental. A eso de las cuatro de la mañana no quedaba sin dimitir ningún responsable de los estados europeos, norteamericanos y australianos. Con el alba presentaron su renuncia los altos jerarcas chinos, Fidel Castro y sus colaboradores inmediatos, Gadaffi y los demás gobernantes árabes. El resto de los altos responsables políticos americanos, africanos y asiáticos ya se habían retirado a eso de las nueve. Los mandos militares del mundo también lo habían hecho a esas horas, y un aluvión de renuncias de responsables regionales, locales y municipales, y la de los directivos de los partidos, sindicatos y asociaciones de todo orden, ocupó las primeras horas de la mañana. A la dimisión de todos los líderes políticos y sociales del mundo sucedió la de los altos ejecutivos de las empresas y miembros de todos los consejos de administración. De los últimos en renunciar fue el Papa, con el pleno del colegio cardenalicio, y esas dimisiones provocaron la misma actitud en las demás iglesias del mundo y en sus respec­tivos escalones jerárquicos. Al mediodía de la mañana siguiente, se podía decir que en el mundo no quedaba ni un solo líder en funciones. Sin embargo, los mercados seguían abiertos, en los bancos se percibía la actividad habitual, los centros docentes hacían su vida normal, como los hospitales, los juzgados, las fábricas, las bibliotecas, los talleres, las librerías y las panaderías, y la gente esperaba que el tiempo mejorase y hacía planes para las próximas vacaciones. ¿Cómo se presentaba realmente el inmediato futuro? Al parecer, habían quedado interrumpidos todos los conflictos internacionales, aunque algo seguro se pudo vaticinar: la bolsa iba a sufrir una grave caída.

 

El cazador genuino

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El cazador genuino

 

Todo está manipulado, me dice el cazador. La caza mayor aquí es una farsa. Fíjate en esos norteamericanos, en esos centroeuropeos que pagan un fortunón por cazar un ciervo en la península ibérica. Llegan en aviones de madrugada, y nada más aterrizar los meten en un coche todo terreno y los trasladan a los lugares de la caza por los vericuetos más tortuosos de la sierra. A media mañana están en el cazadero, un paraje al parecer lejano y perdido. Creen encontrarse muy lejos de cualquier punto civilizado, y matan al fin su ciervo convencidos de encontrarse en plena naturaleza silvestre, sin imaginar que, apenas a un kilómetro de aquel punto, cerca de un pueblo con discoteca, una valla cierra la enorme granja donde han sido criadas y cebadas, con pienso y voces humanas, sus preciadas piezas. Por eso a mí, mientras pueda pagarlo, no me engañan. Yo ya no cazo aquí, voy a cazar a África, que más da que no te diga el país. Viajo de noche, para estar allí bien pronto, para no perder nada de tiempo del fin de semana. Me llevan en coche todo terreno a través de la selva virgen hasta que llegamos a los lugares de caza, donde se percibe claramente que cualquier indicio de civilización humana está ya muy remoto. Al fin estamos en el punto idóneo, en el corazón de lo salvaje, y allí, bajo el implacable sol de mediodía, mientras espero la llegada de los antílopes, me siento un cazador genuino.

 

La memoria confusa

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La memoria confusa

 

Un viajero tuvo un accidente en un país extranjero. Perdió todo su equipaje, con los documentos que podían identificarlo, y olvidó quién era. Vivió allí varios años. Una noche soñó con una ciudad y creyó recordar un número de teléfono. Al despertar, consiguió comunicarse con una mujer que se mostró asombrada, pero al cabo muy dichosa por recuperarlo. Se marchó a la ciudad y vivió con la mujer, y tuvieron hijos y nietos. Pero esta noche, tras un largo desvelo, ha recordado su verdadera ciudad y su verdadera familia, y permanece inmóvil, escuchando la respiración de la mujer que duerme a su lado.

 

Ecosistema

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Ecosistema

 

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsai y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsai en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño habían surgido de entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecía que perjudicasen al bonsai. En primavera, una ma­ñana, a la hora de regar, vislumbré algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsai se llenó de pájaros, que se alimentaban de los insectos. A finales del verano, escondida entre las raíces del bonsai, encontré una mujercita des­nuda. Espiándola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, hoy me ha parecido ver la figura de un mamut.

