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Días de ira

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Con la precisión y la sensualidad del cuento, pero también con el aliento épico de una novela, las tres historias que forman este volumen se sitúan en esa tierra de nadie imprecisa, sorprendente e incluso difícil de limitar que Jorge Volpi ha bautizado como “la media distancia”, un género único, con sus propias leyes, tradiciones, oficiantes y enemigos.
"A pesar del oscuro silencio", "El juego del apocalipsis" y el relato que da título a este libro, "Días de ira", se encuentran sin lugar a dudas entre lo mejor de la producción de su autor, demostrando, con esta personal y fascinante manera de escribir narrativa breve, que se puede tener al mismo tiempo la paciencia del novelista y la agilidad del escritor de cuentos, para terminar firmando "poemas sinfónicos en un solo movimiento", en los que resistencia y velocidad van unidos de la mano.

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A pesar del oscuro silencio

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A pesar del oscuro silencio

 

 

Primera obra. La seña de una mano

 

 

Despierto en mí lo que he sido

para ser silencio y nada.

Cuesta

 

1

 

Se llamaba Jorge, como yo, y por eso su vida me duele dos veces. Aún no lo conocía, jamás había visto un retrato suyo y apenas ojeado alguno de sus poemas, pero al saber cómo había muerto –una anécdota trivial en los escombros de una conversación distante– tuve una imagen precisa de su rostro, sus manos y su tormento. Mientras oía los restos de la charla y mis pupilas vagaban entre el humo de los cigarrillos, lo miré nítidamente, o mejor: miré a través de él, en su habitación, a dos hombres de blanco aguardándolo con impaciencia. Dos individuos de cera, de gestos tan opacos como sus voluntades, sentados en un raído sofá; frente a ellos, a contraluz, el delgado cuerpo del poeta, sobrio y liviano como una plegaria. Yo observaba sus dedos danzando con lentitud y escuchaba su voz –no, el eco de su voz– pidiéndoles, valga la paradoja, un poco de tiempo: necesita arreglarse y terminar un trabajo que todavía le preocupa.

 

Días de ira

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Días de ira

 

 

Pero... ¿De quién es ese cuerpo que hubiera amado infinitamente y cuya carne hecha jirones había cobrado tanta realidad dentro de aquella casa, cuya memoria todo lo impregnaba, manchando ante nosotros aquellos periódicos viejos extendidos sobre el parquet?

Salvador Elizondo, Farabeuf

 

 

Introito

 

Leo: fui yo, nadie más. Con esta risa que ahora tiembla, con mi voz, con mi condena. Siento su cuerpo desnudo. Comprendo. Como si hubiese una luz eterna encima de mí. Lloro y quiero besarla, inútilmente. Fui yo, no mis manos. Yo solo, encerrado. Para siempre.

Venciste.

 

Un libro, una novela acaso, inofensiva, banal, intrascendente. Pero en realidad –aun sin sospecharlo– todos estamos dentro de ella, atrapados, sin posibilidades de escapar. Te crees lector y de pronto te das cuenta de que también eres personaje, el texto te prefigura obligándote a leerlo o a dejarlo si no lo soportas. Apareces –agónico– entre sus líneas. Desde el momento en que lo abres y miras la primera palabra, ese verbo, dejas de pertenecerte. Ya no interesa cuanto lleves a cabo o lo que abandones, lo que pienses: te encuentras ahí desde el principio, atado. Ahora solo puedes intentar buscarte, reconocerte en sus páginas, la única verdad posible. Has abierto el libro, imbécil, y ya no existes.

 

El Juego del Apocalipsis

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El Juego del Apocalipsis

 

La llamada me pareció una más de las trampas que sufrimos los consumidores en el alba del tercer milenio. Monocorde y tensa, la voz telefónica, que al principio imaginé electrónica y solo después asocié con un acento norteño, me explicó que yo era el «afortunado ganador» de la promoción celebrada por una conocida fábrica de embutidos. Acostumbrada a generar estupor, aclaró:

–El premio consiste en un viaje, con todos los gastos pagados, a la hermosa isla de Patmos, para usted y para su esposa.

–¿Patmos?

–La isla donde san Juan escribió el Apocalipsis...

–¡Sé dónde está Patmos! Pero...

En alguna ocasión había ganado unas vacaciones a Islandia –en pleno invierno– y un seguro contra inundaciones, pero esta vez no colgué. Mi sorpresa era demasiado grande, no tanto por el destino del viaje –el esnobismo ha llevado a considerar una gran experiencia visitar países en guerra o inhóspitos desiertos–, sino porque, primo, siempre odié los embutidos y, secundo, no tenía esposa.

 

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