 

Terapia

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Terapia

 

–Un pequeño huerto, cavar la tierra, abonarla, plantar, regar, recoger la cosecha. Esos ejercicios serían también muy beneficiosos para usted– le aconsejó el doctor mientras le entregaba el tratamiento contra el estrés. El primer año comió unos tomates deliciosos. El segundo año se pasaba las jornadas de la bolsa recordando sus tareas dominicales, las plantas de fresas, los calabacines en flor, las lombardas, según la estación. Pero un domingo de abril se quedó quieto, y luego se sentó entre los surcos. El lunes ya había arraigado. Produce pimientos en el brazo izquierdo y berenjenas en el derecho. No necesita mucho riego.

 

De vacas cuerdas

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De vacas cuerdas

 

La gran portalada que da a la calle estaba abierta de par en par, la gente se descuidó, y se escaparon las vacas del camión que las transportaba al matadero. Consiguieron recuperarlas enseguida a todas, menos a dos. Esas dos debían de ser las más listas. Hay quien puede pensar que se limitaron a huir asustadas, sin destino ni objetivo, pero parece que sabían muy bien lo que hacían, porque tardaron unas horas en cazarlas. Ya que las sacrificamos para comérnoslas, nos resulta muy fácil catalogarlas como simples animales irracionales. Rumiantes, añadimos. Que tengan la sangre caliente no nos conmueve, ni esas rotundas ubres cuyo signo nadie puede desconocer, ni tampoco sus grandes ojos soñadores. Las dos vacas, o mejor terneras, conocían o intuían su destino, y no se rebelaban, pero quisieron disfrutar de un rato de libertad. Buscaron la calle principal y quien las vio por allí, antes de que llegasen los que de nuevo las capturaron, cuentan que iban de escaparate en escaparate, y que de vez en cuando mugían suavemente. Yo imagino que lo que hacían era contemplar los objetos de que acaso habían oído hablar en las vagas leyendas del establo: la ropa interior con sus puntillas, los muebles de jardín, los libros en que se narran las historias verdaderas y las ficciones, las revistas ilustradas, las muñecas, los discos compactos donde se guarda la música. Las vacas pensaban sin duda en la injusticia radical del orden del universo, que nos ha dado a los primos más malévolos el dominio de todo, primos implacables, voraces, insensibles, que hemos organizado las cosas para comérnoslas a ellas. Las vacas se detuvieron ante la terraza de un bar, y la gente se levantó y se apartó, temerosa. Una de las vacas exclamó: «¡Cómo me gustaría sentarme ahí y tomar un refresco con patatas fritas!». La otra, tras un instante, suspiró y dijo: «¡Qué seres humanos tan adecuados seríamos nosotras!» Pero la gente sólo las escuchó mugir, y se asustó todavía más, sin apreciar el sentimiento de melancólica indefensión que había en su actitud. Poco después llegó la policía, y enseguida los empleados del matadero, y se llevaron con ellos a las dos jóvenes vacas, que no volvieron a decir ni mu.

 

Miedo escénico

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Miedo escénico

 

Llego al punto de la cita, junto a un teatro. Mis amigos me esperan, alegres pero nerviosos. En esa ciudad extranjera y desconocida, siento que he cumplido con un importante compromiso al recordar el lugar exacto de nuestro encuentro y llegar a la hora. Mis amigos me llevan a toda prisa hasta una puertecita en la pared, y me conducen, casi en volandas, escaleras abajo. Me dejo manejar, sin pensar en nada, satisfecho, aceptando sus manoseos como caricias. Me maquillan, me ponen una peluca, me visten con ropas gruesas y pesadas. Lo acepto todo plácidamente, como un juego, porque son mis amigos y no necesito saber en qué van a parar sus esfuerzos, aunque estoy seguro de que no va a ser una sorpresa desagradable. Por fin me sacan de aquel lugar y me llevan a otro espacio oscuro, donde me dejan, antes de alejarse y desaparecer. Un largo chirrido suena en el silencio, se enciende de repente la luz y me encuentro solo en medio de un salón en el que relumbran tres paredes cargadas de espejos y cuadros. Miro hacia la cuarta pared y comprendo que estoy en un escenario, desde donde puedo vislumbrar las cabezas de los espectadores que llenan el teatro, sentir el poderoso aliento de su curiosidad, mientras esperan que comience la función con las palabras que debe pronunciar el personaje que yo interpreto, un texto y una trama que no conozco, que ni siquiera soy capaz de imaginar. Nunca he sentido tanta confusión.

 

Un derpertar

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Un derpertar

 

El hombre es conducido en carreta por las calles de París. De su pasado no recuerda otra cosa que la sentencia que lo ha condenado a muerte y la cárcel maloliente en que esperó la ejecución. Hay otras gentes en la carreta y otras carretas cargadas de gente, pero él es incapaz de identificar esos rostros inmóviles, sumidos en la desolación y la ausencia, rostros incógnitos que reflejan su propia amnesia. La multitud asiste al paso lento y tambaleante de las carretas, impreca a sus ocupantes con gritos y burlas. Al final, las carretas llegan a la plaza donde se alza el patíbulo. Las mujeres que hacen calceta, sentadas en la primera fila de una muchedumbre expectante, suscitan en el hombre el oscuro recuerdo de ciertas lecturas, de alguna película, pero la sensación de realidad es tan acuciante que no puede siquiera retener esas imágenes vagas que remi­tirían a una imaginación ajena. Los condenados se van relevando, y la hoja de la guillotina chirría y sisea en un contrapunto sucesivo y solemne. Es el turno del hombre. Lo acuestan boca abajo, aseguran sus miembros, colocan su cuello en el lugar del tajo. Llega el momento del siseo. La decapitación es instantánea, pero él la siente en todo su desarrollo, como si el rebanamiento implacable del pescuezo se fuese llevando a cabo con lentitud, a lo largo de mucho tiempo, y el hombre puede percibir cómo se separan las distintas capas de la piel, la envoltura de las venas, el macizo cuerpo de las vértebras. La cabeza del hombre cae en el cesto, y el hombre despierta en la oscuridad y el frío. Permanece quieto, vencido por un cansancio gigantesco, ese cansancio que debe sobrevenir como última sensación en los cuerpos recién decapitados, asustado de pensar que bajo la apariencia de una pesadilla hay una realidad más espantosa, horrorizado de imaginar que, si pudiese alzar el brazo y buscar su cabeza, ya no podría encontrarla.

 

De fácil acceso

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De fácil acceso

 

Estuvo trabajando quince días en Madrid, y a lo largo de sus investigaciones localizó en la Biblioteca Nacional tres asuntos que podían servirle para su tesis: una leyenda piadosa morisca, un cuento maravilloso sefardí y una historia simbólica gitana. En los tres era una mujer la protagonista, los tres hablaban de purificaciones y sacrificios propiciatorios. Regresó a los Estados Unidos, e intentaba encontrar el hilo conductor que le aclarase la verdadera naturaleza de los tres asuntos. Mágico, Memoria, Misterio, Mito, Mujer. También Multicultural. Habló de ello con la adviser de su tesis. Mas entre aquellas ficciones antiguas, la profesora, que era ferviente posmoderna, no veía otro hilo que la perpetuación de la violencia doméstica.

 

Sorpresas astrales

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Sorpresas astrales

 

El fallo del motor de la nave espacial que viajaba con rumbo al asteroide Eros, pudo haber sido provocado, y se añadiría al cúmulo de irregularidades que había sufrido hasta entonces el programa de exploración de dicho asteroide. Las irregularidades han sido denunciadas por Malcom Wilson, director del observatorio de Nueva Zelanda, en un artículo publicado en el último número de la Revista Astrofísica Internacional. El artículo pone en conocimiento de la opinión pública dos noticias sensacionales: la primera, que el asteroide Eros, cuerpo estelar que se encuentra a 400 millones de kilómetros de la Tierra, y que tiene una insólita forma oblonga, de gigantesca patata, es realmente una patata, según se deduce de los exhaustivos análisis realizados por el observatorio dirigido por el doctor Wilson. Una patata con todas las características materiales y físicas del conocido tubérculo, en sus diversas proporciones de proteínas, lípidos, hidratos de carbono, calcio, magnesio, ácido fólico, ácido ascórbico y demás componentes, pero de más de cuarenta kilómetros de largo, y que gira alrededor del sol como cualquier otro astro de nuestro sistema. El descubrimiento del doctor Wilson y de su equipo supone una auténtica revolución en lo que se refiere a la composición de los cuerpos celestes y a la materia originaria del universo, pero también suscita gravísimos problemas de otra índole, en cuanto a la posible apropiación de los astros que los seres humanos exploraremos en el futuro: ¿A quién pertenecen tales astros, en el caso de que no estén habitados? El profesor Wilson propone que se resuelva con urgencia esta cuestión, y que se declaren patrimonio de la humanidad los astros a explorar, pues parece que, tras los sucesivos fallos del programa de exploración que ha fracasado una vez más, y esta sería la segunda noticia, están los manejos de cierta empresa multinacional que, conocedora mediante el espionaje de los asombrosos resultados de las investigaciones del doctor Wilson, estaría interesada en asegurarse la propiedad exclusiva del asteroide. Conviene aclarar que dicha empresa se dedica a la fabricación y venta de hamburguesas.

 

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